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martes, 6 de junio de 2017

La infusión de teología patrística en la teología reformada



Por. Andrés Messmer, España
En un artículo previo, intenté aclarar el significado de la etiqueta “reformado” resumiendo el consenso de la teología reformada de los siglos XVI-XVII.
Terminé el articulo alabando el sistema por su profundidad y riqueza pero también dando pistas de una tendencia peligrosa dentro de dicho sistema.
En este artículo me gustaría explicar en qué consiste esta tendencia y cómo se puede evitar. No estoy acusando a la tradición reformada de ninguna herejía (y de hecho me identifico como un heredero de mucho de ella), pero sí estoy intentando suplir un elemento muy importante que la tradición reformada suele o dar por sentado u omitir.
En este artículo me gustaría hablar de lo que llamo la infusión de la teología patrística en la teología reformada, la cual explicaré a continuación.
Primero resumo la teología patrística y luego vuelvo a estudiar el consenso de la tradición reformada a la luz de la teología patrística.
La teología patrística: un esquema
Igual que en el artículo previo me basé en el libro de Jon Rohls, aquí me baso principalmente en el libro de Donald Fairbairn titulado Vida en la Trinidad (título en inglés: Life in the Trinity) en que el autor resume una porción significante de la teología de los primeros cinco siglos de la Iglesia (estoy en deuda con su libro pero también he adaptado sus argumentos para conformarlos al enfoque actual).
Los padres de la Iglesia no hablaban de la teología como si fuera impersonal sino como algo personal, es decir, su enfoque era estudiar al Dios trino y nuestra relación con él.
La teología patrística llegó a muchas de las conclusiones a las que llegó la tradición reformada pero llegó a ellas por otro camino.
Los padres tenían un enfoque relacional porque veían que los puntos de inflexión más importantes en la Biblia giraban en torno a las relaciones intratrinitarias entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo y a nuestra relación con ellos.
Aunque sea una simplificación, se puede decir que la teología patrística entendía que la Biblia contenía cinco puntos de inflexión, a saber, la eternidad pasada, la creación, la caída, la redención y la consumación. A continuación los desarrollo con más detalle.
Sobre la eternidad pasada, los textos que constituían el foco eran: Juan 1, Juan 17, Efesios 1, Colosenses 1 y Hebreos 1. Como no hay tiempo para estudiar todos, solo cito Juan 17.24 que puede servir como un texto ejemplar que capta bien la esencia de la enseñanza bíblica sobre este primer punto.
En este versículo Jesús está orando al Padre y dice: “me has amado desde antes de la fundación del mundo”. Este versículo (entre otros) muestra que desde siempre (y realmente, más allá de “desde siempre” ya que Dios existe fuera del tiempo) ha existido una íntima relación amorosa entre el Padre (el amador), el Hijo (el amado) y el Espíritu Santo (el amor entre los dos; como se verá a continuación, es importante notar que el Espíritu Santo es el vínculo de relación).
Sin exageración, esta relación es la fuente y el origen de todo, y por lo tanto es la fuente y el origen de toda teología.
De la creación, es importante señalar cómo Dios creó al hombre: “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Gén 2.7).
Este versículo era interpretado por algunos padres como el Espíritu Santo dando al hombre la misma vida de Dios y por lo tanto permitiéndole participar en ella.
En el momento de su creación el hombre disfrutaba de una íntima relación amorosa con el Dios trino (de hecho, Dios creó al hombre “varón y hembra”, implicando así que ser creado “a la imagen de Dios” incluye la necesidad de vivir en comunidad; cf. Gén 1.26-28).
En el meollo de lo que significa ser creado a la imagen de Dios (Gén 1.26-28) y poder participar en el amor de Dios, está la capacidad de escoger, elegir, desear, querer; en resumen, el hombre fue creado con la voluntad y aquella voluntad debería haber escogido, elegido, deseado y querido al “otro” (Dios y prójimo) como el Padre y el Hijo lo hacen a través del Espíritu.
¿Qué hizo el hombre con dicha capacidad? La respuesta a esta pregunta nos lleva al tercer punto de inflexión, a saber, la caída.
La tentación propuesta a Adán y Eva tenía que ver con la relación y la voluntad: podían, o bien seguir teniendo una íntima relación amorosa con el Dios trino (aunque Satanás no se lo explicó así), o salir de dicha relación y tener una nueva vida fuera del amor de Dios y fuera de una relación con él: “sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal” (Gén 3.5).
La tentación de “ser como Dios” era un ataque directo contra la relación que tenían con Dios, e implicaba un giro en el sentido opuesto a él.
En lugar de girar hacia el “otro”, su voluntad ahora giraba hacia dentro de tal forma que escogía, elegía, deseaba y se quería a sí mismo. Antes de este momento, la presencia de Dios entre su pueblo era dada por sentada pero a partir de ahora está alejada e incluso es amenazadora. Mucho del Antiguo Testamento tiene que ver con este mismo tema.
El cuarto punto de inflexión tenía que ver con la redención, es decir, la respuesta de Dios frente a la ruptura de relación.
El Antiguo Testamento era visto como una preparación para la llegada del Hijo, durante la cual el pueblo de Dios vivía en la promesa de que Dios arreglaría la brecha entre Dios y hombre.
La llegada del Hijo, su encarnación y obra en la cruz, era la culminación de toda la historia a raíz de Génesis 3. Por fin, en Cristo, el único Dios-hombre, un hombre no dijo que sí a la tentación de “ser como Dios” en el sentido de romper la relación con Dios, sino que vivió una vida en perfecta comunión con él:
“No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente. Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace” (Jn 5.19-20).
Esta comunión entre Padre e Hijo culminó en la cruz, la cual era interpretada como Dios restableciendo la relación con el hombre. De hecho, varios versículos dicen explícitamente que la cruz era la demostración más clara del amor de Dios:
“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4.10; cf. Jn 3.16; Rom 5.7-8; Gál 2.20; 1 Jn 3.16).
Para los padres de la Iglesia, lo que hizo Jesús a sus discípulos después de su resurrección era muy significativo: “Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20.22). Este versículo era interpretado como el restablecimiento de la íntima relación amorosa entre Dios y el hombre a través del Espíritu Santo (ver Gén 2.7 arriba).
En cierta medida Jesús, por haber enviado al Espíritu a sus discípulos, envió las “arras” (cf. Ef 1.14) de la relación que Dios y el hombre tenían en Génesis 1-2 y que tendrían en la eternidad futura.
Fue a la luz del reenvío del Espíritu Santo al hombre que los Padres interpretaban el siguiente versículo: “nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina” (2 Ped 1.4). En otras palabras, Dios ha vuelto a darnos de su propia vida a través del Espíritu Santo.
El quinto punto, la consumación, era entendido como un regreso al comienzo, pero con una diferencia muy importante para nosotros: ahora los seres humanos serán acogidos plenamente y para siempre en íntima relación amorosa con el Dios trino:
“Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad … Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado” (Jn 17.23-24).
La íntima relación amorosa que Dios tenía entre sí desde siempre, que era la misma que otorgó al ser humano en el jardín, la misma que perdió voluntariamente con el primer pecado (y que nosotros perdemos todos los días de nuestras vidas), la misma que Jesús restableció en parte por su muerte y resurrección—esta misma relación es la que disfrutaremos en plenitud y en la cual participaremos para la eternidad.
La teología reformada a la luz de la teología patrística
En resumen, la teología patrística era una teología coherente e íntegra, y el hilo que la cohesionaba era la relación y el amor.
Donald Fairbairn explica bien la relación entretejida de la teología patrística: “Los padres de la Iglesia no hablaban primero de Dios, y luego de la salvación y luego de la vida cristiana.
En cambio, la manera en que hablaban de Dios abarcaba su discurso sobre la salvación y la vida cristiana. Se podría decir que no tenían doctrinas distintas de Dios y de la salvación sino que su doctrina de Dios era su doctrina de la salvación” (Vida, 6).
Cuando volvemos al sistema doctrinal reformado con este entendimiento de la teología, lo vemos con otra luz.
A continuación vuelvo a resumir el mismo sistema doctrinal reformado pero esta vez lo filtro a través del hilo de relación y amor.
-  De la revelación, la Palabra de Dios y el rol de la tradición: Segunda a Timoteo 3.16-17 dice: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”. La palabra griega detrás de “inspirada por Dios” es θεόπνευστος y literalmente significa “expirada por Dios”. Evoca la idea de Génesis 2.7 y Juan 20.22 de que Dios nos está ofreciendo su vida por su Palabra. En otras palabras, podemos quedar con Dios y tener relación y comunión con él en su Palabra.
-  De la deidad y la trinidad: En lugar de decir que los atributos de Dios fluyen de la simplicidad (y espiritualidad) del ser de Dios, me gustaría sugerir que la íntima relación amorosa entre el Padre (el amador), el Hijo (el amado) y el Espíritu Santo (el amor entre los dos) es el mejor lugar para empezar. No niego que su simplicidad (y espiritualidad) sea básica para tal entendimiento sino que sugiero que la definición debe ser ampliada con el amor.
-  De la creación y la providencia: La creación es el resultado del amor desbordante del Dios trino. Dios no creó desde alguna carencia sino desde su plenitud. El hecho de que Adán y Eva fueran una sola carne y estuvieran desnudos y no se avergonzaran (Gén 2.23-25) ilustra su plena comunión el uno con el otro, y esta comunión reflejaba la que tenían con su creador.
-  De los seres humanos y el pecado: La obediencia es nuestra forma de amar a Dios (cf. Jn 14.15). Al haber escogido el mal, perdimos nuestra relación con Dios, y como consecuencia, su vida y todo lo que implica (su amor, paz, gozo, etc). Por lo tanto, sólo nos queda la muerte y el giro perpetuo hacia dentro. Es instructivo notar cuántas veces la Biblia habla del pecado en términos del amor: “los hombres amaron más las tinieblas que la luz” (Jn 3.19; cf. Jn 12.43; 2 Tes 2.10; 1 Tim 6.10; 2 Tim 4.10; 1 Jn 2.15; 2 Ped 2.15). Jesús habló de la gente que no tenía relación con Dios dentro del marco de amor así: “Mas yo os conozco, que no tenéis amor de Dios en vosotros” (Jn 5.42).
-  Del pacto de la gracia y la reconciliación: Dios siempre tuvo planeada la redención de su pueblo a través de Cristo (cf. Ef 1.4). La obediencia activa de Jesús fue en realidad una vida de amor: “Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor” (Jn 15.10; cf. Jn 14.31).
-  De la cristología y la llamada “extra calvinística”: Cristo era el verdadero Adán que escogía, elegía, deseaba y quería a Dios. Su obediencia (que es el amor) toma el lugar de nuestra desobediencia (que es el “ser como Dios”). La Biblia dice que el amor es el porqué de la encarnación: “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él» (1 Jn 4.9).
-  De la justificación y la fe: Como vivimos en la muerte, no hay nada que podamos hacer para reconciliarnos con Dios—siempre queremos “ser como Dios”. Por lo tanto, Dios toma la iniciativa de hacer vivo al ser humano para que pueda responder a su amor. Dios ofrece al ser humano una relación restaurada de forma gratuita. Es impresionante notar que Pablo habla de la salvación en términos del Espíritu Santo y el amor: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Rom 5.5). Es decir, lo que perdimos en el jardín, a saber, el amor de Dios, nos ha sido restaurado a través del mismo Espíritu Santo que fue dado originalmente a Adán y Eva.
-  De la santificación y la penitencia: Las buenas obras son la consecuencia necesaria de tener una relación restaurada con Dios, porque Dios ha hecho volver al hombre a su amor: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Jn 14.15; cf. 1 Tm 1.5; 1 Jn 5.3; 2 Jn 6). La santificación culmina en el amor, que es la virtud cristiana más alta: “Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor” (1 Cor 13.13; cf. 2 Ped 1.5-7).
- De la elección y la reprobación: Dios ha elegido a su pueblo en amor: “en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo” (Ef 1.5; cf. Rom 9.13). La seguridad eterna es el resultado de haber comprendido el amor de Dios: “En esto se ha perfeccionado el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio; pues como él es, así somos nosotros en este mundo. En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor” (1 Jn 4.17-18).
-  De la iglesia y sus marcas características: Las tres marcas de la verdadera iglesia, a saber, la predicación del evangelio, la administración de los sacramentos y el mantenimiento de la disciplina eclesiástica, están enfocadas en la declaración y el mantenimiento de la relación que Dios tiene con su pueblo. Jesús está presente a través del Espíritu Santo cuando haya dos o tres congregados en su nombre (cf. Mat 18.20).
-  De la Palabra y los sacramentos: El Espíritu Santo obra a través de la palabra predicada (2 Tim 3.16) y los sacramentos (Tito 3.5); son los canales a través de los cuales tenemos comunión con Dios. La Palabra es lo que el Espíritu Santo usa para restaurar la imagen de Dios que perdimos a través del pecado: «Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor» (2 Cor 3.17-18).
-  La doble forma de la Palabra de Dios: A través de la obra del Espíritu Santo, la ley que antes no podíamos guardar ahora sí la podemos guardar. La presencia de la santidad de Dios, tan terrible para los que quieren “ser como Dios”, ahora es el mayor deleite para los que han sido llamados a volver al jardín de Génesis 1-2. De hecho, en varios sitios la Biblia dice que el amor es el resumen de la ley de Dios: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas” (Mt 12.37-40; cf. Rom 13.8-10; Gál 5.14; San 2.8). Cuando amamos a través del Espíritu Santo, guardamos la ley de Dios.
-  Del bautismo: Por el bautismo morimos al pecado y resucitamos a una nueva vida en la cual podemos servir (obedecer, amar) a Dios (cf. Rom 6.1-14).
-  De la cena del Señor: Los cristianos se acuerdan de su relación restaurada con Dios y por lo tanto de su relación restaurada los unos con los otros (cf. 1 Cor 11.17-34). Es interesante que algunos de los primeros cristianos se referían a la cena del Señor como un “ágape”, el cual es una transliteración de la palabra griega ἀγάπη, que significa «amor».
-  Del ministerio, la carga y los cargos: Los líderes de la iglesia llevan a sus miembros a una relación cada vez más profunda con Dios.
-  De la iglesia y el estado: El estado debe tener un rol de fomentar el bien y disminuir el mal.
Conclusión
En resumen, la teología patrística y la teología reformada no están en contra la una con la otra. Por el contrario, se enriquecen mutuamente.
Lo que la teología patrística puede aportar a la teología reformada es el enfoque personal: la teología no es “una cosa” que hay que estudiar, sino una persona con quien tenemos que relacionarnos.
En lugar de ser “fría”, la teología reformada puede ser muy emocionante y algo que nos lleva a adorar a Dios porque cuando estudiamos la “teología” estamos estudiando lo que el Dios trino ha hecho por nosotros. El amor no solamente es el “vínculo perfecto” de las virtudes cristianas (cf. Col 3.14) , sino también de la teología.
Y para nosotros los cristianos, ¿qué es el amor? “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom 5.8).
En otras palabras, este hilo de relación y amor con el cual he intentado unir la teología reformada con la ayuda de la teología patrística es ni más ni menos que una exégesis de la cruz.

Fuente: Protestantedigital, 2017

martes, 4 de agosto de 2015

El pecado es invisible



Por Víctor Hernández, España*
La vida en el Espíritu es la formulación que hace Pablo para definir la vida cristiana: a partir de la experiencia de encuentro con Jesucristo, con su cruz y resurrección, da inicio una forma de vida novedosa. No consiste meramente en un cambio de vida, en el sentido moral o en el sentido de estilo de vida, sino que consiste en una transformación a partir del poder del Espíritu del Jesús resucitado. Así lo dice la promesa de Jesús a los discípulos: “Y yo le pediré a Dios el Padre que les envíe al Espíritu Santo, para que siempre los ayude y siempre esté con ustedes. Él les enseñará lo que es la verdad.” (Juan 14:16-17, TLA).
La vida en el Espíritu o “andar conforme al Espíritu”, como también lo expresa Pablo (Romanos 8:1), consiste en una vida donde tiene lugar el proceso de transformación que el Espíritu opera en cada creyente y en la comunidad. Es una transformación en la cual se manifiesta, de manera actual, el poder de la resurrección, el poder de vida sobre la muerte. Este poder de la resurrección no tiene que ver meramente con una vida futura, sino con la vida presente, la vida histórica. Ese poder de la resurrección afecta el presente, pues se contrapone al modo en que funcionan las cosas en la sociedad; incluso es una amenaza contra el orden social, o para decirlo con un verso de la poeta Julia Esquivel: “nos han amenazado de resurrección“. La vida en el Espíritu es una vida afectada, transformada, por la resurrección.
Creo que para comprender mejor esta vida en el Espíritu, es necesario entender la noción de pecado. ¿Qué es el pecado? ¿Tiene sentido hablar de pecado hoy día o es un concepto antiguo que ya no dice nada? Habitualmente se asocia la idea de pecado con inmoralidades sexuales o con comportamientos “desviados de una norma”, pero esto no ayuda mucho porque produce un malentendido: suponer que es fácil saber qué es pecado y dónde se le halla. En las definiciones teológicas y las confesiones cristianas clásicas, se dice que el pecado es aquello que nos separa de Dios, que nos separa de la vida, que rompe el vínculo con el prójimo y, al final, también rompe el vínculo consigo mismo. El pecado nos aliena de todos y todo.
En la enseñanza del Nuevo Testamento el pecado es invisible. Creo que no hemos reparado mucho en esta enseñanza. El pecado no es tanto aquel comportamiento reprobable que miramos, sino algo que no es visible pero que es real y opera de manera efectiva. Por tanto, es importante superar el malentendido que asocia pecado con una “tipificación de delitos o desviaciones” (que es lo que hacen los códigos jurídicos o morales). El pecado, en cambio, tiene una dimensión de invisibilidad, de operar de manera inmanente pero sin que se le mire, como si fuera algo “natural”.
El pecado sólo se hace visible a partir de la fe. En el evangelio de Juan es muy común hablar de la fe como el acto de mirar, de abrir los ojos. Si de pronto podemos ver es porque antes no podíamos. Hay una ceguera, una imposibilidad de ver la realidad del pecado en la sociedad, que se termina cuando tiene lugar esa experiencia espiritual del encuentro de los discípulos de Jesús: se les abren los ojos, pueden mirar lo que se les revela por medio de Jesús, es decir que sus ojos pueden ver la presencia de Dios (Juan 1:39, 12:45; 14:9). El “poder ver” a partir del seguimiento de Jesús es una experiencia espiritual: viene dado por la gracia.
Y por la gracia, la gracia del perdón, se puede ver el pecado o los efectos del pecado. Previo a esa experiencia no es posible, porque el pecado no es visible: estamos ciegos espiritualmente a su realidad, a su operación y consecuencias. Pablo lo explica muy bien en la carta a los Romanos, cuando plantea que podemos caminar en el Espíritu porque “no hay ya ninguna condenación” (8:1ss). Y, en razón de esa nueva condición de “no condenados” se puede comprender el pecado, dice Pablo, como “la injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad” (Romanos 1:18). Es importante la expresión de Pablo, sobre el “encarcelamiento” de la verdad, porque apunta a la manera como el pecado se invisibiliza, de manera que la verdad queda prisionera y no se la puede encontrar fácilmente.
Creo que esto se puede comprender mejor con un ejemplo contemporáneo: me refiero a la homofobia. Sabemos que la homofobia se refiere a una serie de prácticas, actitudes y posicionamientos que rechazan y excluyen a personas que no se ajustan a las normas de la heterosexualidad. Las personas homosexuales (y de otras identidades de género) padecen la homofobia como marginación, acoso, desigualdad, rechazo, como una violencia, naturalizada desde la posición que defiende la “vida normal”. Precisamente porque la homofobia forma parte de una polémica viva en la actualidad, lo comento como ejemplo del pecado invisible o la dimensión invisible del pecado.
Esto se comprende mejor si hacemos la analogía con otros “pecados invisibles” como el racismo o el machismo. Es importante reconocer la “estructura invisible” o el orden que hace posible su “no visibilidad”. Así, por ejemplo, el racismo no es algo que se pueda mirar, en la medida en que forma parte de un orden y se vive inmerso en él. La gente racista no se mira a sí misma como racista (yo no les discrimino, sólo que no les quiero en mi país y no les quiero junto a mis hijos). Si pensamos en el ejemplo histórico del apartheid en Sudáfrica (sistema legal entre 1948 y 1993, que discriminaba a personas negras, indias o “de color”), hemos de tener presente que dicho sistema se sostenía por las creencias, prácticas y actitudes que consideraban “normal” dicho orden social. La iglesia reformada holandesa apoyó el régimen del apartheid y no fue sino hasta 1992 que reconoció el apartheid como pecado. El racismo no se veía desde adentro de la posición dominante de los blancos. Los blancos no veían nada mal en ese orden. Era lo “natural”. Incluso, se podían hacer excepciones que, como premio a servicios especiales prestados al gobierno, otorgaban a los negros el título de “blanco honorario” o cuando hubo que hacer negocios con japoneses, se les daba ese título a personas asiáticas. Todo este relato del apartheid nos permite visualizar “lo invisible” del pecado, dicho casi como un oxímoron. Costó mucho, y a muchas personas, lograr abolir el apartheid y fue necesario visibilizar aquello que no era visible. Desde la perspectiva de la fe cristiana, esto se formula así: el racismo se deriva del pecado, hay algo pecaminoso en la práctica del racismo.
Me parece que lo mismo pasa con la práctica del machismo y con la práctica de la homofobia (o la práctica del patriarcalismo y la heteronormatividad): operan como algo que penetra y atraviesa muchas ideas, gestos, decisiones, prácticas, emociones y actitudes que tienen como consecuencia la violencia sistemática contra mujeres o personas de identidad de género no heterosexual. Es la dimensión invisible del pecado, “la injusticia que aprisiona con injusticia la verdad”, el pecado que produce heridas y muerte, el pecado que rompe los vínculos y que instituye un mundo injusto, donde unos dominan y oprimen a los otros, pero es el pecado que logra instituir esa realidad como algo “natural”, incluso como algo legitimado por la religión.
Aquí es donde opera el poder de transformación del Espíritu de Jesucristo, porque abre los ojos. A partir de la experiencia de perdón sin límite del Padre de Jesús es posible una nueva mirada: el reconocimiento del pecado que está allí, en las creencias y prácticas que producen injusticia y cuyo fruto es la muerte (exclusión, rechazo, marginación). Pero no sólo se mira el pecado que era invisible, sino que se mira algo más importante: las posibilidades de un mundo nuevo, sin exclusiones, un mundo reconciliado, que en el lenguaje del Nuevo Testamento se llama Reino de Dios, nueva creación. Un sueño. El sueño de Dios, del que siempre nos habla Jesús por medio de sus parábolas y su vida. Y uno siente, entonces, que puede levantarse y trabajar por ese mundo, que puede tener nuevas fuerzas para contribuir a la transformación del mundo, conforme a la voluntad de Dios. Y no lo hacemos por nuestras solas fuerzas o ideas, sino que lo hacemos sostenidos, atravesados por el Espíritu de Jesucristo, que como dice Julia Esquivel, nos hace: Vivir muriendo / Caminar esperanzados / Y saberse resucitados.

*Víctor Hernández. Doctor en psicología y licenciado en teología. Pastor de la Iglesia Evangélica Española. Actualmente se dedica a la psicoterapia y psicología clínica, es también pastor de la Església Evangélica Betlem en Barcelona.

Fuente: Lupaprotestante, 2015.