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viernes, 20 de octubre de 2017

Cintura política del apóstol Pablo ante las azarosas acusaciones que quieren eliminarlo

Por. Carlos Valle, Argentina
“ Cuando pienso que un hombre juzga a otro, siento un gran estremecimiento.
Félicité de Lamennaris  Muchos jueces son absolutamente incorruptibles, nadie puede inducirles a hacer justicia.” Bertolt Brecht
El gobernador Felix está dispuesto a escuchar a Pablo en presencia del sumo sacerdote, los ancianos y un cierto orador llamado Tertulio, los que, pasados cinco días, se hacen presentes en Cesarea.
Tertulio asume la voz cantante de los acusadores. Abre la sesión con palabras muy elogiosas sobre el gobernador, destacando que, gracias a su dedicación, gozan de paz, y todo está bien gobernado gracias a su prudencia. Dicho esto, inmediatamente acusa a Pablo de ser una plaga y un promotor de sediciones entre todos los judíos por todo el mundo y, además, un profanador del templo. A todo esto, añade que quisieron juzgarlo de acuerdo a la ley pero les fue quitado de sus manos y, ahora, se encuentra allí para que el gobernador se entere de todas las justas acusaciones que tienen contra él.
Las acusaciones y los miedos
Como buen fiscal acusador Tertulio había comenzado por alabar al gobernador, seguramente para disponerlo positivamente, y persuadirlo para que acepte las acusaciones que fueron enumerando, las que apuntaban a dar una imagen peligrosa de Pablo para todas las comunidades en todas partes. Ante este peligro reclama una pronta y fuerte sanción.
En todos los tiempos, acusaciones de este tipo procuran despertar temores, infundir miedos, que la gente se sienta amenazada y esté dispuesta a defenderse. Para lograrlo, las inculpaciones se caracterizan por no tener acentos puntuales, y sus difusas manifestaciones apuntan a involucrar a la mayor cantidad de gente, que se convenza de que peligran sus convicciones, mayormente las religiosas. Esta es una forma de argumentación que se ha ido repitiendo y mejorando a lo largo de los siglos.
Siempre es posible que una acusación, que parta de un segmento de la sociedad, pueda ser presentada como una amenaza general cuyos resultados son difíciles de pronosticar. La asechanza de peligros cuyo origen es difícil de determinar, provoca una prevención difícil de dimensionar. El temor ante lo desconocido es siempre una reacción razonable. Pero, también lo es analizar el origen de ese temor.
El gobernador invita a Pablo a responder a sus acusadores. Pablo también tiene palabras elogiosas para el gobernador y pasa a detallar que él hace doce días que está en Jerusalén y no pueden decir que haya disputado con alguno, ni haya amotinado a la multitud, ni en el templo, la sinagoga ni en ningún lugar de la ciudad. Por eso, Pablo se defiende diciendo que las imputaciones que le han hecho ni siquiera “pueden probar las cosas de que ahora me acusan” (24:13). A renglón seguido, pasa a relatar cómo ha creído “todas las cosas que en la ley y en los profetas están escritas”, y que lo que les ha irritado es que “prorrumpí en alta voz: Acerca de la resurrección de los muertos” (24:21).
Que lo resuelva otro
El gobernador que estaba bien informado, dejó su resolución para el final, esperando la venida del comandante Lisias. Mientras tanto, dio orden al capitán para que pusiera a Pablo preso, pero que le permitiera que los suyos lo asistieran. La esposa del gobernador, que era judía, pidió que Pablo le explicara la fe en Jesucristo. Pero, cuando él tocó algunos temas como la justicia y el juicio futuro, Félix se asustó y le dijo que le escucharía en otro momento. Al mismo tiempo, esperaba que Pablo le diese dinero, por eso lo llamaba con cierta frecuencia. Pasaron dos años, y Pablo seguía preso. Félix fue reemplazado por Porcio Festo, pero lo dejó encarcelado para “ganarse a los judíos”.
Estos dos ejemplos nos dan una idea de lo que puede llegar a hacer una autoridad corrupta y acomodaticia, quiere sacar ventaja pecuniaria en una situación de necesidad y, a la vez, trata de congraciarse con quienes ejerce su poder.
Al poco tiempo, se vuelve a repetir lo sucedido con Felix. Los judíos que seguían tratando de apresar a Pablo le insistieron a Festo que lo trajera a Jerusalén. La intención era emboscarlo en el camino y darle muerte. Pero Festo les dice que irá a Cesarea y que allá los espera. Se reiteran las mismas argumentaciones contra Pablo y su defensa. Festo, tal como Felix, quería congraciarse con los judíos y le sugiere a Pablo si el no preferiría ser juzgado en Jerusalén. Su respuesta es muy firme. Nada mal ha hecho, está ante un tribunal del Emperador que es donde se lo tiene que juzgar. Está dispuesto a morir si es hallado culpable pero, como los judíos no tienen fundamento en sus acusaciones, decide elevar su demanda: “apelo al Emperador”.
Ante este pedido, Festo con la asistencia de sus consejeros contesta: “Apela al Emperador, al Emperador irás.” (25:12) Ha encontrado la manera de librarse de este preso al que no tiene de qué condenarle, pero no se atreve a liberarlo por meras razones políticas: no quiere malquistarse con los judíos. Muchas veces los juegos de la política y la justicia saben cómo cuidar las formas y descubrir caminos legales que le permitan evadir sus responsabilidades.
Cuando el rey Agripa y Berenice fueron a Cesarea para visitar a Festo, éste le relató el caso de Pablo. Primero, empieza por aclarar que se trata de un preso de Felix. En esas circunstancias le pidió a las autoridades religiosas que viniesen a Cesarea, porque no es costumbre de los romanos “entregar alguno a la muerte antes que el acusado tenga delante a sus acusadores” (25:16). Allí presentaron cargos contra Pablo, pero ninguno de los que esperaba, porque “tenían contra él ciertas cuestiones acerca de su religión” y de un “cierto Jesús, el que Pablo afirmaba estar vivo” (25:19). Frente a esta situación le había ofrecido a Pablo ir a Jerusalén, pero como él había apelado al Cesar, Festo decidió custodiarlo hasta que pudiera enviarlo a Roma.
Encontrando la salida legal
Aquí podemos entender la estrategia de un político que ha cubierto todos los flancos que pudieran mostrar debilidad, o poner en cuestión sus decisiones. Festo no ha dicho nada que no sea cierto, pero ha detallado lo sucedido de manera de quedar como un justo árbitro de una situación que él no ha creado. Se trata de un hecho enteramente religioso propio de los judíos, y la mejor solución es aceptar la decisión, que con cierta insistencia, asume Pablo: acudir al Cesar.
Agripa se interesa por conocer a este personaje que tanto revuelo ha causado. Se organiza una reunión con los tribunos y principales hombres de la ciudad a la que Agripa y Berenice llegan con gran pompa. Festo hace una breve introducción en la que vuelve a defender su posición reiterando que no ha tenido más remedio que enviar a Pablo a Roma. Pero, añade algo que busca alejarlo de la responsabilidad que está asumiendo: espera que Agripa pueda darle los argumentos que necesita para escribir sobre los cargos que pudieran hacerle en su contra.
Pablo vuelve a contar su historia
Agripa le concede a Pablo la oportunidad de presentar su defensa. Comienza Pablo por poner en claro que Agripa “conoce las costumbres y cuestiones que hay entre los judíos” (26:3), y en esa confianza va a desarrollar su defensa. Se reivindica como fariseo que ha confiado siempre en la promesa de Dios. Es por esa esperanza que los judíos lo acusan y se pregunta desafiante: “¿Se juzga entre ustedes cosa increíble que Dios resucite a los muertos?” (26:8). Enseguida recuerda cómo ha perseguido a los cristianos en todas partes, hasta que fue sorprendido en camino a Damasco, donde tuvo la experiencia que cuenta por tercera vez, como se mencionó en el capítulo anterior. A partir de allí explica cómo comenzó a desarrollar un ministerio en muchos pueblos anunciando lo que “los profetas y Moisés” dijeron que había de suceder, el padecimiento del Cristo y su resurrección.
Festo, llegado a este punto lo interrumpe vociferando: “Estás loco, Pablo; las muchas letras te vuelven loco.” (26:24) Pero Pablo no se amedrenta y le replica que “habla palabras de verdad y de cordura”. Al mismo tiempo, busca involucrar a Agripa, para que confirme que todo esto es de conocimiento del rey y le pregunta: “¿Crees, oh rey Agripa, a los profetas? Yo sé que crees.”
Agripa se sorprende, e intenta desligarse de esa situación atribuyéndole escondidas intenciones: “Por poco me persuades a ser cristiano.” (26:28) A lo que Pablo añade que quiera Dios que, por poco o por mucho, no solamente él sino todos los que oyen, fueran como él con excepción de sus cadenas.
Sin culpa pero sin absolución
Hechos aprovecha esta oportunidad para reiterar cosas que ya ha detallado en otros momentos de su escrito. Pero esta parece ser una oportunidad muy especial para afirmar lo que significa la persona de Pablo, en un momento muy particular de su ministerio. Es evidente que Pablo se ha mantenido en buena medida controlando a la audiencia requerida por Agripa.
No añade nada particular sobre su propia historia, salvo algunos detalles ya señalados, pero introduce en el medio de su defensa la pregunta si la afirmación sobre la resurrección de Jesús es juzgada como algo increíble. Pero, sin esperar una inmediata respuesta, pasa a detallar su propio ministerio. Para Festo, esto ha excedido lo que él esperaba que pasara y, como no puede refutar su presentación trata de descalificar a Pablo, pasándole la responsabilidad a Agripa que tampoco sabe cómo afrontar el desafío. Esta es la incertidumbre de un gobernante ante un predicador que no responde a ninguna institución sino solamente a su propia tradición.
Era esperado que el rey, el gobernador y Berenice se retiraran para tratar de decidir qué hacer. Lo cierto es que reconocen que no encuentran razones valederas para ajusticiarlo o para mantenerlo preso. La argucia política siempre parece encontrar una salida diplomática. Así Agripa argumenta algo que le suena justo: “Podía este hombre ser puesto en libertad si no hubiese apelado a Cesar.”(26:32). Por eso, para Agripa la culpa recae en Pablo, y así no puede quedar libre ya que ha apelado al Cesar. La apelación de Pablo se transforma en una salida que evita tanto a Festo como a Agripa asumir sus responsabilidades, dado que confiesan que no encuentran a Pablo culpable ni siquiera de seguir preso.
El incomprensible silencio de la comunidad
En todo este episodio Hechos motiva varias preguntas que, lamentablemente no tienen respuesta, ni siquiera posibles caminos para averiguarlo. ¿Qué es lo que pasaba en la comunidad de Jerusalén en la que se encontraba Jacobo, que había recibido a Pablo y a sus compañeros “con gozo” (21:17)? Lo único que se menciona son ciertos consejos para que evite la negativa reacción de los judíos, la que, finalmente, no pueden evitar. Sin embargo, no sabemos de qué manera, si es que tenían o preveían alguna manera de ayudar y auxiliar a Pablo, porque lo cierto es que debió pasar severas penurias físicas, al permanecer encadenado y en prisión, a causa de las reiteradas acusaciones que debió enfrentar, en la que ya llevaba más de dos años (24:27) aunque podía recibir la visita de sus amigos.
Nada se dice sobre la actitud de la comunidad de Jerusalén, tanto como la de sus compañeros más cercanos, durante ese tiempo. Hechos suma el silencio sobre las actividades de Pablo en este largo período, porque nada se dice si siguió predicando a quienes se le acercaban. Tampoco se indica sobre su estado de salud y si experimentó alguna enfermedad que lo hubiese afectado.
 La enfermedad de Pablo
En relación con esta historia es importante mencionar que Pablo ha hecho referencia en su carta a los Gálatas haber sufrido una “una enfermedad del cuerpo” (4:13). En Gálatas conocían ese padecimiento, pero “no lo desecharon ni despreciaron” sino que lo recibieron no solo como a “un ángel de Dios” sino “como a Cristo Jesús”. Este es un sensible recuerdo que Pablo guarda de los gálatas, que le hace muy difícil entender por qué abandonaron sus enseñanzas durante su ausencia.
Mucho se ha escrito acerca de qué es lo que en realidad le aquejaba a Pablo, sobre lo que se ha hecho referencia en el capítulo VIII, y que es conveniente recordar. Hay, al menos, dos referencias que él mismo hace. La que ya se ha señalado, y una segunda en 2 Cor.12:7-8, donde habla de “un aguijón en mi carne”, que llama un “mensajero de Satanás” para que lo abofetee “para que no se enaltezca sobremanera”. Es muy probable que se refiera a una enfermedad física. Sobre este particular se han mencionado, en las historias que han buscado recrear la vida de Pablo, la mención de una larga lista de enfermedades posibles.
Entre las más creíbles se encuentran las que se refieren a problemas de la vista, que se aduce, estaría relacionada, en parte, con la ceguera manifestada en su experiencia camino a Damasco, que vuelve a mencionar en Hechos 22:11 “Y como yo no veía a causa de la gloria de la luz.” Es muy probable que tuviera problemas con su vista, pero no pareciera ser su único padecimiento. De todas maneras, es una conjetura que solo se puede llegar a suponer por deducción, puesto que no hay una información que lo sustente, ni es mencionada por el mismo Pablo.
Otra consideración tiene que ver con su alusión al “aguijón en la carne”. En ninguna de las dos citas deja inferir que su problema tenga origen en la experiencia del camino a Damasco. Se podría pensar que Pablo sufre alguna otra enfermedad que no se especifica. Lo que sí debe mencionarse es que Pablo tres veces le ha pedido a Dios ser librado de sus aflicciones, pero no tuvo una respuesta satisfactoria (2 Cor.12:8).
Una reflexión adicional tiene que ver con el acento puesto sobre la actitud de las autoridades romanas tanto como las judías. Se ha mencionado la ausencia de referencias al contexto político social en el que se enmarca la historia de Hechos, que se acentúa en esta larga y, hasta repetitiva, información sobre las acusaciones y su proceso, a los que todos parecen ver como una brasa ardiente de la cual hay que desprenderse. ¿Qué le lleva al autor de Hechos a acentuar el desarrollo de este proceso? Seguramente está interesado en marcar la inocencia de Pablo, pero también llamar la atención sobre las reacciones que produce esta nueva manifestación religiosa que sacude la quietud de una relación “armoniosa” entre autoridades judías y romanas.
Las autoridades judías estaban decididas a eliminar a Pablo, de producirse este hecho se quebraría la quietud social, lo que afectaría políticamente a las autoridades romanas. A esta altura el carácter conflictivo que representa la misión cristiana se despliega con toda claridad desenmascarando a las autoridades romanas y trazando una imagen altamente manipulativa de las autoridades religiosas que pujan por una solución a asumir por los romanos.
Para prevenir cualquier desborde y sortear la responsabilidad de tomar una decisión, las autoridades romanas la van derivando en forma ascendente según el grado de autoridad hasta descargarla en las manos del Emperador. Poner la responsabilidad final en el Emperador permite liberar de compromisos a los varios magistrados, y abre el camino para el envío de Pablo a Roma, porque al declarar ser ciudadano romano desde su nacimiento les dado suficientes argumentos para llevarlo a cabo.
Resta ahora para Pablo, comenzar a transitar el largo y tortuoso camino que le llevará a Roma. Lamentablemente, todo lo que sucede a partir de aquí, Hechos lo narra hasta finalizar su relato con un inconcluso final, que suscita muchas preguntas que no responde, ni da pistas para entender qué pasó realmente. ¿Tuvo que comparecer ante el Emperador? Si esto finalmente no ocurrió ¿Cuál fue el motivo? Así, no informa qué pasó con la apelación de Pablo ante el Cesar, ni deja tampoco lugar para suponer que algún tipo de resolución se hubiese tomado, haya sucedido o no su presencia ante el Emperador.
Al mismo tiempo, se provee una muy fragmentada información sobre las actividades que llega a desarrollar Pablo, su relación con la comunidad cristiana y el desenlace final de su vida. Se puede pensar que hay una reserva de confidencialidad, que le exime de ir más allá. Lo cierto es que, a veces, las mejores intenciones por evitar extenderse en los hechos abren la puerta a la imaginación de aquellos para quienes el silencio y la confidencialidad les permiten elucubrar ocultos propósitos. Solo basta adentrarse en las variadas interpretaciones dadas a los conflictivos y cruentos finales experimentados por Pablo y otros apóstoles. Todo eso será tema del próximo capítulo. + (PE)

Capítulo XI de El libro de los Hechos, una mirada desde la comunicación, de Carlos Valle, que se edita juntamente con Prensa Ecuménica.

Ilustración “La Paraguaya” de Juan Manuel Blanes, uruguayo. Óleo sobre tela, (1879) La Guerra de la Triple Alianza (1864-1870) necesitó cinco años para aplastar al presunto enemigo focalizado en Paraguay. Su lógica de exterminio fue aterradora. Blanes se refiere a este hecho histórico en la pintura La paraguaya. Juan Manuel Blanes, considerado en su país como “el pintor de la patria” ​, nació el 8 de junio de 1830, en Montevideo y falleció el 15 de abril de 1901 en Pisa, Italia.

El autor esTeólogo, con estudios en Alemania y Suiza. Pastor (j) de la Iglesia Metodista Argentina. Director del Departamento de Comunicaciones del Instituto Superior Evangélico de Estudios Teológicos (ISEDET), Buenos Aires, 1975-1986. Presidente de Interfilm, 1981-1985. Secretario General de la Asociación Mundial para la Comunicación Cristiana (WACC), Londres, 1986-2001. Autor de los libros Fe en tiempos difíciles (982) Comunicación es evento (1988); Comunicación: modelo para armar (1990); Comunicación y Misión; En el laberinto de la globalización (2002) y Emancipación de la Religión (2017)


ALCNOTICIAS, 2017

domingo, 8 de octubre de 2017

Impensado, Pablo apela a la ciudadanía romana según Hechos de los Apóstoles

Por.  Carlos Valle, Argentina

Si no puedes volar, corre, si no puedes correr, camina, si no puedes caminar, gatea. Sin importar lo que hagas sigue avanzado hacia adelante. Martin Luther King Jr.

Donde hay poca justicia es un peligro tener razón. Francisco de Quevedo y Villegas

Después de la emotiva despedida de los hermanos en Éfeso, Pablo con algunos discípulos emprende el viaje a Jerusalén pasando por varias ciudades. Un itinerario que dependía de que hubiese barcos disponibles. En todos los lugares a los que arribaban, le rogaban a Pablo para que no fuera a Jerusalén. Se lo dicen en Tiro y en Cesarea cuando se reúne con Felipe, “el evangelista”.
De Judea, viene un profeta llamado Agabo que, tomando el cinturón de Pablo, ató sus pies, para afirmar que el Espíritu Santo dice que así atarán los judíos a Pablo para entregarlo a los griegos. El ruego para que desista de su partida a Jerusalén es cada vez mayor. Pero la respuesta de Pablo es terminante: “Yo estoy dispuesto no solo a ser atado, más aún a morir en Jerusalén por el nombre del Señor” (21:13). Ante esta rotunda respuesta nos les queda más que aceptar la decisión de Pablo de ir a Jerusalén. Allí se hospeda en casa de un antiguo discípulo de Chipre, sobre quien hasta el momento no se había informado.
Arresto de Pablo en el templo
Pablo es bien recibido en la comunidad y, ya al otro día de su llegada, entra con los otros discípulos para ver a Jacobo, donde “se hallaban reunidos todos los ancianos” (21:18). En ese encuentro ya no hay mención de los otros apóstoles. Pablo cuenta lo que ha hecho entre los gentiles, y ellos lo que han hecho entre los judíos, “que son celosos por la ley” (21:20). Pareciera una competencia, en la que las dos posiciones que se aceptaron en el encuentro de Jerusalén (Cap. 15), justifiquen que continúen las tensiones dentro de la comunidad cristiana.
Además, le advierten a Pablo que hay rumores de que enseña a todos los judíos que están entre los gentiles para que no sigan a Moisés, y que no circunciden a los hijos ni observen las tradiciones. Para responder a ese rumor, que parece ser era tomado en serio, le hacen una propuesta para enfrentar a la multitud que seguramente se va a reunir. Hay cuatro hombres que tienen que cumplir un voto. Le piden que Pablo los acompañe rapando él su cabeza, como ya lo había hecho anteriormente (18:18). El motivo de los votos no está especificado, pero los ancianos quieren que se demuestre claramente que Pablo vive acatando la ley.
Pablo les recuerda que ha escrito a los gentiles que, si bien no se les requerirá someterse a la circuncisión, hay ciertas tradiciones que deben seguir. Es la única mención en Hechos sobre las cartas escritas por Pablo. Lo que él ha mencionado es lo que está especificado en la carta que los apóstoles ofrecieron como respuesta a la tensión entre judíos y gentiles en la asamblea de Jerusalén. Una carta que Pablo conocía y llevó consigo, tal como se recuerda que “al pasar por las ciudades, les entregaban las ordenanzas que habían acordado los apóstoles y los ancianos” (16:4)
Cuando los rumores se convierten en hechos
Pablo cumple con el requerimiento de los ancianos, y al otro día entra en el templo, cuando había que presentar la ofrenda como señal del cumplimiento de los días de la purificación. (21:26). Pero los rumores ya habían crecido de tal manera que no tenían poder para revertir lo que se consideraba como un hecho. Judíos venidos de Asia alborotan a la gente, lo toman a Pablo y comienzan a acusarlo de enemigo del pueblo, que introduce gentiles que profanan el templo. La transformación de un rumor en un hecho es un fenómeno que, con el tiempo, se ha ido sofisticando hasta el punto de llegar a dominar buena parte de la opinión de la gente. Hay rumores que tienden a la insidia, porque buscan introducirse en la zona reservada a las emociones. Las emociones tienen un elemento de irracionalidad que puede provocar que los afectados, lleguen a reaccionar de manera muy agresiva.
Además, los rumores relacionados con lo religioso tocan aspectos profundos e inconscientes que pueden producir perturbación o amenaza. Lo que pasa con Pablo es un ejemplo muy claro de toda esta situación: cómo un rumor se transforma hasta llegar a ser considerado un hecho real. Cuando esto sucede se ha conseguido llegar a todos los rincones vulnerables del ser humano. Este tipo de experiencia, se debe recordar, ha estado presente en toda la historia humana, y hoy con todos los desarrollos tecnológicos, no solo mantiene sus principios sino agudiza su sofisticación llegando a producir mayor vulnerabilidad. Pablo es echado fuera del templo mientras se cierran sus puertas.
Las acusaciones pasan de las palabras a los hechos. Comienzan a golpear fuertemente a Pablo con intenciones de matarlo. Enterado el tribuno se apresura a intervenir con sus soldados porque quieren saber qué es lo que pasa. Lo primero que se les ocurre es encadenar a Pablo, para luego tratar de saber qué había hecho. Un tipo de procedimiento policial muy repetido. La gritería era tan confusa que deciden conducir a Pablo al cuartel. Para ello, son los soldados los encargados de llevar en andas a Pablo porque la muchedumbre venía detrás clamando por su muerte. (21:36)
La defensa de Pablo
El tribuno parece confundir a Pablo con un egipcio sedicioso a lo que éste comienza por explicarle quién es él, a la vez que le pide le sea permitido hablar al pueblo y en hebreo. Delante de la gente cuenta brevemente su vida: (22:1) judío nacido en Tarso, instruido a los pies de Gamaliel que era un miembro del Sanedrín y reconocido erudito. Vivía “estrictamente conforme a la ley de nuestros padres”, y perseguía “este Camino hasta la muerte”. A continuación, cuenta su experiencia yendo a Damasco, tal como se ha indicado Hechos 9. Pero el alegato de Pablo no convence al gentío, por el contrario, claman por su vida (22:22). El tribuno ordena que lo metan en la fortaleza. Allí es azotado y atado con correas, esperando que dijera cuál son los motivos por los que ha provocado tan fuerte intransigencia en el pueblo. La reacción que le provoca a Pablo este encierro será mencionada más adelante.
Tres versiones sobre la experiencia de Pablo
Volviendo a la presentación ante el pueblo, Pablo relata, por segunda vez, su experiencia camino a Damasco, sobre el que Hechos volverá a referirse una vez más cuando Pablo tenga que declarar ante el rey Agripa (26). Allí le ruega que “oiga con paciencia” el relato que se propone hacer de su propia vida. Así, en un momento, vuelve a relatar su experiencia en Damasco introduciendo algunos agregados, como que la voz le hablaba en “lengua hebrea”. Además, introduce un párrafo en el que Jesús le indica con detalles que ha aparecido “para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que me apareceré a ti”. Aquí, no solo se refiere a la confirmación de su ministerio sino preanuncia próximas apariciones del Señor. Todo eso no figura en el texto del cap. 9, donde solo se indica que será informado oportunamente.
Se podría hablar de una contradicción entre este relato y el primero, lo que llevaría a suponer que Pablo ha intentado reforzar su propia autoridad con este tipo de afirmaciones. Cuando se recuerdan experiencias pasadas, al volver a contarlas, es muy corriente que afloren detalles no mencionados en los primeros momentos. Puede ser porque el relato se hace en una situación de mayor calma, lo que da lugar a recordar pormenores que se obviaron en los primeros comentarios.
Al mismo tiempo, es bien factible que se tienda a añadir una más elaborada descripción de lo sucedido a fin de reforzar la importancia de lo experimentado. El relato se convierte en una interpretación, donde generalmente el victimario manifiesta datos que lo justifican o favorecen.
Llama la atención que, dentro del mismo libro, se consignen tres versiones diferentes. La primera, es parte de la crónica del escritor de Hechos, mientras que la segunda y tercera vienen directamente, al menos así se indica, del propio testimonio de Pablo. Si se intentara rescatar como válidos los tres relatos siempre estaremos en el terreno de un testimonio personal que solo se exhibe a sí mismo como garante de una experiencia extrasensorial.
Se podría decir que hubo testigos de esa experiencia: los hombres que acompañaban a Pablo, quienes se “pararon atónitos, oyendo a la verdad la voz, mas sin ver a nadie.” (9:7) De todas maneras se trata de una participación ocasional que no parece producir algún efecto en ellos, salvo el shock al que se hace referencia. Sobre los testigos de este hecho no se vuelve a hacer referencia.
Pablo asume esta experiencia como determinante para su ministerio y, por añadidura, de su autoridad, por lo que reclama ser aceptado como uno de los apóstoles, que es una denominación que él mismo se atribuye. Se recuerda que los apóstoles se consideraron como tales por el hecho de haber sido testigos del Jesús resucitado con el que comieron y bebieron. En la I Carta de Corintios Pablo busca alinearse con todos los apóstoles que atestiguan haber visto a Jesús resucitado, mencionando que a él se le apareció “como un abortivo”. Esa aparición, que reclama haber experimentado, es su argumentación para considerarse como “el más pequeño de los apóstoles” cuestionando a su favor el hecho que había sido quien persiguió “a la iglesia de Dios”.
¿Quién puede ser llamado apóstol?
Pablo parece insistir en su carácter de apóstol – en griego enviado- que no se conjuga con lo que se indica en Hechos. Primero, en ningún momento los apóstoles, con quienes Pablo se reunió en varias oportunidades, manifestaron que la experiencia que él había testimoniado le confería el derecho a ser llamado apóstol. Segundo, en ningún lugar de Hechos se hace mención de que otros discípulos, aún los muy reconocidos, como es el caso de Bernabé, hayan sido considerados apóstoles. Esa calificación es parte de la tradición posterior de la iglesia, pero pareciera no armonizar con el carácter restringido mencionado en Hechos. Allí, se trata de una denominación que no tiene un carácter jerárquico ni trasmisible, porque es evidente que tal cosa no definía a la iglesia primitiva.
 ¿Quiénes son estos ancianos?
Con respecto a la mención de “ancianos” en Hechos, nos encontramos con la introducción de una denominación que no se define. Pedro recuerda, en su primera predicación, el anuncio del profeta Joel que “vuestros ancianos soñarán sueños” (2:17).
Ancianos son mencionados como parte del grupo que acompaña a las autoridades en Jerusalén que juzgan a los apóstoles (4:5) Ancianos son también mencionados en relación con la comunidad cristiana. Así ocurre, por ejemplo, en Hechos 11:30 como aquellos que reciben la ayuda para los hermanos de Judea por medio de Pablo o Bernabé. También puede mencionarse como en varios lugares “constituyeron ancianos en cada iglesia” (14:23) y, más tarde, el encuentro de Pablo con los ancianos de Éfeso cuando les anuncia su despedida porque ninguno “verá más mi rostro” (20:25).
La presencia de estos ancianos, quienes no necesariamente eran personas mayores de edad, habla de cierto reconocimiento que parece estar presente en toda comunidad sin que los mismos asuman carácter jerárquico en una determinada estructura eclesiástica, como cuando le piden que acompañe a cuatro hombres que tienen que cumplir un voto (21:23). No parece haber indicios de que se trate tanto de autoridades reconocidas como de personas con madurez y experiencia que cooperan en el sostenimiento de la comunidad tal como, en buena parte, es la experiencia que se comparte en el AT. Pero, el término apóstol se restringe al testigo ocular del acontecimiento del Jesús vivo. Esta calificación se limita a los doce discípulos, que se conforma con la elección de Matías como reemplazo de Judas quien, desde ese momento, “fue contado con los once apóstoles” (1:26).
No puede obviarse hacer mención al peculiar proceso para la elección de Matías que se realiza “echando suertes”. Es difícil encontrar en la Biblia un proceder similar para hechos tan trascendentes como lo fue la elección del duodécimo apóstol. No hay indicación en el NT que este número de doce se entendiera como un número que podría modificarse, o que podría cubrirse una vacante en caso de que eso fuese necesario. Hay una sola mención como apóstoles para Bernabé y Saulo, cuando son considerados como dioses en Listra (14:14). Aquí, más que atestiguar la consideración reservada a testigos oculares, es diferenciarlos de quienes, posiblemente bien intencionado, intentaban endiosarlos. Además, no se hace referencia alguna de que la consideración de apóstol le fuera confiada a ninguno de ellos. Esta única y ocasional mención no da lugar para mayores elucubraciones al respecto.
El carácter de apóstol tiene un contenido muy preciso y limitado, lo que lleva irremediablemente a pregunta por qué Pablo la asume como propia. Lo cierto es que asume este título y lo rubrica en sus cartas como un aval para sustentar su ministerio, su visión teológica, sus consejos y sus admoniciones. Su asumida autoridad como apóstol es lo primero que se menciona en todas ellas, salvo en la Carta a los Filipenses y en Tesalonicenses –su primer escrito- que lo obvia. Aparece en la que dirige a los Romanos:”Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol”. Lo acentúa cuando envía su Primera Carta a los Corintios: “Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios…”. Llamativamente en la Carta a los Gálatas destaca: “Pablo, apóstol (no de hombres ni por hombre), sino por Jesucristo y por Dios el Padre que lo resucitó de los muertos.” Posiblemente aquí el acento busca fortalecer el contenido mismo de su carta.
¿Por qué Pablo se llama a sí mismo apóstol?
Seguramente hay que empezar por considerar esta apropiación del título “apóstol” en relación a su necesidad de mostrar autoridad. La iglesia primitiva no tenía una organización jerárquica ni piramidal. El caso de los apóstoles aparece como un hecho excepcional que los distingue de los demás discípulos por su cercanía y por la evidencia de ser testigos oculares. Nadie más reclamó ser igualado con ellos. Es solo Pablo, que relata su propia experiencia de fe como un calco del relato de los apóstoles, por lo que procede a demandar su autoridad.
Lo que llevó a Pablo a reclamar ese nombre puede entenderse por su necesidad de presentar una autoridad mayor en su testimonio misionero. Sin embargo, siempre queda la duda si era necesario apelar a esta denominación, o si lo que se refleja aquí es la fuerte personalidad de un incansable luchador.
En Hechos, cuando se registra un juicio al que debe acudir Pablo nunca se indica que él haya reclamado ser considerado como apóstol, ni el mismo texto hace mención alguna en ese sentido. Es más, en el juicio que se lleva a cabo en Jerusalén, cuando le van a azotar le increpa al centurión si le era lícito azotar a un ciudadano romano (22:25), pero no hace ninguna referencia a su carácter de apóstol que ha venido reclamando para sí en sus escritos. Se podrá decir que actuó en el marco de la ley romana y que, su carácter de apóstol no tenía allí ninguna relevancia, lo cual es relativo teniendo en cuenta el motivo por el cual había sido llevado a juicio por su predicación. Además, es en su carácter de ciudadano romano que va a ser enviado a Roma, sobre lo cual se hará referencia más adelante.
 La compleja carta a los gálatas
Pablo cree necesario, cuando le escribe a los Gálatas, comenzar por defender su ministerio afirmando que el evangelio que él anuncia “yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo” (1:11). Les recuerda como perseguía a los cristianos, pero que ha sido del agrado de Dios “apartarme desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia” para ir a predicar a los gentiles. Insiste en que no lo consultó con nadie ni “subí a Jerusalén a los que eran apóstoles antes que yo”, obviando la introducción que le hizo Bernabé con los apóstoles muy cerca de su experiencia camino a Damasco (Cap.9).
Lo que afirma es que solo después de tres años fue a Jerusalén y estuvo con Pedro quince días, pero no vio a ninguno de los otros apóstoles, salvo a “Jacobo, el hermano del Señor”. Pasados catorce años va otra vez a Jerusalén, esta vez con Tito y Bernabé. En Hechos se habla del largo tiempo que se quedaron en Antioquía, pero no se menciona a Tito ((14:28). Según Hechos, Pablo da a entender que habló abiertamente con los apóstoles y los ancianos (15:4) pero en Gálatas dice que “expuso en privado a los que tenían cierta reputación” (2:2). Recelaba de los “falsos hermanos introducidos a escondidas” que intentaban someterles, pero ellos se resistieron. Enseguida, hace una dura crítica a los “que tenían reputación de ser algo, “lo que hayan sido en otro tiempo nada me importa” porque, además, nada le comunicaron.
Esta referencia sin nombres da a entender que no se circunscribe a los judaizantes, a los que ya había descalificado. Su enojo es tan marcado que no puede tener un tono de piedad con ellos: “¡Ojalá se mutilasen los que los perturban!” (Gal.5:12) Lo que le importa es que se reconozca que a él se le ha “encomendado el evangelio de la incircuncisión”, pero que a Pedro se le ha reconocido el “apostolado de circuncisión”.
La versión que da aquí Pablo no parece congeniar, según Hechos, con lo acordado en Jerusalén. A Pablo, Bernabé, Jacobo, Cefas y Juan “que eran considerados como columnas” los envían a los gentiles con la “carta de los apóstoles, los ancianos y los hermanos”, que contempla las limitaciones rituales para los conversos griegos, a quienes no se les requerirá la circuncisión. Esa es la carta que llevan a la iglesia de Antioquía y que es muy bien recibida. De todos modos, en Hechos, no se menciona una división de ministerios tal como lo plantea Pablo en Gálatas.
Pablo no hace mención alguna del acuerdo que refiere Hechos, porque lo que Pablo registra en Gálatas es una muy fuerte discusión con Pedro cuando éste visita Antioquía. La fecha de esa visita no está registrada, solo se puede suponer. En Hechos no figura y, si ocurrió, no se sabe bien por qué no hay mención de la misma y solo se la comparte aquí. La acusación de Pablo parece contradecir lo que Pedro expresó en la asamblea de Jerusalén cuando, después de mucha discusión, manifestó que todos saben “que Dios escogió que los gentiles oyesen por mi boca la palabra del evangelio y creyesen” y “ninguna diferencia hizo entre nosotros”. Ya Hechos había registrado el encuentro de Pedro con el centurión Cornelio, su fuerte experiencia al constatar que Dios no discrimina a los seres humanos y donde todo concluye con el bautismo de gentiles (Hechos 10)
¿Por qué el enojo de Pablo con Bernabé?
Él asegura que le echó en cara a Pedro que, por temor a los de la circuncisión, se apartaba de comer con los gentiles antes que llegara gente de Jacobo, lo que le resultaba condenable. Además, participaban otros judíos e incluso Bernabé que “fue también arrastrado por la hipocresía de ellos.” (Gal.2:13) ¿Por qué Pablo se expresa en términos tan duros? Llama la atención esta animadversión con Bernabé por la manifiesta ayuda y cooperación que él demostrara para con Pablo. Bernabé, como líder de la iglesia de Jerusalén y reconocido como “varón bueno, y lleno del Espíritu Santo, y de fe” (11:24), fue uno de los primeros en creer en el cambio de Pablo y acercarlo a los apóstoles (9:27). Es él quien va a Tarso a unirse con Pablo para ayudar a la nueva iglesia de Antioquía. Más tarde, ésta los envía a la asamblea de Jerusalén, llevarán la ayuda para los pobres y compartirán el primer viaje misionero.
Bernabé y Pablo planeaban un segundo viaje misionero, pero tuvieron una disputa entre ellos sobre la participación de Juan Marcos, a lo que Pablo se oponía, por lo que según Hechos “hubo tal desacuerdo entre ellos que se separaron” (15:36-40). Esta escueta mención de la desavenencia entre ambos no hace referencia a la acusación de Pablo sobre desacuerdos sobre la comida judía y la convivencia con los gentiles a que alude en Gálatas. Es probable que Hechos haya evitado entrar en detalles sobre las desavenencias entre Pablo y Bernabé. Al menos, resulta ilustrativo de la personalidad de Pablo al reaccionar de una manera tan fuerte con aquel que fue su sostén en las primeras horas.
En este contexto, hay que mencionar un hecho por demás sugerente que refleja la compleja personalidad de Pablo. Una vez que se separa de Bernabé, se va con Silas a recorrer varios lugares hasta que llega a Derbe y a Listra. Allí había un discípulo llamado Timoteo, que era hijo de madre judía creyente y de padre griego. Pablo quería llevarlo con él y, curiosamente, “le circuncida por causa de los judíos que había en aquellos lugares” (16:3) y, además, porque el padre era griego.
La argumentación que se provee es un tanto débil. El hecho de que la madre fuese judía no ameritaba esa decisión. Se ha argumentado que Pablo estaba tratando de evitar conflictos y se hace referencia a lo que afirma en I Cor. 9:12 “A todos me he hecho todo, para que de todos modos salve a algunos.” Pero esta situación no necesariamente lo reclamaba. Por otro lado, la fuerte reprimenda a Pedro y la crítica a Bernabé no parecen afirmaciones que se puedan conjugar con aquel texto de Corintios.
Todo da a entender que Pablo quiere reafirmar su autoridad destacando su liderazgo a expensas de Pedro y de Bernabé. Así, acomete decididamente contra la sumisión a la ley “¿Recibieron el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír por fe?” (3:2). Se lamenta: “Me temo por vosotros, que haya trabajado en vano con ustedes.” (4:11)
Sin embargo, toda su prevención contra los que defendían la circuncisión parece haberse puesto en suspenso cuando viaja a Listra (14) ¿Fue esta una contradicción con lo que había enseñado en su carta a los Gálatas? Pablo insistió en que los gentiles no necesitaban circuncidarse, pero lo que está aquí como eje central, es el cuestionamiento a su propia autoridad, la que cree ha sido quebrantada en Gálatas, de allí que su respuesta refleja una posición muy intransigente.
Pablo, el ciudadano romano
Volviendo al discurso que el tribuno le permite dar a Pablo en lengua hebrea, como se ha mencionado, termina con un fuerte pedido de la gente: “Quita de la tierra a tal hombre, porque no conviene que viva” (22:22). La situación era tan tensa que el tribuno decide meterlo en el cuartel y azotarlo. Es allí cuando Pablo reacciona preguntando al centurión presente:”¿Es lícito azotar a un ciudadano romano sin haber sido condenado?”
La sorpresa y el temor se muestran en el centurión que acude de inmediato al tribuno. Éste le requiere una vez más a Pablo que diga si es ciudadano romano, porque que a él le ha costado mucho dinero conseguir esa ciudadanía, a lo que Pablo responde que la tiene de nacimiento (Ver Capítulo VIII). Por de pronto, no va a azotarlo, pero sí mantenerlo encadenado.
Interesado por saber de qué lo acusaban los judíos, reúne a los principales sacerdotes, y a todo el concilio. Otra vez, un juego político de un funcionario que sabe cómo manejarse políticamente y librarse de responsabilidades que pudieran involucrarlo. En este encuentro, el tribuno quiere que Pablo se dirija al concilio. No bien dice la primera frase el sumo sacerdote hace que le golpeen en la boca. Es una manera de decir; aquí mando yo. Pero Pablo no se amilana y reacciona con fuerza:” ¡Dios te abofetee a ti, pared blanqueada!” (23:3) Su reacción se basa en el hecho que él está ahí para ser juzgado según la ley, y se quebranta la ley golpeándolo. Al estar avisado de que se trata del sumo sacerdote no pierde el tiempo y se excusa recurriendo a una vieja ley del Éxodo “No injuriarás a los jueces, ni maldecir al príncipe de tu pueblo” (Ex. 23:4).
Entonces, para evitar ulteriores consecuencias, aprovecha el hecho de que en la concurrencia hay saduceos y fariseos. Por eso, resalta su lugar como fariseo, y que lo quieren juzgar por su esperanza en la resurrección de los muertos. Dicho esto, la audiencia se divide, porque los saduceos no aceptan la resurrección de los muertos y los fariseos reclaman que no se ha cometido ningún delito. El tribuno se da cuenta que el ambiente está muy caldeado y que lo mejor es llevar a Pablo a los cuarteles. Él trató de que el tema se resolviera entre los judíos, pero el alboroto lo empieza a complicar.
Pablo, su hermana y su sobrino
Las aguas no logran aquietarse, por el contrario, hay un grupo que quiere que lo lleven nuevamente a juicio, sabiendo que cuando ello ocurra habrá un grupo de cuarenta judíos conjurados para matarlo. Es en medio de esta situación que se menciona a una hermana de Pablo, cuyo hijo se entera del complot y le informa a su tío Pablo lo que traman (23:16-17).
Esta es una mención única sobre los lazos familiares de Pablo. No se dice que se hubiese reunido con ellos ni antes ni ahora. Se podrían mencionar algunas razones, una de ellas, que Pablo estaba muy preocupado por lo que habría de pasarle en Jerusalén. Sin embargo, su sobrino está al tanto sobre lo que sucede y sabe cómo contactarse con Pablo. Hay aquí un cierto misterio que Hechos no nos ayuda a develar, aunque su mención llama la atención y abre varios interrogantes.
El tribuno recibe al sobrino de Pablo y éste lo pone al tanto de todo lo que se planea. El tribuno no duda, el peligro es muy evidente, por eso manda preparar un grupo especial de soldados para que lleven a Pablo a Cesarea a fin de que estuviese a salvo con Félix, el gobernador, a quien el tribuno le había mandado una carta que Hechos reproduce (23:26:30) donde menciona que no encuentra delito en Pablo. Félix acepta la carta, confirmando que lo escuchará cuando estén presentes sus acusadores. Estamos en el preludio de un escenario preparado para librar responsabilidades. + (PE)
Capítulo X de El libro de los Hechos, una mirada desde la comunicación, de Carlos Valle, que se edita juntamente con Prensa Ecuménica

Imágenes: “Un Episodio de la Fiebre Amarilla en Buenos Aires”, obra de Juan Manuel Blanes, uruguayo. Un óleo sobre tela inspirado en la tragedia de la epidemia de fiebre amarilla en Buenos Aires en el primer semestre de 1871. Juan Manuel Blanes, considerado en su país como “el pintor de la patria”, nació el 8 de junio de 1830, en Montevideo y falleció el 15 de abril de 1901 en Pisa, Italia

El autor es teólogo, con estudios en Alemania y Suiza. Pastor (j) de la Iglesia Metodista Argentina. Director del Departamento de Comunicaciones del Instituto Superior Evangélico de Estudios Teológicos (ISEDET), Buenos Aires, 1975-1986. Presidente de Interfilm, 1981-1985. Secretario General de la Asociación Mundial para la Comunicación Cristiana (WACC), Londres, 1986-2001. Autor de los libros Fe en tiempos difíciles (982) Comunicación es evento (1988); Comunicación: modelo para armar (1990); Comunicación y Misión; En el laberinto de la globalización (2002) y Emancipación de la Religión (2017)


Fuente: ALCNOTICIAS, 2017.

martes, 1 de julio de 2014

Evangelio, identidad cultural y el apóstol Pablo

Por. Juan Stam, Costa Rica*
El argumento de Pablo en Gal. 3.28 y Col 3.11, "Ya no hay judío ni griego", afirma también que el evangelio no pertenece a ninguna cultura. 
El apóstol Pablo, como apóstol a los gentiles, defendió tenazmente la justificación por la gracia mediante la fe, igual a judíos como a gentiles. Eso definió un corolario importante para el tema "evangelio y cultura".
En efecto, los enemigos judaizantes de Pablo querían insistir en que los gentiles, para llegar a ser cristianos, primero tenían que hacerse judíos. Pablo insistía en que los gentiles podían venir a Cristo como gentiles que eran, sin tener que pasar por el judaísmo, y que podrían vivir la vida cristiana dentro de su propia cultura y no la judía. Para el evangelio, no hay ninguna cultura oficial ni ningún idioma sagrado.
El argumento de Pablo en Gal. 3.28 y Col 3.11, "Ya no hay judío ni griego", afirma también que el evangelio no pertenece a ninguna cultura ("no hay judío"), pero no debe malentenderse en el sentido de que el cristiano pierda su propia la identidad cultura. El mismo Pablo era ciudadano romano y apelaba a sus derechos como tal. Estos pasajes afirman más bien la igual dignidad y autenticidad de cada identidad étnica, como espacio cultural en el que puede encarnarse el evangelio.[6] En Cristo Resucitado, el segundo Adán, ha nacido una nueva humanidad que ha de iluminar y transformar las diversidades particulares (género, etnia, clase social) y a la vez coordinarlas en una nueva unidad en Cristo.
Un pasaje que revela claramente la actitud de Pablo hacia las muy variadas culturas entre las que se movía es 1 Cor 9.16-27: "a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos" (9.22). Lo definitivo es la urgencia de proclamar el evangelio; las diferencias culturales (judíos 9.20, gentiles 9.21) y teológicas o morales (9.22 débiles) están subordinadas al evangelio, que puede manifestarse igualmente dentro de esos diversos contextos.
(También en Antioquía, contra Pedro, Pablo insistía en que los gentiles no tenían que hacerse judíos para poder ser cristianos, ni sería legítimo hacer dos "denominaciones", con eucaristías separadas, una para judaizantes y otra para gentiles incircuncisos).
La conclusión del pasaje (1Cor 9.24-27, sobre deportes) da un ejemplo muy hermoso de la identificación cultural de Pablo con los gentiles, a quien Dios lo había enviado. El pasaje habla de dos, o quizá tres, deportes helenísticos: la carrera 9.24, la lucha libre 9.25, y quizás el boxeo (9.26b,27: "golpeo").
Este es un pasaje que Pablo, el israelita con formación farisea, jamás hubiera escrito como judío para judíos. Los judíos en general no practicaban los deportes, especialmente los que requerían un gimnasio o un estadio o que se practicaban semi-desnudos (gumnastikós, jugar o entrenar desnudo). Ninguno de los deportes de este pasaje era practicado por los judíos. Sin embargo, aquí y en otros pasajes Pablo muestra un entusiasmo por dichos deportes helenísticos.[7]
Algunos autores han sugerido que en los largos años entre su conversión y su primer viaje misionero, Pablo se dedicó a asimilar la cultura de los gentiles, a los que iba a dedicar su vida como misionero.
Eso puede verse en las referencias a la literatura griega que cita Pablo, en la nomenclatura que introduce para las congregaciones y los líderes, en el lenguaje que a veces usa ("libaciones"; "adopción" en sentido romano; "jugar el todo por el todo" paraboleúomai Fil 2.30; uso de algunos términos de "olor gnóstico"), y en sus referencias a los deportes helenísticos.
Tampoco le cohibían los escrúpulos judíos contra varias de estas expresiones culturales. Las veía como auténticos valores de la cultura en que evangelizaba y como totalmente compatibles con el evangelio.
Siendo judío, aprendió a pensar y actuar como gentil para llevar las buenas nuevas a los gentiles. ¡Hasta se hizo fanático de los deportes!
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 [6]) En este mismo sentido Pablo afirma que "no hay varón ni mujer", no para indicar que la identidad sexual ya no existe sino que en Cristo no cabe tal discriminación. Cada género encuentra en Cristo su identidad, su valor y su dignidad.
 [7]) Esta situación podría compararse con los primeros años de la evangelización en América Latina, cuando en muchos lugares se condenaba el fútbol como "mundano" y pecado. Igualmente condenaban la guitarra y la marimba. 
*Autores: Juan Stam
©Protestante Digital 2014