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miércoles, 30 de mayo de 2007

EDUCACIÓN TEOLOGICA:¿CÓMO ENSEÑAR Y HACER TEOLOGÍA EN AMÉRICA LATINA HOY?



MAESTROS DEL MARTILLO





Cuando comencé mi formación académica, mi primer grado de licenciatura en teología, lo obtuve en un seminario denominacional de mi país Colombia, lo que pude aprender en este campo fue poco. Eso me llevó a estudiar de nuevo la teología, filosofía, en otras facultades del exterior, y pedagogía en mi país. Después de pasar esta experiencia me pregunté ¿por qué en ese seminario no aprendí hacer teología? La respuesta la halle al comparar los docentes de ese seminario con los de otras facultades, el resultado era que esos docentes de ese seminario, no sabían hacer teología, porque su formación carecía de estas disciplinas de las ciencias sociales: como la filosofía, la pedagogía y la metodología científica de la investigación académica. Eran como lo expresan los especialistas en pedagogía: Maestros del martillo, es decir ellos enseñaban a martillazos la teología, siempre veía a mis docentes compartir las ideas del mismo autor, la clase se convertía en un monólogo de lectura lineal, no daban lugar a la critica ni mucho menos al taller de la imaginación creativa; en cambio los docentes de otras facultades, también se quedaban con el estribillo de la marginación y la explotación, aunque la clase daba lugar al taller critico, pero, cometían otro error, nos daban un montón de lectura, que en el fondo esas lecturas se perdían en el horizonte de la clase.

En la actualidad esos docentes de ese seminario donde comenzaba mis estudios de licenciatura en teología, han podido ingresar a una universidad ya sea por fuerza mayor o por no quedarse fuera del sistema laboral, para acreditarse en las disciplinas como la religión u otra, que les dé un estatus como profesional. Una mirada cercana particularmente del escenario teológico dudará mas de estas formaciones rápidas, como suceden con los famosos programas doctorales que se ofrecen para América Latina, que en el fondo son solo empresas para comercializar titulillos para los ineptos latinoamericanos que por su deseo de alcanzar un titulillo doctoritis, siguen siendo campo de misiones, ya no en la evangelización individual sino en el campo “intelectual”. Es cierto que se necesita del titulo; como profesional debo reconocer a todos los que poseen un titulo, como perteneciente al campo teológico académico solo a condición de permitir una gama de miradas, de perspectivas, etc.

A un frente a esta diversidad, existe una experiencia por parte del autor de este articulo compartidas entre quienes se dedican hacer teología y los que enseñan teología. En efecto, aunque pocas cosas tengan en común no es lo mismo todos han vivido largos años de escolaridad, en los que han disfrutado de la enseñanza de sus docentes y otros en cambio, han vivido en la fauna teológica de la sobre vivencia, pasaron por un grupo de alumnos. A desgano o gustosos, quienes hacemos teología nos encontramos ante los problemas propio de enseñar. Esta experiencia y dificultades que comparto, surge la necesidad de reflexionar y pensar sobre nuestra función como docentes: ¿Cómo se enseña teología en los claustros? ¿Cómo se hace teología en América Latina? ¿Desde que presupuesto? Yo como especialista en Diseño de Ambientes de Aprendizaje afirmo que la actividad de enseñar presenta siempre la necesidad de plantearse preguntas y dificultades que, aunque no resulten resuelto del todo, por lo menos intenta generar pensamiento critico propio de la teología latinoamericana.

Por eso, a la hora de seleccionar contenidos para confeccionar programas no resulta fácil elegir que textos se ajusta a la realidad que vive cada estudiante de teología. Optar por trabajar con problemas o realizar un sondeo histórico, distinguir lo significativo, lo inevitable, lo imprescindible no es una tarea exclusiva del filosofo o del pedagogo, lo es para el teólogo, implica posicionarse frente a ella y valorar su legado que han dejado no solo la teología que enseña sino las demás teologías que han existido y las que están emergiendo desde cada cultura, desde cada genero humano y desde cada opción sexual. A su vez preferir ciertos contenidos u otros, adoptar una metodología de trabajo, exigir la participación del estudiante y elegir entre la infinidad de matices que trae la acción de enseñar, acompañada por una estrategia pedagógica y filosófica. Aquí el docente consciente e inconsciente debe revelar su forma de hacer teología sobre que presupuesto basa su teoría y sobre que punto mira el objeto de estudio. Esto le permitirá al alumno poder seguir y proponer su mirada a ese objeto estudiado.

Al evaluar el docente deberá posesionarse ante dificultades que sabe, como son la diversidad de ideas y de estilos, como manejar el poder en sus manos de condicionar a sus alumnos autorizarlos o desautorizarlos como exponente teológico, acreditarlo o desacreditarlo como teólogo para un futuro que puede requerir destrezas tanto teológicas como de otras disciplinas, imponerse o negarse a cuantificar ideas y razonamientos…Enseñar es enfrentar cuestiones éticas que no pueden ser ignoradas. Si la esencia de la educación es, como Sócrates la concibió de la función profesional de su madre partera que era dar a luz, es decir dar vida a un nuevo conocimiento. Enseñar implica una fuerte responsabilidad. Ser hospitalarios con los nuevos, invitarles a nuestro taller intelectual sin violentarlos a entrar en mi forma de ver y hacer teología, es una tarea que requiere reflexión y cuidado pastoral. Teniendo en claro nuestra función como docente y teólogo académico quiero dar una posible respuesta, que no quedan de todo resuelta pero quedan abiertas a otras respuestas ¿Cómo se hace teología en América Latina? ¿Desde que presupuesto? ¿Cómo se enseña teología en los claustros?

¿CÓMO SE HACE TEOLOGÍA EN AMÉRICA LATINA? ¿DESDE QUE PRESUPUESTO?


Si la esencia de la educación es, como afirma Hanna Arendt, “la natalidad, el hecho de que en el mundo hayan nacido seres humanos”, enseñar implica una fuerte responsabilidad y hacer teología mucho más; porque de la forma como yo enseño hoy será el resultado que esperamos en el futuro, es decir, si no hice las cosas bien desde el principio jamás voy a recoger buenos frutos, recuerda las palabras de Jesús por sus frutos los conoceréis…, el buen docente se conoce por los frutos de los pensadores que de en el futuro inmediato. En América latina coexisten un sinnúmero de seminarios, facultades de teologías, fundaciones universitarias, universidades teológicas y pensadores para cada público, los hay desde los más conservadores hasta los más fanáticos y en el medio están los que reflexionan, los que hacen teología a otro ritmo. En esta fauna teológica, hay que tener mucho cuidado, a veces por el afán de estudiar, el neófito se involucra en cualquier institución por la urgencia de un titulo ya sea de licenciado, master y doctor. Pero, a la hora de estudiar es bueno reconocer que legado tiene esa institución, cuantos años viene haciendo teología, cuantos artículos y libros han escrito sus docentes y eso marca la seriedad de una institución, la seriedad de enseñar y hacer teología.

A la hora de escoger una institución, un campo teológico que nos lleve hacer teología surgen problemas políticos cuando tomamos conciencia del lugar que ocupamos dentro de este zoológico de instituciones: ¿Asumimos como propios o enfrentamos sus objetivos de formación de sujetos? ¿Somos o no conscientes de nuestras determinaciones como parte de una estructura que nos trasciende o que nos aliena al poder neoliberal? ¿Nos constituimos como reproductores de un sistema ya establecido por la sociedad neoliberal o buscamos alternativas de cambio? Somos responsables de lo que elegimos cuando se presentan estos dilemas y otros que surgen de cualquier práctica educativa, es por ello, mi necesidad de compartir con ustedes estas inquietudes: ¿Cómo hacer teología en nuestros países? Responder a esta pregunta me resulta difícil por la diversidad cultural, etnias, etc. Pero, trataré de alguna manera ayudar al problema planteado, para ello me basare al teólogo John Mackay, que es uno de mi teólogos favoritos y que estuvo inmerso en esta inquietud.

Mackay creó una metáfora, que se puede correlacionar con lo que vengo tratando en este artículo, que es el del Balcón y el Camino. Decía El que hay dos estilos de vida y dos maneras de mirar el mundo. Una es la del balcón, la de la distancia, la del espectador. La otra es la del camino, la del peregrinaje, el riesgo y obediencia. El balcón es el punto de vista clásico, y, por tanto, el símbolo del espectador perfecto, para quien la vida y el universo son objeto de contemplación y estudio [...]. Por camino, El nos dice: “que es el lugar en que la vida se vive tensamente, donde el pensamiento nace del conflicto y el serio interés, donde se efectúan elecciones y se lleva a cabo decisiones. Con el camino se busca un fin, se corre el riesgo, se derrama a cada paso la vida. (Mackay, 1957, 38).

Con esto Mackay nos plantea una nueva manera de acercarse a Dios y de nombrarlo, de pensar lo divino. Es decir, de hacer teología que estaba íntimamente vinculada con una práctica, una toma de posición. “No puede haber conocimiento verdadero de las cosas últimas [Dios, ser humano y mundo] que no haya nacido de un serio interés y se haya perfeccionado en una entrega y adhesión. Lo cual equivale a decir que la verdad religiosa se obtiene solamente en el camino.” (Ibíd,) Por lo anterior, la teología latinoamericana, se encuentra en un despertar por la transformación social de nuestros pueblos latinoamericanos. Hoy en día hablar de paz, justicia, derechos humanos, ecumenismo es sinónimo de Teología de la Liberación en los círculos teológicos fundamentalistas o diabólica en los círculos teológicos neopentecostales. Mi interés en este artículo es hacer una relectura de nuestros postulados teológicos de donde venimos y desafiarnos a un nuevo caminar teológicos y seguir la huella que dejó John Mackay la del camino de los que sufren en nuestra sociedad. Esta debe ser la preocupación y el punto de partida de toda teología que encara una formación espiritual y académica. Si usted quiere profundizar sobre la teología de Mackay favor leer mi artículo publicado por la revista Teología y cultura

¿CÓMO SE ENSEÑA TEOLOGÍA EN LOS CLAUSTROS?

Esta pregunta nos lleva a buscar una metodología pedagógica, a partir de ella se cuestiona cómo hacer accesible un cúmulo de conocimientos a un grupo de estudiante o al público general que no los manejan todavía. Los distintos niveles de la educación y saberes previos del grupo guiarán la elección de formas y contenidos a ser utilizados durante la enseñanza. En esta parte, se convierte en una pregunta inquietante para el profesor, ya que intenta alcanzar los objetivos y logros propuestos en su clase o programa, pero diferente para el teólogo, ya que la teología sigue independientemente de su modo de ser transmitida. Para usted., que es teólogo o profesor puede desconfiar de esta rápida interpretación de la pregunta ¿Cómo se enseña teología? Ud., me responde con otra pregunta ¿es una pregunta metodológica? Esta pregunta metodológica de la indagación por como enseñar resulta sospechosa por un motivo fundamental: en su generalidad parece desligarse de qué va enseñar.

En efecto, se podría ir al grano ¿Cómo enseñar teología? La interpretación supone una distinción entre forma y contenido que no es inmediatamente evidente. ¿Es la teología algo previo a su modo de ser transmitida? Una vez más resulta tentador contestar que la teología es previa a su enseñanza. La teología esta ahí, mediatizada o cerrada por los presupuestos doctrinales de cada denominación en particular, y la pregunta por el cómo vuelve a convertirse en una cuestión de traducción y aplicación: cómo enseñar Barth, Tillich a un grupo de estudiante de nivel secundario, cómo leer y relacionar a Hegel con la teología en una clase de primer semestre de teología. La pregunta por el cómo se instala en el marco pedagógico de la búsqueda de una metodología, del mejor modo de llevar a cabo la acción de enseñar. Esta repetición no es casual y está estrechamente ligada a una concepción liberadora como diría Paulo Freire, es decir la teología como disciplina ha estado cristalizada en los textos de una o varias tradiciones llamase católica, evangélicas, etc. Al meno en nuestro rol de docente, el teólogo se enfrenta al contenido que pretende enseñar considerándolo otro, ajeno y cerrado en si mismo.

Esta particular relación que se establece entre materia a enseñar y estudiante puede resultar pertinentes en algunos ámbitos. En efecto, durante la formación de teólogos, no es necesario transmitir el mayor número de información y lecturas que en vez de ayudarle al estudiante a un encuentro con la teología que no resulta del todo teológica. En primer lugar, si la teología es presentada como un cúmulo de contenidos histórico, la clase podría convertirse en un espacio para la aceptación dogmática del pensamiento de los teólogos. Ayudado por la imposición del docente que apela directamente a la autoridad del teólogo para justificar un determinado pensamiento. La teología se impone dogmáticamente también cuando se presentan las ideas rodeadas o adornada de un misterio, afirmando que son tan complicadas y requieren tantos años de esfuerzo y trabajo que el aprendiz no estará motivado a discutir sobre el tema. Todos los intercambios de ideas que se dan en el aula son conversaciones improductivas, pero no didáctica ni menos teológicas.

Otra dificultad que he podido rastrear es el tipo de enseñanza dudosamente teológica. Se olvida el intento de abarcar el contenido de un periodo o corriente de pensamiento teológico y se hace hincapié en el trabajo exhaustivo sobre algunos pensadores, algunos se profundiza otros quedan a medio camino, estos cortes se presentan como enigma a ser descifrados por el aprendiz. El resultado más evidente es el placer intelectual que experimentan algunos estudiantes cuando comprenden lo que en primera instancia les parecía incomprensible. El reverso de este resultado es el silenciamiento de que algunos casos, el contenido estudiado no resulta significativo para ninguno de los actores de la clase, incluyendo al docente. La justificación teórica más corriente para esta práctica es dejar el espacio para la investigación y el debate de esos vacíos de la clase, aquí el docente necesita de la herramienta pedagógica: didáctica teológica y filosófica. En cualquier caso, estos encuentros con la teología en el aula se presentan como contradicciones entre lo que enseña y el modo en se enseña, ya que se pretende introducir a otros en una disciplina reflexiva y critica que sin embargo se les presenta como incuestionable o vacía o lleno de significado espiritual, producto de la cultura evangélica del libro: la Biblia. Para evitar esta contradicción y ser más productivo en la clase, les propongo como cierre de este artículo las siguientes propuestas:

Propongo entonces intentar indagar de nuevo a la pregunta sobre el cómo enseñar teología en otro escenario, que para mi seria el escenario del taller creativo y reflexivo, en el cual la pregunta por el cómo se revele como la interrogación sobre si es posible otra relación con la teología. Una relación en la que la teología no sea solo transmisión de contenido, sino que se haga teología durante la clase. Preguntar cómo se enseña hace visible, finalmente que la teología es lo que enseña, pero con todo lo que ello implica. Es lo que se hace accesible y lo que se oculta, es lo que se somete a la critica y lo que se venera dogmáticamente, es lo que se presenta como fácil o como difícil, es lo que se muestra trascendente o intrascendente, es lo que tiene sentido o carece de sentido. ¿Será posible apropiarse de la teología como algo que se hace, no que se crea ni que se lee, no que está ante ni que me sobrepasa, sino que se hace en la enseñanza y el aprendizaje? ¿Podrá mostrarse la teología en la clase como algo problemático y no solo como un problema intelectual, sino como problema vital, como indagación sobre lo vivido?

Estas preguntas ponen al docente en un lugar incierto, no como espectador sino como uno de los protagonistas, si es protagonista implica invertir prioridades. Antes están los docentes y los alumnos, después la teología. Esta prioridad quizá no sea del todo temporal ya que la teología es históricamente algo que parece antecedernos, sino más bien ontologica. Somos antes que la teología del mismo modo que lo fueron los grandes teólogos en la historia. Fueron antes porque la teología no era para ellos un fin en si misma, sino solo un medio para abordar los problemas que los conmovían profundamente. Comprender de este modo la relación entre la teología y su enseñanza implica abrir un “espectro” de problemas muy amplio, que requiere un trabajo minucioso para cada temática; y que cada temática tenga una relación con los problemas de nuestra gente, de nuestra sociedad, de nuestra cultura. De hecho, que para involucrar estos problemas en la clase necesitamos la didáctica de la teología, de la filosofía, ya que ella nos enseña hacer uso de todas las herramientas audio visuales, como también el cine, el arte, los libros de ficción, estas quedan abierta para que otros(as) teólogos(as) y filósofos(as) puedan ir proponiendo nuevas formas para hacer y enseñar teología…