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domingo, 8 de septiembre de 2013

Alberto Roldán ‘retrata’ a Míguez Bonino (II)

Por. Leopoldo Cervantes-Ortiz, México*
 
“¿Es posible una ética político-cristiana que sea operativa en la esfera pública? […] ¿Cómo puede el cristianismo responder a las nuevas prácticas y concepciones de la vida política en el mundo moderno?” 
El temple y la seriedad teológica de este libro, hay que decirlo, exige al lector que no sólo se interese por el autor estudiado sino que verdaderamente advierta la importancia del mismo.
Y eso lo hace sin insistir todo el tiempo en ello, puesto que más bien los autores demuestran que aprendieron bien la lección de su maestro a la hora de emprender la tarea de evaluar una labor teológica tan consecuente. De esta manera, los Roldán consiguen varias cosas al mismo tiempo: un retrato fiel de Míguez Bonino, considerando incluso aspectos autobiográficos, un resumen de las líneas dominantes de su pensamiento y, también, una proyección sobre la manera en que el autor de  Espacio para ser hombres  seguirá vigente en el ámbito latinoamericano, y no únicamente protestante.
Alberto, que es quien sintetiza la vida de Míguez, no se apoltrona en la contemplación de la personalidad de su admirado profesor y completa el impulso de relacionar la biografía con los frutos de ese trabajo teológico. Luego de presentar los aspectos biográficos acomete el análisis de los “ejes centrales” de esta teología y apunta sobre sus fuentes:
 Míguez Bonino apela no sólo al testimonio de las Escrituras, sino también a la tradición patrística, medieval, moderna y contemporánea sin dejar de tomar en cuenta lo mejor de la filosofía y la sociología para cada tema en cuestión. Fiel discípulo de Karl Barth (aunque no haya estudiado con él) se puede ver a Míguez Bonino con una Biblia en una mano y el diario en la otra. Sus exposiciones tienen siempre un tono pastoral y denotan un enorme esfuerzo por pensar la fe para cada momento de la historia. (p. 35)
Y en ese tono se mueve todo el tiempo al explorar los temas preponderantes de Míguez. El Reino de Dios, como paradigma central, “apareció recurrentemente en sus textos”, señala, y advierte que “la principal fuente para entender” lo que significó para él dicho tema es una ponencia presentada en diciembre de 1972, en la que Míguez buscó, según sus propias palabras, y en una época en que aún no se clarificaban bien sus coordenadas, “entender la presencia activa del reino en nuestra historia de tal modo que podamos adecuar a ella nuestro testimonio y acción”.
No era usual semejante valentía conceptual dentro del protestantismo latinoamericano, sobre todo a la hora de clarificar posturas ideológicas y espirituales ante las nuevas exigencias que se presentaron coyunturalmente a las comunidades. Tal realidad escatológica debía presidir absolutamente todo lo que hicieran las iglesias, aunque si bien, Míguez reconoció que el kairós no llegó a la manera en que se esperaba, las exigencias siguieron y siguen vigentes.
La Trinidad como criterio hermenéutico fue otro de los jalones metodológicos que presidieron el trabajo de Míguez, pues pudo distinguir enfáticamente la diferencia entre la creencia eclesial de la Trinidad divina y la “realidad ontológica y económica” de las personas trinitarias en la historia(p. 43).
Algo similar sucede con su visión sobre la iglesia y la unidad para la misión, un tema que lo apasionó y sobre el que también escribió páginas memorables.

A. Roldán comienza su análisis desde la manera en que Míguez evaluó el Concilio Vaticano II al participar en él como único observador protestante latinoamericano. Las preguntas incisivas que lanzó al concilio mismo en marcha y a sus resoluciones son una muestra más de su capacidad para concentrar problemáticas teológicas de gran alcance. Una de ellas, fuertemente crítica sobre el espíritu y la disposición renovadora del concilio, la cita Roldán  in extenso:  “Es posible cumplir tal programa sin tocar la rigidez formalista de cierta teología de escuela, sin modificar la despersonalización objetivista de una concepción puramente jurídica de la Iglesia sin conmover el control paralizante de la centralización curial, sin abrir la mentalidad antimoderna del clericalismo —para limitarnos sólo a las cosas más evidentes y superficiales? (p. 48). Con este mismo ímpetu se acerca a otras obras de Míguez en donde afloró su preocupación por el impacto de la unidad en la misión de la iglesia, como  Integración humana y unidad cristiana  (1969). En este sentido, su posición fue contundente: “Una Iglesia dividida en un mundo que busca la unidad es el más trágico contrasentido que pueda imaginarse” (p. 51). Más bien, la Iglesia ofrece un paradigma de unidad humana y debe ser un camino abierto “a la comunidad humana universal” (p. 52).
La ética política cristiana es el último gran tema que desarrolla A. Roldán con especial soltura, pues la atención prestada a este tópico tan controversial vuelve a manifestar cómo Míguez fue un pionero y practicante de las ideas que consolidó en sus textos.
Desde 1964, esbozó la idea de los “Fundamentos de la responsabilidad social de la Iglesia”, como se decía entonces. Un título muy parecido tenía un texto preparado para la primera reunión del movimiento Iglesia y Sociedad en América Latina (Lima, 1961) y que apareció aumentado en un libro colectivo es el testimonio de esta tendencia. A partir de los cuatro modelos que analiza allí intenta aplicar algunos principios para reformular dicha responsabilidad en términos bíblicos y cristológicos. Ellos son: la actuación de Dios en la historia para “crear una comunidad solidaria y responsable”, la creación divina de “un ser humano maduro, responsable y libre” y la operación de la encarnación en el mundo. No obstante lo cual, la falibilidad y precariedad de las decisiones eclesiales y de los creyentes por separado, obstaculiza en ocasiones la consecución de los planes divinos.
A. Roldán traza el desarrollo cronológico de esta temática en los libros de Míguez: desde  Christians and marxists  (1976) hasta  Poder del Evangelio y poder político  (1999), pasando  La fe en busca de eficacia  (1977) y  Toward a Christian political ethics  (1983). El primero de ellos fue resultado de unas conferencias expuestas en 1974, en Londres, gracias a la invitación de John Stott y Langham Trust. En todos ellos, Míguez habla como un cristiano comprometido con su tiempo que abre los ojos a la realidad y desea dialogar con las corrientes que dieron cauce a profundas transformaciones sociales, como el marxismo, pero sin abandonar jamás el horizonte evangélico. Las alianzas estratégicas, decía, no deberían ahogar la aportación específicamente cristiana al cambio social. De ahí sus nuevas y acuciantes preguntas en el libro de 1983: “¿Es posible una ética político-cristiana que sea operativa en la esfera pública? […] ¿Cómo puede el cristianismo responder a las nuevas prácticas y concepciones de la vida política en el mundo moderno?” (pp. 67-68).
Nunca abandonaría, al calor de estas preocupaciones urgentes, el sentido evangélico de la justicia, pues su teología que siempre buscó encarnar el Evangelio ante las realidades humanas más sentidas, quiso ser eso precisamente, una encarnación de su impacto para beneficio de las personas.
Para eso, concluye A. Roldán, fue y es preciso que se encarnaran el Logos, la Iglesia y la propia teología mediante procesos muchas veces dolorosos, pero ineludibles. Es un búsqueda de pertinencia y eficacia a como dé lugar.
Esta cita de Míguez sobre la comunidad cristiana, procedente del citado texto de 1964 (hace casi 50 años), bien puede servir para confirmar el análisis:
 […] ni la Iglesia como comunidad, y menos aún el cristiano individualmente son infalibles. Muy por el contrario, todas ellas están infiltradas de la precariedad y el error de todas las decisiones humanas. Pero no por ello estamos justificados en eludirlas o postergarlas. Jesucristo, el Señor, no interrumpe su acción en el mundo. El testigo de Jesucristo no puede demorar la suya, que no es, en suma, sino el esfuerzo atrevido de la fe por estar en cada momento con su Señor allí afuera, donde Él libra sus batallas en medio de las vicisitudes de la historia humana. (pp. 77-78)
  
 
Fuente: ©Protestante Digital 2013

domingo, 8 de julio de 2012

José Míguez Bonino: cristiano cabal y comprometido

Por. Alberto Roldán, Argentina
Hoy, 30 de junio de 2012 , nos ha dejado el maestro José Míguez Bonino. En mi humilde opinión, ha sido el más importante teólogo protestante latinoamericano del siglo XX y comienzos del presente. No es este el momento adecuado para intentar demostrar tan arriesgada opinión, pero podría ensayar algunas razones: su extensa obra publicada, las generaciones de jóvenes teólogos y teólogas que fueron influidas por su agudo pensamiento, ser un referente para el mundo ecuménico, incluyendo la Iglesia Católica Apostólica Romana ya que, por ejemplo, fue observador protestante latinoamericano del Concilio Vaticano II. Pero hay, además, virtudes humanas y cristianas que lo caracterizaron siempre: humildad, amor, espíritu de servicio y una coherencia entre su pensamiento y su acción.
Se me agolpan imágenes en la mente. Mi primer contacto con sus textos ocurrió en la década de los años 1960, cuando mi tío Raúl, que tenía una librería cristiana en calle Corrientes, Buenos Aires, me daba a leer el libro LA RESPONSABILIDAD SOCIAL DEL CRISTIANO, que incluía un capítulo de José titulado: “Fundamentos teológicos de la responsabilidad social del cristiano”. Era un libro del naciente movimiento ISAL, Iglesia y Sociedad en América Latina. Confieso que ese libro me traía la “teología celestial” a la tierra. Había otra manera de pensar la fe, situada en las realidades terrenas, humanas y temporales.
Después tuve el privilegio de continuar estudios teológicos en Guatemala y allí entré más profundamente en el pensamiento de José por medio de su gran libro: LA FE EN BUSCA DE EFICACIA. Corría el año 1978, pleno auge de la teología de la liberación y su obra me impactó, me ayudó a entender esta nueva teología y, sobre todo, admirar su nivel de reflexión en el capítulo “Hermenéutica, verdad y praxis.”
Recuerdo que cuando volví de Guatemala con mi familia, pude conocer a José en un encuentro de Asit y le dije: “Yo tuve que ir a Guatemala a leer sus libros”. ¡Claro! Porque en algunos ambientes, su nombre no era bien aceptado.
El tiempo transcurrió , y el Señor me permitió el privilegio enorme de ser su discípulo, sobre todo para la elaboración de mi tesis doctoral sobre la ética social de los Hermanos Libres en la Argentina, tema que le apasionaba porque, creo, su esposa era de ese origen.
Recuerdo nítidamente las veces que dialogábamos sobre el tema tanto en su casa como en la mía, ya que José tuvo la disposición de visitarme muchas mañanas primaverales para “teologizar” café de por medio.
De sus obras, de su pensamiento y de lo que influyó en mi vida podría, acaso, escribir un libro. Fue José quien me introdujo en la teología de Barth y el compromiso de fe y de acción de Bonhoeffer. Fue José, como escribí dedicándole la primera edición de ¿Para qué sirve la teología? -que tuvo la gentileza de prologar:- que “me enseñó que la teología es un pensamiento situado.” Fue José quien más influyó en mi peregrinaje del “eclesiocentrismo teológico” a una teología del Reino. Fue él quien advirtió que “bautizar como cristianas a las utopías concretas que emergen en la búsqueda humana no sólo es ignorar la novedad cualitativa de la consumación de Dios sino también sacralizar –y mucho más serio aún- clericalizar- los proyectos humanos.” (Toward a Christian Political Ethics, p. 92.
José Míguez Bonino. Un cristiano cabal. Un cristiano comprometido. Un hombre transparente.

¡Eterna gratitud maestro José!


Alberto F. Roldán, doctor en teología por el Instituto Universitario Isedet y master en ciencias sociales por la Universidad Nacional de Quilmes. Mis áreas de interés son: la teología sistemática, la hermenéutica y las ciencias sociales.

Fuente: Blog: http://teologiapoliticaysociedad.blogspot.com.ar

viernes, 6 de julio de 2012

José Míguez Bonino y los derechos humanos

Por. Alberto Roldán, Argentina
Otro de los rasgos destacables de la personalidad de José Míguez Bonino fue su decidida participación a favor de los derechos humanos conculcados por la dictadura militar de los años 1970. Rescatamos su propio testimonio:
“en los años ´70 no había tiempo para dudas. Los “derechos humanos”, en términos directos, la defensa de la vida humana, fue vista por muchos cristianos como el inexcusable reclamo de amor. Por diferentes razones me había decidido a embarcarme ya antes del golpe militar de 1976, junto con otras personas del mundo religioso, mayormente judíos y cristianos, de la vida política, cultural y sindical, para crear la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, para defender y sostener la vida amenazada de nuestro pueblo. A diferencia de la típica “neutralidad” con la que otras organizaciones procuraron evitar los conflictos internos, algunos de nosotros insistiríamos en que, en la situación en la cual todos estábamos expuestos, poniendo nuestras vidas en juego, todos necesitábamos “confesar” y compartir las convicciones más profundas que nos llevaban a estar allí. Como Declaración oficial para organizar nuestro trabajo estaba la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la Constitución Nacional. Pero abierta y respetuosamente también expresábamos nuestras motivaciones personales. En una noche particularmente crítica, cuado íbamos dejando el edificio, no pude evitar decirle a un amigo, militante comunista: “Buenas noches, don Jaime, que Dios lo bendiga.” Me miró algo confundido y luego, serio y visiblemente conmovido, me dijo “Sí, José, que Dios nos bendiga.” ¡Sí, y siguió siendo un militante comunista! Hay muchas historias como estas en esos años…” (José Míguez Bonino, “Notas autobiográficas de un recorrido pastoral y teológico” en El silbo ecuménico del Espíritu. Homenaje a José Míguez Bonino en sus 80 años, Buenos Aires: Isedet, 2004, p. 433).

Fuente: Dr. Alberto Roldan, su blog www.teologiapoliticaysociedad.blogspot.com.ar

miércoles, 4 de abril de 2012

La resurrección de Jesús es el triunfo de la justicia

Dr. Alberto F. Roldán, Argentina
En la película “El cuerpo” (The Body), protagonizada por Antonio Banderas, la arqueóloga Sharon Golban (Olivia Williams)
descubre en la ciudad de Jerusalén un antiguo esqueleto que podría pertenecer a Jesús de Nazaret. El Vaticano encarga al sacerdote Matt Gutiérrez (Antonio Banderas) para que investigue el caso. Todo el drama gira en torno a esta cuestión y a las investigaciones que se hacen para determinar, científicamente, si esos restos encontrados pertenecieron al maestro de Galilea. No voy a ceder a la tentación de decirles el fin de la película pero sí quiero, a partir de ella, enfatizar que el planteo es correcto en el sentido de que el argumento fáctico para negar la resurrección de Jesús era que sus enemigos hubieran mostrado su cuerpo. Con eso hubiera terminado esta “impostura” de los discípulos de Jesús. Como esa prueba nunca pudo darse, entonces se han elaborado las más extrañas hipótesis tendientes a negar el hecho. Entre otras: que Jesús no había muerto plenamente sino que estaba “dormido” en la tumba y que los testigos de su pretendida resurrección estaban presos de alucinaciones.
Por cierto, la resurrección de Jesús de Nazaret es un postulado de fe y no de ciencia. De todos modos, a lo largo de la historia humana, en algo más de veinte siglos se han elaborado las más extrañas hipótesis conducentes a negar ese hecho fundacional. Y decimos “fundacional” ya que es a partir de la fe en el Resucitado que el Evangelio se convierte en buena noticia de victoria frente a los innumerables rostros que adquirió la Muerte. La fe en Cristo resucitado es tan importante para el cristianismo que los apóstoles le otorgan un lugar central en su predicación y enseñanza. Por ejemplo, el apóstol Pedro, que días antes había negado a Jesús, predicando un poderoso mensaje en Pentecostés dice: “Dios lo resucitó (a Jesús), librándolo de las angustias de la muerte, porque era imposible que la muerte lo mantuviera bajo su dominio” y agrega: “A éste Jesús, Dios lo resucitó y de ello todos nosotros somos testigos” (Hechos 2.24 y 32). La intención del apóstol es clara. Cuando dice “a éste Jesús”, está indicando que se trata del mismo que había sido crucificado días antes.
El Crucificado es el mismo Resucitado. Y no sólo eso, sino que hay testigos del hecho que estaban allí presentes. Por su parte San Pablo le otorga a la resurrección un lugar decisivo en sus reflexiones. Como réplica a la negación de la resurrección y su reemplazo por la idea de “inmortalidad del alma”, de clara raíz griega (véase Fedón o del alma) San Pablo dice: “Si no hay resurrección, entonces ni siquiera Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación no sirve de nada, como tampoco la fe de ustedes.” (1 Corintios 15.13, 14). Para el apóstol, la fe en Cristo resucitado es no negociable. Sin ella, el Evangelio deja de ser un poder operativo que transforma la vida humana y que otorga una esperanza firme para el futuro. Si nuestra fe se queda sólo en la muerte de Jesús y en su sepulcro, ya no hay esperanza de que la Vida triunfe sobre la Muerte. Como expresa San Pablo: “Si la esperanza que tenemos en Cristo fuera sólo esta vida, seríamos los más desdichados de todos los hombres.” (v. 19). ¡Cristo ha resucitado! Es una postura de fe pero aún así, tiene su propia lógica. La resurrección de Jesús de Nazaret muestra la victoria de la vida sobre la muerte, de la salvación sobre la perdición, del Reino de la luz sobre el reino de las tinieblas.
Pero es bueno tener en cuenta un costado de la resurrección de Jesús que no ha recibido una adecuada consideración. La resurrección de Jesús no es sólo la demostración de la omnipotencia de Dios sobre los poderes del mal. Es, sobre todo, el signo del triunfo de su justicia sobre las injusticias humanas y diabólicas. El propio Pablo vincula la resurrección con la justicia. Dice: “Dios tomará nuestra fe como justicia, pues creemos en aquel que levantó de los muertos a Jesús nuestro Señor. Él fue entregado a la muerte por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación.” (Romanos 4.24, 25). La justicia de Dios aplicada a nosotros por la fe depende tanto de la muerte de Cristo como de su resurrección. Si Cristo no hubiera resucitado, la injusticia hubiera triunfado y el plan redentor de Dios hubiera fracasado. En tal caso, la injusticia hubiera tenido la última palabra. Es cierto que la resurrección es un hecho demostrativo del poder de Dios. Tanto es así, que San Pablo pareciera no encontrar un lenguaje acorde para describir el hecho cuando dice: “para que sepan… cuán incomparable es la grandeza de su poder a favor de los que creemos. Ese poder es la fuerza grandiosa y eficaz que Dios ejerció en Cristo cuando lo resucitó de entre los muertos y lo sentó a su derecha en las regiones celestiales” (Efesios 1.19, 20).
Nótense los términos que, a modo de pleonasmos enfatizan el hecho: “poder”, “fuerza grandiosa y eficaz”. En otras palabras, la resurrección de Jesucristo fue un acto portentoso de Dios en el cual despliega todos los recursos inagotables de su poder victorioso. Pero ese acto no sólo es demostrativo del poder de Dios sino también de su justicia. Como lo explica magníficamente Jon Sobrino: “la resurrección de Jesús muestra en directo el triunfo de la justicia sobre la injusticia; no es simplemente el triunfo de la omnipotencia de Dios, sino de la justicia de Dios, aunque para mostrar esa justicia Dios ponga un acto de poder.” (Jesús en América Latina, Santander: Sal Terrae, 1982, p. 237). Desde esta nueva perspectiva, la resurrección de Jesús se yergue como anticipo del día en que Justicia triunfará sobre la injusticia y los crucificados de la historia surjan victoriosos sobre sus victimarios. Entonces se cumplirá lo que está escrito: “La muerte ha sido devorada por la victoria” (1 Corintios 15.54).

Por. Dr. Alberto F. Roldán
Director de posgrado del Instituto Teológico Fiet
Director de la revista Teologia y Cultura: www.teologos.com.ar
http://karlbarthenlatinoamerica.blogspot.com
http://teologiapoliticaysociedad.blogspot.com