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lunes, 2 de diciembre de 2013

La cruda realidad: ricos y pobres en España

Por. Alfredo Pérez Alencart,España*
 
No existe término medio: o se es seguidor de Cristo (con todas las consecuencias) o se tiene a Jesús como paraguas agujereado, propicio solo para cubrir las apariencias.
Cinco siglos antes del nacimiento de nuestro Amado galileo, Confucio ya pergeñaba sus máximas y reflexiones sobre el buen gobierno y la vida en sociedad. Quienes me leen semanalmente saben que, por lo general, mis entregas son a modo de sentencias, aforismos o proverbios: abreviando para decir mucho; quitando la paja y dejando el grano…
La exageración del palabreo también ha sitiado el fortín cristiano. Por otro lado, hay que ver cómo se esmeran algunos en adecuar el Evangelio para que se adapte a su comodidad. Pero no existe término medio: o se es seguidor de Cristo (con todas las consecuencias) o se tiene a Jesús como paraguas agujereado, propicio solo para cubrir las apariencias.
Para hoy pensaba anotar únicamente esta cita de Confucio, y nada más: que cada quien sacara sus conclusiones:
“Si tu país está bien gobernado, debe inspiraros vergüenza la pobreza; pero si está mal gobernado, debe inspiraros vergüenza la riqueza”.
No se vea ideología alguna o intencionalidad hacia un gobierno determinado: éste o el anterior bien poca diferencia exhiben en materias como el fraude fiscal, por ejemplo.
He aquí la denuncia que ayer hicieron los Técnicos de Hacienda, en un informe titulado ‘La desigualdad en crisis: hombre rico, hombre pobre’, presentado en el marco de su XIII Congreso Anual:
“Las grandes fortunas y grandes empresas concentran el 71,8% del fraude fiscal total, lo que supone una pérdida recaudatoria para el Estado de más de 42.000 millones de euros anuales”.
Inadmisible que un gobierno, sea el que sea, que se estime representar a todos los españoles, se concentré en exprimir a los que menos tienen, agravando la desigualdad social y económica.
Termino de leer la noticia: “Los técnicos reclaman una reorganización de la Agencia Estatal Tributaria (AEAT) para que dedique más esfuerzo a perseguir el fraude de las multinacionales y grandes compañías del país, en vez de concentrar al 80% de los recursos a lo más fácil que es investigar a autónomos, microempresas, pymes y asalariados”.
La impunidad campea a sus anchas en el lugar de los privilegiados, pero algunos solo desgarran sus vestiduras cuando les conviene…
¡Ay, Señor, ya dispararán sus dardos quienes en sus adentros estiman que lo que enseñaste es una Utopía! ¡Solo cuando te tengan en el corazón sabrán lo cierto de tu opción por los pobres y excluidos!
¡Señor, en España hay decenas de miles de prójimos pasando frío y hambre, pero algunos que dicen seguirte se enzarzan por puntos y comas, y encima se solazan menospreciando al que alza la voz y clama por los desesperanzados!
 
©Protestante Digital 2013

jueves, 16 de agosto de 2012

Leyendo a Rivera Pagán: teología y literatura

Por. Alfredo Pérez Alencart, España*

Quien lea a Rivera Pagán, aún aquel que se proclame ateo, sabrá reconocer el arcoiris radiante de la resurrección.
Leyendo a Rivera Pagán uno se reconcilia con la Teología, pero no con aquella que se ido por la ramas, tan etérea que ya no cala en el corazón del hombre. Tampoco con la otra teología (con “t” minúscula), esa de gafas desenfocadas o que solo ve la parte que le interesa, y no toda la misión integral del mensaje de Jesús. Esta reconciliación se suscita cuando, en el más inhóspito desierto, atisbamos un oasis pletórico de pozos que sacian la sed y de dátiles que nutren para proseguir la travesía.
Hablo de Luis N. Rivera Pagán, un teólogo que no se enreda en montañas de palabrerías bien encuadernadas: él ha sabido, como pocos teólogos de habla castellana (haberlos haylos, Samuel Escobar al principio; también Olegario González de Cardedal, éste último tratando desde Salamanca los vínculos entre literatura y fe), profundizar en la historia crítica , la desaconsejable energía nuclear, el pacifismo necesario y demás cuestiones sociales y culturales que marcan la actualidad del mundo, pasadas por el tamiz de la propia reflexión teológica e incluyendo unos originalísimos abordajes al aporte que poetas y narradores vienen haciendo en torno a lo Sagrado.
El propio título de algunos de sus libros da indicios de esa búsqueda (y feliz encuentro): A la sombra del armagedón: reflexiones críticas sobre el desafío nuclear (1988), Evangelización y violencia: La conquista de América (1992),Entre el oro y la fe: El dilema de América (1995), Los sueños del ciervo: Perspetivas teológicas del Caribe (1995), Mito, exilio y demonios: literatura y teología en América Latina (1996), Diálogos y polifonías: perspectivas y reseñas (1999) Fe y cultura en Puerto Rico (2002), Essays from the Diaspora (2002) y Teología y cultura en América Latina (2009).
Quien lea a Rivera Pagán, aún aquel que se proclame ateo, sabrá reconocer el arcoiris radiante de la resurrección, es decir, Palabras vivificantes que no se destierran o empolvan nada más usarse, matices tolerantes en medio de tanto fanatismo religioso incitador de comportamientos violentos y/o discriminatorios .
Otros, ataviados con engañosos ropajes religiosos o fariseísmos de extrema pureza, pueden llegar a cuestionarle una coma o un acento, más nunca su ecuménico cristianismo abarcador, ¿cuasi utópico?, de un solo Cuerpo. Pero él siempre tiene a mano a su poeta admirado, el español-americano León Felipe, de Zamora y de México, cuyos versos saldrán en su defensa: “Oigo unas voces confusas/ y enigmáticas/que tengo que descifrar (…)// Dicen que soy un hereje y un blasfemo;/ y otros aseguran que he visto la cara de/ Dios”.
En días pasados recibí, fraternalmente dedicados, dos de sus libros (Teología y cultura … y Mito, exilio …). Llegaron a esta mi Salamanca justo cuando partía hacia Almería. Allí, en tierra andaluza, los leí y entrañé ya para siempre. Y es que siempre, pero desde la ladera poética, he pensado de forma semejante al notable puertorriqueño, a este teólogo que no escatima la autocrítica con respecto a su colectivo: “La producción literaria latinoamericana moderna tiene tan evidentes tangencias y resonancias religiosas que despierta mi perplejidad la falta de atención por parte de la comunidad teológica. Sobre todo por la presencia abundante de asertos heterodoxos y audaces transgresiones doctrinales que no pueden sino incitar a la reflexión y al cuestionamiento teológico” (Mito, exilio…,p. 11).
De su erudición y deseos de comprender la etnocultura iberoamericana que contiene la esencia de Dios, así como los múltiples ejemplos positivos (o negativos) que a lo largo de la historia han generado sus presuntos ‘intermediarios’ en tierras americanas, dan cuenta sus lecturas de Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier o León Felipe, que merecen amplios ensayos suyos, pero también hace lecturas y apostillas en torno a la obra de Carlos Fuentes, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Juan Rulfo,César Vallejo, Octavio Paz, Rosario Ferré, Jorge Luis Borges, Elena Poniatowska, Isabel Allende, Sor Juana Inés de la Cruz o José María Arguedas, entre otros.
Y me conmueve que Rivera Pagán cite al profético León Felipe, siempre transgresor pero siempre seguidor de Cristo, aunque desde su transtierro atice a dictadores y jerarquías eclesiásticas. El de Tábara dice de Cristo: “Él es el único rayo de luz/ que hasta ahora ha podido atravesar/ ese muro terrible del Misterio…/ Y la esperanza desde que Él vino/ está ahí bailando alegremente/ en las tinieblas cerradas del mundo…./ Lo demás se lo dejo a los Teólogos”. (Mito, exilio…, p. 125). El diáfano verso lo dice todo: que lo principal ya está dicho y que lo complementario bien puede ser abordado por lo teólogos, muchas veces más metafóricos que los propios poetas a la hora de tratar de expresar la cristología dogmática.
En otro ensayo ya pergeñé algo de los desencuentros básicos que a lo largo de centurias han existido entre teólogos y poetas cristianos. No abundaré en este asunto, salvo para decir que Rivera Pagán es paradigma de una Teología que no se asusta ante los poetas contemporáneos que siguen la estela marcada por los profetas bíblicos, de clamar contra las insultantes o vejatorias injusticias sobre la población más indefensa y empobrecida. Pero así como no rehúye a ese diálogo, tampoco claudica ante heterodoxias rayanas en lo pueril o en puestas en escena para llamar la atención con blasfemias expresadas desde la imbecilidad de quienes no tienen cómo obtener reconocimientos por méritos propios.
No abundaré en citas del maestro puertorriqueño, pero aquí dejo otra perla suya: “El diálogo entre la teología y la literatura, en América Latina, se hace urgente por los obvios intereses que ambas tienen en la memoria mítica y las ensoñaciones utópicas de los pueblos, al margen de la modernidad occidental”.
Conviene leer sus obras, hacerlas de cada uno. De mi lectura extraigo una conclusión imperiosa: hay que volver a ‘matrimoniar’ a la Teología con la Literatura (poesía, novela, ensayo…), no sólo de modo particular, sino desde las propias facultades o seminarios teológicos. El ‘divorcio’ no conviene a ninguna de ellas, pues una sin otra pierde incandescencia, merman sus frutos ardientes y, lo que es más punible, dejan desolado al magno Creador de todo y al Verbo cuyas Palabras suman abrazos para restar contiendas.
Luis N. Rivera Pagán ha sabido entender esta misión. Y lo ha hecho con rigurosidad académica y con emoción lectora. En Almería, en casa del profesor Manuel Martínez, mientras leía su magnífica exégesis sobre la novela “Del amor y otros demonios”, me permití imaginar a Rivera Pagán cual Cayetano Delaura, el personaje de García Márquez. Claro que sólo en una de sus facetas, aquella de bibliófilo y voraz lector, con licencia pontificia para escudriñar los libros prohibidos o, como dice el Gabo, “explorar los abismos de las letras extraviadas”.
Ahora bien, esos abismos contienen Tambores que deben ser escuchados, bien para ser tomados en cuenta o para constatar que nada resaltable pregonan. La sociedad iberoamericana está despierta y ahora exhibe un inmenso memorial de agravios pasados y presentes, además de un Amazonas de Esperanza y de un crecimiento imparable de creyentes. Conviene que tanto la Teología como la Literatura aúnen sus Potencias para dar cabida, al alimón o de forma cercana, a buena parte de las mismas. Desde ese caldero de mestizajes varios debe surgir una literatura en permanente diálogo con la Teología (con “T” mayúscula). Rivera Pagán, doctor por la Universidad de Yale y profesor Emérito del Seminario Teológico de Princeton , merece mi más efusivo aplauso.

Autores: Alfredo Pérez Alencart

©Protestante Digital 2012

martes, 27 de marzo de 2012

Líbrame del discriminador

Por. Alfredo Pérez Alencart, España
Líbrame del fanático y, también, del que no mata ni una mosca si no es para su beneficio.
Señor, Tú que supiste estar entre pecadores y mendigos, líbrame de quienes ahora, en mi propio Tiempo, discriminan por razón de tez, acento, sexo, bolsillo u opción religiosa. Y porque Tú supiste enseñarlo en una praxis alejada de heterodoxas pantomimas, haz que muchos más se aproximen a tu ejemplo y no a la perorata, no a la grandielocuente hipocresía; no al decir sin hacer, sin sentir la providencia.
Porque aquí, en confianza Jesusito, también te pido que me libres de estos últimos, pues mi temor se agranda ante sus máscaras impolutas, ante sus meas culpas por los otros, pero no por sus tenaces imposturas: la discriminación racial no existe cuando el Otro trae millones o prestigio; el negro artista o deportista; el chino millonario comprando nuestra deuda…
Líbrame de seguir contemplando esta aporofobia, Señor, pues Tú estás con los pobres siempre, con los desclasados, excluidos o segregados (sean esquimales o yanomanis). Líbrame de seguir oyendo tópicos sobre el Otro, y haz que la gente viaje mucho más, que salgan de sus pueblos o ciudades, porque así sabrán reconocerse como foráneos nada más cruzar su vallado provincial.
Señor, desde el asombro y la inocencia, te pido que sigas manteniendo firmes y cálidos mis abrazos con los de abajo, con los que llegan, con los que parten, con los que sufren y con los que gozan de la querencia de los suyos. Haz que sea el primero en estar con ellos cuando la derrota; haz que toda muestra de no discriminación cierta sea asunto primordial de mi corazón; haz que hasta la hermosamente inútil en los días y en los meses de mi vida; fructifique lejos del estercolero enchapado de oropeles.
Creo que no es un antojo, Jesusito, creer nos inmola por el desprecio de quienes muestran tanta prisa por poseer numerosos bienes, por escalar en el entramado social, por ser precoces en el desprecio y la relegación del diferente sin recursos.
Líbrame, Señor, de mí mismo, y haz que ate mi ego y relegue tantas vanidades que asedian por doquier, tantas tentaciones insulsas que no colman de felicidad, que no llenan la vida porque subsisten apenas lo que dura el empalago. Y dame el Amor que necesito a cada instante; dame el eco no abolido de esa sangre que clama por los demás; concédeme siquiera otra porción de ternura para que yo la transfiera de inmediato a quien más la necesite.
Líbrame del fanático y, también, del que no mata ni una mosca si no es para su beneficio . Aquí estoy, Amado galileo, pidiéndote, sí, porque soy un pordiosero que pone la mano sin vergüenza con la finalidad de sellar el pacto de projimidad. No te pido bolsillos llenos, sino derogación de edictos policiales que alientan la caza y captura del diferente sin recursos.
Líbrame, Señor, de aparentar compasión. Líbrame de tener sentimientos leves respecto al necesitado, sea de aquí o de allí, mongol o quechua. Líbrame de hacer desaires al que perdió la estima por haberse sentido discriminado por raza, sexo, religión, condición económica… Líbrame de ocupaciones que engullen horas o minutos que permiten sonreír y ayudar a quienes en la otra verja suelen tener en vilo.

Voluntad tengo, Señor
Autores: Alfredo Pérez Alencart
Fuentes: El Adelanto de Salamanca
©Protestante Digital 2012