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lunes, 28 de octubre de 2013

Transustanciación literaria de Rubem Alves (II)

Por. Leopoldo Cervantes-Ortiz, México*
Para él, esa es ahora la gran metáfora de la vida, el saber y el placer: la cocina, porque los ojos de la cocinera “son iguales a los ojos de un poeta”
Las ideas del  yo  pensante son aves enjauladas - pertenecen a lo que el yo hace con ellas lo que desea. Las ideas que viven en el cuerpo son aves salvajes - sólo vienen cuando ellas desean. Tienen voluntad e ideas propias.[1]  R.A. Desde que allá por 1981 (hace más de 30 años) Rubem Alves decidió cambiar para siempre su estilo de escritura e indagar en los asuntos de la vida de una manera distinta a la teología que aprendió y que desarrolló tan bien (hay que decirlo), ha ido decantando su estilo y se ha renovado continuamente gracias a una inmersión infatigable en sus abismos personales y en todo lo que le rodea.
Una persona contribuyó a que esa transformación se realizara de modo más formal: su amigo Jether Pereira Ramalho lo invitó, ese mismo año, a escribir textos libres para la revista ecuménica  Tempo e Presença.  El primer artículo publicado allí sería el punto de partida que se concretaría en  Dogmatismo y tolerancia,  luego del feroz ajuste de cuentas con la Iglesia Presbiteriana de Brasil que fue  Protestantismo y represión  (1979; nuevo título:  Religión y represión,  2005). [2]  Ya lejos de cualquier venganza o resentimiento, Alves se transfiguró en un escritor que poco a poco lograría una prosa impactante y concisa, personal y entrañable, al mismo tiempo. Ese oficio lo llevó a incorporarse a la Academia Campinense de Letras, mismo destino de su colega Gustavo Gutiérrez (el fundador católico de la teología latinoamericana de la liberación), miembro, a su vez, de la Academia Peruana de la Lengua.
Pocos años después, él mismo dio fe de su transformación, aunque todavía sin la claridad y la certeza que le permitirían alcanzar sus lecturas de autores como William Blake, T.S. Eliot, Fernando Pessoa, Ludwig Wittgenstein, Cecilia Meireles, Gaston Bachelard, Octavio Paz o Adélia Prado, por citar sólo a algunos. Los años noventa fueron el escenario del nuevo despliegue narrativo y reflexivo del siempre teólogo (a su pesar) que ahora se movía como pez en el agua, ya libre de las amarras doctrinales que atenazaron en otro tiempo su creatividad. El  Libro sin fin,  renombrado ahora como  Variaciones sobre el placer  es una puerta de acceso a su “taller íntimo de producción escritural” porque exhibe sin pudor ni arrepentimiento la manera en que las ideas que brotan de su cuerpo lo poseen a través de una inspiración nada etérea, sensible, pero que se queda sin explicación necesariamente lógica.
Luego de explicar, de modo  divagado,  lo sucedido en su interior y en su experiencia cuando le surgió el deseo de escribir este volumen, Alves mezcla, en su nuevo método de  pesquisa,  todos los elementos que le sirvieron para avanzar en la escritura. Así, se juntan en una misma página Tales de Mileto y Nietzsche, quienes junto a otros autores bombardean al lector/a desde los márgenes para acicatear su imaginación con múltiples rumbos de interacción y búsqueda. El primer capítulo, una amplia digresión, proscrita en los textos académicos, lo muestra de cuerpo entero: “Los textos de saber prohíben que los autores se entreguen a confesiones sobre los caminos o descaminos de sus pensamientos antes de alcanzar su destino de conocimiento. Lo que se exige de un texto de saber es que el autor haga una asepsia rigurosa en sus materiales. Todo aquello que no hable al respecto del camino en  línea recta,  que lleve del problema inicial a una conclusión, debe irse a la basura”. [3] 
Con ese trasfondo, Alves acomete la transustanciación literaria de todo lo que ha fagocitado por ser un antropófago consuetudinario que, en una  labor casi religiosa, convierte en nuevo sacramento lo que brota de su pluma. A eso se refiere el segundo y breve capítulo, “ Hoc est corpus meum”,  esto es, las palabras sacramentales de Jesús de Nazaret. El autor ahora escribe con su sangre y su persona misma, y cada texto lo retrata en la mirada del lector: “Las cosas que digo, igual que las telas de Arcimboldi y la escritura de Borges, trazan las líneas de mi rostro”. [4]  El arte, queda bien claro, “busca la comunión”. Su carne y su sangre nos son entregados en un acto estético-litúrgico que actualiza la vida de quien proceden los textos. Cada lectura es un acto de degustación. Y nuevamente acontece el “ritual antropofágico”, dicho todo esto en un lenguaje que viene del  Manifiesto antropófágo,  de Oswald de Andrade, del ya muy lejano 1928, en los años del surgimiento de la vanguardia poética brasileña…
Los capítulos que siguen, con el título cambiado, “Las metamorfosis de la vejez” (“Después de viejo me volví niño”, era el anterior), “El olvido: Barthes” (“Me olvidé de lo sabido para recordar lo olvidado”, el mismo caso), abundan en la reinterpretación, con las nuevas herramientas, de los caminos recorridos. En “De los saberes a los sabores” y “Los saberes del cuerpo” reinventa la aprehensión del mundo, ahora de una manera gastronómica y extremadamente sensorial, pero sin reducir la experiencia sólo al sentido del gusto. Por eso el capítulo siguiente se llama: “El cuerpo: él sabe sin saber” (antes: “Por una pedagogía de la inconciencia”). Nuevamente, como antaño (en  Hijos del mañana  y  El enigma de la religión)  analiza la función del lenguaje, pero desde fuentes muy diferentes a las de su amigo Paulo Freire. La educación le ha faltado siempre el respeto al cuerpo, a sus deseos de aprender únicamente lo que le sirve y le gusta. Por eso ha fallado la ciencia en imponerse: después de todo, los libros de ciencia son libros “de recetas”.
Ése es el origen de “Variaciones sobre el placer” (“La razón, sierva del placer”), donde relee al obispo de Hipona, y no se engaña: “La experiencia del placer, tan buena, siempre nos coloca delante de un vacío [la “puerta de la mística”, agregaría yo]. La teología de San Agustín se construyó sobre ese vacío que sigue al placer. (No olvida el poema de Heládio Brito sobre los  caquis,  fruta  gostosa… ) Después de agotado el placer, existe, en el alma, la nostalgia por algo indefinible”. [5]
El placer no es lo mismo que la alegría. De ahí que sus “variaciones” sigan el mismo rumbo: San Agustín en teología; Nietzsche, la filosofía; Marx, la economía; y, para cerrar, Babette, la cocinera, acompañada de Tita, la de  Como agua para chocolate.  Esa variación es la definitiva, en donde todo se redefine de manera casi total: su acercamiento al saber de la cocinera es enfático. “El banquete se inicia con una decisión de amor”. Los sabores que ellas dominan controlan al mundo porque, a diferencia de un nutriólogo, amo y señor de las cantidades y las calorías: “La cabeza de la cocinera funciona al revés. No considera vitaminas, carbohidratos y proteínas. Su imaginación está llena de sabores. Sueña con los efectos que los sabores producirán en el cuerpo de quien coma. No quiere matar el hambre. Lo que ella desea es hacer el amor con quien come a través de los sabores. Cuando el hambre se satisface, el festival de amo llega a su fin. […] Me gustaría que el texto evangélico fuese otro: ‘Bienaventurados los hambrientos porque ellos tendrán más hambre’. ¡La cocinera desea que su invitado muera de placer!”. [6] 
La pasión de Alves por la cocina fue estimulada de manera monumental por la película danesa  El festín de Babette  (1987), al grado de que, cuando emprendió la aventura de abrir su propio restaurant, no otro fue el nombre del mismo. En otro momento, se explayó sobre el film con palabras que siguen resonando por su perspicacia y empatía:
 Cocinar es hechicería, alquimia. Y comer es ser hechizado. Eso lo sabía Babette, artista que conocía los secretos de producir alegría mediante la comida. Ella sabía que, después de comer, las personas no siguen siendo las mismas. Cosas mágicas acontecen. De eso desconfiaban los endurecidos moradores de aquella aldea, que tenían miedo de comer del banquete que Babette les preparó. Creían que era una bruja y que el banquete era un ritual de hechicería. Y tenían razón. Que era hechicería, eso mismo. Sólo que no del tipo que imaginaban. Creían que Babette haría que sus almas se perdieran. No irían al cielo. De hecho, la hechicería aconteció: sopa de tortuga, callos al sarcófago, vinos maravillosos, el placer ablandando los sentimientos y pensamientos, las durezas y las arrugas del cuerpo siendo alisadas por el paladar, las máscaras cayendo, los rostros endurecidos haciéndose bonitos por la risa, in vino veritas... [7]
Para él, esa es ahora la gran metáfora de la vida, el saber y el placer: la cocina, porque los ojos de la cocinera “son iguales a los ojos de un poeta”. [8]  La poesía es culinaria, la culinaria es filosofía, dice a continuación. “La poesía son palabras buenas para comer. El poeta es un hechicero alquimista que cocina el mundo en sus versos: en un simple verso cabe un universo”. [9]  Placer, sabiduría, poesía y cocina: espacios para degustar la existencia y el tiempo. Ése es el nuevo Alves, siempre teólogo y poeta.
Nota. Las fotografías que acompañan este artículo proceden de la revista  Brasilis ,  sitio dedicado por el gobierno brasileño a divulgar la vida y obra de personajes relevantes del país. 
 

 [1] R. Alves, Variações sobre o prazer. Santo Agostinho, Nietzsche, Marx y Babette. São Paulo, Planeta, 2011, p. 22. Versión de L.C.-O. 
[2] Cf. Leonildo Silveira Campos, “O discurso acadêmico de Rubem Alves sobre ‘protestantismo’ e ‘repressão’: algumas observações 30 anos depois”, en  Religião e Sociedade,  vol.28, núm.2, Río de Janeiro, Instituto de Estudos da Religião, 2008, pp. 102-137,  www.scielo.br/pdf/rs/v28n2/a06v28n2.pdf
   [3] R. Alves,  op. cit.,  p. 29. 
   [4] Ibid.,  p. 40.
   [5] Ibid.,  86. 
   [6] Ibid.,  p. 138.
   [7] Cf. R. Alves, “A festa de Babette”, en  www.releituras.com/rubemalves_babette.asp. 
   [8] R. Alves,  Variações sobre o prazer , p. 150.
   [9] Ibid.,  p. 151.
 
*Autores: Leopoldo Cervantes-Ortiz

Fuente: Protestante Digital 2013

lunes, 7 de octubre de 2013

Rubem Alves y el placer: en sus 80 años (I)

Por. Leopoldo Cervantes-Ortiz, México*
Sin renegar nunca de su tradición protestante, a la que dedicó varios textos memorables en los que exploró las luces y sombras de esa herencia, se ha mantenido a distancia de las iglesias. 
No quiero novedades. No voy a comprar departamentos o terrenos. No quiero viajar por lugares que desconozco. Eliot: “Y al final de nuestras largas exploraciones llegaremos finalmente al lugar de donde partimos y lo conoceremos entonces por primera vez…”. Eso es. Volver a mis orígenes, a las cosas de Minas que tanto amo…, la cocina, los jardines de tréboles, la malva, las granadas e los manacás, las montañas, los riachuelos, las caminatas … [1]  R.A.
El 15 de septiembre pasado el escritor, teólogo, educador y psicoanalista (entre tantas otras cosas que se puede decir de él) Rubem Alves cumplió 80 años.
Para conmemorar el acontecimiento, varios de sus lectores/as y amigos de diversos países armamos un pequeño  homenaje que puede leerse en internet. Algo similar hicimos en otra ocasión, ante la cual Rubem reaccionó con enorme sorpresa al advertir que en muchas iglesias evangélicas latinoamericanas su nombre no es extraño y se le lee con admiración y gran provecho. Ello porque después de su “alejamiento institucional” del protestantismo se suponía que quedaría al margen de cualquier contacto con dichas comunidades. Pero afortunadamente no es así, pues sus seguidores suman legiones en varios espacios y hasta existen varios grupos en las redes sociales que comparten sus textos y sus libros, dejando constancia de la manera en que “el nuevo Alves”, no necesariamente el que fue uno de los pioneros de la llamada “teología de la liberación”, hoy en su faceta de “cronista”, los alimenta con su libérrimo y sumamente creativo estilo literario.
Y es que, en efecto, lejos quedaron los años en que este pensador y sabio escribía de una manera plana o “chata”, como él mismo ha dicho, pues llegó un momento en que decidió abrirse a la literatura y a la poesía en particular, para descubrirse como un autor renovado, dispuesto a hablar de las cosas de la vida con una simplicidad y una belleza que jamás imaginó.
Porque en los años sesenta Rubem Alves soñaba con “hacer la revolución” y a esa utopía dedicó gran parte de sus escritos e ilusiones. En 1974, como parte de un proceso de fuerte introspección que lo llevó incluso al diván del psicoanálisis, pergeñó un texto que lo liberó, para siempre, de todas las cargas ideológicas y morales que lo tuvieron sometido durante tanto tiempo. “Del paraíso al desierto” es el título de esas reflexiones autobiográficas en donde describe, sin entrar necesariamente en detalles concretos, la experiencia por la que atravesó y que lo preparó para que casi 10 años después, en 1983, descubriera por fin las bondades del juego, del cuerpo y la belleza, aunque hay que decir que ya desde sus libros iniciales se anunciaba el rumbo que tomaría su reflexión y su vida.
Sin renegar nunca de su tradición protestante, a la que dedicó varios textos memorables reunidos en  Dogmatismo y tolerancia  (1982; Mensajero, 2007) en los que exploró las luces y sombras de esa herencia, se ha mantenido a distancia de las iglesias, pero sigue haciendo una teología que ya no admite límites ni fronteras, porque se funda en la libertad de la imaginación.
Sus palabras son diáfanas: “Soy protestante. Hoy, muy diferente de lo que fui. No hay retornos. Tan diferente que muchos me contestarán, negándome la ciudadanía en el mundo de la Reforma. Algunos me denunciarán como espía o traidor. Otros permitirán mi presencia, pero exigirán mi silencio. Lo cual me hace dudar de mí mismo y sospechar que, quién sabe si yo sea de hecho un apóstata. Sin embargo, por ahí, protestantes de otros lugares me confirman, oyéndome, dándome las manos, el pan y el vino...”. Podría decirse que llevó la teología de la liberación hasta sus últimas consecuencias ahora que se ha convertido en un “distribuidor de felicidad” gracias a la “antropofagia literaria” que practica y que promueve gracias a los sacramentos textuales que reparte por doquier y por los que entre en comunión con millones de personas.
Educador de tiempo completo, con el paso de los años decantó sus observaciones para derivar en una escritura lúdica, cien por ciento dedicada a explorar los intersticios de la vida en todas sus manifestaciones y a salpicar de poesía todo lo que vive y le interesa.
 Una muestra de ello es su  Libro sin fin  (2002) ,  que en una nueva y preciosa edición con el título  Variações sobre o prazer. Santo Agostinho, Nietzsche, Marx y Babette  me ha traído desde Brasil mi amigo Ismael y que llega todavía en medio de las celebraciones de su 80º aniversario. Personalmente, y luego de seguir su trabajo durante ya más de 15 años, este libro es uno de los más representativos porque refleja la libertad que ha alcanzado como escritor y reúne muchos de los temas que obsesivamente ha desarrollado en estos treinta años que también se cumplen de su renacimiento como persona y como fabulador de mundos imaginarios pero ciertos, pues tal como reza la cita de Paul Valéry que no se ha cansado de repetir: “¿Qué sería de nosotros sin la ayuda de las cosas que no existen?”.
En el prefacio explica las razones por las que ha elaborado este libro tan personal, plagado de citas desplegadas en los márgenes y hasta con una bibliografía final que recuerda sus años mozos, cuando ya hacía gala de un arte reflexivo exquisito, provocador y sin concesiones. Alves dice que  Variaciones sobre el placer  es fruto de la conciencia del fin, de la certeza de que su tiempo se acaba, y de que es necesario y hasta obligatorio plantarse frente al lenguaje y obligarlo a decir “las cosas del alma”, las que siempre han estado ahí y esperan salir.
“Sentí, entonces, que no me gustaría que lo que había escrito quedase enterrado. A fin de cuentas, lo que escribo es parte de mí. Pero sabía, al mismo tiempo, que mis esfuerzos para terminar el libro serían inútiles. Jugué, entonces, con la idea de publicar el libro tal como estaba, sin terminar. En eso se parece a la vida. Ella nunca está terminada. Termina siempre sin que hayamos escrito el último capítulo” (p. 13). Y así, este gran maestro en plenitud de facultades que desliza sus ideas en el tiempo y el espacio “abandonó” este ejercicio lúcido y lúdico para dejar constancia de su fidelidad a la escritura que le han enseñado sus poetas y autores de cabecera.
Y así fue que este  libro sin fin  quedó inconcluso, con todo y que en sus más de 180 páginas brota el aliento de alguien que se pone a cuentas con sus autores favoritos y sus influencias más entrañables, tal como lo anuncia el subtítulo: San Agustín (a pesar de los pesares), Nietzsche (el autor permanente de la mesa de noche, siempre a la mano porque vaya que ese  The portable Nietzsche,  de Walter Kaufmann lo ha acompañado siempre), Marx (a quien ha leído y releído de una manera sumamente peculiar; para probarlo está ese otro volumen:  Qué es la religión,  que no envejece con el paso del tiempo) y Babette, la cocinera francesa que le abrió otras ventanas vitales a aquellas mujeres luteranas… Un libro sin el más mínimo desperdicio, un Alves que se sincera con todos y acomete la memoria con variaciones de teología (en primer lugar), filosofía, economía y el arte culinaria, otra de sus grandes aficiones.

   [1] R. Alves, “Prefácio. Eu não deveria ter tentado escrever este livro”, en Variações sobre o prazer. Santo Agostinho, Nietzsche, Marx y Babette.  São Paulo, Planeta, 2011, p. 12. Versión de L.C.-O.
 
*Autores: Leopoldo Cervantes-Ortiz

©Protestante Digital 2013

miércoles, 16 de mayo de 2012

En los 80 años de Carlos Fuentes

Por. Leopoldo Cervantes-Ortiz , México

Acaso este par de aniversarios sirvan, sobre todo, para revalorar una obra tan vasta que, de no ser filtrada por la crítica atenta, puede ser vista como monumento más que como una invitación a la reflexión.
Ahora que el escritor mexicano Carlos Fuentes cumple 80 años, lo que coincide con el quincuagésimo aniversario de la publicación de La región más transparente, su novela más emblemática. El alud de celebraciones, acompañado por la aparición de una edición especial de dicha novela, por parte de las Academias de la Lengua Española, corresponde plenamente a la enorme dimensión de la obra de Fuentes, omnívora y cosmopolita, crítica y contextual, llena de curiosidad y atenta a los cambios sociopolíticos. Calificado como “guerrillero dandy”, por Christopher Domínguez Michael, uno de sus más feroces críticos, Fuentes se ha movido siempre en un espectro político-cultural moldeado por la imagen ideal del escritor independiente, aunque en algunas épocas no pudo esquivar la cercanía con el poder, como sucedió a principios de los setenta cuando su afirmación “Echeverría o el fascismo” le ganó enormes antipatías por su partidismo que le ganó incluso la posibilidad de ser nombrado embajador en Francia, puesto al que renunció cuando el antecesor del entonces presidente Luis Echevería Álvarez accedió a la representación diplomática en España. Ciertamente, este tipo de sucesos ajenos a la literatura, son mencionados cuando se recuerda la trayectoria creativa del escritor, dejando de lado que, paralelamente a estos deslices, Fuentes ha seguido construyendo, con admirable fidelidad, el proyecto que denominó “La edad del tiempo”.
Su voracidad cultural, únicamente comparable a la de Octavio Paz y Mario Vargas Llosa, le ha permitido estar a la vanguardia de la literatura latinoamericana, especialmente en la época del llamado boom de la narrativa de este continente, cuando compartió los reflectores al lado de García Márquez, Cortázar y Alejo Carpentier, entre otros. Como resume Armando González Torres:
El Fuentes narrador aspira a ser una figura tan universal como enraizada en lo mexicano. Aunque ha demostrado que puede abarcar un arco temporal y geográfico muy amplio, Fuentes se ha orientado fundamentalmente a establecer un mapa literario, un mosaico histórico y un recuento caracterológico de México. Sus novelas abordan las dualidades y contrastes de la modernidad mexicana, el peso de los arquetipos y la reaparición de los viejos mitos y ciclos con los ropajes de la modernidad o los meandros fascinantes de una política arcaica llena de símbolos y rituales”.[1]
Y es que ese es el oficio primigenio de Fuentes: narrar, desde todas sus dimensiones, y a eso se ha dedicado, básicamente, durante medio siglo. Precisamente ante la cercanía de estos aniversarios, los nuevos embates críticos han colocado la valoración de su trabajo literario, que abarca cuento, novela, ensayo y teatro, en una zona analítica que subraya la forma en que sus productos más recientes no evidencian ya la maestría de otras épocas. La suntuosidad lingüística y anecdótica de sus primeras novelas se echa mucho de menos.
Siempre polémico, especialmente por la crítica que ha recibido en el sentido de que su trabajo no refleja con fidelidad la realidad mexicana, algo a lo que él se ha aferrado obsesivamente, la labor creativa de Fuentes, desde que inició en los años 50 del siglo pasado, intenta describir, desnudar y reflexionar sobre la existencia y la historia de un país que, efectivamente, conoció desde lejos, pues debido al oficio diplomático de su padre, nació en la Ciudad de Panamá. Luego de vivir en varios países latinoamericanos, aunque pasando algunas temporadas en México, adonde se graduó de abogado, estudió en Suiza para luego ingresar al servicio diplomático también. En 1955 funda la Revista Mexicana de Literatura y se casa en 1959. En 1967 obtiene en España el Premio Biblioteca Breve por Cambio de piel y en 1976 recibe los premios Villaurrutia y Rómulo Gallegos. En 1980 le otorgan el premio Alfonso Reyes y en 1987 el Premio Cervantes.
Una revisión de sus títulos bien puede dar una visión general de los alcances de su labor artística. Los días enmascarados (1954, relatos), su primer libro, manifiesta ya su pasión por encarnar en el México contemporáneo los mitos prehispánicos que considera esenciales para comprender las especificidades del presente. La región más transparente lo coloca como continuador de las propuestas narrativas de Agustín Yáñez y Juan Rulfo, aunque con un cosmopolitismo muy amplio en donde la influencia de William Faulkner y John Dos Passos es notoria. Esta novela coloca en la literatura mexicana la perspectiva urbana como tema central y constituye una exploración de los mitos que dan vida al México profundo, vital, de entonces, especialmente ante las transformaciones propiciadas por el régimen heredero de la Revolución. Las buenas conciencias (1959) es un regreso a la provincia, que retrata un conflicto desde el corazón de la mentalidad tradicional. En 1962 da a conocer La muerte de Artemio Cruz, un ajuste de cuentas con la Revolución Mexicana que describe la caída de un típico cacique, con una técnica en donde el tiempo es desdoblado en varios niveles para mostrar la forma paradigmática en que su personaje se adapta a las nuevas condiciones post-revolucionarias. Aura, también de 1962, profundiza en el problema de la identidad humana mediante una trama fantasmagórica que transcurre en una casa antigua y sombría. En 1964 irrumpe nuevamente en el cuento con Cantar de ciegos, deslumbrante colección de historias en las que la realidad se mezcla con la fantasía de manera inquietante. Sobresalen en este libro “Muñeca reina” y “Las dos Elenas”, reconocidos como los relatos más representativos de su estilo. Zona sagrada (1967) es una novela corta que cuenta la vida de un personaje femenino inspirado en la figura de la actriz María Félix que le sirve para explorar el tema del mito, que tanto le interesa. Cambio de piel, del mismo año, asume la vertiente hispánica que participa en la invención de lo mexicano mediante una historia que acontece un Domingo de Ramos de 1965. Cumpleaños (1969), uno de sus libros más audaces y complicados, desarrolla nuevamente una historia adonde juega con la sucesión temporal.
Luego de crear una gran expectativa y de 6 años de no publicar, en 1975 lanza Terra Nostra, un gran proyecto narrativo en el que predomina la vertiente española como abordaje de lo mexicano. Su intención fue abarcar el mundo hispánico en su totalidad. En 1978 da a la luz una novela de tema policiaco, ambientada, claro está, en el contexto mexicano de entonces. Una familia lejana (1980), de tema casi arqueológico, y Agua quemada (1981), nueva colección de cuentos que bucea una vez más en el pasado mexicano ancestral, marcan los nuevos derroteros del autor, pues a partir de entonces, ya con el proyecto de nuevas novelas por delante, cuyos títulos forman un amplísimo mural de la vida en México, se van sucediendo los libros para llenar los espacios anunciados. Así, se suceden Gringo viejo (1985, llevada muy rápido al cine, aunque con desiguales resultados), Cristóbal Nonato (1990), el esperado tratamiento de la conquista española, La campaña (1990), Constancia y otras novelas para vírgenes (1990). Algunos críticos consideran que este último título es el punto de quiebre para lo que vendría después, debido sobre todo a que el afán por cumplir el ansiado plan narrativo no impide que cada publicación se ubique, bien que mal, en el lugar que le asignó el escritor, aunque ya no agregue mucho en potencia discursiva. La sucesión no se detiene: El naranjo o los círculos del tiempo (1994), Diana o la cazadora solitaria (1995), La frontera de cristal (1998), Los años con Laura Díaz (1999), Instinto de Inez (2001), La silla del águila (2003), Inquieta compañía (2004), Todas las familias felices (2006), Cuentos sobrenaturales (2007) y La voluntad y la fortuna (2008). En todos estos libros, las obsesiones de Fuentes van y vienen una y otra vez, pero las anécdotas ya no alcanzan a concentrar con el mismo brillo su intensa búsqueda existencial. Sobre La voluntad y la fortuna, González Torres es muy incisivo:
La novela trata de ser una reflexión en torno a las tensiones entre elección y fatalidad pero, debido a la tosquedad y apresuramiento de su factura, lo indefectible de la tragedia tiende convertirse en lo previsible de la telenovela. Y es que, debido a una indistinción, a ratos alarmante, entre su tarea como escritor e intelectual público, Fuentes incurre cada vez más en una literatura didáctica, llena de editoriales políticos ficcionalizados, que sobrevalora el sentido de oportunidad (un ejemplo de este afán, casi patético, de “estar al día” es la escena en que Josué atestigua, en la glorieta de Insurgentes, el ataque del que fue objeto la tribu urbana de los emos y que hace poco tuvo gran cobertura mediática). En fin, no se trata de descalificar un arte ligado al presente, pero huelga decir que la capacidad de generar empatías, de revelar conflictos de valores, de producir sacudimientos de conciencia exige mucho más que una literatura orientada programáticamente a vincularse con la actualidad” (Idem).
En teatro ha publicado también varios volúmenes: Todos los gatos son pardos y El tuerto es rey (1970) y Orquídeas a la luz de la luna (1982), entre otros. Con motivo de su homenaje nacional, presentará una obra sobre Antonio López de Santa Anna, dictador mexicano del siglo XIX. Al mismo tiempo, su labor ensayística, a la que también ha consagrado volúmenes fundamentales, se caracteriza por una búsqueda obsesiva por la identidad mexicana. El traslado que lleva a cabo de sus preocupaciones nacionales al ámbito latinoamericano, lo hace practicar una serie de cortes históricos personales en donde la representación narrativa de la historia latinoamericana alcanza gran relevancia. Así, desde La nueva novela hispanoamericana (1969) y Tiempo mexicano (1971) ha explorado con una prosa intensa y preocupada, los temas políticos, sociales y literarios que más lo atraen, en un diálogo ininterrumpido con su obra narrativa. Eso es muy notorio sobre todo en Cervantes o la crítica de la lectura (1976) y El espejo enterrado (1992), adonde practica una disección profunda de los orígenes remotos de su escritura, en el primer caso, y una nueva indagación histórico-cultural de la presencia hispánica en América Latina.
Acaso este par de aniversarios sirvan, sobre todo, para revalorar una obra tan vasta que, de no ser filtrada por la crítica atenta, puede ser vista como monumento más que como una invitación a la reflexión.

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[1] A. González Torres, “Carlos Fuentes: elogio de la desmesura”, en Letras Libres, núm. 119, noviembre de 2008, www.letraslibres.com/index.php?art=13347.
Fuente: www.lupaprotestante.com

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