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sábado, 28 de febrero de 2015

Sacerdocio universal, libres del clericalismo



Por. Juan Stam, Costa Rica.
Para Lutero, todo cristiano es un sacerdote y un ministro de Dios, y toda la vida, todo empleo y oficio, son vocación divina dentro del mundo.
Se suele resumir el aporte teológico de la Reforma en tres puntos: (1) la justificación por la gracia mediante la fe (sola gratia, sola fide), (2) la sola autoridad normativa y definitiva de las Sagradas Escrituras (sola scriptura, tota scriptura), y (3) el sacerdocio universal de todos los creyentes. Pero, casi siempre, se olvidan otros dos, que son cruciales: (4) la libertad cristiana y (5) "la iglesia reformada siempre reformándose" (ecclesia reformata semper reformanda).
Es especialmente sorprendente y lamentable que los evangélicos hoy hacen caso omiso del tema de la libertad cristiana. De hecho, dicho tema es, sin lugar a dudas, central en todo el movimiento de la Reforma. La Reforma fue, en su sentido más profundo, un proceso liberador en todas sus dimensiones.
La afirmación reformada del sacerdocio universal de todos los fieles (1 Pedro 2:9; Apoc 1:6; 5:10) impulsa, lógicamente, un proceso de progresiva democratización dentro de la Iglesia, y por consiguiente dentro del mundo moderno.
Para Lutero, todo cristiano es un sacerdote y un ministro de Dios, y toda la vida, todo empleo y oficio, son vocación divina dentro del mundo.
"Una lechera puede ordeñar las vacas para la gloria de Dios", decía Lutero. En un pasaje aún más atrevido, afirma que "Todos los cristianos son sacerdotes, y todas las mujeres sacerdotisas, jóvenes o viejos, señores o siervos, mujeres o doncellas, letrados o laicos, sin diferencia alguna" (W.A. 6,370; R. García-Villoslada, Martín Lutero, Tomo. I, p.467).
Es cierto que los Reformadores no llevaron este principio hasta sus últimas consecuencias. Conservaron mucho del clericalismo heredado de largos siglos de tradición eclesiástica. Sin embargo, algunos, conocidos como Anabautistas de la "Reforma Radical", llevaron el principio del sacerdocio universal un buen paso adelante.
El paso de la Edad Media al mundo moderno significó un cuestionamiento radical del autoritarismo medieval e impulsó la evolución de una serie de libertades humanas que hoy día damos por sentadas.
En ese proceso, Martín Lutero desempeñó un papel decisivo. Su mensaje de gracia evangélica nos libera del legalismo (autoritarismo ético). Su insistencia en la autoridad bíblica, interpretada crítica y científicamente, nos libera del tradicionalismo (autoritarismo doctrinal). Su enseñanza del sacerdocio universal de todos los fieles comenzó a liberarnos del clericalismo (autoritarismo eclesiástico). Lutero lanzó una cruzada tenaz contra las estructuras autoritarias de la iglesia medieval: "Todas y cada una de las prácticas de la Iglesia", escribió en 1520, "son estorbadas, y enredadas, y amenazadas por las pestilentes, ignorantes e irreligiosas ordenanzas artificiales. No hay esperanza de cura, a menos que todas las leyes hechas por el hombre, cualquiera que sea su duración, sean derogadas para siempre. Cuando hayamos recobrado la libertad del Evangelio, debemos juzgar y gobernar de acuerdo con él en todos los aspectos" (Woolf I, p.303, en Wolin p.156).
Al denunciar la tiranía del Vaticano, Lutero exigió a la iglesia "restaurar nuestra noble libertad cristiana" (Wolin p.158) también en las iglesias evangélicas. Hoy día, tanto en círculos católicos como protestantes, se reconocen los carismas de todos los fieles y se cuestiona constantemente el clericalismo y el autoritarismo que, lamentablemente, han prevalecido en la iglesia protestante como también en la católica.

Fuente: Protestantedigital, 2015.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Libertad cristiana y sacerdocio universal: Una visión más amplia y una contextualización



Por. Juan Stam, Costa Rica
En esta serie, nos estamos concentrando en las consignas que mejor resumen los denominadores comunes de la Reforma. Ya hemos visto la Sola scriptura, la Sola gratia, y la Sola fide. Iremos recorriendo en los siguientes artículos, la libertad cristiana, el sacerdocio universal del creyente, la Ecclesia reformata semper reformanda y el Soli deo gloria. 
LA LIBERTAD CRISTIANA 
Son muy conocidas las tres consignas que ya hemos analizado, pero las cuatro que quedan son olvidadas las más de las veces. Para comenzar, se olvida que, frente a mucha tradición medieval, los Reformadores eran pioneros de una nueva libertad.[5] Hace unos años el recordado filósofo costarricense, Roberto Murillo, publicó un artículo muy interesante sobre el aporte de Lutero a las libertades modernas. Para José Martí, héroe cubano, "todo amante de la libertad debe colgar un retrato de Martín Lutero en la pared de su cuarto".[6]
En el siglo XVI Europa vivía una crisis de autoridad después del fin de la edad media, cuando mandaban a fin de cuentas el Papa y el Sacro emperador romano. En esa coyuntura el programa teológico de la Reforma era una agenda profundamente liberadora.[7]
La justificación por la gracia mediante la fe significaba una liberación del legalismo. La sola scriptura liberó a la iglesia del autoritarismo dogmático, el sacerdocio universal del clericalismo, el semper reformanda nos libera del tradicionalismo estático y el soli deo gloria del culto a la personalidad. Hoy día algunas iglesias se están volviendo más autoritarias que nunca. Aunque el viejo legalismo ha perdido fuerza, el principal legalismo ahora es el diezmo. He sabido de iglesias que amenazan con maldición a los que no diezman. En esa salvación por obras, la salvación se gana o se pierde en la hora de la ofrenda. He sabido de otras iglesias donde el pastor quiere controlar toda la vida de los fieles; ¡no se permite ni enamorarse sin el visto bueno del pastor!
Con el movimiento de "apóstoles" y "profetas" el autoritarismo llega a niveles sin precedente. Aunque San Pablo nos manda examinar y juzgar las profecías (1 Tes 5:19-21; 1 Cor 14:29-32), estos profetas pontifican con una cara seria que dice, "que nadie se atreva a cuestionar mi palabra profética". Por su parte, más de un "apóstol" se permite emitir alguna "declaración apostólica" con la falsa autoridad que presumen tener. Aquí va también un problema de sola scriptura, de fidelidad bíblica. A menudo han dicho que una "palabra profética" tiene más autoridad que una enseñanza bíblica. Apelan también a la falsa distinción entre logos (palabra bíblica, general) y rhema (palabra profética específica, según ellos), con desprecio de la palabra inspirada como mero logos. De esta manera establecen autoridades paralelas a las escrituras, de forma parecida a los mormones, los Testigos de Jehová y otras sectas.
SACERDOCIO UNIVERSAL DEL CREYENTE
(1 P 2:9; Ap 1:6; 5:10)
Frente al rígido clericalismo de la iglesia católica de la época, la Reforma impulsó un proceso de democratización dentro de la iglesia y de la sociedad. Para Lutero, toda la vida es ministerio y todos los creyentes son sacerdotes de Dios. "Una lechera puede ordeñar las vacas para la gloria de Dios... Todos los cristianos son sacerdotes, y todas las mujeres sacerdotisas, jóvenes o viejos, señores o siervos, mujeres o doncellas, letrados o laicos, sin diferencia alguna" (W.A. 6,370; R. García-Villoslada, Martín Lutero, Tomo. I, p.467).
En su época, tanto la Reforma luterana como la Reforma calvinista se quedaron cortos en superar el clericalismo; los anabautistas avanzaron más, como también el movimiento wesleyano después. El siglo pasado, hubo un fuerte movimiento de teología del laicado que puede verse como la maduración de estos avances de la Reforma. Sin embargo, hoy parece crecer un nuevo clericalismo, de los "super-clérigos", especialmente los "apóstoles". En una mesa redonda sobre los "apóstoles" en Quito, Ecuador, un participante declaró, "Antes era suficiente el título de pastor, pero ahora que existen las mega-iglesias, ese título no basta para sus fundadores y deben llamarse con un título mayor". La verdad es que ha surgido una nueva jerarquía eclesiástica, con los "apóstoles" y los "profetas" en la cumbre de poder y autoridad. En algunas iglesias el pastor es de hecho el C.E.O (ejecutivo mayor de una corporación), inaccesible a los feligreses con necesidades pastorales. Esas iglesias están organizadas según el modelo ejecutivo de las grandes empresas.
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[5] En 1520 Lutero publicó un importante tratado "Sobre la libertad del cristiano".
[6] Hay que reconocer a la vez que hubo serias contradicciones en la conducta de Lutero, debido mayormente a su doctrina de los dos reinos y sus vínculos con los príncipes alemanes. Su trato a los campesinos y los judíos era reprochable.
[7] Ver " Sobre la teología de los reformadores: unas reflexiones" (31 de octubre de 2011).

Fuente: Protestantedigital, 2014.

miércoles, 29 de febrero de 2012

El sacerdocio universal de los y las creyentes: actualidad y horizontes

Por. Leopoldo Cervantes-Ortiz, México
1. Raíces bíblicas

Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. Éxodo 19.6a
Éxodo: un pueblo de sacerdotes. La idea y eventual práctica de un sacerdocio amplio, universal, entre todos los creyentes en el Dios de Jesús de Nazaret no surgió con Lutero ni en la época de la Reforma protestante, pues lo que ésta hizo fue rescatar la propuesta divina de crearse para sí un pueblo entero compuesto de sacerdotes, es decir, de personas maduras y responsables de su relación con el pacto establecido por Dios con ellos/as. Así aparece con toda claridad en el pasaje de Éxodo 19, cuando, luego de tres meses de peregrinaje, el contingente del pueblo hebreo que había salido de Egipto guiado por Moisés arribó al desierto del Sinaí. Luego de que él “subió” ante Yahvé (v. 3a) y de que éste le recordara lo sucedido hasta ese momento, la última parte de lo expuesto a Moisés consiste precisamente en la afirmación de la elección divina, la celebración del pacto con el pueblo (v. 5) y la voluntad de que los hebreos sean “un reino de sacerdotes y de gente santa” (6a). Se trataba de un momento muy solemne pues inmediatamente después de que Moisés refirió esta situación al pueblo y de que éste aceptó las nuevas indicaciones, el texto narra que Yahvé anunció que se presentaría en “una nube espesa” a fin de que el pueblo escuchase el diálogo (v. 9). Lo que continúa son las instrucciones para la “consagración” del pueblo, el acto mismo y la presentación de los Diez Mandamientos.
Este relato contrasta bastante con la institución del oficio sacerdotal en Israel, el cual, como explica Roland de Vaux, era una “función” y no una “vocación”, ni mucho menos un “carisma”, puesto que no son llamados ni elegidos como los profetas o los reyes. La época patriarcal ni siquiera conoció ese oficio y los patriarcas mismos, como cabezas de familia, eran quienes realizaban el sacrificio (Gn 22; 31.54; 46.1): “El sacerdocio no aparece sino en un estadio más avanzado de organización social, cuando la comunidad especializa a algunos de sus miembros para la custodia de los santuarios y el cumplimiento de ritos que poco a poco se van complicando”.[1] “El sacerdote heredó las prerrogativas religiosas del cabeza de familia de la época patriarcal”.[2] Por ello, esta visión renovadora del sacerdocio se complementa con el sueño o la utopía de Moisés de que todo el pueblo fuese profeta (Nm 11.29). Este ideal de un pueblo comprometido con la espiritualidad y la palabra divina lamentablemente nunca se cumplió.
Pablo y Hebreos: mediación y sacerdocio únicos de Jesús
Partiendo de la base de que los escritos del apóstol Pablo y la carta a los Hebreos tienen una visión del “sacerdocio de Jesús” completamente opuesta, pues mientras que él jamás aceptó esta idea y se refirió a Jesús como “único mediador (mesítes) entre Dios y los hombres” (I Tim 2.5), el argumento general de dicha epístola gira completamente alrededor de ese sacerdocio partiendo de la práctica del sacrificio vicario y de la sustitución acontecida en la cruz: “Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote (eleémon génetai kai pistós arjiereus) en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo” (2.17). Esta oposición teológica y doctrinal, lejos de causar alguna contradicción irresoluble y además de mostrar la pluralidad teológica del Nuevo Testamento manifiesta, por otro lado, una gran coincidencia, en continuidad con lo anunciado por el Éxodo, en el sentido de que la responsabilidad que tiene cada creyente en Jesucristo sobre su fe y espiritualidad procede de esa mediación realizada por el redentor, puesto que si él asumió en su persona todo el peso de la ley y el pecado, al momento de conseguir la salvación.
Peter Toon advierte que esta doctrina “ha sido frecuentemente explicada de manera popular como el derecho de cada creyente individual a actuar de una manera sacerdotal —orar a Dios por sí mismo y por otros y enseñar los caminos divinos a otros. Como tal, se ha asociado a la justificación por la fe —siendo puesto “en paz con Dios”— por lo que cada quien puede actuar como sacerdote”.[3] Sugiere que un mejor abordaje consiste “en ligar el concepto de sacerdocio con el pacto, tal como sucede en el AT (Éx 19.5-6) y ver esta doctrina como un realce del privilegio corporativo y al responsabilidad del pueblo creyente de Dios del nuevo pacto. Así, cada congregación de creyentes fieles puede actuar como sacerdocio, siendo un microcosmos de la totalidad de la iglesia”.[4] De este modo, se salvaguarda la percepción individual y comunitaria del sacerdocio al mismo tiempo que se afirma la realidad del llamamiento para practicar dones y funciones específicas.
Pedro y Apocalipsis: la plenitud del “sacerdocio universal”
El apóstol Pedro, como bien recordará Calvino, más allá de cualquier interpretación sobre la superioridad de su labor apostólica, es quien afirma con todas sus letras la realidad del “sacerdocio real”, dedicado a Dios, partiendo de la metáfora de Jesús como “piedra viva, escogida y preciosa” (I P 2.4), para que luego cada creyente sea, él o ella mismo/a, “piedra viva” también (v. 6), “casa espiritual” y “sacerdocio santo (jieráteuma agion) para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (v. 5b). De ahí parte su afirmación posterior que, como parte de una enumeración, incluye la calidad del linaje, la santidad de la nación como el conjunto adquirido por Dios en Cristo para salvación (v. 9). El “sacerdocio real” no es una categoría ontológica sino un oficio espiritual instalado por la obra de Cristo en la vida de cada creyente. No surge para instalar nuevas formas de superioridad religiosa sino para actualizar el proyecto divino de tener un “pueblo de sacerdotes” que lo represente en el mundo.
Ésa es la orientación también del Apocalipsis, en donde el pueblo perseguido de Dios tiene una dignidad espiritual que los equipara con “reyes y sacerdotes” (1.6; 5.10) para manifestar las grandezas de la obra divina en el mundo. Estos hombres y mujeres llevan esa dignidad por todas partes como testimonio de la aplicación del trabajo redentor de Jesucristo y el simbolismo de su nuevo estado manifiesta una superación total de los esquemas religiosos antiguos, pues cada creyente tiene una responsabilidad enorme en la transmisión del testimonio de la obra salvadora de Dios en Cristo, lo mismo que hoy y siempre cada creyente ha recibido como encargo. De ahí que el sacerdocio de todos los y las creyentes sea un ministerio no sólo en potencia sino en acto permanente.
2. El sacerdocio universal según Lutero
Sólo hay un Dios, y sólo hay uno que puede ponernos en paz con Dios: Jesucristo, el hombre.
Timoteo 2.5
Base bíblica de los documentos de 1520
El movimiento de transformación y reconstrucción eclesiástica y social iniciado por Martín Lutero en Alemania colocó en el horizonte de los cambios necesarios la recuperación de una de las más antiguas enseñanzas bíblicas: el sacerdocio amplio, universal, de cada creyente, es decir, su responsabilidad delante de Dios para definir el rumbo de su salvación y a partir de la realización, únicamente por la gracia divina recibida por la fe, de la justificación, el acto supremo mediante el cual el único sacerdote , Jesucristo, consigue la declaración de inocencia por parte de Dios. Este proceso divino-humano lo enseña, evidentemente, el Nuevo Testamento en diversos lugares, pero desde la antigüedad se atisbó la posibilidad de que las personas, individual y colectivamente, asumieran una responsabilidad, delante del Dios de la alianza, que fuera más allá de las acciones de intermediación llevadas a cabo por algún linaje sacerdotal. Se entendería, así, que el mismo surgimiento de éste tendría sólo un carácter provisional, pero lamentablemente la mentalidad sacerdotal y el temor del pueblo a tratar directamente con lo sagrado ocasionó que se cayera en la dependencia de la labor religiosa de un clero que de manera normal se institucionalizó, alejando a los creyentes de su responsabilidad.
En los tiempos de Lutero, la situación era muy similar, pues como afirma Humberto Martínez: “La gente necesitaba una religión clara, razonablemente humana y dulcemente fraternal que le sirviera de luz y apoyo, sobre todo a la naciente burguesía comercial, a la población de la nueva civilización urbana que afirmaba un cierto sentimiento nacional, laico e individualista. La Iglesia no ofrecía a los hombres de la época este tipo de religión. A los pobres, superstición y magia; a los estudiosos, doctrina de teólogos decadentes. Superstición en los de abajo; aridez espiritual en los de arriba: escolástica descarnada y lógica formal”.[5] En suma, la Iglesia, en su vertiente institucional, había asumido toda la responsabilidad que las Escrituras asignaban a las personas y les imponía a éstas una carga religiosa, psicológica y económica que sustituyó perniciosamente el compromiso de velar por su fe, su salvación y la marcha de la Iglesia. Por ello, Lutero después de redescubrir la realidad de la justificación, dio el paso hacia adelante:
La idea del sacerdocio universal de todos los creyentes se puede deducir, de alguna manera, del principio de la justificación por la sola fe. Si la fe es un don que Dios otorga a cada uno y a quien él quiere, no se necesitan los intermediarios. El cristiano es el único que puede tener la certeza de su propia fe y ninguna persona especial, el sacerdote, puede ratificarla. Ahora bien, como todos pueden, en principio, recibir la gracia de Dios y tener su propia certeza, todos somos, desde este punto de vista, iguales ante Dios. A todos nos corresponde seguir sus instrucciones, las que nos dejó en sus Escrituras, la expresión material de su Palabra. A todos por igual está abierto el libro sagrado que es, en su enseñanza básica, claro y no requiere de interpretaciones exteriores a él. En él se nos dice que todos tendrán un mismo bautismo, un Evangelio, y una fe, pues sólo éstos hacen a los hombres cristianos.[6]
En dos de sus importantes documentos de 1520, A la nobleza cristiana de la nación alemana acerca del mejoramiento del Estado cristiano y La cautividad babilónica de la Iglesia, Lutero aborda el asunto del sacerdocio de todos los creyentes. En el primero afirma tajantemente que no hay diferencia entre cristianos: “a no ser a causa de su oficio”, de tal manera que no hay una clase especial llamada “sacerdotal”, como han inventado los romanos, y otra “secular”.
De ello resulta que los laicos, los sacerdotes, los príncipes, los obispos y, como dicen, los “eclesiásticos” y los “seculares” en el fondo sólo se distinguen por la función u obra y no por el estado, puesto que todos son de estado eclesiástico, verdaderos sacerdotes, obispos y papas, pero no todos hacen la misma obra, como tampoco los sacerdotes y monjes no tienen todos el mismo oficio. Y esto lo dicen San Pablo y Pedro, como manifesté anteriormente, que todos somos un cuerpo cuya cabeza es Jesucristo, y cada uno es miembro del otro. Cristo no tiene dos cuerpos ni dos clases de cuerpos, el uno eclesiástico y el otro secular. Es una sola cabeza, y ésta tiene un solo cuerpo.
Del mismo modo, los que ahora se llaman eclesiásticos o sacerdotes, obispos o papas, no se distinguen de los demás cristianos más amplia y dignamente que por el hecho de que deben administrar la palabra de Dios y los sacramentos. Esta es su obra y función. […] No obstante, todos son igualmente sacerdotes y obispos ordenados, y cada cual con su función u obra útil y servicial al otro, de modo que de varias obras , todas están dirigidas hacía una comunidad para favorecer al cuerpo y al alma, lo mismo que los miembros del cuerpo todos sirven el uno al otro.[7]
Para él, todos los cristianos pertenecen a la clase sacerdotal y para apoyar esta afirmación recurrió a los apóstoles Pablo (I Co 12.12, “Todos juntos somos un cuerpo, del cual cada miembro tiene su propia obra, con la que sirve a los demás”) y Pedro (I P 2.9, “Sois un sacerdocio real…”). “Tomada literalmente esta tesis y acompañada de la certeza individual del creyente sobre su fe, se desprende la inoperancia de toda jerarquía eclesiástica, de la Iglesia …pero Lutero, quien institucionalizará su doctrina en forma de Iglesia, llega a aceptar que el magisterio es necesario entre los creyentes y la misma comunidad deberá nombrar a los más aptos de entre ellos. Pero es solamente el oficio, el cargo y la obra lo que los distinguiría, no una ‘condición especial’”.[8]
En el segundo, Lutero subraya, en abierta polémica con la doctrina católica del orden:
¿Hay algún padre antiguo que sostenga que los sacerdotes fueron ordenados en virtud de las palabras citadas? ¿De dónde proviene entonces esa interpretación novedosa? Muy sencillo: con este artificio se ha intentado plantar un seminario de implacable discordia, con el fin de que entre sacerdotes y laicos mediara una distinción más abisal que la existente entre el cielo y la tierra, a costa de injuriar de forma increíble la gracia bautismal y para confusión de la comunión evangélica. De ahí arranca la detestable tiranía con que los clérigos oprimen a los laicos. Apoyados en la unción corporal, en sus manos consagradas, en la tonsura y en su especial vestir, no sólo se consideran superiores a los laicos cristianos —que están ungidos por el Espíritu Santo—, sino que tratan poco menos que como perros a quienes juntamente con ellos integran la iglesia. De aquí sacan su audacia para mandar, exigir, amenazar, oprimir en todo lo que se les ocurra. En suma: que el sacramento del orden fue —y es— la máquina más hermosa para justificar todas las monstruosidades que se hicieron hasta ahora y se siguen perpetrando en la iglesia. Ahí está el origen de que haya perecido la fraternidad cristiana, de que los pastores se hayan convertido en lobos, los siervos en tiranos y los eclesiásticos en los más mundanos.
Si se les pudiese obligar a reconocer que todos los bautizados somos sacerdotes en igual grado que ellos, como en realidad lo somos, y que su ministerio les ha sido encomendado sólo por consentimiento nuestro, in-mediatamente se darían cuenta de que no gozan de ningún dominio jurídico sobre nosotros, a no ser el que espontáneamente les queramos otorgar. Este es el sentido de lo que se dice en la primera carta de Pedro (2.9): “Sois una estirpe elegida, sacerdocio real, reino sacerdotal”. Por consiguiente, todos los que somos cristianos somos también sacerdotes. Los que se llaman sacerdotes son servidores elegidos de entre nosotros para que en todo actúen en nombre nuestro. El sacerdocio, además, no es más que un ministerio, como se dice en la segunda carta a los Corintios (4.1): “Que los hombres nos vean como ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios”.[9]
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lunes, 13 de febrero de 2012

SACERDOCIO UNIVERSAL Y TESTIMONIO CRISTIANO (I Pedro 4.1-11)

Por. Lic. Raúl Méndez Yáñez, México

Introducción

Como se ha venido comentando en sermones anteriores, el Sacerdocio Universal es una cuestión de trabajo en comunidad. Al interior de la iglesia, como comunidad de fe democrática, el Sacerdocio Universal (aún una utopía, según el triste reconocimiento del pastor Cyril Eastwood) implica que cada creyente asuma su responsabilidad como constructor del Reino y heraldo del Evangelio. El día de hoy repararemos en las implicaciones de esta, más que ministerio, identidad, al momento de proyectar hacia fuera las virtudes de aquel que nos llamó a su luz admirable. Como se dijo la semana pasada, la palabra clave para pensar el Sacerdocio Universal es “empoderamiento”. Se puede hablar de este empoderamiento en dos sentidos: como es entendido este término en los ámbitos político-sociales y como es entendido en el marketing. Ambos sentidos apelan directamente a la evangelización. Una vez analizados estos aspectos, en un tercer momento comentaré sobre la retroalimentación que al interior de las iglesias produce la evangelización. Finalizaré con algunas posibles líneas de acción del sacerdocio universal o empoderamiento evangélico (como también le habré de llamar) en nuestro contexto local.
1. Empoderamiento evangélico: gestión pública
En el contexto político-social el empoderamiento es entendido como “transformación estratégica de las relaciones de poder”[1] Es referido especialmente en la cuestión de género como el surgimiento de nuevas mujeres que buscan un reconocimiento público de su dignidad, no sólo en cuanto mujeres, sino también en su calidad de gestoras y representantes de su comunidad marginada y pobre. En este sentido el empoderamiento significa habilitar a cualquier persona para poder transformar la forma en la cual se decide quien y cómo gobierna, o como actúa desde el poder. Y por “poder” no se debe pensar exclusivamente en el tan preciado lugar que la alternancia desperdiciada, el nuevo rostro o el cambio verdadero se encuentran buscando este año. Antes se definía poder como la capacidad que alguien tiene para obligar a otro a hacer algo.[2] Hoy puede entenderse el poder más bien como la capacidad de una persona para movilizar recursos materiales o humanos, sin ser necesariamente obligatorio. Es decir, poder es cuando una persona puede disponer de más energía que la que por si sola posee.[3] Ahora mismo yo tengo cierto poder pues soy capaz de atraer y aprovechar su atención durante un tiempo determinado; pensando en el próximo día 14 una novia tiene poder pues es capaz de movilizar a su novio por toda la ciudad con tal de que llegue a verla. Un patrón tiene poder pues dispone de la energía de sus empleados.
En este sentido el poder, como movilización de recursos y energía, puede ser mal o bien aprovechado, ética o inmoralmente. En el contexto bíblico este exceso de energía sólo es legítimo por una cosa: su capacidad de preservar la vida. Todo aquel poder que no movilice los recursos para preservar la vida individual y colectiva carece de autoridad. Así, en el momento en que Elí fue incapaz de controlar el mal sacerdocio de sus hijos, quienes en lugar de promover el cuidado y vida del pueblo procuraban su debilitamiento de recursos y de energía, fue quitado de su puesto; cuando un rey (y fue la constante) era inepto para hacer que el pueblo viviera bien era depuesto. Y finalmente, cuando Jesús señala que le ha sido dada toda potestad en los cielos y la tierra, esto va relacionado a su capacidad de traer vida en abundancia.
El empoderamiento es entonces el proceso por el cual se garantiza que la movilización de los recursos y la energía estén en las manos adecuadas. Lo cual implica, en la mayor parte de los casos, quitar el poder a una persona a una clase o grupo social. En el caso de las mujeres, equilibrar el poder en manos de los hombres recuperando ellas mismas muchas facultades. Para la Reforma Protestante el empoderamiento se dio en forma de la doctrina del Sacerdocio Universal. Por una feliz coincidencia pude obtener por un contacto de Facebook el Segundo Tomo de la Institución de la Religión Cristiana de Calvino en su prístina versión de 1597 de Casidoro de Reina en formato digital, escaneado por Google. De esta versión tomo el siguiente fragmento: “I si es verdad lo que dezimos, que el Sacramento no se debe estimar como que lo rezibiésemos de la mano de quien nos es administrado, sino como que lo rezibiésemos de la mano del mismo Dios, el cual sin duda nos lo dá: de aquí se puede colejir que ni se le quita, ni se le añide nada al Sacramento á causa de la dignidad de aquel que nos lo administra” (ICR, IV, 15, xvi).
Calvino piensa en los donatistas, grupo cismático del siglo IV que pensaba que la efectividad del Sacramento dependía de la dignidad del Ministro, pero también está pensando en la dignidad que el Ministro romano pensaba adquirir por administrar el sacramento, que se traducía en poder y dominación sobre el pueblo. La Reforma protestante, especialmente la segunda generación, hizo un ataque frontal a esta relación de poder predicando el Sacerdocio Universal. Se estableció que cada creyente era igual representante de Cristo, empoderando, teóricamente, a toda la comunidad. Y teóricamente pues la “administración de la Cena del Señor” se ha vuelto uno de los últimos recaudos de un viejo sistema vertical de Sacerdocio Limitado. Sólo el pastor la puede administrar.
Según un testimonio que escuché esta semana, en una iglesia del interior de la República varias hermanas y hermanos insistieron para modificar un tanto el formato de la administración de la cena. Se consiguió que los jóvenes se encargaran de su administración por primera vez. Cuando se sugirió que en otra ocasión podrían ser las mujeres las encargadas de presidir el sacramento la respuesta fue: “Bueno, bueno, somos modernos pero no tanto”. Frente a esta idea de Sacerdocio Limitado, el Nuevo Testamento muestra que el sustento del Sacerdocio Universal lo otorga Cristo mismo. La Primera Epístola de Pedro dice: “Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento; pues quien ha padecido en la carne, terminó con el pecado”. (v.1)
“Vosotros también” significa compartir la carne, compartir el padecimiento. Y es en el padecimiento, en la marginación, en el dolor, en las dificultades cuando empieza el Sacerdocio Universal, la toma de responsabilidad y la génesis del empoderamiento evangélico. El riesgo es creer que nos parecemos a Cristo cuando sufrimos, es decir, cuando olvidamos que la vida de Cristo es un proceso. Él no sólo sufrió, no sólo padeció, de hecho, al final triunfó, se empoderó obteniendo “toda potestad” y terminando con el pecado.
Más adelante la Epístola nos recuerda que el padecimiento no es la última palabra: “para no vivir el tiempo que resta en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios” (v. 2). Esto, junto con la amonestación del versículo 3 (“Baste ya el tiempo pasado para haber hecho lo que agrada a los gentiles, andando en lascivias, concupiscencias, embriagueces, orgías, disipación y abominables idolatrías.”). No sólo significa que el creyente debe alejarse de estas acciones, si no que debe dejar de sufrir a causa de ellas.
La frase “no vivir el tiempo que resta en la carne” es traducida del griego "ἐν σαρκὶ βιῶσαι χρόνον" (én sarki biosai krónon). Negar vivir en el contexto de la carne. Debe destacarse que no dice kata sarki, o “según la carne” que es la expresión paulina para vida en pecado. Aquí el texto indica que la carne es algo ajeno a nosotros, las lascivias, embriagueces, etc., no sólo nos afectan si las cometemos, si no que estas acciones nos dañan. Si bien estas acciones no son privativas de un grupo en especifico, por el contexto de la epístola se desprende que aquí el autor se encuentra señalando vicios típicos de los estamentos de poder. Dejar de vivir en la carne, significaría evitar que los poderosos nos sigan dañando o haciendo padecer, como a Cristo. El llamado sí es a una vida en santidad, pero a una santidad empoderada, donde como pueblo evangélico recuperemos la capacidad de gestionar recursos y energías.
Esto, en efecto ocurría. La Primera Epístola de Pedro se da en un momento de persecución inminente, no totalmente declarada pero si pronta. Esto se debía a que para entonces los cristianos ya eran un grupo reconocido. Como demostró Elisabeth Shussler en su famoso ensayo sobre las primeras comunidades cristianas, las mujeres de los funcionaros públicos fueron de las primeras en convertirse fundando iglesias domésticas en sus hogares. Con el tiempo algunos de estos funcionarios (como nos muestra el libro de Hechos) también se interesaron en el Evangelio. Lo que se estaba generando entonces era el surgimiento de un frente evangélico importante. Santiago nos recuerda que no sólo los pobres eran cristianos, también había cristianos con dinero, prestigio y poder. Dado este contexto, estos cristianos empoderados tenían la responsabilidad de usar bien el poder, por eso: “A éstos les parece cosa extraña que vosotros no corráis con ellos en el mismo desenfreno de disolución, y os ultrajan; pero ellos darán cuenta al que está preparado para juzgar a los vivos y a los muertos” (4-5).
Esta “cosa extraña” eran cristianos con poder que no malgastaban energía en disipaciones e indolencias, sino que buscaban canalizar bien los recursos a su cargo.Pues esta administración pública de los recursos también es un resultado del Sacerdocio Universal. Así como Cristo padeció “en la carne”, o bien padeció por el mal uso del poder, así los cristianos padecen cuando en sus colonias, delegaciones, países diríamos ahora se usa de forma inadecuada el poder, cuando los recursos y energía no están siendo bien aprovechados para preservar la vida. Por eso el empoderamiento evangélico, que en resumen puede definirse como la capacidad del creyente de disponer de insumos públicos, debe estar ligado a su identidad como sacerdote de Cristo. Como se ha mencionado antes, no es necesario tener un “cargo” de elección popular para tener poder. Un solo ejemplo de momento.
La banqueta en nuestra ciudad es pública en teoría, En la práctica el “cuadrado” frente a mi casa es algo de mi incumbencia, un perro no debe venir a poner sus desechos frente a mi puerta, un carro no debe estacionarse en mi entrada. Al mismo tiempo yo tengo la responsabilidad de barrer “mi frente”, de cuidarlo, no debería modificarlo para hacer rampas y que suba mi coche afectando el paso. Y ahí están los vecinos que me lo recordarán, pese a ser mi frente la banqueta no es mi propiedad. Es decir, la banqueta no es totalmente pública, pero tampoco totalmente privada, más bien es un espacio colectivo del que soy responsable[4]. En un sentido tengo poder sobre “mi frente”. ¿Habremos pensado la cantidad de relaciones que se rompen debido al mal uso de la banqueta?, ¿y en la gran oportunidad de dar testimonio evangélico mediante una gestión eficiente del espacio frente a mi casa? Si logro destacar por ser un vecino que exige que se respete su banqueta, pero al mismo tiempo cuida de ella y la convierte en un espacio agradable para el resto de los vecinos, si la familiaridad ha hecho saberles que soy evangélico. Ese empoderamiento de mi frente da testimonio de Cristo. Ahora pensemos en los demás lugares donde debemos empoderarnos responsablemente y ser sacerdotes de Cristo sabiendo que el mal uso del poder duele: mientras manejamos, al viajar por el transporte público, en el cargo de mi trabajo, como madres, padres. Aquí aplica el sacerdocio universal en la medida en la que no sólo exigimos reconocimiento, sino que somos proactivos buscando que a la par que recuperamos nuestros cotidianos espacios de poder, dispongamos con sabiduría de los recursos.
2. Empoderamiento evangélico: administración personal
Otro uso del término “empoderamiento” se da en el contexto del marketing. Significa la capacidad que tiene el cliente de resolver los problemas que se presenten respecto de su producto. Para eso es necesario que el proveedor capacite o explique eficientemente al consumidor respecto de lo que está adquiriendo. Hace poco me hice de un teléfono, de hecho un Smart phone, debo decir que fue una compra en la que estaba muy poco empoderado. Entendía que el aparato me conectaba a internet, me graba videos, toma fotos, dispone de casi dos Gigas de memoria, pero en la bendita hora de encontrar el botón de colgar para terminar una llamada, sencillamente no tenia capacidad alguna en tal ministerio. En la compra no se me dio ningún manual, sino sólo una Guía Rápida que rápidamente demuestra no servir para nada, y sólo con el uso he aprendido a resolver alguna que otra dificultad. El Evangelio también nos empodera en este sentido, no sólo nos brinda la salvación, también nos habilita y capacita para resolver problemas. El Sacerdocio Universal también es empoderamiento que nos permite hacer frente a dificultades. “Porque por esto también ha sido predicado el evangelio a los muertos, para que sean juzgados en carne según los hombres, pero vivan en espíritu según Dios” (v. 6)
Las espectaculares imágenes que evoca este pasaje pueden distraernos de su sentido. Según Calvino, no significa que los que ya estaban muertos recibieran el mensaje ahí, en su muerte, o en un secreto lugar extra mundano. La interpretación reformada clásica a este pasaje ha sido la de entender a “los muertos” como aquellos que vivieron antes de Cristo y quienes también pudieron escuchar el evangelio en su tiempo. Desde luego no del mismo modo que cuando vino Jesús pero si en su tenor general de la bondad de Dios para el mundo. En este pasaje se indica que quienes conocen el evangelio, en efecto, atraviesan juicio o crisis pero viven κατὰ θεὸν πνεύματι (katà teón pneúmati), “según el Espíritu de Dios”. Es decir se padece el contexto de la carne, pero se vive en Espíritu. Es como decir que estamos rodeados de las penalidades del mundo, pero nuestro poder está en Dios. De este modo somos sacerdotes capaces de hacerle frente a la carne, a las dificultades, a las diversas crisis por las que atravesamos.“Mas el fin de todas las cosas se acerca; sed, pues, sobrios, y velad en oración” (v7).
El sacerdocio o empoderamiento evangélico también tiene que ver con la administración personal, la organización y planeación de la vida. Sin negar que el autor efectivamente pensaba en un “fin” (difícil saber si un fin absoluto, o un fin de todas las cosas del entorno, del estilo de vida que se llevaba, como en efecto ocurrió cuando se consolidó la persecución de Nerón), nosotros podemos entender este “fin”, más que como un patrocinio maya, como un tiempo limite, un deadline. El deadline es tiempo que tengo para realizar algo, y es un punto fundamental para una correcta administración en la persona, en la casa, el trabajo y la iglesia. Respetar, o intentar respetar al máximo los tiempos establecidos es un punto fundamental para evitar crisis. Ser sobrios y velar en oración, que implica hacer oraciones inteligentes, despabilados, no guiados por la tristeza o desesperación, sino por la confianza, es la respuesta cotidiana del sacerdote evangélico a las dificultades diarias.
Esta sobriedad y vigilia es un fuerte testimonio de empoderamiento evangélico, del sacerdocio universal. No se trata de ser circunspectos, frugales y severos[5], sujetos excelentes. Sencillamente se trata de prudencia, de saber que hay tiempos que se deben cumplir y actuar conforme a ellos. Hacer esto nos evitará actuar con estrés, hará más eficiente nuestra vida diaria. Podremos ser, mujeres y hombres, sacerdotes sabios que actúan con cabalidad en la vida. La epístola nos muestra la importancia de pensar en el fin, pero no como una catástrofe, sino verlo, incluso con alegría, sabiendo que ahora si tengo un parámetro para organizar mis acciones. Una tortura, resultado de algunos experimentos con humanos, fue aislar a una persona en una habitación sin un reloj. La conmoción venía cuando el sujeto no sabia qué hora era, si era de día o de noche. Si no tenemos presente el fin o los tiempos establecidos, estaremos en condiciones semejantes. Por eso también podemos agradecer el fin, los tiempos establecidos, los deadline. Como dice la autora de novelas de misterio Rita Mae Brown: “Un deadline es una inspiración negativa, pero es mejor a no tener ninguna inspiración”
3. Empoderamiento evangélico y evangelización
El sacerdocio universal o el empoderamiento evangélico como gestión o como administración personal tienen importantes repercusiones en la evangelización. Una creyente o un creyente que ha entendido, como se dijo la semana pasada, “los planes liberadores y empoderadores de Dios”, puede dar testimonio de Cristo y de su liberación. En alguna otra ocasión les he comentado que el centro de la evangelización no es la conversión, sino la comunicación. La relevancia de evangelizar consiste en esparcir la semilla, en hacer que nuestro mensaje de Cristo sea entendible. Y esto mediante palabras y acciones. La evangelización es un performance de Cristo, una escenificación del poder redentor de Cristo en la vida cotidiana. A fin de comunicar efectivamente este mensaje en palabras y acciones, es decir, de volverlo performativo, se requieren estos dos aspectos del sacerdocio universal que se han comentado.
Por un lado es necesario que los cristianos nos empoderemos públicamente, no como partido o ideología. Ciertamente no como lo ha intentado la Democracia Cristiana en América Latina, pues sus intentos han sido invisibilizar a la población que no es cristiana. Todo lo contrario, el cristiano debe empoderarse como sacerdote en la vida pública compartiendo con los demás la gestión de recursos y energía de la creación de Dios. Se debe mejorar la experiencia comunitaria en la iglesia y en la sociedad. Las comunidades cristianas que buscan el equilibrio de poderes entre pastores y comunidad, equidad entre hombres y mujeres, diálogo entre ancianos, adultos, jóvenes y niños, son en sí mismas un poderoso testimonio del sacerdocio universal. ¿Por qué? Porque se trata de comunidades empoderadas, donde todos han aprendido la dignidad de su condición, y comparten el uso del poder a fin de generar climas de inclusión buscando erradicar la vida en la carne, en el dolor y sufrimiento, para transformarla en una vida en el espíritu, en la celebración de la redención de Cristo solidarizándonos con todos: “Hospedaos los unos a los otros sin murmuraciones” (v.9). Murmurar es una energía desaprovechada, es un mal uso del poder.
Por otra parte, el sacerdocio universal como empoderamiento personal también es muy relevante, en particular para la evangelización cotidiana, el testimonio familiar, laboral. En la medida en que me asumo como sacerdote de Cristo debo también asumir el control adecuado de los recursos a mi disposición. Como decía Calvino, aprovechar “todas las mercedes” que Dios nos otorga para compartirlas “liberalmente” con los demás. Si estamos bien organizados en lo personal, tendremos tiempo y energía para ayudar a los demás, para compartirles de este modo el amor de Cristo. Nuestra peri copa evangélica termina llamando nuestra atención a este aspecto de fraternidad evangélica originada en el empoderamiento personal, en la correcta administración de nuestra vida. “Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. (v.10)”.
El sacerdocio universal es, a fin de cuentas, un empoderamiento responsable, personalizado pero con fines comunitarios y para la gloria de Dios: 11 Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén”. (v. 11)

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[1] Hainard, Francoise, et al, “Empoderamiento de las mujeres en las crisis urbanas. Género, medio ambiente y barrios marginados” . Most, UNESCO, IEPALA, Editorial, Madrid, pág. 31.
[2] Weber, Max, Economía y Sociedad, Fondo de Cultura Económica, México, 2001.
[3] Definición basada en Adams, Richard, El Octavo Día. La evolución social como autoorganización de la energía, Universidad Autónoma Metropolitana – Iztapalapa, 2001
[4] Cf. Emilio Duhau y Ángela Giglia, Las reglas del desorden. Habitar la metrópoli. México, Siglo XXI-Universidad Autónoma Metropolitana, 2008, p. 215.
[5] Cf con el “tipo ideal protestante” Weber, Max, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, México, Premia (La red de Jonás), 1984.

lunes, 30 de enero de 2012

PRÁCTICA Y PROYECCIÓN DEL SACERDOCIO UNIVERSAL

Por. Leopoldo Cervantes-Ortiz, México
“Sólo tú mereces tomar el libro/ y romper sus sellos./ Porque fuiste sacrificado,/ y con tu sangre/ rescataste para Dios,/ a gente de toda raza,/ idioma, pueblo y nación./ Los hiciste reyes/ y sacerdotes para nuestro Dios;/ ellos gobernarán la tierra”.Apocalipsis 5.9-10
En un volumen dedicado al estudio del origen y evolución del sacerdocio universal desde la Reforma hasta el siglo XX, el pastor metodista Cyril Eastwood llega a una muy dolorosa conclusión: que “ninguna iglesia ha sido capaz de expresar en su liturgia, trabajo y testimonio la riqueza completa de esta doctrina”,[1] a pesar de que ha sido un asunto vital en cada siglo posterior a la Reforma, de que es el único principio positivo que nace del concepto evangélico de la libre gracia y de que puede conducir a una comprensión más plena de la vocación o llamamiento que Dios le otorga a cada creyente. Este autor agrega que su práctica adceuada sigue siendo un desafío que las iglesias no pueden ignorar. Por su parte, el pastor bautista cubano Francisco Rodés ha señalado que, en efecto, el ejercicio de esta doctrina en el protestantismo evangélico se ha convertido en el “ideal frustrado de la
Reforma Protestante”, debido a que cuando las iglesias derivadas de ésta se institucionalizaron, el clericalismo reapareció con una fuerza inaudita y derivó en lo que califica como iglesias pastor-céntricas y pone el dedo en la llaga:
Sin embargo, una cosa es lo que expresa la doctrina y otra lo que se experimenta en la vida real. En verdad, el clericalismo no murió: sobrevivió sobre otras bases. Se abrió una nueva fuente de servicios a la religiosidad, la de los dispensadores de la doctrina correcta, la de los que manejaban el arte de predicar la Biblia y alentar la fe. El conocimiento de la Biblia requería de dedicación, de estudios en seminarios y universidades. Surge así con fuerza el profesionalismo religioso. El ministro protestante recupera mucho de la aureola de santidad del antiguo sacerdote, su autoridad se establece en las nuevas estructuras de las iglesias, que son controladas por los nuevos clérigos, y el sacerdocio universal de los creyentes se convierte en otra página mojada del ideario protestante.
Por supuesto que no hay nada en contra del profesionalismo. En definitiva, todos los adelantos en los campos de la cultura y el saber se han debido a la consagración, en áreas específicas, de personas con vocación. La Iglesia ha necesitado de profesionales, de músicos, de teólogos, maestros y predicadores, y gracias a Dios por estos. El problema radica en el ejercicio del poder en la iglesia, cuando por conocer un poco más de teología o tener más habilidad para hablar en público, ejercemos estos dones, no para servir, sino para erigirnos en autoridad controladora de los demás. Así surgen las iglesias pastor-céntricas.[2]
Estas iglesias, dice, fallan al aplicar el sacerdocio universal de todas las personas y se encaminan a un dualismo pernicioso que califica la fe de las personas en grados y entrega la autoridad a unos cuantos:
Son iglesias en las cuales las decisiones emanan de la autoridad del pastor. Los miembros se han acostumbrado tanto a que la voz de Dios solo se oiga desde el púlpito, que les parece un sacrilegio diferir en algo de las ideas de su pastor. Sería como una deslealtad, un pecado grave no estar de acuerdo con él. En muchos casos, el pastor que se ve a sí mismo como revestido de una unción exclusiva, se siente tan halagado por el aplauso de su congregación, que se desarrollan imperceptiblemente los rasgos de egocentrismo que conducen al autoritarismo. Estos son los rezagos de la antigua separación entre clérigos y laicos, alimentados por la propia tradición de la iglesia. Esto lo escribe quien ha sido pastor durante más de cuarenta años, por lo que lo hago sin ánimo de denigrar un llamamiento que reconozco como divino y una vocación que viviré hasta el último día de mi vida.
No es extraño, entonces, que el lenguaje más espiritual, la voz más cargada de bendición se convierta en solapada manipulación de los demás para imponer los criterios propios. Y todo ocurre en una atmósfera de piedad y devoción.
Los pastores así transformados por este autoritarismo empiezan a hablar de “mi iglesia”, “mis miembros”, “yo no permito en mi iglesia…” “tengo un miembro”, como si la iglesia fuera de su propiedad.[3]
Esta constatación tan dolorosa parte del hecho de que ni siquiera en el antiguo Israel, y acaso con la posible excepción de algunos momentos de la Iglesia de la época del Nuevo Testamento o de los primeros siglos, se consumó el ideal divino de que cada integrante del pueblo creyente asumiera la responsabilidad de responder y velar por su fe. Las tentaciones sacerdotales siempre reaparecieron e hicieron que dicha responsabilidad sobre la estabilidad espiritual individual y colectiva siguiera recayendo en una casta de personas dedicadas al “servicio religioso profesional” y que la marcada división entre clero y laicado permaneciera como una supuesta marca distintiva del pueblo de Dios, aunque la dinámica bíblica siempre fue en sentido inverso.
Basta con recordar la reacción del pueblo hebreo ante las acciones de Moisés y Aarón al frente de la multitud que salió de Egipto, pues luego del anuncio de que Yahvé deseaba que su pueblo fuera una nación de sacerdotes (Éx 19.6a), y de que promulgara sus mandamientos, la gente abiertamente le solicitó a Moisés, presa del terror por las manifestaciones divinas y por ser consumidos por la santidad divina: “Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos” (Éx 20.19). Lo que Dios quería, desde entonces, era tener un “pueblo de creyentes”, en el esquema de lo que muchas iglesias anabautistas o menonitas ha promovido durante mucho tiempo, es decir, comunidades de conversos que se niegan a someter su fe a los dictados de otra persona o institución.[4]
Lutero ofreció un ejemplo extraordinario de la práctica del sacerdocio universal, cuando delante del emperador, y ante la para otros inevitable coacción del Estado monárquico, afirmó, en la llamada Dieta de Worms (abril de 1521), a pregunta expresa sobre su retractación, que su conciencia estaba cautiva únicamente de la Palabra divina:
Hela aquí: a menos que se me persuada por testimonios de las Escrituras o por razonamientos evidentes, porque no me bastan únicamente las afirmaciones de los papas y de los concilios, puesto que han errado y se han contradicho a menudo, me siento vinculado con los textos escriturísticos que he citado y mi conciencia continúa cautiva de las palabras de Dios. Ni puedo ni quiero retractarme de nada, porque no es ni seguro ni honrado actuar en contra de la propia conciencia.[5]
La visión de Apocalipsis 5 muestra cómo Dios no olvida sus propósitos y en ella se advierte que el ideal de un pueblo de sacerdotes proyecta la praxis cristiana hacia un futuro alcanzable y por el cual vale la pena luchar, pues la perspectiva escatológica se convierte en “detonante ético” para la vida de la comunidad que experimenta y promueve el Reino de Dios en el mundo. La visión forma parte de lo que se ha señalado como “la toma de poder del Cordero”, pues no se trata solamente de una glorificación celestial, sino de “la inauguración de un reinado sobre la historia”.[6] Y en este nuevo estado de cosas, los y las seguidores de Jesús de Nazaret son sacerdotes y gobernantes, aunque quien reinará es el Cordero, pues él es el único digno de “tomar el libro y abrir los sellos”, es decir, de desvelar todo el sentido y rumbo de la historia humana. “El Cordero ‘compró para Dios’ a los hombres de toda raza y los hizo para Dios un linaje real y unos sacerdotes. La relación con Dios es el aspecto más específico del sacerdocio”.[7] Y un aspecto central en este sentido es la fuerza con que sus oraciones “de santos” (5.8) han podido conmover a Dios. Ninguna oración, entonces, es superior a las demás. Estamos ante el ejercicio absoluto de la llamada “oración de intercesión”, fruto directo del sacerdocio universal, siguiente punto de este recorrido.


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[1] C. Eastwood, The priesthood of all believers. An examination of the doctrine from the Reformation to the present day. [1960] Minneapolis, Augsburg, 1962, p. 238. Reedición: Eugene, Oregon, Wipf & Stock Publishers, 20/05/2009. Agradezco a mi amigo Mariano Ávila el envío puntual de esta y muchas obras más.
[2] F. Rodés, “El ideal frustrado de la Reforma Protestante: el sacerdocio universal de los creyentes”, en Signos de Vida, Consejo Latinoamericano de Iglesias,
http://www.claiweb.org/Signos%20de%20Vida%20-%20Nuevo%20Siglo/sDv41/ideal%20frustrado.htm
[3] Idem.
[4] Cf. Carlos Martínez García, “Las iglesias de creyentes y el Estado laico”, en La Jornada, 25 de enero de 2012,
www.jornada.unam.mx/2012/01/25/opinion/022a2pol: “Las iglesias de creyentes, con su férrea defensa de que la persuasión era la única vía para atraerse prosélitos, se transformaron en obstáculos molestos a quienes ya fuera desde las instancias del Estado, o bien dentro de la Iglesia sostenida por los poderes en turno, les combatieron, porque señalaban el recurso de la coacción y la violencia como elementos totalmente ajenos al espíritu del Evangelio”.
[5] Cit. por César Vidal Manzanares, “Lutero: mi conciencia, cautiva de la Palabra de Dios”, en Protestante Digital, 27 de enero de 2012, Este momento sería descrito, según el comentario de José Luis Medina Rosales en el blog de Vidal Manzanares, por el historiador escocés Thomas Carlyle como “La escena de mayor grandeza en la Historia Moderna Europea [...] originándose en ella la subsiguiente historia de la civilización” (Los héroes, Buenos Aires, Espasa Calpe, 1932, p. 128).
[6] Luis Arturo García Dávalos, El carácter sacerdotal del pueblo de Dios: paradigma para una comprensión eclesial. México, Universidad Iberoamericana, 2000, p. 137.
[7] Ibid., p. 140.