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jueves, 26 de noviembre de 2015

La teología de Spurgeon



La teología del príncipe de los predicadores resumida en diez puntos.
Por. Will Graham, España
Hace 160 años, el querido predicador protestante Charles Spurgeon acabó de completar su Catecismo. Basándose en el Catecismo breve de Westminster (1648), la Confesión de fe bautista de Londres (1689) y el Catecismo bautista (1693), el celebrado pastor redactó su propio catecismo para su iglesia local. En su catecismo, resumió las enseñanzas clave de la fe cristiana y animó a sus ovejas a que lo aprendiesen de memoria.
En total, tiene ochenta y dos preguntas y respuestas. Se tratan de los asuntos no negociables de la fe y representan el meollo de la teología del maestro inglés. Hoy, vamos a resumir las ochenta y dos respuestas en los siguientes diez puntos:
1.- La meta del hombre
(Pregunta 1)
Spurgeon sigue el Catecismo de Westminster cuando define la meta del hombre como aquélla de glorificar a Dios y disfrutar de Él para siempre. El ser humano no encuentra felicidad auténtica en riquezas ni placeres sino en vivir para la gloria de Dios.
2.- La Biblia como Palabra de Dios
(Preguntas 2-3; 72-73)
Spurgeon sabía que la meta del hombre es vivir para la gloria del Señor porque esto es lo que enseñaban las Sagradas Escrituras. Es la Biblia la que nos enseña lo que debemos creer acerca de Dios y qué deberes Dios requiere del hombre. La Biblia, entonces, tiene que ver con la fe y la conducta del creyente. La Palabra es tan importante porque es capaz de convencer y convertir a los pecadores e ir desarrollándolos en santidad y gozo. Por eso Spurgeon recalcó que tenemos que acercarnos a la Biblia con un espíritu reverente, atesorando sus enseñanzas en nuestro corazón. Nada puede reemplazar la Palabra del Señor.
3.- Dios
(Preguntas 4-11)
El Dios de Spurgeon es la bendita Trinidad. Es el Dios que ha predeterminado todo para su propia gloria y ejecuta su plan mediante la creación y la providencia. La diferencia entre la creación y la providencia es que la primera se refiere a cuándo Dios creó todo a partir de la nada en el principio mientras que la segunda alude a cómo Dios sigue sosteniendo todo lo creado por el poder de su palabra.
4.- El ser humano
(Preguntas 12-18)
La obra maestra de Dios fue el ser humano. Tristemente, Adán –el primero hombre creado- pecó contra el pacto de vida y por lo tanto llevó a todos sus descendientes a un estado de pecado y condenación. El ser humano se convirtió en un esclavo del pecado, distante de Dios, destinado a perecer tanto física en la tumba como espiritualmente en el infierno.
5.- El Redentor
(Preguntas 19-27)
A pesar de la caída del ser humano, la buena noticia es que Dios, por su buena voluntad, “escogió desde la eternidad a algunos para la vida eterna, hizo un pacto de gracia para librarlos del estado de pecado y condenación, y para llevarlos al estado de salvación por obra de un redentor”. ¿Quién es el redentor? ¡Jesucristo! ¡Jesucristo el profeta! ¡Jesucristo el sacerdote! ¡Jesucristo el rey! ¡Jesucristo, el único Dios-hombre! Cristo, el Redentor, salva a su pueblo mediante su muerte y resurrección ya que se ofreció a sí mismo en sacrificio para satisfacer la justicia divina. Puesto que la ira de Dios cayó sobre su Hijo, el creyente es librado enteramente.
6.- El Espíritu
(Preguntas 28-35; 69-71)
¿Cómo, entonces, se puede aplicar la obra del Hijo de Dios a los creyentes? Respuesta: mediante el poder del Espíritu de Dios. El Espíritu aplica la justicia de Cristo a los escogidos por medio del don de la fe, la cual siempre está acompañada del arrepentimiento. Esta fe produce una serie de beneficios en la vida del creyente, a saber, justificación, adopción, santificación, etc. Gracias a estos dulces beneficios, el creyente tiene la garantía del amor de Dios, la limpia conciencia, el gozo del Espíritu, la gracia divina y la seguridad de su salvación eterna. A lo largo de la vida cristiana el Espíritu de Dios fortaleciendo a los suyos a través de la Palabra, el bautismo, la santa cena y la oración.
7.- Las cosas finales
(Preguntas 36-39)
Spurgeon enseñaba que el creyente, al morir, pasa directamente a la presencia de Dios mientras que sus cuerpos descansan en la tumba hasta la resurrección final. En el gran día de la resurrección, el creyente recibirá su cuerpo glorificado y disfrutará de Dios “plenamente y por toda la eternidad”. Lamentablemente, los impíos, al morir, serán echados en las tormentas del infierno y en el día final, serán condenados –en cuerpo y alma- a indecibles tormentos con el diablo y sus ángeles para siempre.
8.- La Ley
(Preguntas 40-68)
La sección más grande del Catecismo está dedicada a la exposición de la ley moral de Dios, tal cual está revelada en los diez mandamientos. Su enseñanza principal se trata de amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todas nuestras fuerzas y con toda nuestra mente y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Nadie puede cumplir con la ley de Dios de forma impecable; pero el Evangelio revela que todos nuestros pecados serán perdonados debido a la preciosa sangre del redentor.
9.- El bautismo
(Preguntas 74-79)
El bautismo es una señal de la comunión del creyente con el Señor Jesús. Por medio del bautismo se identifica con su muerte, sepultura y resurrección. Spurgeon se opuso al bautismo de los niños porque creía que, “el bautismo se debe administrar a todos los que realmente profesan arrepentimiento para con Dios y fe en nuestro Señor Jesucristo, y a nadie más”. Además, defendió la idea de bautismo por inmersión y no por aspersión.
10.- La cena del Señor
(Preguntas 74; 80-82)
Tal como el bautismo, la cena del Señor es una simple señal que edifica a los creyentes, los cuales tienen que examinar sus vidas cuidadosamente antes de participar de la mesa “no sea que participando indignamente, juicio coman y beban para sí”. El creyente tiene que celebrar la cena del Señor hasta que Cristo venga, es decir, por segunda vez para la alegría y la esperanza de todos los hijos de Dios.

Fuente: Protestantedigital, 2015.

jueves, 9 de octubre de 2014

María no es mediadora con Dios (II)



Por. Will Graham, España
Trataremos cuatro puntos: 1) la Asunción de María; 2) la intercesión de María; 3) el influjo salvífico de María; 4) invocando a María.
¡Saludos de nuevo, queridos!
Si no leísteis la primera parte de nuestro estudio sobre la Mariología de la Iglesia Católica Romana, podéis hacer clic en este enlace: La semana pasada negamos la idea de que María es la Madre de la Iglesia (como enseña erróneamente la pregunta 196 de la última edición del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica). Esta semana vamos a seguir estudiando la pregunta número 197.
Repetiremos el método de la semana pasada, empezando con la cita textual del Compendio oficial y luego presentando una crítica evangélica a dicha cita. Arranquemos, pues con la 197.
#197: ¿Cómo ayuda la Virgen María a la Iglesia?
Después de la Ascensión de su Hijo, la Virgen María ayudó con su oración a los comienzos de la Iglesia. Incluso tras su Asunción al cielo, ella continúa intercediendo por sus hijos, siendo para todos un modelo de fe y de caridad y ejerciendo sobre ellos un influjo salvífico, que mana de la sobreabundancia de los méritos de Cristo. Los fieles ven en María una imagen y un anticipo de la resurrección que les espera, y la invocan como abogada, auxiliadora, socorro y mediadora.
Bueno, amigos, ¿qué puedo decir? ¿Por dónde comienzo? Por lo menos la pregunta 197 del Compendio empieza bien. ¡Menos mal! Es cierto que después de la Ascensión de Cristo que María, “ayudó con su oración a los comienzos de la Iglesia”. Hechos 1:14 relata claramente que, “Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos”. Así es. María oró. Y fue llena con el Espíritu Santo en el Día de Pentecostés con otros 119 discípulos. Pero después de la primera frase de la pregunta 197, veréis que las cosas se deterioran bastante.
Hoy dividiremos la pregunta 197 en cuatro partes:
1) la Asunción de María (y María como una imagen y un anticipo de la resurrección);
2) la intercesión de María;
3) el influjo salvífico de María;
4) invocando a María.
1.- LA ASUNCIÓN DE MARÍA
 (y María como una imagen y anticipo de la resurrección) La pregunta 197 une la Asunción de María con la noción de que es “una imagen y un anticipo de la resurrección”. La referencia aquí a la resurrección no tiene que ver con la resurrección de Cristo, sino con la resurrección general que ocurrirá cuando el Señor vuelva. María, entonces, es un prototipo de lo que pasará con los creyentes en el futuro. O eso dicen. ¿Qué es la Asunción?
Es la doctrina de que María ascendió al cielo corporalmente de la misma forma que el Hijo de Dios. En el caso de Jesús, se llama Ascensión. Y en el caso de María, Asunción. ¿Y dónde se enseña semejante idea en el Nuevo Testamento? Por ningún lado desde luego. Se trata de un invento de la Iglesia Católica, establecido como dogma por Pío XII en su constitución apostólica Munificentissimus Deus en noviembre 1950. Es verdad que María, en cierto sentido, es un modelo de lo que sucederá con los creyentes cuando mueran pero según la enseñanza apostólica, el auténtico prototipo de la resurrección general no es María, sino Jesús (1 Corintios 15:20-23). La razón es la siguiente: a María le pasó lo mismo que a todos los creyentes que se murieron después de la resurrección del Señor. Su alma pasó directamente a la presencia de Dios, esperando el Gran Día de la resurrección general cuando su alma será reunida con su cuerpo glorificado. Jesús, sin embargo, ya tiene su cuerpo glorificado. Por lo tanto, Cristo es el verdadero patrón de la resurrección corporal; no María.
2.- LA INTERCESIÓN DE MARÍA
Como ya vimos, la pregunta 197 empieza enseñando que María oró a los comienzos de la Iglesia, lo cual está muy bien y correcto. Sin embargo añade que “ella continúa intercediendo por sus hijos, siendo para todos un modelo de fe y de caridad”. Indiscutiblemente María es una mujer digna de ser imitada por su fe y caridad. De eso no hay duda. Pero ¿de dónde saca el Catecismo la idea de que María sigue intercediendo ahora? ¿Y qué pasaje bíblico implica que somos sus hijos? Respuesta: ninguno.
Por un lado, no sabemos si María sigue intercediendo ahora o no. Hay tres pasajes en el Nuevo Testamento que hacen mención de las palabras de los difuntos en la presencia de Dios, a saber, Lucas 16:25-31, Apocalipsis 6:9-11 y 7:9-10. El primero es el episodio del rico y Lázaro cuando Abraham rehúsa ayudar al rico condenado en el Hades. El segundo revela que los mártires claman por venganza: “¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra?” (Apocalipsis 6:10) y el tercero registra sus alabanzas, “La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono y al Cordero” (Apocalipsis 7:10). Pero no hay ningún pasaje que hable de la intercesión de María por nosotros. Según la Biblia el único que intercede por nosotros en el cielo es el Señor Jesucristo (Romanos 8:34). Y lo precioso es que sabemos que Dios siempre le oye (Juan 11:42). Nuestra fe, pues, está puesta en la intercesión de Cristo por nosotros; no en aquélla de María.
Por otro lado, la Biblia tampoco nos llama hijos de María. Somos hijos de Dios, hijos de Abraham, hijos de luz. Pero el concepto de hijos de María no existe en las Escrituras. Repetimos lo que aprendimos la semana pasada, “María es únicamente la madre de Jesús hombre, no de la Iglesia”. Podemos seguir su ejemplo de fe y de caridad de la misma manera que seguimos los ejemplos de Job o de Ester; pero esto no quiere decir que seamos sus hijos en ningún sentido salvífico.
3.- EL INFLUJO SALVÍFICO DE MARÍA
Además de interceder por nosotros, el Compendio apunta que María ejerce “un influjo salvífico” sobre nosotros, el cual “mana de la sobreabundancia de los méritos de Cristo”. ¿Qué quiere decir eso?
Francamente es difícil saber exactamente a qué se refiere el Catecismo con ese lenguaje tan ambiguo. De nuevo, no apela a ningún texto bíblico. Y da la impresión descaminada de que María sea el canal entre Cristo y los creyentes. Es como si María aplicase el mérito de Cristo a nosotros.[1] En tal caso, la madre del Señor llegaría a ser una especie de mediadora entre nosotros y el Mediador Jesús.
De acuerdo con la teología protestante, el que aplica la obra salvadora (o el mérito) del Señor a nuestro corazón no es María, sino el Espíritu Santo. Dios nos envía el Espíritu de su Hijo con el fin de salvarnos (Gálatas 4:6). Es por medio del Espíritu que clamamos, “Abba, Padre” no “María, Madre”. El Catecismo coloca a María en el lugar que corresponde al Espíritu de Dios. Es el Espíritu –no María- obrando a través de la Iglesia, que ejerce un influjo salvífico sobre nuestro mundo. Y es el Espíritu –no María- que nos sumerge en la bendita salvación de Cristo. La salvación, al fin y al cabo, está exclusivamente en las manos del Señor.
4.- INVOCANDO A MARÍA
A nivel teológico la última parte de la pregunta 197 es catastrófica, ¡pero catastrófica! Comete el error de conceder obras a María que corresponden únicamente a Dios. Pone que los creyentes, “la invocan como abogada, auxiliadora, socorro y mediadora”. Aquí no hay ambigüedad ninguna. Es imposible malinterpretar esta frase.
Está el gran problema de “invocar a María”. ¿Cómo es posible que un creyente ore a la Virgen? María es una simple criatura; no es Dios. Estaría ella horrorizada si supiera que tantos millones de creyentes usan su nombre para usurpar la sola potestad del Señor. María no constituye un puente entre Dios y nosotros. Era una mujer pecadora salva por la pura gracia de Dios. Si María estuviera con nosotros hoy, nos diría que oremos a Dios. Bajo ningún pretexto podemos orar a María.
Una vez más, es llamativa la ausencia de cualquier texto bíblico para invocar a la Virgen. El Compendio dice que María es nuestra “abogada” donde la Biblia dice que el Hijo es nuestro abogado ante Dios (1 Juan 2:1). El Compendio enseña que María es nuestra “auxiliadora” donde la Biblia enseña que Dios es nuestro auxilio (Salmo 46:1). El Compendio proclama que María es nuestro “socorro” cuando la Biblia proclama que el Señor es nuestro socorro (Salmo 63:7). El Compendio predica que María es nuestra “mediadora” cuando la Biblia predica que Jesús es el mediador (1 Timoteo 2:5). ¿Qué, pues, será? ¿El Catecismo o la Biblia? ¿A cuál haremos caso? ¿A cuál seguiremos?
CONCLUSIÓN
Continuaremos con la pregunta 198 la semana que viene. Pero antes de finalizar este artículo, recapitulemos lo que hemos aprendido hoy:
1.- La doctrina de la Asunción es un invento católico y el verdadero prototipo de la Resurrección general no es María sino Jesús.
2.- La Biblia no enseña que María intercede por nosotros y tampoco nos llama sus hijos.
3.- María no ejerce ningún influjo salvífico sobre nosotros puesto que el que aplica el mérito de Cristo a nuestro corazón es el Espíritu de Dios.
4.- Bajo ningún pretexto podemos dirigirnos a María en oración. Así vemos que la pregunta 197 del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica no disfruta del respaldo bíblico. ¡Nos vemos la semana que viene para la tercera parte de nuestro estudio!
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[1] ¿Qué es el mérito? La pregunta 426 del Compendio contesta, “El mérito es lo que da derecho a la recompensa por una obra buena. Respecto a Dios, el hombre, de suyo, no puede merecer nada, habiendo recibido todo gratuitamente de Él. Sin embargo, Dios da al hombre la posibilidad de adquirir méritos mediante la unión a la caridad de Cristo, fuente de nuestros méritos ante Dios. Por eso, los méritos de las buenas obras deben ser atribuidos primero a la gracia de Dios y después a la libre voluntad del hombre”

Fuente: Protestantedigital, 2014.

viernes, 3 de octubre de 2014

¿Es María la ‘madre de la Iglesia’?



Por. Will Graham, Italia*
El Catecismo razona que María es Madre de la Iglesia por dos razones: 1) dio a luz a Cristo y 2) Juan 19:27.
Nueve eurillos. Bueno, 8,50€ para ser más exacto. Eso es lo que me costó la última edición del Catecismo de la Iglesia Católica. Bueno, el Compendio del Catecismo para ser más exacto.
Lo encontré en una visita reciente a la ciudad de Castellón, ubicado en la estantería más alta de la sección de Religión en Casa del Libro. Cuando vi el precio, ¿cómo resistirlo? ¿Cómo no comprarlo? Es como si el libro me hubiese mirado susurrando: “Te he estado esperando. Sé que tienes veinte pavos en tu bolsillo. No te detengas más. ¡Cómprame!” Como chico obediente que soy, hice caso a su mandato. Razono que hay respetar a todos. ¡Hasta a los libros hablantes!
No tardé mucho en llegar a la casa de mi cuñada aquella tarde con unas ganas impresionantes de devorar el contenido del libro. Siempre había tenido que consultar la versión digital del Catecismo cuando quería enseñar sobre el Catolicismo. El problema es que el Catecismo online –es decir, la versión completa- está dividido en casi 3.000 secciones. Bueno, 2.865 para ser más exacto. Y como te puedes imaginar, es bastante difícil encontrar el tiempo libre como para leerlo todo cuidadosamente.
Así que cuando leí el prefacio del Compendio en el cual Benedicto XVI explicó que mi nuevo libro se trataba de “una síntesis fiel y segura del Catecismo”, me sentí más contento que un pato en el agua. ¿Por qué? Porque el Compendio sólo tiene 598 secciones. ¡Qué alivio! Y no te olvides: todo por menos de nueve euros. ¿Qué más podría pedir de un libro? Económico, interesante, teológico, conciso y parlante. Vamos, estuve más feliz que una perdiz con regaliz en su nariz.
Cogí un boli, respiré a fondo, abrí a ‘Cate’ (seguro que no soy el único que pone nombres a sus libros), y empecé a leer…
Y a leer…                         
Y a leer…
Y a comer un poco y a lavarme la cara…
Y a leer de nuevo…
¿Y el resultado? Bueno, justo como esperaba. Había cosas buenas, cosas no tan buenas y cosas francamente espantosas. Es precisamente sobre una de esas cosas horripilantes que quiero compartir en mi artículo de hoy, a saber, la Mariología (o en términos sencillos, la doctrina de María).
El Compendio dedica cuatro artículos a la Mariología (números 196-199). Lo que voy a hacer, pues, es simplemente citarlos y luego presentar un análisis crítico de cada uno de ellos desde una perspectiva evangélica. Citaré el primero esta semana (196) y los restantes tres (197-199) a lo largo de las siguientes semanas.
¿Listo?
Aquí va. #196: ¿En qué sentido la Bienaventurada Virgen María es Madre de la Iglesia?
La Bienaventurada Virgen María es Madre de la Iglesia en el orden de la gracia, porque ha dado a luz a Jesús, el Hijo de Dios, Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia. Jesús, agonizante en la Cruz, la dio como madre al discípulo con estas palabras: “Ahí tienes a tu madre” (Juan 19:27).
Como puedes leer, el Catecismo razona que María es Madre de la Iglesia por dos razones: 1) dio a luz a Cristo y 2) Juan 19:27.
1.- Dio a luz a Cristo.
Evidentemente, dar a luz al Hijo de Dios no es poca cosa. Pero Jesús explicó en Marcos 3:35 que cualquiera que hiciera la voluntad de Dios, “éste es mi hermano, y mi hermana, y mi madre”. A nadie, pues, conocemos según la carne (2 Corintios 5:16). ¡A María tampoco! Los evangelios apenas mencionan a la madre de Jesús. Y las epístolas no dicen absolutamente nada acera de ella. En ningún lugar se habla de ella como Madre de la Iglesia.
Cristo corrigió a una mujer en Lucas 11:28 cuando ella dijo: “Bienaventurado el vientre que te trajo, y los senos que mamaste”. El Señor le respondió: “Antes bienaventurados los que oyen la Palabra de Dios y la guardan”. De hecho, en dos ocasiones cuando Jesús habló con su madre, vemos cómo la reprende a ella también (aunque suavemente). Como joven le preguntó, “¿No sabíais que yo debo estar en los negocios de mi Padre?” (Lucas 2:49). Y en las bodas de Galilea, le dice, “¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora” (Juan 2:4). María, claro está, no era ninguna figura infalible.
Siguiendo la lógica católica tocante al “orden de la gracia”, ¿por qué no podría ser Sara, mujer de Abraham, Madre de la Iglesia? La promesa de bendición universal (es decir, el orden de la gracia) inició con su vientre. ¿O por qué no la mujer de Noé? Incluso podríamos remontarnos a los días de Eva y preguntar, ¿por qué no podría ser Eva Madre de la Iglesia? ¿Acaso no recibió ella la profecía del Protoevangelio (Génesis 3:15)? María no era nada más que un eslabón en la larga cadena de la salvación. Sí, se trata de una mujer bienaventurada. Amén. Pero Débora también. Ana también. Elisabet también. Las mujeres de Dios del siglo XXI también. La palabra “favorecida” que se usa en Lucas 1:28 para referirse a María también se emplea para describir a todos los creyentes en Efesios 1:6 donde pone que Dios nos hizo “aceptos” –o favorecidos- en el Amado. María, pues, no es la única favorecida por el Señor.
El verdadero protagonista de la Encarnación no es María ni José, sino el Señor Dios Todopoderoso. Él es el Señor de la Iglesia. Y recuerda: el término ‘Madre de la Iglesia’ no se emplea en la Biblia. Se trata de un invento de la Iglesia Católica Romana. Si lees la versión completa del Catecismo digital verás que no cita ningún versículo bíblico correctamente a la hora de defender la maternidad de María tocante a la Iglesia. Menciona a Agustín, a Pablo VI, a Pío XII y Lumen Gentium (uno de los documentos principales del Segundo Concilio Vaticano). Pero no ofrece apoyo escritural. Es por eso que los creyentes evangélicos no podemos aceptar que María sea la Madre de la Iglesia. Tal título concede a la madre de Jesús demasiada importancia.
2.- Juan 19:27.
El único pasaje bíblico que el Catecismo intenta utilizar para justificar la Maternidad de María es Juan 19:27. El texto se lee, “Después Cristo dijo al discípulo (Juan): He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa”. Allí está. Juan 19:27. ¿Pero qué es lo que Jesús quiso decir cuando se dirigió a Juan con esas palabras He ahí tu madre? La repuesta es fácil. El Señor quería que Juan cuidara a su madre, María. Estaba asegurándose de que Juan iba a hacerse responsable de ella. Es decir, mientras Cristo estaba colgado en la cruz sufriendo un dolor insoportablemente agonizante, pensaba en el bienestar de su madre. En términos nuestros, Jesús le decía, “Juan, ahora mi madre está en tus manos. Cuídamela bien”.
De ninguna manera Jesús quería decir, “Juan, vete a casa y escribe un Catecismo proclamándola Madre de la Iglesia en mi nombre”. ¡Para nada! El celo católico por María conduce a la distorsión de un texto bíblico tan sencillo. Los ojos romanos ven algo en el versículo que simplemente no está allí. Juan 19:27, por cierto, es el texto que utilizó el Papa Francisco en sus dos encíclicas más conocidas, a saber, Lumen Fidei [La luz de la fe] y Evangelii Gaudium [La alegría del Evangelio], para indicar que María es nuestra Madre también. Así que una vez más, decimos que no. María no es la Madre de la Iglesia. El apóstol Juan estaría horrorizado si supiera cómo millones malinterpretan su evangelio. Si Jesús hubiera querido enseñar la doctrina de la Maternidad eclesial de María, la habría dejado muy claro en algún momento de su ministerio terrenal. Pero no lo hizo. ¿Por qué no? Porque María es únicamente la madre de Jesús hombre, no de la Iglesia (como enseña Hechos 1:14, texto que fue compuesto después de la ascensión de Cristo).
Seguiremos nuestro estudio la semana que viene, amigos. ¡Hasta luego! Cate os manda un besito…
Fuente: Protestantedigital, 2014.