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domingo, 8 de enero de 2017

Redescubrir la manipulación dialéctica vs. Redescubrir la Palabra



Por. Maximo Garcia Ruiz, España
Will Graham, a quien no tengo el gusto de conocer, de quien ignoro su filiación religiosa y su extracción teológica, tanto como si vive o no la realidad española o escribe fuera de España, me ha concedido el honor de leer mi libro Redescubrir la Palabra. Como leer la Biblia. Y, al parecer, muestra tener una amplia información acerca de mi persona.
En una época en la que se lee tan poco y se opina tanto, hay que reconocer el mérito que tiene leerse un libro con el que uno confiesa no identificarse desde sus primeras páginas y mostrar la generosidad de dedicarle un larguísimo escrito de crítica. Un gesto que agradezco. Ojalá todos los opinantes que puedan identificarse o no con los argumentos que desarrolla el Sr. Graham lo hicieran a partir de una lectura serena y objetiva del texto y no a partir de descalificaciones ajenas tal y como ocurre habitualmente.
Will Graham se autodefine en su larguísimo comentario como conservador. Es esa una buena postura ante la vida y ante los valores tanto sociales como cristianos. Conservar lo bueno es el deber de todo bien nacido. Puestos a autodefinirse, yo lo hice hace algún tiempo en un artículo que ha circulado en diferentes medios y formatos, como conservador y liberal, y argumentaba las razones esgrimidas, que no viene al caso repetir ahora[1].
En el caso del Sr. Graham, a juzgar por el escrito al que hago referencia, se muestra más que como conservador como fundamentalista, postura tan digna y respetable como cualquier otra, que yo respeto, aunque no comparta.
En lo que a la crítica de mi libro se refiere, legítima por supuesto, aunque sea tan diametralmente discrepante de otras llevadas a cabo por personas de tanta relevancia moral e intelectual como Alfredo Pérez Alencar[2] y Juan Antonio Monroy[3], por mencionar sólo dos de ellas, que fueron publicadas en este mismo medio, no entraré en un debate con su autor ni, por supuesto, voy a someterme al examen que pretende con una ristra de cuestiones con las que cierra su escrito, mediante las cuales parece querer implantar una nueva forma de auto de fe, algo tan extemporáneo en los tiempos que corren.
En realidad tengo la impresión de que es el propio autor del artículo el que se auto descalifica ante quienes tienen la virtud de pensar por sí mismos, pero ese es un riesgo que al parecer asume gustoso. Confío en que los lectores de Graham tengan la curiosidad de leer el libro y extraer sus propias conclusiones.
Quiero creer que el Sr. Graham tiene la suficiente formación teológica y filosófica como para saber que está tomando el texto como pretexto para un ataque contra una persona y unas instituciones con las que al parecer no se siente identificado; y debe saber que sacar el texto de su contexto es una aberración hermenéutica; que mutilar un texto para hacer que parezca decir lo que al comentarista le interesa que diga, es un fraude a sus lectores, quienes posiblemente nunca tendrán la curiosidad de aproximarse al texto comentado; que manipular el contenido de un escrito transmitiendo ideas y conceptos que están fuera de la intención del autor, es una práctica deleznable que atenta contra los más elementales principios éticos de la fe evangélica y son suficientes para catalogar a su autor; que arrogarse la representación de “los evangélicos españoles” es una osadía que los lectores inteligentes, que los hay sin duda, no pueden tolerar; que el insulto y la descalificación de otros, sean o no afines a las ideas propias, muestra una tremenda falta de la ética y la caridad cristianas; que los cimientos de la Reforma en España y sus expresiones más conspicuas y representativas, se fundamentan en una teología analítica y ajena al fundamentalismo importado recientemente a España; que la extensión del Evangelio en España se ha llevado a cabo apoyado en el sufrimiento y la sangre de muchos españoles que durante su vida han estado dispuestos a dar lo mejor de ellos mismos por extender el Evangelio de Jesucristo, entre los que, humildemente, se encuentra el autor del libro tan parcialmente juzgado.
Respeto profundamente a quienes, como Will Graham, discrepen de mi reflexión teológica; acepto la discrepancia como uno de los valores devenidos de la libertad religiosa por la que algunos luchamos tan denodadamente en España cuando no sé donde estaría, si estaba, y qué haría el Sr. Graham. Reclamamos, eso sí, respeto a la verdad, no manipular las conciencias, abrir espacios de libertad al pueblo evangélico español para que asuma el liderazgo de promover una verdadera Reforma en España, ahora que conmemoramos el 500 aniversario de la promovida por Luero.
Doy por supuesto que Protestante Digital publicará esta réplica, que está muy lejos de alcanzar las dimensiones del escrito que la provoca, y anticipo que no voy a entrar en un debate sobre el tema con el Sr. Graham a quien deseo las mejores bendiciones de Dios y la capacidad y el medio adecuado para defender sus ideas en un clima de libertad y libre concurrencia, a ser posible, teniendo en cuenta que ni él ni yo tampoco representamos a TODO el pueblo evangélico español.
Máximo García Ruiz

Fuente: Protestantedigital, 2017

jueves, 8 de octubre de 2015

Declaro, declaro, declaro, en el nombre de Jesús



¿Por qué muchas reuniones de oración evangélicas se han convertido en sesiones de 'declaración'?
Por. Will Graham, España
¿Declaras las cosas que no son como si fuesen, hermano? ¿Declaras la unción apostólica de los últimos tiempos sobre tu vida, hermana? ¿Declaras la bendición profética de lluvia tardía sobre tu familia, querido(a) lector(a)?
Si es así, te declaro que estás haciendo las cosas mal…
¡Pero ánimo! Yo también empecé así.
En vez de asistir a cultos de oración me vi involucrado en reuniones de declaración. Poco a poco iba aprendiendo el sagrado arte de la declaración y después de unas cuantas semanas estaba soltando las típicas frases que habrás oído cien mil veces: “Declaro Irlanda para Cristo”, “Declaro victoria”, “Declaro la presencia de Dios en este lugar”, “Declaro dos décadas de decadencia para Decathlon”, “Declaro que mi declaración sea declarado declaradamente…” y así por el estilo.
 Vamos, lo pasaba pipa declarando todo lo que me pasaba por la cabeza. Bueno, lo pasé pipa hasta que comencé a analizar mi vida de oración a la luz de las Escrituras. ¿Dónde vemos en la Biblia que los adoradores se pusieron a declarar, a decretar y a atar durante el tiempo de la oración? Respuesta: ¡en ningún lado! La Biblia tiene más de 30.000 versículos y no encontramos ninguna oración con semejantes características.
La oración, según la Biblia, no es cuándo declaramos las cosas conforme a nuestra voluntad; sino cuando agradecemos a Dios por lo que Él ha hecho y le pedimos todas las cosas que Él desea que pidamos. El Catecismo mayor de Westminster ofrece una definición excelente de la oración: “La oración es el ofrecimiento de nuestros deseos a Dios, en el nombre de Cristo, y por la ayuda de su Espíritu; confesando nuestros pecados y reconociendo con gratitud sus beneficios”. ¡Sí, señor! ¡Así es! ¡Gloria a Dios!
¿Cómo es posible, entonces, que la oración se haya convertido en un tiempo de declaración?
Supongo que la primera razón tiene que ver con la pérdida de lo que nuestros antepasados protestantes llamaron “una aprehensión temerosa de la majestad de Dios”. El Dios de quién se predica en nuestros días es nuestro colega, un abuelo guay que quiere pasarlo bomba con nosotros. Es un osito de peluche cósmico.
Francamente nos hemos olvidado de que Dios es fuego consumidor, un Dios celoso, un varón de guerra. En el Antiguo Testamento cuando Nadab y Abiú ofrecieron fuego extraño en la presencia del Altísimo, Dios les fulminó al instante. Y en el Nuevo, cuando Ananías y Safira mintieron al Espíritu Santo, cayeron muertos ante la congregación. Hasta nuestro amado Salvador Jesús –a pesar de dirigirse a Dios como ‘Abba’- ofreció sus oraciones y súplicas con temor reverente (Hebreos 5:7).
¿Por qué menciono esto? Por dos razones. Primero, porque Jesús es nuestro modelo en todo –incluso en la oración. Segundo, porque Jesús nunca empleó la doctrina de la paternidad de Dios como un pretexto para dirigirse a Dios de manera light. ¡Ojalá muchos predicadores contemporáneos aprendiesen esta lección!
Otra razón por la que dedicamos nuestro tiempo a confesar y a atar en vez de orar es por la falta de “un sentimiento profundo de nuestra indignidad”. Estamos tan llenos de nosotros mismos y de nuestra supuesta importancia que se ha creado la sensación de que el mundo gira en torno a nosotros. Mientras acababa mi carrera universitaria en Irlanda en el año académico 2006-07, pase un año trabajando en Lidl (de lunes a viernes) y en una librería cristiana (los sábados).
Lo que más me sorprendió en mi tiempo en la librería fue el tipo de literatura que más vendíamos. En vez de comprar libros sobre la teología, comentarios bíblicos, la oración o la historia de la iglesia, la gran mayoría de nuestros clientes pidió libros sobre Cómo ser un mejor tú o Diez métodos para tener la iglesia más grande de tu barrio o Se trata de ti, ti, ti o Estrategias de multiplicación de iglesias y otras tonterías parecidas.
Cuánto más crece nuestro ego evangélico, más pequeño e innecesario es Dios. De allí la herejía actual de que todos somos dioses. Ya no nos creemos indignos sino importantes, prestigiosos, imprescindibles, vamos, ¡nos creemos hasta apóstoles, patriarcas y dioses! Dijo Charles Spurgeon en mayo de 1884, “Desconfío de los hombres que publican su propia perfección: no le creo a ninguno de ellos, sino más bien tengo una más baja opinión de ellos, de la que no me atrevo a manifestar”.
Hermano y hermana: no se trata de lo que declaramos, decretamos atamos ni de lo que mandamos; sino de lo que el Señor Dios todopoderoso declara, decreta, ata y manda. Necesitamos volver a la verdadera esencia de la oración, oponiéndonos a nuestro orgullito y teniendo presente la siguiente declaración del mayor profeta de todos los tiempos, el cual fue lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su madre: “Es necesario que Él crezca y que yo disminuya”.
La oración no existe para dar a conocer la autoridad de nuestras declaraciones anti-bíblicas; sino para engrandecer al Señor del universo. Él es el Rey. Él es el único Soberano. Él es Dios. ¡Esto sí hay que declararlo!

Fuente: Protestantedigital, 2015.

miércoles, 19 de agosto de 2015

¿Por qué fueron destruidas Sodoma y Gomorra?



Lo más honesto a nivel intelectual y hermenéutico es seguir aferrándonos a la postura evangélica tradicional: Sodoma y Gomorra fueron destruidos por la inmoralidad sexual.
Por. Will Graham, España
Empezamos con una pregunta hoy: ¿por qué fueron destruidos Sodoma y Gomorra? La respuesta tradicional es que fueron destruidos por la inmoralidad sexual, pero si lanzas esta misma pregunta a los teólogos gais, la respuesta que te dan será marcadamente diferente.
Las tres respuestas más citadas dentro del campo pro-homosexual son:
-       Fueron destruidos porque no cuidaban a los pobres.
-       Fueron destruidos porque querían violar en grupo.
-       Fueron destruidos porque no eran hospitalarios.
En cierto sentido, las tres respuestas llevan algo de la razón. De hecho, la primera razón está sacada directamente de la Biblia y por eso es la más convincente de las tres.
Empecemos, pues, con la primera respuesta.
1.- Fueron destruidos porque no cuidaban a los pobres
La primera razón propuesta por la teología Queer es que los sodomitas fueron destruidos porque no cuidaban a los pobres. Aquí apelan a los escritos de Ezequiel. Ezequiel explica la razón por la que Sodoma fue destruida: “Vivo yo, dice el Señor, que Sodoma tu hermana y sus hijos no han hecho como hiciste tú y tus hijas. He aquí esta fue la maldad de Sodoma tu hermana: soberbia, saciedad de pan y abundancia de ociosidad tuvieron ella y sus hijas; y no fortaleció la mano del afligido y del menesteroso” (Ezequiel 16:49).
Bíblicamente hablando, es cierto que Dios destruyó la ciudad de Sodoma por no cuidar a los pobres (entre unas cuantas cosas más). No obstante, es importante seguir leyendo hasta el siguiente versículo para captar toda la verdad. Es precisamente este versículo que no se cita muy a menudo en la reflexión teológica gay: “Y se llenaron de soberbia e hicieron abominación delante de mí y cuando lo vi las quité” (v. 50). El término más importante del versículo 50 es abominación. Interesantemente Ezequiel emplea el sustantivo en el singular (toevah) y no su forma plural. Es bien probable que el profeta saque el término del libro de Levítico, el cual emplea la palabra toevah seis veces. En Levítico, se usa cuatro veces en plural y dos veces en singular. Los dos textos que emplean el singular se refieren exclusivamente al pecado de la homosexualidad, a saber, Levítico 18:22 y Levítico 20:13. Ezequiel, entonces, hace una conexión lingüística entre la enseñanza de la Ley de Moisés y la maldad sexual cometida por los sodomitas.[1]
Fue tal abominación la que impulsó a Dios a quitar a Sodoma de sobre la faz de la tierra. El libro de Levítico explica que los cananeos fueron castigados por el Señor debido a semejante libertinaje sexual. Después de advertir a los hebreos sobre la importancia de la ética sexual, Dios les dice: “No hagáis ninguna de estas abominaciones, ni el natural ni el extranjero que mora entre vosotros (porque todas estas abominaciones hicieron los hombres de aquella tierra que fueron antes de vosotros, y la tierra fue contaminada); no sea que la tierra os vomite por haberla contaminado, como vomitó a la nación que la habitó antes de vosotros” (Levítico 18:26-28).
¡Más claro no podría ser! Dios los juzgó por sus desviaciones sexuales de la misma forma que lo hizo con los sodomitas; no por su falta de interés por los pobres.
2.- Fueron destruidos porque querían violar en grupo
La segunda razón ofrecida por la teología gay es que Dios destruyó Sodoma y Gomorra porque querían violar en grupo. Ahora bien, esta razón no es tan fuerte como la primera porque no se halla en la Biblia. Es algo que la comunidad gay ha inventado. Evidentemente Dios está en contra de la violación en grupo. Hasta allí todos estamos de acuerdo. Pero esto no significa que Dios esté de acuerdo con la actividad homosexual. Y de todas formas, Dios quiso destruir las ciudades por su maldad continúa; no por un solo acto de violación (Génesis 18:20 y 2 Pedro 2:8). Génesis 19 forma parte del libro de Génesis. Por lo tanto, es imposible entender el capítulo 19 sin conocer el mensaje del resto del libro. Los primeros dos capítulos de Génesis explican que en el principio Dios creó a un varón a y una mujer conforme a Su imagen y semejanza.
El matrimonio es un reflejo de la belleza trinitaria de Dios. Además, el Señor decretó que la primera pareja procrease. Una pareja homosexual no representa el plan perfecto de Dios ni puede cumplir con su mandato de reproducir. Cuando el autor de Génesis 19 describe el pecado de Sodoma y Gomorra, ya ha establecido que la heterosexualidad es un don de Dios en los primeros dos capítulos del libro. Cualquier otra expresión sexual es una desviación de su diseño original.
Así que es cierto que está mal violar; sin embargo, el mensaje de Génesis es que la sexualidad es para un hombre y una mujer bajo la bendición de Dios. Los hombres de Sodoma querían violar a dos hombres: “¿Dónde están los varones que vinieron a ti esta noche? Sácalos para que los conozcamos” (Génesis 19:5). No creo que haga falta explicar lo que quiere decir conozcamos aquí, ¿verdad?
Lot identificó la violación homosexual como un gran mal. Dijo, “Os ruego, hermanos míos, que no hagáis tal maldad” (Génesis 19:5). Sabemos que se refiere al pecado de la homosexualidad porque enseguida les ofreció a sus dos hijas; no a sus yernos. Hasta los sodomitas sabían que la actividad homosexual fue una perversión terrible: “Ahora te haremos más mal que a ellos” (Génesis 19:9). Querían violar a Lot también. Su pecado fue tan depravado que los ángeles los castigaron con ceguera. Esta segunda respuesta carece de peso porque no toma en cuenta la naturaleza incesante y perpetua del pecado de Sodoma y Gomorra. Dios no los juzgó por un acto aislado; sino por un estilo de vida totalmente entregado al vicio.
3.- Fueron destruidos porque no eran hospitalarios
La tercera razón y tal vez la interpretación más popular formulada por la teología homosexual es que Dios destruyó Sodoma y Gomorra porque no eran hospitalarios. A primera vista parece una propuesta lógica. Pero el problema es que no es fiel al relato bíblico. Génesis 13:13 estipula que, “Mas los hombres de Sodoma eran malos y pecadores contra el Señor en gran manera”. De nuevo, Génesis 18:20 pone, “Por cuanto el clamor contra Sodoma y Gomorra se aumenta más y más, y el pecado de ellos se ha agravado en extremo, descenderé ahora”.
El texto bíblico está hablando de una especie de pecado más allá de lo común y corriente. ¿De verdad la falta de hospitalidad sería una señal de que su pecado se había “agravado en extremo”? ¿Te parece creíble, viable? ¿Acaso no sería la violación en grupo un pecado muchísimo más ofensivo? ¿Dónde condena Dios la falta de hospitalidad en términos de vida o muerte?
Cuando Lot estuvo a punto de entregar a sus dos hijas a los hombres de Sodoma, no lo hizo con el fin de que los varones aprendiesen a ser más hospitalarios. Y si pensamos un poco, los ángeles ya tenían una casa dónde pasar la noche –la casa de Lot- por lo tanto no necesitaban depender de la hospitalidad de la ciudad. Pregunta Marcela Carmona, “¿Acaso los ángeles estaban necesitando hospedaje?”
Otro dato de interés: los teólogos pro-homosexuales se olvidan de que Dios destruyó Gomorra y otras ciudades vecinas también (Judas 7). ¿Dónde leemos que los habitantes de estas ciudades fueron inhospitalarios? Eso de que Dios destruyó las ciudades por no ser hospitalarios es una respuesta bien rebuscada. ¿No te parece? Independientemente de lo que creemos, la buena noticia es que hay dos textos en el Nuevo Testamento que explican claramente la razón por la que Dios los destruyó.
 Pedro hace mención de su impiedad, su nefanda conducta, sus hechos inicuos, “aquellos que, siguiendo la carne, andan en concupiscencia e inmundicia, y desprecian el señorío” (2 Pedro 2:6-10). Y luego Judas es aun más explícito: “habiendo fornicado e ido en pos de vicios contra naturaleza [homosexualidad], fueron puestos por ejemplo, sufriendo el castigo del fuego eterno” (Judas 7). A lo largo de toda la Biblia, el término sodomita llega a ser sinónimo de homosexual. Como predicó Voddie Baucham, “El pecado de Sodoma fue la sodomía”. Hay muchos otros textos bíblicos que condenan un estilo de vida gay. Dios se opuso a la actividad homosexual en los días bíblicos y sigue oponiéndose a ella hoy día.
Conclusión
Con todo, las tres propuestas de la teología gay contemporánea no son satisfactorias.
-       Sodoma y Gomorra no fueron destruidos por no cuidar a los pobres, sino por cometer una abominación que corresponde al pecado homosexual nombrado en Levítico.
-       Sodoma y Gomorra no fueron destruidos porque querían violar en grupo sino porque su pecado fue continuo y constante; Dios no los juzgó por un solo acto aislado. Ya pensaba en destruir la ciudad aun antes del intento a violación.
-       Sodoma y Gomorra no fueron destruidos por falta de hospitalidad porque su pecado era grave en extremo y el resto de la Biblia aclara que fue un asunto de homosexualidad.
En suma, para contestar la pregunta inicial -¿Por qué fueron destruidos Sodoma y Gomorra?- por las razones explicadas arriba sería mucho más honesto a nivel intelectual y hermenéutico seguir aferrándonos a la postura evangélica tradicional, esto es, que Sodoma y Gomorra fueron destruidos por la inmoralidad sexual.
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[1] MOHLER, Albert (ed.), God and the Gay Christian? A Response to Matthew Vines (SBTS Press: Louisville, 2014), p. 35.

Fuente: Protestantedigital, 2015.