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domingo, 7 de agosto de 2016

Juan Sánchez Núñez: No es pecado la homosexualidad



Por. Will Graham, España
En este segundo artículo dedicado a la ‘Ética teológica y homosexualidad’ (2015) escrito por Juan Sánchez Núñez y disponible en la página web de la Iglesia Evangélica Española (IEE), nos centraremos en el capítulo dos: “¿Cómo valorar hoy la homosexualidad?”
Seguiremos el patrón de la semana pasada cuando estudiamos el primer capítulo, ofreciendo una crítica evangélica a las propuestas de Sánchez, profesor de Ética teológica en la Facultad de Teología SEUT.
Repetimos lo que destacamos la semana pasada: con esta lectura crítica no estamos negando la importancia de amar a la comunidad gay con la compasión de Cristo. En esta línea estamos cien por cien de acuerdo con Sánchez y la IEE porque los protestantes entendemos que el Dios del Evangelio nos llama a amar a nuestro prójimo. Lo que pretendemos con estos dos estudios es simplemente sopesar las propuestas éticas de Sánchez a la luz de la fe evangélica. Además, invitamos a todos nuestros lectores a descargar y leer el documento de Sánchez por sí mismos para comprobar si las críticas aquí presentadas son justificadas. Cada crítica está apoyada con citas del libro y el número de las páginas citadas entre paréntesis.
El profesor Sánchez divide su segundo capítulo en los siguientes seis puntos: 1) La esencial aportación de las ciencias: el matrimonio homosexual; 2) De los actos homosexuales a las personas homosexuales; 3) Nueva valoración de la sexualidad: derecho a la propia identidad; 4) La persona homosexual: igual, dignidad y respeto; 5) Visión antigua de la homosexualidad; 6) Visión actual de la homosexualidad; 6) Las personas homosexuales en nuestra sociedad y en nuestras iglesias.
Haremos diez observaciones críticas sobre el contenido de este segundo capítulo.
1.- Sánchez confunde la ciencia moderna con la ética
Como señalamos la semana pasada, Sánchez cae en el error de confundir la ciencia moderna con la ética. La ciencia moderna puede deciros que si colocáis una gota de veneno en el vaso de agua de vuestro amigo que éste morirá al beberlo. No obstante, lo que la ciencia moderna no os puede decir es si es moralmente correcto o incorrecto poner el veneno en el vaso. Así que cuando Sánchez arranca su ponencia aseverando que “Hoy, sería imposible entender la homosexualidad, sin tener en cuenta la esencial aportación de las ciencias modernas al conocimiento de la misma” (18) está simplemente confundiendo categorías.
La ciencia moderna no nos puede enseñar nada sobre la esfera de la ética ya que la ciencia es moralmente neutral. Puesto que Sánchez basa toda su exposición a favor de la homosexualidad en esta presuposición errónea, el resto de su exposición carece de peso intelectual. Con razón nos exhortan las Escrituras a no construir nuestras casas sobre la arena.
2.- Sánchez sufre de esnobismo cronológico
Juan Sánchez Núñez
Otro error que predomina en el análisis de Sánchez es lo que mi paisano C.S. Lewis designó como “chronological snobbery”. Traducido al castellano, sería algo como “esnobismo cronológico”. ¿A qué se refería Lewis con este término?
A grandes rasgos es la presuposición de que el presente es mejor que el pasado. Esta convicción, apelando a la noción de progreso (otro concepto filosófico), considera que lo “antiguo” y lo “tradicional” son necesariamente inferiores al presente. Este prejuicio filosófico de Sánchez le lleva a describir todos los estudios actuales sobre la homosexualidad con vocablos cargados de sentidos positivos. Para él, la aceptación de la homosexualidad en la sociedad y en la iglesia se trata de un avance. El matrimonio homosexual es “novedoso” y “revolucionario” (18).
De todas formas, para usar la lógica de Sánchez contra su propio argumento, los cristianos sabemos que la homosexualidad es tan “antigua” y “tradicional” como Sodoma y Gomorra. Abundaba la homosexualidad en los días del Imperio Griego y luego en el Imperio Romano también. De hecho, el mismo Sánchez revela que, “un historiador, experto en el estudio del Imperio Romano, nos dice que la mayoría de los emperadores romanos tuvieron amantes masculinos” (18).
El matrimonio homosexual no es fenómeno nuevo. Fue gracias a la cristianización del Imperio Romano a partir del cuarto siglo que los matrimonios gais llegaron a ser prohibidos. En su pasión por el presente, Sánchez se olvida de lo “anticuado” que es el matrimonio gay. Si Sánchez desprecia tanto a los evangélicos clásicos por su postura “antigua”, “reduccionista” y “tradicional” tocante a la homosexualidad, tendría que mostrar la misma irreverencia hacia la homosexualidad ya que es igual de “anticuada”.
3.- Sánchez justifica la homosexualidad en base a la biogenética
No hay que fijarse en los actos homosexuales, razona Sánchez, sino en las personas homosexuales porque la persona homosexual “no es alguien que ha elegido su condición sexual” (19). La homosexualidad es un fenómeno biológico, genético.
Primero, las cosas no son tan claras como Sánchez nos quiere dar a entender. ¿Nos quiere decir que la ciencia moderna está unánimemente de acuerdo en que la homosexualidad no es una elección? Esperamos que no. Y si insiste en decir que es así, que nos comparta las fuentes de los estudios tan conclusivos que tiene en mente. En el mejor de los casos, Sánchez simplemente se ha confundido al hacer tal afirmación. En el peor de los casos, está mintiendo.
Segundo, aun en el caso dado de que la ciencia moderna concluyese que la homosexualidad fuera una condición genética o biológica, ¿qué más daría? ¿Acaso no enseña la fe cristiana que todos nacemos pecadores, malos, viles y depravados?
Yo también nací en pecado con un sinfín de deseos vergonzosos que me siguen acompañando hasta el día de hoy: lujuria, desviaciones sexuales, avaricia, codicia, odio, celos, etc. Pero según las Escrituras, ¿qué tengo que hacer con estos deseos? ¿Satisfacerlos ya que forman parte de mi constitución humana? ¿O negarlos? ¿Os imagináis si dijese yo a un juez: “No, señor juez, es que usted no entiende. Nací con un fuerte deseo de matar y violar. Por lo tanto, no me puede mandar a la cárcel por violar y matar a esa mujer inocente. Simplemente estaba siguiendo los dictados de mi ADN”?
Aunque nazcamos con ciertas predisposiciones en el corazón, esto no quiere decir que podamos dar rienda suelta a semejantes deseos a través de nuestros actos. La persona tiene que controlar sus actos. Es un agente moral responsable.
4.- La ética de Sánchez es secularista
Como observamos la semana pasada, no hay nada en la ética de Sánchez que un ateo materialista no sería capaz de enseñarnos. Es una moralidad secular, ilustrada, humanista, neo-pelagiana carente de Cristo. En vez de vivir para la gloria de Dios y gozar de Él para siempre, Sánchez nos asegura que lo más importante en cuanto a la ética teológica es la realización personal de cada uno (21). Uno tiene que desarrollarse “plenamente como persona” (22). Es una ética egocéntrica, y por lo tanto anticristiana, donde cada uno sigue los caprichos y antojos de su propio corazón.
La idea de que Dios determina qué es lo bueno y lo malo nunca se le ocurre a Sánchez. De hecho, en el primer capítulo de su obra, se mofa de tal noción. Entonces, si hay un conflicto entre la voluntad revelada de Dios en las Escrituras y la realización personal de un individuo, tiene que prevalecer el deseo de la criatura.
Es el triunfo del subjetivismo modernista. Sánchez ha descoronado al Dios de la Biblia en el nombre de la ilustración humanista. Su ética no corresponde al modelo neotestamentario de la moralidad en la cual los creyentes responden gozosamente ante el anuncio del Evangelio obedeciendo al Señor de todo corazón.
5.- Sánchez confunde el racismo y el feminismo con la homosexualidad
Uno de los argumentos más deshonestos y peor intencionados de Sánchez es cuando compara la homosexualidad con el racismo y el feminismo (20). El problema con esta analogía es que el color de la piel y el género de una persona no son cuestiones éticas, pero la homosexualidad sí lo es. Dios nunca condena a nadie por su color de piel ni por su género en las Escrituras. Sin embargo, sí censura la actividad homosexual una y otra vez.
6.- La antropología de Sánchez es secularista
Aunque Sánchez dedique su libro al tema de la ética teológica, revela que la homosexualidad es antes que nada “una cuestión antropológica” (22). “Sólo después de esta primera y fundamental valoración, que más que ética es antropológica, podemos pasar a la valoración teológica y moral de los actos homosexuales” (20).
En vez de empezar su antropología desde el relato bíblico donde Dios creó a un hombre y a una mujer, Sánchez se aferra a un concepto modernista del ser humano definido en términos de autonomía y realización personal. “Por homosexualidad no entendemos directa y exclusivamente los comportamientos homosexuales, sino la condición homosexual de un ser humano que, a través de sus comportamientos, busca la realización personal” (21).
Allí está la antropología de Sánchez: el ser humano es uno que busca la realización personal. Es decir, es aquél que hace lo que le da la gana para conseguir su propia felicidad. No hay ningún concepto de un ser humano creado para la gloria del Dios trino. En términos bíblicos, la propuesta de Sánchez es la antropología de la serpiente del Edén. El hombre se convierte en su propio dios. “Sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal” (Génesis 3:5).
7.- Sánchez se refiere a “situaciones desviantes”
En página 21 Sánchez escribe que “hay que descartar como formas definitorias de la homosexualidad aquellas que, dentro de la condición homosexual, son anómalas o desviantes, como por ejemplo: la pederastia, la prostitución, la violación, etc.”
Ahora bien, en base a su ética y antropología humanista, ¿por qué está mal la pederastia, la prostitución o la violación? Si la ética no se define en referencia a la voz del Omnipotente registrada en las Escrituras, sino en términos de “realización”, “desarrollo personal” y el “amarse” y el “aceptarse a uno mismo”, ¿quién es Sánchez para tachar a la pederastia, etc. como algo nocivo? ¿Qué pasa, por ejemplo, si alguien cree que está genéticamente programado hacia la pornografía gay infantil y se entrega a descargar miles de imágenes obscenas con el fin de sentirse sexualmente realizado y satisfecho? ¿O qué pasa si dos hermanos o dos hermanas carnales se aman y se quieren casar con las mismas ganas de auto-realización? ¿Qué propondría la ética humanista de Sánchez ante tales situaciones?
8.- Sánchez asevera que la homosexualidad no es un pecado
Portada del libro.
Dado que Sánchez no edifica su ética teológica sobre las Escrituras sino según intereses seculares, no resulta sorprendente que acaba este segundo capítulo afirmando que la homosexualidad no es un pecado. “Hoy en día la homosexualidad no puede ser vista como una enfermedad, ni como un vicio, ni mucho menos como un pecado. Decir que es pecado ser homosexual, es como decir que es pecado ser negro, o es pecado ser mujer. No, la homosexualidad ni es pecado, ni es una enfermedad, ni es un vicio, es una condición sexual de igual dignidad y valor que la condición heterosexual” (22).
Primero, Sánchez aviva el argumento sucio de comparar la homosexualidad con el racismo y el feminismo. Ya refutamos esta analogía en nuestro quinto punto. Segundo, fijaros en la total ausencia de contenido bíblico a la hora de hacer semejante aseveración. Si Sánchez fuese un político secular dando su ponencia humanista sobre la homosexualidad, podríamos dejar que sus comentarios pasen desapercibidos.
Al fin y al cabo, el mundo es el mundo. Los incrédulos no oyen la voz del buen pastor. Pero Sánchez y los portavoces de la IEE (aunque nos consta que no todas las congregaciones de la IEE) están defendiendo la presencia de la homosexualidad en el ministerio cristiano. ¡Se están metiendo con la gloria de Dios, el Evangelio de Cristo, la santidad del Espíritu, el bienestar del pueblo de Dios y la sola scriptura! ¿Quién es Juan Sánchez Núñez para definir qué es o no es pecado? ¿Acaso es más sabio que el propio Dios?
9.- Sánchez ofrece falsa esperanza a los homosexuales
¿Qué mensaje tiene Sánchez para los homosexuales? Dice: “Yo diría que aquí, la palabra fundamental que pronuncia la teología, que le dice a la persona homosexual (lo mismo que a la persona heterosexual), que es hija de Dios, que es amada y aceptada por Dios tal y como es, y que en ese amor y en esa aceptación debe encontrar fuerzas para aceptarse y amarse a sí misma, y ser capaz de vivir con dignidad y la alegría de un hijo de Dios” (22).
Después de desarrollar su ética y antropología secularista, todo lo que Sánchez tiene que decir a los homosexuales es que son hijos e hijas de Dios. ¿Qué pasa con el llamamiento a la santificación? ¿Y el tomar la cruz y el negarse a uno mismo? ¿Acaso Dios nos ha dado el derecho de ofrecer esperanza a alguien mientras que éste siga sin fe en Cristo y sin frutos de arrepentimiento? ¿Acaso no tiene que convencernos el Espíritu Santo de que verdaderamente somos hijos de Dios? Evidentemente, apreciamos el deseo pastoral de Sánchez, pero cuestionamos la legitimidad de su propuesta por razones bíblicas.
10.- Sánchez encuentra inspiración en un pastor gay en Turín
Sánchez finaliza el segundo capítulo de su libro hablando sobre una compañera italiana suya llamada Teresa. Escribe que, “La iglesia bautista italiana, junto con la iglesia valdense y metodista, han venido trabajando el tema de la homosexualidad, y después de un proceso de discernimiento sinodal, similar al que vienen realizando las iglesias de la IEE, han aceptado que haya pastores homosexuales al frente de sus iglesias.
Sin ir más lejos, en la iglesia bautista de Turín donde el hermano de Teresa es miembro, el pastor es homosexual y vive con su pareja en la vivienda pastoral que hay encima de la iglesia” (23).
Turín es un patrón para lo que Sánchez quiere ver en España. Nos parece trágico que éste sea “el desafío” actual que Sánchez discierne para la iglesia ibérica. ¿Nos reímos o lloramos?
En vez de enfocarse en la necesidad de estar centrados en el Evangelio, la predicación expositiva, la teología bíblica y sistemática, en la apologética, en el llamamiento a la santidad, en el envío de misioneros a otros países, en el servicio de la iglesia hacia los pobres y necesitados, etc.; Sánchez se dedica a elogiar la iglesia bautista italiana por ordenar a ministros homosexuales.
Conclusión
En suma, refutamos las propuestas de Sánchez por las siguientes razones:

  • Sánchez confunde la ciencia con la ética.

  • Sánchez sufre de esnobismo cronológico.

  • Sánchez justifica la homosexualidad en base a la biogenética.

  • La ética de Sánchez es secularista

  • Sánchez confunde la homosexualidad con el racismo y el feminismo.

  • La antropología de Sánchez es secularista.

  • Sánchez se cree capaz de definir qué es una situación desviante.

  • Sánchez asevera que la homosexualidad no es un pecado.

  • Sánchez ofrece falsa esperanza a los homosexuales.
  • Sánchez encuentra inspiración en un pastor gay en Turín.

Fuente: Protestantedigital, 2016

domingo, 13 de marzo de 2016

¿Por qué lo llaman religión cuando quieren decir sexo?



Por. Gabriel Jaraba, España*
La decisión de la conferencia de primados de la Comunión Anglicana (CA) y su decisión de poner en suspenso la participación en ella de la Iglesia Episcopal de los Estados Unidos (ECUSA) ha supuesto un aldabonazo en las puertas de quienes consideran que la vía media anglicana es un camino que permite superar excesos dogmáticos, actitudes intransigentes y caminos sin salida ante los que se encuentran las actuales formas de sociabilidad religiosa que forman parte de la iglesia una de Cristo. La citada decisión, surgida de un debate (o lo que fuera) relativo a la bendición de uniones de personas del mismo sexo, ha tratado de ser relativizada desde muchos sectores del anglicanismo mundial, con ánimo de quitar hierro al asunto y aduciendo de buena fe incluso que la ECUSA no ha sido apartada de la CA porque la conferencia de primados no tiene poder sancionador dado que la pertenencia a la comunión se basa en la libre adhesión a sus principios, sustentados en los 39 Artículos de la Religión y el Cuadrilátero de Lambeth. No me atrevo a adentrarme en ese camino legalista porque entonces alguien con autoridad superior podría acusarme de colar mosquitos y dejar pasar camellos a través de mi tamiz analítico. De modo que aprovecho la ocasión para explicar lo que me parece relevante en este asunto: nos devuelve con toda crudeza la cuestión de fondo que reside en todos los casos en que religión y sexo se entremezclan, incluso con la mejor de las voluntades éticas, normativas e incluso civilizadoras.
Durante un tiempo yo pensaba que las diversas religiones –no sólo las cristianas– dedicaban atención a la vida sexual de sus fieles y proponían determinadas morales sexuales por creer que una ética integral no puede hacer abstracción de semejante dimensión de la vida humana. Aun estando en desacuerdo con muchos aspectos de las respectivas visiones religiosas del hecho sexual, marital, reproductivo e incluso erótico, entendía que por lo menos las distintas versiones del cristianismo iban evolucionando, cada una a su ritmo, en lo que respecta a tal concepción y adaptándose a los mores de las respectivas sociedades y tiempos. Según esa lógica, una evolución en términos de tolerancia, caridad y fraternidad permitiría humanizar intransigencias anteriores y adaptar antiguas exigencias en moral sexual a nuevas formas de convivencia social y familiar que la vocación universal de la salvación no puede marginar ni omitir sin negarse a ella misma.
Mi experiencia personal en uno y otro sector de la iglesia una de Cristo ha sido feliz y de ella han estado ausentes cuestiones que parecen haber sido traumáticas en la vida de otras personas. Sacerdotes católicos, pastores protestantes, monjes benedictinos han sido para mí siempre y en todo lugar fuente de ejemplo y de bendiciones. Un día, conversando con un miembro de la conferencia episcopal católica española, a causa de ciertas tareas institucionales que mi empleo me imponía entonces, le dije: “Querido obispo, tenga usted en cuenta que yo soy un hombre de fe; probablemente la he conservado porque de niño no recibí lo que se entiende por una educación religiosa”. Puso una cara rara quizás porque vio que no era una descortesía sino el intento irónico de desmarcarme tanto de cierto anticlericalismo popular como de la amargura que subyace en algunas actitudes ilustradas que parece provenir de tiempos de tinieblas vividos en aulas oscuras. Gracias a Dios, he vivido gozosamente el sexo, el matrimonio y el amor, hijo como he sido de la contracultura y del rechazo al nacionalcatolicismo a causa del antifascismo militante.
Habiendo vivido pues en un país y una sociedad (Cataluña) que consiguieron librarse del nacionalcatolicismo como hegemonía social y ganar una vida más despojada de antiguas costumbres opresoras, y habiendo presenciado igualmente el sufrimiento de muchos conciudadanos a causa de la intolerancia y la ignorancia cruel, mi actitud optimista y positiva respecto a la capacidad de evolución del cristianismo en materias de moralidad sexual me llevaba a considerar atentamente las sociedades de mayoría musulmana en las que parece entenderse que la rigidez en los modos y comportamientos públicos relacionados con la mujer y las demostraciones de afecto se correspondería con idéntico rigor en la moderación en las costumbres sexuales, frutos ambos de una situación autoimpuesta o impuesta en aras de la preservación de cierto orden social. Sin embargo, al hurgar ni que sea ligeramente en esas situaciones uno puede percibir cierto estado de extraordinario interés masculino hacia el sexo que a primera vista parece relacionado con la represión en ese aspecto pero que visto con mayor detenimiento, uno no puede dejar de relacionar con una violencia latente que a veces viene explicitada en ciertos comportamientos tanto personales como colectivos (se habla ahora de las agresiones sexuales de la pasada Nochevieja en Colonia pero se olvidan las violaciones y acosos continuados durante las grandes concentraciones en la plaza Tahrir en la “primavera árabe” de El Cairo, que me fueron referidos por mujeres árabes que participaron en esas manifestaciones). Es inevitable pensar en la viga en el ojo propio que constituye el escandaloso y continuado flujo de feminicidios que ocurre en España día sí y día también, como inevitable es asociarlo a una consideración de la mujer que ve en el cuerpo de las mujeres un terreno de combate, un espacio donde ejercer una violencia que ya no se sustenta sobre el impulso sexual sino sobre el afán de sojuzgamiento y la imposición de la muerte como forma de afirmación propia.
Uno tiene entonces que remitirse a las investigaciones de Wilhelm Reich y su teorización de “la miseria sexual de la clase obrera” de los años 30 a los 50 y a las intuiciones del movimiento hippie de los años 60 y 70 cuando oponía amor y guerra, en la comprensión de que las pulsiones violentas de individuos y naciones estaban relacionados con la represión sexual. Y el entonces naciente movimiento de liberación de las personas homosexuales puso de relieve que los problemas respecto a las relaciones entre gentes del mismo sexo formaban parte igualmente de esa miseria.
Sería por tanto demandable a quienes se reclaman de la fe una aportación a la paz, la de las naciones y la de las personas, a partir del abandono de la hipocresía y la aceptación de los comportamientos distintos, del primado de la libertad individual y de la dignidad inherente a la persona tal cual es y del objetivo de avanzar colectivamente en convivencia dejando atrás esa más que sospechosa relación entre represión sexual y violencia física, emocional o política.
La decisión de los primados de la Comunión Anglicana respecto a las posiciones de la Iglesia Episcopal de los Estados Unidos me ha sacado de esta creencia para descubrir los restos de ingenuidad que sostenían esta mi idea benevolente. Lo que está en juego no es una concepción determinada de la moral sexual y del matrimonio, lo que hay en esta situación y en muchas otras de semejante cariz es un problema de poder. En términos no sólo políticos sino de las más crudas relaciones sociales e interpersonales basadas en el poder, el gran hallazgo de la religión organizada, sea cual sea la fe de la que se trate, es establecer que el cuerpo de las personas, y muy especialmente el de las mujeres, es un terreno de combate en el que se juegan cuestiones de dominación y predominio. A lo que se añade más tarde, a causa de las evoluciones citadas, el cuerpo de las personas que se separan de la norma general y que es considerado de una forma especialmente sexualizada por esa mirada beligerante.
Podría reflexionarse y debatirse en aras del conveniente discernimiento sobre la cualidad matrimonial de las uniones entre personas del mismo sexo, dentro del anglicanismo y el protestantismo en general; sobre la propia condición sacramental del matrimonio en el catolicismo; incluso sobre la licitud de las relaciones entre personas del mismo sexo (que no de la homosexualidad e incluso la falaz expresión “homosexualismo” ya que eso concierne a la dignidad inherente a la propia condición humana); podría permanecer en pie la discusión sobre la cada vez más admitida consagración al presbiterado y episcopado de las personas de sexo femenino, en expansión en el mundo protestante y que el mundo católico no podrá seguir ignorando, lo mismo que el celibato de los presbíteros de esa confesión; podría ser incluso que ese discernimiento extendido en el tiempo nos llevara a argumentar sobre uniones de tipo matrimonial entre más de dos personas. Pero el juego de posiciones entre mayorías y minorías que se ha dado en el seno de la conferencia de primados de la CA tiene la virtud de de abatir toda pretensión de que de lo que se trata en estas instancias es de un discernimiento relativo a cuestiones en las que la moral religiosa aparece vinculada con la moral sexual.
Parafraseando una salida extemporánea del presidente Bill Clinton cuando se refirió al primado de la economía en la política, “¡Es el poder, estúpidos!”. El punto de partida es que ciertas iglesias en determinadas regiones del planeta se encuentran en un callejón sin salida en el que se da el ascenso del islamismo militante y su utilización de la sexualidad como medio de dominación sociopolítica e incluso como arma de guerra al mismo tiempo que ciertos grupos cristianos luchan por mantener la influencia en unas sociedades en las que las mujeres se encuentran en una situación de sojuzgamiento insoportable e incluso algunas de ellas son violadas y asesinadas si se les sospechan relaciones con el mismo sexo. Hay un “mercado social” en el que el machismo, el sometimiento femenino y el rechazo de las relaciones entre personas del mismo sexo son trazos distintivos de respetabilidad a la que según parece algunos dirigentes eclesiales no desean renunciar y a partir de cuya aceptación pretenden competir en un “mercado espiritual” (y ese mercado se extiende mucho más allá de determinadas regiones geográficas, alcanzando los continentes americano e incluso europeo). Tomando las posiciones conocidas a este respecto, tales dirigentes pretenden aparecer ante ese “mercado social” ostentando un (falso) coraje: contra las “degradadas” costumbres que amenazan el comunitarismo particular (sustentado en el machismo, la gerontocracia y la violencia) y contra la influencia “imperialista y colonialista” de las sociedades occidentales que tratan de imponer costumbres extrañas rechazables por extranjeras e impuras.
Competencia entre religiones, aspiraciones a influencia social en espacios comunitarios, todo ello ocupando los cuerpos y las conductas sexuales de las personas en tanto que campo de batalla, en una guerra de poderes. Referencia a lo correcto y lo moral como alibi y plataforma para la influencia sociopolítica, y por qué no económica, sobre grupos de población. Reacción ante un obligado pluralismo cultural en forma de imposición de la exclusividad de un modo determinado de considerar lo justo para las personas que se refiere a un estado de cosas ideal, pasado en el tiempo y solamente actualizable mediante la coacción directa o indirecta mediante el halago a los coaccionadores. Ese es un viejo y conocido olor para nosotros; para algunos, como yo, un enemigo a batir pues se alza contra la dignidad de las personas concretas en momentos y lugares concretos, personas que en todo momento histórico y lugar geográfico son titulares de una dignidad inherente por derecho de nacimiento y filiación divina. Tomen posiciones de poder en organismos eclesiales del modo y con la intención que fuere; esa dignidad es sagrada en estrictos términos evangélicos.
Esa situación ya la hemos visto en otros tiempos y lugares. Incluso, digámoslo de una vez, en los tiempos fundacionales de nuestra fe. Una lectura del Evangelio con mirada sensible hacia la cuestión nos permitiría dibujar situaciones semejantes a las que Nuestro Señor Jesucristo se enfrentó. Y en consecuencia, abrirnos al discernimiento basado en la fe en la Palabra a partir de la experiencia viva del Hijo del Dios vivo. Cuando hago eso, dentro de mi modesto entender y aceptando que puedo estar equivocado, constato una cosa y sólo una: que Jesús no moralizó sobre conductas sexuales de ningún tipo porque era consciente, quizás vivamente consciente, de que cuando alguien las pone de relieve lo que subyace en ello no es más que poder y violencia, como en el caso de la supuesta adúltera y el lanzamiento de la primera piedra. O en el sigilo con que el centurión cuyo amado sirviente que padecía enfermedad se dirigió a Jesús en busca de ayuda, por mor del clima de vigilancia social respecto a la dudosa moral sexual de los extranjeros y más de los miembros del ejército de ocupación. Cristo parece decirnos “¡es el poder, estúpidos!”, el poder del machismo y de la ausencia de compasión. Por tanto, que no me hablen de religión cuando quieren decir sexo. Porque la presencia recurrente de cuestiones sexuales en medio de los asuntos religiosos y eclesiales no tiene nada que ver con la sexualidad y las relaciones humanas sino con el poder puro y duro sobre y entre los seres humanos.

Fuente: Lupaprotestante, 2016

jueves, 3 de abril de 2014

Reino Unido: Justin Welby y matrimonio gay: lo legal no es lo moral

La Iglesia Anglicana acepta la dimensión legal de la nueva normativa sobre matrimonio homosexual en Reino Unido, pero defiende al matrimonio tradicional como el único moralmente admisible en la fe cristiana.
El matrimonio homosexual es legal en Inglaterra y Gales desde este pasado sábado. La Iglesia de Inglaterra (Comunión anglicana) acepta esa nueva realidad, pero mantiene las directrices de no oficiar ceremonias religiosas para parejas del mismo sexo.
La reina Isabel II aprobó oficialmente el matrimonio gay en julio de 2013, después de que el proyecto fuese aprobado por el Parlamento.
La Iglesia anglicana se había pronunciado previamente en contra argumentando que al cambiar la definición del matrimonio no era positivo para la sociedad.
MATRIMONIO TRADICIONAL, EL ÚNICO ACEPTADO
Este pasado mes de febrero la Cámara de Obispos de la Iglesia de Inglaterra emitió un comunicado sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo, admitiendo que no había una postura unánime en su seno, pero que "estamos todos de acuerdo en que la comprensión cristiana y la doctrina del matrimonio como la unión de por vida entre un hombre y una mujer se mantiene sin cambios", escribieron los obispos.
En noviembre de 2013 la Iglesia de Inglaterra anunció que entiende que sus enseñanzas tradicionales sobre el matrimonio no son homofóbicas, afirmando que su postura oficial en materia de relaciones sexuales es que son "una expresión de fidelidad e intimidad, que pertenecen de forma exclusiva al seno del matrimonio”, entendiendo que el matrimonio es una unión entre un hombre y una mujer.
RESPETO A LA LEY
Ante la nueva normativa legal, "La iglesia (anglicana) acepta lo que es la ley, y debe actuar demostrando de palabra y obra el amor de Cristo por todos los seres humanos", el Arzobispo de Canterbury, Justin Welby dijo a The Guardian el jueves.
Esto significa que existirá un apoyo pastoral y atención a las personas de orientación homosexual, pero sin que ello signifique que la Iglesia de Inglaterra vaya a permitir la bendición religiosa de uniones del mismo sexo reconocidos por la nueva ley.
 
Fuentes: The Christian Post

Editado por: Protestante Digital 2014