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jueves, 9 de octubre de 2014

María no es mediadora con Dios (II)



Por. Will Graham, España
Trataremos cuatro puntos: 1) la Asunción de María; 2) la intercesión de María; 3) el influjo salvífico de María; 4) invocando a María.
¡Saludos de nuevo, queridos!
Si no leísteis la primera parte de nuestro estudio sobre la Mariología de la Iglesia Católica Romana, podéis hacer clic en este enlace: La semana pasada negamos la idea de que María es la Madre de la Iglesia (como enseña erróneamente la pregunta 196 de la última edición del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica). Esta semana vamos a seguir estudiando la pregunta número 197.
Repetiremos el método de la semana pasada, empezando con la cita textual del Compendio oficial y luego presentando una crítica evangélica a dicha cita. Arranquemos, pues con la 197.
#197: ¿Cómo ayuda la Virgen María a la Iglesia?
Después de la Ascensión de su Hijo, la Virgen María ayudó con su oración a los comienzos de la Iglesia. Incluso tras su Asunción al cielo, ella continúa intercediendo por sus hijos, siendo para todos un modelo de fe y de caridad y ejerciendo sobre ellos un influjo salvífico, que mana de la sobreabundancia de los méritos de Cristo. Los fieles ven en María una imagen y un anticipo de la resurrección que les espera, y la invocan como abogada, auxiliadora, socorro y mediadora.
Bueno, amigos, ¿qué puedo decir? ¿Por dónde comienzo? Por lo menos la pregunta 197 del Compendio empieza bien. ¡Menos mal! Es cierto que después de la Ascensión de Cristo que María, “ayudó con su oración a los comienzos de la Iglesia”. Hechos 1:14 relata claramente que, “Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos”. Así es. María oró. Y fue llena con el Espíritu Santo en el Día de Pentecostés con otros 119 discípulos. Pero después de la primera frase de la pregunta 197, veréis que las cosas se deterioran bastante.
Hoy dividiremos la pregunta 197 en cuatro partes:
1) la Asunción de María (y María como una imagen y un anticipo de la resurrección);
2) la intercesión de María;
3) el influjo salvífico de María;
4) invocando a María.
1.- LA ASUNCIÓN DE MARÍA
 (y María como una imagen y anticipo de la resurrección) La pregunta 197 une la Asunción de María con la noción de que es “una imagen y un anticipo de la resurrección”. La referencia aquí a la resurrección no tiene que ver con la resurrección de Cristo, sino con la resurrección general que ocurrirá cuando el Señor vuelva. María, entonces, es un prototipo de lo que pasará con los creyentes en el futuro. O eso dicen. ¿Qué es la Asunción?
Es la doctrina de que María ascendió al cielo corporalmente de la misma forma que el Hijo de Dios. En el caso de Jesús, se llama Ascensión. Y en el caso de María, Asunción. ¿Y dónde se enseña semejante idea en el Nuevo Testamento? Por ningún lado desde luego. Se trata de un invento de la Iglesia Católica, establecido como dogma por Pío XII en su constitución apostólica Munificentissimus Deus en noviembre 1950. Es verdad que María, en cierto sentido, es un modelo de lo que sucederá con los creyentes cuando mueran pero según la enseñanza apostólica, el auténtico prototipo de la resurrección general no es María, sino Jesús (1 Corintios 15:20-23). La razón es la siguiente: a María le pasó lo mismo que a todos los creyentes que se murieron después de la resurrección del Señor. Su alma pasó directamente a la presencia de Dios, esperando el Gran Día de la resurrección general cuando su alma será reunida con su cuerpo glorificado. Jesús, sin embargo, ya tiene su cuerpo glorificado. Por lo tanto, Cristo es el verdadero patrón de la resurrección corporal; no María.
2.- LA INTERCESIÓN DE MARÍA
Como ya vimos, la pregunta 197 empieza enseñando que María oró a los comienzos de la Iglesia, lo cual está muy bien y correcto. Sin embargo añade que “ella continúa intercediendo por sus hijos, siendo para todos un modelo de fe y de caridad”. Indiscutiblemente María es una mujer digna de ser imitada por su fe y caridad. De eso no hay duda. Pero ¿de dónde saca el Catecismo la idea de que María sigue intercediendo ahora? ¿Y qué pasaje bíblico implica que somos sus hijos? Respuesta: ninguno.
Por un lado, no sabemos si María sigue intercediendo ahora o no. Hay tres pasajes en el Nuevo Testamento que hacen mención de las palabras de los difuntos en la presencia de Dios, a saber, Lucas 16:25-31, Apocalipsis 6:9-11 y 7:9-10. El primero es el episodio del rico y Lázaro cuando Abraham rehúsa ayudar al rico condenado en el Hades. El segundo revela que los mártires claman por venganza: “¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra?” (Apocalipsis 6:10) y el tercero registra sus alabanzas, “La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono y al Cordero” (Apocalipsis 7:10). Pero no hay ningún pasaje que hable de la intercesión de María por nosotros. Según la Biblia el único que intercede por nosotros en el cielo es el Señor Jesucristo (Romanos 8:34). Y lo precioso es que sabemos que Dios siempre le oye (Juan 11:42). Nuestra fe, pues, está puesta en la intercesión de Cristo por nosotros; no en aquélla de María.
Por otro lado, la Biblia tampoco nos llama hijos de María. Somos hijos de Dios, hijos de Abraham, hijos de luz. Pero el concepto de hijos de María no existe en las Escrituras. Repetimos lo que aprendimos la semana pasada, “María es únicamente la madre de Jesús hombre, no de la Iglesia”. Podemos seguir su ejemplo de fe y de caridad de la misma manera que seguimos los ejemplos de Job o de Ester; pero esto no quiere decir que seamos sus hijos en ningún sentido salvífico.
3.- EL INFLUJO SALVÍFICO DE MARÍA
Además de interceder por nosotros, el Compendio apunta que María ejerce “un influjo salvífico” sobre nosotros, el cual “mana de la sobreabundancia de los méritos de Cristo”. ¿Qué quiere decir eso?
Francamente es difícil saber exactamente a qué se refiere el Catecismo con ese lenguaje tan ambiguo. De nuevo, no apela a ningún texto bíblico. Y da la impresión descaminada de que María sea el canal entre Cristo y los creyentes. Es como si María aplicase el mérito de Cristo a nosotros.[1] En tal caso, la madre del Señor llegaría a ser una especie de mediadora entre nosotros y el Mediador Jesús.
De acuerdo con la teología protestante, el que aplica la obra salvadora (o el mérito) del Señor a nuestro corazón no es María, sino el Espíritu Santo. Dios nos envía el Espíritu de su Hijo con el fin de salvarnos (Gálatas 4:6). Es por medio del Espíritu que clamamos, “Abba, Padre” no “María, Madre”. El Catecismo coloca a María en el lugar que corresponde al Espíritu de Dios. Es el Espíritu –no María- obrando a través de la Iglesia, que ejerce un influjo salvífico sobre nuestro mundo. Y es el Espíritu –no María- que nos sumerge en la bendita salvación de Cristo. La salvación, al fin y al cabo, está exclusivamente en las manos del Señor.
4.- INVOCANDO A MARÍA
A nivel teológico la última parte de la pregunta 197 es catastrófica, ¡pero catastrófica! Comete el error de conceder obras a María que corresponden únicamente a Dios. Pone que los creyentes, “la invocan como abogada, auxiliadora, socorro y mediadora”. Aquí no hay ambigüedad ninguna. Es imposible malinterpretar esta frase.
Está el gran problema de “invocar a María”. ¿Cómo es posible que un creyente ore a la Virgen? María es una simple criatura; no es Dios. Estaría ella horrorizada si supiera que tantos millones de creyentes usan su nombre para usurpar la sola potestad del Señor. María no constituye un puente entre Dios y nosotros. Era una mujer pecadora salva por la pura gracia de Dios. Si María estuviera con nosotros hoy, nos diría que oremos a Dios. Bajo ningún pretexto podemos orar a María.
Una vez más, es llamativa la ausencia de cualquier texto bíblico para invocar a la Virgen. El Compendio dice que María es nuestra “abogada” donde la Biblia dice que el Hijo es nuestro abogado ante Dios (1 Juan 2:1). El Compendio enseña que María es nuestra “auxiliadora” donde la Biblia enseña que Dios es nuestro auxilio (Salmo 46:1). El Compendio proclama que María es nuestro “socorro” cuando la Biblia proclama que el Señor es nuestro socorro (Salmo 63:7). El Compendio predica que María es nuestra “mediadora” cuando la Biblia predica que Jesús es el mediador (1 Timoteo 2:5). ¿Qué, pues, será? ¿El Catecismo o la Biblia? ¿A cuál haremos caso? ¿A cuál seguiremos?
CONCLUSIÓN
Continuaremos con la pregunta 198 la semana que viene. Pero antes de finalizar este artículo, recapitulemos lo que hemos aprendido hoy:
1.- La doctrina de la Asunción es un invento católico y el verdadero prototipo de la Resurrección general no es María sino Jesús.
2.- La Biblia no enseña que María intercede por nosotros y tampoco nos llama sus hijos.
3.- María no ejerce ningún influjo salvífico sobre nosotros puesto que el que aplica el mérito de Cristo a nuestro corazón es el Espíritu de Dios.
4.- Bajo ningún pretexto podemos dirigirnos a María en oración. Así vemos que la pregunta 197 del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica no disfruta del respaldo bíblico. ¡Nos vemos la semana que viene para la tercera parte de nuestro estudio!
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[1] ¿Qué es el mérito? La pregunta 426 del Compendio contesta, “El mérito es lo que da derecho a la recompensa por una obra buena. Respecto a Dios, el hombre, de suyo, no puede merecer nada, habiendo recibido todo gratuitamente de Él. Sin embargo, Dios da al hombre la posibilidad de adquirir méritos mediante la unión a la caridad de Cristo, fuente de nuestros méritos ante Dios. Por eso, los méritos de las buenas obras deben ser atribuidos primero a la gracia de Dios y después a la libre voluntad del hombre”

Fuente: Protestantedigital, 2014.

viernes, 3 de octubre de 2014

¿Es María la ‘madre de la Iglesia’?



Por. Will Graham, Italia*
El Catecismo razona que María es Madre de la Iglesia por dos razones: 1) dio a luz a Cristo y 2) Juan 19:27.
Nueve eurillos. Bueno, 8,50€ para ser más exacto. Eso es lo que me costó la última edición del Catecismo de la Iglesia Católica. Bueno, el Compendio del Catecismo para ser más exacto.
Lo encontré en una visita reciente a la ciudad de Castellón, ubicado en la estantería más alta de la sección de Religión en Casa del Libro. Cuando vi el precio, ¿cómo resistirlo? ¿Cómo no comprarlo? Es como si el libro me hubiese mirado susurrando: “Te he estado esperando. Sé que tienes veinte pavos en tu bolsillo. No te detengas más. ¡Cómprame!” Como chico obediente que soy, hice caso a su mandato. Razono que hay respetar a todos. ¡Hasta a los libros hablantes!
No tardé mucho en llegar a la casa de mi cuñada aquella tarde con unas ganas impresionantes de devorar el contenido del libro. Siempre había tenido que consultar la versión digital del Catecismo cuando quería enseñar sobre el Catolicismo. El problema es que el Catecismo online –es decir, la versión completa- está dividido en casi 3.000 secciones. Bueno, 2.865 para ser más exacto. Y como te puedes imaginar, es bastante difícil encontrar el tiempo libre como para leerlo todo cuidadosamente.
Así que cuando leí el prefacio del Compendio en el cual Benedicto XVI explicó que mi nuevo libro se trataba de “una síntesis fiel y segura del Catecismo”, me sentí más contento que un pato en el agua. ¿Por qué? Porque el Compendio sólo tiene 598 secciones. ¡Qué alivio! Y no te olvides: todo por menos de nueve euros. ¿Qué más podría pedir de un libro? Económico, interesante, teológico, conciso y parlante. Vamos, estuve más feliz que una perdiz con regaliz en su nariz.
Cogí un boli, respiré a fondo, abrí a ‘Cate’ (seguro que no soy el único que pone nombres a sus libros), y empecé a leer…
Y a leer…                         
Y a leer…
Y a comer un poco y a lavarme la cara…
Y a leer de nuevo…
¿Y el resultado? Bueno, justo como esperaba. Había cosas buenas, cosas no tan buenas y cosas francamente espantosas. Es precisamente sobre una de esas cosas horripilantes que quiero compartir en mi artículo de hoy, a saber, la Mariología (o en términos sencillos, la doctrina de María).
El Compendio dedica cuatro artículos a la Mariología (números 196-199). Lo que voy a hacer, pues, es simplemente citarlos y luego presentar un análisis crítico de cada uno de ellos desde una perspectiva evangélica. Citaré el primero esta semana (196) y los restantes tres (197-199) a lo largo de las siguientes semanas.
¿Listo?
Aquí va. #196: ¿En qué sentido la Bienaventurada Virgen María es Madre de la Iglesia?
La Bienaventurada Virgen María es Madre de la Iglesia en el orden de la gracia, porque ha dado a luz a Jesús, el Hijo de Dios, Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia. Jesús, agonizante en la Cruz, la dio como madre al discípulo con estas palabras: “Ahí tienes a tu madre” (Juan 19:27).
Como puedes leer, el Catecismo razona que María es Madre de la Iglesia por dos razones: 1) dio a luz a Cristo y 2) Juan 19:27.
1.- Dio a luz a Cristo.
Evidentemente, dar a luz al Hijo de Dios no es poca cosa. Pero Jesús explicó en Marcos 3:35 que cualquiera que hiciera la voluntad de Dios, “éste es mi hermano, y mi hermana, y mi madre”. A nadie, pues, conocemos según la carne (2 Corintios 5:16). ¡A María tampoco! Los evangelios apenas mencionan a la madre de Jesús. Y las epístolas no dicen absolutamente nada acera de ella. En ningún lugar se habla de ella como Madre de la Iglesia.
Cristo corrigió a una mujer en Lucas 11:28 cuando ella dijo: “Bienaventurado el vientre que te trajo, y los senos que mamaste”. El Señor le respondió: “Antes bienaventurados los que oyen la Palabra de Dios y la guardan”. De hecho, en dos ocasiones cuando Jesús habló con su madre, vemos cómo la reprende a ella también (aunque suavemente). Como joven le preguntó, “¿No sabíais que yo debo estar en los negocios de mi Padre?” (Lucas 2:49). Y en las bodas de Galilea, le dice, “¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora” (Juan 2:4). María, claro está, no era ninguna figura infalible.
Siguiendo la lógica católica tocante al “orden de la gracia”, ¿por qué no podría ser Sara, mujer de Abraham, Madre de la Iglesia? La promesa de bendición universal (es decir, el orden de la gracia) inició con su vientre. ¿O por qué no la mujer de Noé? Incluso podríamos remontarnos a los días de Eva y preguntar, ¿por qué no podría ser Eva Madre de la Iglesia? ¿Acaso no recibió ella la profecía del Protoevangelio (Génesis 3:15)? María no era nada más que un eslabón en la larga cadena de la salvación. Sí, se trata de una mujer bienaventurada. Amén. Pero Débora también. Ana también. Elisabet también. Las mujeres de Dios del siglo XXI también. La palabra “favorecida” que se usa en Lucas 1:28 para referirse a María también se emplea para describir a todos los creyentes en Efesios 1:6 donde pone que Dios nos hizo “aceptos” –o favorecidos- en el Amado. María, pues, no es la única favorecida por el Señor.
El verdadero protagonista de la Encarnación no es María ni José, sino el Señor Dios Todopoderoso. Él es el Señor de la Iglesia. Y recuerda: el término ‘Madre de la Iglesia’ no se emplea en la Biblia. Se trata de un invento de la Iglesia Católica Romana. Si lees la versión completa del Catecismo digital verás que no cita ningún versículo bíblico correctamente a la hora de defender la maternidad de María tocante a la Iglesia. Menciona a Agustín, a Pablo VI, a Pío XII y Lumen Gentium (uno de los documentos principales del Segundo Concilio Vaticano). Pero no ofrece apoyo escritural. Es por eso que los creyentes evangélicos no podemos aceptar que María sea la Madre de la Iglesia. Tal título concede a la madre de Jesús demasiada importancia.
2.- Juan 19:27.
El único pasaje bíblico que el Catecismo intenta utilizar para justificar la Maternidad de María es Juan 19:27. El texto se lee, “Después Cristo dijo al discípulo (Juan): He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa”. Allí está. Juan 19:27. ¿Pero qué es lo que Jesús quiso decir cuando se dirigió a Juan con esas palabras He ahí tu madre? La repuesta es fácil. El Señor quería que Juan cuidara a su madre, María. Estaba asegurándose de que Juan iba a hacerse responsable de ella. Es decir, mientras Cristo estaba colgado en la cruz sufriendo un dolor insoportablemente agonizante, pensaba en el bienestar de su madre. En términos nuestros, Jesús le decía, “Juan, ahora mi madre está en tus manos. Cuídamela bien”.
De ninguna manera Jesús quería decir, “Juan, vete a casa y escribe un Catecismo proclamándola Madre de la Iglesia en mi nombre”. ¡Para nada! El celo católico por María conduce a la distorsión de un texto bíblico tan sencillo. Los ojos romanos ven algo en el versículo que simplemente no está allí. Juan 19:27, por cierto, es el texto que utilizó el Papa Francisco en sus dos encíclicas más conocidas, a saber, Lumen Fidei [La luz de la fe] y Evangelii Gaudium [La alegría del Evangelio], para indicar que María es nuestra Madre también. Así que una vez más, decimos que no. María no es la Madre de la Iglesia. El apóstol Juan estaría horrorizado si supiera cómo millones malinterpretan su evangelio. Si Jesús hubiera querido enseñar la doctrina de la Maternidad eclesial de María, la habría dejado muy claro en algún momento de su ministerio terrenal. Pero no lo hizo. ¿Por qué no? Porque María es únicamente la madre de Jesús hombre, no de la Iglesia (como enseña Hechos 1:14, texto que fue compuesto después de la ascensión de Cristo).
Seguiremos nuestro estudio la semana que viene, amigos. ¡Hasta luego! Cate os manda un besito…
Fuente: Protestantedigital, 2014.

jueves, 2 de octubre de 2014

EL DIABLO, DIOS Y LA POLÍTICA



Por. Dr. Alberto F. Roldán, Argentina*
“La soberbia de creernos santos es la puerta por la que se cuela el diablo.”
José Míguez Bonino
El objetivo del presente artículo es reflexionar sobre lo que es el progresivo interés de los evangélicos por la política. Al afirmar que ese interés fue progresivo, estamos dando por sentado que no siempre fue así y que, por algunas razones que es menester señalar, los evangélicos fueron poniendo en evidencia un creciente interés por esa temática en diversas etapas que aquí sintetizamos en tres.
En primer lugar y, sobre todo en iglesias evangélicas de origen estadounidense o inglés, era común escuchar frases lapidarias como “la política es del diablo”. Si la política pertenece al enemigo, entonces, como hijos de Dios no tenemos nada que ver con ello. Es posible que ese tipo de rechazo a la política obedezca a erróneas lecturas de la Biblia, como es el caso del texto donde Jesús dice: “mi reino no es de este mundo” (Juan 18.36) que leído en forma superficial, pareciera indicar que si el reino de Dios no es de este mundo, por lo tanto, no tiene nada que ver con la política de este mundo. A ese rechazo de la política la he denominado en una tesis de investigación como “teología antimundo” que se especializa por reducir el concepto “mundo” al ámbito de lo diabólico ya que la Biblia dice: “el mundo entero está bajo el maligno” (1era de Juan 5.19). Lo que se ignora es que el Evangelio también dice que “De tal manera amó Dios al mundo” (Juan. 3.16) y que el mundo es, también, un ámbito de la acción reconciliadora de Dios.
Hubo, más recientemente, un cambio profundo (iba a decir “radical”) en la perspectiva de los evangélicos hacia la política. Tomando América Latina como escenario global, podríamos decir que “de la política del diablo” se pasó, sin escalas, a “la política de Dios”, entendida no en sentido bíblico cuyo paradigma es “el Reino” sino en el sentido concreto de la política humana como ámbito de interés de los cristianos. Creo que esa tendencia se puede marcar a partir de los años 1980 que es cuando en América Latina se produce un crecimiento exponencial de los evangélicos, que suscitó estudios sociológicos como la investigación de David Stoll: Is Latin American turning Protestant? (1)  Entusiasmados por el crecimiento numérico de las iglesias, no faltaron líderes prominentes que, desde los púlpitos, instaban a “tomar el poder”, “ser cabeza y no cola”, “estamos llamados a reinar”, “solo cuando los evangélicos tomen el poder político nuestra nación cambiará” y frases por el estilo.
Aquel sueño de tener presidentes evangélicos se hizo efectivo, por lo menos, en un caso: Guatemala. El país centroamericano es uno de los ejemplos más emblemáticos  del crecimiento exponencial de evangélicos (las cifras oscilan entre 30 y 40% de la población) y tuvo, efectivamente, dos presidentes surgidos de las filas de iglesias pentecostales y carismáticas: el Gral. Ríos Mont y el del Ingeniero Serrano Elías. El primero, que accedió a la primera magistratura del país mediante golpe de Estado (avalado incluso por famosos líderes evangélicos latino[1]americanos) y el segundo que, si bien llegó a la presidencia por voto popular, tuvo que abandonar el mandato a raíz de graves problemas de corrupción en su gestión.
La tercera etapa es la de los procesos de democratización de nuestros países latinoamericanos, particularmente en el cono sur, que quizás motorizaron el interés de los evangélicos por la política. Después de años de represión militar y gobiernos de facto, entramos en una etapa de vida democrática que, más allá de sus aciertos y errores, es el mejor modelo para la vida ciudadana en el Estado de derecho. En esta instancia, es posible que, acaso de modo implícito, los evangélicos comenzaran a darse cuenta que la asistencia social y la acción social, dependen de la política. Y que, como decía el teólogo y político protestante Reinhold Niebuhr: “… debe trazarse una aguda distinción entre la conducta social y moral de los individuos y las de los grupos sociales, nacionales, raciales y económicos; y que esta distinción justifica y hace necesarias normas políticas que una ética puramente individualista debe siempre encontrar embarazosas.” (2)
Se trata de una afirmación que muestra en forma clara, que es necesario distinguir la conducta individual de la conducta grupal y que una ética puramente individualista no puede solucionar los problemas sociales, nacionales, raciales y económicos, los que deben encararse mediante normas políticas. El caso de Guatemala es altamente ilustrativo al respecto: el crecimiento numérico de los evangélicos dista de reflejarse en un cambio social profundo y positivo. Ello desmiente el famoso esquema de los evangélicos: “el cambio social ocurrirá en la medida que haya más convertidos.” Se trata de un punto de vista que, en 1974 era cuestionado por C. René Padilla, por ser ingenuo y deshonesto, ya que hay problemas estructurales en el seno de las propias iglesias y, en suma: “La vida social, en cualquier nivel, necesita ser organizada, estructurada, y esto exige la adopción de una política.” (3)
En conclusión: transitando ya varias décadas de política democrática, es de esperar que los evangélicos hayan superado las dos primeras etapas: la de considerar que “la política es del diablo” y la de “tomar el poder para gobernar las naciones” a esta etapa: la de una madura presencia de los evangélicos en la vida política para lo cual es esencial tener claro algunas cosas básicas: la arena política requiere preparación como cualquier otra vocación y profesión; no hay que esperanzarse demasiado  de que si los evangélicos gobiernan no habrá corrupción porque, como bien señala José Míguez Bonino, se trata de una ilusión de que “como somos creyentes: somos incorruptibles […] La soberbia de creernos santos es la puerta por la que se cuela el diablo.” (4)  En tercer lugar, la separación entre Iglesia y Estado que comenzó a gestarse con la Reforma Protestante y se articuló filosóficamente en el siglo XVII, nos enseña que la Iglesia debe respetar al Estado que fija leyes y las aplica por igual para todos los ciudadanos. Por su parte la Iglesia, si bien tiene una función política no debe embarcarse en una política partidaria, ya que ella corresponde a cada cristiano en forma individual, más allá de que la Iglesia deba pronunciarse cuando se vulneran los derechos humanos o la vida es amenazada.
En síntesis: la política entendida como el gobierno de la ciudad no es ni del diablo ni de Dios –más allá de que sea una expresión de su gracia general- sino que pertenece a los seres humanos que buscan el bien común mediante normas políticas que coadyuven al bienestar de los ciudadanos, creyentes o no creyentes.
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(1) David Stoll, Is Latin American turning Protestant? The Politics of Evangelical Growth, University of California Press. Hay version en castellano.
(2) Reinhold Niebuhr, El hombre moral en la sociedad inmoral, trad. Zohar Ramón del Campo, Buenos Aires: Siglo XX, 1966, p. 9. El autor gestó su obra a partir de las injusticias sociales y la explotación que sufrían los obreros de las fábricas automotrices en Detroit, donde era pastor. La editorial Siglo XX era un sello secular y  el hecho de que publicara un libro de un teólogo protestante, pone en evidencia la importancia y trascendencia de su pensamiento.
(3) C. René Padilla, “Iglesia y sociedad en América Latina” en C. René Padilla, compilador, Fe cristiana y Latinoamérica hoy, Buenos Aires: Certeza, 1974, p. 139.
(4) José Míguez Bonino, Poder del Evangelio y poder político, Buenos Aires: Kairós, 1999, p. 14. Cursivas originales.

*Dr. Alberto F. Roldán
Doctor en Teología (Instituto Universitario Isedet)
Máster en Ciencias Sociales y Humanidades (Universidad Nacional de Quilmes)
Maestría en Educación (Universidad del Salvador en Buenos Aires)
Escritor y conferencista internacional
Pastor de la Iglesia Presbiteriana San Andrés