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sábado, 21 de octubre de 2017

Necesitamos un nuevo Lutero

Por. Clovis Horst Lindner- Brasil
Desde las celebraciones de los 500 años de la conquista de América (1992) y de la llegada de Cabral a Brasil (1500), sabemos que 500 años son poco tiempo. Así que esos cinco siglos desde Lutero también son sólo un segundo.
En cuanto a los cinco siglos de nuestra nación, desde los portugueses, significa que somos una nación joven. Pero han sido cinco siglos más que suficientes para convertirnos en un caldo peligroso de intolerancia religiosa y política que recuerda bien los tiempos en que la reforma de Lutero floreció. Injusticia Social, una clase dominante que ni siquiera piensa en renunciar a sus privilegios, y políticos corruptos y déspotas, como Brasil de 2017.
Un Nuevo Lutero estaría muy bien aquí, porque hay mucho que hacer. Lo que impresiona, en esta nuestra “COPIA” de la edad media de los tiempos de la reforma, es que son justamente los que se dicen herederos de Lutero que ahora obligan o dejan acontecer un regreso a los tiempos oscuros.
Brasil de hoy abre un peligroso espacio a iglesias multimillonarias y que explotan a incautos, que no tienen ningún escrúpulo en condenar con los mismos instrumentos que los victimizaron en el pasado. Persiguen las religiones de la matriz africana como la iglesia católica con la ingenio de la inquisición. Tiran cualquier vestigio de ética y se juegan en la política con la misma saña de poder y corrupción de los cardenales y obispos de los tiempos de Lutero.
En la trinchera conservadora, iglesias tradicionales vaciadas y presas de antigüedades teológicas e ideológicas ven todo impotentes y calladas, haciendo sonrojar a ese intrépido reformista que ahora juegan honrar.
Esta es la gente que el padre de Wittenberg pelearía hoy con su teología. Así, un nuevo Lutero no lanzaría sus baterías contra Roma, sino contra quien se dice su heredero.
Necesitamos desesperadamente ese nuevo Lutero. Sin ese Lutero revivido en la realidad brasileña lamentable de nuestros días, temo por nuestro destino como nación, tan joven como la reforma. Vamos a la basura de la historia. ¿Quién se habilita a cambiar todo eso? ?¿Quién fijará las nuevas 95 tesis en la puerta del castillo de Brasilia?

Traducción: Claudia Florentin

ALCNOTICIAS, 2017.

jueves, 16 de marzo de 2017

¿Qué clase de “Reforma” tiene intención de hacer el Papa Francisco?



Por. Leonardo De Chirico, Italia
“Cristo llama a la Iglesia peregrinante hacia una reforma perenne, de la que la Iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad” (La Alegría del Evangelio 26). Estas palabras del Papa Francisco, que son en realidad una cita del Vaticano II, reflejan una profunda convicción referente a la necesidad de una reforma continua en la iglesia. La pregunta es: ¿Qué clase de reforma tiene intención de hacer?
El reciente libro La reforma e le riforme nella Chiesa (La Reforma y las Reformas en la Iglesia) ayuda a contestar esta pregunta. Se trata de la publicación de los procedimientos de una conferencia internacional celebrada en Roma en 2015, organizada por la revista jesuita La Civiltà Cattolica sobre el tema de la reforma de la iglesia. El tamaño del libro, que contiene 30 artículos, y la proximidad de los editores al Papa (Spadaro es el jesuita editor de la revista y Galli es un teólogo argentino) contribuyen a hacer del libro una herramienta valiosa para comprender lo que piensa el Papa de la reforma.
NI UNA PALABRA NUEVA
En la iglesia occidental, las conversaciones sobre la reforma se han ido sucediendo desde los Concilios de Viena (1312), Constanza (1414-1418) y el de Letrán V (1512-1517). Por lo tanto, la palabra es parte del lenguaje de la Iglesia, incluso antes de la Reforma Protestante. El Concilio de Trento (1545-1563) lo utilizó abundantemente para promover cambios a nivel de la organización eclesiástica. En siglos posteriores se utilizó la palabra con precaución, por no decir con recelo, dado su sabor protestante. Fue con el Vaticano II (1962-1965) que empezó a circular (por ej. Lumen Gentium 4) usando también “aggiornamento” (actualizado) y renovación. Típicamente, el sentido católico de reforma es continuidad en el cambio y cambio en la continuidad. De nuevo, es el Vaticano II que establece el tono para la interpretación cuando dice que “cada renovación de la Iglesia está fundamentada esencialmente en un aumento de la fidelidad a su propia vocación” (Unitatis Redintegratio 6). Cuando se reforma, la Iglesia Católico Romana no pierde nada del pasado, sino que más bien trata de hacerse más fiel a lo que ya es. El criterio de reforma no es externo ni objetivo, como sería el caso si lo hicieran reconociéndolo en la Palabra de Dios, sino que siempre es interno y eclesial, esto es, la misma Iglesia establece los parámetros de su propia renovación.
Sobre este trasfondo, el Papa Francisco ha estado hablando sobre la reforma en el contexto de llamar a la iglesia a relanzar su ímpetu misionero. No hay a la vista ni la reforma de la doctrina ni de las devociones. En el relato papal, la reforma significa acelerar el proceso instigado por el Vaticano II.
LOS DOS EJES
La propia mentalidad de Francisco sobre la reforma de la Iglesia tiene dos pilares primordiales. El libro citado antes contiene una amplia evidencia afirmando ambos. El primero tiene que ver con el aumento de la “sinodalidad”, es decir, la participación de muchos integrantes en el proceso de la toma de decisiones. El papa quiere cambiar la forma en que se gobierna la Iglesia universal, de tal manera que la iglesia local, ya sean diócesis o conferencias episcopales, jueguen una parte mucho más importante en las decisiones que la afectan, sin cuestionar el ministerio universal del Papa. En resumen, Francisco desea acortar la distancia entre Roma y la Iglesia local, para asegurarse que todos actúan mejor juntos. En un resumen programático los editores escriben: “la reforma de la iglesia es la reforma sinodal de las iglesias locales y de la iglesia entera” (p. 12). La Reforma es, por consiguiente, una dinámica participativa que introduce algunos cambios estructurales menores en la organización interna de la iglesia.
El otro eje tiene que ver con la “revolución de la sensibilidad” de la que Francisco ha estado hablando desde su elección en 2013. Según este programa, la primacía de la misericordia necesita ser reconocida e implementada a todos los niveles. El Año de la Misericordia, recientemente terminado, ha indicado la naturaleza inclusiva y envolvente de lo que representa para el Papa insistir en la misericordia, desatendiendo a veces algunos aspectos de la enseñanza bíblica acerca del arrepentimiento de los pecados y volver sólo a Cristo para ser salvos de nuestra separación de Dios.
La sinodalidad y la misericordia son los dos índices de la reforma que el Papa tiene en mente. No hay ningún indicio de lo que la Reforma del siglo XVI significó para la iglesia, o sea, la recuperación de la autoridad suprema de la Biblia y el mensaje de salvación sólo por fe. No hay síntomas de ello en el sueño papal para una reforma. De acuerdo con el punto de vista de Francisco en el futuro de la Iglesia Católico Romana habrá espacio para más discusión y participación en los diferentes asuntos a todos los niveles y estará marcado por la omnipresencia de la misericordia. Esto es perfectamente legítimo de su parte e incluso admirable. Sin embargo, la siguiente pregunta permanece: ¿es ésta una reforma según el Evangelio? ¿Reconoce la misma realmente la primacía de Dios para llamar a la iglesia de nuevo al conjunto del consejo de Dios, arrepentirse de las desviaciones del Evangelio y renovar el compromiso de ser fiel al mismo? En sus cometidos con las estructuras y las actitudes, ¿entiende adecuadamente la necesidad de una reforma de la doctrina y la práctica según la Palabra de Dios?
Algunos evangélicos parece que están fascinados por la fenomenológica del Papa Francisco, a pesar de que no siempre entienden su visión teológica. Abordar el asunto de la “reforma” es un significativo punto de entrada en su mundo y da la oportunidad de empezar a comprenderlo. Cuando el Papa conmemora el 500º aniversario de la Reforma Protestante, lo que tiene en mente es una clase de reforma completamente diferente, es decir, una reforma que hará a su iglesia más católica y más romana; pero dudosamente más evangélica. 

Fuente: Protestantedigital, 2017

viernes, 10 de marzo de 2017

Algunas lecturas sobre la Reforma Protestante (IX)



Por. Carlos Martínez García, México
La que comentamos hoy es una obra maestra sobre la Reforma protestante. Me refiero a The Reformation, a History (Viking Penguin Group, New York, 2004), de Diarmaid MacCulloch, profesor de historia en la Universidad de Oxford, y miembro de la Royal Historical Society.
MacCulloch tiene en su haber como autor varios libros, entre ellos una biografía de Thomas Cranmer (1998), The Later Reformation in England (2001), The Boy King: Edward VI and the Protestante Reformation (2002) y su aclamado Christianity: The First Three Thousand Years (2010), que figuró en la lista del New York Times de libros más vendidos y alcanzó el reconocimiento como uno de los cien libros notables de 2010 por parte del influyente The New York Times Book Review.
El volumen tiene casi ochocientas páginas, en las que sale a relucir la erudición del autor. El periodo expuesto por MacCulloch inicia en 1490-1517, con la que llama la antigua Iglesia, y culmina con la consolidación del protestantismo y sus alcances territoriales hacia fines del siglo XVII. En el itinerario histórico por el cual el autor conduce a sus lectores y lectoras no nada más proporciona fechas y nombres, sino que ilustra los procesos y fuerzas sociales que conformaron la emergencia de teologías que retaron al catolicismo romano y le disputaron el predominio del imaginario colectivo en distintas partes de Europa.
La obra de MacCulloch es parecida a un gran mural, el cual es necesario ver panorámicamente pero también prestarle atención a los detalles, porque éstos contribuyen a tener una mejor vista del conjunto. Cada capítulo traza coloridamente la trama en que concurrieron los poderes de la época, quienes justificaban el entramado religioso/político/social, aquellos que lo cuestionaron y las repercusiones para la vida cotidiana de hombres y mujeres alcanzados, inevitablemente, por polémicas que inicialmente sólo le interesaron a las élites.
Antes de describir el significado de la disidencia de Martín Lutero, el autor expone las características de la Iglesia católica romana a fines del siglo XV y principios del XVI. Desglosa la enseñanza de ella sobre lo que era y cómo obtener la salvación. Apunta que el catolicismo romano tenía como pilares pedagógicos y de control sobre los creyentes a la misa y al purgatorio, pero también en la institución papal un supremo administrador de los bienes simbólicos de salvación. Paulatinamente dichos pilares comenzaron a resquebrajarse, lo que sucedió antes de que apareciera el profesor de la Universidad de Wittenberg con sus 95 tesis contra las indulgencias.
El peso del clericalismo sobre las sociedades europeas en los años iniciales del siglo XVI incidía sobre cada parte de la organización social, no nada más en el terreno religioso. Observa MacCulloch que el costo económico representado por el clero puede comprenderse si se tiene en cuenta que “más o menos un diez por ciento del total de la población en algunas de las ciudades del Santo Imperio Romano de la tardía Edad Media” eran clérigos. Esta realidad operó a favor de Lutero cuando él cuestionó el oneroso sistema clerical católico romano que demandaba crecientes aportes pecuniarios de la feligresía.
Para la primera década del siglo XVI ya estaba asentado el avance tecnológico de la imprenta que reproducía tantos ejemplares como se quisieran distribuir de una obra. La Biblia de Gutenberg, en su traducción latina conocida como la Vulgata, comenzó a circular en 1454-1455. A partir de entonces los interesados y con suficientes recursos para adquirir la Biblia, y otros libros de su interés, pudieron acceder en mayor número que nunca antes a ejemplares y propuestas de conocimiento imposibles de tener cuando la única manera de reproducir una obra era mediante el especializado y tardado trabajo de un copista.
En universidades y monasterios de Europa proliferaron lectores, quienes tuvieron una nueva herramienta en 1516, al ser publicado en griego el Nuevo Testamento editado por Erasmo de Rotterdam. Lutero se valió del trabajo de Erasmo para hacer la traducción del Nuevo Testamento al alemán. La lectura de la Biblia por parte de Martín Lutero, y su afán de traducirla para hacerla asequible al pueblo germano, así como similares esfuerzos por parte de otros reformadores en el siglo XVI, conduce a sopesar lo que resalta MacCulloch: “Bernard Cottret; biógrafo de Juan Calvino, ha observado que la proliferación de biblias creó la Reforma en lugar de que ésta haya creado a aquélla”. Incluso en el seno del catolicismo romano hubo esfuerzos como el del cardenal Cisneros, quien encargó a la Universidad de Alcalá editar una Biblia Políglota. De enero de 1514 a julio de 1517 fueron impresos los seis volúmenes de la Políglota. El Antiguo Testamento estaba compuesto por columnas en hebreo, griego de la Septuaginta, y latín de la Vulgata; el Nuevo Testamento contenía columnas en griego y el texto de la Vulgata. Adicionalmente ambos testamentos tenían interpretaciones doctrinales católicas en latín. La Biblia Políglota concluyó de imprimirse tres meses antes de que Lutero fijara sus 95 tesis
En el capítulo “Nuevo cielo: nueva tierra”, MacCulloch sigue la trayectoria de Lutero y el contexto social en el cual se forjó la personalidad de quien por crisis de conciencia decidió hacerse monje agustino. Advierte que para comprender la gestación de las ideas de Lutero es necesario adentrarse en el ambiente teológico prevaleciente en la época. Si bien es cierto, aduce, que el medio social y político incidió en la confección de la inconformidad de Lutero con el sistema católico romano, fueron sus descubrimientos bíblico teológicos los que le convencieron de confrontar al entramado doctrinal dominante. Considera MacCulloch que “la historia social o política no puede prescindir de la teología para entender el siglo XVI”.
El autor denomina al periodo 1517-1521 (que va de las 95 tesis a la comparecencia de Lutero en la Dieta de Worms) “Revolución accidental”, porque si las criticas de Lutero se fueron profundizando se debió a la cerrazón de las autoridades católico romanas, las que orillaron al teólogo germano a una ruptura no buscada al principio. Al respecto vale reproducir el considerando del teólogo suizo Hans Küng: “Todo el que haya estudiado esta historia no puede albergar dudas de que no fue el reformista Lutero, sino Roma, con su resistencia a las reformas –sus secuaces alemanes (especialmente Johannes Eck)–, la principal responsable de que la controversia sobre la salvación y la reflexión práctica de la Iglesia sobre el Evangelio se convirtiera rápidamente en una controversia diferente sobre la autoridad e infalibilidad del Papa y los concilios. A la vista de la cremación del reformista Jan Hus y de la prohibición del Concilio de Constanza de que el laicado bebiera del cáliz en la eucaristía, se trataba de una infalibilidad que Lutero no podía refrendar en modo alguno” (La Iglesia católica, Mondadori, Barcelona, 2002, p.168).
MacCulloch primero se ocupa de cómo se desarrolló la que llama “Revolución accidental”, después hace una pregunta: “¿La Revolución de quién?” Una vez que Lutero hizo frente a las autoridades religiosas y políticas que confluyeron en Worms, el autor de la obra que comento describe las acciones emprendidas por el teólogo germano que fortalecieron la lid por construir una alternativa libre del dominio del sistema papal. La publicación en 1522 de la traducción del Nuevo Testamento que hizo del griego al alemán potenció la gesta de Lutero, ya que el pueblo pudo leerlo, o escuchar la lectura, y esto le atrajo simpatías a su causa. El ex monje agustino tuvo el genio de usar otras herramientas pedagógicas para difundir sus convicciones, fue prolífico en escribir folletos y/o hojas volantes de fácil y amplia distribución. También echó mano de himnos, que mostraron su eficacia al hacerse populares y ser memorizados por la feligresía que se agolpaba en los lugares donde predicaban Lutero, condiscípulos y discípulos. Apunta MacCulloch que una colección de himnos “luteranos” fue publicada por primera vez en Wittenberg y Augsburgo en 1524. La de Lutero no fue nada más una revolución en las élites, también tuvo reverberaciones en la gente común que se apropió del mensaje y lo expandió.
La reseña del libro de Diarmaid MacCulloch espero y deseo continuarla en la entrega de la semana próxima.

Fuente: Protestantedigital, 2017

miércoles, 25 de enero de 2017

Algunas lecturas sobre la Reforma Protestante (III)



Por. Carlos Martínez García, México
Son varias las opciones para leer en castellano escritos de Martín Lutero. Lo mejor es leer a un autor en la lengua que redactó sus obras, cuando esto no es posible, entonces las buenas traducciones son un recurso que permite conocer los planteamientos hechos por el reformador germano.
La Editorial Concordia ha publicado varios libros temáticos sobre distintas tópicos de la muy amplia producción de Lutero. Por su parte CLIE tiene en su catálogo algunos de los comentarios que hizo Lutero a libros del Nuevo Testamento, entre ellos el realizado a la Carta a los Romanos (aquí disponible en PDF). El comentario se basó en las lecciones dadas por Martín Lutero en la Universidad de Wittenberg durante 1515 y 1516. En 1522, al presentar la obra, Lutero consideró que “Esta carta es la verdadera parte principal del Nuevo Testamento y el evangelio más puro. Es digna de que todo cristiano, no sólo la sepa de memoria palabra por palabra, sino también de que se ocupe en ella como su pan cotidiano del alma. Pues nunca puede llegar a ser leída o ponderada lo suficiente; y cuanto más se la estudia, tanto más preciosa y apetecible se vuelve. Por tal motivo quiero hacer mi aporte y facilitar el acceso a ella mediante este prefacio –en cuanto Dios me ha dado capacidad– para que sea entendida mejor por todos. Porque hasta ahora ha sido oscurecida en forma lamentable con comentarios y toda clase de charlatanerías, si bien en sí misma es una luz brillante casi suficiente para iluminar toda la Escritura”.
Entre las antologías de Lutero existentes en castellano voy a referirme a tres de ellas. Teófanes Egido preparó la edición de Lutero, obras (Editorial Sígueme, Salamanca, 1977), cuya más reciente reimpresión es del 2016. Egido seleccionó 21 escritos de Lutero, que van de 1517 a 1546 (año en que murió). El volumen abre con las 95 tesis, incluye dos de los escritos de 1520 (a los que me referiré más tarde), recoge la posición defendida por Lutero ante la insurrección de los campesinos, incluye la importante “Misiva sobre el arte de traducir [la Biblia”], de 1530, en la que Lutero defendió su trabajo de poner la Palabra en la lengua del pueblo y los criterios usados para su labor de traductor. Para comprender mejor la dimensión del escrito es muy provechoso el estudio introductorio de Herón Pérez Martínez, investigador de El Colegio de Michoacán, para quien “Es uno de los documentos más importantes para la historia occidental de la teoría de la traducción junto con la matriz teórica tradicional que se hace arrancar de Cicerón sobre la traducción donde se enfrentan dos maneras de traducir: la traducción literal y la traducción según el sentido del texto” (“Misiva de Martín Lutero sobre el arte de traducir”, en Relaciones, número 138, primavera de 2014, pp. 153-178, disponible en aquí en PDF). 
En México la Secretaría de Educación Pública publicó en 1988 dentro de la Colección Cien del Mundo el volumen Escritos reformistas de 1520, que tuvo un tiraje de 10 mil ejemplares. El prólogo, selección y notas son autoría de Humberto Martínez, quien estudió filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México, posteriormente ingresó como profesor-investigador a la Universidad Autónoma Metropolitana, plantel Azcapotzalco, ha sido editor y traductor en el Fondo de Cultura Económica, y autor de varios trabajos sobre Lutero, según consigna el Diccionario de escritores mexicanos (UNAM-Instituto de Investigaciones Filológicas, tomo V, México, 2000, pp. 115-116).
La mencionada obra se compone de A la nobleza cristiana de la nación alemana, La cautividad babilónica de la Iglesia, y La libertad cristiana. Estos tres escritos de 1520 muestran las conclusiones a las que había llegado Lutero en su querella contra Roma. Lo que inicialmente había sido en octubre de 1517 una crítica a la desatada venta de indulgencias, tres años después se había transformado en una abierta oposición al sistema teológico y eclesiástico encabezado por el papado.
El año de los escritos reunidos por Humberto Martínez, 1520, fue muy agitado y definitorio para Lutero. En mayo predicó el Sermón sobre las buenas obras, donde no desdeñaba las mismas pero remarcó que ellas no otorgaban la salvación ni la justificación, sino que debían ser resultado de la fe en la obra redentora de Jesucristo: “La primera y suprema de todas las buenas obras más nobles es la fe en Cristo” (texto disponible aquí). El 11 de junio publicó El papado en Roma, donde lanzaba duras observaciones sobre la institución angular del catolicismo romano. Cuatro días después León X decretó la bula Exsurge Domine, en la cual emplazaba a Lutero a retractarse. En agosto es publicada A la nobleza cristiana de la nación alemana y principios de octubre La cautividad babilónica de la Iglesia. El día de 10 de octubre es entregada a Lutero la bula decretada en su contra por León X. En noviembre publica Contra la execrable bula del Anticristo y La libertad cristiana. El 10 de diciembre Lutero quema públicamente la bula Exsurge Domine. Los tres escritos de 1520 seleccionados por Humberto Martínez son, a mi parecer, la columna vertebral de lo que Lutero escribió y publicó en aquél año definitorio.
Finalmente, por lo respecta a la presente entrega, sugiero la lectura de Martín Lutero, escritos políticos (Editorial Tecnos, Madrid, 1986, hay una reedición del 2008) donde Joaquín Abellán agrupó seis trabajos de Lutero que están precedidos de un estudio preliminar del antologista. Abellán seleccionó pequeñas obras de Lutero redactadas entre 1520 y 1526, ellas son: A la nobleza cristiana de la nación alemana, Sobre la autoridad secular: hasta dónde se le debe obediencia, Exhortación a la paz en contestación a los doce artículos del campesinado de Suabia, Contra las bandas ladronas y asesinas de los campesinos, Carta sobre el duro librito contra los campesinos, y Si los hombres de armas también pueden estar en gracia.
Abellán hace una pertinente advertencia, que nos previene de una lectura anacrónica del pensamiento político del reformador alemán: “Lutero es, ante todo, un teólogo cristiano y no un pensador político moderno. Las coordenadas de su reflexión sobre la autoridad son bíblicas y teológicas. En los textos bíblicos se encuentra la clave para entender su pensamiento político y en ellos fundamenta Lutero su doctrina de los dos reinos, pieza central de su pensamiento y de su posición ante lo político […] Él no tiene una reflexión sistemática sobre el Estado ni sobre el poder político. A Lutero le preocupa fundamentalmente la autoridad que ejerce el gobernante y se ocupa de ella desde un punto de vista cristiano. Su pregunta es si la autoridad es compatible con la condición del cristiano, si su existencia y función encuentran fundamento en los textos bíblicos. En estos mismos textos busca Lutero asimismo una respuesta al problema de los límites del poder”.
La próxima semana continuaré comentando algunas otras lecturas sobre la Reforma protestante y sus distintas expresiones históricas y teológicas.

Fuente: Protestantedigital, 2017