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martes, 16 de enero de 2018

Casiodoro de Reina: Libertad y tolerancia en la Europa del siglo XVI

Por. Carlos Martínez García, México
Es una obra muy valiosa acerca del entorno, persona y obra de Casiodoro de Reina. El volumen llegó en los últimos días del año pasado, de inmediato me di a la tarea de leerlo cuidadosamente. La autora es Doris Moreno y tiene por título Casiodoro de Reina: libertad y tolerancia en la Europa del siglo XVI (Sevilla, Fundación Pública Andaluza Centro de Estudios Andaluces, 2017). En la segunda de forros se informa que Doris Moreno es profesora de historia de la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha investigado y publicado libros y numerosos artículos sobre la Inquisición española, la Compañía de Jesús y el apasionante mundo de los heterodoxos españoles de la época moderna, de los protestantes a las brujas pasando por los fenómenos de profecía y misticismo. Planea sobre todas estas temáticas un intenso interés por el estudio de la frontera entre ortodoxia y heterodoxia y entre tolerancia e intolerancia, su teorización y sus prácticas. Entre sus libros destacan: La invención de la Inquisición (Madrid, 2004) e Inquisición. Historia crítica (con R. García Cárcel, Madrid, 2000). Es coautora de Protestantes, visionarios, profetas y místicos: herejes (Barcelona, Ediciones de Bolsillo, 2005), libro que he querido conseguir, infructuosamente, desde hace algunos meses.  La obra que en esta ocasión comento es de miras amplias. Busca, y lo hace sobradamente, indagar sobre la trayectoria de Casiodoro de Reina más allá de su labor como traductor de la Biblia al castellano. Doris Moreno sitúa a Reina en su contexto histórico, cultural y religioso, de tal manera que el suyo es un acercamiento que incluye datos del personaje y al mismo tiempo describe muy bien las corrientes de pensamiento existentes en España, sobre todo en Sevilla, en las que abrevó el monje isidoro.
La autora reconoce el legado historiográfico de quienes han estudiado a Casiodoro de Reina y publicado sobre él, como Benjamin Wiffen y Edward Bohemer (quienes rescataron documentación), A. Gordon Kinder, Paul Hauben, José C. Nieto, Carlos Gilly, Rady Roldán-Figueroa. Cada uno de ellos ha contribuido para trazar con más detalles el perfil del pensamiento y obra de Casiodoro. Tal vez se debe a Arthur Gordon Kinder el mayor aporte para delinear la ruta intelectual y espiritual seguida por Reina desde sus años en el monasterio de San Isidoro del Campo, la salida de Sevilla para huir de las fuerzas inquisitoriales, las peripecias para ver en 1569 publicada su traducción de la Biblia y su apertura hacia teólogos considerados heterodoxos por calvinistas y luteranos. El verano pasado pude hacerme de un ejemplar del libro de Kinder, Casiodoro de Reina: Spanish Reformer of the Sixteenth Century (London, Tamesis Books Limited, 1975).
La obra de Kinder, más de cuatro décadas después de haber sido publicada, no ha sido traducida al castellano. Una vez que Casiodoro de Reina abrazó la fe evangélica en los últimos años que estuvo en el monasterio (salió de Sevilla hacia finales de 1557), tuvo disposición para ir construyendo una teología que tomaba contribuciones de distintos autores dentro del abanico protestante. Afirma Doris Moreno que él fue un hombre de fronteras: “en su tiempo de definición de ortodoxias, de ansiedades dogmáticas por definir claramente identidades confesionales frente a los oponentes en pugna, Casiodoro se alineó con todos aquellos que en nombre de la paz, la concordia y la unidad de los cristianos defendieron que las certezas dogmáticas que se podían desprender del texto bíblico eran en realidad pocas, mientras que el terreno de lo interpretable era extenso. Y en el campo de lo interpretable los criterios que debían regir eran el amor cristiano y la paz con el sermón del monte del Evangelio de Mateo como estándar de conducta moral. Por ello mismo, las diferencias teológicas o dogmáticas en el seno de una comunidad, en última instancia, solo debían merecer disciplina religiosa, en ningún caso castigo corporal”.
En algunas secciones la historiadora hace ejercicios de imaginación, las llama ficciones “aposentadas sobre la realidad del espacio y el tiempo”, que anteceden la presentación del material basado en fuentes y esto permite que lo imaginativo sea un recurso literario factible donde se presentan las disyuntivas del personaje en distintas circunstancias. Una cuestión es asegurar que las personas, dudas y convicciones no surgen en un vacío histórico, y otra hurgar en el contexto donde se desenvolvieron para comprender la influencia del mismo en la forja de inquietudes y nuevos horizontes por parte de colectivos y personas. Doris Moreno realizó una ágil reconstrucción de lo que denomina “el entorno sevillano” en el cual vivieron Casiodoro de Reina y otros monjes isidoros que huyeron de territorio sevillano con la idea de asentarse en otras partes de Europa donde pudiesen vivir libremente su fe evangélica.
A los 26 años, en 1546, Casiodoro ingresó en el monasterio de San Isidoro del Campo. Para entonces Sevilla era un hervidero comercial y de ideas, que tenía pobladores de muy diversos trasfondos. La ciudad contaba con aproximadamente cien mil habitantes y el intercambio de imaginarios era intenso. Fue la existencia de intensas corrientes espirituales, que implicaban deseos de renovación de una religiosidad anquilosada, el terreno fértil en donde se dio bienvenida a críticas y propuestas como las de Erasmo. Acierta Doris Moreno cuando observa que en España “las ansias de una reforma de la Iglesia eran compartidas por muchos cristianos y de ahí la extraordinaria recepción de la devotio moderna flamenca y de Erasmo de Rotterdam […] Desde la segunda década del siglo XVI muchos sevillanos, y entre ellos muchos conversos, habían leído con gusto y devoción las obras de Erasmo, con su rechazo al fariseismo clerical o a las devociones supersticiosas y, sobre todo, su reivindicación de un cristianismo éticamente renovado”. El “hervidero” de ideas en Sevilla, la forja de un erasmismo en sectores universitarios y del clero, la consolidación del movimiento de los alumbrados y las repercusiones en España de la Reforma protestante (de la que se enteraron no pocos mediante el contrabando de libros y reportes de españoles que por sus viajes conocieron del movimiento), fueron cruciales para fertilizar núcleos como del que formaba parte Casiodoro de Reina en el monasterio sevillano. La incidencia de las anteriores corrientes entre los monjes tuvo resultados que traza Doris Moreno en su obra, a los cuales intentaré referirme en la próxima entrega.


Fuente: Protestantedigital, 2018.

viernes, 22 de diciembre de 2017

Casiodoro de Reina, heterodoxo impenitente, amante de la libertad

Por. Alfonso Ropero, España
La Biblia Reina-Valera revisión 1960 constituye la Vulgata de todos los protestantes de habla española, que se resisten a admitir cualquier otra versión, por más que responda a un trabajo más profundo y académico, con recurso a un aparato científico más completo. Naturalmente, hay otras versiones que poco a poco van ganando terreno en muchas iglesias, pero sin lograr desbancar el prestigio de la Reina-Valera 1960.
Muchos de los lectores de esta Biblia, que conocen y aman tanto, desconocen, por contra, todo lo relativo a quienes fueron sus autores. Los más ilustrados tienen una ligera idea de que habían sido monjes católico-romanos que convertidos al evangelio fueron perseguidos por la Inquisición, de la cual consiguieron escapar, gracias a lo cual pudieron dedicarse a la traducción de la Biblia original en hebreo y griego al español de la época.
Sin embargo, ante la visión idílica que algunos presentan, me gustaría en este artículo tratar brevemente varios aspectos de la vida de Casiodoro de Reina (1520-1594), que me parecen reveladores del precio que tuvo que pagar por ser fiel al Evangelio y su conciencia. Me parece que es un personaje de la Reforma que tiene mucho que decirnos sobre aspectos que todavía inquietan y trastocan a nuestras iglesias con brotes inquisitoriales. Escribe un reciente biógrafo de Casiodoro, Constantino Bada Prendes, que derramó muchas lágrimas mientras investigaba en la vida de este hombre, al conocer las muchas contrariedades y procesos inquisitoriales que tuvo que soportar a lo largo de su ajetreada existencia (Constantino Bada Prendes).
Es bien sabido que Casiodoro de Reina fue un monje de monasterio de San Isidro del Campo (Sevilla), que pertenecía a la Orden de los Jerónimos, cuya lectura de la Biblia y de libros luteranos le llevó a abrazar la ideas reformistas que se estaban propagando en el norte de Europa. Alertada la Inquisición, Casiodoro y un buen número de frailes tuvieron que darse prisa para abandonar España. Los que no lograron hacerlo a tiempo terminaron en la hoguera, o bien disciplinados, según el grado de su implicación en la “herejía luterana”.
Huido a la Ginebra de Calvino, Casiodoro pronto advirtió que aquella tampoco era su tierra prometida. Espíritu libre y sensible tuvo que pasar por innumerables trances para sobrevivir en aquel mundo de sospecha constante, de desconfianza generalizada del otro por cuestiones doctrinales. Aun así, Casiodoro fue capaz, en solo diez años, y por su propia cuenta, en un ambiente hostil, de dar a luz una versión de Biblia que es todo un logro de la literatura religiosa. Por si fueran poco las penurias económicas, cuando ya estaba casi a punto de imprimir y sacar a la calle su edición de la Biblia, cayó gravemente enfermo teniendo que permanecer en cama durante cinco semanas, debatiéndose entre la vida y la muerte. “Me producía no poca tristeza —escribió posteriormente— el pensamiento de mi mujer y de mis hijos pequeños, a quienes parecía haber traído conmigo a Basilea únicamente para que empezaran un nuevo exilio lejos de nuestros amigos y conocidos, y sobre todo, privados de mí. Pero incluso esta tristeza la alejaba fácil y rápidamente encomendándolos a la Providencia de Dios que, primero a mí y después a ellos conmigo, nos había hecho experimentar su cuidado paternal en medio de tantas dificultades y frecuentes trabajos”.
Casiodoro es ejemplo de unos de esos espíritus nobles del reformismo español. De ningún modo estaba de acuerdo con el castigo capital del “hereje” o disidente religioso. Se dice que lloraba cada vez que pasaba cerca de la colina de Champel porque le traía a la memoria la terrible muerte en la hoguera sufrida allí por su compatriota Miguel Servet (1509-1553), el cual se había negado a admitir la tradicional doctrina de la Trinidad. Esta simpatía hizo que algunos calvinistas lo sometieran a vigilancia. También en doctrina Casiodoro fue sospechoso ante las autoridades de la ciudad; parece que daba más importancia a los matices éticos y prácticos que a los especulativos y teológicos. Ocurre que muchos reformadores comenzaron proclamando la salvación por gracia, por fe sola, pero en la práctica bien pronto cayeron en la gnosis, la salvación por el conocimiento correcto de la doctrina sobre la gracia, la fe sola o la predestinación, el bautismo o la Santa Cena; todos ellos motivos para jugarse la vida en la contienda. El criterio de fe verdadera ya no venía asegurado por la fe y la vida piadosa, sino por la doctrina y la ortodoxia, o más bien, la fidelidad a la doctrina del grupo.
En 1559 decide dejar Ginebra y marcharse a Frankfort, uniéndose allí a una iglesia de habla francesa. Sin embargo, cuando Isabel I asciende al trono de Inglaterra, Casiodoro decide encaminarse a Londres (1558), encontrándose a otros que huían de la persecución en España. Solicitó a la reina Isabel que le concediera el uso de una iglesia para sus reuniones, petición que sería atendida, permitiéndosele el uso de la iglesia de Santa María de Harás. Por un poco de tiempo habrá una congregación reformada española en Londres que se reunía tres veces por semana. En esos años, gozando de una relativa tranquilidad, pudo dedicarse a sus labores pastorales y hasta formar una familia (1562).
Pero su espíritu liberal y comprensivo levantaba sospechas. Pese a los años transcurridos desde su salida de España, la Inquisición le seguía los pasos mediante agentes que informaban de cada actividad que realizaba. Por otra parte, sus hermanos de fe no terminaban de fiarse de él. El grupo calvinista criticaba sus creencias, hasta el punto de ver en él un hereje potencial. Quizá no le podían perdonar sus simpatías hacia Servet y Sebastián Castellion (1515-1563) — opuesto a Calvino y los calvinistas—; su aprecio del luteranismo y de la corriente anabaptista.
El odium theologicum, que es un fuerte sentimiento que no repara ante nada, ideó la mejor manera de desacreditar a Casidoro y meterlo en un serio aprieto. En 1563 fue acusado del delito de sodomía. Los acusadores hicieron correr la versión de que Reina antes de su matrimonio había mantenido relaciones homosexuales con un mozo llamado Jean de Bayonne. Fue acusado formalmente por los pastores calvinistas de las iglesias francesa y holandesa en Londres. Reina negó la acusación como totalmente falsa. De nada le valió, bien pronto se inició el juicio, primero por cuestiones doctrinales, después por el susodicho cargo de sodomía. Sospechando que la decisión ya estaba tomada en su contra, Casiodoro huyó Inglaterra, iniciando así un peregrinaje que le llevaría a varios países, entre ellos, Holanda, Alemania, Francia y Suiza. En Amberes descubrió que las autoridades españolas habían puesto precio a su cabeza. En Estrasburgo el consistorio reformado le ofreció el cargo de pastor (1565). De nuevo aparecieron las sospechas teológicas sobre su ortodoxia. Reina debió explicar sus posiciones teológicas en una carta dirigida a la congregación. Y haciendo gala de una gran habilidad, consiguió refutar las acusaciones sirviéndose de las enseñanzas de los mismos reformado-res. A pesar de haber convencido al consistorio de Estrasburgo, su éxito no es completo: en el camino de su defensa se granjeó la enemistad del sucesor de Calvino en Ginebra, Teodoro Beza, el cual concluyó afirmando que, en el fondo, Reina era un luterano. Antes de tomar el cargo de pastor, Reina debía reparar el escándalo que quince años antes había provocado su huida de Londres: el cargo de sodomita, que pendía sobre él como espada de Damocles. Confiado en su inocencia y deseando cumplir el requisito de honradez para ocupar su cargo pastoral marchó a Londres para someterse a un nuevo juicio. El arzobispo anglicano Edmund Grindal solicitó la revisión de las actas del caso, y tras una cuidadosa de las mismas y de los antecedentes de sus acusadores se evidenció que los testigos que señalaron a Reina de sodomía, los españoles Francisco de Ábrego y Gaspar Zapata, habían actuado como agentes encubiertos al servicio de la Inquisición española e incluso salieron a la luz los pagos recibidos por ser parte del complot contra Casiodoro. Pero sus correligionarios, llevados por el odio teológico habían preferido creer antes a aquellos provocadores inquisitoriales que al propio Casiodoro. También se examinó su confesión de fe respecto a la interpretación de la Cena del Señor, que algunos consideraban excesivamente luterana. Casiodoro no tuvo reparos en firmar un documento en el cual declaró su adhesión a la Confessio Helvetica, una confesión calvinista emblemática, y a la Confessio in articulo de Coena, confesión que trata de conciliar la postura calvinista con la luterana sobre la Cena del Señor. Como resultado de todos estos actos e investigaciones, el tribunal exoneró a Casiodoro de todos los cargos de herejía y conducta inmoral (1579).
La injusta persecución de que fue objeto, la humillación de repetir una y otra vez su confesión de fe para contentar la ortodoxia de los guardianes de verdad, no lo detuvo para entregarse sacrificadamente a la traducción de la Biblia en castellano, que con mucho esfuerzo y dificultades fue publicada en 1569, destinada a convertirse en el símbolo del protestantismo hispano y memoria eterna de este singular personaje.
Aparte de la Biblia, nos dejó otro legado importante, su espíritu pacificador y comprensivo. Como alguien ha dicho “supo ser tolerante en una sociedad intolerante y dogmática”. Casiodoro es sin duda un ejemplo de lo mejor de ese espíritu cristiano abierto y tolerante, que ejerce con una caballerosidad ejemplar. De haber conseguido la formación de una Iglesia Reforma Española creo que la cristiandad habría sido testigo de una nueva manera de Reforma inclusiva, pacífica y netamente evangélica. Casiodoro expresó con valentía su opinión que “también a los anabautistas se les debía considerar como hermanos”. Y esto lo dijo en una época que tanto católicos como protestantes competían en dar caza y muerte a estos creyentes que se negaban a bautizar niños y defendían el bautismo de adultos en base a la profesión de fe en Cristo —la tesis de un Casiodoro anabautista es sostenida por Manuel Díaz Pineda en su estudio histórico-doctrinal de la Reforma española, y también por Perez Zagorin.
Por si fuera poco, Casiodoro propagó entre los refugiados españoles el libro de Castellion donde defiende que no se deben quemar los herejes, y afirma que Miguel Servet había sido quemado injustamente. El argumento de Castellion era irrebatible: “Matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar a un hombre. Cuando los ginebrinos ejecutaron a Servet, no defendieron una doctrina, mataron a un ser humano; no se hace profesión de fe quemando a un hombre, sino haciéndose quemar por ella. Buscar y decir la verdad, tal y como se piensa, no puede ser nunca un delito. A nadie se le debe obligar a creer. La conciencia es libre… que los judíos o los turcos no condenen a los cristianos, y que tampoco los cristianos condenen a los judíos o a los turcos… y nosotros, los que nos llamamos cristianos, no nos condenemos tampoco los unos a los otros… Una cosa es cierta: que cuanto mejor conoce un humano la verdad, menos inclinado está a condenar (Stefan Zweig, Castellio contra Calvino: Conciencia contra violencia. El Acantilado,  Barcelona 2012).

Nota bibliográfica:
Manuel Díaz Pineda, La Reforma en España. Siglos XVI-XVIII. CLIE, Barcelona 2017.
Enrique Fernández Fernández, Las Biblias castellanas del exilio. Editorial Caribe, Miami 1976.
Ignacio Javier García Pinilla, “El foco reformador de San Isidoro del Campo”, en Actas Simposio San Isidoro del Campo, 1301-2002, 61-91. Consejería de Cultura, Sevilla 2004.
1975.        Gordon Kinder, Casiodoro de Reina: Spanish Reformer of the Sixteenth Century. Tamesis Books ltd., Londres 1975.
Manuel Gutierrez Marín, Historia de la Reforma en España. Producciones Editoriales del Nordeste, Barcelona 1973.
Doris Moreno Martínez, Casiodoro de Reina. Centro de Estudios Andaluces, Sevilla 2017.
José C. Nieto, El Renacimiento y la otra España. Visión sociespiritual. Librairie Droz, Ginebra 1997.
Raymond S. Rosales, Casiodoro de Reina, patriarca del protestantismo hispano, Editorial Concordia, Saint Louis 2002.
Perez Zagorin, How the Idea of Religious Toleration Came to the West. Princeton University Press, Princeton 2003


Fuente: Lupatrotestante, 2017

sábado, 17 de septiembre de 2016

¿Por qué persiguieron algunos calvinistas a Casiodoro de Reina? (II)



Por. Carlos Martínez García, México
Casiodoro de Reina salió de Ginebra hacia Londres, con la esperanza de tener mejores condiciones para su ministerio. Llegó a la capital inglesa a fines de 1558. Elizabeth I había ascendido al trono el 17 de noviembre, y coronada como reina el 15 de enero de 1558. El cambio político en la corona inglesa atrajo al país refugiados protestantes de muchas partes de Europa, Casiodoro entre ellos.
Como expuse la semana anterior, Reina decidió abandonar Ginebra, entre otros motivos, por el conocimiento que tuvo estando en la ciudad de la ejecución de Miguel Servet en 1553, ya que “los espíritus y almas afines sufren así por empatía, y Reina era un espíritu afín a Servet, no tanto en ideas religiosas como en la independencia de toda forma de autoridad religiosa externa” (José C. Nieto, El renacimiento y la otra España. Visión sociespiritual, Librairie Droz , Ginebra, 1997, p. 469).
Otro monje de los que huyeron en 1557 del Monasterio de San Isidoro del Campo, Cipriano de Valera, también salió de Ginebra aunque por razones distintas a las de Reina, ya que el primero no tuvo dificultades con la “fe calvinista a la cual siempre fue fiel, y a la cual directamente contribuyó con su traducción de las Instituciones de Calvino, que es también una obra clásica del castellano del siglo XVI por su prosa y complejidad teológica magníficamente expresadas en la enjundiosa traducción tan castiza de Valera” (José C. Nieto, op. cit., p. 465). Como Ginebra estaba “saturada de refugiados”, tal situación limitaba las oportunidades ministeriales y Valera consideró tendría mayores posibilidades para ejercer sus talentos en Inglaterra.
Carlos Gilly considera que Reina inició en Ginebra planes para efectuar la traducción de la Biblia al castellano. Del tema conversó con Juan Pérez de Pineda, traductor del Nuevo Testamento publicado en 1556, publicado en Ginebra por Jean Crespin. “A estos mismos planes aludió Casiodoro seguramente en uno de sus encuentros con Calvino” (Historia de la Biblia de Casiodoro de Reina, documento fotocopiado, Basilea, 1998, p. 1).
Ya instalado en Londres, Reina intensifica las tareas de traducción bíblica, a la vez que solicita de la Reina Isabel I su venia para iniciar la Iglesia española en Londres. En 1560 el permiso le es otorgado y junto con sus feligreses ocupa el templo de Santa María de Axe. Por su labor recibe apoyo real por 60 libras anuales. Uno de los congregantes era Cipriano de Valera. En la congregación que pastoreaba, Reina abrió sus puertas a italianos y neerlandeses rechazados en otras iglesias (Nieto, op. cit., p. 465; Carlos Gilly, op. cit., p. 2).
Entre los documentos para fundamentar la solicitud con el fin de iniciar la Iglesia española, Casiodoro de Reina redactó en enero de 1560 la Confesión de fe christiana, hecha por ciertos fieles españoles, los quales, huyendo [de] los abusos de la iglesia Romana y la crueldad de la Inquisitión de España, dexaron su patria, para ser recibidos de la Iglesia de los fieles, por hermanos en Christo (esta Confesión la reproduce Raymond S. Rosales, Casiodoro de Reina, patriarca del protestantismo hispano, Concordia Seminary, Saint Louis, Missouri, 2002, pp. 187-208).
Para los críticos de Reina su Confesión era ambigua, según la particular ortodoxia de quien lo juzgara desde una de las familias confesionales protestantes que se estaban consolidando en la segunda mitad del siglo XVI. Acerca de la Trinidad, la que aceptaba con ciertos matices conceptuales, Reina afirmó: “creemos hallarse estas tres personas en la misma substancia, naturaleza y esencia de un Dios”, sin embargo, acotaba, que las palabras trinidad y persona “no se encuentran en las Escrituras”. Apuntó que la enseñanza sobre la Trinidad surgió en un momento histórico de confrontación doctrinal, realidad que le hizo conformarse “con toda la Iglesia de los pío, admitimos los nombres de Trinidad, y de persona, de los cuales los Padres de la Iglesia antigua usaron, usurpándolos (no sin gran necesidad) para declarar lo que sentían contra los errores y las herejías de sus tiempos acerca de este artículo” (Raymond S. Rosales, op. cit., p. 105 y Casiodoro de Reina, op. cit., p. 188).
Otro apartado de la Confesión que le atraería problemas a Reina fue el relativo al bautismo, sobre todo el punto tercero, donde escribió: “Y aunque no haya expresa mención en la Divina Escritura que el bautismo se dé a los niños antes que tengan uso de razón, conformámosnos empero con la Iglesia del Señor, que tiene por más conforme a la misma Escritura dárselo que dejar de dárselo, pues que por beneficio del Señor, y por su promesa, no menos pertenecen a su alianza que los Padres”.
Como bien observa Jorge Ruiz Ortiz, resumiendo las consideraciones de Gordon A. Kinder, estudioso inglés y profundo conocedor de la biografía y obra de Casiodoro de Reina, la Confesión es “un documento 1) de carácter bíblico y práctico, 2) por su forma y contenido, muy personal, y 3) problemático desde el punto de vista doctrinal. Esta última característica es sin duda la más destacable de la obra. Podemos afirmar que Reina hace gala de una marcada ambigüedad doctrinal, una ambigüedad doctrinal que podría haber pasado inadvertida en nuestros días, pero que ciertamente la Reforma del siglo XVI no estaba ni preparada ni dispuesta a admitir. No es sorprendente constatar que, por todas estas razones, la confesión de Reina no haya podido convertirse en un documento doctrinal válido para la Iglesia. Más bien sucedió lo contrario: en su día generó una fuerte polémica y con el tiempo, ha pasado al olvido” (Jorge Ruiz Ortiz, “La Confesión de Fe de Casiodoro de Reina, ¿Una Confesión reformada?”, Aletheia, núm. 2, 2003, cito de la versión capturada en Word, p. 2).
La mencionada ambigüedad doctrinal de Reina le atrajo la animadversión de las iglesias de extranjeros existentes en Londres, “ya que todas eran calvinistas” (Raymond S. Rosales, op. cit., p. 102). Además de esto, sus adversarios lo acosaban por haber cultivado contacto “con dos excluidos de la Iglesia reformada: el holandés Adriaan Haemstede [y] el italiano Acontius”. El primero, al igual que Reina, había defendido el derecho de los anabautistas a mantener sus creencias y sostenía que no debían ser perseguidos. Por su parte Acontius, estuvo de parte de Sebastián Castellio en la controversia que sostuvo con Calvino. Adicionalmente, Reina se dio tiempo en Londres para “profundizar la lectura de los grandes teólogos reformados, Lutero, Calvino, Zwinglio, pero también la de los hombres de la Reforma radical, como Velsius, Schwenckfeld y Osiander” (Jorge Ruiz Ortiz, op. cit., p. 4. Del segundo de estos reformadores reproducen escritos John Howard Yoder, Textos escogidos de la Reforma radical, Editorial La Aurora, Buenos Aires, 1976, pp. 439-451; George H. Williams y Ángel M. Mergal, Spiritual and Anabaptist Writers, The Westminster Press, Philadelphia, 1957, pp. 161-181).
En 1561 Reina contrajo matrimonio con Ana, originaria de los Países Bajos, y procrearían varios hijos. Por dos flancos fue cercado Casiodoro de Reina. Por un lado los agentes inquisitoriales cooptaron a Gaspar Zapata, asistente del exiliado español, quien les pasaba información sobre los escritos y actividades de Reina. En tanto el grupo de calvinistas que le señalaba de ser oscilante en cuanto a sus creencias y simpatizar con Servet y Castellio, pasó en agosto de 1563 a sumar un cargo grave: el de sodomía (Enrique Fernández Fernández, Las biblias castellanas del exilio, Editorial Caribe, Miami, Florida, 1976, p. 115; Raymond S. Rosales, op. cit., p. 107).
La sodomía entonces era entendida como actos homosexuales consumados. Los acusadores hicieron correr la versión de que Reina antes de su matrimonio habría tenido relaciones con un mozo, Jean de Bayonne. Formalmente lo acusaron de sodomía los pastores calvinistas de las iglesias francesa y holandesa en Londres, Jean Cousin y Johannes Utenhovius. Reina refutó la acusación. El 21 de septiembre de 1563 inició el juicio contra Casiodoro por cuestiones doctrinales. Dos días más tarde se trataría el cargo de sodomía. Llegada la fecha, Reina no se presentó y después se supo que había huido de Inglaterra. Lo hizo ante el temor de no ser escuchado por sus enjuiciadores y la sospecha que la decisión ya estaba tomada en su contra (en este párrafo he seguido de cerca la relación de hechos narrada por Raymond S. Rosales, op. cit., pp. 107-109).
Tras salir de Inglaterra, Reina y su esposa iniciaron un periplo que les llevaría a varios países, entre ellos, Holanda, Alemania, Francia, Suiza. Durante quince años y en distintos lugares algunos calvinistas hicieron resurgir el señalamiento de sodomita contra Reina, este cargo siempre lo rechazó y defendió su inocencia. En tanto el monarca español Felipe II puso precio a la cabeza de Reina, como quedó constancia en una carta del gobernador de Amberes a la regente de los Países Bajos, Margarita de Parma, hermana de Felipe II, en la cual se afirmaba que la Corona española había “gastado grandes sumas de dineros por hallar y descubrir al dicho Casiodoro, para poderle detener, si por ventura se encontrase en las calles o en cualquier otro lugar, prometiendo una suma de dinero a quien le descubriese” (Carlos Gilly, op. cit., p. 3).
Fue hasta 1578 cuando Casiodoro de Reina se traslada de Amberes, donde era pastor en una iglesia luterana, a Londres para enfrentar nuevamente las acusaciones sobre su doctrina y sodomía. En diciembre de aquel año comenzó un nuevo juicio sobre los cargos hechos quince años atrás. En marzo de 1579 quedó exonerado. Una cuidadosa revisión del expediente y los antecedentes de sus acusadores evidenció que los testigos que señalaron a Reina de sodomía, los españoles Francisco de Ábrego y Gaspar Zapata, habían sido agentes encubiertos al servicio de la Inquisición española e incluso salieron a la luz los pagos recibidos por ser parte del complot contra Casiodoro.
Como hemos visto, se conjuntaron agentes inquisitoriales y algunos pastores y líderes calvinistas para perseguir a Reina y evitar así que prosiguiera con su ministerio. La persecución no lo detuvo para darse denodadamente a la traducción de la Biblia en castellano, la que fue publicada en 1569. Desde 1578 fue pastor luterano en distintas iglesias, hasta su muerte en Fráncfort, el 15 de marzo de 1594.

Fuente: Protestantedigital, 2016.

domingo, 4 de septiembre de 2016

¿Por qué persiguieron algunos calvinistas a Casiodoro de Reina? (I)



Por. Carlos Martínez García, México.
Casiodoro de Reina fue perseguido por la Inquisición española y, después, por algunos calvinistas que lo consideraban hereje. En 1557, junto con otros monjes del Monasterio de San Isidoro del Campo, Santiponce, Sevilla, huyó para evitar la inminente acción inquisitorial en su contra.
En San Isidoro los monjes habían estado leyendo la Biblia y obras de autores protestantes. Casiodoro de Reina, Antonio del Corro y Cipriano de Valera, entre otros, se identificaron plenamente con los postulados evangélicos y se distanciaron de las enseñanzas de la Iglesia católica romana.
Ante el peligro de ser capturados por la Inquisición, Reina, sus padres y otros once condiscípulos del Monasterio decidieron salir de España hacia fines del verano de 1557. Acordaron tomar caminos distintos y encontrarse en Ginebra, ciudad en la que Juan Calvino encabezaba la reforma religiosa (Raymond S. Rosales, Casiodoro de Reina, patriarca del protestantismo hispano, Concordia Seminary, Saint Louis, Missouri, 2002, p. 83; Enrique Fernández Fernández, Las biblias castellanasd del exilio, Editorial Caribe, Miami, Florida, 1976, p. 110).
Reina llegó a Ginebra a finales de 1557. Inicialmente entusiasmado con la reforma teológica y eclesiástica ginebrina, se unió a la iglesia de feligresía mayoritariamente italiana que pastoreaba Juan Pérez de Pineda (Jorge Ruiz Ortiz, “La Confesión de Fe de Casiodoro de Reina, ¿Una Confesión reformada?”, Aletheia, núm. 2, 2003), quien había salido de Sevilla en 1551, por temor a ser apresado por el Tribunal del Santo Oficio. Se refugia en Ginebra, donde en 1556 publicaría su traducción del Nuevo Testamento al castellano, tarea en la que le fue de gran ayuda la traducción que del mismo libro realizó en 1543 Francisco de Enzinas.
Poco a poco Reina va marcando distancias con Calvino y sus discípulos. No permaneció mucho tiempo en Ginebra, porque no estaba de acuerdo con Pérez de Pineda, quien “seguía las directrices oficiales de la Iglesia de Ginebra en lo que respecta a los anabaptistas. Reina rechaza el rigor contra otros protestantes y seguramente por ello persuadirá entonces a algunos miembros de la congregación española –entre otros, sus padres, sus hermanos y el prior del monasterio de Sevilla, Francisco Farías– a irse con él a Londres. A causa de este episodio, el pastor Juan Pérez llamará a Reina, tal vez con una cierta ironía, el Moisés de los españoles” (Jorge Ruiz Ortiz, p. 3). Y es que en Casiodoro “reinaba una conciencia autónoma como en Servet. Reina llegó a ejercer en Ginebra cierta influencia perturbadora entre el grupo de refugiados españoles, diciendo que Ginebra era la segunda Roma, provocando aun al mismo Pérez a disputar con él” (José C. Nieto, El renacimiento y la otra España. Visión sociespiritual, Librairie Droz , Ginebra, 1997, p. 469).
Mientras estuvo en Ginebra, Casiodoro de Reina conoció de la cruenta pena de muerte que sufrió Miguel Servet el 27 de octubre 1553, y aunque no estaba de acuerdo con, por ejemplo, la doctrina unitaria de Servet consideró errada la acción de haberle llevado a la hoguera acusado de herejía (por anti trinitario y contrario el bautismo de infantes). Reina, “lloraba cada vez que pasaba cerca de la colina de Champel porque le traía a la memoria la muerte y la intolerancia sufrida” por el teólogo y médico español (Raymond S. Rosales, op. cit., p. 90).
Pocos meses después de la ejecución que tanto conmovió a Casiodoro de Reina fue publicado un opúsculo de autor anónimo, bajo el título Historia de la muerte de Servet: después se sabría el nombre del escritor: Sebastián Castellio. Él consideró cómplice del “escándalo de escándalos” a Juan Calvino. Para refutar el señalamiento, Calvino redactó Defensa de la fe ortodoxa, que salió de la imprenta en febrero de 1554, donde el reformador de Ginebra “justificó el asesinato de herejes como Servet” (Perez Zagorin, How the Idea of Religious Toleration Came to the West, Princeton University Press, New Jersey, 2004, p. 97).
Un nuevos escrito de Castellio acerca del caso Miguel Servet apareció en marzo de 1554, Sobre los herejes, acerca de si debererían ser perseguidos y cómo deberían ser tratados, firmado con el seudónimo de Martín Bellius. Hizo una defensa de la libertad para disentir doctrinalmente de un determinado cuerpo de creencias tenido por el verdadero, el cual no debería de ser sostenido mediante el poder político. Las diferencias de opinión entre cristianos nunca deberían llevar a que algunos, con el respaldo del gobierno, impongan sus convicciones a otros, y menos que recurran a la pena de muerte para extirpar a los que piensan distinto en materia teológica.
A la controversia se sumó Teodoro de Beza, y lo hizo en apoyo a Calvino, “denunciando las impiedades vomitadas” por Castellio. Éste volvio a la carga en Contra el libelo de Calvino, una de cuyas copias manuscritas llegó a Ginebra en junio de 1554. Al parecer no hubo impresor que se atreviera a desafiar la censura, por lo que solamente se conoció en formato manuscrito y circuló de mano en mano. Castellio explicó en el prefacio que no pretendía “defender las doctrinas de Servet, sino mostrar la falsedad de Calvino”. Sebastián afirmaba que era más peligroso para sus críticos ofender a Calvino en Ginebra que en su palacio al rey de Francia, y agregó: “Si un cristiano llega a Ginebra, será crucificado. Porque Ginebra no es un lugar de libertad cristiana. Está gobernada por un nuevo Papa, uno que quema personas vivas, mientras el Papa de Roma por lo menos primero las estrangula” (Perez Zagorin, op. cit., p. 116).
En la estancia ginebrina de más o menos un año, Casiodoro de Reina se documentó sobre la tragedia de Servet y el papel jugado por Calvino. Conoció las críticas de Castellio y estuvo de acuerdo con ellas. Además quedó gratamente impresionado por la traducción de la Biblia al latín clásico realizada por Castellio. Incluso le escribió una carta para darle a conocer su admiración por el trabajo literario. Llegó a la conclusión que era pertinente salir de Ginebra, lo que hizo a fines de 1558, con rumbo a Inglaterra, previa escala en Frankfort. Abandonó el territorio ginebrino convencido de que “se había convertido en una nueva Roma” (http://www.servetus.org/noticias-y-eventos/noticias/158-serveto-en-la-vida-de-casiodoro-de-reyna.html; Enrique Fernández, op. cit., p. 113).
Reina sospechaba, con buena base, que algunos calvinistas lo tenían bajo vigilancia por su postura en favor de Servet y Castellio, lo que aceleró la salida de Ginebra. La próxima semana me ocuparé de los cargos que sus perseguidores le hicieron a Casiodoro de Reina, a quien señalaron de ser heterodoxo en cuestiones teológicas e incurrir en inmoralidades.

Fuente: Protestantedigital, 2016