¡Vos podes ayudarnos!

---
;
Mostrando entradas con la etiqueta Libros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Libros. Mostrar todas las entradas

martes, 4 de abril de 2017

MacCulloch y el salterio hugonote



Por. Carlos Martínez García, México
El protestantismo europeo del siglo XVI tuvo múltiples rostros. Los más conocidos son las vertientes: luterana, calviniana/reformada y la inglesa que se consolidaron en distintos territorios. Tales rostros han dominado a tal grado que pareciera no existieron otros, cuando en realidad el abanico protestante fue, y es, multifacético.
En las tres anteriores entregas de la serie he bordeado la obra de Diarmaid MacCulloch, The Reformation, a History (Viking Penguin Group, New York, 2004), y con este artículo concluyo la reseña parcial de este libro que es grande no solamente por el número de páginas que tiene (casi 800), sino, principalmente, por la erudición de su autor y su forma de narrar acontecimientos históricos con información torrencial.
El largo y discontinuo Concilio de Trento que tuvo su primera sesión en 1545 para reorganizar a la Iglesia católica romana frente al reto que le significaba el protestantismo, se desarrolló con altibajos debido al cambiante contexto social y político de la época.
Finalmente de 1561 a 1563 tuvieron lugar las últimas sesiones, en las cuales dominó el ala más confrontadora contra quienes retaron el predominio católico romano a partir de la disidencia de Martín Lutero en 1517. Desde la perspectiva del sector mencionado lo conducente era enfrentar decididamente, y por todos los medios, a los grupos que no reconocían la supremacía del papado y la teología que sustentaba esa superioridad.
En las deliberaciones finales de Trento participaron más obispos que en los periodos anteriores de reuniones del Concilio. Asistieron cerca de doscientos obispos, la mayoría provenientes de países en los que se había, o se estaba, combatiendo al protestantismo enconadamente. Casi la mitad de los obispos procedían de España, quienes junto con los de Francia, los dominios de Venecia y tan lejanos como Chipre, observa MacCulloch, se inclinaron para reconocerle al papa mayores espacios de maniobra para ejercer su autoridad.
Mientras el Concilio de Trento estaba en su fase final, en Francia tenía lugar un duro enfrentamiento entre los guardianes de la Cristiandad tradicional y los hugonotes. Cabe anotar que el origen del término, menciona MacCulloch, “es misterioso, puede ser que se derive de ‘Eidgenossen’, o asociados, quienes iniciaron la revuelta ginebrina en los 1520´s y proveyeron condiciones para que Calvino organizara la Reforma en Ginebra”.   
El arranque de la guerra entre las fuerzas católicas y los hugonotes en 1562 tuvo como telón de fondo el vigoroso crecimiento del protestantismo en Francia. MacCulloch calcula que en el citado año había cerca de dos millones de adherentes organizados en más o menos mil congregaciones. Estos números eran contrastantes con los de una década antes, cuando nada más existían unos cuantos grupos en la clandestinidad. Para el autor, “este fenómeno es todavía más espectacular en escala si se le compara con la súbita emergencia del protestantismo popular en Escocia por los mismos años”. ¿Cómo se llegó a esto?
En Francia estaban prohibidas tanto la predicación pública como las reuniones abiertas de los protestantes. Había escasez de ministros, y aunque como en otras partes de Europas los libros fueron importantes para difundir el mensaje protestante, fue sobre todo la movilización de los creyentes de base la que le dio inusitado vigor a las células de hugonotes. Las biblias eran caras y voluminosas, lo mismos que las Instituciones de Calvino. Difíciles de llevar cuando los vigilantes de la ortodoxia romana estaban al acecho. El incremento en la producción masiva de biblias tuvo su esplendor a partir de 1562, para abastecer la demanda de los dos millones de creyentes no católicos mencionados líneas arriba.
Reconozco que lo glosado a continuación me sorprendió. MacCulloch resalta que hubo una herramienta que acompañó el activismo laico hugonote. Fue el Salterio traducido al francés, un pequeño libro de bolsillo con los ciento cincuenta Salmos, que incluía anotaciones musicales para ser entonados. Estos Salmos fueron arreglados por el “protestantismo reformado en forma métrica para articular la esperanza, temor, gozo y furia del nuevo movimiento”. Este Salterio fue “el arma secreta de la Reforma no nada más en Francia sino en cualquier lugar donde los reformados dieron nueva vitalidad a la causa protestante”.
MacCulloch considera que el Salterio de Ginebra, o Francés como también se le conoce, tuvo su origen en una práctica que Calvino tomó prestada de los años en que estuvo como ministro en Estrasburgo después que fue expulsado de Ginebra en 1538. En Estrasburgo ya se cantaban métricamente los Salmos, quien hizo las primeras versificaciones fue el poeta Clément Marot. Entonces Calvino adoptó la práctica y cuando regresó a Ginebra la llevó consigo. La primera edición de los Salmos metrificados es de 1539, y en 1562 Teodoro de Beza produjo la edición con los ciento cincuenta Salmos para ser cantados, y trece imprentas en Ginebra y Francia reprodujeron miles de ejemplares.
Los Salmos versificados y con ayudas para ser cantados, enfatiza MacCulloch, fueron el vehículo perfecto para hacer que el mensaje protestante se constituyera en un movimiento de masas capaz de atraer a letrados e iletrados. ¿Qué mejor que las palabras de la Biblia como fueron entonadas por el héroe y rey David? Los Salmos fueron fácilmente memorizados, y, por lo tanto, no era necesario traer consigo “papeles incriminatorios”. Eran cantados al unísono, y producidos por poetas/músicos que se identificaban con el movimiento de renovación y por ello se empeñaron en crear nuevas herramientas litúrgicas que fueron bien recibidas y adoptadas por sectores populares.
Lo señalado por MacCulloch es una veta de investigación para comprender mejor cómo se ha diseminado el protestantismo, no nada más en el siglo XVI sino durante las centurias subsecuentes, mediante herramientas y/o prácticas artísticas, particularmente la música, que atraen a grandes números de personas. En los cantos subyace una teología que no necesariamente se articula con lo predicado desde los púlpitos.

Fuente: Protestantedigital, 2017

miércoles, 1 de marzo de 2017

Algunas lecturas sobre la Reforma Protestante (VIII)



Por. Carlos Martínez García, México
Continúo con la reseña iniciada la semana pasada. El libro en cuestión es el coordinado por Peter Marshall, The Oxford Illustrated History of the Reformation, Oxford University Press, Oxford, 2015. La vez anterior referí los capítulos acerca del cristianismo medieval, el dedicado a Martín Lutero, el calvinismo y la reforma de la Reforma y la sección sobre la Reforma radical.
El quinto capítulo es desarrollado por Simon Ditchfield, “La Reforma y renovación católica”. Ditchfield es profesor de historia en la Universidad de York, Inglaterra, entre sus obras destacan Liturgy, Sanctity, and History in Tridentine Italy (Cambridge University Press, 2002), y de reciente aparición la que coordina con Helen Smith, Conversions: Gender and Religious Change in Early Modern Europe (Manchester University Press, 2017).
Para Ditchfield antes, durante y después del siglo XVI hubo personajes y fuerzas al interior del catolicismo romano que buscaron reformarlo y renovarlo. Los misioneros católicos que de Europa salieron hacia distintas partes del orbe intentaron transmitir una fe más cercana al ejemplo del Evangelio, pero sus esfuerzos se vieron contaminados con los intereses políticos y económicos de las potencias católicas que tuvieron más interés en saquear las riquezas de los nuevos territorios y menos en favorecer las tareas de quienes llegaron a evangelizar.
El autor del capítulo describe y evalúa los alcances y límites del Concilio de Trento, el cual tuvo cuatro periodos: de diciembre de 1545 a marzo de 1547 (en Trento); de abril de 1547 a enero de 1548 (en Bolonia); mayo de 1551 a abril de 1552 (en Trento); y, finalmente, de enero de 1562 a diciembre de 1563 (en Trento). Al principio este Concilio tuvo escasa asistencia e interés por parte de los altos clérigos, en la sesión inicial estuvieron presentes solamente cuatro cardenales, veintiún obispos y cinco generales de las órdenes religiosas.
La participación de los teólogos en el Concilio de Trento fue más nutrida que la de los clérigos en las tres primeras sesiones. En Trento quedaron normadas las enseñanzas católicas acerca de la justificación, transubstanciación, penitencia, el índice de libros prohibidos, el establecimiento de seminarios diocesanos, la necesidad de visitas obispales anuales, veneración de santos e imágenes, reformas en el clero regular y en el monástico, y, particularmente, afirmaciones doctrinales cuya meta fue señalar a un adversario que se consolidaba, el protestantismo.
Ditchfield señala que desde el siglo XVI hasta el presente el catolicismo romano alcanzó dimensiones globales. En este proceso se diseminó por los cuatro continentes, aunque ha tenido poco impacto en dos de ellos: (Asia y África), mientras ha sido “creativamente reinterpretado en las Américas”. Hoy gran parte de la fuerza misionera católica romana descansa en la “periferia” que ministra en Europa Occidental.
El capítulo “Las reformas británicas” es autoría de Peter Marshall. Las naciones que conforman la Gran Bretaña, observa Marshall, tuvieron antes y a lo largo del siglo XVI agitaciones de corte religioso. En la última centuria mencionada, al emerger la que sería denominada Reforma protestante, el rey Enrique VIII se manifestó abiertamente contrario a la misma y defendió a la Iglesia católica y la institución papal. Lo hizo con tal vigor que fue nombrado Fidei defensor (defensor de la fe) por el papa León X en noviembre de 1521.
Por propias convicciones y/o mediante conocimiento de la lid de Lutero en Alemania, distintos personajes ingleses abrazaron la causa de reformar al cristianismo y se opusieron a la Iglesia católica romana. Uno de ellos, y quien a causa de su oposición a Enrique VIII y el clero católico inglés debió exiliarse, fue William Tyndale. Él publicó su traducción inglesa del Nuevo Testamento en 1526, que se imprimió en Colonia y Worms, el cual contenía “explícitos comentarios luteranos”.
La Reforma religiosa impulsada por Enrique VIII, considera Marshall, comenzó en 1534 con el Acta de dispensaciones. Desde entonces y hasta la muerte del monarca, en 1547, Gran Bretaña estuvo convulsa en lo religioso. Además de la oposición de los obispos católicos británicos que decidieron permanecer fieles a Roma, Enrique VIII debió enfrentar la disidencia de distintos grupos minoritarios que abogaban por una reforma más radical, ya que consideraban al intento reformador del rey “un catolicismo sin papa”.
Poco a poco fue gestándose en Gran Bretaña el movimiento de iglesias libres, llamadas no conformistas por negarse a restringirse al molde religioso de Enrique VIII y quienes le sucedieron en el reinado a partir de 1547. La definición religiosa de Inglaterra fue pendular, de tendencia protestante entre 1547 a 1553, intento de restauración católica con María la Sangrienta (1553-1558), y consolidación de la vía inglesa para diferenciarse del catolicismo con Isabel I (1558-1603). En el reinado de Isabel I, periodo de consolidación de la Iglesia de Inglaterra, se robustecieron las opciones religiosas que decidieron no ceñirse a la Iglesia oficial. De forma subterránea el catolicismo preservó su perfil, algunos clérigos y feligreses debieron enfrentar persecuciones e incluso la pena capital. En tanto los integrantes de las iglesias libres resistieron los embates y construyeron comunidades de fe por todas partes de Gran Bretaña y, por otra parte, enfilaron hacia nuevos horizontes en busca de libertad religiosa y de conciencia. El proceso inició, sostiene Marshall, hacia 1620 con los Padres peregrinos, quienes fueron producto de las varios tipos de Reforma(s) que emergieron en Inglaterra y le dieron al protestantismo nuevos perfiles.
La sección final es de Alexandra Walsham y se titula “Los legados de la Reforma”. Ella es autora de Charitable Hatred: Tolerance and Intolerance in England, 1500-1700 (Manchester University Press, 2008), y The Reformation of the Landscape: Religion, Identity and Memory in Early Modern Britain and Ireland (Oxford University Press, 2012).
Walsham apunta que si bien es cierto la Reforma fue un punto de quiebre en la historia del cristianismo y de Occidente, la percepción de dicho cambio y su profundidad ha pasado por un largo proceso. Una vez consumada la ruptura con Roma y comenzado a dar pasos para consolidar la nueva opción teológica y eclesiástica, Lutero y sus partidarios concibieron su lucha como “el triunfo de la luz sobre las tinieblas, de la verdad sobre la falsedad, y haber puesto a la civilización europea en el sendero hacia la modernidad”.
Para Walsham el proceso no fue lineal ni tan claramente de logros como consideraban los reformadores. Sostiene que las herencias de largo alcance y las repercusiones de la Reforma son “contradictorias [ya que] Las pasiones espirituales y políticas que desataron tuvieron amplias ramificaciones: ellas afianzaron, y eventualmente perfilaron, el pluralismo confesional y denominacional al que inicialmente se opusieron; convergieron con presiones sociales y económicas que alteraron las formas en las que las personas actuaban al igual que afectaron las condiciones materiales de la vida cotidiana de esas personas”. Agrega que la Reforma, en sus distintas vertientes, fomentó a la vez que complejizó las tendencias intelectuales y culturales, cambiando cómo la gente concebía a Dios, el mundo natural y el súper natural. La Reforma construyó sobre nuevas bases cómo individuos, comunidades y naciones se identificaron y definieron a sí mismos. Todo ello debido a la energía generada por los conflictos, confrontaciones y diálogos originados a partir de una crítica al orden religioso tradicionalmente establecido.

Fuente: Protestantedigital, 2017

lunes, 27 de febrero de 2017

Algunas lecturas sobre la Reforma Protestante (VI)



Por. Carlos Martínez García, México
Lutero fue un personaje multifacético. Debido a esto libros como el que inicié su reseña la semana pasada son de gran utilidad para quien desee comprender las distintas facetas del teólogo alemán.
La obra coordinada por Donald K. Mckim, The Cambridge Companion to Martin Luther, Cambridge University Press, Cambridge, U. K., 2003, de la que anteriormente glosamos los primeros cinco capítulos, contiene dos apartados (el sexto y séptimo) que se abocan a estudiar “La teología de Lutero” y “La teología moral de Lutero”, respectivamente. En el primer caso, quien desarrolla el tema es Markus Wriedt, investigador y docente en la Universidad de Mainz y profesor visitante en la Universidad Marquette, Milwaukee, Wisconsin. El tópico de la teología moral del reformador lo analiza Bernd Wannenwetsch, cuyo centro académico es el Harris Manchester College, de la Universidad de Oxford.
Wriedt y Wannenwetsch sintetizan temáticas muy amplias y que tienen distintos ángulos. Lutero inició su confrontación con la Iglesia católica romana cuando tuvo un nuevo entendimiento de las enseñanzas bíblicas, las que contrastó con el cuerpo doctrinal de la institución eclesiástica en la que fue ordenado como sacerdote. Desde entonces el monje agustino se empeñó en normar con la Biblia los principios que enarboló y defendió frente a otros puntos de vista y prácticas. De su descubrimiento de la salvación por gracia en Cristo, Martín Lutero debió ir elaborando respuestas puntuales a cuestiones como la libertad de conciencia, el papel de las autoridades políticas en asuntos de fe, celibato y matrimonio, el significado de la Santa Cena, claves hermenéuticas para estudiar la Palabra, el lugar de las buenas obras, propuesta de organización social y política, nueva organización eclesiástica y litúrgica, niñez y educación, entre muchos otros temas.
En el capítulo 8, Fred W. Meuser (presidente emérito del Trinity Lutheran Seminary, en Columbus, Ohio) resalta que Lutero se consideró más un predicador de las enseñanzas bíblicas que teólogo, profesor, traductor, escritor, autor de himnos y músico o pastor. En todo momento, sobre todo cuando atravesaba por momentos adversos, Martín Lutero estimaba un deber ineludible exponer las Escrituras. Para él cada “cada sermón era un campo de batalla por las almas de las personas, un evento apocalíptico que contraponía las puertas del cielo con las del infierno, escenario del continuo conflicto entre el Señor y Satanás”.
Jane E. Strohl, profesora de Historia y Teología de la Reforma en el Seminario Teológico Luterano del Pacífico, Berkeley, California, en el capítulo 9, traza el “Itinerario espiritual de Lutero”. En su peregrinaje cognitivo y espiritual el profesor de teología en la Universidad de Wittenberg llegó a un punto de quiebre cuando entendió de una forma liberadora la justificación del pecador por la gracia de Dios en Jesucristo. Strohl subraya que “la idea del creyente como santo (justificado) y pecador es la mayor polaridad distintiva de la espiritualidad de Lutero”. Dicha polaridad se sintetiza en una expresión: “Simul iustus et peccator”, justo y pecador al mismo tiempo.
Los capítulos 10 (“La lucha de Lutero con temas éticos y sociales”), 11 (“Los encuentros políticos de Lutero”), y 12 (“Las polémicas y controversias de Lutero”) presentan al personaje como alguien que tuvo momentos sinuosos y hasta contradictorios. Los tópicos son abordados por Carter Lindberg, David M. Whitford y Mark U. Edwards, respectivamente. Cada uno de ellos tiene extensa trayectoria en estudiar a Lutero y/o la Reforma protestante. 
Lindberg previene del error de percibir a Lutero como politólogo y/o analista de cuestiones sociales. Más bien es necesario comprender las posiciones éticas de Lutero como preocupaciones teológicas y pastorales, ya que su “batalla con temas de ética social procedían de su percibida vocación para proclamar la promesa y juicio de Dios”. Por su parte Whitford clarifica que la teología política de Lutero debe ser entendida “con el trasfondo de sus compromisos teológicos” basados en la Biblia. A partir de este fundamento, Martín Lutero elaboró la llamada doctrina de los dos reinos y la diferenciación entre esferas de autoridad terrenal y espiritual. En cuanto a Edwards, él hace un recorrido por las polémicas de Lutero, las cuales inicialmente estuvieron enfocadas en debatir, de viva voz o mediante escritos, con teólogos católico romanos. No mucho después el reformador debió confrontarse con otros que compartían sus críticas al sistema teológico/eclesial católico, pero tenían distintas propuestas de cómo enfrentarlo y llevar al cabo la renovación de la comunidad cristiana. Lutero polemizó y/o enseñó contra Karlstadt, colega en la Universidad de Wittenberg, Zwinglio, reformador de Zúrich, Tomás Müntzer y la insurrección de los campesinos, los anabautistas.
La sección titulada “Después de Lutero” la conforman tres capítulos, del 13 al 15. Robert Kolb explora “La función de Lutero en una era de confesionalización”, donde muestra el imaginario construido sobre el teólogo germano en distintos bandos: por un lado sus adversarios pertenecientes a distintos grupos, y por el otro los discípulos que prosiguieron la tarea reformadora. Lutero consolidó una confesión distinta en tiempos durante los cuales el monopolio de los bienes simbólicos de salvación los tenía la Iglesia católica romana. Hans J. Hillerbrand, especialista en la Reforma y prolífico autor acerca de la misma, ofrece en “El legado de Lutero” los aportes del ex monje agustino. Lutero dijo de sí mismo que no era sino “una maloliente bolsa de gusanos” y que esperaba a su muerte fuesen quemados todos sus libros y escritos, también manifestó que “los hijos de Dios no deberían ser llamados por mi nombre”, es decir luteranos. Como sea, la herencia de Lutero tiene alcances históricos, geográficos y culturales y las repercusiones en estos campos fueron evidentes mientras él vivía. James A. Nestingen hace un ensayo interpretativo en el capítulo “Acercamiento a Lutero”, en el cual lo disecciona como personaje y como símbolo. Lutero-símbolo representa algo más grande que su persona, y ha trascendido hasta marcar con su lid la construcción de Occidente, incluso en uno de sus extremos exóticos, como es América Latina.
La obra concluye con la sección cuarta, “Lutero hoy”. James A. Kittelson, en el capítulo “Lutero y la historia moderna de la Iglesia” hace un repaso a las distintas lecturas históricas sobre la gesta del personaje y sus resultados. Aboga por un acercamiento amplio y comprensivo del reformador para liberarlo de las mitologizaciones que han elaborado tanto sus oponentes acérrimos como sus partidarios más entusiastas. En “El significado teológico contemporáneo de Lutero”, Robert W. Jenson encuentra que las propuestas de Lutero son dinámicas, o sea tienen vigencia pero con la condición de no trasladarlas mecánicamente a nuestra propio ejercicio bíblico/teológico. Finalmente, Günther Gassman cierra el libro con el capítulo “Lutero en la Iglesia mundial hoy”. No lo dice así, pero en el análisis del autor está la propuesta para que los herederos de Lutero hagan el esfuerzo de ser selectivos en cuanto a qué preservar y qué desechar de la herencia transmitida. Me parece una buena línea para tener en cuenta a la luz del quinto centenario del inicio de la Reforma protestante. De hacerse el ejercicio habrá mucho que reivindicar en el movimiento desencadenado por Martín Lutero y, también, rémoras a ser identificadas para deshacerse críticamente de ellas.

Fuente: Protestantedigital, 2017