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lunes, 10 de octubre de 2016

El sistema militar romano en Apocalipsis



Por. Juan Stam, Costa Rica
Ya hemos mencionado la violencia y la crueldad en que se basaba el poderío romano. El segundo caballo, de color rojo como la sangre, se dedica a quitar la paz de la tierra y poner a la gente a matarse (6:3-4).
Para tal efecto, le es dada una gran espada (majairamegale). Ese término probablemente significaba una espada retorcida o sable, como era el arma del legionario romano en la expansión del imperio (Arndt Gingrich, p. 497).
Juan parece entender que el orden y la paz del imperio se basaban en la violencia, llevando esa "paz manchada con sangre" de que habló Tácito. En un solo año, 140 a.C., el ejército romano dejó totalmente arrasadas a dos ciudades importantes, Corinto y Cartago. De hecho, el imperio romano anduvo por todo el mundo mediterráneo montado en el caballo rojo del terror organizado.
Según el Apocalipsis, el dragón y sus aliados son terriblemente sanguinarios.
El dragón rojo pretende comerse al niño apenas nazca. Su agente, la bestia del mar, hace guerra contra los santos (13:7) y la segunda bestia proclama, por medio de una estatua hablante, una sentencia de muerte contra todos los que no adoran a la imagen de la primera bestia (13:15).
La ramera, alias Babilonia, está borracha con la sangre de los santos y los mártires (17.6). En ella está la sangre, no sólo de profetas y santos, sino "de todos los que han sido asesinados en la tierra" (18:24).
En conjunto el imperio representa un régimen asesino y bestial.
El capítulo 16 tiene dos referencias muy claras a la violencia y la guerra.
En primer lugar, la segunda copa transforma el mar en sangre y la tercera hace lo mismo con toda el agua dulce (16:3-4). Estas dos plagas recuerdan la primera plaga de Egipto que convirtió el Nilo en sangre, lo que una interpretación judía entendía como castigo por haber manchado las aguas del río con la sangre de los niños hebreos.
En el mismo sentido, el ángel de las aguas explica el significado de estas dos copas que cambiaron el agua en sangre: "Justo eres tú, el Santo, que eres y que eras, porque juzgas así: ellos derramaron la sangre de santos y de profetas, y tú les has dado a beber sangre, como se lo merecen." (16:5-6)
La sexta copa también, con ironía y cierto humor, denuncia el militarismo. De la boca de los tres personajes diabólicos (el dragón y las dos bestias) salen sendas ranas con una tarea mundial: ir a todos los reyes de la tierra e incitarlos a una guerra.
Las ranas representan obviamente la propaganda imperial que con sus mentiras promueve la agresión militar (16:13-14,16). La figura de ranas que llegan a todos los palacios del mundo y persuaden a los reyes no deja de ser simpática y chistosa (¡los reyes conducidos al Armagedón por tres ranas!), pero a la vez el relato nos enseña que la propaganda belicista y mentirosa es satánica.
Igual que el jinete del caballo rojo, estas ranas quitan la paz de la tierra y ponen a la gente a matar.

Fuente: Protestantedigital, 2016

martes, 13 de septiembre de 2016

Apocalipsis, Dios, el César y Roma



Por. Juan Stam, Costa Rica
Ningún libro se escribe en el vacío. El Apocalipsis, como cualquier otro libro, se entiende bien sólo en estrecha relación con su contexto.
Se escribió frente a un contexto complejo, que podemos llamar los múltiples "mundos" de Juan: su mundo político fue el imperio romano, bajo el emperador Domiciano. Su mundo geográfico fue la provincia romana de Asia Menor, aunque probablemente nació en Palestina. Su mundo existencial era la isla penal de Patmos. Su mundo literario consistió en las escrituras hebreas, la vasta biblioteca de escritos apocalípticos y rabínicos, y en menor grado los rollos de Qumrán. Su mundo espiritual, además del Antiguo Testamento, abarcó su ministerio pastoral, su llamado profético y la vida litúrgica en las comunidades.[2]
De algunas de estas áreas del mundo de Juan hemos hablado ya, y otras son de por sí evidentes.
El imperio romano a finales del primer siglo: Después de haber sido una monarquía (753-510 a.C.) y una república (509-31 a.C.), bajo el reinado de Augusto (cuyo nombre propio era Octavio) Roma se convirtió en imperio (31 a.C-527 d.C.).[3]
Augusto tomó el título de princeps senatus,[4] que a diferencia de consul no se compartía con otro colega igual ni tenía que someterse a elecciones anuales. Bajo su larga y muy eficiente administración, concentró en sus propias manos todo el poder, incluso el de vida y muerte, de guerra y paz, en Italia y en las provincias. Además, logró una sucesión pacífica del poder para su hijo adoptivo, Tiberio. Su dinastía duró hasta el suicidio de Nerón en 68 d.C.[5]
Esas reformas dieron gran estabilidad al imperio e inauguraron un largo período de pax romana.
En general, esa oferta de paz y prosperidad ganó mucha simpatía en toda la cuenca del Mediterráneo, pero el precio -el poder absoluto de las autoridades romanas- fue muy alto y llevó a muchos abusos.
La expansión de Roma se debió a la hábil combinación de diplomacia cuando era posible, y violencia y crueldad cuando eran necesarias. Como dijo Tácito, "ellos saquean, masacran y roban, y lo llaman imperio; producen una desolación y lo llaman paz" (Agrícola 30.6), e imponen "una paz manchada con sangre" (Ann 1.1).
De Herodes, que hizo matar a casi todos sus hijos como potenciales rivales, el pueblo bromeaba, "es mejor ser el cerdo (hus) de Herodes que ser su hijo (huios)". La crucifixión de Jesús, y la ejecución de Pedro y Pablo en Roma, hicieron de la violencia imperial un tema muy presente en la conciencia de los cristianos.
Una amenaza aún más seria que la persecución, según la percepción profética de Juan, era la adoración al emperador como a un dios. Este culto imperial, que ya llevaba una larga historia, era especialmente fuerte en las provincias orientales.
Ya hemos mencionado en otros artículos el gran templo al emperador en Éfeso y las presiones sociales de participar en esa idolatría. Los cristianos fieles pagaban un precio muy alto por no conformarse a la religión del imperio. Y la amenaza era mucho más grave debido a la presencia de los nicolaítas, que pretendían adorar a Cristo y a César a la vez.
Fiel heredero del profeta Elías, Juan planteó la disyuntiva radical, "O César o Cristo", pero jamás los dos.
Como cristiano, pastor y profeta en este contexto, era inevitable que Juan hablara sobre el imperio romano a través de su libro.
No debe sorprendernos la presencia enfática de ese tema; lo sorprendente hubiera sido su ausencia. Estamos acostumbrados a leer el Apocalipsis sólo espiritualmente, en clave de predicciones. Nos traumatiza cuando la interpretación del libro trae temáticas políticas, económicas y sociales, y surge inmediatamente la acusación de estar "politizando" el evangelio.
Es cierto que el mensaje bíblico no debe politizarse cuando de hecho no es político, o politizarse más de lo que es.
Pero hay otro error, que es también una infidelidad exegética, que consiste en "despolitizar" el mensaje bíblico cuando de hecho es claramente político. Es muy acertado el popular refrán, "Todo es político, pero la política no es todo".
NOTAS
[1] Revisado enero 2010.
[2] Para más detalle, ver Stam 2005:303-310, "Los siete mundos de Juan de Patmos".
[3] Augusto gobernó desde 31 a.C. hasta su muerte en 14 d.C.
[4] Originalmente "princeps" significaba "primero en la lista de senadores", tanto para presentar mociones como para discutirlas.
[5] La siguiente dinastía de los flavios (Vespasiano y sus dos hijos) terminó cuando Domiciano murió sin hijo. Hasta tiempos modernos, no ha habido un imperio más vasto y duradero. El único rival serio eran los partos, al otro lado del Éufrates.

Fuente: Protestantedigital, 2016.

domingo, 9 de marzo de 2014

La Teología de la Liberación, la Hija Pródiga

Por. Leonardo de Chirico, Italia*
Ya no se la considera como una pseudo teología empapada de la ideología marxista, sino una hija plenamente reconocida de la Iglesia.
Hubo un tiempo, hace sólo unos pocos años, cuando la simple referencia a la “Teología de la Liberación” hacía arquear muchas cejas en el Vaticano. Aquellos tiempos ya han pasado. Lo que se percibió e incluso se denunció públicamente como una de las más peligrosas amenazas a la que se enfrentaba la Iglesia Católica, se ve ahora como una legítima, por no decir también necesaria, corriente de su vida en constante expansión.
 La Teología de la Liberación como era entonces
 “La Teología de la Liberación”  es el título de un influyente libro publicado en 1973 por el teólogo peruano Gustavo Gutiérrez en el cual defendía la idea de que la teología debería estar al servicio de la liberación “integral”, es decir, la libertad económica y espiritual que surgiría como resultado de la justicia social. Era una nueva forma de hacer teología que priorizaría más el clamor de la gente “desde abajo”, que las expectativas de la jerarquía eclesiástica intelectual “desde arriba”. Haría su camino de abajo hacia arriba más bien que de arriba hacia abajo y consideraría a los pobres como el principal actor teológico antes que recibir el final de las decisiones tomadas por los ricos. También denunciaría como opresivo el  status quo  capitalista que en cambio la Iglesia Católica ha asumido en Latinoamérica. Otros destacados exponentes son Leonardo y Clodoveo Boff de Brasil, Jon Sobrino de España y Juan Luis Segundo de Uruguay.
Sus críticos relacionaron la Teología de la Liberación con la ideología marxista, la antropología materialista y la política revolucionaria, que cambiaría drásticamente la enseñanza y la práctica tradicionales de la Iglesia. La Iglesia Católica reaccionó enérgicamente contra la misma. Juan Pablo II, al tiempo que “de palabra” aparentaba estar de acuerdo con las inquietudes expresadas por la Teología de la Liberación, fue muy activo en tratar de silenciarla tanto como pudo. A mediados de la década de los ochenta su perro guardián teológico, el Cardenal Ratzinger, entonces a cargo de la Congregación para la Doctrina de la Fe, trabajó muy duro para limitar su influencia. Esos días se han acabado. ¿Por qué?  Mutatis mutandis , ¿la Teología de la Liberación ha cambiado su mensaje fundamental o la Iglesia ha modificado su postura? Lo último parece ser lo cierto.
 La Teología de la Liberación como es ahora
Dos variaciones sustanciales han hecho posible este cambio. Una es, por supuesto, que desde el año 2013 el Papa es latinoamericano. Si bien no se puede clasificar a Francisco como liberacionista, comparte, no obstante, la preocupación por los pobres, el interés por los límites del mundo y el reconocimiento del catolicismo popular. El, sencillamente, parece que no ve las categorías marxistas funcionando en y mediante lo que la Teología de la Liberación intentaba articular. El “Evangelio suave” del Papa pone menos énfasis en los temas ideológicos y teológicos y al hacerlo así ha suavizado significativamente la controversia. El otro cambio es que el actual dirigente de la Congregación para la Doctrina de la Fe es el Cardenal Gerhard Ludwig Müller (desde 2012), alemán al igual que Ratzinger pero, a diferencia de su predecesor, discípulo y admirador de Gustavo Gutiérrez. Roma está ahora en la posición de valorar de nuevo la Teología de la Liberación, incluso más allá de las pasadas evaluaciones críticas y las medidas disciplinarias.
Dos libros recientes escritos por Müller ilustran la forma en que el Vaticano contempla ahora la Teología de la Liberación desde una perspectiva completamente diferente. “ An der Seite der Armen: Theologie der Befreiung”  (Del Lado de los Pobres: La Teología de la Liberación) es un título alemán que el Cardenal escribió en 2004 con el propio Gutiérrez. “ Povera per i poveri: La missione della chiesa”  (Pobres para los pobres: La misión de la Iglesia) es un título que acaba de publicarse en 2014 por la Vatican Press.
En estos libros tan sofisticados, Müller argumenta que la Teología de la Liberación es una teología “regional” que encuentra su hogar en la “catolicidad” de la Iglesia Romana y continúa con la teología clásica de la iglesia. Fue precedida por la  Nouvelle Théologie  (Nueva Teología) la cual antecedió al Vaticano II y con posterioridad fue preparada por la teología de Karl Rahner. Desde Henri De Lubac, la Teología de la Liberación aprendió que la gracia obra dentro de la naturaleza y no fuera de ella. Desde Rahner adoptó la idea de que la gracia se encuentra ya en la naturaleza y no es algo ajeno a la misma. Desde el punto de vista de Müller, la Teología de la Liberación es una aplicación regional de lo que la corriente principal de la teología católica había ya afirmado antes y después del Vaticano II.
La Teología de la Liberación ya no se considera como una pseudo teología empapada de la ideología marxista, sino una hija plenamente reconocida de la Iglesia que se tomó seriamente la reorientación que el Vaticano II dio a la teología católica y la puso en práctica en el contexto particular de Latinoamérica. Este es el último ejercicio de la catolicidad romana, por el cual algo que está en aparente conflicto es visto en su lugar como una parte del todo, o sea, la síntesis católico romana. 


Fuente: Protestante Digital 2014