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viernes, 13 de abril de 2012

Para los judíos mesiánicos, creer en Jesús no significa dejar de ser judíos

Por. Rabino Yosef Harvey Koelner
Los judíos mesiánicos consideran que siguen siendo judíos y han ‘completado’ su fe al creer en Jesús.
Los judíos mesiánicos, aquellos que aceptan a Jesús como el Mesías -el ungido de Dios- forman comunidades en muchos países, incluyendo Israel, y se reúnen en las llamadas ‘sinagogas mesiánicas’.
Estados Unidos es uno de los países con comunidades mesiánicas más fuertes, de las cuales salen misioneros para otras partes del mundo. El rabino Yosef Harvey Koelner, de la sinagoga Beth Avinu, en Florida, explica que aunque su rito es muy parecido al tradicional, con lecturas y cánticos de la Biblia, la diferencia fundamental es que "los ortodoxos todavía están esperando al Mesías y no creen que Y'shua -como se llama a Jesús en hebreo- es el Mesías". Añade que los ortodoxos "creen que adorar a Y'shua como el Mesías es idolatría, porque su doctrina dice que un hombre no puede ser igual a Dios".
El rabino hace referencia a que Jesús era judío y predicaba en las sinagogas, donde relataba sus parábolas y salía al paso de los desafíos que le presentaban los fariseos. La mayoría de los judíos de la época de Jesús no creyeron en él porque no vieron cumplirse las profecías tal como ellos las entendían: esperaban un rey que los liberara del yugo romano. Para ellos, Jesús es un personaje histórico, pero ni siquiera es un profeta, tal como lo reconocen los musulmanes.
FE COMPLETA
En el altar de la sinagoga está la Torá –en hebreo- y el Pentateuco, es decir, los cinco primeros libros de la Biblia, escritos por Moisés. El rabino Koelner explica que los judíos mesiánicos no se consideran cristianos, como el resto de denominaciones o grupos que siguen a Jesús, en el sentido de que siguen siendo judíos y han ‘completado’ su fe al creer en Jesús. "Al principio todos los creyentes eran judíos o gente que asistía a la sinagoga. El contexto del Nuevo Pacto -el Nuevo Testamento- es judío", dice Koelner. "Durante el primer siglo después de Cristo había mucho interés en el judaísmo en el mundo romano y muchos en las sinagogas estudiaban las escrituras hebreas", señala el rabino. Se sabe que Pablo fue quien predicó el Evangelio a los gentiles, es decir, los no judíos.
El rabino explica que pronto la creencia en Jesús empezó a acomodarse a las circunstancias. El emperador Constantino, convertido al cristianismo, cambió el día de fiesta semanal "porque en el mundo romano había muchos paganos que adoraban a su dios el domingo, día del sol". En esos tiempos, se impusieron reglas "para subyugar a los paganos" y convertirlos al cristianismo, afirma.
MANTENER LA CULTURA
Creer en Jesús no significa para los mesiánicos cambiar de religión ni abandonarcultura. "Como judíos mesiánicos es nuestro deseo mantener nuestra cultura, costumbres y creencias , y celebrar el Shabbat -el sábado, el día sagrado-, porque Y'shua dijo que vino a los corderos de la casa de Israel", su explica el rabino.
En su opinión, lo que ocurrió cuando se institucionalizó el cristianismo en Roma -el actual catolicismo- es comparable con el sincretismo religioso que se dio en América Latina con la llegada de los europeos, con lo cual santos y vírgenes tienen su equivalente en creencias indígenas o cultos africanos. "Cuando yo era estudiante en México, había una iglesia católica sobre una colina, pero descubrieron que fue edificada sobre un templo azteca. Fue para subyugar a los indios, que continuaron adorando a su dios en el mismo lugar pero cambiando la forma de su templo. Casi en todos los países de Centro y Sudamérica hay una virgen, porque los dioses de los aztecas, mayas e incas los reemplazaban", relata.
RECHAZO DE LOS ORTODOXOS
El judaísmo mesiánico no es reconocido por el judaísmo tradicional. La relación entre ellos es "de odio", afirma con tristeza Koelner. Richard, uno de los feligreses de la sinagoga que él lidera en Florida, agrega: "No sólo no existe una relación, sino que hay mucha división: los ultraortodoxos no aceptan al resto de los judíos, que consideran ciudadanos de segunda clase".
Koelner nació en Chicago y creció como judío ortodoxo. A los 19 años tuvo una experiencia espiritual que terminó haciéndolo creyente en Jesús y que años después lo llevó a formar parte del judaísmo mesiánico. Ha tenido la experiencia de vivir en Israel, país que considera su patria, pero uno de los problemas de los judíos mesiánicos es que en Israel no hay división entre Estado e Iglesia. "Según la ley rabínica soy judío, pero según la ley de inmigración no, porque cambié de religión y no tengo derecho a vivir en Israel automáticamente"."Es difícil, porque mi corazón está allá, es mi tierra. En EE.UU. me siento como pez fuera del agua. Estoy esperando el permiso del Ministerio del Interior desde 2008. ¿Por qué? Porque creo en Y'shua. Me duele mucho", añade.
EL JUDAÍSMO MESIÁNICO
Esta fe como tal surgió en el siglo XIX en Londres como un movimiento judío-cristiano y paralelamente en Hungría, mientras que en 1915 se organizó en EE.UU. y en 1925 a nivel internacional. Para la década de 1960 se renovó en este último país con el nombre de judaísmo mesiánico. La congregación en Florida, liderada por el rabino Koelne, está integrada por judíos ortodoxos que aceptaron a Jesús, israelíes, afroestadounidenses e hispanoamericanos, desencantados de la Iglesia católica, evangélicos y personas que están descubriendo sus raíces judaicas, que se remontan al descubrimiento de América.
"En América Latina hay un interés tremendo, porque mucha gente está descubriendo sus raíces judías", comenta, mostrando un libro con los apellidos españoles de origen sefardí, los judíos que fueron expulsados por los Reyes Católicos antes del primer viaje de Cristóbal Colón. "Hay muchos libros sobre la historia de América Latina y se sabe que de judíos se mudaron al nuevo continente, al principio a Brasil y al norte de México y el Mar Caribe", concluye.

Fuentes: BBC Mundo


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miércoles, 11 de abril de 2012

Un protestantismo vivo

Por. Juan Antonio Monroy, España

Unamuno era partidario de una Reforma religiosa española “que fuera a nosotros lo que la Reforma del XVI fue a los países germánicos, escandinavos y anglosajones”.
El pasado 8 de febrero inicié en PROTESTANTE DIGITAL una serie de artículos encaminados a destacar las posibilidades del protestantismo en la España de hoy. He escrito sobre protestantismo en la sociedad del momento, la necesidad de crear iglesias fuertes, llevar la iniciativa en temas de educación primaria, secundaria y universitaria, crear programas para cristianizar a los intelectuales, los licenciados universitarios, los artistas, los deportistas, los políticos; conceder atención especial a los medios de comunicación, desarrollar la economía de la iglesia local.
Naturalmente, han sido ideas sueltas y de poco espacio. El sumario podría ser ampliado hasta convertir cada artículo en capítulo de libro y componer una obra de regulares dimensiones. Esa no es, al menos por el momento, mi intención, cuando trabajo en tres libros al mismo tiempo.
Con el artículo de esta semana pongo punto final a la serie, discurriendo sobre la importancia y necesidad de un protestantismo vivo . Vida es proyección y esperanza. Frialdad es mediocridad y desaliento. Muerte es el entierro de las ideas y de la fe.
Soy consciente de que algunos líderes protestantes, a quienes con preferencia me dirijo, dirán que el programa presentado en los artículos escritos es irrealizable. O dirán otros que no, que es insuficiente. Hay que decir también por qué no. De los optimistas es el reino de los cielos. De los pesimistas es el reino del lamento y de la inoperancia.
El protestantismo español, más apagado que encendido, debe optar por recuperar la energía que tuvo en tiempos pasados, plantear proyectos ambiciosos a la sociedad. Hay que plantar cara al secularismo, al ateísmo, a la indiferencia religiosa que mata el alma del ciudadano. Desde nuestra oposición religiosa –lo somos- se nos abre la posibilidad de plantear un auténtico reformismo en las concepciones espirituales del pueblo . Podría ser un camino para recuperar a las masas alejadas de Dios y de cualquier tipo de iglesia.
Entre nosotros se impone un regreso a las fuentes que iluminaron las estrellas en Belén. Volver al Cristianismo primitivo, el Cristianismo vivo, el Cristianismo de Cristo, porque Cristo es la vida, vida regenerada y regeneradora.
En un encuentro internacional de filósofos celebrado en Murcia se dijo que el Cristianismo está cansado y extenuado, que hay que recurrir al Oriente en busca de sustitutos religiosos. El catalán Eugenio Frías, preocupado por los temas del espíritu, confirmó en su contribución que el pensamiento occidental, sustentado por los principios del Cristianismo, está cansado y si quiere revitalizarse tiene que abrirse al diálogo con Oriente.
¿Es verdad todo esto? Yo grito que no. Que el Cristianismo no se revitaliza acudiendo a las ideas religiosas de Oriente. Esas filosofías, en las que abundan los ídolos y las imágenes, carecen de vida espiritual. No transmiten la energía interior que el auténtico Cristianismo imprime en el alma de sus fieles seguidores.
En España, ¿está agotado el protestantismo cristiano? ¿Ha dado de sí todo cuanto podía dar? ¿Necesita este país otras vías religiosas? ¿Llevan razón quienes dicen que el protestantismo se ha quedado atrás, que ya no puede satisfacer las necesidades religiosas y espirituales del ser humano?
Paparruchas.
La verdad es otra. El protestantismo, que nació de la Reforma religiosa del siglo XVI, necesita una nueva reforma. Abrirse a las exigencias de los tiempos modernos y dejarse de batallas hermenéuticas como mi interpretación del capítulo tal versículo cual es más acertada que la tuya . ¿Qué se logra con esas trifulcas a bibliazos limpios? ¿Confundir a los sinceros buscadores de la verdad?
La letra mata. El espíritu da vida. Vida espiritual, vida de Dios y de Cristo es lo que los españoles necesitan como el comer, no disquisiciones teológicas que en veinte siglos sólo han logrado convertir la sencilla doctrina de Cristo en un monumental rompecabezas donde una pieza no encaja con la otra. Esta hora no es la hora de un protestantismo excluyente, fanático, monopolizador de la conciencia.
Decimos que nuestro origen está en el pesebre de Belén, en el primer siglo de la era cristiana, y decimos bien. Pero a qué engañarnos. El protestantismo que nos distingue procede de la Reforma religiosa del siglo XVI. Hoy se impone una nueva reforma. Unos 500 protestantes alemanes, miembros de una denominación llamada CRISTIANOS POR LA VERDAD, se dirigieron en 1997 a la ciudad de Wittemberg y clavaron otras 95 tesis en la misma puerta del templo donde Lutero llevó a cabo un gesto similar el 31 de octubre de 1517. Los manifestantes abogaban por una nueva Reforma. Según ellos, “en las iglesias protestantes de nuestros días hay de todo menos Palabra de Dios. Se está comercializando la fe y el culto. El liberalismo teológico está acabando con el impulso evangelístico. La declinación moral del Estado y de la sociedad es una consecuencia de la corrupción doctrinal del protestantismo”.
Miguel de Unamuno era partidario de una Reforma religiosa española. En 1915 escribió una carta al pastor protestante español José María Ripoll, entonces residente en Cuba. Le decía: “En España hace falta una Reforma nuestra, indígena, española, no de traducción, pero que fuera a nosotros lo que la Reforma del siglo XVI fue a los países germánicos, escandinavos y anglosajones. Hay que cristianizar a España, donde aún persisten las formas más bajas del paganismo, sancionadas, de ordinario, por la Iglesia católica”.
Esta nueva Reforma española, esta cristianización o recristianización de España, no puede llevarla a cabo la Iglesia católica. La tarea corresponde a un protestantismo vivo, unido, con las fuerzas espirituales suficientes para cambiar la mente y el alma de los españoles .
No podemos atrincherarnos en las páginas de la Biblia para anunciar ideas milenarias, exceptuando la vida y la obra del Salvador. Se precisa conocer las inquietudes íntimas y el mundo exterior del hombre español. Tanto el norteamericano de origen japonés Francis Fukuyama en su libro EL FIN DE LA HISTORIA Y EL TERCER HOMBRE, como el también americano Alvin Toffler en LA TERCERA OLA, coinciden en que el hombre del siglo XXI es más digno de misericordia que de castigo, teniendo en cuenta la siniestra historia heredada de siglos anteriores. A éste hombre no podemos martirizarle con los nueve círculos del infierno del Dante. Hay que llegar a él con un Dios humano, humanizado. Hacer del Padre nuestro que está en los cielos un Padre nuestro que se preocupa por los problemas de sus criaturas en la tierra.
Ni frio ni tibio, hoy necesitamos en España un protestantismo de fuego, llamas que ardan en el interior de las iglesias y quemen entre las hogueras de Dios la apatía espiritual de su pueblo.

Autores: Juan Antonio Monroy

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lunes, 9 de abril de 2012

Catedral de Cristal: rota por “el fracaso de un modelo”

Por. Lucas Leys, EE.UU.

Fue en Febrero del año 2009, cuando se conoció el inicio del desmoronamiento financiero que comenzaba a vivir la Catedral de Cristal. En aquella iglesia pastorearon algunos líderescristianoshispanos, pero Lucas Ley ha sido uno de los pocos de ellos que aborda públicamente el derrumbe de la mega-iglesia, una de las iglesias más importantes de Estados Unidos. Leys, se atrevió a reflexionar respecto al tema en su blog, con el título de: “El Fracaso de la Catedral de Cristal”.
Tiene el valor añadido a de que su análisis no lo hace desde afuera, sin saber en profundidad cómo funcionaba la Catedral, sino que lo hace desdeel interior, pues él perteneció a la congregación hispana como pastor de jóvenes por 6 años desde 2002 hasta 2009.
Cabe mencionar que Lucas, en su análisis no se enfoca en eltrabajoque ha hecho Dante Gebel en la congregación hispana de Catedral de Cristal sino más bien en el papel de liderazgo de Robert Shuller, citando “tres errores que se cometieron en la Catedral, que los pastores latinos de las próximas generaciones, debemos evitar”.
1.CONSTRUIR TEMPLOS CON EL EGO Y NO CON LA CABEZA.
Aquí Lucas, afirma que Schuller, “se dio cuenta que toda iglesia que construye templos, crece. ¿Y cuál es el problema de eso? Ninguno, si al hacer el templo se presupuesta pensando también en los costos de mantener el templo ¿Por qué? Porque esta es lasorpresa: Cuesta mucho más caro mantener un templo que construirlo y una vez construido ya no hay metavisibley es mucho más difícil motivar a la gente porque ahora hace falta pagar el aire acondicionado, las cuentas de luz y el agua de los baños”.
Desde el mismo punto Lucas, dice que la funcionalidad de Catedral de Cristal era una pesadilla en cuanto a su estructura interior. “Así los problemas seguían y seguían. (y encima Schuller decía que él era un gran arquitecto y la congregación le aplaudía cuando lo decía…)”.
Otro aspecto importante dentro de este mismo punto es que “el dinero con el que se construía (la Catedral) no venía de la congregación sino de ofrendas especiales de gente rica externa que de tanto en tanto le donaba a Schuller. O sea, no había nada de malo en usar esas ofrendas pero es muy peligroso hacer presupuestos millonarios basados en ofrendas esporádicas y no en la congregación estable” .
“ Y por último, todo el gasto descomunal en el templo y el campus había causado una cultura de que todo era tan valioso que era inmodificable y hasta sagrado . Aunque no funcionara, al haber costado tanto, no se podía cambiar nada. La congregación estaba para servir al templo y no el templo a la congregación”.
2. RODEARSE SÓLO DE CHUPAMEDIAS Y EL NEPOTISMO
El segundo punto de Lucas causa mucha gracia por el término popular que emplea al decir “chupamedias” en vez decir “adulador” que según el líder de jóvenes, había o hay en Catedral de Cristal, porque de ese tipo de personas estaba rodeado Robert Shuller.
“El staff de la iglesia le tenía miedo al pastor. Cuando el pasaba o se acercaba todos actuaban como que estuvieran tratando de encubrir algo. Primero lo noté en las secretarias y los servidores pero al ir a reuniones de pastores me di cuenta que también era una cultura. Todos le decían a Schuller, lo que quería escuchar en vez de lo que tenía que escuchar”.
“ Yo llegué jovencito y sin conocer demasiado de él, pero la mayoría de los que trabajaban en la iglesia a diferencia de mí, le habían visto lograr tantas cosas a impresionar a tanta gente que le tenían tanta admiración que les había hecho olvidar una premisa bíblica fundamental: todos somos pecadores y nos equivocamos, y el pastor también ”.
Otra cuestión que plantea Leys, es que según él cuando la familia Shuller estuvo al frente,el personalse componía de dos tipos de personas: “empleados y familia”, inclusive hasta nocristianos . “Éramos una empresa con empleados y no una comunidad de hermanos siervos”.
“En todos los puestos claves de la iglesia había un familiar y siempre lapregunta que vagaba por el aire era: ¿Está ahí porque es bueno o por qué es familia? y la repuesta se demostró con sus dos sucesores: Su hijo llevó a la congregación de 10.000 a 1.000 miembros en pocos años y luego su hija terminó de rematar el ministerio. (y no es porque no había buenos pastores disponibles que no pudieran hacer el trabajo)”.
3. NO INVERTIR EN LOS JÓVENES Y TENER ESTRATEGIAS ETERNAS
Leys, también toca un punto muy crucial donde él tiene una vasta experiencia y es la delministerio juvenil, tanto así que dice que la Catedral de Cristal “nunca tuvo unministerio juvenilsano”, porque “Schuller no se dio cuenta que la congregación iba envejeciendo con él y no se estaba haciendo demasiado para atraer a las nuevas generaciones”.
Tampoco supo Shuller discernir la diferencia entre “un templo lleno y una iglesia fuerte” , que careció de “un poderoso ministerio de niños y un estratégico ministerio de adolescentes”. “La congregación no es que solo se le fuese yendo, sino simplemente también «muriendo» y no lo digo en sentido figurado”, dice Leys.
Cree también Leys que Shuller, pensó que sus estrategias y su modelo de crecimiento de iglesia no necesitaban actualizarse . “El formato de TV que por tantos años fue un éxito, ahora estaba quedando atrás pero el líder estaba convencido que no había nada que cambiar”, así que al final “lo mismo que hizo grande a la catedral también fue lo que la arruinó. La misma persona que la levantó fue la persona que la destruyó”, dice Lucas.
Más al fondo, Lucas, exhorta fuertemente diciendo que muchas congregaciones han sido edificadas “por vanidad y no practicidad”, advirtiendo que hoy las iglesias necesitan personas que trabajen por amor y no por temor, también líderes que se dediquen a servir a la comunidad y no a su prominencia” .
Como Lucas, pensó que las críticas le vendrían de muchos frentes, formuló las siguientes preguntas con respuestas:
“¿Creo que está mal edificar templos grandes y confortables? Por supuesto que no, y tengo claro que lo que en un lugar y para una congregación puede ser inapropiado puede ser apropiado en otra. Lo importante es que no sea el ego lo que inflame la llama y que siempre se tenga claro que la iglesia está formada por personas y los edificios son solo secundarios.”
“¿Creo que está mal que una iglesia contrate profesionales e incluya a la familia del pastor? Tampoco. Es lindo ver a familias enteras sirviendo al Señor. Pero no debe ser el pastor quien los elija sino la congregación porque esa es la versión bíblica de cómo se eligen lideres en la iglesia. Y respecto a empleados, qué bueno que tengamos mucha gente a tiempo completo en nuestras congregaciones, pero el pastor tiene que ser proactivo en rodearse de personas que le hablen con plena franqueza sin ningún tipo de temor a ninguna represalia y por eso no puede solamente estar rodeado de personas a las que le paga un sueldo.”
“Por último: ¿Creo que está mal confiar que las estrategias que nos trajeron hasta acá nos llevarán hasta allá? Definitivamente. Lo que sirve hoy no necesariamente servirá mañana. El único que no cambia es Cristo y lo sagrado es la palabra y la misión pero los métodos deben ser siempreactualizados.”
Fama y multitudes no es sinónimo de influencia y vidas cambiadas. El fracaso de la catedral es el fracaso deun modeloy no solamente de una institución o ministerio. Para nosotros, es una advertencia. Que un ministerio sea prospero hoy no significa que lo será mañana .
El artículo de Lucas Leys, fue publicado en el blog de su página el 2 de abril. Hay una segunda parte titulada: “El Fracaso de la Catedral de Cristal II”, en la que él aclara que su exposición no fue con la intención de atacar el ministerio y desarrollo que tuvo Dante Gebel en Catedral de Cristal a quien lo considera un gran colega y amigo, además que Lucas, cuando se retiró de la mega congregación, le habían pedido que regresara pero él dijo no, y cuando se le pidió que recomendara a alguien no dudó en decir que Dante, era el más indicado para pastorear la congregación hispana de Catedral de Cristal.

Fuente: www.lucasleys.com
Autores: Lucas Leys

©Protestante Digital 2012

domingo, 8 de abril de 2012

“EL ÚLTIMO ENEMIGO QUE CRISTO VENCERÁ ES LA MUERTE” (I Co 15.1-26)

Por. Leopoldo Cervantes-Ortiz, Mexico

Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe.
I Corintios 15.13-14
Obsesionado con el tema de la resurrección de Jesús, Pablo escribió prácticamente un tratado completo al respecto, el cap. 15 de I Corintios. Su introducción es un resumen de las enseñanzas básicas que recibió como nuevo creyente y de la manera en que Cristo se manifestó a sus seguidores después de la resurrección (vv. 1-11). A continuación, presenta de manera polémica su preocupación principal: “Pero si se predica de Cristo que resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos?” (v. 12), con base en algunas afirmaciones presentes en medio de la comunidad. Es imposible no recordar la manera en que el apóstol afrontó el rechazo y la burla al exponer este mismo asunto, nada menos que en el Areópago de Atenas (Hch 17.16-34), en donde tuvo que interrumpir su discurso, justamente al afirmar la resurrección de Jesucristo ante un público reacio a aceptar la recuperación “metafísica” de las realidades corporales.
Vanas serían la predicación y la fe y si Cristo resucitó, argumenta Pablo (vv. 14, 17), para luego afirmar categóricamente. “Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho”. (v. 20). La firmeza con que expone sus argumentos se complementa con la manera en que encadena, a partir del v. 21, las raíces antiguas, en la revelación histórica de Dios, de los sucesos. Si por una sola persona entró la muerte al mundo, agrega, por una también la resurrección (v. 21), y si en el Adán bíblico“todos mueren”, “en Cristo serán vivificados” (v. 22). El orden de salvación es muy claro para él:
a) “Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias” (v. 23a);
b) luego los que son de Cristo, en su venida (v. 23b);
c) Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia (v. 24);
d) Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies (v. 25);
y e) Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte (v. 26)”.
Esta sucesión de acontecimientos escatológicos evidencia la forma en que se encadena la actuación histórica y suprahistórica de Dios con la existencia humana a fin de conducirla por los senderos misteriosos de la vida y la muerte para así establecer, con todo ello, la victoria de Jesucristo, Hijo de Dios, sobre todos los ámbitos. El propósito es firme: “La meta de Pablo […]es que aquellos corintios que están negando la posibilidad de la resurrección de los muertos en Cristo se den cuenta de la amplitud del impacto de la resurrección de Cristo sobre sus hermanos y hermanas muertos en Cristo sobre la historia entera de la humanidad y sobre la muerte y los poderes malignos del mundo que bien conocen”.[1] Ciertamente, no se deja de reconocer que el enemigo, por así decirlo, más difícil de someter, es precisamente la muerte. Y es que el apóstol entiende, como continúa en su discurso, que si Jesucristo ha sometido todas las cosas (vv. 27-28), la muerte inevitablemente perderá su poder también. Sus palabras se atropellan un tanto, en su afán por demostrar, a los ojos y oídos de la fe, que la resurrección no es un mito ni una patraña, sino que es, nada menos, que el fundamento de la salvación conseguida por Jesucristo. Bautizarse en su nombre, si él no volvió a la vida, sería vanidad (v. 29).
En los vv. 30-34 no duda en combinar su testimonio con una afirmación de corte místico y en contradecir a los epicúreos con un lenguaje apasionado: “Os aseguro, hermanos, por la gloria que de vosotros tengo en nuestro Señor Jesucristo, que cada día muero” v. 31). Y: “Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, porque mañana moriremos” (v. 32). La relación que ve entre la resurrección y una vida cotidiana nueva, transformada, es muy clara. Pero nuevamente regresa a la polémica y en ella se sostiene durante el resto del capítulo hasta afirmar triunfalmente y con su correspondiente cita del A.T.: “He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. […] ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (vv. 51-52; 55-57).
La inevitabilidad de la muerte no es el problema que ve Pablo sino todo lo que ella representa y la manera en que, mediante sus “armas”, se hace presente en el mundo para deshumanizar y, sobre todo, restar la esperanza humana en una vida plena, auténtica y libre. Su resistencia al plan divino la coloca como “último enemigo” en el horizonte de la consumación del designio redentor, pues se desdobla en diversas manifestaciones: enfermedades, tragedias, crímenes, violencia, etcétera, pero en ninguna de ellas podrá prevalecer ante el poder de Dios manifestado en Jesucristo.
Y la muerte no impondrá su reino
Dylan Thomas (Inglaterra, 1914-1953)
Y la muerte no impondrá su reino.
Desnudos hombres ya muertos se confundirán
Con el hombre en el viento y la luna del oeste;
Cuando los huesos sean descarnados y los ya mondados se hayan ido,
Habrá estrellas en torno al pie y entre sus codos
Y aunque pierdan la razón no perderán su lucidez
Aunque se hundan bajo el mar de nuevo en vilo se alzarán
Pues se acaban los amantes mas no el amor
Y la muerte no impondrá su reino.
Y la muerte no impondrá su reino.
Quienes yacen tendidos
Bajo interminables pálpitos del mar
No morirán palpitando de terror:
Retorciéndose en el potro en tanto el músculo se afloja
Y abiertos en canal, su esqueleto ha de resistir;
La fe gemirá en sus manos al partirse en dos
Y demonios unicornes los penetrarán,
Pero aun así, hendidos de principio a fin, no van a crujir
Y la muerte no impondrá su reino.
Y la muerte no impondrá su reino.
El grito de la gaviota puede no estallar en sus oídos
Ni una ola ruidosa romper en la costa;
Donde una flor brotó quizá ya no exista ninguna
Que al golpe de la lluvia alce la frente;
Pero aunque estén ebrios y muertos como clavos
Y las calaveras hundan con su martilleo a las margaritas
Ellos golpearán al sol hasta que sus puertas cedan
Y la muerte no impondrá su reino.[2]

Versión de Marco Antonio Montes de Oca (México, 1932-2009)


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[1] Efraín Agosto, 1 y 2 Corintios. Minneapolis, Augsburg, 2008 (Conozca su Biblia), p. 122.
[2] M.A. Montes de Oca, sel. y pról., El surco y la brasa. Traductores mexicanos. México, FCE, 1974 (Letras mexicanas), pp. 335-336.

sábado, 7 de abril de 2012

COMUNIÓN, FRATERNIDAD Y COMPROMISO CON JESUCRISTO

Por. Leopoldo Cervantes-Ortiz, México

Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí.
I Corintios 11.23-24
I Corintios 11 comienza con una afirmación sorprendente del apóstol Pablo: “Imítenme a mí, como yo imito a Cristo” como enlace de una serie de instrucciones para el comportamiento de los creyentes en una ciudad muy conflictiva. Las urgencias pastorales en Corinto, producto de las características culturales de la ciudad, obligaron al apóstol, que conocía muy bien el ambiente (estuvo allí cuando menos en tres ocasiones), a responder con orientaciones muy específicas en las que él aprueba, objeta o modifica determinadas posturas de la comunidad. Explica Rolando López: “Ciudad muy rica, gracias a su posición estratégica entre dos mares con un puerto hacia el Egeo (Cencreas) y otro hacia el Adriático (Lequeo), Corinto fue una ciudad eminentemente comercial y punto de encuentro entre oriente y occidente. Resalta su carácter cosmopolita; en la época de Pablo habitaban en ella entre quinientos y seiscientos mil habitantes de diversa procedencia. Desde el punto de vista social, existía un gran desequilibrio entre ricos y pobres. Entre estos últimos se dieron las primeras conversiones (I Co 1.26ss)”.[1]Al escribir sobre el orden y la fraternidad que debía haber en las asambleas litúrgicas y criticar las tendencias al divisionismo (I Co 11.17-19), el apóstol se concentra en los momentos sacramentales, ligados a la cotidianidad de las casas, algo que no se alteraba y que se insertaba en las prácticas comunitarias. Irene Foulkes resume la conflictividad que afloraba en los actos eucarísticos:
Las causas de los conflictos dentro de iglesia naciente no se limitaban a las condiciones internas de cada comunidad sino que en gran medida se encontraban ligadas a otros conflictos en su entorno socio-político y económico. […] …el conflicto surgía por el acceso desigual a los bienes no materiales valorados por el grupo. En la iglesia primitiva estos bienes incluyen el derecho al ingreso y la participación en el liderazgo. […]
Una vez adentro, ¿quiénes tenían acceso a una participación que iba más allá de una presencia pasiva como catecúmenos o comulgantes? ¿A quiénes se les reconocía el derecho a la palabra y al liderazgo dentro de la iglesia? ¿Cuál era la interacción de factores religiosos, socio-económicos y de género en el debate sobre estas cuestiones?[2]
Pablo introduce la sección al referirse a la tradición que había recibido (v. 23; cf. 15.3) y procede a aplicar un criterio a la situación de Corinto. Allí, algunas personas se hartaban y se emborrachaban mientras sus hermanos pobres pasaban hambre y vergüenza. Porque el contexto de toda la carta era la división entre “fuertes” y “débiles”: “Los fuertes lo son seguramente en ciencia, pero a la vez también en bienestar económico. Mientras los débiles lo son a la vez en ciencia (o cultura) y en nivel social. Son estos los que tal vez se quejan a Pablo de que los demás ‘comen carne’. Los pobres, como siempre, no podían, y al menos querían aprovechar las fiestas paganas para comer gratis”.[3] Corrían los años 50-55 y el escenario puede reconstruirse: reunidos una vez por semana, el grupo tenía una cena comunitaria, seguramente en la casa de algún creyente de recursos, los demás participantes comían su propia cena y no esperaban a quienes llegarán tarde porque terminaba tarde su jornada laboral. Algunos de los otros comienzan a emborracharse, lo que ocasionaba una situación de evidente falta de fraternidad (v. 21: “Porque al comer, cada uno se adelanta a tomar su propia cena; y uno tiene hambre, y otro se embriaga”). Luego pasaban a celebrar la eucaristía. “Pablo va a demostrar que una reunión de estas características es exactamente lo contrario de lo que Cristo pensó cuando nos encargó que celebráramos la eucaristía. Es un pecado social: no contra Cristo directamente, o contra la eucaristía mal celebrada en sí misma. El pecado está en la cena previa y es un pecado contra los hermanos: “despreciáis a la comunidad de Dios… avergonzáis a los que no tienen’”.[4]Sin fraternidad auténtica, no puede existir comunión ni compromiso con Jesucristo. La verdadera solidaridad es el fruto de la genuina comunión con Jesucristo, de ahí que nadie pueda presumir de estar en muy buenas relaciones con él si su trato con los semejantes es pésimo. El apóstol no puede alabar estas reuniones (vv. 17, 22) porque hay divisiones y cismas, sectores dentro de la comunidad, unos que pueden comer su propia comida y otros que no tienen. “Eso no es comer la cena del Señor”, dice el apóstol (v. 20), porque ésta produce comunión efectiva con Cristo y nuevas relaciones entre seres humanos. La argumentación paulina es intensa: lo que hacen los corintios en la Cena no es la intención original del sacramento instituido por Jesús de Nazaret. El pecado es contra la comunidad (v. 22): desprecian al grupo y avergüenzan a quienes no tienen, se trata de ostentación y falta de solidaridad.[5] Entonces viene al caso, en esta línea de ideas, la mención del origen del sacramento. Una celebración viciada de este modo no puede ser un memorial de la muerte de Cristo capaz de proclamarla adecuadamente (v. 26).
Participar en la celebración, incluso sin recordar con insistencia las palabras de Jesús, ya es un acto proclamador, una “condensación de todo el misterio de la pascua que se entiende siempre presente y operante en medio de la comunidad” (Aldazábal), porque la Cena ocupa el tiempo intermedio hasta la manifestación plena del Reino de Dios (v. 26b). Mientras tanto, la comunidad es desafiada a vivir en comunión, compromiso y fraternidad. Como concluye Aldazábal:
Que Pablo dé tanta importancia a la fraternidad, en el contexto de la eucaristía, es una idea que concuerda con el espíritu de Mt 5.23 (reconciliarse con el hermano antes de ofrecer en el altar) y con el lavatorio de los pies de Jn 13. La eucaristía como constructora de la comunidad es también una idea que ya se encuentra implícita en la noción misma de la alianza, en la entrega de Cristo el Siervo por los muchos, y en el espíritu de toda cena pascual para los judíos. […]
Por parte de la comunidad, además de la celebración ritual, hace falta una actitud interior de fraternidad. Recibir ‘dignamente’ el cuerpo y sangre del Señor […] significa la actitud de la caridad fraterna, ‘reconociendo’ en la comunidad al cuerpo de Cristo e imitando la entrega por los demás del mismo Señor”.[6]

Jesús es alimento y juez al mismo tiempo.

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[1] R. López, “La cruz en 1 y 2 Corintios. Cartas desde la práctica de las comunidades”, en RIBLA, núm. 20, www.claiweb.org/ribla/ribla20/la%20cruz%20en%201y2%20corintios.html
[2] I. Foulkes, “Conflictos en Corinto. Las mujeres en una iglesia primitiva”, en RIBLA, núm. 15,
http://claiweb.org/ribla/ribla15/conflitos%20en%20corinto.html
[3] José Aldazábal, La eucaristía. Barcelona, Centre de Pastoral Litúrgica, 1999, p. 82.
[4] Ibid., p. 88. Énfasis agregado.
[5] Ibid., p. 89.
[6] Ibid., p. 95. Énfasis agregado.

viernes, 6 de abril de 2012

LA ANTIGUA HUMANIDAD FUE CRUCIFICADA CON JESUCRISTO (Ro 6.1-14)

Por. Leopoldo Cervantes-Ortiz, México.
…sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado (sunestauróthe) juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido (katargethê), a fin de que no sirvamos más al pecado.
Romanos 6.6
El Verbo, cuando fue hecho carne, pasó de la ubicuidad al espacio, de la eternidad a la historia, de la dicha sin límites a la mutación y a la muerte…[1] J.L. Borges, “Tres versiones de Judas”
1. Pablo frente a la cruz de Jesús
Uno de los primeros conflictos que debió enfrentar el antiguo fariseo Pablo de Tarso en relación con la realidad de la cruz de Jesús fue la afirmación de Dt 21.22-23 sobre la maldición para quien muere en un madero. Su conciencia religiosa, formada en el más estricto apego a la ley, debió confrontarse con la cruda visión de la fe cristiana acerca de los momentos climáticos de la muerte de Jesús en el madero del Gólgota, una imagen intolerable para la perspectiva judía sobre el ajusticiamiento de una persona. En ese caso, Jesús no había sido ejecutado como blasfemo sino como un enemigo de la paz pública y del Estado romano. Cuando tuvo la visión cerca de Damasco, seguramente el choque debió ser brutal para él:
¡A quien él perseguía, era precisamente el Mesías, de quien Dios mismo daba testimonio resucitándolo de entre los muertos y glorificándolo, como los cristianos perseguidos por él testimoniaban! Pablo creyó en Jesús, pero tuvo que replantearse el problema de su muerte. Si Jesús, pues, no era un ‘maldito de Dios’, ¿por qué su muerte en la cruz? La comunidad de Damasco, que le acogió, le dio la primera respuesta: ‘murió por nuestros pecados’, según testimoniaban las Escrituras”.[2]
Esta creencia, que Pablo repite modificada varias veces, se deriva de una lectura cristológica de Isaías 53.5a (“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados…”), y formaba parte de las primeras afirmaciones de fe de las comunidades creyentes. La mirada realista acerca de un instrumento de tortura secular usada por los garantes de estabilidad social, los militares romanos, contrasta con la interpretación del proyecto divino de salvación que progresivamente elaboró el apóstol. Poco antes de desarrollar su teología de la cruz propia, formula preguntas tan acuciantes como en I Co 1.13: “¿Acaso crucificaron a Pablo por ustedes?” para demostrar que sólo quien pasó por la cruz podía atribuirse la propiedad de la iglesia. Para él, todos los seres humanos, tanto judíos como gentiles, son irredentos, por lo que su necesidad de apelar a esa muerte es obligada.
En Gálatas 3.13-14 se refiere explícitamente a Dt 21.23: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero), para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu”. Ridderbos comenta: “El texto afirma que Cristo, al dejarse crucificar por nosotros, se hizo maldición por nosotros, para que la bendición de Abraham pudiera comunicarse a los gentiles por medio de la fe, y no en base a las obras”.[3] “Así, ellos pueden ahora recibir mediante la fe lo que no estaban capacitados para recibir por medio de la ley”.[4]
Probablemente Pablo esté acá reflejando su sensibilidad pre-cristiana: ¿cómo puede alguien decir que Jesús es enviado de Dios, si Dios lo ha maldecido en la cruz? Esta paradoja sólo alcanza su sentido con la fe en la resurrección: “Dios lo resucitó” (1.1); es decir: la cruz es signo de que Dios ha maldecido a Jesús, pero la resurrección es signo de que lo ha bendecido. Llegando a lo profundo de la maldición (haciéndose maldito), Jesús llega al extremo de la debilidad, de hacerse nada (kénosis), para así poder llegar a todos, no sólo a los que tienen poder o fuerza. Llegando hasta lo más profundo, liberándonos de la ley, la bendición “a todas las naciones” que Dios hizo a Abraham (Gen 12.3) llega ahora a los paganos (3.14).[5]
Procesando así esta enorme paradoja pudo san Pablo relanzar la imagen salvífica de un “malhechor rehabilitado” que, condenado por la ley antigua, podía funcionar como salvador en el nuevo esquema de Dios. De ahí que su lenguaje asuma las metáforas jurídicas de la redención y la justificación, por igual, para referirse a los logros de la cruz de Jesucristo, que él vería ya como centro y razón de ser de cualquier comprensión de la obra salvadora de Dios, porque “el fin de cualquier teología de la ley es Cristo, y no otro que el crucificado, en el sentido de la expresión paulina, ‘palabra (o mensaje) de la cruz’”.[6]
2. Crucificados/as con Jesús para una vida nueva
La carta a los Romanos representa uno de los momentos más altos en la reflexión paulina sobre la fe y la actuación de Dios en Cristo. En el cap. 6, el apóstol desarrolla, como algunos estudiosos han observado, dos lenguajes simultáneos, el cúltico o jurídico, y el participativo o “místico”, acerca de la muerte de Jesús por la humanidad. Eso se puede resumir con una fórmula: “Es la distinción entre decir que Cristo murió por los creyentes y que ellos mueren con Cristo, entre decir que los cristianos/as son santificados y justificados, y que ellos han muerto con Cristo al poder del pecado”.[7] De este modo, la muerte de Jesús en la cruz sirvió para dos propósitos: tratar con el castigo y las consecuencias del pecado humano y, al mismo tiempo, con su poder: “La muerte de Cristo consiguió la absolución y para hacer posible la participación en su muerte al poder del pecado”.[8]Explorar el primer énfasis, el legal o litúrgico, conduce inevitablemente al segundo, el participativo, en el que según este pasaje, cada creyente se identifica profundamente con la muerte de Cristo en el rito bautismal, pues “al quedar unidos a Cristo Jesús en el bautismo, quedamos unidos a su muerte” (v. 3); “por el bautismo fuimos sepultados con Cristo, y morimos” (v. 4); “nos hemos unido a Cristo en una muerte como la suya” (v. 5); “lo que antes éramos fue crucificado con Cristo” (6.6); “nosotros hemos muerto con Cristo” (v. 8). Esa identificación nos lleva a vivir de otra manera: “para ser resucitados y vivir una vida nueva” (v. 4); “para que el poder de nuestra naturaleza pecadora quedara destruido y ya no siguiéramos siendo esclavos del pecado” (v. 6); “muertos respecto al pecado, pero vivos para Dios en unión con Cristo Jesús” (v. 11). “La lógica de este cambio es bastante sencilla: ‘Porque, cuando uno muere, queda libre del pecado’ (6.7), y de cualquier otra cosa que pudiera mantenemos ‘enganchados’ del sistema pecador, de la obligación y la ‘vida muerta’”.[9]En el bautismo, según Pablo, “nos hemos despedido simbólico-políticamente de este mundo pecador/de muerte, confiados en que pronto compartiremos la otra vida manifestada en la resurrección de Cristo, una vida libre de temor, de odio, de resentimiento, de tanta falta de satisfacción”.[10] Y ya es posible disfrutar de esta nueva forma de existencia, aun cuando su plenitud no se alcance, pues nuestra vida es, desde ahora, la “semilla de otro reino”. “Lo que hace de la muerte de Cristo uno de los símbolos más aptos de la vida cristiana, en cuanto “liberada” del poder del pecado y de la muerte, y por ello capaz de enfrentarse sin miedo o temor al porvenir, es la relación que tiene para Pablo la imagen de la cruz con la ‘espiritualidad’ de lucha y perseverancia, que en Ro 8 se presenta como la base del proyecto cristiano.[11]Gálatas 2.19-20 retoma la experiencia de estar crucificados con Cristo y allí crucifica al yo, “que es pecador por estar sometido al legalismo”. En Ro 6.6a, “nuestro hombre viejo quedó juntamente crucificado con él; es decir: fue aniquilado el cuerpo carnal poseído por el pecado (el individuo pecador, 6b); de este modo ha sido quebrantado el poder del pecado (6.2; 6.6c)”.[12] De modo paralelo, en Gál 6.14 todo esto se expresa con una fórmula cósmica: “por la cruz de Cristo el ‘mundo’, de tentador del poder, fue crucificado en favor del yo creyente, y por otra parte el yo fue entregado a la muerte para afrenta del mundo, ya que pierde su base de operaciones […] Los creyentes, transformados en propiedad de Cristo, han crucificado su carne con sus pasiones y deseos desordenados (Gál 5.24)”.[13]Desde esta perspectiva “mística”, lo que los creyentes han hecho es “compartir es una condición presente similar a la del Cristo crucificado y resucitado como resultado de haber roto radicalmente con el pecado junto a su Señor a fin de vivir para Dios”.[14] Y todo ello acontece, efectivamente, mediante la incorporación al cuerpo de Cristo por la fe y el bautismo. Mueren junto con Cristo y se identifican con la condición suya de estar “muertos al pecado” y a la era presente. En la cruz muere la vieja humanidad y se anuncia el surgimiento de una nueva en la resurrección de Cristo, quien ha ganado para quienes “son sepultados con él” (4a) por el bautismo una “vida nueva” para andar en ella (4c, kainóteti zoēs peripatésomen). Ya no hay identificación esencial con el mundo de hoy sino con la vida experimentada desde la cruz y resurrección de Cristo. La “visión mística”, entonces, exige una aplicación ética para lograr la superación de los valores contrarios al Reino de Dios. ¡Es la preeminencia de la gracia, sí, pero que reclama un compromiso en todos los órdenes de la vida!
Además, la actualización de la crucifixión exige ampliar los contextos para la aplicación de la muerte de Jesús, pues la experiencia humana sigue produciendo crucificados: “La Semana Santa traiciona la pasión cuando es algo sólo emocional, folclórico y festivo. Es memoria de la cruz y toma de conciencia de que muchos conciudadanos están viviendo una pasión, crucificados por los poderes de este mundo. Cuando esto se concientiza y compromete a los cristianos, entonces es cuando la celebración es actual y tiene fuerza”.[15] El Viernes Santo, lamentablemente, es la situación permanente de muchas personas en nuestras sociedades, por lo que el salto al Domingo de Resurrección para ellas es de una urgencia pasmosa.[16]
***
Ante la cruz

viene el recuerdo otra vez
el impacto de esos días ambiguos
cuando un hombre transparente
fue asesinado por amor a la causa divina:
paladeó el dolor como pocos
y abrió la puerta universal de la fraternidad/
subió a un madero ignominioso
y ganó una salvación desde el abandono

ese recuerdo golpea paredes y conciencias
convoca rituales ceremoniosos
mas sobre todas las cosas
viene desde un tiempo pleno
a decir que la justicia es un derecho
para todos/ su camino de sangre
lo han recorrido millones de seres
que soñaron y sueñan con un reino de paz

su voz maltrecha en el suplicio
apeló y apela a la ausencia de Dios
pero resuena en la concavidad del cielo:
recordar su martirio atribulado
sin sumarse a las huestes de fe
es un flaco homenaje a su lucha
al amor inobjetable que lo habitó
e incluyó a sus enemigos

hoy su cruz nos llama a todos
(LC-O)

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[1] Cf. Winston Enrique Sabogal, “La deuda con Judas”, en El País, 5 de abril de 2012, http://blogs.elpais.com/papeles-perdidos/2012/04/en-deuda-con-judas.html Agradezco la referencia al maestro Sergio Cárdenas.
[2] Ángel Pérez Gordo, “La cruz interpretada por San Pablo (II). Las fiestas de Israel, tipo de las nuevas realidades”, en Staurós. Teología de la Cruz, núm. 27, 1997, p. 17,
www.pasionistas.net/documentos/stauros/stauros_indice.html
[3] H. Ridderbos, El pensamiento del apóstol Pablo. Grand Rapids, Libros Desafío, 2000, p. 216.
[4] D. Brondos, Paul on the cross. Reconstructing the apostle’s story of redemption. Minneapolis, Fortress, 2066, p. 148. Gracias a Rosa Hamdan por el acceso a este volumen.
[5] E. de la Serna, “Gálatas: la novedad de estar en Cristo”, en RIBLA, núm. 62,
http://claiweb.org/ribla/ribla62/eduardo.html
[6] E. Brandenburger, “Cruz”, en L. Coenen et al., Diccionario Teológico del Nuevo Testamento. I. Salamanca, Sígueme, 1990, p. 365.[7] E.P. Sanders, Paul and palestinian judaism. Filadelfia, Fortress, 1977, p. 520, cit. por D. Brondos, op. cit., p. 103.
[8] Ibid., p. 507.
[9] Leif E. Vaage, “Redención y violencia: el sentido de la muerte de Cristo en Pablo. Apuntes hacia una relectura”, en RIBLA, núm. 18,
http://claiweb.org/ribla/ribla18/redencion%20y%20violencia.html.
[10] Idem
[11] Idem.[12] E. Branderburger, op. cit., p. 366.
[13] Idem.
[14] D. Brondos, op. cit., p. 175.
[15] J.A. Estrada Díaz, “¿Es actual la Semana Santa?”, en Diario de Sevilla, 4 de abril de 2012, www.diariodesevilla.es/article/opinion/1225535/es/actual/la/semana/santa.html.
[16] Juan José Tamayo Acosta, “Viernes Santo en la sociedad del bienestar social. La experiencia del mal desde la perspectiva de las víctimas”, en Moralia, núm. 22, 1999, pp. 223-252, en Staurós, núm. 37, primer semestre de 2002,
www.pasionistas.net/documentos/stauros/stauros_indice.html
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Sergio Cárdenas, “Ante tu cruz”

jueves, 5 de abril de 2012

Jesús prepara su entrega por la humanidad

Por Leopoldo Cervantes-Ortiz

…el Hijo del Hombre …vino para… dar su vida en rescate por muchos. Mateo 20.28
1. Dios se entrega a la humanidad en Jesús de Nazaret
Mediante lo que se podría definir como una “concentración cristológica de la historia de la salvación”, los Evangelios practicaron una forma de interpretación de la vida y obra de Jesús de Nazaret en función de la acción de Dios en el mundo para entregarse a la humanidad en su persona. Posiblemente la idea de una entrega voluntaria daría la impresión de pasividad, pero lo cierto es que el movimiento provocado por Jesús arroja una luz muy intensa sobre el énfasis activo con que él asumió la tarea de representar y asumir la presencia de Dios en medio de la humanidad para obtener los beneficios de una salvación largamente anunciada. La comunidad de Mateo, asentada en Antioquía y conformada sobre todo por conversos del judaísmo, al revisar el trasfondo de los sucesos que conformaron la entrega de Dios en Jesús, advirtieron que ésta se dio en medio de una conflictividad que afectaba a todos los integrantes de la comunidad, y especialmente a algunos de sus líderes, quienes estaban ante la tentación y el peligro de practicar los usos del poder predominantes.
Mateo marca un instante importantísimo en la vida de Jesús, cuando decide “subir a Jerusalén” (20.17), aun a sabiendas de lo que sucederá allí. Toma a sus 12 discípulos, un subrayado sobre la importancia de la comunidad, y hace una afirmación contundente: “He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte; y le entregarán a los gentiles para que le escarnezcan, le azoten, y le crucifiquen; mas al tercer día resucitará” (vv. 18-19, énfasis agregado). La acción de entregar (paradídomi) de la que habla tiene una connotación pasiva y negativa, pues se refiere a la determinación de los enemigos de Jesús de llevar adelante el rechazo de su obra y asesinarlo. Inmediatamente, la madre de los hijos de Zebedeo, tradicionalmente llamada Salomé, expone el deseo de que ellos puedan ocupar los primeros lugares en el Reino futuro y escatológico de Dios (vv. 20-21).
Semejante petición rompe el momento solemne del anuncio de la obra redentora de Jesús y conduce la afirmación de su entrega hacia un marco relacionado con la capacidad de sacrificio y entrega en contraste con el uso del poder en el mundo: “Este texto sobre el servicio cristiano hay que ponerlo en relación con los vv. 17-19 que anuncian el mayor servicio de Jesús, el de su propia muerte. La madre de los hijos del Zebedeo aspira no sólo a un mejor puesto para sus hijos, sino a lo máximo, al todo del reino. La aspiración a lo más alto es algo grabado en el corazón del hombre. Jesús no anulará esta aspiración sino que le dará un nuevo giro, aunque la ambición esté, por supuesto, descartada del reino”.[1]Lo descabellado de la petición consiste en asociar la entrega de Jesús meramente a una cuestión de poder. Es como si alguien espera la recompensa aun antes de haber hecho cualquier cosa. La entrega de Dios en Jesús no implica el acceso al poder para nadie, pues la consecución de la obra redentora tiene como condición inevitable la entrega personal, el sacrificio y la humillación:
La segunda parte de la escena se centra sobre el grupo de los demás apóstoles. Jesús no critica directamente los poderes terrenos, sino que enseña a sus amigos que no es un modelo al que se pueda equiparar el Reino. Más aún, el verdadero medio de que disponen los miembros de la comunidad mesiánica para llegar a la “grandeza” del Reino es el servicio. El sentimiento y deseo de superioridad que anida en el corazón de todo hombre tiene un cauce de expresión en la dinámica del reino: el servicio. Todo lo contrario a lo que cabría esperar. Sólo mirando al servicio total de Jesús en su muerte es posible entender estas palabras sin pensar que se trata de no sé qué ironía.[2]
La entrega que Dios viene a hacer de sí mismo en la persona de su Hijo en el mundo, una acción aparentemente pasiva y negativa si se aprecia desde el lado humano y material, presupone una intencionalidad más profunda, pues Jesús siente que ha llegado el momento justo para esa entrega. De ahí que su afirmación activa y positiva, luego de enjuiciar el comportamiento relacionado con el poder terrenal (vv. 25-27), tiene que ver precisamente con la entrega de su parte en una misión de servicio y humildad: “No es la misión de Cristo en la tierra situar a sus amigos en los mejores puestos y conceder honores, sino salvar a los hombres con un amor que no se detiene ante la muerte y muerte de cruz. El que ha resucitado a Jesús de entre los muertos, sabrá resucitar y premiar en su día a los que ahora siguen los pasos de Jesús”.[3]
Jesús se entregará en medio de conflictos, pero éstos no deberán esconder la decisión divina de hacerse presente en el mundo aunque no en la forma de un gobernante poderoso y despótico sino, más bien desde una disposición innegociable de servicio y entrega “para dar su vida (dounai ten psujén) en rescate por muchos” (v. 28), en una actitud de donación permanente y hasta lo último.
La indignación de los otros diez se debe más a la envidia, al oír esta petición, que al hecho de que hayan comprendido “los secretos del Reino”. Las normas que rigen en la comunidad mesiánica rompen con toda la ideología dominante en el mundo que la rodea especialmente con el modo de ejercer el poder en el mundo pagano (“los pueblos” o “las naciones”): su característica dominante es el absolutismo. Los que forman la comunidad mesiánica no deben asemejarse al modelo pagano; el modelo que Jesús propone es el del “servidor” (diakonos) y “esclavo” de los demás. La novedad de este modelo es el servicio a los demás: para los judíos era un honor llamarse servidores de Dios, pero no de los hombres.[4]
Dios se entrega a la humanidad en Jesús de Nazaret acompañando la existencia y agregándole el sentido salvífico que no es tan accesible para la mirada de los demás. Llevará a su Hijo a la cruz, es verdad, pero no como parte de un proceso sádico en el que disfrutará de su sufrimiento histórico, pues Él mismo experimentará, “en carne propia”, el dolor que produce una entrega no fingida, auténtica y liberadora:
Este servicio que Jesús propone tiene un modelo muy claro: Él mismo. Con sus últimas palabras corrige una concepción errónea que podía tenerse sobre su persona y al mismo tiempo se presenta como tipo del Siervo. Eso se hace en primer lugar con una frase negativa: “no ha venido para…”, y luego con otra positiva: “sino para dar su vida…”, indicando que él será el verdadero Siervo de Yahvé y que su muerte tendrá el sentido de ser para todos los hombres una liberación (“rescate”) para llevar una nueva vida.[5]
2. Jesús de Nazaret: una vida al servicio del Reino de Dios
Si algún mérito ha tenido la relectura de la vida y obra de Jesús de Nazaret, el Jesús histórico, como se decía antes, desde América Latina, es la afirmación de su compromiso irrestricto con la esperanza en la venida y realización del Reino de Dios en el mundo. Esta búsqueda de la fe cristiana latinoamericana ha sido alimentada por un profundo acercamiento a los evangelios y, muy especialmente, al de Marcos, porque su carácter de primer registro cronológicamente hablando de los hechos y sus énfasis particulares contribuyen sólidamente a reconstruir los sucesos en una clave más actual y, al mismo tiempo, a reelaborar la fe individual y comunitaria desde la praxis de Jesús. Las comunidades que produjeron dicho evangelio hicieron algo similar y elaboraron una visión de la acción de Dios en Jesús de Nazaret de tal forma que no sólo proyectaron en él su misión sino que además alcanzaron a producir claves de interpretación de la vida y el mundo a partir de la preocupación esencial del profeta galileo: las manifestaciones visibles e históricas del Reino de Dios. Así lo plantea el jesuita mexicano Carlos Bravo Gallardo, ya fallecido:
…Marcos hace una aportación totalmente original a la búsqueda de sentido del hecho-Jesús:
◦no lo hace mediante confesiones, himnos o títulos, sino mediante la narración de su práctica;
◦se trata de una “narración inversa”;
◦en un mundo en el que la historia es de los vencedores, escribe un relato, desde el reverso de la historia, sobre ese judío vencido;
◦lo dirige a una comunidad de perseguidos no judíos, probablemente romanos, a quienes propone como norma de vida a ese judío;
◦se trata de un relato inconcluso de esa práctica truncada violentamente, que deja sin respuesta inmediata qué pasó con todo ese asunto de Jesús;
◦su autor no es un testigo inmediato de los hechos; incluso es probable que haya tenido que vencer resistencia fuertes a que consignara por escrito la memoria de Jesús;
◦en síntesis: no es la memoria del triunfo de Jesús, sino un relato de una práctica truncada por la violencia y el fracaso y que pretende comprometer al lector con el proseguimiento de esa causa.[6]
Esta “narración inversa”, en otras palabras, es una especie de “visión de los vencidos”, basada sobre todo en el hecho de que el movimiento iniciado por Jesús no buscó el poder material, aunque la esperanza en la venida del Reino, escatológico e histórico, implicase un “asalto al poder”, el cual se consumó, por así decirlo, con su resurrección y ascensión. Jesús no se aprovechó de las esperanzas, frustradas durante tanto tiempo., del pueblo, sino que relanzó esas esperanzas y las hizo realidad con su revaloración del cuerpo y de la salud integral de los seres humanos necesitados que encontró. Sus acciones de sanidad y solidaridad generaron controversias cada vez mayores y su postura ante las tradiciones religiosas lo colocaron en una situación prácticamente clandestina. En su figura se mezclaron el taumaturgo, el exorcista y el luchador social, una combinación inaceptable por el impacto popular que esto conllevaba. El régimen podía alguna de las tres prácticas, con su tratamiento correspondiente, pero no todas.
En primer lugar, hay que hablar de la manera en que la fe y esperanza en la venida del Reino “moldeó”, por así decirlo, su vida, pensamiento y acción. Fue, en palabras de Bravo Gallardo, un “hombre en conflicto” que asumió los riesgos de poner a funcionar los beneficios del Reino de Dios para la vida de la humanidad sufriente, justamente aquella en la que los encumbrados no querían pensar, dado el uso del poder que manejaban. Luego de la decapitación del Bautista, advertencia para el propio Jesús de lo que le sucedería si avanzaba en su proyecto, los anuncios que hizo sobre su camino a la cruz no escondieron, por ende, el grado de oposición que alcanzaría su labor desinteresada de servicio y empoderamiento de las personas, algo inaceptable para las cúpulas políticas y religiosas, pero que estaba en estricta consonancia con la promoción y vivencia de los valores del Reino de Dios. En Mr 8.31 es sumamente explícito al afirmar que sería “desechado” (apodokimásthēnai), o rechazado, como traducen las nuevas versiones, por quienes debían recibirlo como el Mesías: ancianos (presbíteros, el Sanedrín), sacerdotes (líderes religiosos) y escribas, los conocedores de la Ley, de la Palabra. Es decir, los destinatarios y vehículos de la esperanza del Reino de Dios. El v. 32a lo subraya: “Jesús lo dijo claramente”.
Jesús demuestra que la confesión mesiánica (como la de Pedro, v. 29) sobre su persona no es suficiente y que puede producir resultados negativos (vv. 32-33). Entonces delinea igual de claramente las características del seguimiento (v. 34), otro “redescubrimiento” de la cristología latinoamericana: la negación del egoísmo, esto es, de los proyectos personales, “tomar la cruz” y seguirlo en su camino martirial. “Se enfrentan dos modos de pensar sobre la práctica por el Reino: el que la concibe de acuerdo con el esquema humano de un poder que se impone, y el que la concibe desde Dios, como fuerza de vida que se ofrece indefensa a la libertad humana. Por su manera de pensar, Pedro se sitúa en el círculo de los opositores de Jesús, en el círculo de Satanás; esta dura migración de sentido es una advertencia para el seguidor de Jesús”.[7] Mateo matiza un poco semejante aseveración y Lucas la suprime por completo. Para Pedro, la popularidad de Jesús haría imparable su éxito político, pero ése no era su propósito central.
Como consecuencia de su compromiso total con el Reino de Dios, Jesús fue capaz de “sintonizar” y “sincronizar” sus acciones y enseñanzas con la voluntad de Dios. Esto fue lo que le otorgó una capacidad espiritual y ética que impresionó profundamente a sus contemporáneos, aunque no necesariamente los condujo a la conversión, especialmente a quienes estaban literalmente casados con el sistema socio-político y religiosos. Si Jesús vivió en consonancia total con la voluntad de Dios, eso mismo lo llevó a la cruz y él no evadió el conflicto. Su vida entera, dedicada al servicio del Reino en el cual creía tan firmemente, fue una entrega decidida a realizar en el mundo la presencia de esa nueva realidad que superará definitivamente la injusticia e instalará los valores de la vida de Dios en todas las relaciones humanas. El carácter paradójico de esta elección no se oculta sino que se afirma: “Porque si sólo les preocupa salvar la vida, la van a perder. Pero si deciden dar su vida por mí y por anunciar las buenas noticias, entonces se salvarán. De nada sirve que una persona gane todo lo que quiera en el mundo, si al fin de cuentas pierde su vida” (vv. 35-36). Y ésa fue su experiencia radical a la cual nos llama a todos/as.
3. El camino de Jesús, modelo de entrega y de servicio
Jesús de Nazaret fue, como bien resume una fórmula, “el-hombre-para-los-demás” (D. Bonhoeffer), precisamente porque concibió y desarrolló su existencia histórica como un acto de entrega y servicio permanente. Este “desprendimiento”, como solemos llamar, en relación con su persona, le granjeó la aceptación de un grupo marginal y minoritario de hombres y mujeres que lo siguieron tratando de entender su mensaje y, al mismo tiempo, el rechazo abierto de los gobernantes, además de la indiferencia de la mayoría de la población. La vocación con que asumió la tarea de promover el Reino de Dios mediante señales y milagros (Jn 11.47-48) le permitió interpretar esta triple situación como parte de un proyecto divino que contemplaba, por un lado, la superación de los criterios éticos legalistas para relacionarse con el prójimo en el marco de un statu quo determinado que se sostenía, como siempre sucede, a costa del sufrimiento de las masas populares para estar al servicio de quienes las controlaban, especialmente en la vertiente religiosa.
El Cuarto Evangelio presenta los entretelones del complot contra Jesús, en el que participaron los dirigentes religiosos (sacerdotes y fariseos, v. 47a) y, más tarde, los militares romanos. El verdadero peligro fue bien percibido: “Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos, y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación” (v. 48): a) dejar de actuar, sin unirse a él ni combatirlo; b) por consiguiente, y ante la necesidad colectiva, la fe en él se extendería irremediablemente; c) el imperio intervendrá para imponer el orden; y d) se acabará la religión institucional y la nación misma, esto es, ellos perderían el control espiritual e ideológico sobre la gente.
La cadena de acciones de servicio que impactaba profundamente al pueblo había impacientado a ambos sectores, por lo que después de uno de los sucesos más espectaculares (la resurrección de Lázaro) deciden actuar: se reúnen para discutir la situación y, con la orientación paradójica de Caifás, una profecía involuntaria pero coherente, en el sentido de que sólo una persona debía morir en lugar de todo el pueblo (vv. 49-50), optan por matarlo (v. 53). El comentario del narrador (vv. 51-52) sitúa la decisión con el doble significado: primero, que Jesús moría por el pueblo y, segundo, que reuniría a los dispersos.
A partir de ahí, suceden dos cosas: Jesús se aparta con sus discípulos cerca del desierto (v. 55) y comienzan las especulaciones sobre si se atrevería a ir a la fiesta a Jerusalén (v. 56), pues ya estaba dada la orden para capturarlo. A continuación, será ungido para el martirio (12.1-8). La disposición para servir y entregar la vida a los demás es respondida con un complot de muerte. La oposición entre la luz y las tinieblas, tan propia de este evangelio, se manifiesta aquí mediante el contraste entre la limpidez de una entrega de vida con la brutal decisión de una condena a muerte de facto, a todas luces fuera de la ley, divina y humana. El modelo vital de Jesús, de apertura total e inclusividad sin límites es respondido por una conspiración para acabar con su vida. El Reino de Dios y las fuerzas del anti-reino se confrontan en un conflicto que acabará con la muerte ignominiosa de Jesús, pero que se proyectará inevitablemente hasta alcanzar la luminosidad de su resurrección.
Jesús trazó su camino a la cruz con acciones de servicio y liberación para el pueblo pobre, necesitado e ignorante. Reavivó sus esperanzas y las colocó en el horizonte del Reino de Dios devolviéndole, literalmente, la vida, como a Lázaro. La ceguera con que los líderes y buena parte del pueblo reaccionaron manifestó su incomprensión de los propósitos divinos. No pudieron entender que alguien se desapegara de esa forma de sí mismo para consagrarse al servicio de la venida del Reino de Dios en vida y obra, pues como resume José Antonio Pagola:
Jesús no ofrece dinero, cultura, poder, armas, seguridad_ pero su vida es una Buena Noticia para todo el que busca liberación.
Jesús es un hombre que cura, que sana, que reconstruye a los hombres y los libera del poder inexplicable del mal. Jesús trae salud y vida (Mt 9.35).
Jesús garantiza el perdón a los que se encuentran dominados por el pecado y les ofrece posibilidad de rehabilitación (Mc 2.1-12; Lc 7.36-50; Jn 8.2-10).
Jesús contagia su esperanza a los pobres, los perdidos, los desalentados, los últimos, porque están llamados a disfrutar la fiesta final de Dios (Mt 5.3-11; Lc 14.15-24).
Jesús descubre al pueblo desorientado el rostro humano de Dios (Mt 11.25-27) y ayuda a los hombres a vivir con una fe total en el futuro que está en manos de un Dios que nos ama como Padre (Mt 6.25-34).
Jesús ayuda a los hombres a descubrir su propia verdad (Lc 6, 39-45; Mt 18.2-4), una verdad que los puede ir liberando (Jn 8.31-32).
Jesús invita a los hombres a buscar una justicia mayor que la de los escribas y fariseos, la justicia de Dios que pide la liberación de todo hombre deshumanizado (Mt 6.33; Lc 4.17-22).
Jesús busca incansablemente crear verdadera fraternidad entre los hombres aboliendo todas las barreras raciales, jurídicas y sociales (Mt 5.38-48; Lc 6.27-38).[8]
Todo esto fue y es parte del modelo extraordinario de entrega y servicio que desarrolló Jesús para que, de manera alternativa, el pueblo de su época, igual que hoy, supiera y experimentara la cercanía del Dios del Reino de paz, justicia y armonía que introdujo su Hijo en el mundo.
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[1] “Comentarios al Evangelio (Mt 20.20-28)”, en www.mercaba.org/DIESDOMINI/FIESTAS/SANTIAGO/ev-comentario.htm
[2] Idem.
[3] Idem.
[4] Idem.
[5] Idem.
[6] Carlos Bravo Gallardo, Jesús, hombre en conflicto. El relato de Marcos en América Latina. México, Centro de Reflexión Teológica, 1986 (Teología actual, 1), pp. 16-17. Otra edición: Santander, Sal Terrae, 1986 (Presencia teológica, 30).
[7] Ibid., p. 147. Énfasis agregado.
[8] José Antonio Pagola, “Jesucristo. Catequesis cristológicas”, en
www.mercaba.org/FICHAS/JESUS/003-02.htm

Leopoldo Cervantes-Ortiz. Oaxaca, México, 1962. Licenciado (STPM) y Máster en teología (UBL). Pasante de la maestría en Letras Latinoamericanas (UNAM). Médico (IPN), editor en la Secretaría de Educación Pública y coordinador del Centro Basilea de Investigación y Apoyo (desde 1999) y de la revista virtual elpoemaseminal (desde 2003).