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domingo, 30 de abril de 2017

La batalla por la Biblia



Por. Will Graham, España
Estamos metidos en una batalla por las Escrituras.
La nueva generación de pastores, teólogos y predicadores que se va levantando en España tiene que anclarse bien en la doctrina de la Palabra de Dios con el fin de evadir los errores de la bibliología neo-liberal.
En los días de la iglesia primitiva, la batalla más importante se centró en la Trinidad y la naturaleza de Cristo. En la época medieval, fue la doctrina de la obra de Cristo. En la Reforma protestante, fue la doctrina de la salvación. Actualmente, la batalla de batallas es la autoridad de la Palabra de Dios.
En este artículo, queremos analizar cuatro puntos de vista contemporáneos en cuanto a la inspiración bíblica que tienen que ser resistidos por amor al bienestar de la iglesia del Señor en la península ibérica.
Son formulaciones que, a primera vista, parecen ortodoxas, no obstante, dependen más bien de convicciones filosóficas que bíblicas y por lo tanto tienen que ser descartadas cuanto antes.
He intentado resumir estos puntos de vista de la forma más sencilla a fin de que el estudio sea de utilidad para todo el pueblo del Señor.
¡Velemos por la viña del Señor!
1.- La Biblia es inspirada, no en sus palabras, sino en cuanto al papel que desempeña como vehículo de la ‘experiencia cristiana’.
Esta primera postura es, a grandes rasgos, la creencia del luterano Rudolf Bultmann (1884-1976), a saber, que la inspiración de la Biblia no tiene nada que ver con sus palabras literales; sino con la esfera de la experiencia religiosa.
Bultmann defiende esta idea en base a la filosofía existencialista, fruto del siglo XIX, que cree que lo subjetivo (experiencia) es más importante que lo objetivo (proposiciones, lo empírico). Como decía el padre del movimiento existencialista Soren Kierkegaard: “La verdad es subjetividad”.
Tal forma de pensar parece espiritual y casi evangélica, sin embargo, es incoherente por tres razones.
Primero, es incoherente porque relega la “experiencia cristiana” a la esfera de lo no verificable, lo no comprobable. En este sentido, es una postura que no tiene significado ninguno ya que se esconde en un mundo noumenal que no tiene nada que ver con la esfera empírica.
No es posible decir nada sobre esta esfera secreta escondida del mundo real por lo tanto es un auténtico sinsentido (desde la perspectiva de la filosofía analítica). El problema con Bultmann –y con una gran parte de la teología protestante contemporánea- es que quiere prescindir de los datos históricos en su defensa de la fe.
Segundo, es incoherente porque no es capaz de explicarnos de qué se trata la “experiencia cristiana”. El momento que Bultmann empieza a definir tal “experiencia” se ha disparado en el pie filosóficamente porque la postura existencialista niega la importancia de proposiciones lingüísticas.
¿Cómo distinguimos, entonces, entre “experiencia cristiana” y “experiencia musulmana” y “experiencia budista”? Según el paradigma existencialista, no podemos porque el lenguaje humano no es de fiar. Así que si Bultmann dice que según su experiencia religiosa su salvador es el Cristo de la fe y yo digo que, según la mía, mi salvador es un sapo rosita, no hay ninguna forma objetiva de determinar quién lleva la razón y quién no.
Tercero, ¿por qué creen los existencialistas que la Biblia es un libro que sirve como un vehículo de la “experiencia cristiana”? De nuevo, si lo objetivo no importa y las proposiciones lingüísticas tampoco sirven para nada, ¿qué diferencia hay a nivel religioso entre la Biblia, el Corán, un fragmento de Heráclito, el periódico ‘Marca’ o el nuevo estado de Facebook de Bob Esponja? No hay ninguna diferencia; todo se torna subjetivista.
La consecuencia de la postura bultmanniana es subjetividad pura y dura donde cada uno crea su propia “experiencia”. Total, es un callejón sin salida. Solamente una Biblia inerrante puede librarnos de la ‘cautividad subjetivista de la teología contemporánea’.
2.- La Biblia es inspirada, no en sus afirmaciones histórico-científicas, sino en sus verdades teológicas.
Esta segunda postura es la idea de una gran parte de la teología protestante continental. Su representante más destacado es Karl Barth, el cual procuró establecer una diferencia entre las partes históricas y suprahistóricas del texto sagrado.
Esta dicotomía conduce a una diferenciación sutil entre ‘la Palabra’ (las verdades eternas/ teológicas de la Biblia) y ‘la Escritura’ (los libros de la Biblia en sí). Por esta razón esta escuela emplea frases heterodoxas tales como “La Palabra y la Escritura” o “La Escritura no es la Palabra” o “La Palabra de la Escritura”, etc.
Muchas veces los lectores no doctos no se enteran de lo que está en juego con estas sutilezas filosóficas. Un buen ejemplo es la frase: “La Palabra de la Escritura es inspirada”.
A primera vista, tiene toda la pinta de ser una afirmación conservadora. No obstante, es como decir: “Las patatas de la tortilla están bien cocinadas”. Las patatas pueden estar bien cocinadas; pero ¿qué pasa con los huevos? A lo mejor están podridos. De allí el peligro de semejantes aseveraciones.
Como en el caso de la convicción bultmanniana, esta segunda postura se basa en convicciones filosóficas. Pero esta vez la filosofía en cuestión no es existencialismo sino una cosmovisión anti-bíblica mucho más antigua, a saber, el dualismo metafísico.
En el Occidente, tal dualismo nació con Platón y su división entre el mundo de las ideas y el mundo de las cosas sensibles. De allí su fuerte dicotomía entre el alma y el cuerpo.
Esta doctrina se dio a conocer en la época medieval mediante la división entre los universales y los particulares y surgió una vez más en la edad moderna gracias a la filosofía de Kant cuando trazó una línea entre lo fenomenal (las cosas sensibles) y lo noumenal (lo suprasensible), entre el tiempo y la eternidad.
Esta noción kantiana entró en el mundo teológico bajo los nombres de historie (historia literal) y geschichte (historia existencial). Pondré un ejemplo para aclarar la diferencia entre estos dos tipos de historia.
La historia literal se refiere a un evento en concreto que sucedió en un momento dado de la historia: la revolución americana, la caída del muro de Berlín, las dos guerras mundiales, el hundimiento del Titanic, el nacimiento de Karl Barth. La historia existencial es el ‘significado’ de dichos eventos.
Esta segunda clase de historia es la que realmente importa en la Biblia. Por lo tanto, no importa si Cristo resucitó corporalmente (como decían Barth, Bultmann, Tillich y Bonhoeffer), lo que cuenta es el ‘significado’ del mensaje de la resurrección para la fe cristiana.
En otras palabras, el mensaje de la resurrección nos enseña que Jesús es la Palabra de Dios, la Revelación definitiva de Dios, el Cristo de la fe; pero no quiere decir que Jesús de Nazaret resucitase de manera literal al tercer día.
Este dualismo metafísico, como en el caso del existencialismo, no tiene nada que ver con la esfera de lo empírico porque sus proponentes quieren liberar la teología de la crítica histórica. Por esta razón dicen que la Escritura es inspirada, no en sus afirmaciones histórico-científicas, sino en sus verdades teológicas.
Una vez más, tal forma de razonar parece espiritual y casi evangélica, pero no deja de ser incoherente a nivel filosófico por cuatro razones.
Primero, ¿cómo distinguimos entre las partes religiosas y no religiosas de la Biblia? La distinción moderna entre lo sagrado y lo secular es una fabricación del dualismo metafísico; no proviene de las Escrituras ni de la cultura judía. Se trata de imponer una cosmovisión ajena al contenido de la Biblia. Es falsa profecía. Convierte la Biblia en un libro de filosofía griega.
Segundo, ¿cómo pueden los proponentes de este punto de vista de la inspiración bíblica demostrarnos, en términos empíricos, de que "las verdades teológicas” son de Dios? No pueden hacerlo ya que esconden estos principios eternos en una esfera desconocida, el ámbito de geschichte.
Es un mundo imaginario, no comprobable que no tiene nada que decir al hombre real. Son afirmaciones que no pueden ser refutadas. Por lo consiguiente, son irrelevantes. Este dualismo convierte la Escritura en un libro de sinsentidos.
Barth podría decir que halla el señorío de Cristo en la esfera de geschichte pero yo respondo una vez más diciendo que allí encuentro un sapito rosa. ¿Quién lleva la razón a nivel empírico? ¡Nadie!
Tercero, ¿cómo saben los proponentes de esta postura de qué se trata esta esfera mística de geschichte? Si es un ámbito suprahistórico, ajeno a la vida humana, no es posible decir nada –absolutamente nada- sobre él. ¡Tampoco se puede afirmar que existe!
Cuatro, ¡ojalá los neo-barthianos fuesen coherentes con su teoría llevándola a su conclusión lógica! No confían en las partes histórico-científicas de la Biblia porque fueron escritas por hombres falibles.
No obstante, ¿quién redactó las partes teológicas y religiosas de la Biblia? ¡Esos mismos hombres falibles! Consiguientemente, un neo-barthiano honesto tiene que ser coherente con sus presupuestos filosóficos, descartando tanto los elementos histórico-científicos como las verdades teológicas de la Escritura.
La consecuencia de esta postura barthiana es la ‘cautividad dualista de la teología contemporánea’. Dios, en última instancia, no puede decir nada al ser humano porque los escritores bíblicos están plagados de pecado y falibilidad.
Solamente la doctrina de la inerrancia de la Biblia puede ayudarnos a redescubrir nuestra fe evangélica en la revelación divina.
3.- La Biblia es inspirada, no en sus palabras, sino el testimonio que da de Cristo.
Esta postura representa la bibliología de Paul Tillich. Esta tercera postura es una mezcla de dos escuelas filosóficas, la existencialista y la dualista, por ende, es doblemente problemática.
Por un lado, percibimos el dualismo de esta bibliología ya que no da importancia a la historia literal ni a las palabras literales. Lo que cuenta es el Cristo de la fe (no el Jesús de la historia). Lo que Tillich quiere hacer es elevar la inspiración a un nivel no verificable, esto es, a la esfera del Cristo de la fe.
Aquí surge un problema muy evidente: ¿acaso el Cristo de la fe no se hizo carne? ¿Qué pasa con la doctrina de la encarnación? Cristo entró en la esfera de lo empíricamente comprobable y verificable. Proclamar a un Cristo no histórico es la herejía del docetismo. ¿Qué pasa con la humanidad de nuestro Señor?
Por el otro lado, observamos el existencialismo de esta bibliología donde Tillich resalta que la inspiración tiene que ver con el encuentro personal con Cristo. Aquí surge otro problema, tan insoluble como el primero: sin contenido proposicional acerca de Cristo, ¿cómo podemos saber si estamos siendo confrontados por Él o no? ¿Cómo sé si estoy sintiendo a Cristo en mi corazón o si estoy a punto de sufrir un infarto?
La única conclusión es que acabo manufacturando a un Cristo conforme a mis propios antojos caídos, el pecado cardinal de la teología liberal. Al fin y al cabo, el Cristo de la Biblia estaba interesado en las jotas y las tildes de la Escritura. ¿Cuál Cristo es éste que prescinde de la Escritura? ¡No es el Jesús de la Biblia!
La consecuencia de esta postura tillichiana conduce a la ‘cautividad subjetivista y dualista de la teología contemporánea’. Solamente la doctrina de la inerrancia bíblica puede librarnos de crear a un Cristo docetista por un lado y a un Cristo anti-bíblico por el otro.
4.- La Biblia es inspirada, no en sus palabras, sino en cuanto a su propósito, a saber, su propósito de cumplir con la voluntad de Dios
Esta cuarta perspectiva está siendo propuesta por algunos neo-liberales en nuestros días, sin embargo, es tan incoherente como las previas tres posturas. La única diferencia entre esta bibliología y las demás es la palabra “propósito”.
Pero aquí está la pregunta de preguntas: ¿cómo podemos saber de qué se trata la voluntad de Dios? O por medio de una revelación inerrante (la perspectiva evangélica clásica) o por medio de una fuente externa a la revelación inerrante.
Ya que los proponentes de esta cuarta perspectiva niegan la inerrancia bíblica, no pueden abrazar la primera postura. En otras palabras, se ven obligados a recurrir a alguna fuente externa para definir de qué se trata la voluntad de Dios.
¿Cuál fuente escogen? Pues, depende del teólogo. Pero una vez que se niega la revelación inerrante de la Escritura, la fuente escogida, sea cual sea, siempre será una nueva torre de Babel. En el caso de Juan Sánchez Nuñez es una ética secularista donde cada uno tiene que realizarse a sí mismo.
Mientras que, según Máximo García, será un Jesús que existe para dar respuestas a las necesidades de los hombres y mujeres. En los tomos de ambos pensadores, el punto de partido es egocéntrico y humanista.
En vez de ser la Escritura la suprema autoridad en cuanto a fe y conducta; ahora la Biblia está sometida a los valores antropocéntricos de una filosofía anti-cristiana.
Una vez más, esta cuarta postura lleva a la ‘cautivad egocéntrica y antropocéntrica de la teología contemporánea’. Solamente la doctrina de la inerrancia bíblica puede salvaguardar a la iglesia de caer en el maldito pozo del egocentrismo humanista.
Conclusión
Con todo, hace falta redescubrir la doctrina de la inerrancia para defender la iglesia de Cristo de los pseudo-evangélicos actuales. Bultmann, Barth y Tillich están pisando la península ibérica y la única forma de echarlos fuera es por medio de la espada de la inerrancia bíblica.
Así que, ¡a sacar la espada, hermanos (Efesios 6:17)! ¡A proclamar la Palabra, hermanas! Toda la Biblia es inspirada por Dios, tanto las partes históricas como las partes teológicas. ¡Y no hagas caso a nadie que te diga lo contrario!
¡Viva la inerrancia!

Fuente: Protestantedigital, 2017

viernes, 6 de enero de 2017

La Biblia, contaminada por mitos, leyendas, errores y contradicciones



Por. Will Graham, España
Con la reciente publicación del libro ‘Redescubrir la Palabra’ (Máximo García), se abre un nuevo capítulo en la historia evangélica en España.
Hasta la fecha, los protestantes españoles han luchado continuamente contra la doctrina del Catolicismo Romano. A partir de ahora, los evangélicos tendrán que enfrentar a un nuevo enemigo en la península ibérica, a saber, el liberalismo teológico.
Ya se observó la presencia de la teología liberal dentro de la Iglesia Evangélica Española (IEE) con la publicación del documento ‘Ética teológica y homosexualidad’ de Juan Sánchez Núñez (profesor en la Facultad de Teología SEUT) en 2015. El nuevo libro de Máximo García (recién jubilado profesor de la Facultad de Teología de la Unión Evangélica Bautista de España) marca un antes y un después en la teología evangélica española.
Hoy queremos presentar una crítica al libro de García desde una perspectiva evangélica conservadora.
I.- DIEZ CRÍTICAS
1.- Antiguo Testamento vs. Nuevo Testamento
García no cree que el Dios “iracundo” del Antiguo Testamento sea el mismo Dios que se da a conocer en el Nuevo Pacto. “Mientras los Evangelios muestran la imagen de un Dios de amor universal, que no hace acepción de personas y defiende valores como la dignidad de todos los seres humanos y su igualdad en derechos, el Antiguo Testamento muestra con frecuencia la idea de Dios como la de un dios iracundo, vengativo y tribal, fruto de la visión parcial y distorsionada de un pueblo” (p. 17).
En típico estilo liberal (y siguiendo las pisadas del hereje Marción), García simplemente no entiende el concepto de la ira santa de Dios, optando por creer en una deidad que él mismo ha fabricado conforme a sus antojos ilustrados.
Se olvida de que la presuposición fundamental del Evangelio neotestamentario es la ira venidera de Dios (1 Tesalonicenses 1:10) y de que el Dios del Nuevo Pacto sigue juzgando a los incrédulos y disciplinando a sus hijos. El caso de Ananías y Safira sirve como un buen recordatorio (Hechos 5:1-11).
No hay ninguna discrepancia o contradicción entre el Dios del Antiguo Testamento y el Dios del Nuevo. Es verdad que a García no le gusta el hecho de que el Señor haga cosas que él no aprobaría. Pero allí el problema es el corazón del teólogo; no la perfecta e inmaculada justicia del Todopoderoso.
2.- Hacia una lectura sin prejuicios
En repetidas ocasiones, García pide que leamos la Biblia desprovistos de prejuicios y “condicionantes confesionales” (p. 109). Hay que, “alejarse de ideas preconcebidas que puedan condicionar y distorsionar el sentido del texto leído” (p. 198). ¿Cómo podremos, entonces, conseguir leer la Biblia sin prejuicios o presuposiciones? Contesta García diciendo: “La tarea del exégeta, para ser efectiva, necesita servirse de un método histórico-crítico adecuado” (p. 195).
El problema con este método es que está plagado de prejuicios filosóficos también. La presuposición más dañina del método histórico-crítico es que se mueve en un plano enteramente antropocéntrico negando que la Biblia tenga un solo autor, esto es, Dios.
“Es preciso recordar, escribe García, que la Biblia no es un libro unívoco, escrito por un solo autor” (p. 175). En este punto, ningún evangélico podría estar de acuerdo con el pensador bautista. Reconocemos que cuarenta autores humanos redactaron las Escrituras a lo largo de 1.500 años; no obstante, detrás de todo estaba el soplo del Espíritu divino dirigiendo el proceso.
Otra incoherencia en la hermenéutica de García sucede cuando llama a sus lectores a leer la Biblia “a la luz de la fe en Jesucristo” (p. 21). ¿Qué es esto sino una presuposición teológica?
Por un lado quiere promocionar una lectura bíblica sin prejuicios. Por el otro, desea leer la Palabra partiendo “de un principio axiomático, consustancial con la fe, como es la aceptación de que Jesús es la Palabra de Dios encarnada” (p. 214). Pedimos que nuestro autor sea coherente con sus propios postulados filosóficos.
3.- El Jesús mariposa
El Jesús en quién cree Máximo García es el Jesús de Schleiermacher y de la tradición liberal, o sea, un Jesús mariposa, un osito de peluche, una muñeca de Barbie. Es un Jesús acaramelado y azucarado que no tiene nada que ver con el Cristo revelado en las páginas del Nuevo Testamento.
La importancia de Jesús, para García, reside en que “es capaz de dar respuesta a las necesidades de los hombres y mujeres” y nada más (p. 36). Y está convencido de que el mensaje de Jesús se trata de buscar “la hermandad de los pueblos y la justicia social” (p. 170).
El teólogo liberal español no toma en cuenta las palabras duras y ofensivas que Jesús pronunció a lo largo de su ministerio público. Simplemente está interesado en el Jesús del sermón del monte (p. 114), el Jesús que anduvo haciendo bienes (Hechos 10:38).
Tampoco hace caso a los milagros realizados por el Salvador que servían para confirmar su mesiazgo y autoridad divina. Esta observación nos lleva al cuarto punto.
4.- Anti-milagros y anti-sobrenatural
En cuanto a los milagros de Jesús y las demás maravillas registradas en la Biblia, García es bien escéptico. Mejor dicho, es incrédulo. Acepta las presuposiciones ateas de los materialistas actuales. Como en el caso del teólogo liberal alemán Rudolf Bultmann, García cree que los milagros forman parte de una cosmovisión mítica compartida por los autores bíblicos.
Por lo tanto, lo que hay que hacer es desmitificar la Biblia y reinterpretar sus milagros para que tengan sentido para el hombre contemporáneo. Esto significa que hay que descartar cualquier relato de la Biblia que suene meramente milagroso o anti-racional (la creación, Noé, la lucha de Jacob con el ángel, el éxodo, la burra de Balaam, Jonás y un largo etcétera).
Tristemente, en vez de procurar refutar los argumentos anti-sobrenaturales de los agnósticos llamándolos al arrepentimiento y a la fe, García procura reinterpretar dos mil años del cristianismo con el fin de acomodar a la mente no creyente. Nos acordamos de las palabras del Señor: “Conviértanse ellos a ti, y tú no te conviertas a ellos” (Jeremías 15:19).
Ya hemos visto los efectos de semejante metodología en las iglesias de Alemania, el Reino Unido y los Estados Unidos: ¡han quedado vacías! De manera paradójica, el liberal –en su afán por ser relevante- acaba siendo todo lo contrario.
Son precisamente las iglesias conservadoras las que más crecen en todo el mundo. Oramos para que la Iglesia del Señor en España siga andando en la verdad de la bendita, inerrante e infalible Palabra de Dios.
5.- Un argumentum ad logicam
Cuando García desata su ira contra los que creen en la plena inspiración, autoridad e inerrancia de las Escrituras, emplea un par de argumentos mal formulados que carecen de fuerza intelectual.
Primero, García se confunde al pensar que las partes descriptivas de la Biblia sean prescriptivas. Cuestiona la ética de Abraham, Jacob, Josué, Salomón, David y otros olvidándose de que la Biblia también nos enseña malos ejemplos para que no los sigamos.
Si Jacob miente, esto no quiere decir que la Biblia nos esté animado a engañar a la gente; sino a no seguir el mal ejemplo de Jacob. Estos episodios no atentan contra la inspiración de la Palabra.
Segundo, la acusación de acusaciones de García es que los fundamentalistas se equivocan al leer la Biblia de manera literal. Pero se trata de otro argumento ilegítimo. No hay nadie que lea la Biblia cien por cien literalmente. ¿Acaso conoce García a alguien en sus círculos bautistas que crea que cuando Jesús se autoproclamó la puerta de las ovejas que estaba hablando en plan literal?
Cuando llegamos al capítulo siete del libro, García escribe lo siguiente: “Recomendamos a nuestros lectores que no anticipen la lectura de este capítulo sin haber leído antes los capítulos precedentes” (p. 207).
Es irónico porque aquí García –el anti-literalista- quiere que sus lectores lo interpreten de manera literal. De todas formas, me pregunto si García pone en tela de juicio la necesidad de una lectura literal cuando lee las instrucciones de sus recetas médicas.
6.- La Biblia es la palabra de hombres
García piensa que la Biblia se trata de un libro escrito por hombres. Hasta cierto punto, lleva la razón. Pero no defiende en ningún momento la convicción evangélica de que Dios es el autor de las Escrituras. Fue Dios el que redactó la Biblia a través de los autores bíblicos.
La Biblia, según nuestro pensador, es un simple tomo de percepciones humanas (p. 82), fruto de las culturas egipcia, babilónica, mesopotámica, etc. Por ejemplo, el concepto del sacrificio vicario en el judaísmo no fue ordenado directamente por Dios sino una creencia “heredada de culturas mesopotámicas” (p. 82). Es decir, se trata de una idea humana. Por eso García cree que la Biblia contiene varios errores, discrepancias y contradicciones.
Según García, la Escritura no es la Palabra de Dios en el sentido literal del término sino, “se va haciendo Palabra de Dios en la medida en que se identifica con la revelación llevada a cabo en Jesús de Nazaret” (p. 62). O en otra ocasión opina que, “Las Sagradas Escrituras lo son en la medida en que en ellas se puedan rastrear las pistas de un Dios que no somete, sino dignifica” (p. 146).
Y de nuevo, “Los textos sagrados se convertirán en Palabra de Dios en la medida en la que actúe el Espíritu en el propio lector” (p. 166). En cada paso, García niega que la Biblia sea literal, objetiva y ontológicamente la Palabra del Altísimo.
¿Y qué hacemos con todos aquellos pasajes en la Biblia que no compaginan con la hermenéutica humanista de García? Los desechamos en el nombre de los supuestos prejuicios nacionalistas de los autores del Antiguo Testamento o la confusión de los discípulos de Cristo.
Así acusa García al apóstol Mateo de “forzar el texto” de Oseas 11:1 sin considerar que el discípulo escribió siendo guiado por el Espíritu. Este escepticismo radical hacia los textos bíblicos explica la razón por la cual nos dice García: “Gracias a la Biblia percibimos la voz de Dios, aunque nos llegue con bastantes interferencias” (p. 211).
Puesto que García no tiene interés en ningún otro mensaje que no cuadre con su visión liberal de hermandad y justicia social, tiene que sacar sus tijeras a la hora de leer la Biblia.
7.- La doctrina no importa
Si lo más importante es hermandad y justicia social, García –siguiendo el espíritu del liberalismo- argumenta que la doctrina no importa. Lo que realmente cuenta es el amor, la solidaridad, la tolerancia y la exaltación de los valores humanos (p. 180).
Ahora bien, la idea de que el amor sea más importante que la doctrina no deja de ser una doctrina personal de García. El teólogo bautista justifica su postura apelando al pluralismo religioso ya que hay tantas religiones diferentes en el mundo con tantas doctrinas diferentes (pp. 168-169).
Pero, ¿por qué la existencia de tantas otras religiones nos lleva a negar nuestras convicciones cristianas? ¿Acaso implica la existencia de billetes falsos la no existencia de billetes verdaderos? ¡Desde luego que no! Lo que García necesita hacer es examinar las carencias intelectuales y lógicas presentes en otras cosmovisiones no cristianas y demostrar cómo la fe cristiana ofrece una interpretación mucho más lógica, coherente y satisfactoria de la realidad que aquéllas.
8.- La duda como preocupación creativa
A diferencia de nuestros padres protestantes, García se deleita en fomentar dudas y sospechas en los corazones de los creyentes. Define la duda en la página 18 como, “una preocupación creativa”. Dudar de las Escrituras es dudar de la Palabra de Dios. ¿Quién soy yo o quién es Máximo García para poner en tela de juicio la fidelidad o veracidad del único Omnisciente?
En realidad, el libro es un tratado sobre la incredulidad. Si los editores del libro habrían optado por llamar el tocho ‘Redescubrir la duda’ o ‘Redescubrir la incredulidad’ en vez de ‘Redescubrir la Palabra’, nos hubieran hecho un favor a todos.
Hay un sinfín de ejemplos en el tomo de García sobre los mitos, las leyendas, las discrepancias y los errores incluidos en la Escritura.
Total, García desempeña el mismo papel que el católico liberal Erasmo en el siglo XVI, negando la doctrina protestante de la perspicuidad (claridad) de las Escrituras. ¿Cómo explicar la incertidumbre que caracteriza a Erasmo y a García?
Lutero tiene una respuesta clara: la culpa se debe a la mente caída y pecaminosa del ser humano. “Mas el hecho de que muchas cosas sean abstrusas para muchos, se debe no a la oscuridad de las Escrituras, sino a la ceguedad o desidia de esa gente misma que no se quiere molestar en ver la clarísima verdad” (Lutero).
El amor de Lutero hacia la verdad proposicional explica su disgusto por el escepticismo teológico. En términos del reformador de Wittenberg: “El Espíritu Santo no es un escéptico; tampoco son dudas o meras opiniones lo que Él escribió en nuestros corazones, sino aserciones, más ciertas e inconmovibles que la vida misma y cualquier experiencia”.
Tenemos que tomar una decisión cada uno: ¿creer la Palabra de Dios dudando de Máximo García? ¿O creerle a Máximo García dudando de la Palabra? Para mí la decisión es bien fácil.
9.- El error categórico fundamental
Desde el primer capítulo hasta el séptimo, la obra de García está contaminada por un error filosófico fundamental. Si leéis el libro de García con esta falacia lógica en mente, os daréis cuenta de que el tomo carece de valor intelectual. Por alguna razón extraña, García cree que el demostrar el origen histórico de una creencia necesariamente desacredita la creencia.
García aplica este error a múltiples verdades enseñadas en la Biblia: la creación, el éxodo, los jueces, la institución de las fiestas judías, los demonios, el diablo, el infierno, los milagros, etc. García repite la misma línea de pensamiento docenas de veces a lo largo de su tomo.
Explica que un determinado tema bíblico –digamos el éxodo- es procedente de literatura egipcia. Por lo tanto, razona el español, el éxodo es falso. Se trata de lo que llamamos en el mundo anglosajón un “Category Error”, traducido al castellano sería algo como un error categórico o un error de categorías.
Usaré un ejemplo para aclarar este principio. Isaac Newton descubrió la ley de la gravedad. Ahora bien, ¿deja de existir la ley de la gravedad si os dijo que Newton la descubrió en el 1666? ¿O si digo que la descubrió por causa de la caída de una manzana de un árbol plantado por granjeros irlandeses? ¡Por supuesto que no! Explicar el origen histórico de una creencia no hace nada para derribarla.
Al fin y al cabo, podríamos usar la lógica de García contra su propio libro diciendo lo siguiente: García aprendió todo lo que sabe de los seguidores de la alta crítica alemana, por consiguiente, no hay que hacer caso a sus argumentos. O, García nació en los años 50, consiguientemente, puesto que podemos demostrar su origen histórico, no hace falta creer nada de lo que él nos dice. Es la misma lógica.
10.- Falsa alternativa: o Jesús o la Biblia
En última instancia, García presenta a sus lectores una falsa alternativa, esto es, o Jesús de Nazaret o la Biblia. Según el pensador, la Biblia se hace Escritura cuando se identifica con la revelación de Dios realizada en Jesucristo.
Aquí García tendría que volver a leer su Nuevo Testamento y entender la visión que tenía Cristo tocante a las Sagradas Escrituras. Jesús aceptó todo el Antiguo Testamento como Palabra de Dios y no solamente aquellas partes que apuntaban al Mesías (p. 172).
Pensamos, por ejemplo, en la alusión de Cristo a la institución del matrimonio en Mateo 19:6. No es un pasaje mesiánico; sin embargo, Jesús lo aceptó como la Palabra autoritativa de Dios. Y ¿qué diremos sobre los tres textos que Cristo citó de Deuteronomio 6-8 mientras peleaba contra Satanás en el desierto? No se trataron de versículos mesiánicos; no obstante, Cristo los citó como autoritativos. ¿Acaso no fue el bendito Hijo de Dios el que dijo: “Ni una jota ni una tilde pasará de la ley hasta que todo se haya cumplido” (Mateo 5:18)?
García anda peligrosamente porque el verdadero discípulo de Cristo presupone el señorío de Cristo en todas las cosas (incluso sobre la esfera intelectual). No hay tal cosa como autonomía cristiana. No hay tal persona como un teólogo cristiano autónomo. Son términos contradictorios.
El creyente es llamado a someter todas las áreas de su vida al señorío de Cristo. La neutralidad es traición. Y si Jesús de Nazaret creía en la infalibilidad, inerrancia e inspiración plenaria del Antiguo Testamento, sus seguidores también son llamados a creer lo mismo.
Rechazamos, pues, la alternativa falsa entre Jesús y la Biblia respondiendo que la Biblia es el libro que el Hijo de Dios emplea para gobernar en su Iglesia hasta que no vuelva por segunda vez. No es o Jesús o la Biblia; sino Jesús y la Biblia.
II.- ERRORES APARTE
Además de la crítica presentada, hay varios errores en el tomo de García que un lector no informado tendría que tener en cuenta. Aquí están algunos de los más destacados. García cree erróneamente que:

  • Los reformadores eran individualistas.
  • Los reformadores rechazaron la tradición de la Iglesia (sólo los anabaptistas hicieron eso).
  • Los reformadores rechazaron la doctrina del Theotokos.
  • El término mesiánico ‘hijo de hombre’ se refiere a la humanidad de Cristo.
  • ¡El ateo Ludwig Feuerbach era un teólogo luterano!
  • 2 Timoteo 3:16 solamente se refiere al Pentateuco.
  • Nada es totalmente demostrable o indemostrable (científicamente hablando).
  • Hay una errata en la página 22 donde llama al teólogo dominico Edward Schillebeeckx “Schillebeecks”. Pero bueno, no pasa nada, se lo podemos perdonar.
III. – PREGUNTAS PARA GARCÍA
Hay algunas preguntas que Máximo García haría bien en aclarar para el público evangélico en España. He hecho una lista de algunas preguntas que me gustaría que aclarase para el pueblo protestante en la península ibérica:

  • ¿Cree Máximo García que Dios creó el cosmos?
  • ¿Cree Máximo García en la doctrina de la Trinidad?
  • ¿Cree Máximo García en la evolución de las especies? Me refiero a macro-evolución.
  • ¿Cree Máximo García en la resurrección literal y corporal de Jesucristo?
  • ¿Cree Máximo García en la preexistencia del Hijo de Dios?
  • ¿Cree Máximo García en la resurrección de Lázaro de la muerte?
  • ¿Cree Máximo García que nacemos en pecado?
  • ¿De qué exactamente se trata la doctrina de la salvación para Máximo García? ¿Cree en la necesidad del nuevo nacimiento por el poder del Espíritu Santo? ¿Cree en el poder expiatorio de la sangre de Cristo para librarnos de la ira venidera?
IV.- REFLEXIÓN FINAL
Personalmente hablando, me he quedado muy decepcionado con el tomo de García. El autor me prometió “alimento sólido” (p. 117); pero me dio piedras. La imagen que me vino a la mente mientras leía el tomo de García fue la de un hombre ante un puzle de 66 piezas.
Se cree capaz de explicar dónde todas las piezas del puzle fueron fabricadas; pero es incapaz de echarse para atrás y ver la imagen que el puzle entero procura transmitir. ¡Qué tragedia! Tarde o temprano sabía que el movimiento liberal tendría que darse a conocer en España; pero qué triste que está sucediendo precisamente en nuestros días.
Hay dos grandes cargas que tengo en el corazón. Aquí quiero aclarar que no hablo en el nombre de ninguna institución evangélica. Hablo yo, Will Graham, sabiendo que muchos otros hermanos protestantes seguramente compartirán mi sentir.
En primer lugar, es difícil entender cómo un hombre tan entregado al liberalismo teológico puede haber estado dando clase en la Facultad de Teología de la Unión Evangélica Bautista de España (UEBE) durante cuarenta años. La UEBE es una denominación reverenciada por todo el pueblo evangélico en España gracias a sus convicciones bíblicas.
Pero si Máximo García ni siquiera cree en el primer artículo de la confesión de fe de la UEBE, ¿cómo puede estar dando clase a los futuros pastores bautistas de esta nación? En plan puramente ético, si la Facultad de la UEBE está sostenida en gran parte por dinero de creyentes y padres conservadores, ¿por qué contratan a profesores liberales que solamente sirven para destruir la fe de los jóvenes? Salmo 11:3 dice: “Si fueren destruidos los fundamentos, ¿qué ha de hacer el justo?”
En segundo lugar, me siento muy triste con la casa editorial Clie. ¿Acaso no existe Clie con el fin de defender la fe evangélica? ¿Cómo puede Clie vender libros escritos por Matthew Henry y Charles Spurgeon por un lado y luego tomos de Máximo García por el otro? Si Henry y Spurgeon estuvieran entre nosotros, reprenderían a Clie por tal hipocresía.
¿Es Clie una casa editorial cristiana puesta para la defensa del Evangelio o un simple vendedor de libros? Sería impensable que una sana casa editorial como Editorial Peregrino llegase a publicar el estudio de García. ¡Impensable! ¿Dónde están nuestras convicciones? ¿O las sacrificamos por amor el lucro?
Después de leer ‘Redescubrir la Palabra’, con mucho dolor en el corazón he aprendido que el tomo de Máximo García se trata de secularismo vestido de teología evangélica (o sea, incredulogía, dudología, sospechología). El tomo es otra expresión más de incredulidad sofisticada contaminada por mitos, leyendas, errores y contradicciones liberales.
¡El Señor guarde a su amada Iglesia y a todos los seminaristas evangélicos en España!

Fuente: Protestantedigital, 2017