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sábado, 1 de junio de 2013

Miradas antropológicas sobre la vida religiosa III

Por. Marcos Carbonelli, Argentina*
Miradas antropológicas sobre la vida religiosa III. Religiones mágicas: breves observaciones antropológicas y otros ensayos. Juan Mauricio Renold (compilador). Buenos Aires: Ediciones Ciccus. Diciembre 2012. 358 páginas.
A partir de la apertura democrática en la década de los ochenta, la diversidad religiosa adquiere un interés creciente en las ciencias sociales en la Argentina. Particularmente, enfoques procedentes del campo de la sociología y la antropología han formulado las principales contribuciones, aunque en el último tiempo se han sumado investigaciones provenientes de la ciencia política y la teoría del derecho. Esta pluralidad de perspectivas revela un plexo amplio de asuntos pero, a mismo tiempo, muy específicos. Progresivamente, el campo de estudios se institucionaliza más, en un ciclo académico que reconoce sus albores principalmente a partir de los años noventa, como lo atestigua la producción de papers, la realización de congresos –locales y con otros países del Cono Sur y en general de América Latina–, y la creación de redes de estudio. De éstas, la más reciente es Diversa, Red de Estudios de la Diversidad Religiosa en Argentina, un grupo de cuarenta académicos que mantienen al mismo tiempo un blog especializado.
En este marco se inscribe el libro “Miradas antropológicas sobre la vida religiosa III”, compilado por el antropólogo Juan Mauricio Renold y lanzado por Ediciones Ciccus –Centro de Integración, Comunicación, Cultura y Sociedad–. Un rasgo que merece especial mención resulta el carácter federal de esta realización: tanto el compilador como la mayoría de los autores resultan investigadores que no residen en la ciudad de Buenos Aires, sino en el resto del país. Esto nos habla de una intención explícita de visibilizar valiosas producciones que se originan en el exterior de los circuitos académicos hegemónicos.
Dada la vastedad temática del libro y su carácter de compilación, en lo que sigue sólo nos proponemos reconstruir los ejes que vertebran este emprendimiento colectivo. Renold abre la obra colectiva con dos capítulos extensos, titulado el primero “Introducción sobre la religión y la secularización: notas sobre autores clásicos”; y el segundo, “Religiones mágicas: breves observaciones antropológicas”. Eminentemente teóricos, en sus páginas Renold repasa, analiza y compara los principales aportes de los autores “clásicos” de la sociología de la religión, tanto de los siglos XIX y XX, bajo un esfuerzo de síntesis fecundo.
En subsecuentes capítulos, investigadores especializados en los campos de las iglesias evangélicas, afroamericanas y el catolicismo, respectivamente, brindan importantes aportes desde su experiencia científica y la inmersión personal en sus áreas de estudio. El sociólogo Hilario Wynarczyk es autor del capítulo “¡Oh Jesucristo, danos poder antes del Juicio para hacer la obra que nos encomendaste! Cambio social evangélico en la Argentina, décadas de 1980 y 1990”. Después, el antropólogo Alejandro Frigerio presenta “Pasajes y conversiones: una mirada sobre el tránsito religioso, entre Argentina y Brasil”. Ambos capítulos ofrecen importantes contribuciones teóricas locales, que toman en cuenta las lecturas canónicas en las ciencias sociales, pero se tornan autónomas de ellas a partir de la experiencia empírica y teórica situada. En el capítulo escrito por Wynarczyk, su elaboración de una teoría acerca de los campos de fuerzas y movimientos sociales, permite reconocer un dispositivo conceptual replicable en otros ámbitos de investigación sociológica cuyos objetos no pertenezcan al campo religioso. Frigerio, a su vez, construye una valiosa discusión a partir del extenso oficio que acredita en estudios comparados de Argentina y Brasil, permitiendo entender con notable claridad los contrastes entre abordajes asumidos por investigadores de los dos países.
Cabe destacar particularmente el trabajo de Wynarczyk, porque fiel a su doble condición de sociólogo de la religión y profesor de metodología y taller de tesis, pone un énfasis notable en la construcción de un marco teórico que constituye el protocolo de su tarea de investigación y del relato que surge de la misma. Su encuadre conceptual presenta un notable valor como herramienta para la aprehensión descriptiva y el análisis de otros fenómenos sociológicos, donde diversos actores individuales y colectivos constituyen un sistema y un campo de fuerzas, técnicamente definidas como intereses y hermenéuticas capaces por momentos de asociarse o de entrar en situaciones de tensión.
El siguiente capítulo se titula “El catolicismo liberacionista en la Argentina: ‘praxis liberadora’ y ‘opción desde los pobres’. Acción y presencia en las masas”. En esta parte del libro, Fortunato Mallimaci escribe acompañado por Luis Donatello. Sociólogos expertos en temas del ámbito católico (el primero de los autores cuenta en particular con una trayectoria especialmente reconocida y diferenciada, que hunde sus raíces en la propia trayectoria participativa en sectores del catolicismo afiliado a la Teología Latinoamericana) aportan, en el capítulo citado, unos análisis que revisten un significado especial en estos momentos en que un sacerdote argentino ha sido exaltado a Papa de Roma y las disquisiciones sobre la opción por los pobres vuelven a estar sobre el tapete.
A partir de ahí se suceden los trabajos de quienes, como Juan Mauricio Renold, trabajan en el espacio académico de la Universidad Nacional de Rosario. De estos otros autores, la mayoría se encuentra en sus fases de formación de posgrado. Así, los dos capítulos siguientes apuntan a un área de problemas relacionados con comunidades de nativos americanos de la etnia Toba (actualmente denominados Qom), conversos a la religiosidad evangélica pentecostal, que migraron desde el norte de la Argentina al contexto urbano del Gran Rosario, conjunto de áreas circundantes de la ciudad de Rosario; y de igual modo, desde la República del Paraguay, fronteriza con el norte de la Argentina. De estos dos aportes al libro, el primero es el trabajo de Sofía Fernández, “Definición del campo religioso pentecostal en torno de la danza en el Barrio Toba de Rosario”. El segundo, de María Georgina Granero, “Propuesta de análisis en torno del estudio de la religiosidad paraguaya en un contexto de migración a través de la noción de intercambio”.
Posteriormente, los capítulos se refieren a formaciones religiosas y sistemas de creencias que se encuentran fuera del cristianismo, o en sus límites, y al catolicismo. En este punto de nuestra reseña nos alejamos del orden en que se hallan dispuestos los capítulos, y los presentamos de acuerdo con una concentración sistemática, que surge de nuestro propio criterio de lectura. Así nos encontramos con los trabajos de Fernando Silberstein, “El YiJing. Estructura y filosofía”, Lucía Amparo Emilia Salinas, “La orden sufí naqshbandi en el campo religioso de la ciudad de Rosario”, María Cecilia Picech, “Creencia negra global a ‘la criolla’: la transnacionalización de Rastafari en Argentina”, Andés Gil, “Testigos de Jehová. Breves observaciones sobre sus creencias y organización”, y Marcelo Ulloque, “Las oblatas y sus mundos. Rosario (1935-1949)”.
La obra, compilada por el profesor Juan Mauricio Renold, culmina con una presentación de los autores.
 
*Marcos Carbonelli es Magister en Ciencia Política, Instituto de Altos Estudios Sociales, UNSAM. Doctorando en Ciencias Sociales, Facultad de Ciencias Sociales, UBA. Becario doctoral del Área Sociedad, Cultura y Religión del CEIL-CONICET. Buenos Aires, Argentina.

Fuente: Lupaprotestante, 2013.

lunes, 30 de abril de 2012

Libros: La presencia del mal en la política

Por Roberto Bosca, Argentina
Modernismo y satanismo en la política actual, de José Enrique Miguens (Lumen), se presentan algunas líneas de interpretación.
José Enrique Miguens es considerado, tanto en el nivel de la opinión pública como en los ambientes culturales, en ambos casos con justos títulos, como uno de los intelectuales argentinos más lúcidos. Su labor académica, abundante y desplegada con fluidez durante más de seis décadas, como el buen vino ha alcanzado hoy su punto de sazón. Ella aparece, ante nuestros ojos, suficientemente consolidada y con su característica esencial de estar firmemente arraigada a su compromiso con las exigencias reales y concretas de la convivencia ciudadana.
Su rasgo quizás más rico entre muchos otros ha sido, a lo largo de su fructuosa vida, y sigue siendo hoy, la actitud permanente de mirada y escucha atenta e inteligente de la realidad. El motivo de la presente obra no es una contemplación abstracta sino que pretende contribuir, a través de la reflexión científica, a una mejor comprensión de los problemas más importantes de la vida social. Se advierte aquí con claridad una personalidad que encuentra su identidad más profunda en el reconocimiento del otro, en un ethos que expresa una conciencia inspirada en el anclaje formulado a partir de una matriz profundamente cristiana.
Una serie de sus publicaciones ha estado dedicada a estudiar, por ejemplo, el pensamiento mágico en la praxis pública; otro tramo de su producción intelectual ha sido dirigido a las relaciones entre el poder económico y el poder político; y una tercera y significativa parte se ha encaminado a tratar de superar los vicios de nuestro comportamiento societario –por ejemplo el autoritarismo y otras disfunciones de la convivencia–; pero desde siempre, aunque especialmente en los últimos años, su interés primordial es desentrañar los resortes que permitan a los argentinos articular una vida buena.
La construcción de ciudadanía es uno de los untos clave de la tragedia argentina, inexplicable para el mundo y para nosotros mismos. Miguens vislumbró estas intuiciones que dieron lugar a esperanzadoras certezas y apuntó su artillería para ayudar a una magna tarea compleja que constituye un proceso de sucesivas generaciones.
No es éste, desde luego, el fruto de un oficio solamente profesional: a Miguens –como a los hijos fieles de las patrias que les dieron vida– le duele la Argentina. Ese dolor encarna un sentir colectivo que él no ha recogido de los archivos estadísticos ni de los ensayos científicos, sino de la misma entraña del pueblo. Lo ha valorado y lo ha hecho suyo. Cuando Félix Luna le preguntó a Arturo Frondizi cómo le gustaría ser definido y recordado, el estadista respondió con esta frase: “Amó a su patria”.
A personajes eclesiásticos ha sido frecuente asignarles la cualidad de dilexit Ecclesiam, “amó a la Iglesia”. Miguens podría ser identificado con ambas cualidades, pero también podría serlo con una impronta si se quiere más significativa: el núcleo áureo que ha caracterizado a los fieles cristianos de todos los tiempos, que es el amor expresado en una dimensión individual y también social. En la posmodernidad líquida, su personalidad expresa con nitidez la sólida consistencia de una identidad abierta a la diversidad de lo real.
En la obra que ahora aparece, Modernismo y satanismo en la política actual, el autor amplía su mirada hacia el plano global, aunque el lector avisado no puede dejar de advertir una doble lectura, que –de acuerdo a la apuntada sensibilidad argentina del sociólogo– incluye una perspectiva local. En la incisiva mirada de Miguens, van siendo sometidas a su crítica brillante las llamadas –en el lenguaje teológico– “estructuras de pecado”, que como representaciones del mal constituyen auténticos núcleos del dominio despótico cuyo origen anida en un ser personal. Piénsese en la sacralización de la política modernamente producida por el secularismo laicista que diera lugar a las llamadas “religiones políticas”, constitutivas de las monstruosidades vividas durante nazismo y el marxismo, en el siglo pasado.
En una obra anterior, el sociólogo había centrado su interés en el liberalismo mecanicista. Ahora se dirige al romanticismo hegeliano en lo político. En ambos casos, traza una profunda crítica de raíz filosófico-política tanto a los elitismos tradicionales y modernos como a los nuevos populismos, que en cierto modo constituyen, dicho con una frase inspirada en el célebre sintagma del léxico político revolucionario, la “enfermedad infantil de la democracia”.
La obra es una síntesis, en la madurez del pensamiento de José Enrique Miguens, de su rica producción académica y refleja una envidiable erudición y profundidad. Antes y más que eso, constituye el fruto intelectual y humano de quien hizo de su vida una sinfonía de amor a Dios, a su patria y a su pueblo.

Fuente: Revista Criterio, Nº 2375.

viernes, 30 de marzo de 2012

“Evangelizar es discernir dónde está Dios en la ciudad”

Por Bonard Virginia, Arentina
Conversación con el sacerdote Jaime Mancera Casas en el marco del 1º Congreso Regional de Pastoral Urbana que se realizó el año pasado en la Universidad Católica Argentina y cuyo tema fue “Dios vive en la ciudad”. Bogotano, 43 años, sacerdote desde hace 20 –él se define como “buscador, inquieto intelectualmente” –Jaime Mancera Casas es el Vicario para la Evangelización de la Arquidiócesis de Bogotá, Colombia. Experto en pastoral urbana, la entrevista se realizó inmersos en la urbe porteña.
–¿Qué nuevos paradigmas culturales surgen cuando hablamos de pastoral urbana?
–Las ciencias sociales y humanas han hecho un proceso de recomprensiónde sus campos de investigación, sobre todo a la luz de lo que en los últimos años se ha llamado “el paradigma de la complejidad”, que se fundamenta en el reconocimiento de que una realidad está relacionada con tantas cosas que es imposible abordarla y comprenderla desde una sola ciencia. En este contexto aparece la necesidad de interdisciplinariedad, que algunos denominan transdisciplinariedad. Eso se ha aplicado muy fuertemente en todos los encuentros que se proponen de ciudad y culturas urbanas, es decir, sociología urbana. Desafortunadamente, en la Iglesia no vivimos un proceso análogo: seguimos utilizando paradigmas antiguos para referirnos a la ciudad. Ya resultan antiguas las lecturas que proponen algunas revistas católicas latinoamericanas que se refieren a la ciudad como un producto de sociedades industriales, resocializadoras y deshumanizantes, retomando las igualmente antiguas interpretaciones marxistas. Ningún comunicador social, antropólogo o sociólogo se refiere hoy a la ciudad de esa manera, ni siquiera los sociólogos marxistas urbanos se atreven hoy a hablar de ciudades como “desperdicios de la sociedad industrial”. En este sentido, el sociólogo español Manuel Castells, en su libro La ciudad informacional, sostiene que las ciudades hoy deben ser entendidas a partir de las redes de la información y cómo las dominaciones se construyen desde los sistemas de comunicacióne información. Me aterra que desde la Iglesia estemostan atrasados en un mayor diálogo interdisciplinar con lo que las ciencias sociales y las ciencias humanas están investigando sobre la complejidad de la cuidad.
–Es decir que, para usted, la Iglesia no está tomando en cuenta la complejidad del tema.

–Seguimos analizando en blanco o negro, si bien es un avance significativo que el documento de Aparecida haya reconocido que no sabemos definir qué es la ciudad, que haya puesto de relieve la mirada de los discípulos misioneros sobre la realidad latinoamericana, y que los obispos hayan reconocido que la realidad es compleja, nebulosa. Sin embargo, todavía nos quedamos en las mediaciones que utilizaron algunas teologías de la liberación, que definían la ciudad en categorías de marginación.
–¿Cómo analiza el tema de la religiosidad popular en las ciudades?
–Generando un marco de comprensión todavía más amplio: la religión en la ciudad. La religiosidad popular urbana tiene muchísimos matices porque la ciudad se expresa en su modernidad a través de una “religión invisible”: cada uno cree en lo suyo, en su casa, eliminando la dimensión social de la religión. Paralelamente subsiste una religión muy tradicional de los migrantes, que sigue creyendo como si estuviera en su pueblo: con su fiesta patronal, sus devociones, su cuadrito de la Virgen o de su santo. En el medio también aparece una “nueva religiosidad urbana popular” que ya no tiene que ver con modificaciones de la religiosidad popular del campo llegada a la ciudad, sino con religiosidades creadas en la misma ciudad, las cuales también se caracterizan por su complejidad. Es más, me pareció sensato que la Santa Sede publicara el directorio de la piedad popular y de la liturgia haciendo una diferenciación entre la religiosidad popular como experiencia cultural de cualquier grupo social y la piedad popular del catolicismo, porque no toda religiosidad popular es católica.
–¿Cómo se contempla la movilidad humana desde la pastoral urbana?
–Se distinguen dos tipos de movilidades: interna y externa. La externa tiene que ver con las migraciones del campo a la ciudad o entre ciudades; la interna es muy característica de la vida de la ciudad, forma parte del cóctel urbano, a diferencia de lo que sucede en un pueblo, donde todo está en el borde de la plaza: la tienda, la alcaldía, la policía, el doctor, el banco. En la ciudad hay que desplazarse; se crea una sensación de velocidad y de que el tiempo no alcanza. Esto genera un impacto muy grande en las acciones de la Iglesia porque cuando todo el mundo está pensando “no tengo tiempo”, ¿quién puede ir a un grupo de oración, una catequesis, una invitación a una tertulia sobre un tema de fe o de Doctrina Social de la Iglesia?
–¿Qué diferencias encuentra en América latina con respecto a lo que sucede en Europa?
–En nuestra sociedad latinoamericana, citando a García Canclini, conviven lo tradicional, lo moderno, lo postmoderno y lo que se llama lo postsecular, que es diferente de lo postmoderno. Por lo tanto, nuestra acción evangelizadora dialoga con cada uno de estos aspectos. Aquí el componente más grande es el tradicional, con modernidades que recién están surgiendo. En Europa la combinación es diferente porque el componente moderno es el más importante, si bien Italia y España aún conservan ciertas tradiciones, pero externamente. Las nuevas experiencias religiosas de la postmodernidad han dado lugar a lo esotérico, la nueva era, junto a los que sencillamente han renunciado a cualquier expresión religiosa. En Europa la vida es mucho más racional, más medida, y los desafíos de evangelización son otros. Para Europa el tema es ¿por qué Dios en la vida?; en América la presencia de Dios es mucho más evidente y no se discute.
–¿Por qué el lema del Congreso es “Dios vive en la ciudad”?
–Se trata de un concepto que empezó a trabajarse muy fuertemente en el Concilio Vaticano II, y en el magisterio latinoamericano apareció por primera vez en Aparecida. Allí se afirman tres cuestiones: una cosa es la ciudad; otra, que Dios vive en la ciudad; y una tercera, que la Iglesia sirva a Dios en laciudad. Y esto es el fruto precioso del Concilio, que reconoce que la revelación no se ha terminado, que es la autocomunicación permanente de Dios en la historia de los hombres y, por lo tanto, en la ciudad. Evangelizar no es transmitir contenidos sino discernir dónde está Dios en la ciudad, qué está haciendo Dios en ella y cómo nos ponemos al servicio de eso que Dios está haciendo; de esto se trata la pastoral urbana.

Fuente: Revista Criterio

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ANTE LA CRUZ
viene el recuerdo otra vez
el impacto de esos días ambiguos
cuando un hombre transparente
fue asesinado por amor a la causa divina:
paladeó el dolor como pocos
y abrió la puerta universal de la fraternidad
subió a un madero ignominioso
y ganó una salvación desde el abandono

ese recuerdo golpea paredes y conciencias
convoca rituales ceremoniosos
mas sobre todas las cosas
viene desde un tiempo pleno
a decir que la justicia es un derecho
para todos/ su camino de sangre
lo han recorrido millones de seres
que soñaron y sueñan con un reino de paz

su voz maltrecha en el suplicio
apeló y apela a la ausencia de Dios
pero resuena en la concavidad del cielo:
recordar su martirio atribulado
sin sumarse a las huestes de fe
es un flaco homenaje a su lucha
al amor inobjetable que lo habitó
e incluyó a sus enemigos

hoy su cruz nos llama a todos

30 de marzo, 2012

L. Cervantes-Ortiz

miércoles, 2 de noviembre de 2011

La Iglesia ante los desafíos sociales

Por Pérez del Viso, Ignacio, Argentina*

A comienzos de mayo tuvo lugar en Rosario el Primer Congreso Nacional de Doctrina Social de la Iglesia, con importante participación de jóvenes. Las conclusiones se publicarán después de las elecciones de octubre por respeto a los laicos que participaron y que pertenecen a diferentes líneas políticas.Eran tradicionales las semanas anuales de Pastoral Social de la Iglesia realizadas en Mar del Plata. Sin excluir la investigación, se ponía el acento en la divulgación de la Doctrina, para despertar mayor conciencia social. Ahora, en cambio, se procedió a la inversa: sin excluir la divulgación, se privilegió la investigación, para encontrar mejores caminos hacia la transformación social. Fue muy ponderada, en este sentido, la palabra del jesuita Juan Carlos Scannone, de San Miguel, de renombre internacional.
Puede decirse que las Semanas tradicionales eran abiertas a los periodistas, mientras que en Rosario sólo lo eran a las sesiones plenarias, no los grupos de trabajo. ¿Había algo que ocultar en el Congreso? No al menos por razón de los temas, que son demasiado conocidos, como la pobreza y la indigencia. Más bien creo que primó el deseo de asegurar el consenso de las conclusiones. Recuerdo un encuentro en Brasil donde alguien propuso que dejaran de pagarse todas las deudas externas. Le pedí entonces al coordinador que no figurara esa propuesta como conclusión final si no podía discutirse en el plenario, al menos para aclarar a qué tipo de deudas se estaba refiriendo.
El mensaje social del Evangelio
El punto de partida del movimiento actual se encuentra en el mensaje social del Evangelio, enraizado en la fe judía, que fluye de la Ley dada por Moisés y de las visiones de los profetas. También en este sentido somos “espiritualmente semitas”, según la expresión de Pío XI. Del Decálogo deriva el llamado “derecho del pobre”, que se extendió al forastero, recordando que los judíos lo fueron en Egipto. Como no existía la “mano invisible” que reequilibrara el mercado, se estableció el año sabático, cada 7, y el año jubilar, cada 50, como una mano bien “visible”, para que los esclavos recuperaran su libertad y las familias sus bienes. La actual devolución de tierras a los pueblos originarios, en nuestro país y en toda América latina, va en esa línea, con las dificultades inherentes a todo reordenamiento jurídico. Por otro lado, el núcleo de la predicación profética se encuentra en la solidaridad con los pobres. “Cuando compartas tu pan con el hambriento –decía Isaías– tu luz brillará como la aurora”. Estas raíces judías de nuestra Doctrina Social no significan que Jesús se haya limitado a repetir las normas tradicionales. Ningún auténtico profeta sólo repite. Todos son creativos, con lo cual no ensombrecen a los precedentes sino que les otorgan una claridad mayor. La creatividad de Jesús se pone de manifiesto en sus parábolas, como la del Buen Samaritano, que se ocupó del hombre caído y lo atendió con aceite y vino, mientras que el sacerdote y el levita seguían de largo. La Iglesia aplicó después a Jesús la imagen del Buen Samaritano, quien nos cura “con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza”, según un prefacio de la liturgia actual. La atención de los enfermos y afligidos supone el aceite del consuelo. La ayuda universal por hijo y el subsidio desde la semana 12 del embarazo son un sabroso vino de esperanza, escanciado por toda la sociedad argentina, que de todas maneras hubieran sido mejor establecidos por ley y no por decreto. La solidaridad espontánea de los primeros cristianos planteaba problemas delicados, como nos ocurre hoy. ¿Tengo que darle al pobre lo que me sobra o también algo de lo que necesito? Los llamados Padres de la Iglesia trataron estos problemas a partir de casos concretos y fue naciendo así una “enseñanza” social muy avanzada, pero aún no sistematizada.
Muchos de esos Padres eran obispos, pero la enseñanza no era vista como parte del magisterio oficial sino más bien como un testimonio del sentir de toda la comunidad.
La Doctrina Social de la Iglesia
Siguió la época de los doctores medievales, como santo Tomás de Aquino, que intentaron sistematizar la enseñanza previa, un tanto dispersa. Ya no se limitan a comentar textos de la Biblia sobre los pobres sino que asumen cada problema con el llamado método escolástico, considerando las razones a favor y en contra de cada posición. La enseñanza social se ubica entonces en el área de la teología moral. Vendrán luego los teólogos de la Edad Moderna, que tratarán temas nuevos, como los planteados por la conquista de América y algunas regiones de Oriente.
A la Iglesia le costó asimilar el fin de la cristiandad medieval y la ruptura de su unidad política y religiosa. Y le costó quizás más resignarse al fin del sistema de corporaciones, añorado aún en el siglo XX. Hoy ya no podemos imaginar a empresarios y sindicalistas nucleados en una sola entidad de acuerdo al sector, sino que deben negociar y buscar acuerdos en función del bien común, sin confundir las posiciones. Por otro lado, la antigua relación de las corporaciones medievales con los príncipes, es decir, con el gobierno, aún no ha sido superada en nuestro país. Los sindicalistas que desean ser gobierno o parte de él no deberían olvidar que también ellos tienen que ser controlados por los tres poderes del gobierno, algo de lo cual se está dando en los actuales juicios por medicamentos adulterados.
Empresarios y sindicalistas pueden ser elegidos, pero como representantes del pueblo, no de sus asociaciones. El rabino Sergio Bergman representa a sus adherentes, no a entidades judías. La última etapa se inicia con la encíclica Rerum novarum, de León XIII, en 1891: allí nace oficialmente la llamada “Doctrina Social”, que recoge la enseñanza de los papas y del último Concilio. Lamentablemente los teólogos, salvo Tomás de Aquino, son ignorados en el “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia” (2004). Muchos los consideran “comentadores” de los documentos oficiales, cuando en realidad continúan siendo “exploradores” que se adelantan proféticamente a la redacción de los documentos.
El compromiso social de los laicos
Con el surgimiento de la Doctrina Social se dio un gran paso en la lectura de los “signos de los tiempos”, según la expresión conciliar, facilitando la búsqueda de soluciones, en diálogo con otras Iglesias y religiones, incluso con agnósticos. En nuestro país aumentan los casos concretos de acción solidaria conjunta entre personas de fe diferente: tres mujeres creativas, Marisa Bergman (judía), María Eugenia Crespo (católica) y Gabriela Cholak (musulmana) acaban de publicar un libro titulado Constructores de puentes. Una vivencia interreligiosa. Las tradicionales Semanas de Pastoral Social se movían con un paradigma “descendente”, para que la Doctrina Social de los papas llegara a los laicos y los entusiasmara. Este Primer Congreso de Rosario, en cambio, se desarrolló con un paradigma “ascendente”, que presupone el anterior. Los laicos no fueron invitados al Congreso como simples discípulos sino también como maestros. Unos 1.500 participantes, en su mayoría profesionales o personas con amplia experiencia, tenían mucho que aportar al conjunto de la Iglesia. Además de las sesiones plenarias funcionaron 20 grupos con temas específicos y participé en el de la inserción de la Argentina en América latina y en el mundo. Había posiciones enfrentadas y varios de los que hablaban, al comienzo, se dedicaban a rebatir a algún orador precedente. Pero hacia la mitad del Congreso se comprendió que con ese método podíamos continuar días y días sin arribar a ningún puerto. Comenzó entonces la búsqueda de consensos para llegar a algunas propuestas. Una que presenté y que mereció el acuerdo tenía que ver con no comenzar por esquemas teóricos sobre la integración de América latina sino profundizar los pasos ya dados, como el acuerdo de Paz y Amistad con Chile, hace un cuarto de siglo. La mediación del beato Juan Pablo II transformó la Cordillera de los Andes en un puente, después de haber sido una muralla o un foso en la época del Beagle. De modo similar, no debemos descuidar los acuerdos ya logrados sobre la pastera Botnia, cerca de Gualeguaychú.
Conclusión
Fue singular la participación de los jóvenes, que mantuvieron una cálida reunión con el cardenal Jorge Bergoglio. Esta incorporación se venía dando desde hacía unos años y es mérito, ante todo, del obispo Jorge Casaretto, presidente de la Comisión episcopal de Pastoral Social. Ambos prelados cumplirán 75 años hacia fines del presente año, y habrá renovación en varios cargos de la Conferencia episcopal. Por suerte contamos con pastores valiosos que asegurarán la continuidad de esta apertura hacia la responsabilidad de los laicos. En mi grupo ponderé al obispo Jorge Lozano, quien supo acompañar a los sobrevivientes y familias de Cromagnon y después a la gente de Gualeguaychú, donde es titular. Ha escrito sobre temas sociales, como la droga y el juego. Pero al margen del cargo que ocupe, es un religioso que sabe dialogar con los de la “vereda de enfrente” y jugarse por la protección de los más débiles.
En síntesis, se demorará unos meses la publicación de las conclusiones del Congreso de Rosario no por temor a un conflicto con el Gobierno o con dirigentes de la oposición, sino por respeto a los laicos que participaron y que pertenecen a diferentes líneas políticas, en un año super-electoral. Cuando concluya el primer tiempo del partido, el político, tendremos que empezar el segundo tiempo, el social. Los clérigos animaremos al equipo, pero los jugadores deberán ser, en primer lugar, los laicos y las laicas, los jóvenes y los voluntarios. Prevemos un alargue del partido, pero esperamos que no abunden las tarjetas rojas ni los adversarios del diálogo social.

*El autor, jesuita, es profesor de Doctrina Social de la Iglesia en la Facultad de Teología de San Miguel, Bs As. Argentina.