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martes, 17 de junio de 2014

El "Jesús" de Hans Küng (I)

Por. Antonio Piñero, España*
Confieso que me he puesto a leer este libro por un triple interés, fácil de suponer para el que haya seguido un poco la trayectoria del autor. En primer lugar porque Küng es un hombre de vastísimas lecturas y amplísima experiencia de intercambios intelectuales con gentes de gran valía que han escrito o pensado mucho acerca del tema de este libro, Jesús. En segundo porque este es un libro sobre el tema que tiene todos los visos de ser el producto de toda una vida de reflexión, un libro generalista pero con ideas claras que resumen la reflexión de muchos años. Tercero, porque el autor es harto habilidoso para dar la vuelta a los argumentos de la crítica no confesional a interpretaciones sobre el Jesús histórico que van en contra de la tradición. Y es así en las tres cosas. En este sentido no defrauda el libro en absoluto. Otra cosa es que desde el punto de vista histórico-crítico no haya que discutir diversos puntos de vista del autor.
El libro está publicado por la Editorial Trotta, de Madrid en 2014. 215 pp. ISBN: 978-84-9879-505-9.
Küng parte de la idea de que ofrecer una visión sobre Jesús en estos tiempos sólo es válida desde el punto de vista de la historia, del Jesús histórico; y añade que esta tarea es necesaria para los miembros de la Iglesia, porque hay muchas concepciones sobre Jesús que no son de recibo. Se ve con toda claridad si se compara lo que ofrece una buena imagen del Jesús que vivió realmente en el Israel del siglo I y la que representa la Iglesia hoy, la institucional con su jerarquía (¿Cómo se compaginaría una solemne misa pontifical en San Pedro, el Vaticano, con lo dq fue y representó Jesús en el siglo I?)
Quizás la animosidad contra Ratzinger/papa emérito Benedicto XVI que aparece en el Prólogo vaya en parte en esa línea. Küng sostiene que su obra (tanto “Ser cristiano” como “Jesús”) se edifican en diálogo con la exégesis histórico-crítica, teniendo en cuenta “de manera rigurosa sistemática los hallazgos surgidos de la crítica del Nuevo Testamento”; por el contrario, la de Ratzinger ignora sus resultados incómodos para el dogma” (p. 11). En consecuencia, para Küng Ratzinger construye un Jesús “desde arriba”, partiendo de la dogmática de los concilios helenísticos de los siglos IV y V (Nicea; Éfeso; Calcedonia). Nuestro autor, por el contrario, construye un Jesús “desde abajo”, desde el modelo del Nuevo Testamento. El resultado: los libros de Ratzinger presentan a un Jesús fuertemente divinizado, mientras que el de Küng es una elaboración del Jesús histórico, del que estudia ante todo su “dramático conflicto fundamental con la jerarquía religiosa y la piedad farisaica… con todas sus consecuencias” (p. 12).
¿Es cierto que Küng logra ofrecer una imagen que está de acuerdo con los hallazgos surgidos de la crítica del Nuevo Testamento? Personalmente lo pongo en duda. Opino globalmente, en una estimación general de su libro “Jesús”, que su imagen tiene enfoques novedosos y concordes con la crítica. Pero, por otra, su dibujo de Jesús contiene medias verdades y está fuertemente influido por la reflexión teológica, como pondré de relieve en algunos puntos. ¿Acaso considero que la reflexión teológica es mala en el caso de una exposición sobre Jesús? Podría no serlo, pero de facto sí me parece que interfiere a la hora de dibujar a un Jesús con todos los rasgos de los evangelios.
Por ejemplo, la mirada teológica, sobre la que pesa la tradición, hace que no se preste la debida atención al “material furtivo” acerca de un Jesús más implicado en la socio-política de su tiempo, radicalmente opuesto al domino de Roma, rodeado de discípulos violentos y a veces fanáticos, un Jesús que no predica solamente la gracia y el amor de Dios. En este apartado aparece de nuevo la drástica y consabida oposición entre Juan Bautista y Jesús: el primero es el austero y triste predicador del juicio; el segundo es el proclamador del amor y de la gracia… Pero este punto de vista generalizado oculta que Jesús es también el predicador del más severo juicio contra aquellos que no aceptan su concepción del reino de Dios. Todo ello tiene importancia si es que, ya desde el prólogo del presente libro, afirma el autor que él procede de manera rigurosa y sistemática a construir su imagen de Jesús sobre los hallazgos de la crítica. Desde luego, no todos los hallazgos, ni mucho menos.
Otra de las bases del libro de Küng es la contraposición –verdadera-- entre el Jesús histórico como base del cristianismo (ciertamente no habla el autor expresamente de “fundador”) y lo que sabemos de otros “fundadores” de religiones de alcance mundial, sobre todo de Buda, Confucio y Lao-Tse. Del Jesús histórico –sostiene Küng con acierto-- podemos afirmar en principio que no es un mito, puesto que hay testimonios sobrados de que fue un hombre real, que vivió en un tiempo muy concreto y en una zona geográfica muy determinada, en espacio y en tiempo. De Jesús de Nazaret tenemos incomparablemente más datos históricos seguros de los fundadores de las grandes religiones asiáticas, Buda Confucio, Lao-Tse. Además, una comparación simple de tradiciones, afirma Küng, nos muestra que en principio las tradiciones sobre Jesús no son míticas. Compárese, por ejemplo, los Evangelios Sinópticos con el Ramayana.
Esto es cierto y Küng acepta las limitaciones de nuestro conocimiento histórico. Así admite que sobre el origen, nacimiento y familia de Jesús apenas sabemos nada, al igual que son inseguras las fechas de su nacimiento y de su muerte. Pero hay otros datos de los que se puede obtener información suficiente para formarse una imagen de Jesús que sirva para conformar a su vez la vida de los cristianos de hoy. De acuerdo con la postura bultmanntiana básica, Küng sostiene que no se puede escribir una biografía de Jesús: no tenemos más que los datos escuetos que se reducen a que “su itinerario nos llevó desde Galilea, su patria, a la capital judía, Jerusalén, desde su bautismo por Juan y el anuncio de la cercanía del reino de Dios a su confrontación con el judaísmo oficial y su condena a muerte por los romanos”… Por ello los evangelios nos permiten a lo sumo conjeturar una evolución externa de Jesús, pero de ningún modo una evolución interna. La génesis de los evangelios canónicos, las fuentes más cercanas a Jesús, surgidos en un período de unos cuarenta a sesenta años después de la muerte de este, no nos permiten construir una biografía verdadera de Jesús porque no aportan datos.
Pero sí se puede responder a lo básico de las preguntas “¿quién era Jesús?” y “¿qué quería?”. Küng responde con un aserto hoy por suerte aceptado, aunque muy a menudo sin obtener todas las consecuencias: Jesús era un judío: su nombre, su familia, su Biblia, su culto, sus oraciones, eran judíos..., pero de ningún modo fue un hombre asimilado y aceptante de la estructura “eclesiástica” y social de su época. Afirma con razón Küng que Jesús no tenía relación alguna con los tres grupos judíos dominantes de su época: Jesús no pertenecía al sacerdocio, ni mucho menos tenía contactos entre los sacerdotes superiores o “sumos sacerdotes”; no pertenecía a los “ancianos”, o cabezas aristocráticas o monetarias más influyentes de la sociedad judía, ni tampoco a los escribas, cuyos miembros más elevados pertenecían al Sanedrín, y que eran teólogos, juristas, de orientación farisea, aunque no todos. Es evidente que esto fue así.
Jesús no era un teólogo, ni se puede probar que tuviera formación específica alguna al respecto; no parece que fuera discípulo de ningún rabino, sino sólo y temporalmente de Juan Bautista. No se presentó Jesús como experto en todas las cuestiones posibles doctrinales, morales, jurídicas, ni se tuvo como intérprete y custodio de tradiciones de los antepasados. También esto me parece cierto. Küng caracteriza a Jesús como un contador de historias, puesto que su modo de enseñar era profano, popular y directo, expresivo, concreto y plástico. “Sus expresiones reflejan una seguridad diáfana (en sí mismo), una singular síntesis de escrupulosa objetividad, imaginación poética y sentimiento retórico”… Jesús hablaba utilizando comparaciones, parábolas de penetrante sutileza, que sitúan la tan variada realidad del reinado de Dios en la realidad humana observada con sobriedad y realismo. La extrema resolución de sus concepciones y exigencias no presuponía requisitos especiales en sus oyentes de carácter intelectual, moral o ideológico. El ser humano ha de oír, entender y sacar las consecuencias. A nadie pregunta por la fe verdadera, por la profesión de fe ortodoxa. No espera una reflexión teórica, sino la obligada decisión práctica” (p. 36).
Es esta una buena descripción externa de lo que Jesús era, pero tenemos ya aquí una muestra de lo que denomino una verdad a medias y una selección de datos de lo que sabemos de Jesús que defienden quienes dentro de la Iglesia tienen una postura moderna (sana por otro lado) contra la estrechez de la ortodoxia. Pero la verdad es que Jesús fue más bien ortodoxo en su judaísmo. Partió de supuestos básicos de la religión judía que no necesitaba repetir y que formaban una suerte de “ortodoxia”, a saber la aceptación al pie de la letra de la historia narrada en los libros ya sagrados en su tiempo aunque aún no hubiera un canon escrito (La Ley y los Profetas); la aceptación ineludible de una Ley que no se discutía pero que se debía interpretar; la aceptación de una serie de creencias (por ejemplo, en la resurrección, la vida de ultratumba o inmortalidad del ser humano, del juicio futuro y de la retribución divina, que no tenían, por ejemplo, los saduceos) que no podían discutirse. Siempre intentó Jesús llevar al hombre a la esencia de su religión judía representada en su concepción de Dios y de su Ley.
También era tradicional al interesarse especialmente por un futuro mejor del mundo y del hombre que solo se conseguiría con el establecimiento del reino de Dios en el tiempo último de la historia presente. Pero, en contra de Küng, estimo que al predicar el reino de Dios Jesús pensaba más en Dios que en el hombre, que tenía un afán “teocéntrico” de defensa más de Dios que del ser humano, que estaba impulsado más por el deseo que el designio divino, expresado en la creación y que estropeó el pecado de Adán, se llevara a cabo y todo fuera perfecto que en el hombre que iba a disfrutar de ese estado renovado y perfecto de la creación.
Me imagino que el de Jesús era un pensamiento parecido al de ciertos reformadores islámicos actuales que piensan más globalmente en el orden del universo y en el pueblo en general que en el individuo. Estoy pensando, por ejemplo, en el imán Jomeini en su etapa de exilado en París, hace décadas, cuando predicaba el cumplimiento del Corán y de la ley islámica en su tierra natal, la Persia de entonces dominada por Sha Reza Pahlevi; ciertamente le interesaban sus paisanos y correligionarios y su felicidad, pero su pensamiento dominante, más que el bienestar futuro de sus compatriotas en una tierra y estado totalmente islámicos, era que se cumpliera el designio divino, de Alá, sobre esta tierra, que habría de manifestarse primero en Irán y luego en el mundo entero.
Algo parecido, opino, debía de ocurrirle a Jesús. Y si esto es así, no se puede afirmar, como hace Küng, que “Jesús no se preocupaba del statu quo religioso-político. Sus pensamientos se centraban en un futuro mejor, en el futuro mejor del mundo y del hombre”? (p. 37). No me parece posible que sea así, si nuestro autor, Küng, parte del principio de que religión y política estaban indisolublemente unidos en el Israel del siglo I (como en el islam hoy) y que la profunda transformación que postulaba Jesús significaba un cambio absoluto de la política y de la sociedad del siglo I en Israel. Por ello me es difícil de entender que escriba esta frase. Es cierto que luego parece afirmar todo lo contrario, pero en el fondo de esta afirmación transcrita late una concepción el reino de Dios según Jesús espiritualizada e internalizada: todo ocurre en el interior del corazón del ser humano y lo exterior, los “socio-político”, no tiene importancia.
Por tanto, esa frase rotunda de Küng me parece una inconsecuencia; o bien un no querer extraer las oportunas deducciones del hecho de que el reino de Dios futuro pero inmediato, cuya venida Jesús proclamaba, iba a instaurarse en la tierra de Israel. Ese reino iba a ser un cambio tremendo del statu quo religioso-político. ¿Acaso cabían en ese reino de Dios los sumos sacerdotes judíos, lo mercaderes griegos y romanos, los herodianos, Poncio Pilato y Tiberio mismo? De ningún modo. Por tanto a Jesús le preocupaba “el statu quo religioso y político”. Jomeini en París no predicaba nada más que algo “puramente” religioso, el Corán y su aplicación en Irán/Persia. Y se vio de inmediato, y se ve hoy, cómo influye una aparente predicación religiosa en la política y la sociedad, pues la cambia toda ella entera.
Seguiremos con el breve análisis de algunos presupuestos básicos del libro sobre Jesús de Hans Küng, porque hay en él material muy interesante.

*Saludos cordiales de Antonio Piñero.
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com

  TENDENCIAS21, Junio 2014

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