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martes, 16 de junio de 2015

Política y Reforma Protestante



Por. Emilio Monjo, España
Les tenía unas notas, de manual, sobre los efectos de la Reforma Protestante sobre la política, pero escribo el día del Corpus aquí en Sevilla, y sólo describiendo lo que pasa, con los pasos y todo, tenemos una imagen insuperable de la política en la Reforma. Los actos de esta celebración eucarística se mueven entre el Ayuntamiento y la Catedral (es camino corto), incorporando a todo el cuerpo social en este Corpus: estamentos militares, sociales, académicos… con bailes rituales, conciertos y fiestas, incluyendo festejo taurino. Pues ya sabemos que para el papado eucarístico todo el cuerpo social es el Cuerpo (Corpus) de Ésequedicen (no puedo poner el sacratísimo nombre de mi Cristo en ese altar de Confusión). Es un Auto de Fe, donde toda la sociedad debe mostrarla, sin faltar nadie, bajo el supremo cáliz. La hostia. Es el acto público de fe donde todos, con independencia de cargo o responsabilidad, muestran su sumisión al prelado, donde todos confirman la presencia real de Ésequedicen en la hostia.
El ayuntamiento tiene su altar, y ofrece concurso de altares en la ciudad. (Vuelvan a leerlo, o se lo pongo otra vez.) La acción política en nuestra España, desde Trento ha sido un Auto de Fe, una acción de Contrarreforma, incluso en la estética. Esto es el Corpus. Todos jurando sumisión al prelado. Ése que es vicario del Vicario. Todos bajo el pie del Sumo del Vaticano. Esto es política papal; cuando el ayuntamiento (que cada uno puede creer lo mejor) no tiene altares ni procesión eucarística, eso es política protestante. En todas partes, con intensidad de color variable, pero en eso España tienen unidad de destino universal, tenemos las celebraciones eucarísticas como parte del “pueblo”, son fiestas populares; y los partidos, antiguos o emergentes, así lo quisieron.
Y Sevilla sigue en eso en primera fila de la procesión. Esto del Corpus es un Auto de Fe. Aquí, incluso en el lugar donde se celebraban los grandes, en la plaza de San Francisco. Ya en semana santa, que dicen, se prepara el espacio con entarimado semejante; luego en el Corpus, con altar y todo. Es la expresión del triunfo del Vaticano con su papa. (No puedo evitar decirlo; que el papa ha dicho eso de que el padre de mentira es el que obra la desunión de la Iglesia, pero ya saben que en la casa, los de confianza, a ése le llaman no padre, sino papa, el papa de mentira. Y efectivamente así es, con aporía lógica incluida: cuanto más mentiroso, más “verdadero” en su naturaleza. El papado ha sido el mayor enemigo de la unidad de la Iglesia, y sigue, pues está en su trono el Primogénito, el Primero, el Primado, de ése que nombra el papa.)
Todos los partidos unidos en el Cuerpo vicario del Vaticano, ésa es la orden, ése es el símbolo. Eso es política en España: Contrarreforma. Pero, vamos a ver, eso sería cuando el sagrado guía entraba bajo sagrado palio; pero ahora, con la Constitución ya no será así. Sigue igual. Pero ¿no es la Constitución aconfesional? Sí, en su letra; pero cada uno la describe bajo el altar vaticano. Como esta celebración es símbolo estético de la naturaleza de la política, nos brinda la foto de que esa Constitución es puesta bajo el altar, de la Constitución es el nombre del tramo entre el Ayuntamiento y la Catedral. Vaya, que se la pasan bajo los pasos (pongan otro modo de expresarlo, que a mí no me sale).
No todo está perdido; ya mismo esos altares se derrumban. Y con ello aparece una nueva situación, de libertades. Uno de los nuestros ya lo dijo, que las cenizas producidas por los Autos de Fe en esta ciudad (los mismos en esencia que estas celebraciones eucarísticas), conservan el rescoldo de la vida de la fe, la presencia del Espíritu en su pueblo, lo invencible, y que ya el viento de la providencia sopla para avivarlas. Por la acción y colaboración de gente diversa, en ese mismo espacio de la plaza de San Francisco, les anoté que presentamos la obra Protestantismo Español e Inquisición en el siglo XVI (la traducción realizada por Francisco Ruiz de Pablos de la obra de E. Schäfer. –La tiene la Librería Calatrava en la Feria del Libro de Madrid–). Se movieron esas cenizas en el XIX, con Luis de Usoz y su rescate de las obras de los reformadores españoles; y seguimos, con excelentes colaboradores (iba a poner con “muchos”, pero no sé), que ya dijo Usoz: “¿Cuándo habrá verdadero conocimiento del Cristianismo en España, y paz y libertad?… Y en punto a Cristianismo, sólo de nombre se conoce en España. Como también, de nombre sólo, se conoce la Libertad”.
Tenemos bendición; ya mismo nuestra España recibe la luz. Mientras, en un día como hoy, donde de nuevo se anuncia esclava y humillada la libertad, (algo siempre temporal) con estas celebraciones eucarísticas, en procesión sumisa de las autoridades civiles o militares o académicas o… Recordamos las cenizas de nuestros padres y madres, nuestros papas y mamas, que aquí no hay papas de mentira, y con alegría vemos, ya respiramos el aire de la libertad, de la Reforma Protestante, la buena, no la que copió los cuerpos papales para meter en ellos a toda la sociedad.

Ya mismo, la Libertad.

Fuente: Protestantedigital, 2015.

sábado, 6 de junio de 2015

Ciencia y Reforma protestante

Por. Emilio Monjo, España
Por visita al artículo vecino, en la semana anterior apunté algunas reflexiones sobre creacionismo. Al pensar juntos sobre la Reforma Protestante, uno de los aspectos necesarios para recordar es su impulso a la investigación científica. Con la Reforma no sólo se liberó la conciencia del hombre; también la naturaleza y la manera de caminar sobre ella. Anoté que me parece extraño el lenguaje de los que quieren hacer “científico” el creacionismo, usando las medidas de la actual ciencia (que no necesita referencia a lo trascendente). Por supuesto, tampoco aceptando que tengamos que reconocer un universo de miles de millones de años, en proceso evolutivo que incluye al propio ser humano, para poder dar testimonio de la fe cristiana. Yo creo en “Dios Padre, Creador del cielo y de la tierra”, que ya lo dice el texto: “Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía” (Hebreos 11:3).
Sin embargo, me parece que debe advertirse de una falacia terrible por sus consecuencias. Se asume que la creencia en Dios como creador, eso nunca fue problema en la cristiandad. Hubo, eso sí, corrupciones en otros aspectos de la enseñanza de la Biblia, pero en ése la cosa se mantuvo bien; hasta que vino Copérnico con su intento de simplificar el diagrama de los epiciclos del sol y los planetas, y al tal Galileo se le ocurrió mirar con unas lentes, que le permitía sacar deducciones muy suyas, y luego el colmo con Darwin. No, eso no es así. En el Antiguo Testamento, cuando el pueblo ofrecía los primogénitos a Moloch, estaban mostrando un rechazo de Dios como creador (con las consecuencias de ser el que domina y conduce todas las cosas); los lugares altos en tantas épocas de Israel (del norte y del sur), son testimonio de que no creían en Dios creador. Cada vez que las fiestas de la familia, las cosechas, primicias, siega, etc., se celebren en referencia a un aspecto de la naturaleza, en vez de testimonio de la presencia del Dios creador, absoluto, son testimonio de que la gente es “evolucionista”, o al menos, en la parcela que abarca su cosmovisión (sin que formulen teorías universales).
En el Nuevo Testamento se enseña, como parte del mensaje del Evangelio, sin lo cual no hay Evangelio, que Dios es el creador y sustentador de todo lo que existe. (Seguramente el mejor texto es Apocalipsis, pero igual otras partes.) Sin embargo, las iglesias incorporan a gente de culturas diversas, donde la idea de Dios creador y sustentador era tan extraña como en la actual sociedad, y de modo a veces imperceptible, van moldeando el mensaje de la Escritura a sus propios pensamientos y argumentos. Eso fue afectando a todas las doctrinas, también a la de la creación. El paradigma lo encontramos en Tomás de Aquino; gran defensor de Dios creador. Pero cuando tiene que explicar, dibujar, esa proposición, lo hace con lo que le proporciona Aristóteles (con las modificaciones de Ptolomeo).
De manera que al decir: Creo en Dios, creador; se está pensando, y así se exige que se afirme, en el modelo aristotélico (por supuesto, con la incorporación de la creación de la nada). Como los fariseos y escribas antes, con sus tradiciones (=explicaciones y usos de la ley), habían anulado, suplantado a la Ley de Dios, ahora pasa lo mismo. La “explicación” del texto, de lo que el texto presenta y propone, se convierte en “texto”. Cuando algo se salía del “texto”, o tiesto, creado por los maestros, los que muestran el carácter del papado (el mejor modelo de “texto” ofrecido como la verdad, la presencia del Espíritu, y todo eso), pues se tenía que considerar herejía. Así ocurrió con Galileo. Su rechazo por el papado, con su Inquisición romana (la romana, la que todavía dura, no la española –que cada Inquisición aguante su hoguera–), no suponía una defensa del Dios creador, sino de la explicación, como “autoridad”, de Aristóteles vía Tomás.
Creer en la Biblia como es la Palabra de Dios, infalible, aunque con su modo retórico de comunicar esa Palabra a la criatura, no es lo mismo que creer cómo pinta alguien la explicación de esa Palabra. Ya lo dijeron antes: ¿tienes un sueño? Cuéntalo, como sueño, no como Palabra de Dios. Aunque sea muy bonito, incluso efectivo (Pablo no quiso las palabras efectivas de la humana sabiduría, para que la fe de sus oyentes estuviera sustentada en algo que no los convirtiera en siervos del maestro de turno.) Diseño Inteligente; creacionismo científico; evolucionismo teísta, y tantas formas de dibujar la manera de la creación, o de la evolución, que de dibujo se trata; pues, sueños son, aunque algunos se muestren, según gustos, muy coloridos y atractivos. Lo que se dice en Génesis es así, es la verdad, dicha con la retórica adecuada para nosotros, no para aquellos antiguos tan torpes, para todos; y es parte de la verdad conjunta de toda la Escritura. Y yo no sé pintar la manera de la creación ¿qué pinto yo en eso? Dios, nuestro Dios, con su poder lo hizo, y es la garantía también de que hará todo lo que ha comunicado para el futuro; por eso tenemos esperanza cierta. Los dibujos son como la flor de la hierba, por muy “científicos” que se presenten.
El concepto miserable tomista sobre la creación, como otros, había “sacramentalizado” a la naturaleza; eso no era creer en Dios creador. Ahora, con la Reforma, también esto cambia. No siempre de una manera común y en buen camino, pero se puede caminar. El hombre libre, es también libre para su trato con su medio. Un nuevo modelo de relación con la iglesia (como institución), con la familia, con el matrimonio (sexualidad), con el trabajo, con el Estado, etc. Es el “protestantismo”, estar por el testimonio, por la verdad; y desde ahí, caminar. Es tiempo para la ciencia, no para la liturgia. Un ejemplo, bastante recurrente y muy estudiado, es el que nos presta el cuadro de Rembrant, de 1632, “La lección de anatomía del doctor Tulp”. Se estudia al propio pintor, que tenía sólo 26 años cuando lo pintó, y la presencia de las figuras, en su modo de estar, en sus miradas… Es un ejemplo de la ciencia en la Reforma Protestante. El doctor Nicolás Tulp fue un personaje notable (se puede mirar alguna biografía en internet); cirujano, médico “social”, involucrado con su ciudad, con sus vecinos, innovador, investigador serio, desde su ámbito local con mirada hacia el mundo… En la escena se aprecia algún libro; seguramente es indicativo de los que existían de “autoridad” sobre anatomía. Están, pero no impiden progresar, no son “sacramento” cerrado, que ya operan por sí propio (y nunca mejor dicho eso de “operan” en este caso). Se trata de mirar, de dejar que hable lo que se investiga, en este caso, el brazo del difunto. Habla a sus oyentes el doctor Tulp, pero su voz, de eso se trata, eso es ciencia, es la portavoz de lo que dice el cadáver. La vida de la ciencia no es el libro aislado, cerrado, sino el conjunto: la experiencia pasada, la revisión, la investigación, y todo ello, desde el tacto, lo presente, lo “verificable”. Eso es ciencia, pongan “protestante”, porque con el papado no se podía.
Ciencia protestante; los dones puestos al servicio del cuerpo, de los otros. Investigar, progresar, arreglar lo mejor posible las cosas para la mayoría de la gente. El lema, delante de una vela encendida, del doctor Tulp era: “para servir a otros, me consumo”. Eso es ciencia, ética, protestante. Al servicio de la ciudad, de los ciudadanos, del bien común, porque se cree en Dios creador, que ha dado valor y dignidad a toda su creación, y toda ha sido afectada por la obra, primero de uno, para muerte, pero también por la de Otro, por su sacrificio, para vida. Vale que todo se tiene que romper al final, pero es tarea nuestra, como mayordomos, trabajar y cultivar, administrar, usar todos nuestros dones. La vagancia es virtud allí, dentro de la cueva de las tres coronas, pero aquí, en la libertad y responsabilidad es condición miserable y egoísta. El doctor Tulp se involucró en servir a los otros en su ciudad (Ámsterdam), con su medicina, proponiendo soluciones para las epidemias, sirviendo en la práctica diaria… Fue alcalde en alguna ocasión; sirvió en los ministerios propios de su iglesia local. Era un científico protestante. Por eso no se nota en el cuadro que lo era. Su trabajo, su discurso, su lección, era para todos. Es un creyente, pero lo “eclesiástico” no aparece en la mesa, pues es una mesa de ciencia, de medicina. El cuadro da para muchas reflexiones. La Reforma Protestante trajo libertad para investigar. Seguro que no en todas partes y con todas las extensiones, pero abrió camino. Sigamos.


Fuente: Protestantedigital, 2015.

viernes, 1 de mayo de 2015

LUTERO Y LOS JUDÍOS



Por. Emilio Monjo, España
Lutero y los judíos Lutero asume que está peleando personalmente contra el diablo, y cree que está de parte de Dios, y, quizás, lo que es más problemático, que Dios está de su parte.
Después de haber calificado a los dos bandos, campesinos y señores, de estar ambos en contra de Dios, y de ser la suya una lucha injusta por parte y parte, y luego de buscar la paz, aunque fuere por medio de acuerdos humanos, tiene claro Lutero que el tiempo no pinta bien. Muchos “signos y prodigios” que se han producido le “pesan en el ánimo” y se “teme que la cólera de Dios se haya desencadenado con demasiada fuerza”. Hay que ponerse manos a la obra y escribir “Contra las bandas ladronas y asesinas de los campesinos” (1525), pues le queda claro que son instrumento del diablo contra la Iglesia y el orden propio. Están “haciendo una obra diabólica… y los dirige un archidiablo”. Son rebeldes, revolucionarios; y un rebelde “es un proscrito de Dios y del emperador; de modo que el primero que pueda estrangularlo actúa bien y rectamente. Cualquiera es juez y verdugo de un rebelde público, lo mismo que, cuando se declara un incendio, el mejor es el primero que pueda extinguirlo… Por eso, quien pueda ha de abatir, degollar o apuñalar al rebelde, en público o privado… ha de matarlo igual que hay que matar a un perro rabioso; si tú no lo abates, te abatirá a ti y a todo el país contigo”. Si esto vale para una persona privada, ya me dirán qué podrían hacer los príncipes con sus ejércitos, que “llevan la espada legítimamente”.
Que estos rebeldes “honran y sirven al diablo bajo apariencia del Evangelio”. Lutero lo ve claro: “Creo, incluso, que el diablo presiente el día final y por eso emprende algo tan inaudito, como si dijera: esto es lo último, por eso tiene que ser lo peor… Ahí ves qué príncipe tan poderoso es el demonio, cómo tiene al mundo en sus manos y puede confundirlo todo”. Que esto es una lucha directa contra el diablo, por eso, “quien muera del lado de los campesinos arderá eternamente en el infierno, pues esgrime la espada contra la palabra de Dios y su obediencia, y es un secuaz del diablo”. Si los campesinos llegaran a vencer sería, bajo la voluntad de Dios, el medio que Dios usaría (al propio diablo) para “destruir toda institución y toda autoridad, y convertir al mundo en un desierto, como preludio del último día, que no estará lejos”. Así que, “queridos señores, liberad, salvad, ayudad, tened misericordia de esta pobre gente [la que es víctima de la rebelión]. El que pueda, que apuñale, raje, estrangule; y si mueres en esa acción, bienaventurado tú, pues jamás encontrarán una muerte más dichosa… Que todos los fieles cristianos digan aquí: amén. Quien crea que esto es demasiado duro, piense que la rebelión es intolerable y que en todo momento hay que esperar la destrucción del mundo”. Es el final del mundo, el fin de los tiempos (como ya se anotó la semana anterior), el paisaje donde Lutero vive y se vive. Precisamente, como acto contra el diablo, contrajo matrimonio en estas fechas, con gran preocupación de sus propios íntimos.
Estamos en el espacio más creativo de Lutero. Y es bueno recordarlo; así no fabricaremos personajes idealizados, ni idealizaremos los tiempos y las épocas excluyendo a los personajes que la componen. Lutero asume que está peleando personalmente contra el diablo, y cree que está de parte de Dios, y, quizás, lo que es más problemático, que Dios está de su parte. Su palabra y aplicación es la de Dios. Por eso puede defender su libro contra los campesinos diciendo simplemente que los que no lo acepten tienen “corazones ciegos y desagradecidos”, ni siquiera merecería la pena refutarles sus argumentos, pues, sino que habría que dejarles en su escándalo “hasta que se pudrieran en él”. Que ya se sabe que los rebeldes no admiten razones. “Los campesinos tampoco quisieron escuchar ni se dejaron decir nada, por eso hubo que abrirles las orejas con bolas de arcabuz y las cabezas saltaron por los aires”. Lutero está seguro de que su libro agrada a Dios, y eso le basta. Lo que Lutero dice y aplica es la palabra de Dios. ¿No saben los que critican a su libro que su crítica es inútil? “¿No es justo callarse la boca cuando se escucha que Dios así lo dice y así lo quiere?” Lutero se lo creyó. A causa de los más débiles se aviene a dar algunas explicaciones. “A los demás que son seducidos por esas gentes o son tan débiles que no pueden comparar mi librito con las palabras de Cristo, se les dice esto; hay dos clases de reinos, uno es el reino de Dios, el otro es el reino del mundo… el reino del mundo es un reino de la ira y de la severidad, pues en él hay castigo, resistencia, juicio y condena, para reprimir a los malos y proteger a los buenos, y por eso tiene también la espada y la lleva… el reino del mundo no es sino servidor de la cólera divina para los malos y un verdadero precursor del infierno y de la muerte eterna”. No debe extrañarnos que los que usan a Lutero para la filosofía política, lo hagan para favorecer un estado totalitario. (Si queremos leer la Reforma como ámbito de libertades sociales, de una política protestante, debemos acercarnos a Calvino.)
En esta época Lutero escribió también otras cosas muy aprovechables, pero Lutero es Lutero. ¿Entonces qué hacemos? Pues leerlo (por lo menos algunas cosas fundamentales. –Yo he leído casi todo de Calvino, seguramente me quede alguna pequeña cosa por ahí, de Lutero me es imposible, no le puedo dedicar tiempo, con lo que he leído ya me basta–), y procurar ubicarlo en su contexto existencial, en su paisaje. De todos modos, en mi opinión, Lutero sería como un ariete formidable para derribar una muralla, y así fue con el papado de sus días, pero que luego no sirve para edificar la ciudad; el ariete derriba, pero no edifica. Aunque también sea verdad que para edificar, a veces sea necesario primero derribar. Y cada uno hace su función. Hagamos hoy la nuestra con fidelidad. Y ya vamos con los judíos. Realmente seguimos en la misma reflexión, no solo del Lutero que se vive en el final de los tiempos, sino, en el caso de los revolucionarios campesinos, porque en ellos aparecen los judíos como figura al servicio de los poderes de los príncipes. El campesino que ve cómo se llevan su cosecha para pagar sus diezmos, tiene en mente la figura del judío al servicio de las finanzas de los señores; son signo de la opresión de los poderosos.
En relación con la cuestión judía, Lutero debe pintarse en una primera postura, la que muestra en su obra “Jesús era judío”, de 1523, donde “si queremos ayudarles, debemos ser guiados por el amor cristiano, no por el legalismo papal. Debemos recibirlos cordialmente, y permitir que trabajen entre nosotros… y que vean nuestra vida cristiana”; y otra que la va adquiriendo con el paso del tiempo, y que se muestra en su último sermón, unos días antes de morir, precisamente contra los judíos (“Si se convierten y desisten de sus blasfemias y crímenes, entonces los perdonamos, sin no, no debemos tolerarlos”.), y, sobre todo, su obra “Sobre los judíos y sus mentiras”, de 1543, donde, si entonces se pudiera hacer eso de cortaypega, podría haber cortado una buena parte de su escrito contra los campesinos y pegarlo en este contra los judíos. El método es semejante, y las palabras igualmente terribles en las que propone que se les mate, y quemen sus casas. Las misma virulencia, y todo como un deber para preservar la Iglesia. No sé cómo se verían los judíos a sí mismos en el paisaje de su existencia; seguramente habrá diferencias y matices, pero es innegable que durante siglos, y en este de la Reforma, por todos lados, la presencia del judaísmo es parte de todos los paisajes existenciales de la cristiandad. En España algo podemos poner como ejemplos, pero en toda Europa ocurría que el judío era un asunto que siempre formaba parte de la cosmovisión. No es nuevo, se asumía que el Anticristo tendría al pueblo judío como su primer seguidor, luego vendrían las bofetadas y el final de la Historia. Siempre con una segunda venida de Cristo única, de una sola vez, no para estar aquí un periodo de mil años.
Sobre Lutero y los judíos existen multitud de escritos. Aquí solo apunto la cuestión, sobre todo para reafirmar la postura de un Lutero que se ve en el final de los tiempos. Y en esos tiempos están los judíos. Que si ya tenían mala prensa por lo de matar al Cristo, ahora se les sumaba que serían los servidores del Anticristo en el paso final de la Historia. Todo eso con el horizonte de su conversión en masa, como atestigua Pablo (Romanos 11:25-32). Las fábulas judaicas contra las que se avisa en el Nuevo Testamento se han reproducido y multiplicado en toda la Historia; en el tiempo que nos ocupa había muchas, igual que hoy. Si alguno en esos tiempos quería “preparar el camino del Señor”, tenía que allanar la finca judaica. Hoy igual. Y eso implicaba una gestión no siempre idéntica. En un primer momento en el lado luterano se quiso frenar los bulos contra los judíos, como que mataban niños y se bebían su sangre. Y ya he puesto el libro de Lutero donde apremia para que se les reciba cordialmente en medio de las ciudades cristianas. Incluso, por ello, el papado le acusó de ser favorecedor de los que habían matado al Señor, y seguían con sus crímenes. Desde antes, pero especialmente al final del siglo XV, se produjo una explosión de profetismo y visiones apocalípticas como preludio del final. Aquí en España, y en toda Europa. La figura del Anticristo es tema recurrente. Curiosamente, en muchos casos colocado en Roma. Otros, lo ponen en Jerusalén. En cualquier caso, la final venida de Cristo pasaba por los judíos. Y acelerar esa venida es misión del cristiano. Hoy igual, dicen.
Para la final conversión en masa de los judíos, vivamos con ellos en paz y que vean nuestro caminar cristiano, dijo Lutero al principio. Otros no compartían la opinión. Siempre el judío es enemigo, y debe ser derribado. Queda claro, en una postura u otra, el final, la bendición última de la tierra, no puede llegar con un judaísmo sin conversión. Si están, hay que convertirlos, o liquidarlos. Y Lutero piensa que no se van a convertir. El suelo no puede soportar el final con esta mancha. Liquidación que supone expulsión en casos concretos; en otros, simple liquidación física. Esto es lo que vive Lutero, porque vive en el final de los tiempos. Y tiene que preservar a la Iglesia católica, no solo del papado, sino de los otros siervos del diablo, los revolucionarios y los judíos. Sobre ellos enseña que la Iglesia debe librarse de ellos, ya vemos cómo, pues ya tiene bastante con sus propios pecados, como para llevar también los de los judíos. Si están en la casa, la casa está bajo el juicio de Dios, y su cólera viene pronto. Hay que echarlos; y ya sabemos cómo lo han realizado en tantas ocasiones; alguna tan cercana. Seguimos, d. v., la próxima semana con Lutero y su paisaje, a ver qué vemos.

Fuente: Protestantedigital, 2015.

jueves, 7 de agosto de 2014

Protestantes en Brasil, siglo XVI

Por. Emilio Monjo Bellido, España*
Desde Ginebra vendría un joven estudiante de teología, Jean de Léry (luego sería pastor en Francia; ya que se libró de la matanza de San Bartolomé). Tuvo que vivir un año con los nativos; aprendió mucho, y lo escribió. 
Solo unas notas para acercarnos a la presencia protestante en Brasil (siglo XVI); que dicho así suena bien, pero bien mirado el asunto chirría bastante. Un desastre. Un ejemplo de la situación religiosa protestante (francesa) del momento, con sus claros y oscuros, donde se muestra el naufragio de un modelo con el que solo se podía hacer ciudadanía convirtiendo en eclesiástica toda la vida social.
Un desastre; pero eso ha continuado. Lo que produjo la perversión de la Iglesia romana, se reactiva en estas iglesias protestantes, que ya para finales del XVI aparecen como instituciones del nuevo Templo, con sus sacerdotes, ancianos y autoridades religiosas, en las que prima la religiosidad externa.
En más de una ocasión, y aquí va otra, he propuesto la necesidad de indagar en esa secuencia de transformación en la que la Reforma primera se convierte en “confesionada” (si me permiten el término), o como han señalado los profesores Antonio Rivera y José Luis Villacañas en tantas formas y contextos, en una religiosidad de la gnosis, donde la comunidad es comunidad de “santos”, y estos son certificados por medio de un sistema gnóstico con forma protestante.
Esto arruinó el modelo primero (en el que se encuentra nuestra Reforma española, ya dicho tantas veces). Se convirtió a los documentos confesionales, a los ritos y formas locales, a los teólogos de “autoridad”, en lo que nuestro Antonio del Corro llamó “un quinto evangelio”, que se usaba como medida de ortodoxia. Eso no es la cristiana y católica reforma de vivir la Escritura en la Redención gratuita, sino un nuevo papismo.
No es extraño que, con el tiempo, como pasa hoy, su padre los crió (sí, aquel cuyo libro de familia Cristo mostró a los fariseos) y ellos se juntan.
De forma muy resumida, esa presencia en Brasil empieza en 1557, cuando el extrañísimo personaje Nicolas Durand de Villegagnon (1510-1571), caballero de Malta, vestido de (¿cómo podré poner “convertido”?) hugonote, que llegó a Vicealmirante de Francia, fue enviado por el Almirante Gaspard de Coligny, con órdenes del rey Enrique II (que protestante, protestante, no era) para establecer asentamiento en la bahía de Guanabara, actual Río de Janeiro (descubierto el sitio por los portugueses el 1 de enero de 1502, por eso Janeiro). Este sujeto terminó en Francia combatiendo contra los hugonotes; pinten el cuadro, y verán qué pinta tan extraña tiene.
En la expedición comandada por este Villegagnon iban gente variopinta, entre artesanos, marineros, etc., pero ninguna mujer. Siempre tuvo un pozo sobre la realidad sexual, en el que bebía su santurrona imaginación, y quería que todos bebieran. Cómo se le desorbitarían los ojos, ya bastantes dispersos, cuando vieron que los nativos del lugar, muy hospitalarios, estaban siempre, todos, en cueros vivos.
La estancia de la expedición está llena de episodios, que podemos llamar ridículos, si no fueren realmente trágicos para los que los sufrieron, debido a la manía de celibato forzoso que este sujeto quería imponer. Lo normal (qué miseria) era que con ello se juntaban los castigos, la prisión, las torturas; todo tipo de disciplinas, para formar una comunidad de “santos” a la medida y antojo del director. (Tampoco iban en la expedición pastores; Villegagnon hacía de director espiritual. Un desastre. Y esto es lo que se conoce como “presencia protestante en Brasil”.)
Si penoso era el gobierno, el lugar no iba a la zaga. De todos los sitios que pudieron elegir, frondosos y con buen agua, se quedaron el peor posible; árido e infecto. Allí se tenía que levantar la comunidad que imaginó aquel sujeto. Las cosas no fueron bien, como es predecible.
En un giro de su mente, a este sujeto se le ocurrió pedir a Ginebra pastores y gentes para la comunidad. Miseria. Las palabras eran excelentes. Y Ginebra envió a dos pastores y otros profesionales, ahora sí, algunos casados, a los que acompañaban sus esposas. ¿Solución? No, más líos y despropósitos.
Los que llegan se encuentran con las miserias y arbitrariedad del director. No tardan los conflictos. Se acabaron las buenas palabras de la carta a Ginebra. Ahora Calvino es una mala bestia, y lo que hay en Ginebra una secta. Terminaron todos a bofetadas. Discutían sobre qué pan había que usar en la Santa Cena, y otras cuestiones a cada cual más frívola. Y todo ello en medio de un “encuentro” (por poner algo) con los nativos, a los que se les tendría que anunciar el Evangelio. Un desastre miserable, resultado de las condiciones miserables de las que se instalaban ya en el Protestantismo.
Pero en el Protestantismo, nada que ver con la escolastización del mismo que ya empieza y que luego lo arruina, se ha sembrado la Semilla que permanece, y se muestra su fuerza también en estos lugares. En la expedición enviada desde Ginebra venía un joven estudiante de teología, Jean de Léry (1534-1611, luego sería pastor en Francia; como puede verse se libró de la matanza de San Bartolomé). “Gracias” a la arbitrariedad de Villegagnon tuvo que vivir un año con los nativos; aprendió mucho, y lo escribió.
Su libro del  Viaje a Brasil  (hay ediciones y está libre en internet, en francés) es todo un ejemplo de cómo uno se encuentra con su otro y se asume la relatividad de lo externo. La fe, con todas sus dificultades, se abre paso en las circunstancias. El camino de la fe, libre, que se encuentra en la Historia; aunque en este caso sea una “historia” penosísima, alejada de todos los referentes que se podían componer en Europa.
Junto con Léry también arribaron Jean de Bordel, Matthieu Vermeil, Pierre Bourdon y André la Fou. Quitado el último, zapatero, sin letras, que abjuró; los otros tres son los primeros mártires, así al menos se consideran, en Brasil.
Atrapados por Villegagnon (que ya dije, terminó luchando, como hacía aquí ya en este periodo, contra los hugonotes en Francia), encarcelados, se les presionó a que rechazaran su fe hugonote (en el buen sentido del término). Medio muertos, no lo hicieron, incluso uno de ellos redactó una confesión de fe, que es un modelo de cómo estaba de preparado en el conocimiento de la Escritura y de la Historia alguien que, como los otros dos, era un laico. Esto es muy destacable. Sin embargo, también hay que decir que esta confesión, pionera en aquellos suelos, adolece de una desproporción en los temas tratados, ocupando una espacio excesivo lo concerniente a la Santa Cena, pero es lógico si se tiene en cuenta la manía propia del tirano director de aquel asentamiento (que no se podrá ya decir que era “protestante” en absoluto).
Fueron ejecutados, arrojados al mar. Al poco tiempo la comunidad fue destruida por los portugueses. El tirano director se había marchado un poco antes, en 1558. Así acabó aquello. Si uno tiene en cuenta la pinta del cuadro en el inicio, se puede decir que se estableció con todos los ingredientes de su destrucción, a lo que no ayudó la incorporación posterior del grupo de Ginebra.
Unas notas solamente sobre este episodio, pero que muestran que el Protestantismo se estaba convirtiendo en un papismo con nuevo formato. Contra eso se levantó el propio Calvino, contra eso estaban levantados los nuestros, contra eso estamos levantados nosotros ahora. (¿Nosotros? Sí, todos los que están con los nuestros, somos muchos.)
A los “villegagnon” de turno, y a los pastores de rito y gesto, los creadores de iglesias construidas con lodo suelto, hermanos de los de misa y olla de toda la vida, ya la grieta se hace irreparable y se les cae el edificio, ya mismo.
La semana próxima, d. v., haremos juntos iglesia, de la que no se cae, la que los nuestros vivieron, como aquella “chiquita” de Sevilla. Al final es la que permanece, porque está en las manos de su Señor, en su cruz, no en ritos ni ceremonias; no en fuerza de camino humano (gnosticismo), ni de humana santidad, sino en la obra de quien es nuestra Santidad. Las otras iglesias de lodo suelto tienen a sus santidades, y les besan las manos. Caerán. 

Autores: Emilio Monjo Bellido

©Protestante Digital 2014

martes, 1 de octubre de 2013

Francisco, un jesuita de Trento.

Ecumenismo de Trento; ¿se han parado a pensar qué ecumenismo era posible con Ignacio? Pues no hay más. No es posible más. 

Concedió el Papa una entrevista, larga, a la revista de la casa  Civilización Católica. No suelo leer documentos ni encíclicas, al menos hasta donde no se afirme desde el Vaticano un rechazo absoluto de sus pretensiones y posiciones basadas en fraudes (donación de Constantino, donación de Pedro, etc.). Sin eso, todo es más de lo mismo, con lenguaje adaptado para engañar.
Sin embargo, esta entrevista, lo que de ella se publica (27 pág.), por curiosidad he querido leerla por los comentarios que sobre la misma se han vertido. Resulta que este papa es un reformador, uno que viene a cambiar la maquinaria del Vaticano, así lo han presentado. Y en la lectura lo que queda es un jesuita tridentino, con su lenguaje adaptado, cuyas respuestas son de manual jesuita. Puse las siguientes notas sobre la marcha, pues se trata de una explicación de los  ejercicios , eso sí, no por un director cualquiera. Nada de reformas o cambios, los  ejercicios , sin más. Se trata de “tú eres Trento, y sobre ti edificaré el Vaticano I y el II, y no habrá reforma ni cambio que pueda prevalecer sobre tu naturaleza”, que le dijo su  Cristo .
El primer paso del manual es conceder la entrevista a la revista de la casa. Todo jesuita debe prestigiar la casa como un fin principal. Son los mejores y tiene que quedar claro. Claro que también quedan al descubierto las sonrisas espontáneas y felices de las otras instancias de la Iglesia romana ante el privilegio otorgado a los de la casa. Seguro que, por ejemplo, están sonriendo los dominicos. “Santo Padre, ¿qué le movió a tomar la decisión de entrar en la Compañía de Jesús? ¿Qué le llamaba la atención en la Orden de los jesuitas?”. “Quería algo más. Pero no sabía qué era.” Algo más, ¿se dan cuenta?, y esto en el mismo inicio de la entrevista. Algo más, claro, los jesuitas son “algo más”. Sigue, “me atraían los dominicos y tenía amigos dominicos. Pero al fin he elegido la Compañía”.
El acto previo es igualmente modelo jesuita; va a mostrar opiniones sobre temas diversos, eso está bien, pero se  asume  su condición de papa sin objetar nada, es lógico, pero conviene que lo que viene luego no oculte lo anterior (tampoco esto es peculiar, es común al discurso de la Iglesia romana). Los que han mencionado las virtudes, o faltas, de la entrevista, ¿tienen en cuenta que se acepta todo el modelo papal como algo incontestable? Cuando se dice que este papa, o antes otro, u otro, va a cambiar la vida del Vaticano, ¿se cae en la cuenta de que todo presupone el discurso previo de aceptación de la institución? Sucesor de Pedro y vicario de Cristo en la tierra. El problema no son los actos específicos, con todo lo grave que sean, sino la propia estructura. Efectivamente el papa es “un pecador en quien el Señor ha puesto los ojos”. Suena bonito. Eso de pecador, es jesuita hasta la médula. Un pecador, claro, pero que logra “convertirse”, transformarse, por medio, ahí de nuevo están, los métodos, la técnica de Ignacio. Si los “religiosos son profetas”, que “eligieron un modo de seguir a Jesús que imita su vida con la obediencia al Padre, la pobreza, la vida de comunidad y la castidad”, este es el espacio donde el “pecador” alcanza la perfección evangélica. El otro espacio es el de las obras, que procuran bajo tutela de la jerarquía y de esos que están en la institución de perfección en la imitación de Cristo, que procuran como pago y penitencia por los pecados que comenten; no es un espacio de perfección, solo de compensación.
Admitir que ha sido “mirado por Jesús” es imposible. Cristo no mira ni elige a ningún papa. Son su opuesto, usurpan su lugar. Otra cosa es que esa elección la traslademos a la esfera de la soberanía absoluta de Cristo, en ese caso, también eligió a Judas.
Vean que en todas las preguntas aparece Ignacio y sus técnicas de perfección. En las respuestas, igual. Estamos en Trento. Pero con el discurso jesuita de adaptación, de frontera, de encontrarse con la gente aquí y ahora, en el presente con su contexto. Ese contexto presupone encontrarse con los divorciados, los matrimonios no canónicos, etc. Pero es el contexto, no la esencia. Se trata de poner a Trento, sin cambiarlo, en el siglo XXI. Esto es lo que hacen los jesuitas en toda su historia. Siempre Trento, cambian los discursos y los espacios. Esto es lo que hace este papa.
“¿Cómo entiende el servicio a la Iglesia universal, que Ud. ha sidollamado a desempeñar, a la luz de la religiosidad ignaciana?”. Respuesta de manual, dice que se trata del “discernimiento”. Esto es lo corresponde a la primera semana de los  ejercicios.  El “discernimiento de espíritu” que se logra con la adecuada dirección y técnica en la primera etapa, para seguir en la segunda pudiendo escoger entre “las dos banderas”. Se debe colocar el sujeto para “sentir” las cosas de Dios desde el punto de vista de Dios. Trento, Trento. Este Dios es el que ha establecido a la Iglesia Jerárquica, a la que se debe servir y obedecer. No es el que habló con Pedro. Ahora estos que usurpan el lugar de nuestro Pedro, hablan de su propio “Dios” y lo colocan como el de Pedro. Trento, Trento.
Se reitera en la otra pregunta, que tiene a la Compañía de Jesús, por si alguien no sabía de qué iba el asunto, incluso como título. “El discernimiento es, por tanto un pilar de la espiritualidad del Papa. Esto es algo que expresa de forma especial su identidad de jesuita… ¿cómo puede la Compañía de Jesús servir a la Iglesia de hoy?”. De manual. Pregunten a cualquier director de ejercicios espirituales. La Compañía debe de tener delante aquello de a mayor gloria de Dios, pero eso dentro de la “Iglesia Esposa Verdadera”. Trento, Trento. Apocalipsis lo pone al descubierto. Esposa, esposa, depende de quien lo defina. “Cristo Rey que nos conquista y al que ofrecemos nuestra persona y todos nuestros esfuerzos, aunque seamos poco adecuados vasos de arcilla”. De manual; parece que algunos evangélicos copiaron el manual. Somos la élite de la perfección evangélica, de la que tuvo que ser pregonero Ignacio, todo gloria humana, pero con “humildad”, vasos de arcilla.
Trento en el siglo XXI. Sigue el papa, “el instrumento que hace verdaderamente fuerte a una Compañía descentrada es la realidad, a la vez paterna y materna, de la ‘cuenta de conciencia’, y precisamente porque le ayuda a comprender mejor la misión”. El entrevistador explica algo de esto. Es realmente diabólico. Se trata de la confesión, a la que se da tanta importancia, pero una confesión especial. Se tiene que revelar todo lo que está en el alma, pero no a Cristo, sino al superior, al director. Todo; sean gracias o tentaciones. Lo humano aplastado; esclavos de los hombres. Esta “cuenta de conciencia” se tiene que renovar cada año (¿ante quién lo hará el papa?), así el superior puede manejarlos y enviarlos. Todo para estar en misión, para servir a la Iglesia, entendida como “pueblo de Dios” y “santa madre Iglesia Jerárquica” (Trento, Trento. Ignacio, Ignacio).
El modelo del papa, pues Pedro Fabro (Pierre Favre). Encontrarse en la frontera, incluso con el adversario. Ecumenismo de Trento; ¿se han parado a pensar qué ecumenismo era posible con Ignacio? Pues no hay más. No es posible más.
El papa y el entrevistador siguen con su manual. Tienen ahora que “mostrarnos” el “verdadero rostro del fundador”. Una “reforma del Vaticano” con Ignacio, esto es lo que hay. No busquen otra cosa; si la quieren, adelante. Se tendrá que convenir en “sentir con la Iglesia” (esa Jerárquica), como lo” describe Ignacio en sus  Ejercicios Espirituales ”. En esa comunidad: jerarquía, sacramentos, es donde se mueve el Espíritu Santo y la guía, por supuesto (que estamos en la frontera) también “la gente”.
La condición actual “de la gente” requiere que las “acompañemos con misericordia”. Trento, Trento. Esa misericordia es la confesión, la penitencia, el purgatorio. Tanta publicidad con los divorciados, los homosexuales, etc., y se trata de la confesión, eso sí, “el Espíritu Santo inspira al sacerdote la palabra oportuna”.
Que la mujer es importante en la Iglesia. Claro, y está en la Compañía, como todos saben. En la “frontera” te encuentras con todos, te acercas sonriendo, y los metes en Trento en cuanto se descuiden. Eso es de lo que se trata. No hay más.
No sigo más. Pero sí quiero resaltar el aspecto que el papa propone como “confirmación” del “discernimiento de espíritus”, se trata de la “consolación espiritual”. Así lo dice sobre su elección como papa. Su consolación le dijo que su discernimiento de su momento, su persona en su nueva situación, era de Dios. Esto es copia de Ignacio. Mucho “diálogo, discernimiento y frontera”, para empezar y terminar en Trento. No hay otro lugar donde posar el pie. Incluso en la oración, donde la frontera se hace más compleja, el papa propone “la memoria de que habla san Ignacio en la primera Semana de los Ejercicios, en el encuentro misericordioso con Cristo Crucificado. Y me pregunto: ‘¿Qué he hecho yo por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué debo hacer por Cristo?’”. Bueno, ya no sé si esto es típico jesuita, o típico de un modelo de “protestantismo”.

Trento en lenguaje del siglo XXI. Sin cambios.
 
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martes, 13 de marzo de 2012

Vocación política, Max Weber y Lutero

Por. Emilio Monjo Bellido, España
Veamos las extensas posibilidades de nuestro presente para conocer y aplicar el excelente don de la gracia divina que supone la vocación política.

Cuando pensamos en la vocación, en general, y en la política en particular, asumimos que estamos ante un terreno propio del tiempo actual de salvación. Es decir, corresponde a la nueva situación de ir “a todas las naciones”. Por supuesto que antes se pueden encontrar ejemplos de vocación. Pensemos en José, en Daniel, en la actividad de los Macabeos, etc. Jonás es modelo de una vocación particular, de un “encargo” específico (unido a su condición de profeta); luego está que se elija ir en paz o en pez a su cumplimiento, pero, al final, en estos casos siempre se acaba en medio de Nínive.
Más en concreto, tenemos que acercarnos a la época de la Reforma Protestante para ver esta cuestión. Luego se paraliza, casi se seca (como otras parcelas), y volvemos a encontrar su tratamiento, ya con muchos pormenores, en el siglo pasado. No vamos, sin embargo, a pararnos en una situación con circunstancias de otro tiempo, (la de las colonias americanas es muy valiosa) sino ver las extensas posibilidades de nuestro presente para conocer y aplicar el excelente don de la gracia divina que supone la vocación política . Y lo hacemos desde el reconocimiento de la autoridad suprema de la Escritura para guiarnos en toda buena obra (también en la esfera política, claro está).
Que sea necesario llegar a la Reforma para encontrar la vocación política, se debe a que, por razones que ahora no viene al caso mentar, el desarrollo del cristianismo en los primeros siglos configura una transustanciación del Imperio romano en la Iglesia de Roma, y hasta que los muros de esta, como un nuevo romper las fronteras (en este caso no por los “bárbaros”, sino por los “herejes” del norte), no empiezan a caer, no se liberan las esferas que Cristo hizo libres, pero que la estructura eclesial había encadenado. Hasta ese momento, con fricciones conocidas, la autoridad civil tenía su validez en ser un espacio de servicio bajo la autoridad eclesiástica (que, al mismo tiempo, era un poder civil, con su territorio, leyes, intereses propios y ejércitos). La única vocación posible era la de servicio a la Iglesia, o en la Iglesia. (Existen iglesias evangélicas donde pervive esta noción.)
El tiempo y el espacio presente de nuestra historia se habían convertido en un camino para cosechar el mérito necesario con el que ocupar un puesto en el más allá. La ocupación en el tiempo y el espacio actual era, de necesidad, un impedimento para obtener sitio en el otro lado. El trabajo, la ocupación, la profesión, en las cosas de aquí abajo, se consideraban impedimentos para la vida cristiana (= órdenes mendicantes), o, todo lo más, un instrumento para ayudar a la única “profesión” válida, la eclesiástica, la del templo o monasterio. [Todavía en el ideario cultural de nuestra lengua, la primera imagen que se asocia con “vocación” o “llamamiento” es la religiosa.]
Cuando se trata sobre la vocación política, es normal que se citen los trabajos de Max Weber (incluso tiene una conocida conferencia dictada con el título de “la política como vocación”). Aunque se suele identificar a este autor con la referencia de su ensayo famoso: “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, nos importa sobre todo por el método que propone para conocer la realidad social. Rechaza que la sociedad humana pueda ser medida por el método científico matemático , pues la propia naturaleza del objeto impide que se pueda contar la acción (y reacción) humana por medio de la estadística . [Si alguien quiere algunos indicadores sobre este tema, puede meter en un buscador el término “antipositivismo”.]
Esto creo que es fundamental, pues el cristiano tiene que analizar la sociedad desde la perspectiva de su conocimiento de la Revelación Escrita, y con ella precisamente se eliminan los métodos “mecánicos” para la acción humana, la cual es compleja y variable . Es doblemente importante este asunto en la actualidad porque, con independencia del color político, hoy es común en los gobiernos de nuestra zona colocar el método matemático, la estadística, como la luz que guía la acción de gobierno para la economía, la sanidad, la productividad, las inversiones, etcétera. La primera tarea de la vocación política cristiana debe ser la reforma del lenguaje, los cambios de paradigma sobre el objeto y los medios de la acción política.[Hoy estamos de buscadores. Metan si les parece en un buscador: “acción política” (seguramente saldrá algo del autor de izquierdas Paolo Virno, y quizá algo de autores liberales de la escuela austriaca), y si les queda tiempo, metan “oclocracia” o “multitud”. Son asuntos que están en el terreno en el que reflexionamos como cristianos.]
Con Max Weber también nos aprovechamos de su estudio sobre la vocación (= beruf ), que él recoge por primera vez en Lutero, porque puede ayudar a lo que quiero subrayar: la cercanía, pero no identidad, entre deber y vocación . Weber propone que el modelo de vida cristiana protestante no estaría ya en la superación de lo terreno, lo “bajo”, con su “moralidad” propia, por medio de la ascesis monástica, sino precisamente en el cumplimiento de los deberes que a cada uno impone su situación, el lugar que ocupa en la vida aquí abajo, que, por eso mismo, se convierte para esa persona en “profesión” (= beruf ).
Cumplir mi deber aquí en la tierra, se convierte en mi profesión, y cumplir con mi profesión es mi deber cristiano; pero la palabra también se puede traducir por “vocación”, así que mi deber es mi vocación . En este momento nos hallamos ante la idea de mecanismo, de fábrica, de producción en cadena [Donde, dicho sea de paso, no cabe la acción vocacional que propongo en estas reflexiones.], donde el sitio, el lugar que se ocupa, es una pieza dentro de un mecanismo. El deber es actuar como esa pieza debe funcionar . Eso, por sí mismo no es negativo, es el fundamento del “trabajo en equipo”, pero la idea de “lugar que se ocupa” es todavía muy estamental, refleja el modelo de sociedad que precisamente el tipo de vocación política que aquí se propone debe transformar.
El concepto de vocación reducido a simple “cumplimiento del deber”, es válido para muchos casos, pero aquí se propone la vocación política con un horizonte muy superior. En un sentido, por el enorme bien que puede producir, se compararía a una vocación ministerial (seguramente por eso en ambas hay tanta falsificación). Este matiz diferencial puede notarse en la propia impresión ética que provoca en nuestro lenguaje la traducción de beruf por “profesión” o por “vocación” en la frase: “la política como profesión ”, con su carga más negativa que “la política como vocación ”. No se trata de pararnos en disquisiciones sobre la riqueza de una palabra u otra, sino de considerar esta cuestión como cristianos.
Es evidente que, como cristianos, tenemos que cumplir con nuestro deber “según el lugar que ocupemos”. No se trata de gusto por hacer algo, sino de que nos guste cumplir con nuestro deber . Esto es algo aplicable en general. Ya tenemos un sitio, una parcela ocupada, y es nuestro deber “ocuparnos” de los deberes que le son propios. En este sentido, nadie está en el “paro”, no existe nadie desocupado . Como padres, hijos, abuelos, estudiantes, maestros, mecánicos, peluqueros, etc., todos tenemos un lugar al que corresponden unos deberes (vale, también unos derechos). El concepto de vocación política que usamos en estas reflexiones no se refiere a un lugar ya existente donde cumplir sus deberes, sino a la creación, transformación y progreso de la esfera social para que se puedan disponer de sitios, de ocupaciones en libertad social para desarrollar los dones que el Creador ha conferido a cada uno. Conociendo y aprendiendo de todo lo realizado en el pasado, está casi todo por hacer, el horizonte es amplísimo. Ahora es el tiempo.
Que somos peregrinos. Claro. Que nuestra vida está escondida con Cristo en el cielo. Claro. Eso aquí precisamente no se olvida, al contrario, está en cada letra que se escribe. Miren, lo aclaramos en el próximo encuentro, d. v., con “El progreso del peregrino”, de Bunyan, como referente . Si no lo han hecho antes, lean esta obra; hay traducción clásica de Carlos Araujo de libre disposición en internet.
Autores: Emilio Monjo Bellido historiador, escritor y director del CIMPE. Es director del Centro de Investigación y Memoria del Protestantismo Español (CIMPE), y de la Colección Historia de la Editorial MAD. En cuanto al campo de formación y académico es Doctor en Filosofía por la Universidad de Sevilla, y autor de varias obras.






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