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miércoles, 7 de mayo de 2014

Manipular y dañar con ‘maldiciones’

Por. Juan Stam, Costa Rica*
El caso es más común de lo que puede parecer. Se repite con gran frecuencia, en diversas formas. Muchas víctimas no llegan a superarlo o quedan heridos por mucho tiempo. 
Son increíbles las desviaciones perversas que inventan día a día algunos personajes protestantes (me niego a llamarlos pastores ni tampoco "evangélicos", mucho menos "apóstoles" o "profetas").
No se dan cuenta del daño que hacen, o no les importa. Lo único que les importa es su propio poder, su éxito, fama y riqueza; son asalariados "de quienes no son propias las ovejas" (Jn 10:12). Por eso no les importa la vida de las víctimas que están engañando. Están dispuestos a todo, hasta a maldecir a otros que son obstáculo a sus ambiciones.
En mis andanzas y en mi pastoral electrónica, me he dado cuenta de muchos casos de estos abusos. Antes era sólo un problema de pastores dictadores que querían controlar toda la vida de sus feligreses. Ahora es cosa de tiranos inescrupulosos, verdaderos terroristas espirituales, dispuestos a destruir la vida de otros con sus maldiciones. Por todo eso salen muchas personas muy heridas de estas "iglesias", con graves crisis de fe. Les relato dos casos típicos que he conocido de estos terribles abusos.
En una ciudad de cierto país latinoamericano conocí una pareja de cristianos radiantes, con un profundo amor a Cristo y a los demás. Pero no habían sido siempre así. Me contaron que habían conocido a Cristo en una iglesia peor que legalista, odiosamente tiránica. Uno tenía que someterse en todo o sufrir las maldiciones del pastor. ¿No asistes a todos los cultos? Dios te castigará con enfermedad. ¿No estás diezmando? Dios te castigará con pobreza, miseria y hasta bancarrota. ¿Criticas al pastor? Dios te pegará la lepra de Miriam por haber murmurado. Y lo peor de todo, si sales de este campo de concentración espiritual, toda tu vida será maldita: tus hijos serán drogadictos, tu matrimonio colapsará y quién sabe si te robarán y después tu casa se incendiará y a ti se te pegará un cáncer. Todo como "palabra profética" por no obedecer al "pastor".
El caso es más común de lo que puede parecer. Se repite con gran frecuencia, en diversas formas. Muchas víctimas no llegan a superarlo o quedan heridos por mucho tiempo. Afortunadamente, mis amigos arriba mencionados se armaron de valentía para hacer frente a tan viles amenazas, y encontrar la libertad en Cristo.
Les cuento un caso real aún peor. Una persona (me reservo el nombre y el género) entró en una mega-iglesia y llegó a ser líder. En eso descubrió graves pecados morales en la vida de su "apóstol". Yo personalmente he conocido evidencias convincentes de esos hechos, y son ampliamente conocidos en el país (sería muy interesante que algunos "pastores" se sometieran a pruebas de ADN). El "apóstol" tampoco se ha arrepentido ni confesado su pecado públicamente. Si Dios le está "prosperando" con éxito y fama, ¿qué falta hace confesar las debilidades que pueda tener como siervo del Señor? El éxito es la prueba indiscutible de su inocencia.
(Cuentan de un pastor argentino, cuyo adulterio era conocido y comprado, que respondía a toda pregunta con "No olvides que soy pastor de la iglesia más grande de Buenos Aires").
Cuando la mencionada persona preguntó sobre el tema, entiendo que discreta y respetuosamente, vino la acusación de estar sembrando discordia, de hacer daño a la obra del Señor, y del pecado imperdonable de no someterse. La persona renunció a su puesto en la iglesia y decidió retirarse de esa congregación. El domingo siguiente el "apóstol" pronunció una solemne maldición desde el púlpito.
Tales maldiciones, aunque engañosas, no son ninguna broma. Para comenzar, tienen un gran efecto sicológico que puede traer así el cumplimiento de la maldición. Confunden a las víctimas y hacen un enorme daño en sus vidas.
Y por qué negarlo, pueden abrir puertas por la obra de fuerzas malignas. Entre los testimonio que he escuchado, más de una vez me han dicho, "y fíjate que ahora todo me va mal". Puede ser apenas una percepción, pero en todo caso eso de ninguna manera prueba la veracidad de la maldición ni la legitimidad de quien la ha lanzado. Más bien, lo seguro es que esas maldiciones no son de Dios.
Obviamente lo único que les interesa a estos asalariados es su propio imperio y su carrera. Sólo por eso están dispuestos a maldecir a los que amenazan sus mezquinos intereses, disfrazados como la causa del evangelio. Para encubrir sus pecados, en vez de arrepentirse están dispuestos a maldecir a otros, y parece que ni les molesta la conciencia. Esto es uno más de los graves daños que están haciendo estos falsos apóstoles y profetas al pueblo de Dios. No podría ser más grave la ofensa ante Dios y el prójimo.

Autores: Juan Stam*

©Protestante Digital 2014

domingo, 4 de mayo de 2014

C.S. Lewis y Bonhoeffer; los salmos y la credibilidad

Por. Manfred Svensson, España*
Habiendo escrito un libro sobre C. S. Lewis y otro sobre Bonhoeffer, pensaba tener claridad respecto de lo que los une y lo que los diferencia. Sin embargo, hace unos pocos días caí en cuenta de un portentoso elemento en común, de esos que uno no entiende cómo no vio antes: la centralidad de los salmos para ambos autores. Y “centralidad” tal vez sea aquí poco decir: el libro de los salmos es, en el caso de ambos autores, el  único  libro bíblico que alguna vez comentaron.
No se trata de “comentarios” en el sentido técnico del término. Lo que ambos autores hicieron fue escribir más bien algo así como “meditaciones” sobre los salmos, y los dos con un evidente fin pedagógico. En el caso de C. S. Lewis se trata de sus  Reflexiones sobre los salmos;  en el caso de Bonhoeffer se trata de su librito  Los salmos. El libro de oración de la Biblia  (de ambos, por cierto, hay reciente traducción al castellano  aquí  y  aquí ).
 Y así como resulta muy llamativo que éste sea el único libro bíblico que ambos hayan comentado, llama la atención que fuera de lo último que publicaran en sus vidas. C. S. Lewis publicó sus  Reflexiones sobre los salmos  en 1958, cuando –exceptuando  Los cuatro amores - todas sus obras importantes habían sido ya publicadas. Bonhoeffer, en tanto, escribió todavía por años tras su libro sobre los salmos, pero éste fue el último libro que se le permitió publicar bajo el nacionalsocialismo –el resto es obra póstuma. En ambos casos –y a pesar de que Bonhoeffer no llegó a la edad de Lewis-, podemos pues decir que se trata de obras de madurez. La madurez los llevó a los salmos.
Curiosamente, no es ése el lugar al que nos dirigimos nosotros cuando queremos alardear de madurez. Un buen testimonio del estado en que se encuentra nuestro trato con los salmos, y de las causas de nuestra negligencia, se encuentra en un  breve artículo  escrito algunos años atrás por Carl Trueman bajo el título “¿Qué pueden cantar los cristianos miserables?” La respuesta obvia es “los salmos”; pero la respuesta que recibió Trueman es más bien que su pregunta era imposible: que no puede existir algo semejante a un cristiano miserable.
“En los salmos, Dios le ha dado a la iglesia un lenguaje que le permite expresar las más hondas agonías del alma humana en el contexto de la adoración”, escribe Trueman, preguntándose si acaso el lenguaje de la alabanza contemporánea refleja algo de ese horizonte de experiencias y emociones. La respuesta apenas necesita ser esbozada. Y sigue Trueman: “Al excluir el clamor por la soledad, la precariedad y la desolación de su adoración, la iglesia ha logrado efectivamente silenciar la voz de los solos, desposeídos y desolados, tanto dentro como fuera de ella. Al hacerlo, ha implícitamente abrazado las aspiraciones banales del consumismo, ha generado un cristianismo insípido, trivial y triunfalista, y ha confirmado sus impecables credenciales como club para los complacientes”. Estas son observaciones que se encuentran lejos de alguna controversia sobre los distintos estilos en la música eclesiástica, y lejos asimismo de la discusión sobre psalmodia exclusiva: se trata simplemente de que los salmos no están imprimiendo su carácter sobre nuestro culto.
La crisis del cristianismo contemporáneo es, en una buena medida, una crisis de credibilidad. Ante ese diagnóstico, se ofrece una asombrosa cantidad de recetas, consistentes en que los cristianos seamos más radicales, consistentes, etc. En su usual vaguedad, es difícil evaluar esas propuestas. Si se quiere ver un punto concreto, en cambio, en el que el cristianismo evangélico contemporáneo es poco creíble, basta con ver lo que cantamos: canciones que pretenden personas instaladas en la cima de la vida espiritual, una armonía ininterrumpida, comunión cabal, en suma, algo literalmente in-creíble. Los salmos nos podrían devolver algo de credibilidad.
Pero vuelvo, para terminar, a Bonhoeffer y Lewis. Ellos son citados entre nosotros con frecuencia como ejemplos de un tipo de cristianismo involucrado en el mundo, y de un modo que precisamente resulta creíble: uno por su obra escrita y el otro por su testimonio de vida. Pero más vale que nos demos cuenta cuánto antes de que la espiritualidad realista de los salmos es parte integral de ese cristianismo maduro que cultivaron. Vendernos la consistencia intelectual de uno y la radicalidad de vida del otro, pero desconectadas de lo que se refleja en su única publicación sobre un libro bíblico, es prescindir de uno de los puntos en los que tal vez más evidente y concretamente pueden ayudarnos a responder a nuestros problemas de credibilidad. Por lo visto, aún tenemos para aprender de ellos por un buen tiempo. 

Autores: Manfred Svensson

©Protestante Digital 2014
 

viernes, 2 de mayo de 2014

Maneras de matar

Por.  Jaume Triginé, España*
Parece que el respeto por la vida humana se halla profundamente arraigado en el propio hecho antropológico. Los estudios sobre la filogénesis de la humanidad señalan que, desde los albores de la humanidad, la protección de la vida ha formado parte de los códigos comportamentales, fuesen implícitos o explícitos. De ahí las severas sanciones ante el homicidio, desde la Ley del Talión hasta nuestros códigos penales.
Es cierto que tanto una visión diacrónica como sincrónica aporta innumerables matices (muertes rituales, el poco valor otorgado a la vida en contextos en los que el pecado estructural obnubila las conciencias, guerras, genocidios…). Con todo, de modo lento, todavía insuficiente… se amplía la masa crítica en contra de la violencia, incluida la institucionalizada (movimientos contrarios a la pena de muerte, intentos de agotar las vías de la negociación antes de iniciar un conflicto armado…).
Pero no siempre esta sensibilización alcanza a todas las formas de violencia o a todas las maneras de matar contra las que nos previene la radicalidad de Jesús de Nazaret cuando sitúa, en mismo plano que el homicidio, el enojo, el insulto, la injuria… Ya no se trata tan solo de quitar la vida física a alguien; se trata de no ver en el prójimo al hermano y descuidar el proyecto de fraternidad.
A la luz de esta ampliación conceptual descubrimos nuevas formas de matar. Podemos matar psicológicamente cuando impedimos el desarrollo y la autonomía de otros. Cuando, en términos freudianos, “castramos” a los hijos, al cónyuge o al empleado. En la mayoría de las diferentes modalidades de violencia de género subyace el impulso de aniquilar psicológicamente a la pareja.
Debemos también incluir la exclusión y el desprecio de los derechos de los demás. La Declaración Universal de Derechos Humanos promulgada el 10 de diciembre de 1948 por la Asamblea General de las Naciones Unidas, continúa siendo una asignatura pendiente en demasiados rincones del planeta y en muchas instituciones de los países que han suscrito la declaración. Llegados a este punto, no deja de ser paradójico que algunos derechos universales sean más reconocidos en la sociedad civil que en la propia iglesia. Un ejemplo es el limitado papel de la mujer en algunas denominaciones cristianas y su subordinación al hombre, lo cual no deja de ser una injuria, un agravio.
También a una persona se la puede matar emocionalmente. Los casos de mobbing, en empresas e instituciones, que puede ser definido como un maltrato deliberado y sistemático hacia una persona con la finalidad de que, hastiada, abandone la organización, son un claro ejemplo. El acoso de unas personas hacia otras tanto puede darse en el plano horizontal, entre compañeros, a causa de envidia, sexismo, racismo…; como en el plano vertical, de superior a inferior, como en los supuestos de abuso de poder; o viceversa, como pueden ser los casos en los que no se acepta de buen grado la promoción de un compañero. Las tendencias egocéntricas, la falta de alteridad, entre otras características de naturaleza psicológica (inmadurez, falta de resonancias emocionales, ausencia de sentido de culpabilidad…), explican el acoso al que algunas personas llegan a someter a compañeros, colaboradores o superiores.
Se confirma que, además de acabar físicamente con una persona, es posible que puedan aniquilarse muchas más cosas: las ilusiones, las expectativas y deseos lícitos, la esperanza, la motivación, la alegría… Triste realidad para millones de personas. Mujeres engañadas por mafias organizadas que, al llegar a nuestro país, descubren que el paraíso prometido no es otro que la práctica de la prostitución bajo amenazas y coacciones de todo tipo. Miles de inmigrantes hacinados en el norte de África, a la espera de jugarse la vida, para terminar recogiendo chatarra en nuestras calles, si no han dejado antes su cuerpo inerte en las aguas que separaban su dura realidad de las expectativas creadas.
El sistema político-financiero (quizá más lo segundo que lo primero) se nos ha especializado en matar derechos (el derecho al trabajo, correctamente retribuido, para que la persona pueda vivir dignamente; el derecho a la vivienda, de la que tantas personas han sido excluidas por obra y gracia del afán de lucro de las estructuras financieras; el derecho a una pensión, después de años de cotización; el derecho a la salud, seriamente limitado por una política de recortes que alarga el tiempo de permanencia en las listas de espera y disminuye las prestaciones sanitarias; el derecho a la educación, condicionado por la limitación de plazas, disminución de docentes, incremento de tasas…), el derecho a la justicia universal no mediatizada por la capacidad económica.
A pesar del aparente contrasentido, algunas iglesias están matando el desarrollo espiritual tanto de las nuevas generaciones, que han nacido en su seno, como de las personas que, tras una decisión de fe, deciden seguir a Jesucristo incorporándose a la comunidad creyente. Ciertamente hay excepciones, pero abunda la superficialidad en la enseñanza bíblica que mantiene en la niñez espiritual, impidiendo una comprensión adulta y madura de Dios y del hecho antropológico. Esta falta de rigor es constatada en púlpitos; dirección de grupos de estudio bíblico; clases con niños, adolescentes y jóvenes; libros; publicaciones…
Ya Bertolt Brecht (1898-1956), uno de los más influyentes dramaturgos y poetas alemanes del siglo XX había escrito:
Hay muchas maneras de matar.
Pueden meterte un cuchillo en el vientre.
Quitarte el pan.
No curarte de una enfermedad.
Meterte en una mala vivienda.
Empujarte hasta el suicidio.
Torturarte hasta la muerte por medio del trabajo.
Llevarte a la guerra…
¡Cuánta víctima inocente! ¡Cuánto dolor absurdo! ¡Cuánto camino aún por andar! ¡Cuánto compromiso por asumir! ¡Cuánta voz profética por levantar ante la injusticia del sistema! ¡Cuánta necesidad de hacer presentes, de modo vital y existencial, los valores del Reino de Dios!

 * Jaume Triginé, Licenciado en Psicología por la Universidad de Barcelona. Articulista y autor de LA IGLESA DEL SIGLO XXI ¿CONTINUIDAD O CAMBIO?, de ¿HABLAMOS DE DIOS? TEOLOGÍA DEL DECÁLOGO y de ¿HABLAMOS DE NOSOTROS? ÉTICA DEL DECÁLOGO.
Fuente: Lupaprotestante, 2014

martes, 29 de abril de 2014

Chandalas – Miseria urbana

Por. Hilario Wynarczyk, Argentina
Las formas de la miseria urbana son lacerantes. Los vagones del subte parecen el escenario de los teatros de variedades. En sus puertas laterales  esperaban los actores busca-vida hasta el aviso de entrada a ofrecer sus números vivos. De un modo parecido en el coche del subte mientras alguien sumido en la pobreza hace su oferta al público otros en una de las puertas de los extremos del coche esperan que el escenario quede libre.
Así desfilan los que por único capital tienen la desgracia. El no vidente, el mutilado, el enfermo de SIDA, y los niñitos mendigos (acompañados por otros algo mayores que parecen sus pequeños capataces). Algunos niños hacen un ritual de saludo como los jugadores de básquetbol (puño contra puño, mano con mano) y ofrecen la mejilla para solicitar un besito (no creo que hayan inventado esta liturgia).
Los más patéticos son los niñitos desgreñados y tan sucios como la basura de una ciudad sucia con la costra de suciedad negra adherida a las plantas de sus pies. Me hacen pensar en la casta de los chandalas, así explicada por Friedrich Nietzsche en El ocaso de los ídolos citando los edictos hindúes de la Ley de Manú. Los chandalas “no usarán otras ropas que los andrajos de los cadáveres, ni otra vajilla que cacharros rotos, ni otros adornos que hierro viejo, ni otro culto que el de los malos espíritus; andarán errantes sin descanso de un lado para otro. Les estará vedado escribir de izquierda a derecha y usar la mano diestra para hacerlo”[1].
A su turno los vendedores de bienes ofrecen guías urbanas, agendas, cuadernos, pañuelos descartables, chíclets, linternas y otros objetos que posiblemente compran en negocios para “buscas” en el barrio de la estación ferroviaria de Constitución. También hay dos o tres “estudiantes de ciencias sociales” que de noche venden libros en una línea de subte; y en un tren que viaja de Buenos Aires a los suburbios hay evangélicos, seguramente pentecostales, que llevan enormes canastos y ofrecen masitas fabricadas en un hogar para drogadictos.
Muchos de estos vendedores con el cabello prolijamente corto, casi al ras, y camisas, pantalones y zapatillas “de marca” compradas, me imagino, en los mercados populares conocidos como “saladitas”, parecen física y mentalmente bastante enteros, todavía.
Y así llegan a su turno los vendedores de servicios. Malabaristas, músicos y cantantes. Algunos entonan algo así como trova cubana al estilo de Silvio Rodríguez. También venden sus propias grabaciones. Otros hacen oír con equipos portátiles grabaciones “truchas” de temas famosos y las ofrecen al público.
En las calles al anochecer los recolectores de basura (todavía en los 70s llamados “cirujas”) abren bolsas y contenedores, almacenan y llevan, dejando parte en el suelo hasta la llegada de los camiones que trabajan para el Estado. Forman pequeñas agrupaciones familiares, algo así como clanes,  que me hacen pensar en agrupaciones de personas que se desplazan por el territorio como las técnicamente llamadas “bandas de recolectores” de las etnologías clásicas que estudiaban a los indígenas de las planicies y sus mitos como las formas de la conciencia de pueblos primitivos. Sus hijas y sus hijos también parecen enteros. Quizás les ayuda la fantasía de estar trabajando como recolectores relativamente integrados a las categorías laborales por el imaginario de una parte de la sociedad y del Estado.
Otra franja humana de la misma desgracia es la de quienes duermen en las veredas en el centro de la ciudad y barrios de clase media alta y alta. Desde que Francisco Primero asumió su papado pude notar en un barrio de clase media alta y alta, cuyo interior alberga la iglesia de donde deriva  su nombre, que ciertas personas se detienen a conversar con los pordioseros, a veces con tono compasivo (relación asimétrica), y otras veces, como si no hubiese distancia social (relación simétrica), les ofrecen traerles algo o les preguntan si quieren que les traigan algo.
Así, la miseria que atraviesa la trama urbana por momentos hace pensar en una regresión a las formas arcaicas de la organización social de la producción y el sistema de castas, aunque por cierto, se trata de una metáfora, un recurso retórico para hacer gráfico el pensamiento, pues a rigor en nuestras sociedades el sistema de castas no existe.

[1] NITETZSCHE, Friedrich. 1998 (original 1888). El ocaso de los ídolos. (Estudio preliminar de Enrique López Castellón, U. Autónoma de Madrir, traducción de Francisco Javier Carretero Moreno). Madrid: Edimat. P. 86.

 Fuente: Lupaprotestante, 2014.

domingo, 27 de abril de 2014

La Biblia Gay

Por. Will Graham, España*
Bueno, aunque no lo creas, por fin ha sucedido. En un intento de prevenir  “la interpretación homofóbica de la palabra de Dios ”, se acaba de publicar la primera Biblia pro-gay de la historia en los EEUU. Llevando una cruz con los colores del arco iris en el portal, la nueva versión Queen James  (“Reina Jaime”) declara que Dios es su autor y que Jesucristo es un colaborador importante. Está en el mercado, lista para ser comprada desde justo antes de la Navidad.
Los editores de la Queen James han defendido su traducción en la página oficial de la Biblia escribiendo que,  La homosexualidad fue primeramente mencionada en las traducciones bíblicas en inglés en la New Revised Standard Version (1946). Antes de esto, no hay mención o referencia a la homosexualidad en ninguna otra traducción bíblica en inglés”.
No obstante, el erudito bíblico Douglas Moo no está convencido. Respondiendo públicamente ante las declaraciones hechas por la comunidad Queen James , Moo contestó : “Pocas traducciones bíblicas emplean la palabra moderna ‘homosexual’ u ‘homosexualidad’ .  Pero la historia de la traducción bíblica demuestra que otras versiones han utilizado otros vocablos para referirse a lo que hoy día llamaríamos relaciones homosexuales”.
Pasajes  anti-gay  tales como Génesis 19:15, Levítico 18:22, 20:13, Romanos 1:27, 1 Corintios 6:9-10, 1 Timoteo 1:10 y Judas 1:7 han sido meticulosamente reformulados con el propósito de no ofender a la comunidad LBGT y de justificar las relaciones homosexuales como una práctica aprobada por Dios.
¿Qué, pues, se puede hacer con semejante Biblia? Respuesta simple: Quémala. Tírala a la basura. Córtala en pedazos. No es digna ni siquiera de limpiar tu nariz.
1.- No es inspirada por Dios . Aunque reconocemos que solamente los manuscritos originales fueron directamente ‘exhalados’ por Dios, la versión Queen James consciente y premeditadamente esquiva los pasajes problemáticos relacionados con la homosexualidad. En vez de acercarse al texto bíblico abierta y objetivamente como eruditos honestos, los traductores interpretan toda la Biblia dentro de los límites de su cosmovisión pro-gay. Es decir, en vez de someter la homosexualidad a la Escritura, invierten el orden y someten la Escritura a la homosexualidad.
2.- Justifica la falsedad y el pecado humano . La versión Queen James ha nacido debido a una reacción negativa en contra del tono anti-gay de las traducciones bíblicas tradicionales. Se las considera demasiado ofensivas. La verdad, sin embargo, es intrínsecamente ofensiva. Nací en 1985. Ahora bien, 1984 y 1986 podrían sentirse terriblemente ofendidos por esto, pero queda el hecho. La verdad permanece. Aquí no estamos hablando de si deberíamos mostrar misericordia y amor a la comunidad gay; se trata de establecer lo que Dios ha designado como ‘bien’ y ‘mal’. Contario a la opinión popular, Dios no aplaude a los hombres cuando andan en contra de Él y, por lo tanto, tampoco podemos hacerlo nosotros. No podemos justificar el pecado que Dios nos ha llamado a denunciar.
3.- Es un insulto a la creación del Padre . La Biblia nos dice que Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza. ¿Pero cómo es Dios? El relato bíblico da testimonio de que Dios es trino, esto es, que mora en comunión eterna. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se gozaban y se amaban mutuamente desde antes de la creación del mundo. En este contexto comunal se registra la creación de Adán y Eva. El Padre determinó que su imagen en la tierra fuese reflejada por un hombre y una mujer juntos: ni un hombre con otro hombre ni una mujer con otra mujer. Una Biblia pro-gay, pues, frustra el propósito creador del Padre. Hoy día muchos se preocupan por no ofender a la comunidad gay; ¿pero cuántos se paran a pensar por si están ofendiendo al gran Diseñador del universo?
4.- Pisotea la sangre de Jesucristo . Sin contentarse por negar el propósito del Padre en la creación, el equipo de traductores de la Biblia arcoíris también ataca el propósito redentor del Hijo, o sea, que Cristo vino para salvarnos del pecado. Para que uno sea salvo, hace falta una renuncia pública del pecado y un corazón arrepentido. Pero una versión pro-gay de la Escritura justifica la iniquidad de la cual Cristo procuró liberarnos. Al fin y al cabo, ¿por qué arrepentirse si Jesús está de acuerdo con nuestro pecado? Tal mensaje mata la eficacia del Evangelio y desecha cualquier demanda de arrepentimiento que proviene de Aquel que dijo:  “¡Arrepentíos porque el Reino de los cielos se os ha acercado! ”
5.- Niega el Espíritu de santidad . En último lugar, la quinta razón para rechazar la Biblia Queen James es que se opone directamente a la obra santificadora del Espíritu Santo. Él se encarga de transformarnos a la imagen de Jesús. Cualquier espíritu que va en contra del Espíritu de santidad no ha descendido del cielo, sino que ha subido del abismo. Nuestro hermano, el apóstol Juan, nos exhortó a “probar los espíritus” (1 Juan 4:1), y el espíritu detrás de la Biblia gay no tiene nada que ver con la libertad concedida por el Espíritu de vida. El Espíritu no nos libera para que pequemos ; sino para que dejemos  de pecar.
Con todo, estas son apenas algunas de las razones por la cuales la Biblia Queen James tiene que volver a la mazmorra de la cual ha surgido. No es versión de la Biblia; es una ‘per-versión’ de la Biblia. Dios salva a los homosexuales arrepentidos. Aleluya. Pero esto no quiere decir que podamos justificar las prácticas gays. Dios salva a las prostitutas arrepentidas. Dios salva a los pedófilos arrepentidos. Dios salva a los violadores arrepentidos. Dios salva a los adúlteros arrepentidos. Dios salva a los que cometen incesto y luego se arrepienten. ¿Pero quién pensará en publicar en una Biblia para justificar aquellos pecados? ¡Nadie! Así que este invierno no olvides de quemar tu Biblia pro-gay. Por lo menos te mantendrá calentito.

*Will Graham – Profesor – De Irlanda del Norte, afincado en Córdoba (España)
 
Editado por: Protestante Digital 2014

jueves, 24 de abril de 2014

¿Cómo reconocer al falso profeta?

Por. Juan Stam*
El discernimiento entre profetas falsos y profetas verdaderos es uno de los problemas más difíciles de la teología y de nuestra vida cristiana. 
Personalmente, creo que Dios habla hoy por medio de mensajes proféticos. ¡Claro que sí! Dios no se ha quedado mudo ni ha dejado de hablarnos por su Espíritu. Creo en el don profético, pero no creo para nada en la mayoría de las adivinaciones maquilladas de "profecía" que abundan en nuestro tiempo. No creo en profetas sin mensaje profético, ni en "movimientos proféticos" en los que se mueve cualquier otro espíritu que no sea el Espíritu que inspiraba a los antiguos profetas de Yahvéh.
A través de la historia, la profecía fiel y verdadera siempre ha estado acompañada por la falsa profecía, como si fuera su propia sombra. Nuestra época no es ninguna excepción.
La profecía es un don muy peligroso e incómodo, por muchas razones. Una de ellas es lo difícil de distinguir entre profecía fiel y falsa profecía. La misma Biblia, desde Deuteronomio hasta Jeremías, da una variedad de criterios muy distintos pero no parecen ser definitivos o incondicionales; casi siempre hay excepciones a cualquiera de ellos. Pero a la vez, la existencia de las dos "profecías", la falsa y la que realmente es de Dios, nos obliga a optar a favor o en contra de cada pretendida profecía. Y en el caso de profecía falsa, la misma exigencia implacable del mensaje profético no nos permite callar. El mismo Espíritu de los profetas nos obliga a levantar la voz en denuncia valiente, pero ... ¿si nos hemos equivocado, como siempre es posible, podríamos estar oponiéndonos a una auténtica palabra de Dios?
En mi lucha personal por ser fiel al Señor, al Yahvé que también hoy nos habla, lo que más me ha ayudado es medir a todo supuesto profeta por su prototipo normativo, o sea, compararlos con los profetas bíblicos para ver si se parecen. Si no corresponden a ese modelo, tengo razones para sospechar que estoy frente a un caso de profecía falsa. Sin pretender dar respuestas finales, me permito sugerir algunas de las pautas bíblicas que nos pueden orientar para reconocer a los falsos profetas:
(1) Cuando un dizque profeta se limita al vaticinio, sin traer un mensaje de Dios para nuestra vida, hay que dudar de él o ella. En la Biblia, la profecía predictiva nunca es una finalidad en sí sino que es sólo una parte, casi siempre (o siempre) muy secundaria, del mensaje profético. El mensaje no está en las predicciones mismas, sino ellas vienen en función del mensaje. Los profetas no son astrólogos sino predicadores. No más de cinco por ciento de los escritos proféticos tiene que ver con el futuro, visto desde el tiempo del profeta, y menos de un por ciento puede ser futuro todavía para nosotros hoy. ¿Y qué del otro 95 por ciento? Bueno, junto con las mismas profecías predictivas, todo eso tiene carácter ético, como mensaje al pueblo y sus líderes. Podemos decir, sin exagerar mucho, que frente a un cinco por ciento que es predictivo, un cien por ciento de los escritos proféticos es ético, mayormente social, económico y político. Basta leer esos libros, y los relatos de Samuel, Natán, Elías y Eliseo, para descubrir esta verdad muchas veces olvidada.
Jeremías plantea muy claramente un criterio ético para reconocer a los falsos profetas: "Si hubieren estado en mi consejo, habrían proclamado mis palabras a mi pueblo: lo habrían hecho volver de su mal camino y de sus malas acciones" (Jer 23:22). Cuando oímos o leemos supuestas profecías, siempre debemos preguntarnos: ¿Cuál es el mensaje ético de esta profecía? Los profetas fieles no perdían tiempo en simples predicciones; dejaban eso a los adivinos. Profecía predictiva sin mensaje ético profético, huele muy fuertemente a profecía falsa. Casi seguro es adivinación en vez de profecía fiel. Cuando Dios habla proféticamente, es para algo serio, no para entretenernos o impresionarnos con predicciones triviales.
Una buen prueba para las profecías puede ser preguntarnos, ¿Cómo obedezco esta profecía? Claro, una profecía falsa puede exigir también una obediencia errada, pero si una profecía no exige ninguna acción de obediencia, muy probablemente es adivinación y no verdadera profecía.
(2) Los profetas bíblicos profetizaban a partir de un profundo conocimiento de la realidad de su nación y generalmente daban razones bien fundadas para su mensaje. Cuando uno lee a los profetas hebreos con una óptica socio-política, resulta sumamente impresionante su dominio analítico y crítico (o sea, profético) de las condiciones imperantes de la sociedad y de la historia de su tiempo. Otro tanto puede decirse de Juan de Patmos. Por su análisis económico del imperio romano, por ejemplo, Juan merece un doctorado en ciencias económicas (Ap 6:5-6; 13:16-18; 17:4; 18:3,7,11-17,23; ver "Apocalipsis y el imperio romano", en este sitio web). Los profetas eran los sociólogos, economistas y politólogos de su tiempo, aunque por la inspiración divina eran más que sólo eso.
Igualmente, con las profecías de hoy, debemos plantearnos tres preguntas: ¿En qué análisis de la realidad histórica se basan? ¿Qué actitud asumen hacia esa realidad? y ¿Qué acción proponen para nosotros en medio de la coyuntura que vivimos?
La profecía bíblica no ocurre en el vacío, sino en medio de la historia y vinculada esencialmente con la historia de la salvación. Cualquier "profecía" desconectada de la historia, y de la voluntad de Dios para nosotros en medio de ella, muy probablemente es profecía falsa. Mejor entonces recurrir a Nostradamus o el horóscopo, y no meter a Dios en tales especulaciones.
(3) Los profetas falsos se acomodaban al sistema vigente, muchas veces poniéndose incondicionalmente a las órdenes de los poderosos. En cambio los profetas verdaderos, debido a su honestidad, vehemencia y valentía, mantenían relaciones muy tensas con las autoridades y con los profetas del sistema. Las palabras del rey Acab a Elías valen para todos los profetas: "¿Eres tu el perturbador de Israel?" (1 R 18:17). Me parece que la gran mayoría de las profecías que escuchamos hoy día son sedantes y no podrían perturbar a nadie, ni mucho menos a los poderosos.
Más adelante, cuando los profetas profesionales de la corte profetizaron sólo bendiciones y éxito para Acab, éste quiso rechazar al profeta Micaías ben Imlá porque "me cae muy mal, porque nunca me profetiza nada bueno: sólo me anuncia desastres" (1 R 22:8). El rey envió a un mensajero para traer a Micaías, y éste le dijo, "Mira, los demás profetas a una voz predicen el éxito del rey. Habla favorablemente", a lo que Micaías respondió, "Tan cierto como que vive Yahvéh, ten la seguridad de que yo le anunciaré al rey lo que Yahvéh me diga" (22:13-14). Micaías lo hizo, después de mofarse del rey y de los falsos profetas, y el rey se enojó tanto que ordenó al gobernador "echar en la cárcel a ese tipo, y no darle más que pan y agua" (22:27).
Amós ofendió tanto a los ricos y cómodos de Samaria que lo sacaron por la fuerza del reino del norte. (¡Qué ofensivo, llamar a las ricas de Samaria "vacas de Basán"!). Cuando el falso profeta Jananías profetizó, en nombre de Yahvéh Todopoderoso, que Dios iba a quebrar el yugo del rey de Babilonia, para devolver a los exiliados y los utensilios del templo, Jeremías le respondió; "A pesar de que Yahvéh no te ha enviado, tú has hecho que este pueblo confíe en una mentira. Por eso, así dice Yahvé: 'Voy a hacer que desaparezcas de la faz de la tierra. Puesto que has incitado a la rebelión contra Yahvéh, este mismo año morirás'" (Jer 28:16). En el capítulo 23 Jeremías lanza una feroz denuncia contra los reyes como "pastores que destruyen el rebaño" (23:1) y después contra los profetas mentirosos (23:9-32) y contra las profecías falsas (23:33-48).
De los falsos profetas exclama Jeremías, "En cuanto a los profetas: Se me parte el corazón en el pecho y se me estremecen los huesos. Por causa de Yahvéh y de sus santas palabras, hasta parezco un borracho... Los profetas corren tras la maldad, y usan su poder para la injusticia. Impíos son los profetas y los sacerdotes... Entre los profetas de Jerusalén he observado cosas terribles... viven en la mentira; fortalecen las manos de los malhechores... Los profetas de Jerusalén han llenado de corrupción todo el país" (23:9-15). ¿Qué diría Jeremías de nuestros profetas de hoy? ¿Y de nuestros partidos cristianos y políticos evangélicos? (Todo el capítulo de Jeremías 23 está lleno de enseñanzas para la iglesia hoy).
Para los profetas fieles, callarse no estaba dentro de sus posibilidades. La Palabra de Dios ardía en sus corazones y martillaban sus huesos (Jer 23:29). No todos los profetas vaticinaron el futuro, pero todos ellos denunciaron el pecado, la corrupción y la injusticia. Profeta no puede ser quien encubre o calla esas cosas. Por eso, los profetas sufrieron la persecución, la cárcel, el exilio y hasta el asesinato (Mt 23:30-31). Los profetas falsos tuvieron mucho mejor suerte, porque sólo decían lo que la gente quería escuchar y se cuidaban especialmente de no ofender a los poderosos. "Curan la herida de mi pueblo con liviandad, diciendo: Paz., paz; y no hay paz" (Jer 6:14). Igualmente los profetas de hoy, si nunca ofenden a nadie podemos estar seguros de que son profetas falsos. Un "profeta inocuo" es una contradicción de términos.
(4) Este mismo capítulo de Jeremías nos da otra clave para contestar nuestra pregunta: los falsos profetas pueden reconocerse porque usan livianamente el nombre de Dios. En un sorprendente epílogo al capítulo 23, Dios prohíbe tajantemente que se usa la expresión "Oráculo (o Carga) de Dios" (23:33-40 hebreo). Aunque ese mismo término es muy frecuente en otros pasajes, queda obvio del pasaje que los seudo-profetas la repetían frívola e irreverentemente para cualquier opinión caprichosa que se les ocurriera, y por eso el Señor les prohibió totalmente hablar en su nombre.
Hoy en día es alarmante la facilidad ligera con que nuestros profetas anuncian que "el Señor me ha dicho" o "tengo una palabra profética de Dios". ¿No será eso tomar en vano el nombre del Señor? Debe preocuparnos que nuestra situación se parezca tanto a los falsos profetas del tiempo de Jeremías. ¿No sería mejor un moratorio sobre las pretensiones de hablar en nombre de Dios, como el que Yahvé, evidentemente enojado, impuso sobre Israel?
(5) Para los profetas fieles, su misión era un sacrificio, más que un privilegio. En ningún momento buscaban su beneficio propio. Muchos de ellos no querían ser profetas (Moisés, Isaías, Jeremías), pero Dios los obligó. En cambio, los falsos profetas disfrutaban como privilegio su oficio y su rango, y hasta lucraban de él. Se creían dueños de su carisma, que empleaban no para servir sino para servirse, como seguidores del mercenario Balaam. Por eso buscaban siempre agradar al público y complacer a los ricos y poderosos a quienes debían más bien denunciar. Para los mismos fines pretendían manipular a la gente, y aun manipular a Dios.
¡Qué parecido a nuestro tiempo!
CONCLUSIÓN
El discernimiento entre profetas falsos y profetas verdaderos es uno de los problemas más difíciles de la teología y de nuestra vida cristiana.
No hay fórmulas mecánicas ni criterios invariables; todos tienen alguna excepción, incluso los que planteamos aquí. En eso está la libertad de Dios de actuar dónde, cuándo y cómo él quiere. Pero creo, y he visto, que estas orientaciones nos ponen el alerta contra abusos del oficio profético. Al fin es un acto de fe, en la sincera convicción del corazón de cada cual, aceptar o no una supuesta profecía.
Pero estamos obligados a optar, y creo que es mayor el peligro de creer y seguir una falsa profecía que el de posiblemente mantener sanas reservas ante una profecía incierta, aunque pudiera ser verdadera. En ese caso, Dios podrá seguir hablándonos y guiándonos hacia mayor certidumbre.
Autores: Juan Stam

©Protestante Digital 2014

domingo, 20 de abril de 2014

LA IGLESIA Y SU TIEMPO – EL PAPA Y LA ECONOMÍA (DOS CARTAS)

La Iglesia y su tiempo
En su carta del 11 del actual, el señor Alberto J. del Campo Wilson sostiene que "todos los teólogos manifiestan que la Iglesia no toma partido por opciones temporales determinadas, como no lo hizo N. S. Jesucristo". Quiero disentir radicalmente. A Jesús lo mató el Estado romano, a seguir de un juicio público y las acusaciones esgrimidas por actores del sistema en medio del cual vivía y predicaba. Y así aconteció por las consecuencias prácticas de su teología, su discurso contra la injusticia y la hipocresía de la teocracia, y su ejemplo en acción. Recordemos la manera en la que expulsó a los vendedores en el templo en la principal fiesta religiosa de su pueblo: "Y les dijo: Escrito está: mi casa será llamada casa de oración, pero vosotros la estáis haciendo cueva de ladrones", Mateo 21: 13). Pablo de Tarso mismo fue un muy cruel actor de este poder público, como a sí mismo se describió en Hechos de los Apóstoles (22: 3 al 5), hasta que se convirtió en seguidor del Nazareno. Y entonces, estando preso, se salvó de una conjura por tener la ciudadanía romana que le permitía el derecho a un juicio en la capital del imperio. Así se marchó y siguió predicando, primero a las gentes de la diáspora.
Yo entiendo que los grandes martirios públicos no se explican por razones metafísicas. Se explican por lo que significan frente a las formas del poder público.

Hilario Wynarczyk
 

El Papa y la economía

El 6 de este mes el lector Víctor Zajdenberg identifica al papa Francisco con un cierto "ideario económico". Todos los teólogos manifiestan que la Iglesia no toma partido por opciones temporales determinadas, como no lo hizo N. S. Jesucristo. En su adhesión a la Doctrina Social de la Iglesia, en su Evangelii Gaudium, el papa argentino, en esta extensa exhortación apostólica que, pareciera, algunos han analizado superficialmente, sacándola de contexto, manifiesta una clara posición humano-espiritual. En toda una definición, se lee en el parágrafo 58 de su documento que "el papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos...". Por eso nos exhorta a "... la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética a favor del ser humano". No otra cosa transmitió Juan Pablo II (próximo a ser declarado santo) en su encíclica Sollicitudo rei socialis (1987), diciendo que "... la justicia social exige también que al trabajador no se deje a merced de las leyes de la competencia, como si su trabajo se tratara sólo de una mercancía...".
Claro está, nadie osaría jamás tildar a semejante pontífice de haber sido "marxista o excesivamente progresista" económicamente, ya que fue el principal responsable de la caída del régimen comunista en Europa.
 
Alberto J. del Campo Wilson
Fuente: La Nación, 19 y 11 de abril, 2014.