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martes, 8 de marzo de 2011

Llegan los megapastores

Por. Juan A. Monroy, España*
La Reforma religiosa del siglo XVI puso un énfasis especial en desmitificar la figura del sacerdote católico.
Algo logró, pero el sacerdote no desapareció. Ni él ni la aureola casi sobrenatural que lo envuelve. Para la Iglesia católica, el sacerdote es representante de Cristo en la tierra, con poderes especiales para perdonar pecados, facultado para celebrar lo que llama sacrificio de la Misa, donde sostiene que el cuerpo y la sangre de Cristo se encuentran realmente en la ostia que consagra.
Los evangélicos hemos criticado desde siempre tanto la figura del sacerdote como la doctrina que lo sostiene. Por otro lado, hemos denunciado el poder que tiene sobre el pueblo. En España y en la América hispana el sacerdote ejerce una autoridad que los fieles han de obedecer al punto. En pueblos y en ciudades pequeñas de las repúblicas hispanoamericanas, en España ya no tanto, la palabra del sacerdote va más lejos que la del alcalde y otras autoridades.
Ahora se está dando un fenómeno a la inversa, que ya produce alarma. En España el sacerdote católico está perdiendo influencia entre sus fieles, en cambio son los pastores protestantes –algunos de ellos- quienes dominan las congregaciones locales. Son los grandes, los megapastores, los superpastores. Un clan surgido en las populosas ciudades de Hispanoamérica a imitación de sus correligionarios norteamericanos.
Imitando la figura del sacerdote católico, se alzan como intermediarios entre el cielo y la tierra. Los miembros de las iglesias no dan un paso sin consultar al pastor, al que tienen en un pedestal. Ellos se erigen en auténticos dictadores. Dominan las iglesias. Se hacen temer. Quienes no estén de acuerdo con ellos es que tienen al diablo y los expulsan.
En casos menos graves los someten a disciplina. A imitación del Vaticano y de los Testigos de Jehová, montan una estructura piramidal: El de abajo ha de rendir cuentas al de arriba y todos a él, el de más arriba, el todopoderoso.
Sin excepción alguna, éstos superpastores ponen un interés especial en las finanzas. Exigen de sus miembros el máximo. Quien no da es un mal cristiano y queda fichado. En Estados Unidos y en la América hispana levantan verdaderos imperios económicos. Ellos administran el dinero y no explican dónde ni cómo se invierte. Cuando lo hacen manejan las cifras de manera que sus barullos parezcan verdades definitivas.
Ya lo hemos dicho: Han llegado a España con su dulzón acento sudamericano, centroamericano, caribeño. Están entre nosotros. Al Protestantismo español, educado en la nobleza de hombres y mujeres que dieron su vida por la grey, que jamás se sirvieron de ella, que sufrieron penurias económicas y padecieron en alma y cuerpo, estos superpastores le están haciendo mucho daño.
Y le harán más. La ingenuidad del evangélico español es incapaz de percibir las malas artes. Al contrario. Son recibidos a corazón abierto y poco a poco llegan a tributarle culto. Sin quererlo ni saberlo.
Existe abundante material escrito y en DVD donde se instruye a los miembros de las congregaciones cómo debe ser un pastor, cuáles son sus funciones y cuáles sus limitaciones.
Nos acercamos o estamos viviendo ya los tiempos anunciados por Jesucristo cuando se levantarán falsos profetas y a muchos engañaran. Los creyentes españoles han de tener los ojos abiertos, la voluntad firme, contundente el rechazo, pronta la respuesta.

*Autores: Juan Antonio Monroy
Fuente: © Protestante Digital 2011
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Respuestas para familias:
Mi hijo, ¿esta pensando en el suicidio?
Mi amiga se sentó en la silla de plástico ubicada a lado de la puerta. Mentalmente cerré mi “laptop” donde estaba trabajando y le dí mi atención. Empezó la conversación hablando de su salud, los vegetales y los refrigiadores. Los temas cotidianos, la conversación amena e interesante. Después de un tiempo, la pregunté: “¿Y los muchachos? ¿Cómo están?” Su cara cambió. Empezó a hablarme de su hijo, su desanimo en el colegio, su novia, las llegadas tarde a la casa. Temía que iba a hacer decisiones equivocadas. Una pausa. Otro cambio en su cara. Lagrimas llenaron sus ojos. Temía que su hijo iba a desesperarse. La palabra suicidio había cruzado sus labios. “Una broma, mamá, no se preocupe.” Pero, sí, mamá estaba preocupada. Estaba atemorizada. Continue leyendo...
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