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domingo, 13 de febrero de 2011

“ÁMENSE COMO YO LOS HE AMADO…”

Por. Leopoldo Cervantes-Ortiz, México
…porque el que ama al prójimo ha cumplido la ley. Romanos 13.8b
Porque toda la ley en esta palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Gálatas 5.14

1. El mandamiento del amor y la ley
El código legal de Levítico 19 ordena a los integrantes del pueblo de Israel que se amen mutuamente en un contexto de venganza y rencor entre hermanos. El texto reconoce, así, que el trasfondo contra el que debe practicarse el amor es muy negro, además de que debe lucharse también contra la egolatría y el egocentrismo. El imperio del ego, no hay que olvidarlo, es uno de los más inexpugnables, pues como bien comenta J. Lligadas, “El texto del Levítico presupone que todo el mundo se ama a si mismo (y no lo critica), y a partir de ahí pide que todo lo bueno que uno desea para sí mismo lo desee y promueva también para los demás; originariamente éste era un texto que se refería sólo al amor a los miembros del propio pueblo, pero con el tiempo se extendió al menos a los extranjeros que vivían en Israel”.[1] Xenofobia, chauvinismo, egoísmo: un paquete explosivo que, según el pasaje, sólo podría resolverse con una buena dosis de amor administrada como consecuencia de la obediencia al mandamiento. Pero en Occidente hemos aprendido que los sentimientos no se pueden imponer y que, además, “el amor entra por los ojos”, por ejemplo, de modo que si alguien no nos es agradable ni nos simpatiza, difícilmente sentiremos algo bueno por él o ella.
Lv 19.18, que pertenece al Código de Santidad (vv. 17-26) es una exhortación para superar las diferencias entre el pueblo, una comunidad de iguales a la que se prevenía de experimentar fracturas sociales que afectaran la convivencia cotidiana. Así lo explica Mario López Barrio, cuando dice que estos versículos
Tratan sobre situaciones de disputa o de ofensa entre compatriotas israelitas. El que ama no tomará venganza ni alimentará resentimientos contra el adversario, en caso de ofensa, sino buscará la reconciliación mediante la corrección fraterna. Así, el mandamiento del amor está precedido por la expresión del v. 17: “No aborrecerás a tu hermano en tu corazón, razonarás con tu prójimo [“pero corrige a tu prójimo”], en la que se significa la renuncia a la ira y al odio. En cierto modo, como dice J. Augenstein, es una forma de interpretar el amor al enemigo. Desde luego que el alcance del mandamiento del amor dependerá de la traducción o intelección que se dé al sustantivo reah (“prójimo”).[2]
Es más, el pasaje logra superar el etnocentrismo también, cuando en el v. 34 se aplica el mismo mandamiento al extranjero y se señala que a él también es necesario amarlo como a uno mismo. Junto con Dt 10.19 es el único lugar adonde se ordena amar a un grupo de personas, que ya no sólo es la edah, la comunidad cúltica de Israel, sino también la comunidad humana por extensión, en la que el extranjero, el exiliado, tendría que ser visto ahora como hermano, como próximo. El amor prójimo, miembro o no de la misma raza o cultura, es subrayado en Lv 19.18 por la afirmación de la santidad de Yahvé, porque ahora este amor es teologal, es decir, está mediado por el propio Dios, no es un sentimiento natural, es fabricado, producido por el propio Dios, en contra de las tendencias al odio y la destrucción. Se funda así la posibilidad de una cultura del amor fraterno, impensable para la época.
2. El amor de Jesús, origen del amor cristiano
Si todas estas cosas estaban en germen en el espíritu mismo de la ley antigua, Jesús viene ahora a centralizar el modelo del amor en su propia persona y a radicalizarlo para sacarlo del esquema legal. Jesús reconoce la necesidad humana de concentrar el afecto o la motivación para el amor en un ser de carne y hueso que puede ser visto como razón de ser de los sentimientos más profundos. Jesús no promueve, entonces, sólo una forma más elevada de filantropía, sino una autétnica superación de la ley en todas sus formas y manifestaciones. Desde Jn 13.34-35 y hasta los caps. 15 y 17, el Jesús de las comunidades del Discípulo Amado se coloca a sí mismo como motor y origen del verdadero amor fraterno: “Un mandamiento nuevo les doy: que se amen unos a otros; como yo los he amado, que también se amen unos a otros. En esto conocerán todos que ustedes son mis seguidores, si tienen amor mutuamente”. López Barrio resume: “Así, mientras haya amor en esta tierra el mundo seguirá percibiendo signos que lo ayudarán a encontrar a Jesíus”.[3]
A la supuesta debilidad de quien ama y debe reconocerla ante la persona amada, Jesús propone un “amor activo” y sólido, consistente con los valores producto de la acción redentora de Dios en el mundo. La novedad que se agrega al mandamiento antiguo del amor es su “orientación cristológica”, lo que quiere decir que la entrega completa de la persona de Jesús al mundo es el origen y al mismo tiempo el rumbo que debe tomar cualquier forma de amor en el mundo a fin de superar sus tendencias enfermizas ligadas a los deseos de disminuir la dignidad de las personas. “El amor de Jesús el modelo de amor a los demás, así como la medida y el estilo del amor que deberá caracterizar a los discípulos”.[4] Sólo en este sentido es posible superar el esquema sacrificial de la salvación e incluso para las acciones fraternas en la vida diaria: la auto-entrega de Jesús es movida por el amor (“para dar su vida en rescate por muchos”, Mr 10.45) y llega a “poner su vida por sus amigos” (15.13), debido a lo cual lo ama el Padre, por “poner su vida para volverla a tomar” (10.17). La cruz de Jesús, por ello, no fue un acto sacrificial perverso y sádico por parte de Dios, sino un acto de entrega completa y renuncia a la vida, una acción voluntaria de Jesús por amor hacia la humanidad. Las palabras de 10.18 son contundentes: “Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar”.
El amor fraterno, por lo tanto, no debe ser visto ni experimentado como un sacrificio obligatorio, pesado, como una pesada carga, sino como una disposición permanente del ánimo capaz de revolucionar las relaciones humanas y de establecer la fraternidad como una realidad viable. Permanecer en el amor de Jesús (15.9) significa ser fieles a su esfuerzo por instaurar una nueva forma de convivencia en el mundo. Las comunidades juaninas hicieron un enorme esfuerzo por integrarse mutuamente y por comprender el amor de Dios en Jesús para transmitirlo al mundo. Al ser odiados y perseguidos, los seguidores de Jesús tendrían que aplicar, nuevamente, el espíritu del mandamiento antiguo del amor, pero en medio de circunstancias completamente nuevas. Así hoy, el amor de Jesús que las comunidades deben mostrar interna y externamente sigue siendo la razón de ser de su existencia y acción.

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[1] J. Lligadas, “Misa dominical 1994”, en www.mercaba.org/DIESDOMINI/T-O/31B/ev-comentario.htm.
[2] M. López Barrio, El amor en la primera carta de san Juan. México, Universidad Iberoamericana, 2007, p. 120.
[3] Ibid., p. 76.
[4] Idem.
Fuente: Leopoldo Cervantes - Ortiz.

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