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domingo, 6 de febrero de 2011

“DIOS AMÓ TANTO AL MUNDO…”

Por. Rev. Leopoldo Cervantes-Ortiz, México.

1. El amor de Dios y sus contextos en el Cuarto Evangelio
La cadena que transmite el Súper Tazón decidió no transmitir en el medio tiempo un anuncio en el que la Fundación Fixed Points invitaría a la audiencia a “buscar el verdadero significado de Juan 3.16” debido a que hacerlo sería “favorecer creencias concretas”, por lo que sólo se transmitirá en el estado de Alabama.[1] Este anuncio recordaría algo que se había vuelto habitual en décadas pasadas, cuando una persona se infiltraba en eventos como ese para colocar de manera visible la cita bíblica y hacer promoción de su experiencia como cristiano renacido. El anuncio intenta animar al público de todo el mundo a buscar por su cuenta el significado de la cita. Y es que, en efecto, la famosa afirmación de que “Dios amó tanto al mundo que envió a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, sino que tenga vida eterna” no sólo es el texto clásico de todas las formas de evangelización sino que, antes que todo, forma parte primero del proyecto teológico del Cuarto Evangelio y responde a los contextos propios de este proyecto comunicativo del mensaje cristiano. Según los estudiosos más concienzudos de este libro, su contenido se divide claramente en cuatro partes: el prólogo (cap. 1), el Libro de los Signos (caps. 2-12), el Libro de la Comunidad (caps. 13-17) y el libro de la realización y glorificación (caps. 18-20), con el cap. 21 como colofón de la obra.[2]
La primera mención del amor de Dios en el Evangelio es precisamente la de 3.16. En el vocabulario teológico de Juan, el amor “es entrega de sí (5.42; 13.35; 15.9-10b; 17.26)”.[3] El amor de Dios, a su vez, es universal,, alcanza a la humanidad entera (3.16: el mundo) y lo demuestra llegando a dar a su Hijo único. El propósito de su amor es que el hombre no conozca muerte, sino que tenga vida definitiva (3.16: “y ninguno perezca”; 3.18: “no sea juzgado= no se condene a morir; cf. 6.39). Dado que el amor es el único principio de vida definitiva, para recibirla hay que dar la adhesión a Jesús, el Hombre levantado en alto (3.14a), modelo de amor hasta el extremo (13.1, 34) […]
El Padre ama al Hijo y lo ha amado desde antes que existiera el mundo (17.24), es decir, el Padre preveía la realización de su proyecto en Jesús y su amor lo impulsaba a realizarlo (1.1: “la Palabra/Proyecto se dirigía a Dios).[4] Este proyecto no descarta al cosmos sino que lo incluye como parte de este proceso divino de entrega de sí en Jesús. Más allá de cualquier formulación “romántica” del amor de Dios, la encarnación de éste en la vida y obra de Jesús se despliega como una serie de palabras y acciones que, dentro de una “simbología del amor”, alcanzará su momento climático en la cruz: “El amor es, por tanto, la entrega de sí para dar al hombre dignidad y hacerlo libre, creando la igualdad. Este amor se extiende a los enemigos, incluso a costa de la propia vida, como lo demuestra Jesús con Judas (13.21ss); tal aceptación incluso de la muerte por no desmentir la lealtad del amor, manifiesta la gloria del hombre y la de Dios (13.31s)”.[5] Lejos queda, con esta visión, la oposición o el dualismo de oponer, de manera maniquea, a Dios y el mundo como realidades irreconciliables si el mundo mismo es creación de Dios. Los sentimientos del creador hacia él permanecen invariables desde el Génesis, cuando vio que todo lo que salió de sus manos “era bueno”.
2. Dios ama al mundo para salvarlo
Las comunidades ligadas al autor del Cuarto Evangelio experimentaron el compromiso que brota del amor de Dios hacia el mundo. Por ello, su testimonio muestra a personajes que encarnaron en su vida el llamado a una nueva forma de vida dominada por la forma en que Dios quería relacionarse con el mundo. “Jesús es confrontado con un representante del orden viejo que está siendo reemplazado; un representante peculiarmente favorable y amistoso: ‘el maestro de Israel’. Por tanto, mayor es el énfasis que recae sobre el inexorable pronunciamiento: ‘Si uno no nace de nuevo [‘desde arriba’ o ‘de nuevo’ son intercambiables] no podrá ver el reino de Dios’”.[6] En el diálogo con Nicodemo, Jesús explica el significado del “nuevo nacimiento”, del inicio de una nueva vida, la regeneración.
Para el Cuarto Evangelio, esta nueva forma de vida afirmaba la posibilidad, primero, de una “transfiguración de los bienaventurados en formas de gloria celeste en la edad venidera”,[7] y también de acceder a un nuevo nivel de existencia, el marcado por la esfera del espíritu. Sólo quienes “nacen de nuevo” son capaces de comprender, participar y compartir el amor de Dios al mundo, sin dualismos ni oposiciones enfermizas. “Quien ha nacido del espíritu”, según Juan 3, es una persona que ha salido del ámbito “de la carne” y ha entrado al del amor divino. Allí es capaz de entender las dimensiones del esfuerzo de Dios por implantar la nueva forma de vida en el mundo. El amor, en ella, es la razón de ser como un modo, una vez más, de entrega personal e incondicional. Varios siglos antes de que los esquemas culturales delinearan un formato del amor como un “código de sentimientos”, la actitud de Dios en Jesús es la de una entrega permanente y desinteresada, en el marco de un proyecto redentor muy amplio.
Ésa es la manifestación plena del amor de Dios hacia el mundo: “El cuarto evangelio es una llamada dirigida a todos los hombres para que participen en el amor, en la agapē, porque […] ‘es en el ejercicio de la agapē como conoce a Dios el hombre y participa de su vida; ahí se hacen uno Dios y el hombre, y la criatura retorna al creador a través de la palabra eterna por la que fueron hechas todas las cosas’ (C.H. Dodd)”.[8] El amor de Dios por toda su creación y por la humanidad es la mayor realidad accesible como un asunto de fe y de vida.
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[1] “Vetan anuncio en la Super Bowl por una cita bíblica” (sic), en Protestante Digital, 2 de febrero de 2011, http://www.protestantedigital.com/ES/Internacional/articulo/12422/Vetan-anuncio-en-la-super-bowl-por-una-cita
[2] Cf. C.H. Dodd, Interpretación del Cuarto Evangelio. Madrid, Cristiandad, 1978; y F. Rubeaux, “El libro de la comunidad (Juan 13-17)”, en RIBLA, núm. 17, www.claiweb.org/ribla/ribla17/5%20Rubeaux.htm
[3] J. Mateos y J. Barreto, Vocabulario teológico del Evangelio de Juan. Madrid, Cristiandad, 1980, p. 26.
[4] Ibid., pp. 28-29.
[5] Ibid., p. 32.
[6] C.H. Dodd, op. cit., p. 305.
[7] Idem.
[8] W.D. Davies, Aproximación al Nuevo Testamento: guía para una lectura ilustrada y creyente. Madrid, Cristiandad, 1979, p. 454.
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Jorge Hernández Campos (México, 1921-2004)

Tú eres piedra
Tú eres piedra y sobre esta piedra fundaré lo impalpable la mirada en la nube el viento entre los árboles el calosfrío que divide el agua de la piel la desgana.
Tú eres piedra y sobre esta piedra dura egoísta dispondré lo efímero deleznable la flor en la oreja la juventud y si muchos pecados mucho también arrepentimiento.
Tú eres piedra y sobre esta piedra quemaré la casa pero edificaré
el vino la cama revuelta el amor repudiado todo lo que mísero nos desnuda.
Y las puertas del infierno no prevalecerán contra ello.
A quien corresponda, 1961
Fuente: Enviado por el autor Leopoldo Cervantes - Ortiz, Teòlogo mexicano, poeta y médico.

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