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jueves, 7 de noviembre de 2013

El universo llamado Carlos Monsiváis

Por. Leopoldo Cervantes-Ortiz, México*
Su amor por la Biblia Reina-Valera 1909 lo alejó siempre de los nuevos protestantes de hoy, cada vez más alejados de un contacto cultural con su libro de cabecera, que para él siguió siéndolo.
Presentación del libro  Carlos Monsiváis: cuaderno de lectura  (México, CUPSA, 2013), Unidad Adolsfo Sánchez Vázquez, Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, 29 de octubre, 2013. Y lo cierto es lo afirmado algún día por Juan Rulfo: a los escritores les toca afirmar el realismo o la irrealidad; lo mágico es la existencia de lectores .C.M.,  Aires de familia
1. MONSIVÁIS, UN GÉNERO LITERARIO (O. PAZ)
Cada vez que aparece una nueva alarma de Google sobre Carlos Monsiváis compruebo que su vastedad como escritor proteico, múltiple y ubicuo sigue siendo una realidad y que a quienes nos interesa su literatura, sus ensayos, y artículos, así como la visión que forjó durante décadas de escritura, no nos dejará descansar durante mucho tiempo. Invocar su espíritu en esta hora, a poco más de tres años de su desaparición física, representa, al menos para mí, la posibilidad de continuar abriendo sus páginas para sumergirse en la amplitud de miras con que asumió su paso por este mundo.
Más allá de las consabidas categorías que devienen en lugares comunes su obra es también un venero de opciones y alternativas para indagar en un sinfín de temáticas. Su personal obsesión por la crónica que desdobló como ensayo, crítica y biografía, además de la pasión y precisión con que seleccionó poesía, cuento y la propia crónica, es contagiosa a la hora de acercarse a algunos de los autores sobre los cuales hizo soberbias reseñas o artículos.
Un ejemplo entre cientos es la prodigiosa manera en que, a la muerte del uruguayo Juan Carlos Onetti glosó y desglosó su obra en una serie de tres artículos donde con trazos mágicos mostró la grandeza de ese gran exponente de la narrativa latinoamericana. Y qué decir se su libro  Escribir, por ejemplo,  donde los selectos autores mexicanos de los que se ocupó y que conoció detalladamente, le sirvieron para desplegar el arte crítico que muchos hubieran querido ver aplicado únicamente a temas literarios.
Para los que de alguna manera la escritura nos atrapó, independientemente del género elegido, su influencia resultaba irresistible, pues la intensidad crítica y el alto voltaje analítico que desplegaba se volvía inmediatamente un modelo a seguir. Tres ejemplos más vienen a corroborar esto: los volúmenes dedicados a Octavio Paz ( Adonde yo soy tú somos nosotros ), Salvador Novo ( Lo marginal en el centro ) y Amado Nervo ( Yo te bendigo vida).
En el primero, especialmente, Monsiváis se movió en el análisis magistralmente entre la prosa, la poesía y el ensayo político del Premio Nobel de 1990. Así, escribe:
 En 1957 Paz publica uno de sus grandes poemas, ``Piedra de sol'', que él mismo define: ```Piedra de Sol' es un poema lineal que sin cesar vuelve sobre sí mismo, es un círculo o más bien una espiral'' y que, por eso, empieza y termina de igual modo […]
 Si ya desdeÁguila o sol?, y no obstante su complejidad y falta de concesiones, la poesía de Paz es muy leída, “Piedra de Sol” es una de las claves de la nueva generación, que lo memoriza y estudia para aprender su sensibilidad, tan hecha de erotismo, descripciones vitriólicas del procedimiento autoritario, refundación del mundo a partir del amor, ires y venires de lo prenatal a lo póstumo, todo lo que enardece a una vanguardia que mezcla épocas, reconsideraciones del deseo, desprecio por los convencionalismos, urgencia de reescribir la historia, la modernidad y la experimentación espiritual y corporal.
 Mientras el erotismo y la filosofía sean posibles, no hay “muerte de Dios”. En La estación violenta (1958), que incluye “Piedra de Sol”, el poeta es un ser diurno, una expresión de las fuerzas naturales (la más recalcitrante y crítica), alguien que concibe la poesía como el acto que unifica las sensaciones en un solo proyecto utópico. Todo en el libro es deslumbrante: la demasiada luz, la interrelación de historia y sensualidad, el uso de la metáfora como relámpago visual, la enumeración de alegorías, el tiempo que se va como agua y se petrifica, el aliento de lo prehispánico (en “El cántaro roto”) como galería de imágenes subterráneas que de pronto, al cerrar los ojos, ascienden a la superficie ... [1]
2. UN “PROTESTANTISMO ILUSTRADO” A TODA PRUEBA
Varias veces me tocó ver a Monsiváis en reuniones evangélicas (en una de ellas compartí la mesa con él, en 1993) y en todas dejó ver que ni siquiera en este círculo podía abandonar la ironía y el estilo afilado para responder cualquier provocación. Y es que su protestantismo de corte clásico e ilustrado provino de una época en que todavía las iglesias transitaban por caminos de cierta cercanía hacia la cultura teológica y literaria.
Siempre me ha abrumado leer en su autobiografía que desde muy joven leyó la  Institución,  de Calvino, el  Bosquejo de dogmática,  de Karl Barth y  Nuestra fe , de Emil Brunner, además de un amplio arsenal de biografías de protagonistas de la Reforma.
Es verdad que no se consideraba teólogo, pero sus abordajes a lo religioso (y lo no religioso) evidenció siempre la tendencia protestante de la primera mitad del siglo XX a teñir prácticamente todo de una teología un tanto moralizante (que incomodó tanto a críticos como Christopher Domínguez Michael, quien lo calificó como “patricio laico” [2] ) que él transfiguró en un híbrido socarrón paralizante cuando se le escucha por vez primera, pero con el que se puede convivir tranquilamente apenas se traspase el umbral de sus constantes alusiones bíblicas modificadas hasta el cansancio en nuevos dispositivos verbales, efectivos en su propósito y que, al despertar la risa cómplice, son capaces de llevar la polisemia a niveles insospechados.
Recuérdese, si no, ese portento de intertextualidad que es el cuasi-aforismo: “Y conoceréis la verdad, y la verdad que os aterrará”, que me ha acompañado durante décadas. Uno de los epígrafes de  Los mil y un velorios  actualiza la visión de San Pablo sobre la muerte en este país devoto de la misma (“Oh muerte, yo seré tu muerte”). O los ensayos cuyo títulos eran estremecedores, desafiantes y jocosos hasta el límite del plagio autoasumido y del pastiche incansable: “¿A poco no le da gusto estar excluido? (las marginalidades por decreto)”, “No es que esté feo, sino que estoy mal envuelto, je-je (notas sobre la estética de la naquiza)”, “Me fui de Comala porque mi padre vivía en Houston”, etcétera, etcétera.
Su amor por la Biblia Reina-Valera 1909 lo alejó siempre de los nuevos protestantes de hoy, cada vez más alejados de un contacto cultural con su libro de cabecera, que para él siguió siéndolo. Su típica familiaridad protestante hacia ella hizo que sus amigos Pitol y Pacheco la conocieran de primera mano con un lector devoto que la había memorizado sin piedad, como le sucedió a varias generaciones de fieles. La pasión con que aferradamente su recuerdo la traía a cuento en toda circunstancia no ha sido suficientemente estudiada y tal vez se requiera un buen equipo, becado para ello, que hurgue en cada renglón de sus textos para encontrar la alusión puntual, parafraseada hasta el éxtasis, así sea en las revistas  non sanctas  que los acogieron. Acaso el género bíblico de la crónica sea el origen de ese nuevo género que pergeñó y desarrolló apasionadamente.
Si para Sergio Pitol el nombre bíblico de Monsiváis no podía ser otro que “legión de heterónimos”,[3]y para Adolfo Castañón es “un hombre llamado ciudad”,[4]con lo que concuerdo, para mí es también un “universo”, ilegible a veces para muchos, pero luminoso y chispeante la mayoría de las veces.
Se quejó, y bien en mi opinión, de que “los protestantes sólo lo invitaban a cosas serias”, [5] a él, que se hallaba a años-luz de preocupaciones muy edificantes, lo que motivó toda una reflexión sobre sus nunca perdidas aficiones religiosas y sobre el rumbo heterodoxo que les dio. Para apreciar eso, recomiendo el ensayo “Danos hoy nuestra teología cotidiana”. [6] El día en que todos nos pusimos su máscara en el homenaje por sus 70 años, compartimos algo de ese universo y en él seguimos.
 
 [1] C. Monsiváis, “Adonde yo soy tú somos nosotros”, en  La Jornada Semanal,  
 [2] C. Domínguez Michael, “Carlos Monsiváis, el patricio laico”,  en Servidumbre y grandeza de la vida literaria . México, Joaquín Mortiz, 1998. Cf.  Idem,  “¿Quién teme a Carlos Monsiváis?”, en  Letras Libres,  julio de 2002, pp. 79-81.
 [3] S. Pitol, "Con Monsiváis, el joven", en  El arte de la fuga.  México, Era, 1996, pp. 50-51. 
 [4] A. Castañón, "Carlos Monsiváis: un hombre llamado ciudad", en  Arbitrario de literatura mexicana. Paseos I.  México, Vuelta, 1993, p. 368.
 [5] M.E. López Ramírez, “Los protestante sólo me invitan a cosas serias”, en  Folios, www.revistafolios.mx/articulos/carlos-monsivais/los-protestantes-siempre-me-invitan-cosas-serias.  
 [6] C. Monsiváis, “Danos hoy nuestra teología cotidiana”, en  Revista de la Universidad de México, www.revistadelauniversidad.unam.mx/6209/6209/pdfs/62monsivais.pdf.
 
 
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domingo, 28 de julio de 2013

Autobiografía de Monsiváis: política e ideología

Por. Leopoldo Cervantes-Ortiz, México
Mi protestantismo duplicaba mi juarismo.[1]  C.M.LIBERAL DE IZQUIERDA, SIEMPRE
Como ya se ha mencionado en estas páginas, Patricia Vega recuperó la autobiografía de Carlos Monsiváis y difundió algunos fragmentos. La presentó como un documento que él había condenado al olvido:
 De su obra se dirá demasiado. Pero muy poco de su primer libro: una autobiografía escrita a los 28 años de edad y publicada en 1966, inconseguible en librerías o bibliotecas de este país. De esa obra, escrita gracias al impulso del crítico literario y editor Emmanuel Carballo, Monsi ha tratado de borrar todo rastro, a tal grado que ha pedido a todos los libreros de viejo que la saquen de circulación cuando de casualidad les llegue. No se entiende el pudor del autor frente a esta muestra inicial del estilo antisolemne que con los años le daría el renombre que hoy tiene . [2] 
Porque acaso el pudor que le produjo con los años la manera en que reconstruyó su formación resultó demasiado para los cánones escriturales que desarrolló hasta convertirse en el intelectual más visible y proteico de México. Fue como si renunciara a dejar ver sus raíces, aunque ellas afloraron todo el tiempo en sus textos. En “De pie la juventud, valiente el corazón”, tercer capítulo de la autobiografía, cuyo subtítulo reza: “En donde se describe la sección izquierdista de una educación sentimental, se añoran los folletos cardenistas y se recogen firmas para la paz”, Monsiváis registra cómo despertó en él la pasión por la política mediante algunos sucesos circunstanciales que canalizaron su temprana curiosidad cívica y la proyectaron hacia simpatías ideológicas de izquierda que nunca abandonó, a pesar de todo. Prueba de esa filiación, nunca negada, es un ensayo de abril de 1999, “Octavio Paz y la izquierda”, donde como un interlocutor crítico que siempre fue del poeta ganador del Nobel, puntualiza y acota la relación de aquél con esa vertiente política que conoció tan bien y que lo desesperó tanto. [3] 
Su primera experiencia político-ideológica fue por la vía familiar: “En 1951, en mi segundo año de secundaria se decide mi politización a través de la inevitable vía indirecta. Un tío mío que trabaja con [Miguel] Henríquez Guzmán ha de obtener una posición magnífica con el triunfo de su candidato. […] La derrota y la represión de julio de 1952 representan mi ingreso al escepticismo y el desencanto” (p. 21). Su adhesión a la campaña de ese candidato presidencial de oposición por el Partido Constitucionalista Mexicano lo marca para siempre. Después, en el mismo 1951, un profesor de historia lo invitó a ingresar a un club leninista y allí sintió que se había radicalizado: “De inmediato, me compro tres escuditos de la URSS y muchos folletos. […] Como parte de mis obligaciones debía vender un periódico en mi sector de trabajo. La primera vez yo mismo compré todos los ejemplares y discretamente los regalé. Pero el remordimiento me venció y acudí con toda la diplomacia posible a vocear mi material en la escuela” (p. 22).
La suerte estaba echada y en esos años de “confusión primitiva”, como les llama, simpatiza con la República española y el sindicalismo estadunidense. Observa:
 Como casi todos los pequeños burgueses que se radicalizan, mi proceso fue visceral, emotivo y no fue sino más tarde cuando quise otorgarle bases teóricas a tanta irritación. Ahora me doy cuenta que de los henriquistas me atraía sobre todo su odio al poder, la gritería contra el orden establecido. Veía yo en el Estado —un ser mítico al que mi ignorancia confería indistintamente los rasgos débiles de don Pascual Ortiz Rubio o la leyenda a lo Guzmán de Alfarache de Pasquel— el origen y forma de todos los males (pp. 23-24) .
Nacionalismo, escuela pública, politización temprana. El joven Monsiváis de 1966 mira retrospectivamente y encuentra que desde su adolescencia experimentó también un llamado hacia la política y hacia lo que pomposa y jocosamente se celebró en el homenaje de 2008: su defensa apasionada y nunca postergada de “las causas perdidas”. Y hasta en ese recuento, la introspección bibliófila es obligada, como lo hace en el capítulo IV (“Porque para hablar de la provincia es preciso tener alma de poeta y una cítara en la mano”) donde asume su herencia liberal tradicional:
 ¿Cómo le hago?, díganme. En primer lugar, ¿cómo le hago para abandonar la triste y gassetiana idea de pertenecer a una generación? Y luego, ¿cómo le hago para superar la vieja sensibilidad que me tocó de herencia? […] Cuando proliferaron las prepas, cuando en todas las librerías fue posible adquirir manuales de marxismo, cuando Ulises se convirtió, del menos leído de los grandes libros, en el menos leído de los lugares comunes de la cultura, […] entendí que me había tocado militar en una generación “a la antigua”, educada en las más estrictas normas liberales, convencida de la necesidad de reformar la administración pública desde dentro, preocupadísima en definir lo mexicano, aferrada a la teoría erótica del abrazo político… (pp. 27-28). 
Como muchos estudiantes de la época, Monsiváis se politizó desde el bachillerato y su aprendizaje de la política mexicana fue sobre la marcha, descubriendo los vericuetos de una práctica  sui géneris  de la cosa pública, dominada por el régimen priísta, al que criticaría en todos los tonos.
En ese capítulo esboza ya lo que en sus crónicas de décadas posteriores serían descripciones insuperables de los rituales del poder “a la mexicana”. De ahí que su orientación liberal, típica del protestantismo de entonces, se topara de frente con los usos y costumbres de las familias revolucionarias. Cuando se integró a un grupo masónico juvenil, la confluencia y contradicción de tales ideologías lo acechó persistentemente.: “En realidad, y a pesar de mi fugaz contacto con el marxismo vulgar, de Manual de Politzer, seguía creyendo en el liberalismo vulgar, de frases sueltas de [Melchor] Ocampo, Ignacio Ramírez y Francisco Zarco, o ya internacionalizado, de anécdotas de Lincoln, Garibaldi y Robespierre. Cualquier idea me resultaba singularmente actual” (pp. 29-30, capítulo V: “Trabajando hermanos unidos por la senda de la caridad”. Donde se hace (¡todavía!) un recuento de los avatares ideológicos del ya muy discursivo personaje, se empuñan pancartas y se conoce a los Abajo Firmantes).
Otra cosa sería su militancia en movimientos reivindicativos del momento, como el de solidaridad con Guatemala, en el que vio por primera vez a Diego Rivera y Frida Kahlo al frente de una manifestación, la cual recrearía en la que se considera como si primera crónica publicada.
Así conoció, de primera mano, a “la Izquierda Mexicana”(p. 31). Y contempló de cerca a sus “semidioses”, “a quienes se atrevían a desafiar al imperialismo”, con una capacidad crítica todavía inexistente, según confiesa. Se vio a sí mismo como un “compañero de viaje”, aunque no percibía congruencia en la conducta de muchos de sus compañeros.
Por otro lado, su comprensión de la Revolución Mexicana sufrió la interferencia de las aficiones cinematográficas que ya eran el pan de todos los días: “Demasiado influido por el cine o demasiado susceptible, mi gran limitación como mexicano que se sabe muy bien su Hora Nacional [programa radiofónico oficial transmitido todos los domingos en red nacional], es no poder configurar mi panteón cívico a base de las figuras que generosamente dispuso en mi provecho la retórica presupuestal” (p. 33). Pero aún vendrían muchas experiencias más, siempre transformadas en textos memorables.

 
[1] Carlos Monsiváis,  México, Empresas Editoriales, 1966, p. 29. Texto completo disponible en:  http://es.scribd.com/doc/138445908/Carlos-Monsivais-biografia-precoz  [2] P. Vega, “La autobiografía que Monsiváis quisiera sepultar”, en  Eme Equis,  núm. 118, mayo de 2010, p. 41,  www.m-x.com.mx/xml/pdf/118/40.pdf .
 [3] C. Monsiváis, “Octavio Paz y la izquierda”, en  Letras Libres,  núm. 4, abril de 199, pp. 30-35,  www.letraslibres.com/revista/convivio/octavio-paz-y-la-izquierda
 

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jueves, 1 de julio de 2010

Carlos Monsiváis, teología y fe

Por. Cervantes-Ortiz, México*
¿Qué consecuencias tiene la teología, una disciplina las más de las veces inaccesible a los mortales que no quisieran serlo?
¿Ha perdido fuerza o la ha reconcentrado?
(1) C.M.
Carlos Monsiváis (1938-2010) fue durante su niñez y adolescencia un militante protestante que recibió una sólida formación bíblica que lo marcó para siempre. Nunca dejó la reflexión, así fuera sesgada y oblicua, sobre los temas religiosos, como una marca de indeleble de dicha militancia. Podría decirse que su obra está “salpicada” continuamente por la preocupación sobre la fe, la religión, el protestantismo y hasta la teología. Los epígrafes, frases, secciones y alusiones continuas a la Biblia, su conocimiento minucioso de la tradición liberal y, sobre todo, su pasión en la defensa por la laicidad, afloran a cada paso.
Él mismo da testimonio de sus lecturas desde su temprana autobiografía, publicada en 1966, a los 28 años, en la cual se aprecia, a diferencia de lo que sucede en la actualidad, el tipo de materiales que tuvo a su alcance y que, inevitablemente, hicieron de él un lector voraz y analítico:
En el Principio era el Verbo, y a continuación Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera tradujeron la Biblia, y acto seguido aprendí a leer. El mucho estudio aflicción es de la carne, y sin embargo la única característica de mi infancia fue la literatura: himnos conmovedores (“Cristo bendito, yo pobre niño, por tu cariño me allego a Ti, para rogarte humildemente tengas clemente piedad de mí”). Cultura puritana (“Instruye al niño en su carrera y aún cuando fuere viejo no se apartará de ella”), y libros ejemplares: (El progreso del peregrino de John Bunyan; En sus pasos o ¿Qué haría Jesús?; El Paraíso Perdido, La institución de la vida cristiana de Calvino, Bosquejo de dogmática de Kart Barth).(2)
Monsiváis retrató muy la educación religiosa que recibió, así como los típicos usos del aprendizaje bíblico, propios de la cultura evangélica de entonces, marcada por un biblicismo verdaderamente excesivo, sólo que, en su caso, el apego a la traducción bíblica mencionada tuvo un impacto literario extraordinario:
Mi verdadero lugar de formación fue la Escuela Dominical. Allí en el contacto semanal con quienes aceptaban y compartían mis creencias me dispuse a resistir el escarnio de una primaria oficial donde los niños católicos denostaban a la evidente minoría protestante, siempre representada por mí. Allí, en la Escuela Dominical, también aprendí versículos, muchos versículos de memoria y pude en dos segundos encontrar cualquier cita bíblica. El momento culminante de mi niñez ocurrió un Domingo de Ramos cuando recité, ida y vuelta a contrarreloj, todos los libros de la Biblia en un tiempo récord: Génesiséxodolevíticonúmerosdeuteronomio. (3)
A sabiendas de la distancia crítica que tuvo del ambiente religioso en que creció, varios entrevistadores/as trataron de “acorralarlo” para que confesara sus creencias, pero no lo consiguieron. En una de las más conocidas, a propósito de la reedición del Nuevo catecismo para indios remisos (1982, 1997), un libro en el que se mofa a placer de la visión dogmática de la vida, pero en el que se aprecia su profunda mirada religiosa,(4) Elena Poniatowska le preguntó:
¿Cuál fue tu catecismo de niño?
De niño no tuve catecismo por no ser católica mi formación. En todo caso, habré leído alguno de esos catecismos de la Historia Patria que abundaban en las librerías de viejo. Seguramente leí resúmenes de Guillermo Prieto, y en la secundaria intenté leer el de Roa Bárcena y fracasé. Ya en preparatoria leí, no sin morbo, el del Padre Ripalda.
¿Por qué fracasaste en ese aprendizaje de los catecismos?
Porque disponía de un gran equivalente, que rehuye la idea misma de catecismo, La Biblia, leída con cierta perseverancia desde que me acuerdo. Y porque había leído novelas de la formación ejemplar, The Pilgrim’s Progress (El progreso del peregrino), de John Bunyan, muy importante para mí. Pero exagero. Resumiendo, la Biblia fue la madre de todos los catecismos para mí, y el antídoto. […]
¿Te consideras un hombre religioso?
¿Qué te digo? Ni doctrinaria ni programáticamente religioso, pero en mis vínculos con la idea de justicia social, en mi apreciación de la música y de la literatura, y en mis reacciones ante la intolerancia, supongo que hay un fondo religioso. Ahora, tampoco me gusta describirme como una persona religiosa, porque la mayor parte de las veces se asocia lo religioso con el cumplimiento de una doctrina muy específica y no es mi caso, pero si lo religioso se extiende y tiene que ver con una visión del mundo, con los deberes sociales, con el sentido de trascendencia, pues sí sería religioso... Ahora que te lo dije me sentí en falta, porque ya lo que sigue es mi autocandidatura a la canonización y allí sí me detengo. (5)
Esta defensa de su intimidad religiosa no le impidió nunca tomar partido por la reivindicación crítica del protestantismo, con el que parecía tener una relación de amor-odio, aunque su testimonio permanente fue de apego entrañable, sobre todo, a los himnos y las lecturas clásicas de ese ambiente. Poniatowska puso muy bien el dedo en la llaga del protestantismo de Monsiváis, con una pregunta obligada:
Carlos, tu Catecismo critica a la religión católica, ¿harías lo mismo con el protestantismo?
No critica a la religión católica. No pasa por la fe, pasa por el lado de la locura extendida en algunas creencias. En lo tocante a la religión, el pasmo es tan inmenso que me impide pronunciamientos, pero los desafueros a nombre de esas creencias me han resultado desde niño muy divertidos, y me propuse atender ese mundo no tan marginal, pero nunca central, de las creencias católicas en México y examinarlo a la luz de la sátira. En cuanto al protestantismo, el tipo de supersticiones que ha provocado es distinto al católico, pero no por ello deja de parecerme divertido. Lo que pasa es que me llevaría más tiempo, y no sé si hay el conocimiento suficiente de estos prejuicios para que el resultado no fuese una querella de gueto. (6)
Otras dos entrevistas importantes se publicaron en la revista presbiteriana El Faro y en Proceso. En la primera, realizada por Luis Vázquez Buenfil, las preguntas son incisivas, pero él las respondió con demasiada brevedad, apuntando hacia el impacto vital de lo que experimentó en sus años formativos y su visión adulta colocada en su perspectiva de escritor:
¿Milita actualmente en alguna iglesia?
No. Yo soy cultural y musicalmente cristiano pero no tengo una relación activa con el credo.
¿Cómo fue que recibió esta formación?
Mi familia sí es muy protestante. Son muy militantes todos. Pero yo tuve más bien una enorme inclinación por la Biblia como literatura que sigo teniendo, y por la historia de las iglesias reformadas. Pero no tanto por la práctica cotidiana. Soy, al respecto, de un “cristianismo marginal”, no sé si así se pueda decir.
¿Esa herencia teológica, cultural, judeocristiana, le ayudó a descubrir la vocación como escritor?
No sé. Lo que es cierto es que, si tengo alguna influencia imperceptible en mi prosa, y si tengo prosa las dos cosas, es la Biblia de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera que fue, para mí, el libro más formativo. Después vinieron muchos otros, pero creo que ninguno me marcó tan categóricamente como la traducción de la Biblia de Reina y Cipriano de Valera. Por eso lamenté tanto la versión de 1960 que me parece, literariamente, muy inferior. […] (7)
También externó la manera en que veía la función del protestantismo, compartida solamente por los espacios más abiertos de las iglesias, pues en los años 80, sobre todo, el triunfalismo de muchos grupos y, en los 90, su acceso irreflexivo a la política, era, para muchos desesperante, aunque él veía el carácter minoritario del protestantismo desde el plano estrictamente cultural y educativo:
La condición de minoría del protestantismo ¿le da una cierta ventaja o es más bien una desventaja?
Depende. Si no hay información, si no hay lecturas, se vuelve desventaja. Si hay información, si hay lecturas, si hay una solidificación cultural de la fe, es una gran ventaja. Pero desde la ignorancia, el fanatismo prende con rapidez y el fanatismo es una actitud muy desarmada.
En sus palabras, ¿en qué ha contribuido el protestantismo a México?
Bueno, ha contribuido en el aumento de la tolerancia, nada más por el hecho de su mera existencia. Si hay gente que persiste en ser distinto, eso contribuye a la diversificación, a la pluralidad y a una idea de diversidad respetuosa. Ha contribuido enormemente en el campo de la lectura. Esto ahora es menos visible, pero en la primera mitad del siglo, lo que fue la difusión de la Biblia, fue extraordinario desde el punto de vista de la lectura. Y ha contribuido con seres humanos excepcionales, desconocidos, anónimos, pero con una muy recia actitud moral. Ésas han sido, creo yo, básicamente sus contribuciones.
¿Sus debilidades?
La cerrazón fanática. El olvido del mundo por un criterio mesiánico. El conservadurismo es materia de costumbres y, algo que también me importa mucho, considerar que no pueden intervenir en la vida pública porque el protestantismo es una limitación. Ésas, para mí, son sus debilidades básicas. […]
No dejó, en ese momento, de reconocer la deuda con sus maestros, principalmente con Báez-Camargo, aunque no dejó de criticarlo: “Fue mi maestro de Escuela Dominical. También fue un personaje que luego se derechizó muchísimo y en el 68 tuvo una conducta terrible. Pero finalmente lo respeto y le debo, intelectualmente, muchísimo”.(8)
En la entrevista de Proceso, Rodrigo Vera también lo abordó en relación con su pasado religioso y en su respuesta se puede ver cómo procesó la marginación y el rechazo de que aún fue objeto, mediante un filtro cultural que hoy se echa tanto de menos en las comunidades, pues las lecturas y autores que alude son desconocidos para las nuevas generaciones evangélicas. Intolerancia, literatura e identidad se mezclaron en su horizonte de una forma extraordinariamente creativa:
Al respecto, ¿cuál es su formación?
Doctrinariamente, me formé en el más estricto protestantismo histórico, y por eso uno de mis primeros héroes fue el almirante Gaspar de Coligny, asesinado en la Noche de San Bartolomé, episodio que fue sin duda mi encuentro inaugural con el significado de la intolerancia. En materia de lecturas iniciáticas, además de la Biblia en la admirable versión de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, me acerqué a libros como El progreso del peregrino, de John Bunyan, o a biografías de John Wesley y William Penn. A eso le añadí un conocimiento muy directo del pentecostalismo. Pero lo anterior son datos privados, por así decirlo; mi formación genuina como protestante se la debo en gran medida a las percepciones externas, que situaban a las minorías religiosas en el espacio de lo ajeno, lo choteable, lo amenazante. Durante la primaria y la secundaria, no conseguí olvidar mi condición protestante porque los demás nunca lo hicieron y una de mis tareas importantes (aunque esto se me aclaró mucho después) fue rechazar la identidad que se me atribuía. Los integrantes de una minoría cultural se saben distintos, no sólo por sus creencias o conductas específicas, sino por el registro externo de esas creencias que, en el caso del protestantismo, describían una fe antinacional, ridiculizable y de mal gusto. En los años cuarenta y en los cincuenta ni existía ni se concebía la pluralidad. México era un país católico, guadalupano, priísta, mestizo, machista y formalmente laico.
¿Cuál fue su experiencia directa con la intolerancia religiosa?
Una muy aguda pero, por fortuna para mí, básicamente verbal y con agresiones mínimas. Por supuesto, en más de una ocasión no se me invitó a casas de compañeros porque el padre o la madre no auspiciaban el trato con heréticos y, también, me desconcertaba un tanto al llegar a casa de un compañero y ver el letrerito en la ventana: “En esta casa somos católicos y no aceptamos propaganda protestante”, lo que, aunque no existiese, me obligaba a cancelar mi proselitismo. Me acuerdo, una vez, en la secundaria, cuando la madre de un compañero, muy católica según me habían dicho, me preguntó: “¿Y qué hace tu familia los domingos?”. Intimidado, repliqué eludiendo la mención de los himnos y la Biblia: “Fíjese que nos dedicamos a la lectura y la vocalización”. Pero fuera de la Ciudad de México desaparecía esta tolerancia-por-abulia. Entre 1945 y 1953 o 54 aproximadamente, la jerarquía auspicia, y no muy discretamente, campañas de odio y persecución contra los protestantes, los proyanquis que traicionan a la nación que es apéndice sentimental de la Basílica. El hereje (el aleluya) era el descastado, el payaso… Todavía recuerdo una portada de Tiempo, el semanario de Martín Luis Guzmán, en 1952: “Contra el Evangelio, la Iglesia católica practica el genocidio”. […] (9)
Además, veía claramente las diferencias entre el protestantismo de su época y el actual, sin falsa nostalgia ni apocalipticismo:
¿Cuáles son las diferencias más considerables entre el protestantismo de su infancia y el actual?
La fundamental: se ha normalizado, por así decirlo, la presencia del protestantismo mexicano que ya sólo en una porción mínima de casos depende del dinero estadunidense. No obstante los esfuerzos de la jerarquía católica y de los antropólogos marxistas especializados en la pureza de la Identidad Nacional, desapareció entre los protestantes, por lo menos perceptiblemente, ese sentimiento de culpa de no ser como la mayoría. En el universo plural que vivimos, el protestantismo es ya socialmente hablando opción legítima, salvo en las zonas con cacicazgos exterminadores o clero católico muy intolerante. Y en el protestantismo, también, se han reabierto espacios intelectuales cerrados por más de 40 años; hay historiadores de la calidad de Jean-Pierre Bastian y, algo decisivo, se canjea la gloria del martirologio por la defensa de los derechos humanos, y se exploran las posibilidades de intervención cívica. (Esto, no sin las típicas presunciones demagógicas de quienes se declaran representantes del conjunto.) La intolerancia persiste, pero ya, salvo casos muy específicos, el de San Juan Chamula sobre todo, no deja las profundas huellas psíquicas de antaño. Y los avances en materia de normalización de creencias son numerosos, y sólo falta desvanecer el ridículo que siempre se le endosa a las creencias ajenas. (10)
A lo dicho hasta aquí hay que agregar su profundo conocimiento de la historia del país y los cruces de ésta con los avances de un protestantismo que, en su infancia y juventud era eminentemente liberal y juarista, para mayores señas. No hay que olvidar que Monsiváis colaboró también en un vasto proyecto, la Historia general de México (publicado por El Colegio de México), en donde se encargó de hacer la crónica cultural del periodo posrevolucionario. Así respondió a otra pregunta expresa sobre la reacción protestante ante la persecución:
En la década de los cincuenta no se concebía siquiera la noción de derechos humanos, y menos aplicada a las libertades religiosas. Existían en la Constitución, pero el asunto no le concernía a la izquierda por considerar a los protestantes “avanzada del imperialismo”, y el PRI era terriblemente prejuicioso. También, y esto es definitivo, la información era escasa o nula; un protestante lazado y arrastrado a cabeza de silla no era noticia, y sólo Tiempo, gracias al liberalismo consecuente de Guzmán, le dedicaba espacio al tema. Y fue muy débil la respuesta de los protestantes. Había una Comisión Nacional en Defensa del Evangelio (sic), que organizaba cada 21 de marzo una marcha y un mitin en el Hemiciclo a Juárez, pero no mucho más. Y lo que imperó, muy negativamente según creo, fue el amor por el martirologio, no al modo cristero, porque el pacifismo evangélico era a ultranza, pero sí con la fe en las potencias del suplicio propias del cristianismo primitivo. Y el resultado fue inequívoco: la Iglesia católica frenó el desarrollo del protestantismo persiguiéndolo y marginándolo a fondo. A esto luego se agregó, muy eficazmente, y con la ayuda de antropólogos marxistas, la imposición del término sectas, con su carga implícita y explícita de oscuridad, conjura, creencias satánicas. La campaña de exterminio borró mucho de lo obtenido en las primeras décadas del siglo, la incorporación de los protestantes a la vida pública (los ejemplos van de Pascual Orozco a Moisés Sáenz y Rubén Jaramillo), y por eso, en su mayoría los protestantes se consideraron sin así decirlo, expulsados de la nación, ciudadanos de tercera sin voz ni voto. Era devastadora la sensación de ajenidad y muchos, por comodidad, al casarse con gente católica mudaron de fe para integrarse socialmente. Otros renunciaron a sus convicciones porque un puesto público bien valía una misa. Y en cuanto a la ideología, los protestantes solían llegar hasta el juarismo, y no más. Esto hasta los años setenta, cuando inesperadamente para mí, comienza la expansión, sobre todo en el Sureste, del protestantismo y las confesiones para-protestantes. El crecimiento demográfico sobre todo derribó los muros de contención. (11)
La lucha protestante por la pluralidad, aun cuando fue bastante inconsciente, no la veía como parte del proceso más amplio de democratización del país, algo que a los propios evangélicos les ha costado entender, particularmente aquellos que niegan, por ejemplo, los espacios de liderazgo a las mujeres. Siempre advirtió los riesgos del retroceso en el papel del Estado laico ante los ataques de los jerarcas católicos de mentalidad decimonónica. Y lo mismo pensaba sobre los fundamentalismos evangélicos. Por eso, a la pregunta sobre las ventajas y desventajas del crecimiento evangélico, respondió así:
No asocio en lo mínimo el estallido de credos distintos al católico con la emergencia de la sociedad civil. Una cosa es el ansia de experiencias religiosas convincentes y otra el hartazgo ante el autoritarismo. No creo que haya algo equivalente a “la democratización confesional” y le tengo miedo a la manipulación política de la religiosidad, por las consecuencias lamentables tan a la vista. Ahora, sin ganas de contradecirme, veo muy positiva y, en momentos incluso admirable, la participación de los cristianos en la medida en que no quieran imponer dogmas ni eliminar las grandes conquistas de la pluralidad yla secularización. No creo, en las circunstancias actuales de México, en las ventajas de un partido católico o de uno protestante, pero estoy convencido de los beneficios de la intervención de los cristianos en la lucha democrática, aunque, en este orden de cosas, deploro la ausencia de críticas de las comunidades eclesiales de base a la intolerancia religiosa en Oaxaca, Chiapas y Nayarit, por ejemplo, y su timidez, por decir lo menos, en las cuestiones de bioética y asuntos tan urgentes como la despenalización del aborto y la difusión de medidas preventivas contra el sida. El fundamentalismo católico y el protestante son, por distintas vías, muy antidemocráticos, aunque el poder y sus consecuencias letales son asunto del fundamentalismo católico.
¿En qué medida el Estado y la Iglesia católica han auspiciado la expansión protestante?
Lo que auspicia el arraigo de la pluralidad es, por un lado, la Constitución de la República y su reconocimiento de la libertad de cultos y, por otro, la vida contemporánea y su rechazo de las exclusiones. Al Estado no le ha importado nunca la persecución a la disidencia religiosa, y si hoy, excepcionalmente se ocupa un tanto de las expulsiones en San Juan Chamula, es porque el fenómeno se da a la luz del EZLN y Chiapas, y porque, como sea, la tolerancia es un logro social. En cuanto a la contribución (involuntaria, desde luego) de la Iglesia católica, me interesaría saber por qué, luego de cinco siglos de conversión de un país, lanza audazmente la consigna de la nueva evangelización. (12)
Y es que su crítica al papel del catolicismo en México era despiadada, motivo por el cual siempre fue mal visto por sus representantes. Se trata de una crítica incisiva a la falta de actualización y pertinencia de dicha tradición, al menos en nuestro país:
¿Percibe cambios en la religiosidad del pueblo de México? ¿La Iglesia católica perdió ya el monopolio de las “almas”? ¿Podría inclusive ser desplazado el guadalupanismo?
Sí percibo camhios, y enormes, en la religiosidad del pueblo de México. La mera coexistencia de credos es un hecho extraordinario, y la aceptación creciente o irreversible de la diversidad, también. ¿Quién ubica hoy seriamente a los protestantes como “herejes”, con todo y la carga de leña acarreada para la hoguera? ¿Quién, en rigor, describiría a un no-católico como “hijo de Satanás”? Y observo también el fenómeno, denunciado por los obispos católicos, del “ateísmo funcional” de 90% de los mexicanos. En materia religiosa, la tendencia es ser sinceros con las creencias, aunque en las clases adineradas declararse católico, y contribuir con poderosos donativos al Vaticano, es una compra del cielo de la respetabilidad y, si se puede, del cielo strictu sensu.
Nadie dispone ya del “monopolio de las almas”. Hay, sí, un catolicismo mayoritario, y un guadalupanismo profundo que no será desplazado. Pero este guadalupanismo, aun en las zonas de máxima intolerancia, se ve obligado a convivir con otros credos. Ya hoy, lo guadalupano no se sinónimo forzoso de lo mexicano, aunque sin lo guadalupano no se explica lo mexicano, sea esto lo que sea. (13)
Mención aparte merece el libro que Monsiváis publicó al alimón con Carlos Martínez García, en donde hace una defensa enérgica del protestantismo y la laicidad. (14) Uno de sus textos más brillantes es “Acúsome, padre, de fomentar la tolerancia”, de donde extraemos esta muestra de diálogo religioso-teológico con la cultura mexicana (algo que en el ámbito católico actual solamente llevan a cabo Gabriel Zaid y Javier Sicilia) en un punto crítico:
Entre nosotros, el afán teocrático tarda en desaparecer y, todavía a principios del siglo XX ―léase la admirable descripción de Agustín Yáñez en Al filo del agua― retiene zonas del país, se opone con ira ―a veces armada― a la libertad de creencias, sojuzga desde el confesionario y niega las realidades del instinto en nombre de la moral. […]
En el siglo XX, la cultura patriarcal se bifurca. Por un lado, la Iglesia católica se jacta, no sin motivo, de su influencia sobre las mujeres, convencidas de su carácter de vestales de la tradición y de sus responsabilidades como correa transmisora de la fe (vigilar y castigar) y, por el otro, el Estado, o mejor, los gobernantes, no conciben la realidad de mujeres concretas, y sólo ven a las esclavas dóciles de la voluntad eclesiástica, a las beatas, a las solteronas. (15)
Su apreciación del valor teológico de la poesía escrita por autores católicos del siglo pasado es una lección de rigor, pues conoció detalladamente su obra, de la cual no deja de reconocer sus virtudes aun cuando se enmarcan dentro de un conservadurismo inocultable:
Esta corriente es, creo, lo mejor de una cultura. “Antes ―afirma Octavio Paz― los católicos se aislaron… desde la mitad del siglo pasado [XIX] los católicos se automarginaron. Sólo los poetas como López Velarde ―tal vez nuestro mejor poeta― se atrevieron a ser católicos”. Y, también, se propusieron hermanar creencias y obra, y hacer estética a partir de los vislumbramientos de la fe. Además de López Velarde, es preciso mencionar a Alfredo Placencia, Francisco González de León, Carlos Pellicer y los hermanos Méndez Plancarte. Es el espacio de la Suave Patria, la emoción de la unidad de fe y vida (de sensaciones y vivencias) rescatada perennemente en el poema, la grandeza del idioma al servicio de la experiencia religiosa. (16)
En la misma línea de Zaid (en un ensayo memorable de 1989 (17) Monsiváis penetró con extrema solvencia en ese espacio religioso de producción cultural para reconocer las virtudes de una literatura que no es suficientemente conocida a pesar de que concentra mucho del espíritu de la época que la produjo, en términos de la búsqueda espiritual que contiene. No le fueron ajenos los vaivenes y contradicciones de estos autores en su lucha agónica por ser creyentes y escritores modernos.
Monsiváis nunca se asumió como teólogo y se lo expresó a Poniatowska, cuando ésta lo interrogó sobre la razón de no abordar “seriamente” la religión: “Porque no soy teólogo. Hasta ahora mi registro de la religión ha sido a través de la literatura y del rechazo a la intolerancia”. (18)
El artículo del cual procede el epígrafe de este texto es una muestra de la forma en que estuvo siempre atento a los desarrollos de la teología actual, pues aunque no suscribió las ideas de la teología latinoamericana, no por ello dejó de observarla con mirada crítica. En dicho artículo, formalmente una reseña del libro Teólogos católicos del siglo XX (2006), del dominico escocés Fergus Kerr, Monsiváis deja ver los nombres más conocidos por él: Karl Rahner, Edward Schillebeeckx, Hans Urs von Balthasar, Hans Küng, Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger, y agrega: “El exégeta de Kerr, R. R., Reno (en la revista First Things, mayo de 2007), desdeña a dos de los elegidos, Schillebeeckx y Küng, que le parecen más representativos que originales, y de ningún modo pensadores importantes, pero Kerr reivindica a la decena que ‘ha modificado el modo de pensar de la Iglesia’”.(19) Así resume su lectura general de la teología católica del siglo XX al trazar puentes con lo sucedido en México:
El rasgo definitorio del pensamiento católico de 1850 a 1950, según Kerr, es un argumento elaborado con eficacia, que declara el fracaso de todas las soluciones modernas, de Descartes a Locke, de Kant a Comte, de Rosseau a Stuart Mill, de Schleiermacher a Hegel, y, arguye en cambio la “solución perdurable” que viene de la estructura básica de la teoría tomista del conocimiento, y del recuento tomista de la naturaleza y la gracia.
Al llegar a este punto me detengo y vislumbro la historia de la teología en México. El tomismo, o lo que así se consideraba, y que muy sucintamente es la supremacía de la fe sobre la razón, y es también la interpretación de la Biblia sobre el significado espiritual, sojuzgó los seminarios y amplió casi por completo los debates, a solicitud de una jerarquía política y de la formación integrista de los que pasaban por eminencias. Se caracteriza esta etapa por "el miedo a la modernidad" y por la sucesión de estrategias que culminan con el Syllabus de los errores (1864), la encíclica de Pío Nono con su lista de "ismos perversos": el racionalismo, el liberalismo, el protestantismo, el socialismo y el comunismo. ¡Ah, y la masonería! Kerr niega que el Syllabus expresa el "miedo a la modernidad", pero Pío Nono se desatiende de la acusación y sostiene: "Cuando en la sociedad civil es desterrada la religión e imperan la libertad de conciencia, de cultos y de expresión, se pierde la verdadera idea de la justicia y el derecho”.[…]
Si se revisa algo del material ya cuantioso de la historia de la religión católica en América Latina, se verá cómo sin confrontación teológica alguna, el neotomismo se adueña de los seminarios y allí se traduce en rutina y llamados a la supresión de libertades. Luego, ya a partir de 1920 ó 1930, sin perder su sitio de honor, el neotomismo se diluye y lo sustituye la memorización estricta de la fe, sin Aristóteles de por medio; una reverencia mnemotécnica iniciada en los seminarios que se extiende en la sociedad y que, en varias regiones, afecta a círculos amplios y obliga a memorizar lo incomprensible: “Si se entiende no es verdad”. (20)
Cualquier parecido con la realidad protestante actual no viene al caso mencionarla. La atención que Monsiváis le presta al escaso diálogo entre teología y cultura, le hace apuntar directamente sus dardos hacia la influencia verdadera de la teología en la fe de los creyentes:
Según Kerr, el fracaso mayor de "la Generación Heroica", la de los 10 teólogos a las que examina y consagra, no es un error o una serie de errores teológicos; su fracaso es cultural y hasta cierto punto inevitable, y radica en su soberbia o su impaciencia de pensamiento. Al interpretar así la fe, alega Kerr, perpetúan el mito según el cual el pensamiento católico del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX es "un desierto muy vasto de teología seca y polvosa, sin significado espiritual". No es tal cosa, sostiene el dominico, estos pensadores olvidan que la teología ´seca y polvosa´ ha formado a la sociedad en el rechazo de las herejías. Es una lástima, concluye, que gente tan eminente no haya entendido "la fe del carbonero" (la simpleza de espíritu que entiende de las razones del corazón), por centrarse en el matiz y reinventar la complejidad. […]
La modernidad (lo que ésta sea, como a ésta se le defina) queda situada como el enemigo, por las razones que la Iglesia católica juzga convenientes y que, teológicamente, son asuntos estrictos de los creyentes, pero cuya resonancia, al afectar a la sociedad en muy diversos asuntos, lleva a los enfrentamientos actuales porque la laicidad reivindica sus derechos, y la modernidad admite definiciones muy positivas. (21)
Finalmente, en su participación en el congreso internacional ¿Es verdad que Dios ha muerto?, con la ponencia “Danos hoy nuestra teología cotidiana”. Monsiváis señaló: “La ‘privatización de la teología’ a cargo de los especialistas. ¿Cuántos están al tanto de lo que quiere decir ‘ataraxia’?, ideal supremo de felicidad que alcanza el alma después de calibrarse por la moderación en los placeres del cuerpo y el espíritu; ¿cuántos entienden el latín, mientras dura como lenguaje de las misas?; ¿cuántos saben de la dulía y la hiperdulía?, formas de culto por encima de todo; ¿cuántos lograrían definir el monofisismo?, doctrina según la cual todos los humanos provienen del matrimonio de Adán y Eva. La teología muy especializada nada puede contra un grabado de Doré”. (22) Para él, “la teología popular, término muy favorecido por la izquierda religiosa, era hasta hace poco una colección de relatos del asombro, mezclada con ventas de reliquias, exhibición de los rosarios del turismo religioso bendecidos por el Papa, o incluso empuñados con propósitos milagrosos ante la televisión en cualquiera de las visitas papales”.(23)
Fustigando a los teólogos, sobre todo católicos, por su escaso impacto en la fe colectiva, Monsiváis agregó que “la teología para deleite exclusivo de los teólogos –por lo menos de unos cuantos– pasa inadvertida; no hay libros de teología que aporten ideas y visiones filosóficas de conjunto que dialoguen con la comunidad de creyentes. Véase los libros más leídos de un largo periodo: El Catecismo del padre Jerónimo, de Ripalda; Imitación de Cristo, de Tomás de Kempis, hasta llegar a la Historia de la Iglesia, del padre Bravo Ugarte, y el enjambre de opúsculos, en especial los folletos todavía hoy repartidos por la jerarquía católica […]”.(24)
En este recorrido panorámico se puede apreciar que las incursiones teológico-religiosas de Monsiváis forman parte de su esfuerzo por abarcar una de las preocupaciones que nunca dejaron de provocarlo: el desenvolvimiento de la fe en sus variables individual y colectiva.(25) Quizá un buen cierre sea citar las palabras finales de la ponencia citada líneas arriba, otra muestra de su acceso constante a la teología contemporánea:
Para el teólogo católico alemán Johannes B. Metz, el defecto más serio en la teología moderna es su “privatización”, el envío de Dios y la religión al mundo subjetivo, interno de la persona. Para él, la gran tarea es “desprivatizar” la fe, liberar la religión de la subjetividad, exigirle a la teología que reclame su papel político, puesto que todo ser humano es homo religiosus y homo politicus, y separarlos es un acto antinatural que produce una suerte de esquizofrenia en el individuo, junto con la trivialización de la fe y dejar a la sociedad en manos de los más empedernidos buscadores del poder. Lo que Metz propone lo intenta cumplir la Teología de la Liberación, un movimiento hoy hecho a un lado por el conservadurismo dominante. […] (26)
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(1) C. Monsiváis, “Del miedo o el amor a la modernidad”, en El Universal, 13 de mayo de 2007, www.eluniversal.com.mx/editoriales/37561.html.
(2) Carlos Monsiváis, México, Empresas Editoriales, México, 1966 (Nuevos escritores mexicanos del siglo XX presentados por sí mismos), pp. 13-14.
(3) Idem.
(4) Cf. C. Monsiváis, “El misterio (teológico) del cuarto cerrado”, en La Jornada Semanal, 22 de diciembre de 1996, www.jornada.unam.mx/1996/12/22/sem-monsivais.html . En la entrevista citada, Monsiváis dice lo siguiente sobre el Nuevo catecismo…: “Es un intento de glosar, de llevar a su consecuencia extrema la lógica de las supersticiones. En la Nueva España, por el modo en que se implantó la fe y por esa lenta asimilación de una creencia nueva en un medio tan salvajemente sometido, se produjo una cantidad enorme de supercherías, en sí mismas manicomiales. Y me atrajo la idea de llevar a sus consecuencias a fin de cuentas previsibles lo ya concebido desde la más vigorosa fantasía. Sé que es imposible contender con la fantasía desprendida de las creencias religiosas o equipararse a ella, pero el intento me absorbió un tiempo”.
(5) E. Poniatowska, “Los pecados de Carlos Monsiváis”, en La Jornada Semanal, 23 de febrero de 1997, www.jornada.unam.mx/1997/02/23/sem-monsivais.html.
(6) Idem.
(7) L. Vázquez Buenfil, “El protestantismo ha hecho progresos, pero todavía tiene zonas conservadoras, sostiene el escritor Carlos Monsiváis”, en El Faro, mayo-junio de 1994, pp. 81-83.
(8) Idem.
(9) Rodrigo Vera, “Monsiváis, protestante de raíz familiar: ´Serlo es ya una opción social legítima, salvo en zonas con cacicazgos exterminadores o clero católico muy intolerante", en Proceso, núm. 1018, 6 de mayo de 1996, pp. 24-25. Énfasis agregado.
(10) Idem.
(11) Idem.
(12) Idem.
(13) Idem. Otra entrevista muy interesante en cuanto a lo que aporta sobre la manera en que Monsiváis valora el protestantismo actual es “La fe de Monsiváis”, publicada en http://navegandoporlafe.blogspot.com/2009/12/la-fe-de-monsivais.html, donde, entre otras cosas, se expresó así acerca del ecumenismo en México: “No le veo el menor sentido al ecumenismo. Se planteó, sobre todo, bajo el influjo de la teología de la liberación como una manera de un grupo de pastores radicalizados hacia la izquierda de encontrar el enlace con las Comunidades Eclesiales de Base. Me parece que fue un disparate. Porque el catolicismo mexicano tal y como lo predican y ejercen sus líderes es intolerante, se niega al ecumenismo, y sólo habla de las iglesias históricas en la medida en que se convencen de que no tienen aumento demográfico. Es feroz su oposición a los protestantes que no están clasificados como incapaces de gran desarrollo demográfico. […] El señor Cardenal de Guadalajara, Juan Sandoval Iñiguez dijo, textualmente: “Se necesita no tener madre para ser protestante”. ¿De qué ecumenismo se nos está hablando? Creo que lo que importa es el respeto a la diversidad, el multiculturalismo al que tenemos acceso. Y mientras haya esa intransigencia tal y como lo ejemplifica mejor que nadie el Papa Juan Pablo II, hablar del ecumenismo es hablar de una rendición que, por otra parte, sólo merece de la mayoría católica puntapiés. Pensar en el ecumenismo cuando hay una burocracia de seis millones de personas, que es la que maneja la iglesia católica, es suponer que esa burocracia está dispuesta a alianzas o a entendimientos o a actitudes de tolerancia, cuando una burocracia no tiene esos respiraderos; una burocracia procede implacablemente porque está en su naturaleza actuar así. Yo no sé de qué me hablan cuando me dicen ecumenismo”.
(14) C. Monsiváis y C. Martínez García, Protestantismo, diversidad y tolerancia. México, Comisión Nacional de los Derechos Humanos, 2002, descargable: www.cndh.org.mx/publica/libreria/Protestantismo.pdf.
(15) Ibid., p. 37. Esta ponencia se publicó primero en El Nacional, 17 de junio de 1993, pp. 9-10.
(16) Ibid., p. 41.
(17) G. Zaid, “Muerte y resurrección de la cultura católica”, en Vuelta, núm. 156, 26 de noviembre de 1989, www.letraslibres.com/pdf/2820.pdf.
(18) E. Poniatowska, op. cit.
(19) C. Monsiváis, “Del miedo o el amor…”.
(20) Idem.
(21) Idem.
(22) Arturo Jiménez, “La insistencia mediática debilita las religiones, no las fortalece: Monsiváis”, en La Jornada, 12 de octubre de 2008, www.jornada.unam.mx/2008/10/12/index.php?section=cultura&article=a08n1cul.
(23) Idem.
(24) Idem.
(25) Prueba de su interés en este tema es la colaboración de Monsiváis en el volumen colectivo Ateologías, coordinado por Benjamín Mayer Foulkes (México, Conaculta, 2006).
(26) C. Monsiváis, “Acúsome…”, p. 43.

*Cervantes-Ortiz es escritor, médico, teólogo y poeta mexicano.

Fuente: © L. Cervantes-Ortiz, ProtestanteDigital.com (España, 2010)