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viernes, 13 de julio de 2012

Teología y revolución

Por. Emilio Antonio Nunez, Guatemala

DEDICATORIA DEL LIBRO
El Dr. Millard Richard Shaull, teólogo norteamericano en cuyo honor se publica esta obra, se dio a conocer en algunos círculos teológicos de nuestro continente como el padre de Iglesia y Sociedad en América Latina (ISAL), uno de los movimientos precursores de la teología de la liberación. Nació en una pequeña hacienda del condado de York, del estado de Pennsylvania, el 24 de noviembre de 1919. Después de graduarse en el Princeton Theological Seminary, fue misionero en Colombia (1941-1950) y Brasil (1952-1957, 1959-1962). De 1962 hasta 1980 fue profesor de Ecumenismo en su alma
mater. A partir de 1980 trabajó de nuevo en Brasil y colaboró dictando cursos intensivos sobre educación teológica en otros países latinoamericanos, entre ellos, México, Guatemala y Costa Rica (datos biográficos por Andrew W. Conrad, págs. 289-300).
CONTENIDO GENERAL
El editor Nantawan Boonprasat Lewis explica que el libro Revolution of Spirit se divide en tres partes principales que esperan reflejar el enfoque teológico y el énfasis profético de la obra de Shaull. La primera parte contiene una serie de discusiones teológicas sobre asuntos críticos que confrontan a la gente en diferentes contextos y en diferentes partes del mundo. Los ensayos de la segunda parte arguyen de manera persuasiva que nuevas situaciones históricas conducen a nuevas preguntas e interpretaciones teológicas. La tercera parte cierra el volumen presentando el desafío y la necesidad de crear paradigmas teológicos que traten de las situaciones particulares
en que el pueblo vive y de sus luchas por la libertad. Además de la introducción, el libro tiene 17 capítulos, escritos sobre diferentes temas por diferentes autores. En otras palabras, la obra es antológica, lo cual es adecuado también al propósito de que ella sea un Festschrift, un homenaje a un teólogo y educador que el editor y los escritores admiran.
Todos los capítulos son de gran interés, pero por razones de espacio tenemos que referirnos tan solo a algunos de los que nos parecen estar más relacionados con la situación vital del lector en América Latina. Es natural que nosotros, latinoamericanos, escojamos de inmediato aquellos capítulos que se dirigen de manera directa a nuestra realidad histórica, social y eclesiástica. Esta opción no significa de ninguna manera que estemos subestimando los otros contenidos del libro.
LA FE Y LA POLÍTICA
Será inevitable que los cristianos guatemaltecos se interesen en el capítulo titulado “De la fe y la política: el padre Francisco González Lobos y el régimen de Rafael Carrera en Guatemala (1839-1865)”, por Douglass Sullivan-González, págs. 81-101. El autor hizo su investigación basándose en documentos de la época. Su obra doctoral sería publicada por la University of Pittsburgh Press, y llevaría por título Piedad, poder, y política: La religión y la formación de la nación Guatemalteca, 1821- 1871.
En 1821, los criollos, es decir los españoles nacidos en este lado del Atlántico, declararon la independencia de Centroamérica. Pero hacia fines de esa década se fortaleció el grupo de los liberales que aceptaron el caudillaje de Francisco Morazán. Las naciones centroamericanas se unieron por medio de un pacto federal, y restringieron severamente la influencia y acción de la Iglesia católica institucional. Bajo el liberalismo morazánico, se cancelaron órdenes monásticas, el Arzobispo Teología y revolución 103 fue expulsado del país, y se secularizaron los matrimonios y los sepelios. El padre González Lobos se vio forzado a secularizarse, esto es dejar de ser franciscano, a fin de poder predicar como un sacerdote diocesano durante los turbulentos años treinta. Fue enviado a ejercer el sacerdocio en las remotas tierras altas del oriente de Guatemala, donde tuvo que relacionarse de cerca con la población mestiza, los descendientes de la unión entre europeos e indígenas del nuevo mundo. Este sector de la población guatemalteca sería la fuerza política que convertiría en Jefe de Estado al mestizo conocido como Rafael Carrera (pág. 83).
En forma sorprendente la alianza de indígenas y mestizos, bajo el liderato carismático de Rafael Carrera, desafiaría con éxito al liberal Morazán y a los criollos blancos que se habían apoderado del gobierno nacional recientemente establecido (pág. 83). El historiador Enrique Dussel señala que los teólogos de la liberación de tiempos recientes han examinado solamente las últimas tres décadas de lucha liberadora en el siglo XX para descubrir al Dios de la historia en acción en la vida de los pueblos latinoamericanos (págs. 84-85). Sullivan-González comenta:
La lucha continua por encarnar la fe en circunstancias políticas difíciles no comenzó con la Conferencia Episcopal de Medellín en 1968… Dios ha estado trabajando en la historia desde mucho antes que los europeos llegaran a tierras americanas (pág. 85). El autor le llama al padre González Lobos “el sacerdote guerrillero” y agrega que este clérigo comandó en determinado momento de la insurrección una parte considerable del ejército de Carrera (pág. 86). Aunque Carrera decía estar luchando en pro de la religión católica, González Lobos tuvo problemas con la jerarquía. Le juzgaron por su participación en el movimiento subversivo de Carrera, por su supuesta culpabilidad en el asesinato del líder de una comunidad indígena en San Pedro Pinula en 1844, y por su ambigua relación con la guerra civil de Guatemala, 1847-1851 (pág. 86, nota al pie). Varios clérigos apoyaron a Carrera, y por lo menos dos de ellos murieron en el conflicto: el padre Aqueche, párroco de Mataquescuintla, falleció después de haber estado en prisión, y el padre Durán, ció después de haber estado en prisión, y el padre Durán, quien había servido en Esquipulas, fue ejecutado por las tropas del general Morazán (pág. 99). Sacerdotes como González Lobos participaron en la insurrección popular como resultado de su compromiso pastoral con las parroquias del oriente de Guatemala (pág. 99). Según Sullivan-González, una nueva teología surgió en la Guatemala de aquellos tiempos. Y explica que era una teología del pacto, de estilo protestante, la cual llegó a ser popular para muchos en la ciudad de Guatemala y en el oriente de este país.
El autor da un ejemplo de esta teología, cuando dice que circularon sermones impresos que afirmaban que “Dios había escogido a Guatemala”, y que la protegería si el pueblo guatemalteco se mantenía fiel a la religión católica (pág. 99). Algunos clérigos dijeron que el triunfo de Carrera daba testimonio del favor que Guatemala gozaba ante los ojos del Señor (pág. 99). Sullivan-González reconoce que Carrera contrarrestó el esfuerzo de los liberales que buscaban la “europeización” de Guatemala (pág. 98). Por supuesto, nosotros creemos que lo que Guatemala necesitaba no era el oropel de Europa sino la libertad de alcanzar una vida más humana, más digna, para todos sus habitantes, sin acepción de personas. También reconoce Sullivan-González que siguió en pie “el conflicto perenne entre las autoridades estatales y las comunidades indígenas”, y admite que González Lobos actuaba impulsado por el mismo etnocentrismo de sus predecesores criollos (págs. 99-100). También admite que la Iglesia se ajustó a las nuevas circunstancias políticas después de la caída del imperio español, y entró en una alianza estratégica con el gobierno conservador de Rafael Carrera. Insiste Sullivan-González que Guatemala sigue atrapada en el mundo bipolar entre los que hablan español y los pueblos indígenas (pág. 100).
Según nosotros, la realidad es que, no obstante los elementos positivos que podamos ver en el gobierno de Carrera, todavía es innegable que esa época fue muy oscura en la historia de la democracia en Guatemala. La sociedad guatemalteca seguía siendo piramidal. En la base de la pirámide Teología y revolución 105 estaba la mayoría del pueblo integrada por los indígenas y los
mestizos pobres; y en la cúspide, los dueños de la tierra, los poderosos económicamente, y al lado de todos ellos la jerarquía católica. La revolución liberal de 1871 trajo esperanzas, pero al fin y al cabo sus logros no fueron muchos a favor del pueblo en lo económico y social. Los liberales le asestaron un golpe severo a la hegemonía católica en el país, pero la pirámide económica y social no se derrumbó. Entre otras cosas, los cristianos evangélicos no podemos olvidar que fue el gobierno de Carrera el que expulsó a Federico Crowe por el supuesto “delito” de distribuir Biblias y de haberse atrevido a ejercer la docencia en el país. No se tuvo en cuenta que Crowe deseaba también ayudar al progreso cultural de Guatemala.
A fines de los años cuarenta, el padre González Lobos estaba ejerciendo su ministerio pastoral en comunidades indígenas del altiplano guatemalteco. En el año de su muerte (1861) se publicó el único tratado teológico que él escribió. Es una colección de oraciones dirigidas a la Virgen María. En ellas le pideque mantenga la pureza de la fe en la Iglesia de Guatemala, que asegure el temor de Dios en las autoridades temporales, que bendiga a su pueblo fiel, que derrame sus riquezas sobre los pobres, y le dé descanso a las almas en el purgatorio (pág.100). Mejor testimonio de su catolicismo archiconservador no pudo haber dejado. Continue leyendo...
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Fuente: Obrerofiel.com

jueves, 12 de julio de 2012

CLADE V y las ausencias en el discurso misionológico evangélico latinoamericano

Por Juan Fonseca, Lima*

Desde sus inicios, los CLADES y, a partir de ellos, la FTL se han constituido en espacios privilegiados para la formulación de los grandes derroteros del protestantismo evangélico latinoamericano. Los CLADEs han marcado tendencias importantes dentro del quehacer teológico del gran sector evangélico, que es el mayoritario dentro del protestantismo latinoamericano. A la vez, los CLADEs también son excelentes espacios de referencia para vislumbrar por dónde está yendo el pensamiento teológico latinoamericano. De ahí su trascendencia para comprender la historia de la Iglesia en nuestro continente y, mucho más crucial, avizorar sus tendencias futuras.
Para ser honestos, tampoco debemos sobredimensionar la influencia de los CLADEs. Finalmente es una expresión minoritaria de la elite teológicamente articulada y socialmente comprometida del evangelicalismo latinoamericano. Pero, justamente por esas características, su capacidad de influencia en el resto de la comunidad evangélica continental ha sido hasta ahora importante. De hecho que la hegemonización de ciertas categorías dentro del discurso teológico y eclesial latinoamericano, como “misión integral” o “Reino de Dios”, es responsabilidad principal de la FTL y los CLADEs. Ahora, la manera concreta como ambas se han comprendido y aplicado por las comunidades cristianas es otro aspecto a estudiar, pues creo que la multivocidad de esas categorías se ha convertido en un paraguas para incluir a una plétora de manifestaciones misioneras, incluso dentro de los sectores más conservadores del evangelicalismo. No sorprende ahora que incluso iglesias carismáticas de teología intuitiva hayan asumido el discurso de la misión integral, aunque resignificándolo a partir de sus propios presupuestos.
A partir de esta comprobación, me atrevería a sugerir a la brillante concurrencia de tan magno Congreso, a considerar o reconsiderar algunos puntos que, creo, no están suficientemente diáfanos en el discurso de CLADE. Para ello, he revisado con mucha atención (además de haberlo realmente disfrutado) el Cuaderno Sigamos a Jesús en su Reino de Vida. Este material, muy didáctico, maravillosamente sintetizado y con un esfuerzo interesante de aggiornamento de la pragmática evangélica del continente, creo que expresa las tendencias a partir de las cuales se desarrollará CLADE. A riesgo de ser injusto con la riqueza conceptual que plantea, y de no estar suficientemente enterado de la interacción que ha tenido el documento con los varios foros teológicos que se han desarrollado, me atrevo a sugerir tres aspectos sobre los cuales, creo que los CLADistas deberían reflexionar con más profundidad.
Las otredades en el discurso
Una de las características del discurso teológico, en tanto una variante del discurso académico, es su pretensión de objetividad y alejamiento necesario del objeto de su estudio. Sobre la base de ese discurso, académico y formalista, se construye el discurso misionológico. En esta forma discursiva, las categorías teológicas ya no buscan la precisión conceptual sino que se transforman en categorías funcionales y propiciadoras de acción. El discurso misionológico está a medio camino entre el teológico y el homilético.
Por ello, es interesante observar de qué manera conceptualiza a los sujetos de la misión, tanto a los agentes como a los receptores. En el caso del discurso misionológico de este CLADE se percibe casi siempre a los sujetos de la misión como el otro. Los desplazados, las mujeres, los “maras”, los inmigrantes indocumentados, etc. son resaltados como los sujetos preferentes de la misión, pero todavía desde una especie de alteridad paternalista. Los sujetos preferentes de la misión son los excluidos sociales y culturales, y rescatar ello es interesante. Sin embargo, pareciera que siempre serán sujetos pacientes y no agentes.
El posicionamiento agentivo parece ser exclusividad de los cristianos misioneros, mientras que los “otros” pareciera que tuvieran que contentarse con la postura pasiva de recibir el mensaje. Y esto creo que se debería ser superado por dos razones. Primero, porque la iglesia, como agente de misión, está llena de esos sujetos pacientes. ¿Acaso la Iglesia misma no está formada de “maras”, indocumentados, inmigrantes ilegales, mujeres violadas, homosexuales reprimidos y niños en situación de vulnerabilidad? Nuestro discurso misionológico pareciera olvidar que aquellos “otros” a quienes debemos ir en realidad son "nosotros/as”. En segundo lugar, la población vulnerable a la que la misión cristiana suele identificar como objetivos de misión, pueden ser, y yo diría que ya son, agentes de la misma. La formulación discursiva que “desagentiza”, puede convertirse en una forma refinada de subordinación. Pareciera que los cristianos y cristianas seguimos todavía caminando por nuestra senda propia y exclusiva (santidad VIP) pues el “otro” es todavía un sujeto pasivo que requiere la salvación desde el uno enunciante (el cristiano).
Las ausencias
Hay “otros” que son mucho más otros, y ni siquiera aparecen más que como vagas y tímidas referencias. Y me refiero particularmente a uno de esos “otros” que históricamente la Iglesia ha hostilizado, excluido y despreciado: los integrantes de la comunidad LGBT. En la agenda política y social de los diversos Estados, así como en la sociedad en general, se están dando pasos importantes para el reconocimiento de los derechos de la comunidad LGBT. En un informe de Amnistía Internacional se señaló que el reconocimiento de estos derechos era la última frontera en la conquista plena de los derechos humanos. Además, cada vez más están avanzando las comunidades cristianas e incluso muchas Iglesias establecidas, que están abriendo sus puertas a gays y lesbianas. Asimismo, discursos teológicos nuevos y contestatarios, como la teología queer, pueden estar están dando inicio a una especie de revival justamente fuera de las fronteras de la gracia establecidas por la Iglesia.
Las migajas de la mesa que suelen recibir las personas LGBT ya no son suficientes para calmar el hambre y sed de la Palabra y de la salvación que ellas tienen. Sé que es un tema que para muchos y muchas en el evangelicalismo latinoamericano todavía les parece incómodo y hasta pecaminoso. No descarto que muchos aun sostengan el clásico desdén hacia la diversidad sexual sustentándose en una hermenéutica ya superada hace muchas décadas. Pero, aun teniendo en cuenta ello, pienso que CLADE y la FTL, asumiendo esa postura progresista y de avanzada que siempre la caracterizó, tiene que atreverse a dar el paso adelante. Si no lo hacen ahora, otros lo harán. Es más, creo que ya lo están haciendo. Al menos en el mundo de las iglesias ecuménicas el tema ya se está debatiendo, no siempre con consenso amoroso, pero al menos se está debatiendo. Y finalmente, tengan en cuenta que muchos de esos “otros” gays y lesbianas, están allí, dentro de sus iglesias, soportando estoicamente los discursos de represión y agresión simbólica porque se niegan a perder su fe.
El nominalismo evangélico
El último aspecto que tiene que ser seriamente tratado en el CLADE debe ser el creciente nominalismo evangélico. El protestantismo ya es una religión establecida en casi todo el continente. En algunos países, como Chile, ya es prácticamente una religión semi-oficial. Obviamente, además de todos los peligros que muy bien se advierten en el discurso misionológico efeteliano en relación con el poder, es importantísimo empezar a considerar a la propia Iglesia Evangélica como campo de misión. Los que se han creído siempre los agentes exclusivos de la evangelización, necesitan también ser reevangelizados. Muchas iglesias evangélicas, ONGs evangélicas, misiones, ministerios, etc., están repletos de cristianos nominales que requieren urgentemente ser reevangelizados. La Iglesia católica ya lo ha comprendido hace décadas. Los evangélicos aun vivimos en el mito del eterno crecimiento y la militancia natural de su feligresía. Ya no se crece como antes, y la feligresía será cada vez menos militante y más observante. ¿Cuándo empezaremos a plantearnos como meta la reevangelización de nuestra propia comunidad de fe?
Conclusión
En los años en los que estuve mucho más activo en la FTL, nos acostumbramos a valorar con especial constancia el rol de la FTl. A veces me parecía que ya caíamos en la autocomplacencia. Ciertamente el aporte de los “padres” de la FTL y los CLADEs (don Samuel, don René, don Pedro, don Orlando) era y debe seguir siendo valorado por la impronta que han dejado al menos a dos generaciones de teólogos y pastoralistas evangélicos y pentecostales latinoamericanos. Pero, a la vez, creo que ya es tiempo de empezar a construir nuevos discursos, cuestionar categorías establecidas, superar olvidos voluntarios y cruzar fronteras todavía vigentes. Y creo que este CLADE V sería una excelente oportunidad para ello.

*El autor es Historiador protestante

Fuente: ALCNOTICIAS

miércoles, 11 de julio de 2012

Iglesia Presbiteriana retrasa aprobar el matrimonio gay

La mayor denominación presbiteriana de EEUU no aprobó la celebración de ceremonias gays en la iglesia.
PITTSBURGH (EEUU)
La Asamblea General Bienal de la Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos, reunida en Pittsburgh, votó el pasado viernes en contra de una propuesta para aceptar el matrimonio homosexual entre sus miembros.
Tras tres horas de debate se llegó a la votación, en la que se planteaba un cambio en el Libro de Orden de la iglesia: que la denominación de matrimonio fuese “unión entre dos personas” y no como aparece actualmente, “la unión de un hombre y una mujer”.
El resultado fue de 338 votos en contra y 308 a favor, sin contabilizarse abstenciones. Tras la votación del viernes, la iglesia mantendrá su definición de matrimonio como una unión entre “un hombre y una mujer”.
“Dios, somos una Iglesia dividida”, dijo el reverendo Neal Presa, pastor de Nueva Jersey que moderaba la Asamblea General, mientras guiaba a los miembros de la iglesia en la oración después de la votación. Presa pidió a Dios orientación en medio del “desorden y la belleza de todo esto”.
La decisión de la Asamblea General, que está formada por pastores y laicos, significa que los activistas a favor de matrimonio homosexual deben esperar dos años, hasta la próxima reunión nacional de la iglesia, para volver a plantear un cambio en relación a la definición de matrimonio.
DIVIDIDOS
A pesar de la “derrota” de la propuesta, la igualada votación muestra que el matrimonio gay tiene cada vez más apoyos en el seno de esta denominación histórica. Durante las deliberaciones previas, los miembros más jóvenes de la iglesia expresaron su apoyo a los matrimonios homosexuales con mucha más fuerza que los antiguos miembros de la iglesia. Las encuestas realizadas entre miembros de base muestran también una postura cada vez más favorable al matrimonio entre personas del mismo sexo a medida que los presbiterianos más jóvenes avanzan en posiciones de liderazgo.
A corto plazo, la votación ha reflejado una ruptura que probablemente llevará a muchas congregaciones conservadoras a dejar la denominación. Actualmente acoge a aproximadamente 1,9 millones de fieles, pero está en declive en los últimos años a causa de una postura cada vez más aperturista hacia la homosexualidad. En los últimos dos años se han desvinculado de esta denominación muchas congregaciones, lo que les ha llevado a perder unos 200.000 fieles a nivel nacional. Según el Servicio de Noticias presbiteriano, por lo menos 100 congregaciones han desertado en los últimos años.
Aunque todas los Iglesias Presbiterianas (EE.UU.) están afiliadas a nivel nacional, las congregaciones individuales son muy diferentes en cuestiones tales como el estilo de adoración y de puntos de vista sobre temas como la homosexualidad. Hay pastores liberales que han celebrado ceremonias de matrimonio del mismo sexo, arriesgándose a perder su profesión.
Hay varias denominaciones presbiterianas más pequeñas, tales como la Iglesia Presbiteriana en los Estados Unidos y la Orden del Pacto Evangélico de los presbiterianos, que mantienen un planteamiento conservador, no ordenando a los homosexuales ni a los matrimonios oficiales del mismo sexo.

Fuentes: Huffington Post

© Protestante Digital 2012

Noticias relacionada:
EE.UU. aprueba liturgia para union de parejas homosexuales

martes, 10 de julio de 2012

En memoria de José Miguez Bonino

Por C. René Padilla, Argentina

Por varias razones, la noticia de la partida de José Míguez Bonino a mejor vida la noche del mismo día en que sucedió me conmovió profundamente. Una razón es que por varios años he deseado que Ediciones Kairós publique sus obras completas antes de su fallecimiento. Hoy lamento que no lo logré. La última vez que lo vi le hablé sobre ese tema. No olvido su respuesta. Con su característico sentido de humor me respondió: “¡Menos mal que si logras tu objetivo de publicar mis obras completas, no estoy obligado a leerlas!”
Conocí a Míguez unos meses después de que me radiqué en Buenos Aires con mi familia, en 1967. Andrés Kirk, que también llegó a la Argentina ese mismo año, estaba enseñando en la Facultad Teológica (hoy ISEDET), y él y yo tomamos la iniciativa para formar, en 1970, la Asociación Teológica Evangélica (ATE). El propósito era promover la reflexión a nivel interdenominacional especialmente entre los profesores de las varias instituciones teológicas de la ciudad. Las reuniones mensuales de ese grupo me proveyeron la oportunidad de entablar amistad con José Míguez, entre otros, y de crecer en mi aprecio por él como persona y como teólogo.
En junio de 1972, por iniciativa de la Fraternidad Teológica Latinoamericana (FTL), de reciente formación, organizamos en Lima una consulta sobre ética social. Invitamos a José a presentar una ponencia sobre la teología de la liberación, que estaba dando sus primeros pasos en círculos católicos romanos. Su ponencia formó parte de Fe cristiana y Latinoamérica hoy (Ediciones Certeza, Buenos Aires,1974), junto con las de otros participantes, entre ellos Samuel Escobar, Pedro Arana, Justo González y Orlando Costas.
En diciembre de ese mismo año se realizó la primera consulta continental de la FTL (aparte de la inaugural), de nuevo en Lima, esta vez sobre el Reino de Dios. Míguez fue invitado como uno de los oradores del plenario. Una entidad evangélica estadounidense se había comprometido a apoyar económicamente ese encuentro. Cuando se enteró que él sería uno de los oradores, sin embargo, condicionó el cumplimiento de su compromiso: o cancelábamos la invitación a Míguez como orador, o no contaríamos con ese apoyo. La decisión de la comisión directiva de la FTL a favor de mantener la invitación al orador fue unánime, y como consecuencia la entidad en mención retiró su apoyo. Míguez preparó su ponencia sobre “El Reino de Dios y la historia”, pero por razones de salud no puedo asistir al encuentro. De todos modos, su valioso aporte fue incluido, junto con las demás ponencias de la Consulta, en El Reino de Dios y América Latina (Cada Bautista de Publicaciones, El Paso,1975).
Si no me falla la memoria, el siguiente encuentro de la FTL a nivel continental al que José Míguez fue invitado como orador fue el que se llevó a cabo en Quito en 1990, bajo el lema “Teología y vida”, en celebración del vigésimo aniversario de la FTL. Mi pedido, en mi calidad de Secretario General de la FTL en ese entonces, fue que él y John Yoder sirvieran como interlocutores de varios de los ponentes encargados de las presentaciones principales del encuentro. Años después, refiriéndose a ese inolvidable encuentro, Míguez escribirá que “resume y ‘relanza’ trabajos realizados en una serie de consultas sobre economía, política y sociedad, de los años anteriores. Sin duda se advierte la diversidad de análisis y de posturas, pero igualmente la seriedad y urgencia con que se encara el trabajo”.
Mi ciclo de servicio como Secretario General de la FTL concluyó en septiembre de 1992 con CLADE III. Otra vez invité a Míguez para que diera una de las ponencias del plenario en ese Congreso. Me alegré cuando años después el teólogo rioplatense afirmó respecto a CLADE III que “rebasa los límites de la FTL para constituirse en un verdadero ‘congreso protestante latinoamericano’ tanto por la amplitud de la representación como por la riqueza de los materiales y la libertad de la discusión. Estuvimos allí en presencia de un verdadero ‘evento ecuménico’ –si los lectores me permiten el uso de este término controversial—del protestantismo latinoamericano”.
José Míguez también asistió a la Asamblea de la FTL que se realizó en Santiago de Chile en 1996. En efecto, en ese encuentro formalizó su relación con la FTL vinculándose a ésta en calidad de miembro. En conversación personal al respecto lo escuché decir que hasta ese entonces pensaba que podía contribuir más a los objetivos de la FTL sin ser miembro, pero que llegó el momento de reconocer la validez de lo que afirmó en la Cátedra Carnaham 1993 en Buenos Aires, como consta en el Prefacio a Rostros del Protestantismo latinoamericano: ’“He sido catalogado diversamente como conservador, revolucionario, barthiano, liberal, catolizante, moderado, liberacionista. Probablemente todo eso sea cierto. No soy yo quien tiene que pronunciarse al respecto. Pero si trato de definirme en mi fuero íntimo, lo que “me sale de adentro” es que soy evangélico…. Si soy evangélico o no, tampoco me corresponde a mi decirlo. Ni me preocupa que otros lo afirmes o lo nieguen. Lo que en verdad soy corresponde a la gracia de Dios. Pero al menos eso es lo que siempre he querido ser”.
La última actividad a nivel continental de la FTL a la cual asistió Míguez fue CLADE IV, en Quito, en 2000. Lo hizo en vísperas de una operación quirúrgica y tuvo que regresar a Buenos Aires mucho antes de que terminara el Congreso. Se me ocurre que el que él tuviera que retirarse del encuentro antes de su conclusión puede servir como una suerte de símbolo de lo que sucedió con su brillante articulación teológica. Yo tuve el honor de publicar dos de sus libros: Rostros del Protestantismo latinoamericano (Nueva Creación, 1995) y Poder del Evangelio y poder político: La participación de los evangélicos en la vida política en América Latina (Ediciones Kairós, 1999). En algún momento los dos conversamos sobre la posibilidad de otro libro que él escribiría para Ediciones Kairós sobre uno los temas centrales de toda su reflexión: la unidad de la iglesia. Pero él sufrió un derrame cerebral que frustró ese proyecto.
A pesar de eso, no tengo la menor duda del valioso legado que José Míguez deja a las generaciones que le siguen y nos siguen. Aparte de la ejemplar trayectoria de su vida como discípulo de Jesucristo al servicio de Dios y de la iglesia, y aparte de la inmensa riqueza de su vasta producción teológica, José ha dejado a la nueva generación evangélica latinoamericana la agenda para la reflexión teológica que requiere atención en los próximos años. Me permito sugerir que esa agenda se resume en los dos últimos capítulos de Rostros del Protestantismo latinoamericano: “En busca de una coherencia teológica: la Trinidad como criterio hermenéutico de una teología protestante latinoamericana” (cap. 5) y “En búsqueda de la unidad: la misión como principio material de una teología protestante latinoamericana” (cap. 6).

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Fuente: El blog de René Padilla

domingo, 8 de julio de 2012

José Míguez Bonino: cristiano cabal y comprometido

Por. Alberto Roldán, Argentina
Hoy, 30 de junio de 2012 , nos ha dejado el maestro José Míguez Bonino. En mi humilde opinión, ha sido el más importante teólogo protestante latinoamericano del siglo XX y comienzos del presente. No es este el momento adecuado para intentar demostrar tan arriesgada opinión, pero podría ensayar algunas razones: su extensa obra publicada, las generaciones de jóvenes teólogos y teólogas que fueron influidas por su agudo pensamiento, ser un referente para el mundo ecuménico, incluyendo la Iglesia Católica Apostólica Romana ya que, por ejemplo, fue observador protestante latinoamericano del Concilio Vaticano II. Pero hay, además, virtudes humanas y cristianas que lo caracterizaron siempre: humildad, amor, espíritu de servicio y una coherencia entre su pensamiento y su acción.
Se me agolpan imágenes en la mente. Mi primer contacto con sus textos ocurrió en la década de los años 1960, cuando mi tío Raúl, que tenía una librería cristiana en calle Corrientes, Buenos Aires, me daba a leer el libro LA RESPONSABILIDAD SOCIAL DEL CRISTIANO, que incluía un capítulo de José titulado: “Fundamentos teológicos de la responsabilidad social del cristiano”. Era un libro del naciente movimiento ISAL, Iglesia y Sociedad en América Latina. Confieso que ese libro me traía la “teología celestial” a la tierra. Había otra manera de pensar la fe, situada en las realidades terrenas, humanas y temporales.
Después tuve el privilegio de continuar estudios teológicos en Guatemala y allí entré más profundamente en el pensamiento de José por medio de su gran libro: LA FE EN BUSCA DE EFICACIA. Corría el año 1978, pleno auge de la teología de la liberación y su obra me impactó, me ayudó a entender esta nueva teología y, sobre todo, admirar su nivel de reflexión en el capítulo “Hermenéutica, verdad y praxis.”
Recuerdo que cuando volví de Guatemala con mi familia, pude conocer a José en un encuentro de Asit y le dije: “Yo tuve que ir a Guatemala a leer sus libros”. ¡Claro! Porque en algunos ambientes, su nombre no era bien aceptado.
El tiempo transcurrió , y el Señor me permitió el privilegio enorme de ser su discípulo, sobre todo para la elaboración de mi tesis doctoral sobre la ética social de los Hermanos Libres en la Argentina, tema que le apasionaba porque, creo, su esposa era de ese origen.
Recuerdo nítidamente las veces que dialogábamos sobre el tema tanto en su casa como en la mía, ya que José tuvo la disposición de visitarme muchas mañanas primaverales para “teologizar” café de por medio.
De sus obras, de su pensamiento y de lo que influyó en mi vida podría, acaso, escribir un libro. Fue José quien me introdujo en la teología de Barth y el compromiso de fe y de acción de Bonhoeffer. Fue José, como escribí dedicándole la primera edición de ¿Para qué sirve la teología? -que tuvo la gentileza de prologar:- que “me enseñó que la teología es un pensamiento situado.” Fue José quien más influyó en mi peregrinaje del “eclesiocentrismo teológico” a una teología del Reino. Fue él quien advirtió que “bautizar como cristianas a las utopías concretas que emergen en la búsqueda humana no sólo es ignorar la novedad cualitativa de la consumación de Dios sino también sacralizar –y mucho más serio aún- clericalizar- los proyectos humanos.” (Toward a Christian Political Ethics, p. 92.
José Míguez Bonino. Un cristiano cabal. Un cristiano comprometido. Un hombre transparente.

¡Eterna gratitud maestro José!


Alberto F. Roldán, doctor en teología por el Instituto Universitario Isedet y master en ciencias sociales por la Universidad Nacional de Quilmes. Mis áreas de interés son: la teología sistemática, la hermenéutica y las ciencias sociales.

Fuente: Blog: http://teologiapoliticaysociedad.blogspot.com.ar

sábado, 7 de julio de 2012

JOSÉ MÍGUEZ BONINO: Una teología desde nuestras raíces culturales

Por. Leopoldo Cervantes-Ortiz, México

Un mensaje que, en medio de la represión y la tortura, habla del Crucificado como si no tuviera nada que ver con los pobres crucificados de la historia o que, en la creciente destrucción y marginación de grandes sectores de la población, presenta a Jesucristo como si nada hubiera dicho de ese tema, como si el Espíritu Santo no hubiera sido el que descendió sobre Amós, Oseas y Santiago, como si los que sufren y mueren no fueran “imagen y semejanza” del Creador, no merece ser llamado evangélico.
J.M.B., Rostros del protestantismo latinoamericano. Buenos Aires-Grand Rapids, Nueva Creación-Eerdmans, 1995, p. 139.
Con la partida de José Míguez Bonino, la teología protestante latinoamericana entra a una muy necesaria fase de transición y recapitulación porque su aportación ya establecida como gran suma de reflexión y análisis contextual está esperando el acecho de una lectura dialogante y crítica como lo que es: un puente entre posturas divergentes, pero siempre fiel al evangelio de Jesucristo. Pocos como él (acaso Orlando Costas y Mortimer Arias en varios momentos) consiguieron, ya no digamos el consenso o la aceptación unánime, sino el diálogo franco con interlocutores difíciles y reacios a escuchar lo que siempre fue una genuina teología evangélica, en todos los sentidos, y ecuménica, también en el mejor significado de la palabra. Para él no había barreras entre ambos términos pues su trayectoria así lo demuestra: fue un teólogo que, en la línea de su barthianismo innegable, articuló el pensamiento creyente con el compromiso auténtico. Prueba de ello fue su participación en la defensa de los derechos humanos y su papel como diputado constituyente en su país, en los años más álgidos y exigentes.
Para no repetir lo que otros ya han dicho y seguirán diciendo, daré testimonio de mis encuentros con él. Lo vi tres veces: la primera, entre 1982 y 1983, en una consulta interdenominacional sobre el “compromiso cristiano” realizada en el Instituto Teológico Latino, cuando apenas me asomaba a las tareas estrictamente teológicas y estaba dominado por la mentalidad típicamente pietista y conversionista, desligada de la coyunturas social. Fue aleccionador verlo atender a un estudiante metodista para explicarle detalladamente los matices de una participación cristiana intensa, pero al mismo tiempo espiritual. En esos días escuché con asombro las conferencias que ofreció en la sede de la Sociedad Bíblica de México, un espacio magnífico, sobre todo después de que en el espacio anterior fue tan malinterpretado por algunos pastores y líderes. Su frase acerca de la “paciencia militante” me impactó profundamente aunque aún no conocía nada de su producción teológica. Varias veces se detuvo para afirmar, irónicamente, “perdón, esto ya parece una predicación, es por la costumbre…”. Porque si algo nos quedó claro en esos días a sus oyentes fue que nunca dejaba de ser pastor y que la teología jamás podría pelearse con las necesidades de la Iglesia a las que hay que responder permanentemente.
A fines de 1986, con motivo de una asamblea de la Asociación Ecuménica de Teólogos del Tercer Mundo lo escuché nuevamente en el dominico Centro Universitario Cultural, a unos pasos de la UNAM, y allí dictó cátedra acerca de la evolución del pensamiento teológico latinoamericano. Para entonces ya había paladeado hasta el éxtasis esa joya que es La fe en busca de eficacia, cuyo subtítulo no dejaba de resonarme en los oídos: Una interpretación de la reflexión teológica latinoamericana de liberación. Y es que no me tocó en suerte llevar algún curso de teología latinoamericana que yo recuerde, pero al circular su nombre en los corrillos del seminario resultaba inevitable y atrayente acercarse a esa veta de contextualidad y cercanía con las situaciones que vivían nuestros países. Para entonces, ya habíamos buscado con avidez, y encontrado, varios de sus títulos importantes: Concilio abierto, Ama y haz lo que quieras, espacio para ser hombres, Jesús, ni vencido ni monarca celestial (al lado de los demás nombres “prohibidos” por nuestros profesores más conservadores). Y nunca nos defraudó leer cosas como lo que presentó en El Escorial en 1972 o los lejanos ensayos presentados en las reuniones del movimiento Iglesia y Sociedad en América Latina; el que lleva por título “Historia y misión” puede releerse como si hubiera sido escrito ayer. Saludarlo junto a la plana mayor de la teología de la liberación de todos los continentes, pero especialmente latinoamericanos (Tamez, Dussel, Betto, Gutiérrez, Richard…) fue una experiencia imborrable. Inútil agregar lo que ya se dicho acerca de su humildad incluso ante el contacto con aprendices como nosotros…
Para junio de 1998, cuando lo volví a encontrar, esta vez en Costa Rica, en los festejos por los 75 años del Seminario Bíblico Latinoamericano (ahora Universidad), se vivía ya bajo el impacto de ese otro clásico instantáneo que es Rostros del protestantismo latinoamericano, otra gran lección de pertinencia y exactitud en el análisis. Nuevamente condescendió a firmar el libro y a expresar su “fe y esperanza común” en ese par de sentidas líneas. Brevemente le hablé del proyecto que me ocupaba y que tan cerca estaba de sus preocupaciones ¡de casi 30 años atrás!, justamente cuando prologó la obra de otro de sus colegas, Rubem Alves, a quien estudiaba afanosamente. Me alentó a continuar y a explorar las dificultades que ellos enfrentaron en esos años de incomprensión, rechazo y renovación. Llamó mi atención hacia el hecho de que muchas cosas no eran, necesariamente, como la contaban los libros y que, incluso, lo dicho por alguien como Peter Wagner tampoco los afectó tanto al atacarlos por ser, según él, teólogos que ya no merecían el apellido de “evangélicos”. Su humor siempre me pareció insuperable en esas cortas pero magníficas charlas. En Costa Rica conocí su primer libro de homenaje (Fe, compromiso y teología, de 1985), el cual bebí instantáneamente. Lo mismo me pasaría con el segundo, El silbo ecuménico del Espíritu, en sus 80 años de vida, que encargué expresamente a otro colega.
Gracias a la insistencia de mi amigo Víctor Hernández, ferviente admirador de Míguez (“es la mente teológica más lúcida de América Latina”, decía) en San José busqué y reproduje un paquete completo de textos, mayormente en inglés, que le envié a México y que ahora trataré de recuperar para contribuir en algo a su difusión, pues la inmensa cantidad de textos dispersos hará ver exiguo, seguramente, el número de sus publicaciones disponibles. Ojalá que se concrete el proyecto anunciado por René Padilla en estos días. Buena falta que le hace a toda la iglesia latinoamericana que esos textos se difundan. Sólo recientemente he podido leer ese otro clásico: Toward a Christian political ethics, tan necesario en estos tiempos pragmáticos. Lo mismo y más puede decirse de Conflicto y unidad en la iglesia y de Poder del evangelio y poder político: la participación de los evangélicos en la vida política en América Latina.
Míguez Bonino nos enseñó a todos los evangélicos/as latinoamericanos que es posible y muy urgente hacer una teología pertinente y creativa desde nuestras raíces culturales sin olvidar jamás el celo profético.

Fuente: ALCNOTICIAS

viernes, 6 de julio de 2012

José Míguez Bonino y los derechos humanos

Por. Alberto Roldán, Argentina
Otro de los rasgos destacables de la personalidad de José Míguez Bonino fue su decidida participación a favor de los derechos humanos conculcados por la dictadura militar de los años 1970. Rescatamos su propio testimonio:
“en los años ´70 no había tiempo para dudas. Los “derechos humanos”, en términos directos, la defensa de la vida humana, fue vista por muchos cristianos como el inexcusable reclamo de amor. Por diferentes razones me había decidido a embarcarme ya antes del golpe militar de 1976, junto con otras personas del mundo religioso, mayormente judíos y cristianos, de la vida política, cultural y sindical, para crear la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, para defender y sostener la vida amenazada de nuestro pueblo. A diferencia de la típica “neutralidad” con la que otras organizaciones procuraron evitar los conflictos internos, algunos de nosotros insistiríamos en que, en la situación en la cual todos estábamos expuestos, poniendo nuestras vidas en juego, todos necesitábamos “confesar” y compartir las convicciones más profundas que nos llevaban a estar allí. Como Declaración oficial para organizar nuestro trabajo estaba la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la Constitución Nacional. Pero abierta y respetuosamente también expresábamos nuestras motivaciones personales. En una noche particularmente crítica, cuado íbamos dejando el edificio, no pude evitar decirle a un amigo, militante comunista: “Buenas noches, don Jaime, que Dios lo bendiga.” Me miró algo confundido y luego, serio y visiblemente conmovido, me dijo “Sí, José, que Dios nos bendiga.” ¡Sí, y siguió siendo un militante comunista! Hay muchas historias como estas en esos años…” (José Míguez Bonino, “Notas autobiográficas de un recorrido pastoral y teológico” en El silbo ecuménico del Espíritu. Homenaje a José Míguez Bonino en sus 80 años, Buenos Aires: Isedet, 2004, p. 433).

Fuente: Dr. Alberto Roldan, su blog www.teologiapoliticaysociedad.blogspot.com.ar