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sábado, 11 de noviembre de 2017

Iglesia reformada, siempre reformándose

Por. Maximiliano Heusser, Argentina
Los reformadores, Lutero (en Alemania), Calvino (en Ginebra), Zwinglio (en Suiza), no quisieron nunca cortar relaciones con su Iglesia madre. Sin embargo, con diferentes matices y por distintas razones, todos terminaron creando movimientos reformadores que finalmente se independizaron.
Los cambios que propusieron en su Iglesia de origen no fueron bien recibidos, ni entendidos como una búsqueda de fidelidad a la Palabra de Dios. Por el contrario, como en el caso de Lutero, terminan provocando que éste reciba la bula de excomunión, quedando fuera de la Iglesia.
Un lema de las Iglesias herederas de la Reforma Protestante del 1516 es “iglesia reformada siempre reformándose”[1]. La frase original en latín parece ser “Ecclesia reformata semper reformanda est secundum verbum Dei”. La frase completa en latín nos recuerda las últimas  palabras que suelen ser olvidadas. La Iglesia reformada que siempre debe reformarse, debe hacerlo siguiendo la Palabra de Dios, o en la búsqueda de fidelidad a la Palabra de Dios. De esta manera, queda claro que no es reformarse por el sólo hecho de reformarse, sino en la búsqueda de entender lo que el Espíritu nos quiere hacer entender en la Palabra en el tiempo que nos toca vivir.
El Apóstol Pablo utiliza en su carta a los Romanos una expresión sumamente interesante que vale la pena recordar en este sentido: “Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir, cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Ro 12:2, BJ).
Aquí Pablo utiliza el término griego μεταμόρφωσις, traducido “transfórmense”. Literalmente  significa cambio de forma: μετα- (meta-), “cambio” + μορφή (morfe) “forma”.
Pablo instala la idea de transformación, de esto no puede caber duda alguna. Sí podemos interrogarnos acerca de a qué se refiere con no acomodarse al mundo presente, porque la transformación es lo opuesto a ese concepto de mundo presente. Para intentar responder esa pregunta, debemos recordar que se cree que esta Carta a los Romanos es el último escrito de Pablo, que no es sólo una carta, sino que es su obra escrita más extensa y de mayor desarrollo teológico. En este sentido, algunos de los temas allí presentes podremos encontrarlos -o tendrán relación- con otros presentes en sus cartas anteriores.
Un tema recurrente contra el que el Apóstol tuvo que enfrentase en varias oportunidades es el que también está presente en su carta a los Gálatas. Allí menciona que hay personas entre los creyentes que perturban y alteran el Evangelio de Cristo (Gál 1:7), y que existen falsos hermanos que se introducen en la comunidad a escondidas para espiar la libertad que se tiene en Cristo Jesús, para volver a reducirlos a la esclavitud (Gál 2:4). Pablo se enfrenta así a aquellas personas o grupos que pretendían que los creyentes gentiles adquirieran las prácticas judías. Esta fue la discusión que mantuvo fuertemente con Pedro, también relatada por el Apóstol en la misma carta a los Gálatas (Gál 2:11ss).
De esta manera, podríamos animarnos a postular que “el mundo presente” no tiene necesariamente que ver con lo que solemos llamar el “mundo secular”, como algunos han interpretado, o el “mundo externo”, sino por el contrario, con el “mundo interno” de la misma comunidad cristiana. Siguiendo esta línea, Pablo no estaría cuestionando la vinculación de la comunidad cristiana con el mundo externo, sino la existencia de grupos y personas que querían volver a los creyentes a creencias y prácticas anteriores, antiguas, esclavizantes, judaizantes. Esas personas y grupos serían los cristianos conservadores de origen judío.
El pastor Raúl Sosa (Metodista, Uruguayo), afirma hablando de Pablo y su predicación en Atenas (Hechos 17:16ss):
“este hombre con un temperamento tan apasionado y con convicciones tan firmes, al punto tal de “enardecerse” en la discusión (v.16s.), no es sordo ni ciego a los demás, observa cómo viven, detecta lo que les interesa y les preocupa, intercambia puntos de vista y opiniones, por más diferentes que sean de las de él. Y en ese intercambio, a partir de esa apertura a los demás, el apóstol recoge y valora todo aquello que puede constituir un aporte. En este caso en particular, recoge algo de la tradición religiosa de los atenienses y lo conecta con el evangelio, lo incorpora a su visión de Dios. Tan radical es esta apertura al otro, esta inclusividad del evangelio, esta inclinación al diálogo, que tal vez algunos de nosotros lo consideraríamos demasiado riesgoso, porque llega a poner en juego la “pureza” del evangelio. Precisamente ése era el temor que tenían los cristianos judaizantes con la evangelización de los gentiles, y por eso trataron de imponer la práctica de la circuncisión a todo gentil que se convirtiera”[2].
Ahora bien, como venimos afirmando, este no era el temor del Apóstol. Era el temor de aquellas personas que no estaban dispuestas a dialogar con los diferentes. Que no estaban dispuestas a incorporar elementos ajenos a la tradición y religiosidad judía. Pablo anuncia el Evangelio buscando dialogar con estas realidades diferentes para que el Evangelio tenga llegada, para que pueda ser recibido y las personas puedan encontrar al Señor. A los Gálatas les dice que no vuelvan a caer en la esclavitud, que permanezcan en la libertad que tienen en Cristo Jesús. De esta manera, se advierte el desafío de anunciar un Evangelio contextual y pertinente al tiempo y a las personas que lo escucharán.
Las Iglesias herederas de la Reforma Protestante nos hemos encargado de fosilizar ideas, de fijar criterios teológicos inamovibles, de postular dogmas inmutables, de encerrarnos en una manera de pensar. Cada Iglesia, según su tradición, en mayor o menor medida, ha hecho esto.
Aquel lema que invocábamos al comienzo es una linda frase que no ha vuelto a hacerse realidad. No hemos asumido el desafío del Apóstol Pablo, de no acomodarnos al mundo presente (a nuestras seguridades, a lo conocido, a lo instituido, a lo permitido), y de aceptar transformarnos por la renovación de nuestra mente para distinguir la buena voluntad de Dios.
Alguno, quizás, podrá afirmar que han habido muchísimos cambios. Que hemos dejado de ser tan serios en nuestros cultos. Que hemos permitido que otros instrumentos participen de la música en nuestros servicios. Que hemos aceptado cantar canciones y no sólo himnos. En algunos casos hasta proyectamos letras para cantar en pantallas.
Si bien es verdad que estos son cambios reales, como afirma el pastor Pablo Chacón (costarricense), son cambios superficiales, estéticos, temporales y falsos[3]. No son cambios profundos. En lo personal, he escuchado personas que quieren que la Iglesia se “modernice”, y de esta manera proponen incorporar canciones cristianas que han escuchado de artistas evangélicos (Marcos Witt, Jesús Adrián Romero, Marcos Vidal, Marcela Gándara, Hillson, etc.). En la misma línea, otras personas proponen cambiar bancos por sillas, incluso animarnos a invitar a pastores de otras tradiciones (que no son las nuestras). Pero, cuando se propone –por ejemplo- repensar un postulado teológico tradicional, aparecen las mayores resistencias. No les importa demasiado si los pastores o pastoras se visten con ropa clerical. Incluso, algunas personas sostienen que esa costumbre les parece antigua.
Parecen grandes innovadores, pero a la hora de repensar la teología, la forma de ser comunidad, los alcances del Evangelio en este tiempo, la pertinencia de ciertas verdades “incuestionables” en este tiempo, no están dispuestos ni siquiera a conversarlas.
Estas personas deciden quedarse con los cambios estéticos, superficiales, temporarios, falsos. Son cambios para realmente no cambiar. Estas personas pueden ser hoy, aquellas a las que se refiere el Apóstol Pablo en su carta a los Gálatas. Quienes siendo parte de la comunidad, perturban y alteran el sentido profundo del Evangelio, trabajando contra la libertad que se tiene en Cristo Jesús. Estas son las personas que no están dispuestas a transformarse mediante la renovación de la mente, buscando distinguir la buena voluntad de Dios (Romanos 12:2). Prefieren permanecer y acomodarse al “mundo presente” interno de la Iglesia, en el sentido anteriormente expuesto, sin dejar que soplen vientos de cambio, apertura, transformación y libertad.
El desafío que tenemos las Iglesias en este 500° aniversario de la Reforma Protestante, es animarnos a repensar aquellos postulados teológicos que consideramos indubitables. Repensarlos no significa bastardearlos, sino ponerlos en diálogo. Especialmente, animarnos en ese ejercicio dialógico con los ajenos a nuestras Iglesias, como hizo el Apóstol Pablo con los atenienses, poniendo en diálogo nuestra fe y creencias con los aportes y puntos de vista que pueden enriquecer nuestra mirada.
Ser Iglesias herederas de la reforma en este tiempo, implica animarnos a pensar diferente, a reconocer nuestros errores y temores y a seguir en la búsqueda de fidelidad a la Palabra de Dios. Buscando discernir lo que Dios nos quiere decir en este tiempo, que seguramente va a ser pertinente y necesario.
Es mi deseo y oración, que el mismo Espíritu que inspiró e iluminó a los reformadores, y a los pre refromadores antes de ellos, nos inspire e ilumine a nosotros hoy también, para que nosotros y nuestras iglesias sigamos en la búsqueda de fidelidad a nuestro Dios.

[1] Para esta ponencia fue significativo el artículo de Leopoldo Cervantes Ortiz “Metamorfosis: La Reforma Protestante aquí y ahora” Parte I y II, FTL (Fraternidad Teológica Latinoamericana), disponible en: ftl-al.com/reforma-protestante-i
[2] Raúl Sosa “Dones y ministerios para una misión integral”, Documento inédito, p. 6
[3] José Pablo Chacón “¿Una iglesia reformada, que siempre se reforma?”, Disponible en Facebook, 2017.


Fuente: ALCNOTICIAS, 2017.

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