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lunes, 16 de septiembre de 2013

SANGRE DENOMINACIONAL ¿Existe la sangre bautista, sangre hermano libre o sangre pentecostal?

Por Alberto Roldán, Argentina*
Si la “ontología denominacional” fuese tan decisiva, ¿qué habría que tomar en cuenta? ¿su origen histórico o su traspaso posterior?  ¿Hasta qué punto cambiaron después? ¿En qué grado cambiaron sustancial y ontológicamente? Aun podríamos problematizar más el tema, preguntando: ¿Será que el signo denominacional, el “ontos eclesial” es tan fuerte que, como en el caso de la teología católica –en su comprensión de los sacramentos– imprime carácter que no se borra nunca? ¿Cómo sabemos que no cambia Todos sabemos que el cristianismo se divide, fundamentalmente, en tres grandes ramas históricas: el catolicismo romano, el protestantismo y la ortodoxia oriental. No es aquí el lugar para abundar en detalles históricos que expliquen cómo se fueron gestando esas ramificaciones. Pero una cosa es cierta: ninguna de ellas se dio por generación espontánea, sino que obedeció siempre a causas históricas, culturales y doctrinales. En lo que hace al ámbito del protestantismo, recordamos que como movimiento histórico surgió en el siglo XVI en el ámbito de Alemania, y el 31 de octubre de 1517 es la fecha liminar que marca el comienzo histórico de ese movimiento religioso, aunque siglos antes, hubo manifestaciones de lo que se dio en llamar “prerreforma” con personajes como Juan Wicliff en Inglaterra y Jan Hus en Bohemia (hoy, República Checa).
Luego, se fueron gestando las diferentes ramificaciones del propio protestantismo, que lejos estuvo de ser un movimiento monolítico uniforme. Hay, ciertamente, muchas diferencias entre luteranos, reformados (calvinistas), anglicanos y, sobre todo, anabaptistas. Y después del siglo XVIII –donde se destaca la figura de Juan Wesley, fundador del metodismo inglés– van surgiendo, casi sin solución de continuidad, las diversas “denominaciones evangélicas”. Es a ellas que queremos referirnos en esta reflexión. La hemos titulado con una pregunta: ¿Existe la “sangre bautista”, “sangre hermano libre” o “sangre pentecostal”? Una manera más filosófica para plantear lo mismo sería: “¿Existe una ontología denominacional?” La ontología, recordamos, es la parte de la filosofía que trata del ser y del ente. Es la búsqueda de las esencias de las cosas y responde a la pregunta tan sencilla como profunda: “¿Qué es esto?” Aplicado a la Iglesia, es relativamente fácil determinar su esencia. Porque a partir de los datos bíblicos, la Iglesia es el cuerpo de Cristo, la esposa de Cristo, la comunidad del Espíritu Santo. Pero lo que no resulta fácil es saber si existe una ontología de las denominaciones. Porque cuando se intenta determinarla, uno encuentra que tanto una denominación como otra pueden tener exactamente las mismas doctrinas y las mismas costumbres.
Tomemos el caso del bautismo. No son una, dos o tres las únicas denominaciones que bautizan por inmersión y en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Lo mismo acontece con la celebración de la Santa Cena, la que es considerada, para la mayoría de las iglesias evangélicas, como un memorial en el nombre de Cristo. Casi todas las iglesias evangélicas la celebran con pan y vino, a pesar de que pertenezcan a distintas denominaciones. Y decimos “casi” porque existen iglesias que no usan vino en la celebración sino jugo de uva, natural o artificial. Porque, argumentan, Jesús convirtió el agua en “jugo de uva”. Y en cuanto a la liturgia, con una cultura globalizada como la que vivimos hoy, cada vez las iglesias se parecen más: cantan las mismas canciones, hacen las mismas oraciones, dan los mismos informes ministeriales, y predican de un modo similar, con pastores que aplican hermenéuticas muy flexibles al texto bíblico sobre el cual, dicho sea de paso, poco hablan. Más bien el énfasis es en experiencias —algunas espectaculares— y mucha insistencia en el compromiso financiero de los oyentes.
¿A qué viene todo esto? Pues al hecho de que no faltan creyentes que, en su fuerte e inocultable tendencia de “superioridad denominacional”, insisten en que su iglesia, es decir, su denominación, es la más pura expresión del Evangelio. Hace unos años me sucedió un hecho insólito, digno de un relato ficcional por la naturaleza increíble del mismo. Un hermano de cierta denominación evangélica me preguntó: “¿Vos, de qué iglesia sos miembro?” Le respondí, “soy de la iglesia A”. Pero como él no conocía la iglesia A, me preguntó: “¿Cómo es la iglesia A?” Entendiendo que quería saber sobre las doctrinas y prácticas le dije: “Bueno, creemos en la autoridad de la Biblia, en la obra expiatoria de Jesucristo, en su resurrección, en la justificación por la fe, en la Trinidad…” Me interrumpió con tono de asombro: “¡Pero esa iglesia es lo más parecida a la iglesia B!” (Evito consignar el adjetivo para no ofender a ningún lector). Y entonces yo le pregunté: “¿Qué importancia tiene eso?” “¡Por supuesto que la tiene, ya que la iglesia B es la que fundó Jesucristo!” –respondió con énfasis. Casi no podía entender lo que oía. Le pedí que repitiera el concepto porque en una de esas yo había entendido mal. Eran las 4 de la madrugada de un viaje que hacíamos desde la provincia de Río Negro hacia Bahía Blanca. Cuando insistió en su tan extraña aseveración, le pregunté dónde está ese dato en la Biblia. “Bueno, bueno…no está así en la Biblia, pero yo te aseguro que la Iglesia B es la que fundó Jesucristo.”
Esto me hizo pensar mucho. Porque de hecho, siempre se ha dado —y cada vez con mayor frecuencia— el traspaso de una denominación a otra. Y uno se pregunta: ¿Será que al traspasar de una iglesia a otra cambia la ontología de ese hermano? ¿Será que existe “sangre bautista”, “sangre hermano libre”, “sangre metodista” o “sangre pentecostal”? Y si es así: ¿Es posible la transfusión de una sangre por otra? ¿Dónde se da la sangre denominacional en estado puro? ¿Existe consanguinidad e incompatibilidad sanguínea?
Yendo a la historia del Protestantismo, encontramos que hombres como Lutero, Calvino y Zuinglio, eran de la iglesia católica. Uno puede preguntarse: cuándo salieron de la Iglesia católica, ¿se produjo en ellos una mutación ontológica tan radical como para cambiar sustancialmente de todos los elementos teológicos y la formación que tenían? Pensando en el metodismo del siglo XVIII: ¿Cómo podría Juan Wesley ser considerado metodista siendo que durante mucho tiempo había sido anglicano? Cuando funda el movimiento metodista: ¿dejó de ser, ontológicamente, un anglicano como lo era?
Por otra parte, no siempre se dan “estados sanguíneos puros”. Por ejemplo, el destacado pionero bautista de la Argentina, Pablo Besson, cuando llegó al país en 1881, era pastor ordenado en la Iglesia Reformada en Suiza. En ese caso, ¿cuál sería la ontología denominacional que habría que tomar en cuenta? ¿La primera o la segunda? La respuesta dependerá, es claro, del interés de cada intérprete, más allá de los datos que cada uno abone para fundamentar su posición. Si buceáramos un poco en las historias personales de destacados líderes denominacionales, encontraríamos que no siempre su fe evangélica se originó en la denominación en la cual llegaron a ser líderes prominentes. Si la “ontología denominacional” fuese tan decisiva, ¿qué habría que tomar en cuenta? ¿su origen histórico o su traspaso posterior? ¿Hasta qué punto cambiaron después? ¿En qué grado cambiaron sustancial y ontológicamente? Aun podríamos problematizar más el tema, preguntando: ¿Será que el signo denominacional, el “ontos eclesial” es tan fuerte que, como en el caso de la teología católica –en su comprensión de los sacramentos– imprime carácter que no se borra nunca? ¿Cómo sabemos que no cambia? Tomemos un caso hipotético, que se ha dado en las últimas décadas en varios casos. Un líder nacido en cierta denominación que después de ciertas experiencias va mutando en sus doctrinas y en sus prácticas. Las mutaciones que ha sufrido son tan profundas que ya se parece en mucho a otro tipo de iglesias o denominaciones.
¿Podríamos decir que porque se originó como evangélico X sigue siendo tal? En fin, nos parece que lo expuesto nos debe hacer pensar seriamente en los peligros del orgullo denominacional, de quienes no consideran que la Iglesia de Cristo es una sola, y que ninguna de sus representaciones históricas es tan perfecta como para agotar su realidad o encarnar su esencia. Y que la unidad por la cual Jesús oró al Padre, siempre será unidad en diversidad. Más importante que plantear una ontología denominacional, es recordar, aceptar y alegrarnos, de que por encima de “sangre bautista”, “sangre hermano libre”, “sangre metodista”, “sangre pentecostal” —el lector puede ampliar esta lista— es que todos somos redimidos por una única sangre preciosa: la de Jesucristo. Y este debe ser nuestro orgullo, nuestro único orgullo.
 
*Dr. Alberto F. Roldán
Doctor en Teología (Instituto Universitario Isedet) Master en Ciencias Sociales y Humanidades (Universidad Nacional de Quilmes) Maestría en Educación (Universidad del Salvador en Buenos Aires) Escritor y conferencista internacional Pastor de la Iglesia Presbiteriana San Andrés
 
Fuente: PastoresxlaGente, 2013

viernes, 25 de mayo de 2012

¿Qué significa ser pentecostal? (conclusión)

ALC comparte estas reflexiones del teólogo Juan Stam, esperando que esta Fiesta de Pentecostés nos permita releer nuestras realidades a la luz y la fuerza del Espíritu de Vida.
Decíamos que ser pentecostal significa modelar toda la vida conforme al día de Pentecostés que nos narra el capítulo dos de los Hechos. Señalamos entonces que ese día, según todo el capítulo, pasa por tres momentos: el derramamiento del Espíritu y la experiencia de sus dones (Hch 2:1-13), la proclamación fiel de la Palabra de Dios (2:14-41), y la vivencia del evangelio en una comunidad transformada (2:42-47). Todos esos tres aspectos son indispensables para una auténtica pentecostalidad. En el artículo anterior comentamos especialmente el significado del don de lenguas y también el carácter profético que el Pentecostés imprime sobre toda la iglesia.
En el día de Pentecostés, las experiencias carismáticas iban acompañadas por la fiel predicación de la Palabra de Dios. Cuando estudiamos con más cuidado el sermón que predicó Pedro (Hch 2:14-36), podemos encontrar todo un modelo para la predicación auténticamente pentecostal. Aunque Pedro, según el relato de Lucas en este capítulo, no tenía pre-aviso para preparar el mensaje de esa mañana, por el mismo Espíritu estuvo muy al nivel de la ocasión y predicó la Palabra con poder. Pero además -- y esto es sumamente importante -- en su sermón, Pedro explicó las escrituras con gran claridad y fidelidad.
Un problema frecuente para los predicadores es escoger bien el pasaje bíblico para el sermón. Pedro seleccionó sus textos muy acertadamente. Remitió a Joel 2:28-32 para aclarar el sentido profético de lo que había ocurrido, y a continuación apela a varios salmos (16, 89, 110) para llevar su mensaje a su tema central, el señorío de Cristo. Explica el sentido de cada pasaje con mucho cuidado, como todo un maestro bíblico. En esto podemos observar que sin esa calidad de predicación fielmente bíblica, no se es verdaderamente pentecostal.
Quizá nos sorprenderá descubrir que en el día de Pentecostés Pedro no predicó un sermón sobre las lenguas, ni aun sobre el Espíritu Santo. Por cierto, como buen predicador, Pedro parte de la situación inmediata (las lenguas), pero pronto llega al tema central de su sermón: ¡Jesucristo es el Señor! Y lo demuestra con una lógica muy interesante. Cristo había anunciado que ascendería a la diestra del trono de Dios, y desde ahí enviaría el Espíritu prometido. Ahora todos ustedes han visto que él cumplió y derramó su Espíritu sobre nosotros, por lo que sabemos que Cristo ha llegado a la presencia de Dios y está sentada a la diestra del Señor (2:33), por lo que sabemos que él es el Señor y Salvador (2:36). Así este modelo de un sermón pentecostal es cristocéntrico.
A la vez es un sermón poderosamente evangelístico, y unas tres mil personas entregaron sus vidas a Cristo. Esas conversiones fueron resultados del poder de la Palabra de Dios, bien expuesta, y no de la oratoria de Pedro o de su atractividad personal. No coqueteó con su público; fue duro con ellos y les acusó de homicidio (2:36). Pedro nos enseña aquí el modelo pentecostal del sermón. Nos muestra que una predicación bíblica expositiva puede ser muy poderosa evangelísticamente, y que el sermón evangelístico debe tener sólidos contenidos bíblicos.
El tercer momento del Pentecostés fue la formación de una comunidad que practicaba el evangelio con todas sus consecuencias (2:42-47; cf. 4:31-37). Tomaron muy en serio la doctrina (tuvieron una constante vida teológica), vivían en comunidad y se dedicaban a la oración (2:42,44,46). Experimentaron maravillas y señales (2:43; 4:30) y "tenían en común todas las cosas" (2:44). "Ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía" (4:32) y "no había entre ellos ningún necesitado" (2:35; 4:34). Algunos hasta vendían sus propiedades (2:34-37; 4:34-35), y la iglesia inauguró un proyecto de comedores populares (2:35; 6:1-7).
Esta acción a favor de los pobres en Pentecostés ("cincuenta días") fue una manifestación del mandato del año de Jubileo ("cincuenta años"; Lev 25:8-13), cuando Israel debía cancelar todas las deudas, redistribuir la tierra equitativamente, y ayudar a los pobres. Isaías prometió ese "año agradable de Dios" con la venida del Mesías y el derramamiento del Espíritu (Isa 61:1-3; Lc 4:16-20). Ahora el Espíritu fue derramado sobre la iglesia, y ella cumple con el proyecto bíblico de buenas nuevas a los pobres. Sin esa práctica del Jubileo, no hay Pentecostés.
El día de Pentecostés nos presenta un modelo insuperable de misión integral. Todos saben que el Pentecostés comienza con experiencias carismáticas (2.1-13), pero pocos observan que el capítulo no termina ahí. Sigue un sermón sólidamente bíblico y teológico (2.14-36), después del cual unas tres mil personas se convirtieron. (¡Cuán importante y poderosa la predicación expositiva, como este sermón de Pedro, y cuán necesario que nuestros sermones evangelísticos sean realmente bíblicos!). Y después de tan hermosa “campaña evangelística”, por decirlo así, sigue la formación sólida de una comunidad comprometida: doctrina, comunión y oración (2.42,46), maravillas y señales (2.43), comunidad de bienes materiales y un extenso proyecto social de “comedores populares” (2.44s; 4.32-5.11; 6.1). En conjunto, constituía “misión integral”. ¡Eso sí significa ser pentecostal, pero en obediencia a todo el capítulo dos de los Hechos!
¡Todos debemos ser pentecostales!
(como lo describe Hechos 2)
El día de Pentecostés es el paradigma para la Iglesia de todos los siglos. En él, Dios marcó a la Iglesia para siempre con su carácter carismático, bíblico y profético. Tan importante era ese día, que Cristo ordenó a sus discípulos quedarse sentados en Jerusalén hasta que no se cumpliera (Lc 24.49, kathísate). La misión no pudo iniciarse sin el don pentecostal. La Iglesia es Iglesia porque es pentecostal. Es fiel a su naturaleza y misión sólo cuando es fiel a su origen en el Pentecostés.
El capítulo dos de los Hechos nos enseña un pentecostalismo integral. El derramamiento del Espíritu (2.1-13), va acompañado por una clara exposición de la Palabra de Dios (2.14-36), que resulta en muchas conversiones (2.37-41) y una comunidad radicalmente transformada (2.42-47). El Pentecostés comenzó, ero no terminó, con el don de lenguas. Mucho más que la impresión del fenómeno de las lenguas, el secreto de su poder fue la fuerza de la Palabra y la práctica evangélica que ésta inspiró. Si hubiera sido lenguas y nada más, no hubiera sido Pentecostés.
El Pentecostés nos enseña que la iglesia vive de los dones del Espíritu, entre ellos el de las lenguas. Las lenguas en ese momento eran una señal, apropiada para la ocasión, del derramamiento inicial del Espíritu sobre la Iglesia, cuando “todos fueron llenos del Espíritu Santo” (2.4). El Espíritu es la vida común del cuerpo de Cristo y distribuye sus abundantes dones a todos los miembros, “repartiendo a cada uno como él quiere” (1 Co 12.7-13).1 Sin esos dones, la Iglesia no puede vivir ni cumplir su misión en la tierra.
El don de lenguas en Hechos 2 reviste un claro sentido misionero y evangelístico. Es importante notar que a diferencia de Corinto, donde las lenguas eran extáticas e ininteligibles (1 Co 13.1; 14.2), en Hechos 2 el don consistía en idiomas humanos, de todas las naciones identificadas en el pasaje(2.9-11). El texto nos cuenta que cada uno oía a los apóstoles “en nuestro propio dialecto” (2.5, dialecto), “en nuestra lengua en la que hemos nacido” (2.8, cf. 2.11). Por otra parte, Pedro les predicó en alguna lengua común (a lo mejor, su mal griego, con fuerte acento galileo) y la multitud lo pudo entender. Su comunicación fue tan eficaz que tres mil personas se convirtieron. Los galileos eran famosos por pronunciar mal su propio idioma (Mr 14.70). Sin embargo, en el día de Pentecostés el Espíritu capacitó a esos galileos para glorificar a Dios en muchos idiomas extranjeros y bendijo al mal griego de Pedro con envidiables resultados evangelísticos.
El contraste llama la atención. Por una parte, unos galileos, “sin letras y del vulgo” (Hch 4.11), lucen por un momento como brillantes lingüistas, pero a continuación Dios bendice el griego deficiente de Pedro para una evangelización impresionante. Entonces, ¿para qué ese previo don de lenguas?
El testimonio misionero de la iglesia, aun antes del sermón de Pedro, se inició cuando los apóstoles proclamaron “las maravillas de Dios” en los idiomas de todas las naciones presentes (2.11). Parece que en la sabiduría de Dios, los gentiles tenían que escuchar el Evangelio primero en los acentos auténticos de su propia cultura y en su lengua materna. Ningún idioma, ni el hebreo ni el griego ni el latín, debe considerarse el idioma oficial del Evangelio. Cuando el Evangelio llega a un pueblo, la única cultura a que pertenece debe ser la misma cultura del pueblo que recibe el mensaje. El Evangelio se encarna con fidelidad en la auténtica idiosincrasia de cada pueblo. Por eso, ser pentecostal significa ser contextual y autóctono. Imponer algún lenguaje extraño o patrones culturales extranjeros es anti-pentecostal.
A las experiencias carismáticas ha de seguir la exposición de la Palabra (2.14-36), la proclamación del Evangelio para la conversión de las personas (2.37-40). La predicación bíblica de Pedro no era menos pentecostal y carismática que los anteriores fenómenos de glosolalia. Aunque Pedro no tuvo oportunidad para preparar su sermón2, escogió muy acertadamente sus textos del Antiguo Testamento: Joel 2.28-32 junto con Salmos 16.8-11 y 110.1. Este mensaje de Pedro muestra las características de un buen sermón expositivo. Como respuesta a una situación no anticipada, comienza contextualmente (2.14-15). Se basa sólidamente en apropiados textos bíblicos. Aunque su ocasión fue el derramamiento del Espíritu y el don de lenguas, no es un sermón sobre lenguas, ni aun sobre el Espíritu Santo, sino sobre Cristo (2.22-35), que interpreta los fenómenos carismáticos cristológicamente (2.33). El sermón concluye con una afirmación contundente del señorío de Cristo (2.35). La Palabra predicada fue tan poderosa que los oyentes clamaron arrepentidos, “¿qué haremos?” (2.37), con lo que Pedro extendió una invitación evangelística (2.38-40) y tres mil se convirtieron (2.41).
Sin predicación bíblica, que expone cuidadosamente el sentido fiel de las Escrituras, como lo hizo Pedro, no se es pentecostal. Demasiadas veces, en nuestros días, la “celebración” y las experiencias sensacionales desplazan la fiel exposición bíblica. No fue así en el día de Pentecostés. Ser pentecostal, según el capítulo dos de los Hechos, significa “perseverar en la doctrina” (2.42) y edificar bíblicamente a la congregación con sólida predicación expositiva. La predicación bíblica es un elemento esencial de la pentecostalidad.
El final del capítulo nos presenta un tercer elemento esencial de la pentecostalidad: Una comunidad radical que practica la fe hasta las últimas consecuencias (2.42-17). En la nueva comunidad de fe, perseveraron en la doctrina, la comunión, el pan compartido y la oración (2.42). Era una comunidad integral y balanceada. Tenían favor con el pueblo (2.47) pero, a la vez, las maravillas y señales en la comunidad provocaban temor y respeto. Y lo más sorprendente, y la mayor prueba de auténtica pentecostalidad: tenían todas las cosas en común (2.44) “y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía” (4.32). Hasta vendían sus propiedades para financiar los proyectos sociales de la comunidad (2.45; cf. 4.32-37).
La mayor prueba de la autenticidad de lo que pasó el día de Pentecostés, fue lo que pasó el día después del Pentecostés. Los recién convertidos recibieron el Espíritu (2.38) y en seguida practicaron la justicia social y económica, como manda la palabra de Dios. El proyecto pentecostal incluyó un programa de comedores populares (6.1)3
Algunos pensadores judíos relacionaban el día de Pentecostés con el año del Jubileo (Lv 25) en que Israel había de repartir equitativamente toda la tierra4. El Jubileo era el año cincuenta y el Pentecostés era el día cincuenta, por lo que correspondía dentro del año a lo que era el Jubileo en el siglo. Además, en un pasaje claramente “jubilar”, el profeta anunció el don del Espíritu y buenas nuevas para los pobres en el “año agradable del Señor” (Is 61.1-3). Jesús aplicó este pasaje, en el mismo sentido, en su sermón inaugural en Nazaret (Lc 4.16-21; cf. 7.18-23). En el Pentecostés, el Espíritu Santo vino sobre la Iglesia, nuevo cuerpo de Cristo, y en seguida la práctica del Evangelio, en el poder del Espíritu, trajo “buenas nuevas para los pobres”.
El tercer momento del Pentecostés, según el capítulo dos de los Hechos, es una comunidad radical
que practica el Evangelio sin reservas, conforme al modelo del año del Jubileo. Sin eso no se es pentecostal, por muchas lenguas que se hablen. ¡Sin Jubileo económico, no hay Pentecostés! Debe ser imposible para un cristiano ser anti-pentecostal, en el significado bíblico de ese magno acontecimiento. Pero tampoco se debe permitir que el hermoso título de “pentecostal” se límite a uno sólo de los aspectos del día de Pentecostés o a una sola corriente dentro del cristianismo evangélico. ¡Pentecostales somos todos!
Cuentan que un evangelista decía una vez que no tocaba los problemas políticos porque “Dios me llamó al ministerio evangelístico, no profético”. Al contrario, Dios ha llamado a toda la Iglesia y a cada creyente a una presencia profética en medio del mundo. La Iglesia, como dicen Arens y Díaz Mateos (2000:288), es una comunidad de profetas y testigos. Dios encargó a Ezequiel profetizar de tal manera que, aunque el pueblo no creyera, “al menos sabrán que entre ellos hay un profeta” (Ez
2.5). Donde está la Iglesia, la gente debe darse cuenta de una presencia profética en su medio5.
Es cierto que el Nuevo Testamento enseña también una vocación personal de algunos creyentes al oficio profético (Ef 4.11), y afirma que no todos son profetas, igual que no todos son apóstoles ni maestros (1 Co 12.29)6. A estos profetas Dios puede dar revelaciones directas para la Iglesia (1 Co 14.29-31). Siempre que se dan tales revelaciones en el culto, la congregación entera, en cuanto comunidad también profética, las ha de juzgar (14.29). Igual que los profetas del Antiguo Testamento, estos profetas traen un mensaje directo de Dios (no necesariamente predictivo) para el pueblo de Dios. La vocación específica de ellos es una expresión más concentrada del carácter profético de toda la comunidad.
Apocalipsis 10.1-11 es un interludio entre la sexta trompeta y la séptima, sobre la misión profética de la iglesia en tiempos de crisis y tribulación. Se dedica primero a la misión profética de Juan mismo, como uno de esos profetas “de oficio”. Juan tiene que comerse el librito que está en manos del poderoso ángel (10.8-10; cf. Ez 2.9-3.3), con lo cual Dios le renueva su comisión a “profetizar “sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes” (10.11)7. La segunda mitad del interludio (11.3-13) trata del testimonio profético de la Iglesia entera, representada por los dos testigos, cuyo poder no se basa en soplar fuego sino en morir y resucitar con Cristo8. Hay un amplio consenso entre los comentaristas que ellos representan el testimonio profético de toda la comunidad.
Igual que Juan y los dos testigos, la Iglesia hoy está llamada a profetizar sobre las naciones y gobernantes de nuestro tiempo (Ap 10.11; 11.3-13), aunque eso signifique atormentar al mundo entero (11.10) y hasta entregar nuestras vidas en martirio (11.7-10). Una Iglesia que calla ante la corrupción y la injusticia, que no molesta a nadie sino que busca quedar bien con todos, es una Iglesia infiel y cobarde. Y en primera fila de los que no entrarán al Reino de Dios, según el Apocalipsis, están los cobardes (Ap 21.8).
La tarea profética toma la forma de palabra y acción. Los antiguos profetas generalmente acompañaban su palabra de denuncia y anuncio con gestos simbólicos también proféticos. Esas acciones proféticas a veces eran preformativas para hacer realizarse la profecía, y en otros casos funcionaban como parábolas que aclaraban su mensaje. El profeta Juan realizó una acción simbólica antes de recibir su mandato de profetizar (10.10, comió el rollo) y en seguida se le ordena realizar otra (medir el santuario, 11.1-2). En cambio, el ministerio de los dos testigos (11.3-13) parece ser de pura acción profética, pues no pronuncian ni una palabra en todo el relato. La profecía siempre debe mantener esta correlación de palabra y acción. Como dice la canción, “no basta orar”, ni basta solamente la profecía verbal sin acción profética (ora et labora; “a Dios orando y con el mazo dando.” El pueblo de Dios está llamado a ser una comunidad pentecostal, carismática y profética. ¿Está la Iglesia evangélica, en América Latina hoy, dispuesta a asumir este reto? Que Dios nos ayude a ser fieles y valientes, con esa presencia profética que nos exige su Palabra, como también nuestro momento histórico.

NOTAS
1) Puesto que el Espíritu reparte sus dones entre todos los miembros del cuerpo, no debemos distinguir entre cristianos “carismáticos” y otros que supuestamente no lo son. Según el Nuevo Testamento, todo cristiano es carismático.
2) Dejamos a un lado la pregunta, hasta qué punto el sermón es de Pedro mismo o hasta qué punto puede ser redacción de Lucas, que no afecta nuestro argumento.
3) Este proyecto de asistencia a los pobres de Jerusalén fue muy importante en la fase final de la misión de San Pablo (Ro 15.26; 1 Co 16.1-4; 2 Co 8-9; Hch 20.22-25; 21.11; cf. Ga 2.10).
4) Asociado con el Jubileo estaba el sábado de la tierra, cada siete años, en que debían cancelar todas las deudas y liberar a todos los y las israelitas bajo servidumbre (Dt 15).
5) No debe dejar de leerse, con mucha oración, el enjundioso capítulo (¡que nos parece en sí profético!) de Arens y Díaz Mateos, “Profeta, testigo y mártir” (2000:437-452).
6) Debe quedar claro que no estamos afirmando que todos los creyentes son profetas, sino que la Iglesia como tal está llamada a ser una comunidad profética. El énfasis en Hechos 2 sobre la universalidad del don pentecostal, que se extiende a todos y a todas en la comunidad, muestra que aun los que no son “profetas” por vocación están llamados a ser “proféticos” como miembros del cuerpo de Cristo.
7) Llama la atención que sólo aquí esta fórmula cuatripartita menciona “reyes”, lo que da a la comisión de Juan un énfasis más fuerte en el aspecto político. De hecho, a continuación Juan va a denunciar a diferentes, reyes, sobre todo los emperadores romanos (capítulos 13-19.
8) En el Apocalipsis, “testigo” (mártus) suele sugerir martirio (1.5; 2.13). El testimonio profético de los dos testigos consiste sobre todo en su muerte, vituperio y resurrección.

BIBLIOGRAFIA
Arens, Eduardo y Manuel Días Mateos, Apocalipsis: la fuerza de la esperanza (Lima: CEP, 2000).
Blenkinsopp, Joseph, “Profetismo y profetas” en Comentario bíblico internacional, William A. Farmer, Armando Levoratti et al ed. (Estella: Verbo Divino 1999), 867-872.
Fee, Gordon y Douglas Stuart, La lectura eficaz de la Biblia (Miami: Editorial Vida, 1985)
Rofé, Alexander, “Jeremiah” en HarperCollins Bible Dictionary, Paul J. Achtemeier ed (HarperSanFrancisco 1996), 490-492.
Stam, Juan, Apocalipsis y Profecía (Buenos Aires: Kairós, 1998).
Stam, Juan, Apocalipsis (Buenos Aires: Kairós, 1999).
Vine, W.E. Vine’s Complete Expository Dictionary of Old and New Testament Words (Nashville: Thomas Nelson, 198

Juan Stam, La Biblia en México 2006

Fuente: ALCNOTICIAS.org

jueves, 24 de mayo de 2012

El Pentecostés tiene fecha (1ª entrega)

Al festejarse este domingo 27 de mayo el Día de Pentecostés, ALC quiere acercar a sus lectores y lectoras unas reflexiones del teólogo Juan Stam sobre el significado de Pentecostés y su relevancia hoy.
Las iglesias evangélicas observan infaliblemente dos celebraciones especiales cada año: la Navidad y Semana Santa. Pero hay dos sucesos más, también sumamente importantes, con fecha del mes y del día, que nunca se celebran. Son el domingo de Ascensión y el domingo de Pentecostés. ¿Cuántos de nosotros nos dimos cuenta el pasado 11 de mayo que se cumplían los cincuenta días después de la Pascua? Es tal nuestro olvido de las bases históricas de nuestra fe, que ni las iglesias pentecostales acostumbran celebrar el día de Pentecostés. Hermanos y hermanas, ¡recordemos que el pentecostés es una fecha y no sólo ciertas experiencias especiales!
Eso levanta una pregunta importante para hoy: ¿Qué significa, bíblicamente, ser pentecostal? Para responder a esa pregunta, tenemos que volver al día de Pentecostés, en que Cristo fundó la iglesia en el Espíritu y marcó su carácter para siempre. Es obvio, entonces, que ser pentecostal es vivir de acuerdo con el modelo que nos da el capítulo dos de los Hechos.
El Pentecostés, según este capítulo, ocurrió en tres momentos, tres fases, y todos los tres son indispensables para una auténtica pentecostalidad. En primer lugar, experimentaron los poderosos dones del Espíritu Santo (Hch 2:1-13). En segundo lugar, Pedro proclamó el evangelio con un mensaje profundamente bíblico (2:14-41). En tercer lugar, una comunidad transformada practicó el evangelio en todas sus consecuencias (2:42-47). ¡Eso es ser pentecostal, todo eso y nada menos!
Los discípulos tenían por delante una gran tarea de comunicación, y el Espíritu los calificó para ella con el extraordinario don de idiomas extranjeros. El texto hasta identifica la larga lista de pueblos en cuyas lenguas los apóstoles hablaron "las maravillas de Dios" (2:11), y todos oyeron "en su propio dialecto" (2:6, griego), "en nuestra lengua en que hemos nacido" (2:8). Lo interesante es que en seguida Pedro les predicó en una lengua común, probablemente un griego medio machucado porque no era su lengua materna. Pero entendieron muy bien su mal griego, tanto que tres mil personas entregaron sus vidas a Cristo. Entonces, ¿Para qué hacían falta las lenguas? ¿Cuál fue la intención del Espíritu en impartir ese don, si de todas maneras entendían el sermón de Pedro?
Creo que el propósito y el sentido del don de lenguas en el Pentecostés era doble. Primero, el Señor quería decirnos que todos los pueblos tienen el derecho de escuchar el evangelio en su propio "dialecto" en que han nacido, en los tonos auténticos de su propia cultura. En el día de Pentecostés el Espíritu demostró que el evangelio no tiene ningún idioma oficial, ni el latín ni el inglés ni el hebreo ni el griego. Para nuestros hermanos y hermanas bribrí, el lenguaje del evangelio es el bribrí. Tampoco tiene el evangelio una cultura oficial. El evangelio está llamado a encarnarse en los "acentos" auténticos de cada cultura, como Jesús mismo se encarnó plenamente en la cultura suya.
Creo que San Pedro da otra razón del don de lenguas cuando explica en su sermón lo que había pasado (2:17-18). En esta cita de Joel 2:28-32, debemos observar dos detalles: aquí ni Joel ni Pedro mencionan el don de lenguas como tal, pero todos los dones mencionados son de tipo profético (profetizar, ver visiones, soñar). Además, según Joel y Pedro, los dones se reparten entre todos los creyentes, sin discriminación alguna, ni de edad (hijos, ancianos), ni de sexo (hijos, hijas), ni de clase social (siervos, siervas). En otras palabras, el don de lenguas aquel día significaba que de ahí en adelante, la iglesia entera estaría llamada a ser una comunidad profética en medio de las naciones (2:9-11). En el Antiguo Testamento, sólo unos pocos recibieron el Espíritu y el llamado profético. Ahora, el Espíritu profético, que vino sobre Elías e Isaías y todos aquellos antiguos portadores de su presencia y su poder, ha venido sobre toda la comunidad.
Pero no basta sólo la experiencia de los dones del Espíritu para ser pentecostal. El segundo momento, la predicación fiel de la Palabra con exposición bíblica clara y cuidadosa (2:14-41), es esencial a la pentecostalidad, igual que el tercer momento, una nueva comunidad que llega aun hasta compartir todos sus bienes (Hch 2:42-47; 4:31-35).
¿Qué significa ser pentecostal?
En las últimas décadas, durante más de un siglo, Dios ha bendecido a su iglesia con un poderoso mover del Espíritu. Pero igual que en los tiempos de Pablo, parte de la iglesia se ha polarizado entre "anti-pentecostales" como los tesalonicense (1 Tes 5:19-21) y algunos ultra-pentecostales como los corintios (1 Cor 12-14). A los tesalonicenses Pablo les exhortó a no apagar al Espíritu, y a los corintios a hacer todo decentemente y en orden, para edificación. Pero en ambos casos, Pablo está llamando a la iglesia a ser verdaderamente pentecostal.
Eso levanta una pregunta importante para hoy: ¿Qué significa, bíblicamente, ser pentecostal? Para responder a esa pregunta, tenemos que volver al día de Pentecostés, en que Cristo fundó la iglesia en el Espíritu y marcó su carácter para siempre. Es obvio, entonces, que ser pentecostal es vivir de acuerdo con el modelo que nos da el capítulo dos de los Hechos.
El Pentecostés, según este capítulo, ocurrió en tres momentos, tres fases, y todos los tres son indispensables para una auténtica pentecostalidad. En primer lugar, experimentaron los poderosos dones del Espíritu Santo (Hch 2:1-13). En segundo lugar, Pedro proclamó el evangelio con un mensaje profundamente bíblico (2:14-41). En tercer lugar, una comunidad transformada practicó el evangelio en todas sus consecuencias (2:42-47). ¡Eso es ser pentecostal, todo eso y nada menos!
Los discípulos tenían por delante una gran tarea de comunicación, y el Espíritu los calificó para ella con el extraordinario don de idiomas extranjeros. El texto hasta identifica la larga lista de pueblos en cuyas lenguas los apóstoles hablaron "las maravillas de Dios" (2:11), y todos oyeron "en su propio dialecto" (2:6, griego), "en nuestra lengua en que hemos nacido" (2:8). Lo interesante es que en seguida Pedro les predicó en una lengua común, probablemente un griego medio machucado porque no era su lengua materna. Pero entendieron muy bien su mal griego, tanto que tres mil personas entregaron sus vidas a Cristo. Entonces, ¿Para qué hacían falta las lenguas? ¿Cuál fue la intención del Espíritu en impartir ese don, si de todas maneras entendían el sermón de Pedro?
Creo que el propósito y el sentido del don de lenguas en el Pentecostés era doble. Primero, el Señor quería decirnos que todos los pueblos tienen el derecho de escuchar el evangelio en su propio "dialecto" en que han nacido, en los tonos auténticos de su propia cultura. En el día de Pentecostes el Espíritu demostró que el evangelio no tiene ningún idioma oficial, ni el latín ni el inglés ni el hebreo ni el griego. Para nuestros hermanos y hermanas bribrí, el lenguaje del evangelio es el bribrí. Tampoco tiene el evangelio una cultura oficial. El evangelio está llamado a encarnarse en los "acentos" auténticos de cada cultura, como Jesús mismo se encarnó plenamente en la cultura suya.
Creo que San Pedro da otra razón del don de lenguas cuando explica en su sermón lo que había pasado (2:17-18). En esta cita de Joel 2:28-32, debemos observar dos detalles: aquí ni Joel ni Pedro mencionan el don de lenguas como tal, pero todos los dones mencionados son de tipo profético (profetizar, ver visiones, soñar). Además, según Joel y Pedro, los dones se reparten entre todos los creyentes, sin discriminación alguna, ni de edad (hijos, ancianos), ni de sexo (hijos, hijas), ni de clase social (siervos, siervas). En otras palabras, el don de lenguas aquel día significaba que de ahí en adelante, la iglesia entera estaría llamada a ser una comunidad profética en medio de las naciones (2:9-11). En el Antiguo Testamento, sólo unos pocos recibieron el Espíritu y el llamado profético. Ahora, el Espíritu profético, que vino sobre Elías e Isaías y todos aquellos antiguos portadores de su presencia y su poder, ha venido sobre toda la comunidad.
Pero no basta sólo la experiencia de los dones del Espíritu para ser pentecostal. El segundo momento, la predicación fiel de la Palabra con exposición bíblica clara y cuidadosa (2:14-41), es esencial a la pentecostalidad, igual que el tercer momento, una nueva comunidad que llega aun hasta compartir todos sus bienes (Hch 2:42-47; 4:31-35). Continuará mañana....

Fuente: ALCNOTICIAS