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viernes, 26 de septiembre de 2014

CRISTIANOS POR LA DIGNIDAD

Por. Arturo Canaval Barboza, Perú*


“Somos una iglesia cristiana que apuesta por la dignidad humana o una iglesia indiferente al dolor y la necesidad más sentida de las personas, somos un claustro de “santos” o somos santos llevando dignidad”.
Recuerdo un día, en la ciudad de Lima, como en muchas ciudades latinoamericanas, que subió un niño al bus, de unos 8 a 10 años aproximadamente y contó que trabajaba en la mañana porque estudiaba en la tarde y su mamá lavaba ropa, así que él para ayudar con la leche de su hermanita vendía caramelos, cuando pasaba por los asientos un señor le dio una moneda y le dijo no me des los caramelos, lo sorprendente fue la reacción del menor quien le dijo: ¡No, señor, valore mi trabajo! Tomó cinco caramelos y se los puso en la mano y continuó vendiendo.
Esa acción me hizo interpelarme sobre la dignidad del ser humano, al ver un niño que pedía valorar su trabajo, esto es en otras palabras, dignifíquenme por lo que soy y por lo que hago; sin embargo, la iglesia y muchos cristianos de hoy se han olvidado de la dignidad humana y más importa la religiosidad, las tradiciones y los personalismos. Muchas iglesias en vez de ver la necesidad de respeto y valor que requiere la gente, prefieren como se dice en el argot evangélico “sacarlos de la esclavitud mundo” para meterlos en la iglesia y aislarlos de su sociedad a la cual deben impactar; así tenemos a esclavos sacados del mundo y convertidos en esclavos de la religiosidad y como sabemos ningún esclavo puede vivir en dignidad.
Entonces ¿estará mal que la iglesia reúna a los creyentes? Por supuesto que no, lo que está errado es convertir la iglesia en un gueto desde el cual los separen y hasta les escondan del mundo o sociedad y por otro lado sea un bunker para combatir desde las trincheras levantadas en la iglesia contra una sociedad maligna.
Esta situación me generó una pregunta con una perspectiva así tan exclusivista y hasta sectaria: ¿Cómo se puede recuperar la dignidad? Recuerdo que las Escrituras dicen que Jesús caminaba por las calles tocando leprosos, comiendo con pecadores y prostitutas, sanando enfermos y hasta resucitando cadáveres; si somos cristianos, ¿no debemos andar como Él anduvo? ¿O es que perdimos la visión y nos enquistamos dentro de cuatro paredes porque es más cómodo y fácil ser cristiano adentro de la iglesia haciendo oídos sordos a las necesidades y siendo ciegos a las injusticias que sufre esta sociedad?
No veo a un Jesús sentado en la primera banca de la iglesia pidiendo a su Padre que salve a esos pecadores, sin hacer nada por ellos; tampoco puedo imaginarme a Jesús predicando desde el púlpito y diciendo “esta iglesia tiene la verdad, y santidad es separarse del mundo”, cuando él mismo murió por este mundo y convivió con él, siendo siempre él quien daba dignidad a las personas (“Porque de tal manera amo Dios a este mundo, que dio a su único Hijo…” Jn.3:16). Si un niño puede demostrarnos que es dignidad porque a la iglesia le cuesta tanto entenderlo, tal vez sea por ignorancia, conformismo, tradicionalismo o manejo del poder, sin embargo debemos abrir los ojos y ver como el Maestro veía.
Durante estos años he visto diferentes definiciones y perspectivas con relación a la iglesia y el mundo o sociedad, y cada vez me convenzo más que la iglesia es un espacio de convivencia y de entrenamiento en el cual los cristianos celebran la vida y aprenden como vivirla mejor con el acompañamiento de Dios por medio de su Espíritu Santo; cuando realmente la iglesia cristiana salga a las calles a caminar como Jesús y vea el dolor, el sufrimiento, la angustia, la depresión, la injusticia y tantas otras señales que producen muerte, entonces -y solo entonces- comprenderá que sin dignidad no hay humanidad y sin humanidad no hay cristiandad, no debemos olvidar que para ser cristianos primero debemos ser humanos.
Empecemos a buscar quienes son los leprosos de hoy, donde están los más indignos de nuestras sociedades y que nuestros actos luchen contra los fariseos de nuestras iglesias cristianas quienes se creen justos, santos y perfectos olvidándose así de la misericordia que están necesitando los indignos de este mundo; que ciertas y actuales se hacen las palabras de Juan Wesley: “Mi parroquia es el mundo”.
  
*Pastor Arturo Canaval Barboza
Misionero argentino en el Perú
Metodista, Pastor de la iglesia Sendas de vida en Lima, Perú
Terapeuta de Familia, investigador y teólogo
Coordinador y docente de Seminario Teológico ISETI en sedes de Lima, Perú
Mag. en Terapia Familiar en la Universidad Peruana Unión, Lima, Perú
Licenciado en Ciencias Teológicas, especialidad Psicología pastoral en la UBL San José, Costa Rica
Diplomado en Consejería Bíblica personalizada en Centro pastoral El Redil Tres Ríos, Costa Rica
Seminario Integrado en la región andina (Bolivia, Perú, Chile, Norte argentino) en ISEAT La Paz, Bolivia.
Fuente: Cordialmentepxg

martes, 21 de enero de 2014

The Hunger Games

Por. F. Javier Goitia Padilla, Puerto Rico*
Lucas 2:15-20
“La esperanza es lo único más poderoso que el miedo”, le dijo Snow, el presidente del reino totalitario de Panem, a Seneca Crane, el director de los Hunger Games. El comentario lo hace Snow para educar a Seneca en cuanto a la razón misma de los juegos: frente a la rebelión pasada de los distritos, los juegos se establecen  como premio/castigo de parte del reino totalitario. Los juegos deben fomentar alguna esperanza, pero no mucha, de modo que motive a los súbditos a participar pero que los mantenga en su lugar. La ecuación para que el distrito de la Capital mantenga sus privilegios y viva del esfuerzo de los otros doce distritos de Panem, comenta Snow, es un poco de esperanza en medio de vidas hambrientas y llenas de miedo. Katniss, una excelente arquera y fuerte mujer, pasa de su Distrito, el número 12 dedicado a la minería, a la Capital, el distrito de la opulencia y los privilegios, para participar en los juegos, que son, no incidentalmente, un evento mediático.  Los juegos – con la participación de dos voluntarios escogidos al azar por representantes del gobierno por cada uno de los doce distritos pobres – son una batalla todos contra todos donde sólo el ganador salvará su vida. Allí se descargan las frustraciones y los quebrantos de los súbditos al salpicarles un poco de esperanza. El Distrito del participante ganador tendrá alimentos durante todo un año.
Así como Katniss y los participantes de los Hunger Games, los pastores debieron sentir ambas cosas – tanto miedo como esperanza – en su encuentro con lo maravilloso; en su epifanía y concierto de ángeles que les anunció la llegada del mesías (Lucas 2:9; 13-14). La luz epifánica debió estremecer una noche cualquiera. Una noche de larga vigilia, de frío y de alerta por posibles ladrones y animales salvajes acechando a las ovejas. Las conversaciones cotidianas – las que posiblemente se repetían cada noche entre los pastores con alguna variante menor – fueron sorprendidas por el coro celestial. El texto marca así un momento extraordinario en la vida de los pastores, de la historia y de la creación. Algo sorprendente, más allá de lo conocido y lo esperado, ha ocurrido. Se invita a los pastores a ir a Belén; no como premio/castigo ni como una migaja de esperanza, sino como el anuncio de la encarnación de Dios; como la llegada del jubileo; el año agradable del Señor. El viaje no es a la opulencia ni al privilegio. No es una travesía para participar de una caricatura mediática que promueva un poco de esperanza en medio de vidas hambrientas y llenas de miedo. El ángel fue claro: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre (Lucas 2:12). ¡Y lo encontrarían en Belén, la ciudad de David! (2:10-11). En Belén; un pueblito cualquiera, lejos de la capital del imperio y en la periferia de Jerusalén. La ecuación aquí no es un poco de esperanza y mucho miedo para mantener a los pastores en su lugar. Pero mientras Katniss fue de su distrito minero a la Capital opulenta como variable en un juego con una ecuación que producía migajas de esperanza, los pastores fueron del campo y las ovejas a un pesebre. La ecuación allí, en el pesebre, era diferente. Era la de una esperanza que espanta el miedo para traer salvación, justicia y dignidad como los fundamentos de la paz. Pasemos, pues, a Belén.
En Belén, en el pesebre, los pastores se convirtieron en los primeros teólogos y hermeneutas de la iglesia. El texto dice que, al verlo, (los pastores) dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del niño (Lucas 2:17). Los pastores recibieron, interpretaron  y proclamaron la revelación de Dios. Documentaron y confirmaron la identidad del Niño Dios. La revelación necesita interpretación. Necesita ser actualizada y proclamada. La identidad del Niño Dios no es obvia ni automática. El miedo y la esperanza llegan a nuestras vidas tanto por los quebrantos y luchas de todos los días como por las construcciones mediáticas y las manipulaciones programáticas de las fuerzas que nos quieren mantener en un lugar determinado. Llegan como premio de las estructuras que promueven, validan y fomentan la dependencia, la pobreza, el desconsuelo y la burundanga. El miedo y la esperanza llegan a nuestras vidas tanto por los desencantos y sinsabores de relaciones tóxicas como por la lencería y camándulas de entendimientos de belleza, de humanidad y de éxito manipulados y manoseados. Katniss fue a una entrevista en un talk show para promover los juegos con un traje rojo espectacular que producía fuego por el movimiento. Su belleza y sensualidad le ganaron el favor del público y de auspiciadores. Un favor que promovía la muerte. El miedo y la esperanza que llegan junto a entendimientos simplistas y acríticos del pesebre y del niño Dios, pueden ser promotores de muerte, si no escuchamos bien, ni observamos bien, a los pastores. Los pastores, con su propio ser y circunstancias, interpretaron la llegada del Niño; el valor del pesebre. La llegada de este niño fue un anuncio particular. El anuncio, que ya de grande, hizo el Mesías en el templo: El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos; a  predicar el año agradable del Señor (Lucas 4:18-19). El pesebre no produce ni adelanta privilegios; no promueve esperanza vacua. Dios empeña su Palabra con los marginados y los desechados de la sociedad. El pesebre produce vida, sin engaños ni manipulaciones. Sin trajes que al moverse produzcan fuego y sin talk shows que promuevan escaparates de fantasía. El Dios del Universo se hizo de carne y hueso. Lo finito de la creación fue capaz de contener lo infinito de Dios; este Dios se reveló y levantó la vida de los pastores. Y todos los que oyeron, se maravillaron de lo que los pastores les decían (Lucas 2:18).
Este anuncio particular que es la encarnación de Dios y su llegada a la vida de los pastores en un pesebre tiene consecuencias sorprendentes. Sus consecuencias no merodean alrededor de conversaciones sin consecuencias ni  de viernes negros que administran dosis pírrimas de esperanza como mantenimiento del desconsuelo. La llegada de lo infinito al territorio de lo finito; la llegada de la plenitud de la gloria y del ser del Dios del Universo a la historia cambia vidas; cambia el transcurso de lo acostumbrado. La esperanza de Katniss era salvar su propia vida y regresar a su distrito, ahora con su futuro asegurado y vestido de alguna comodidad, en medio de la necesidad y monigoteo de sus compueblanos. Era regresar a la vida de siempre con alguna dignidad comprada con sangre. El primer ganador de los Hunger Games de su distrito, Haymitch, vivía en una mansión en medio del pueblo; solo y alcoholizado. No podía sobrellevar su porción de bienestar en medio de su comunidad que continuaba agonizando. El anuncio de la encarnación es distinto y produce una esperanza distinta. Se sustenta en un tríptico de trípticos que el autor de Lucas enlaza a través del evangelio. Comienza, por supuesto, en Belén: Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón (Lucas 2:7): pañales, pesebre, y sin lugar. Este tríptico se amarra con el de la cruz: Y quitándolo, lo envolvió en una sábana, y lo puso en un sepulcro abierto en una peña, en el cual aún no se había puesto a nadie (Lucas 23:53): sábana, sepulcro abierto, donde nadie se había enterrado. Finalmente, el recién nacido que murió es confirmado en la tumba vacía: No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea (Lucas 24:6). Ni los pañales ni la sábana están. La condición humana ha sido vencida. El pesebre y el sepulcro han dado paso a una ausencia y a una nueva realidad: no está aquí, sino que ha resucitado. El amarre de los trípticos termina en proclamación: el ruido del mesón y el silencio de un sepulcro sin usar dan paso a la memoria evangélica: acordaos de lo que os habló. La encarnación termina en la proclamación de la memoria del resucitado.
Los pastores son quienes, en el texto de Lucas, documentaron y confirmaron la identidad del Niño Dios. Son los primeros tejedores del evangelio: los primeros teólogos y hermenéutas cristianos. Pero su trabajo no quedó ahí: terminó en doxología. Dice Lucas que los pastores volvieron glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho (Lucas 2:20). Todo encuentro con la revelación de Dios, con Su encarnación en el pesebre y con su interpretación a favor de los vulnerables, termina en adoración. Por eso celebramos la navidad. No como el rescate simplista de una fecha sino como el reclamo evangélico de una memoria: la memoria del Dios que se encarnó, que murió y resucitó. Aún cuando Katniss ganara los Hunger Games, la situación del distrito 12 no cambiaría. La esperanza de sus compueblanos era una ecuación premeditada de dominio. El nacimiento, muerte y resurrección de Jesucristo es una esperanza diferente que reclama una adoración diferente, no unos juegos de dominio y fanfarria.  Dios empeña su Palabra y envía a Su Hijo para que tu vida, tus días, y tu destino sean diferentes. Para que los pañales y la sábana que cubrieron de humanidad a Jesús, – de tu humanidad y de la mía – den paso al No está aquí que nos transforma la vida a la imagen de Su gloria. Es una esperanza de plenitud, de bienestar, y de paz verdadera, porque viene de la encarnación de Dios, de la llegada de Su Palabra que establece Su jubileo en favor de los pequeñitos de Su creación. Por esto celebramos la navidad. Por esto cantamos hosannas con los ángeles; y por esto, con los pastores,  glorificamos y alabamos a Dios por todas las cosas que hemos oído y visto, como se nos ha dicho.

* F. Javier Goitia Padilla. Profesor del Seminario Evangélico de Puerto Rico de Teología Sistemática y Homilética. Pastor de la Iglesia Evangélica Luterana Del Buen Pastor, en San Juan, Puerto Rico. Graduado de la Escuela Luterana de Teología de Chicago (Ph.D, Th.M) y del Seminario Teológico Luterano de Filadelfia (S.T.M., M. Div.).

Fuente: Lupaprotestante, 2014.