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sábado, 23 de diciembre de 2017

Una palabra de esperanza

Por. Jorge D. Zijlstra, EE:UU
La misericordia y la verdad se encontraron; La justicia y la paz se besaron.
La verdad brotará de la tierra, Y la justicia mirará desde los cielos.
Salmo 85:10-11
La proclama del Salmista respecto a un tiempo donde podamos ver plenamente encarnadas la misericordia, la verdad y la justicia -elementos fundamentales de la fe- es ciertamente nuestra esperanza. Porque como bien expresa el profeta Isaías (32:17) : La justicia producirá paz, y en esa paz podremos tener la experiencia de la tranquilidad y la confianza – no para un solo día o para un rato- sino para siempre. Ese es nuestro anhelo, en especial en un tiempo con tanta necesidad, con tanto dolor que cargamos y que nos rodea y con tanta precariedad de la vida que nos ha dejado el Huracán.
Desde el impacto del Huracán María en Puerto Rico he reflexionado mucho en las enseñanzas que traen estos tiempos difíciles, en que hemos perdido la paz y en que desde los cielos lo que se observa en nuestra tierra es sufrimiento, carencias y realidades que son -en gran parte- fruto de muchas injusticias que antes estaban ocultas a nuestros ojos o escondidas lejos de nuestras carreteras.
Pero esta visión cósmica que nos trae el salmista llama a la confianza porque presenta la idea de un mundo ordenándose como al principio, cuando Dios vio que todo lo creado era bueno (Génesis); o como al final de los tiempo cuando la humanidad conocerá nuevos cielos y nueva tierra donde el dolor, la muerte y la lágrima ya no tendrán lugar (Apocalipsis). El salmista con su llamado a la paz, que surge de la vivencia de la misericordia y la justicia, nos propone la existencia de un Dios que no ha dejado de echarle un ojo a nuestra realidad; un Dios que se encarna en la vida y que no deja de empujar la renovación de la creación que, aunque aún gime como mujer con dolores de parto (Pablo), a la vez está bajo su cuidado desde los orígenes y hasta la consumación de la historia.
Por esto el futuro que construimos -desde el ahora de la historia- requiere todos nuestros esfuerzos en pro del día en que se abrazarán la misericordia, la verdad y la justicia y podremos conocer realmente el alcance profundo de la paz que es שלום (shalom) y también ειρήνη (eirene), y que se construye paso a paso, aprendiendo de cada día sus enseñanzas. Esta perspectiva sobre la vida que tiene la persona de fe es la que nos permite afirmar:
Sé vivir con limitaciones, y también sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, tanto para estar satisfecho como para tener hambre, lo mismo para tener abundancia que para sufrir necesidad; [Porque] ¡todo lo puedo en Cristo que me fortalece! (Filipenses 4: 12-13 RVC)
O como dice el credo antiguo pre-reformado que sella la identidad de los Valdense que desde el Siglo XII expresaban su fe y su resistencia con una afirmación basada en Juan 1: 5 que en latín reza “Lux Lucet in Tenebris” (la luz resplandece en las tinieblas) y que el Evangelio completa con la afirmación “y las tinieblas no prevalecieron contra ella”. (Juan 1:5)
La luz y la vida (ver Juan1:4), la misericordia y la verdad, reveladas en las palabras, las prácticas y el espíritu de Jesús, son las que iluminan la existencia y movilizan la esperanza del pueblo, especialmente, en tiempos de adversidad, de desierto y de devastación. El motor de nuestra acción es ese mundo nuevo que Jesús llamaba “Reino de Dios” y que se construye desde la justicia, esperanza escatológica que nos permite luchar el presente.
Por eso hoy es bueno reflexionar sobre para qué y cómo seguir adelante como país, redoblando nuestro compromiso con ese mundo mejor, por venir, que da sentido a nuestra acción y a nuestras prácticas cotidianas. Recordemos que Jesús vino al mundo a anunciar buenas nuevas para personas cautivas. Buenas noticias para contextos difíciles. Buenas noticias para un tiempo árido de ellas. Buenas noticias que trastocan esquemas y que llaman renovaciones. Buenas noticias de Jubileo, de perdón de deudas, de redención, de reconstrucción, de nacimiento de lo nuevo que se va gestando, aún en medio del desorden y la no-vida (ver Génesis 1:2).
He ahí la fuerza del Salmo que propone el abrazo de la verdad, la justicia y las prácticas de misericordia como pre-requisitos, o realidades inseparables, para la experiencia comunitaria de la paz. En este sentido lo que viene sucediendo en medio nuestro -en especial luego de María- es que engendrando los proyectos de Dios en el hoy histórico que nos toca vivir, encarnamos a Cristo nuevamente en medio de los dolores y las esperanzas de nuestra gente. San Ambrosio decía: “Cualquier alma que cree, concibe y engendra al verbo de Dios” y esto está sucediendo en medio nuestro.
Por tanto, cada una y cada uno de nosotros somos los renuevos de Jesús que plantamos en nuestros jardines cuando hacemos brotar la justicia, la verdad y la misericordia en medio nuestro. Ahí está la fuerza para seguir sirviendo, construyendo, apoyando, dándonos a los demás.
Jurgen Moltmann, quien vivió la experiencia del nazismo y de los campos de concentración en Bélgica, en su famoso libro “Teología de la Esperanza” afirma algo muy interesante. Dice:
el centro de nuestra fe es nuestra esperanza y Él es nuestra esperanza porque nos ha asegurado desde el principio la realización de un mundo nuevo donde los pobres serán bienaventurados, donde los tristes serán consolados y donde el ingreso al llamado “cielo” estará supeditado al principio ético de haber cumplido o no con la responsabilidad hacia el que tiene hambre, necesidad de un techo, carencia de ropa, del afecto de una visita o hasta un simple vaso de agua.
Jesús es nuestra esperanza por su triunfo, porque nuestras fuerzas no son las nuestras sino la de Él, pero especialmente porque reconocemos que Él ha definido que somos su familia más cercana, en la medida que hacemos la voluntad de quien nos envió. “Mi padre y mis hermanos son los que hacen la voluntad de mi padre”, le dijo a sus discípulos. Y su voluntad es la de un mundo más fraterno y justo donde el amor al prójimo y a Dios moja todos los tejidos de la sociedad.
Es la fe la espera de lo que no se ve, es la certeza de lo que no se puede palpar -aún- como realidad plena; Y, a veces, es incluso lo que no puede, prácticamente, ni ser soñado.
Moltmann sabe bien de lo que habla y describe que ese otro mundo esperado y prometido muchas veces “entrar en colisión con la realidad experimentable en el presente”. Sin embargo, en esa confrontación entre realidad circundante y promesa, tan cruda a veces, ahí mismo es que se vive el desafío de la fe en esa tensión escatológica entre el “ya” pero el “todavía no”.
Esa es la tensión, la angustia, la incomodidad que hace que no alcance con la proclama de paz, si no viene acompañada de la verdad, la justicia y los actos de misericordia, tan necesarios hoy en nuestro terruño para asegurar la vida, en especial de las personas más vulnerables. Es la tensión sobre la que habla el Reformador francés, Juan Calvino, cuando dice:
“Se nos promete la vida eterna; pero se nos promete a nosotros, los muertos. Se nos anuncia una resurrección bien aventurada; pero entretanto estamos rodeados de podredumbre. Se nos llama justos; y, sin embargo, el pecado habita en nosotros. Oímos hablar de una bienaventuranza inefable; pero entretanto nos hallamos oprimidos aquí por una miseria infinita. Se nos promete sobreabundancia de todos los bienes; pero somos ricos sólo en hambre y en sed. ¿Qué sería de nosotros si no nos apoyásemos en la esperanza, y si, en este camino a través de las tinieblas, iluminado por la palabra y por el espíritu de Dios, no se apresurase nuestro entendimiento a ir más allá de este mundo?” (Ad. Hebreos, 2,1-11).” (cita de Calvino en Moltmann). [1]
Un camino a la luz, a través de las tinieblas, conocemos mucho de esto desde el Huracán María. Un camino hacia la verdad, la justicia, la misericordia y la paz, desde una profunda carencia y necesidad. Un camino de porfiada esperanza, como me gusta decir desde hace un tiempo, un camino de obstinado y perseverante compromiso constructor de paz.
Voy terminando estas reflexión desde el Salmo 85 recordando las palabras de Benjamin Ferencz, quien con solo 28 años fue el fiscal que llevó adelante la acusación de 22 militares acusados por el genocidio orquestado por Hitler durante la Segunda Guerra Mundial; cuando entrevistado por un periodista responde a la siguiente pregunta:
– Al cabo de noventa años ha visto tanta muerte y tanta miseria en el espíritu humano… ¿cómo es que mantiene encendida la llama de esperanza?
– No tengo alternativa. Desde luego que he visto mucho sufrimiento… demasiado, pero no puedo hacer una pausa ni dejar de cumplir con mi credo mientras tenga un soplo de vida para mejorar la manera como los seres humanos se relacionan mutuamente. No tengo vacaciones, no tengo días de fiesta, no tengo un salario… y todo porque lo único que me alienta a seguir vivo es hacer lo que mi conciencia me dicta que debe ser hecho. [2]
Lo que dicta mi conciencia que debe ser hecho es continuar la búsqueda incansable de la verdad, luchar sin pausa por la justicia, realizar actos constantes de solidaridad y misericordia. Esto es lo que Dios nos invita a hacer para que haya paz en nuestra tierra y así soñar con el Salmista el nuevo tiempo que hoy estamos construyendo. Nuevo tiempo que nos permite encontrarnos con la misericordia y la verdad allá arriba en nuestras montañas golpeadas y en las casas pobres destruidas por el Huracán; o encontrarnos con la paz que nos arropa luego de días, semanas y meses intensos sirviendo a nuestra gente más humilde, practicando misericordia a las personas olvidadas y pobres.
La paz llega a nuestra tierra cuando pensamos en el futuro no como una búsqueda de regreso a la “normalidad”, o a “volver a vivir igual que antes”; sino por el contrario, como una construcción que se realiza desde el hoy de cada uno de nosotros, con nuevos compromisos por la justicia, la misericordia y la solidaridad y con una nueva propuesta de país que provea para un mejor y buen vivir en esta tierra, empezando por los de abajo y contando primero con nosotros mismos como constructores de nuevas realidades.
Ciertamente podremos pensar -como decía la Madre Teresa de Calcuta, “que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar” pero ¿qué sería del mar si le faltara esa gota?. Por esto cuando quieras la experiencia de la paz, procura justicia para el otro, has tu parte y
La misericordia y la verdad se encontraran en Borinquen ;
La justicia y la paz se besaran en Humacao, en Adjuntas y en cada Pueblo.
La verdad brotará de nuestra tierra,
Y Dios verá justicia desde el cielos.
“Por eso es que hoy tenemos esperanza; por eso es que hoy luchamos con porfía; 
por eso es que hoy miramos con confianza, el porvenir en esta tierra mía”. [3]
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[3] “Tenemos esperanza”, Obispo Federico Pagura.


Fuente: Lupatrotestante, 2017

martes, 29 de diciembre de 2015

Como vivir la Navidad en una sociedad de consumo



Por. Víctor Rey Riquelme
Hoy la navidad sufre una gran distorsión en su sentido real. Cuando pensamos en la navidad inmediatamente vienen a nuestra mente Santa Claus o el Viejito Pascuero, los regalos y toda la fiebre consumista que se origina en torno a esta festividad.  Todo esto nos produce una alta carga de estrés y también de angustia.  Es necesario encontrar el verdadero sentido y compartirlo con las personas que en esta fecha se encontrarán solas y deprimidas. Por otro lado, hay que vivirlo con los más empobrecidos, los más vulnerables y los que se encuentran sin esperanza.
Seguimos viendo que la realidad en nuestras ciudades se va empeorando, las expectativas y la realidad de nuestro pueblo siguen estando marcadas por los signos de la antivida. Las profundas desigualdades sociales, las contradicciones socioeconómicas y la desesperanza están marcando el paso en la vida cotidiana.
La experiencia de los pastores en la fría noche de navidad vuelve a convertirse en una realidad. Nuestro mensaje y nuestra acción deben cargarse de mucha esperanza. La gente desea escuchar buenas noticias, noticias que construyan, estimulen e impulsen la vida plena.  Queremos escuchar buenas noticias que sean de gozo para todo el pueblo.
Esta buena noticia no es sólo un sistema de ideas que se contrapone a otros sistemas vigentes en el mundo. No se trata de una ideología más en el supermercado intelectual y religioso del momento. Se trata de un poder, de una forma de vivir y de plantarse frente al mundo. Se trata de una comunidad que trasciende barreras.
Para recuperar el sentido vigoroso de un estilo de vida cristiano hay que sacar el Evangelio de manos de los vendedores profesionales que lo han convertido en un producto comercial inocuo que se ofrece al mejor postor y de las de los religiosos de turno que han sacado del centro de la navidad a Jesús. Dondequiera que haya un ser humano que invoque el nombre de Cristo, debe atreverse a vivir por él, a esforzarse en practicar sus demandas de amor, justicia, servicio y arrepentimiento, y a alzar sus ojos con esperanza y vencer el temor. Allí es donde está avanzando el Evangelio.
La navidad nos recuerda y nos hace reflexionar sobre la vida de Jesús y el estilo de vida que vino a inaugurar. Este hecho nos pone en guardia contra los apetitos económicos erigidos en deidad. Con él aprendemos a sospechar también: “Dónde ustedes tengan sus riquezas, allí también estará su corazón”, “No se puede servir a Dios y al dinero”.
Vivir el Evangelio y el espíritu de la navidad es, en primer lugar, vivir la libertad de la idolatría materialista de los apetitos económicos. Es hacer de Jesús el modelo de vida y entrar a un género de vida que ve lo económico como un campo en el cual se pone en práctica la obediencia a Dios, el dador de todo lo que el humano posee. Cuando nos damos cuenta de que nuestros propios apetitos invaden nuestros pensamientos y nuestras palabras, relativizando lo justo y auténtico de nuestros proyectos más amados, descubrimos también que Jesús puede renovar nuestras vidas y purificarlas para que den fruto.  El hombre nuevo con su hambre de sed y justicia ya empieza a manifestarse en la disposición de cambiar nosotros mismos para que el mundo cambie.
Rescatar el verdadero sentido de la navidad es vivir el Evangelio, sin caer en la trampa del mercado y de la sociedad de consumo. El problema con la ideología del libre mercado es que nos hace aceptar su utopía como un axioma que no necesita demostración. Es decir, se asume acríticamente que el único camino aceptable actualmente es el de la Economía de Libre Mercado. Nuestra vida y nuestra acción no sirven para nada a menos que estén al servicio de esa ideología.  Con ese mismo criterio se juzga la historia de la Iglesia, la historia del mundo e incluso a Jesús mismo.
Se trata de no caer en esa trampa, no aceptar esa utopía, esa idolatría del mercado como un axioma, ni tampoco aceptar como “científico” un análisis que, por un lado, se alimenta de la opresión de los más pobres y, por otro, reduce al hombre y a la mujer a seres que solo sirven para consumir. Por lo tanto, debemos proclamar, en primer lugar, que la norma que juzga la vida y la acción de los hombres y de las mujeres no es el éxito, ni la cantidad de cosas que posean, sino el designio de Dios revelado en Jesús. Descubrimos también que, para tener valor y eficacia, las acciones humanas no necesitan ser exitosas.  La vida es mucho más que la economía.  La fidelidad a Dios se da dentro de una variedad inmensa de marcos de servicio.
Una buena noticia para el mundo de hoy, que trae la presencia de Jesús en esta navidad, es que se acaba el temor.  Hoy vivimos bajo el signo del miedo y esta parece ser la característica más notoria de esta época. La mentalidad de los hombres y mujeres del siglo I estaba plagada de temores: a las potencias espirituales de los aires, a los principados y potestades, a los espíritus elementales. En medio de ellos el Evangelio era el anuncio de la victoria cósmica de Dios, que ponía en evidencia la debilidad de estas fuerzas que aterrorizaban a los hombres y a las mujeres.
Hoy en día, los temores tienen otros nombres, pero son muy parecidos en sus efectos sobre el corazón de las personas. Los medios de comunicación modernos han  desarrollado una jerga que conjura el temor y la sensación de un fatalismo frente al cual el hombre y la mujer parecen impotentes. Hoy se tiembla ante las fuerzas oscuras que dominan el mercado de valores, ante los sistemas políticomilitares, ante las mafias de todo signo, que parecen obrar con impunidad y crecer como pulpos infernales.
El Evangelio que Jesús nos ha traído y que recordamos en navidad, sigue siendo el Evangelio de la victoria de Dios sobre todo aquello que se opone a su designio, que es el amor, la justicia, la paz y la vida abundante para los hombres y las mujeres. Cierto que esa victoria pasó por el sufrimiento de la cruz, por la agonía, la soledad y lo que a todas luces parecía el fracaso y la impotencia del justo contra la maldad del mundo.
La buena noticia del Evangelio es negarse a permitir que los temores que sobrecogen a la humanidad nos atemoricen también a nosotros.  Es poner la mira en Dios, alzar la vista y vivir en obediencia a su ejemplo, con gozo y confianza en la victoria final, cualquiera que sea el curso de la peripecia del hoy. Jesús, Pablo y Pedro nos enseñaron que esta manera de vivir el Evangelio no es la arrogancia insultante frente al verdugo ni la búsqueda casi masoquista del sufrimiento.
En nuestro tiempo implica la desmitologización de todas las idolatrías modernas y de los poderes terrenos, en el entendimiento de estas fuerzas dentro de su limitada dimensión humana, o quizás aun en su exageración demoníaca. Pero esto implica también el propósito de seguir haciendo aquello que entendemos que es el bien, aunque ello acarree la persecución o la amenaza. Por esto la buena noticia de la navidad, y lo que le da sentido, es que nada nos puede separar del amor de Dios, y ese amor ha triunfado para siempre.

Fuente: Lupaprotestante, 2015.

viernes, 2 de mayo de 2014

Maneras de matar

Por.  Jaume Triginé, España*
Parece que el respeto por la vida humana se halla profundamente arraigado en el propio hecho antropológico. Los estudios sobre la filogénesis de la humanidad señalan que, desde los albores de la humanidad, la protección de la vida ha formado parte de los códigos comportamentales, fuesen implícitos o explícitos. De ahí las severas sanciones ante el homicidio, desde la Ley del Talión hasta nuestros códigos penales.
Es cierto que tanto una visión diacrónica como sincrónica aporta innumerables matices (muertes rituales, el poco valor otorgado a la vida en contextos en los que el pecado estructural obnubila las conciencias, guerras, genocidios…). Con todo, de modo lento, todavía insuficiente… se amplía la masa crítica en contra de la violencia, incluida la institucionalizada (movimientos contrarios a la pena de muerte, intentos de agotar las vías de la negociación antes de iniciar un conflicto armado…).
Pero no siempre esta sensibilización alcanza a todas las formas de violencia o a todas las maneras de matar contra las que nos previene la radicalidad de Jesús de Nazaret cuando sitúa, en mismo plano que el homicidio, el enojo, el insulto, la injuria… Ya no se trata tan solo de quitar la vida física a alguien; se trata de no ver en el prójimo al hermano y descuidar el proyecto de fraternidad.
A la luz de esta ampliación conceptual descubrimos nuevas formas de matar. Podemos matar psicológicamente cuando impedimos el desarrollo y la autonomía de otros. Cuando, en términos freudianos, “castramos” a los hijos, al cónyuge o al empleado. En la mayoría de las diferentes modalidades de violencia de género subyace el impulso de aniquilar psicológicamente a la pareja.
Debemos también incluir la exclusión y el desprecio de los derechos de los demás. La Declaración Universal de Derechos Humanos promulgada el 10 de diciembre de 1948 por la Asamblea General de las Naciones Unidas, continúa siendo una asignatura pendiente en demasiados rincones del planeta y en muchas instituciones de los países que han suscrito la declaración. Llegados a este punto, no deja de ser paradójico que algunos derechos universales sean más reconocidos en la sociedad civil que en la propia iglesia. Un ejemplo es el limitado papel de la mujer en algunas denominaciones cristianas y su subordinación al hombre, lo cual no deja de ser una injuria, un agravio.
También a una persona se la puede matar emocionalmente. Los casos de mobbing, en empresas e instituciones, que puede ser definido como un maltrato deliberado y sistemático hacia una persona con la finalidad de que, hastiada, abandone la organización, son un claro ejemplo. El acoso de unas personas hacia otras tanto puede darse en el plano horizontal, entre compañeros, a causa de envidia, sexismo, racismo…; como en el plano vertical, de superior a inferior, como en los supuestos de abuso de poder; o viceversa, como pueden ser los casos en los que no se acepta de buen grado la promoción de un compañero. Las tendencias egocéntricas, la falta de alteridad, entre otras características de naturaleza psicológica (inmadurez, falta de resonancias emocionales, ausencia de sentido de culpabilidad…), explican el acoso al que algunas personas llegan a someter a compañeros, colaboradores o superiores.
Se confirma que, además de acabar físicamente con una persona, es posible que puedan aniquilarse muchas más cosas: las ilusiones, las expectativas y deseos lícitos, la esperanza, la motivación, la alegría… Triste realidad para millones de personas. Mujeres engañadas por mafias organizadas que, al llegar a nuestro país, descubren que el paraíso prometido no es otro que la práctica de la prostitución bajo amenazas y coacciones de todo tipo. Miles de inmigrantes hacinados en el norte de África, a la espera de jugarse la vida, para terminar recogiendo chatarra en nuestras calles, si no han dejado antes su cuerpo inerte en las aguas que separaban su dura realidad de las expectativas creadas.
El sistema político-financiero (quizá más lo segundo que lo primero) se nos ha especializado en matar derechos (el derecho al trabajo, correctamente retribuido, para que la persona pueda vivir dignamente; el derecho a la vivienda, de la que tantas personas han sido excluidas por obra y gracia del afán de lucro de las estructuras financieras; el derecho a una pensión, después de años de cotización; el derecho a la salud, seriamente limitado por una política de recortes que alarga el tiempo de permanencia en las listas de espera y disminuye las prestaciones sanitarias; el derecho a la educación, condicionado por la limitación de plazas, disminución de docentes, incremento de tasas…), el derecho a la justicia universal no mediatizada por la capacidad económica.
A pesar del aparente contrasentido, algunas iglesias están matando el desarrollo espiritual tanto de las nuevas generaciones, que han nacido en su seno, como de las personas que, tras una decisión de fe, deciden seguir a Jesucristo incorporándose a la comunidad creyente. Ciertamente hay excepciones, pero abunda la superficialidad en la enseñanza bíblica que mantiene en la niñez espiritual, impidiendo una comprensión adulta y madura de Dios y del hecho antropológico. Esta falta de rigor es constatada en púlpitos; dirección de grupos de estudio bíblico; clases con niños, adolescentes y jóvenes; libros; publicaciones…
Ya Bertolt Brecht (1898-1956), uno de los más influyentes dramaturgos y poetas alemanes del siglo XX había escrito:
Hay muchas maneras de matar.
Pueden meterte un cuchillo en el vientre.
Quitarte el pan.
No curarte de una enfermedad.
Meterte en una mala vivienda.
Empujarte hasta el suicidio.
Torturarte hasta la muerte por medio del trabajo.
Llevarte a la guerra…
¡Cuánta víctima inocente! ¡Cuánto dolor absurdo! ¡Cuánto camino aún por andar! ¡Cuánto compromiso por asumir! ¡Cuánta voz profética por levantar ante la injusticia del sistema! ¡Cuánta necesidad de hacer presentes, de modo vital y existencial, los valores del Reino de Dios!

 * Jaume Triginé, Licenciado en Psicología por la Universidad de Barcelona. Articulista y autor de LA IGLESA DEL SIGLO XXI ¿CONTINUIDAD O CAMBIO?, de ¿HABLAMOS DE DIOS? TEOLOGÍA DEL DECÁLOGO y de ¿HABLAMOS DE NOSOTROS? ÉTICA DEL DECÁLOGO.
Fuente: Lupaprotestante, 2014

jueves, 13 de marzo de 2014

¿Esperanza de la liberación o esperanza de la libertad? Una perspectiva protestante

Por. Víctor Hernández, España*
En algún momento, Gustavo Gutiérrez caracterizó la teología de la liberación diciendo que “la meta es la libertad; la liberación es el camino”. José Míguez Bonino[1]
La libertad es alas,/ es el viento entre hojas, detenido/ por una simple flor; y el sueño/ en el que somos nuestro sueño;/ es morder la naranja prohibida,/ abrir la vieja puerta condenada/ y desatar al prisionero:/ esa piedra ya es pan,/ esos papeles blancos son gaviotas,/ son pájaros las hojas,/ y pájaros tus dedos: todo vuela. Octavio Paz.[2]
Estas son apenas unas notas sueltas sobre el tema que nos ocupa, que intentaré articular en el contexto del 3er Fòrum Català de Teologia i Alliberament (Lluitem per la esperança). La noción de esperanza es y ha sido fundamental en el contexto latinoamericano, del que provengo, y comienza a serlo de manera acuciante en el contexto Sudeuropeo, donde la situación de exclusión y la pérdida creciente de la “calidad de vida” se cierne sobre la vida de mucha gente. Cuando hablamos de esperanza, me gustaría que la consideremos desde el punto de vista experiencial: hablamos de aquello que se coloca delante de nosotros como aspiración, ilusión, deseo, expectativa y, asimismo, hablamos de las experiencias que nos mueven a buscar, luchar, comprometernos pero también nos frustran y nos desilusionan. No se puede vivir sin esperanza, porque somos seres de deseos y, además, porque la cultura misma opera sobre los horizontes de esperanza.
Los horizontes de esperanza se amplían o se reducen según los condicionamientos socio-culturales y económicos: hay quien espera comprarse un automóvil nuevo o tener más ingresos de dinero y hay quien espera poder tener comida y obtener un trabajo que le permita sobrevivir. Tales horizontes no tienen el mismo contenido ni la misma amplitud. Recuerdo las reflexiones de un sacerdote argentino que, a finales de los 90 en Buenos Aires, hablaba de los efectos de la crisis económica y el desempleo en la gente común: decía que a la gente se le estrechaba el horizonte de esperanza, que un padre no sólo sufría por no tener trabajo sino que su sentido de dignidad se hacía añicos ante sus hijos, cuando no podía darles algo que deseaban.
Esto resulta pertinente si pensamos que la actual crisis en España (y en el sur de Europa en general) tiene una dimensión concreta, agónica: el estrechamiento del horizonte de esperanza en la experiencia cotidiana de las personas y las familias cada vez más precarizadas. Pero la crisis no es tan sólo una crisis en el sentido de haber entrado en una especie de “estado de excepción”, que tarde o temprano retornará a una supuesta “normalidad”, o en una recuperación del estado de bienestar social. Es también una crisis de esperanzas o la aparición de formas de desesperanza que señalan una crisis sistémica, un resquebrajamiento de las certezas que sustentan el ordenamiento social, económico y político presente.
Es ahora cuando se escuchan planteamientos que proponen una salida del modelo de sociedad  basado en la ideología del “libre mercado”, es decir, la necesidad de pensar una sociedad fuera del modelo capitalista. Apenas 5 o 6 años atrás era impensable que hubiera una atención considerable a críticas del sistema capitalista como las que podemos escuchar hoy (v.gr. el libro “Sin miedo” de Teresa Forcades y Esther Vivas o el planteamiento sobre una economía del decrecimiento de autores como el profesor Carlos Taibo). Se trata, sin lugar a dudas, de un contexto en el cual se han fragmentado muchas esperanzas, predomina la desesperanza y parece necesario luchar por nuevos horizontes de esperanza.
Si el contexto actual es una situación donde es determinante la lucha por la esperanza, entonces estamos en una situación semejante a la que se corresponde con la literatura apocalíptica de los textos bíblicos: los textos apocalípticos se corresponden con momentos oscuros de la historia, plagados de injusticias. Tiempos donde la gente es aplastada por la fuerza opresora de los poderosos. Sin embargo, se utiliza mal la noción de lo “apocalíptico”, porque los textos literarios de este tipo nacen de una preocupación pastoral que quiere alentar a los desesperados y ofrecer un espacio de resistencia, para hacer posible la esperanza en la vida concreta de la gente. En el N.T. los textos de tipo apocalíptico resaltan la inminencia de una nueva edad y generan el imaginario de un orden radicalmente distinto, con el fin de que se produzca una forma de resistencia capaz de ofrecer una nueva esperanza.
No sé hasta dónde se puede decir que ha llegado la hora de una reflexión teológica que considere con seriedad las implicaciones de la escatología neotestamentaria, sobre todo en los textos apocalípticos, dentro del contexto de Sudeuropa. Pero, en tanto que inmigrante, sí recuerdo que hace unos 8 o 9 años, en una conversación en torno al libro del Apocalipsis, un biblista catalán me decía que ése era un libro que tenía mucho interés en países subdesarrollados, en Latinoamérica o África, pero que en Catalunya, o Europa en general, no tenía mucha relevancia. Me parece que hoy día ya no se puede sostener esa afirmación.
Por tanto, me gustaría plantear la siguiente cuestión: ¿qué significa luchar por la esperanza en este contexto de crisis desde una perspectiva utópica o escatológica? Y ¿qué significa hacerlo en el contexto y el momento actual de la Europa del sur (o el estado español)? A fin de generar una conversación inicial, y con muchas salvedades de la necesaria reflexión, de matices y precisiones también necesarios, quiero sugerir tres puntos, abiertos a la discusión: Primero, creo que la lucha por la esperanza, supone una doble referencia a la libertad como horizonte de sentido. Segundo, la lucha por la esperanza no puede tener lugar sin las experiencias de liberación que se ligan a percepciones apocalípticas del mundo. En tercer lugar, la lucha por la esperanza supone acciones, actitudes y decisiones que tienen un carácter provisorio o penúltimo.  De manera sucinta explico cada punto.
Dos formas de libertad
En primer lugar, la lucha por la esperanza tiene una doble referencia a la libertad: por un lado tenemos el proceso histórico del mundo occidental moderno, donde la noción de libertad es constitutiva del mismo, puesto que ella es una condición para el ordenamiento político de una sociedad democrática o para la organización económica de la actividad mercantil o para los derechos fundamentales de cada individuo o, finalmente, para el uso de la razón que pueda desarrollarse sin la constricción o coacción de poderes autoritarios.
Sabemos que la crisis de la modernidad, y su expresión en lo que se denomina posmodernidad, nos hace cautelosos con respecto a esa noción de libertad en la historia de occidente, pero es innegable que no podemos pensarnos en ausencia de la libertad, sea como condición o como horizonte de sentido para la vida social, política, económica y racional. Por otro lado, la lucha por la esperanza tiene una referencia a la libertad como utopía desbordante, como la promesa de una vida sin sufrimiento, sin injusticias y sin mentiras. Es la libertad que se deriva de la misma promesa de Jesús: “conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8, 32).
Si se lucha para generar esperanza en la vida de la gente, entonces son inevitables estas dos referencias a la libertad. Pero además, se trata de nociones que chocan, se tensan y polemizan entre sí, porque las diversas imágenes de la libertad en la sociedad moderna (la “libertad” del mercado, de la razón, del individuo) son una ficción social que está llena de contradicciones. Pero es una ficción operativa, que funciona de tal manera que bien podemos responder como aquellos “judíos” que polemizaron con Jesús (en el cap. 8 de Juan) y le decían: “somos descendientes de Abraham, y jamás hemos sido esclavos de nadie, ¿Cómo dices tú: Seréis libres?”, de manera que también podemos decir: “somos modernos (o posmodernos) y por tanto libres en una economía de libre mercado, libres en un orden político democrático, libres en un orden guiado por la sola razón libre y libres en tanto que individuos absolutamente libres”. Esta posible respuesta, desde nuestra condición moderna/posmoderna, revela las contradicciones entre dos formas de libertad: la libertad del proyecto moderno y la libertad de la promesa escatológica del evangelio. El epígrafe de José Míguez Bonino que he puesto al inicio (y la nota que amplía dicha cita), da cuenta de la polémica relación entre las dos formas de libertad.
Experiencias de liberación y mirada apocalíptica
En segundo lugar, la lucha por dar esperanza a la gente implica experiencias concretas, históricas, de liberación y tales experiencias suponen una mirada apocalíptica. Me explico: no se genera esperanza si no es con referencia a lo corporal, a lo inmanente, y esa liberación supone una situación de esclavitud, de atadura, de opresión o de exclusión y dominación.
Se aprende a esperar a partir de esas experiencias que nos liberan del peso opresor, cuando sentimos el poder para tener cierto dominio o dirección sobre nuestra vida, cuando salimos de una condición de padecimiento bajo cualquier tipo de esclavitud (bajo el poder de un opresor o bajo el poder de una adicción que me arrastra a la destrucción). Pero la liberación no se completa hasta que logramos ver de qué manera estábamos esclavizados y cómo poder ser libres, lo cual implica que nos damos cuenta de que nuestro mundo es un orden injusto, contradictorio y  opresor: es así como adquirimos la mirada apocalíptica que nos muestra una sociedad corrompida, deteriorada, que no se puede arreglar con remiendos o parches, sino que tiene que ser reemplazado por otra cosa, por otro mundo mejor, de calidad radicalmente distinta.
El éxodo en la Biblia constituye la liberación del pueblo por parte de Dios sólo hasta que Israel pudo reconocer que la vida en Egipto, bajo la tutela de los poderosos dioses y de las majestuosas obras de ingeniería arquitectónica, agrícola y militar de su mundo, no eran más que una apariencia, puesto que debajo de aquel esplendor estaba la vida explotada, oprimida y esclavizada que tenían los hebreos.
Las experiencias de liberación no se terminan con la acción solidaria que comparte la comida, con las curaciones que liberan del poder depresivo de la enfermedad, sino que se completan con la mirada apocalíptica, que ya no puede mirar con ingenuidad el mundo que habita. Ahora, con la mirada apocalíptica sobre su mundo, el pueblo advierte su monstruosidad y quiere que venga otro mundo, que venga el Reino de Dios y que se haga la voluntad de Dios en la tierra.
Decisiones y acciones comprometidas, pero provisionales
Como tercer punto, sugiero que la lucha para generar esperanza en la gente implica siempre decisiones y acciones, actitudes y posicionamientos, que inevitablemente son algo provisional y penúltimo. Ello no significa que no sean acciones comprometidas, todo lo contrario. Pero no pueden sacralizarse como la “verdad absoluta”. Todas nuestras acciones se derivan de un discernimiento que intenta, al menos desde la experiencia de la fe, responder en obediencia al llamado de Jesús como Señor de la historia. Sin embargo, son acciones y actitudes que están mediadas por nuestros condicionamientos culturales, sociales, políticos y económicos y por nuestros prejuicios y herramientas de análisis. Por ello, son acciones y actitudes que tienen las mismas limitaciones que se derivan de tales condicionamientos y uso de herramientas.
Con todo, la lucha por la esperanza no puede esperar a que tengamos primero todas las respuestas o que poseamos unas garantías sobre el porvenir. En este sentido, el discernimiento de las comunidades de creyentes con respecto a los desafíos que le supone cultivar y dar esperanza a los demás, es un discernimiento que se hace en la confianza de que, aun cuando nos equivoquemos (y nos hemos equivocado muchas veces), la gracia del perdón es capaz de restaurar la historia. La esperanza que se anuncia y que se cultiva es una esperanza que no nace ni acaba en nosotros mismos, sino en el Hijo que libera (Juan 8, 36).
Luchar por la esperanza para que la gente experimente el poder
Dicho todo esto respecto a la lucha por dar esperanza a la gente (con su doble referencia a la libertad moderna y la libertad como promesa utópica; ligada a experiencias de liberación que nos hacen ver y querer el fin del mundo y el deseo por otro mejor; y conscientes de que nuestro papel no puede absolutizarse), diría que también es importante la cuestión del poder como experiencia y efecto de la misma esperanza.
Es importante tener presente que la esperanza no es tan solo una visión a distancia o una bonita imagen que nos atrae o nos impulsa hacia adelante. Si la esperanza se vincula con experiencias de liberación, es porque supone que hemos experimentado un poder, una nueva capacidad de autogestión, una fuerza y una inteligencia que nos hace capaces de crear nuevos caminos, otras alternativas.
El éxodo ocurre bajo esas experiencias de poder que el pueblo reconoce frente al poderío militar egipcio: el mar se abre, ellos caminan en seco y las aguas devoran al poderoso ejército que les pisaba los talones. Entonces, se lucha por la esperanza en la medida en que “podemos decir que podemos”, que asumimos una nueva agencia. La lucha por la esperanza tiene que pasar por esa experiencia de poder que dice “puedo, podemos”. Aquí, la especificidad de la invitación y el llamado del Reino de Dios en Jesús consiste en una experiencia de poder que siempre es relacional: no se trata del “yo puedo” individualista y aislado, como el hombre de la Ilustración kantiana, sino que se trata del “yo puedo en” Jesús. Yo puedo y juntos podemos en esa nueva humanidad que somos, a partir de la vida reconciliada, a partir de la nueva confianza que deriva de esa vida liberada, a partir del conocimiento relacional con Jesús, quien lo ha prometido así: seréis verdaderamente libres.
La lucha por la esperanza para la gente, como experiencia que se concreta en la vida histórica, cotidiana, se encarna en esa doble vivencia del poder colectivo de dos o tres o más sujetos, que se reconocen como parte de algo nuevo. Son experiencias que han de ser liberadoras en el cuerpo y en los nuevos vínculos, que se reconocen nuevas en la ligereza que permite ponerse de pie y caminar, y volar con otros porque, como dice el poema de Octavio Paz, la libertad es alas. Pero lo es en la experiencia histórica que desata al prisionero y que cumple, ya sin engaños ni tentaciones diabólicas, el sueño en el cual esa piedra ya es pan, porque todo vuela.
También los poetas son apocalípticos en el sentido pastoral, es decir los poetas trabajan para que la gente recupere la esperanza, pero no la esperanza en “la realidad” presente, sino en el mundo nuevo que está por venir.

[1] José Míguez Bonino, Rostros del protestantismo latinoamericano, Buenos Aires–Grand Rapids: Nueva Creación–Eerdmans Publishing, p. 30. Vale la pena citar lo que sigue diciendo Míguez Bonino: “Si la libertad es siempre –históricamente, al menos– ‘un blanco móvil’ y la liberación –también históricamente– un camino sin fin, ¿tenemos derecho a desvincular una de la otra? O más bien, ¿es posible desvincularlas sin desvirtuar la liberación que buscamos? Como creyentes, la ‘libertad’ que Jesucristo nos ofrece gratuitamente ¿no es la raíz y el sentido de nuestra participación en la historia? ¿Es posible renunciar a la ‘utopía de la libertad’ sin destruir la esperanza y quitar a cualquier búsqueda de liberación su calidad humana”, pp. 30 – 31.

[2] J. Nahún Sentíes Graham y Carlos Castillo, “La guerra en tiempos de Paz: una batalla por las letras”, pp. 64 – 65.  Disponible: http://www.fundacionpreciado.org.mx/biencomun/bc159/Nahun_Catillo.pdf.

* Víctor Hernández. Doctor en psicología y licenciado en teología. Pastor de la Iglesia Evangélica Española. Actualmente se dedica a la psicoterapia y psicología clínica, es también pastor de la Església Evangélica Betlem en Barcelona.

Fuente: Lupaprotestante, 2014.

martes, 21 de enero de 2014

The Hunger Games

Por. F. Javier Goitia Padilla, Puerto Rico*
Lucas 2:15-20
La esperanza es lo único más poderoso que el miedo”, le dijo Snow, el presidente del reino totalitario de Panem, a Seneca Crane, el director de los Hunger Games. El comentario lo hace Snow para educar a Seneca en cuanto a la razón misma de los juegos: frente a la rebelión pasada de los distritos, los juegos se establecen  como premio/castigo de parte del reino totalitario. Los juegos deben fomentar alguna esperanza, pero no mucha, de modo que motive a los súbditos a participar pero que los mantenga en su lugar. La ecuación para que el distrito de la Capital mantenga sus privilegios y viva del esfuerzo de los otros doce distritos de Panem, comenta Snow, es un poco de esperanza en medio de vidas hambrientas y llenas de miedo. Katniss, una excelente arquera y fuerte mujer, pasa de su Distrito, el número 12 dedicado a la minería, a la Capital, el distrito de la opulencia y los privilegios, para participar en los juegos, que son, no incidentalmente, un evento mediático.  Los juegos – con la participación de dos voluntarios escogidos al azar por representantes del gobierno por cada uno de los doce distritos pobres – son una batalla todos contra todos donde sólo el ganador salvará su vida. Allí se descargan las frustraciones y los quebrantos de los súbditos al salpicarles un poco de esperanza. El Distrito del participante ganador tendrá alimentos durante todo un año.
Así como Katniss y los participantes de los Hunger Games, los pastores debieron sentir ambas cosas – tanto miedo como esperanza – en su encuentro con lo maravilloso; en su epifanía y concierto de ángeles que les anunció la llegada del mesías (Lucas 2:9; 13-14). La luz epifánica debió estremecer una noche cualquiera. Una noche de larga vigilia, de frío y de alerta por posibles ladrones y animales salvajes acechando a las ovejas. Las conversaciones cotidianas – las que posiblemente se repetían cada noche entre los pastores con alguna variante menor – fueron sorprendidas por el coro celestial. El texto marca así un momento extraordinario en la vida de los pastores, de la historia y de la creación. Algo sorprendente, más allá de lo conocido y lo esperado, ha ocurrido. Se invita a los pastores a ir a Belén; no como premio/castigo ni como una migaja de esperanza, sino como el anuncio de la encarnación de Dios; como la llegada del jubileo; el año agradable del Señor. El viaje no es a la opulencia ni al privilegio. No es una travesía para participar de una caricatura mediática que promueva un poco de esperanza en medio de vidas hambrientas y llenas de miedo. El ángel fue claro: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre (Lucas 2:12). ¡Y lo encontrarían en Belén, la ciudad de David! (2:10-11). En Belén; un pueblito cualquiera, lejos de la capital del imperio y en la periferia de Jerusalén. La ecuación aquí no es un poco de esperanza y mucho miedo para mantener a los pastores en su lugar. Pero mientras Katniss fue de su distrito minero a la Capital opulenta como variable en un juego con una ecuación que producía migajas de esperanza, los pastores fueron del campo y las ovejas a un pesebre. La ecuación allí, en el pesebre, era diferente. Era la de una esperanza que espanta el miedo para traer salvación, justicia y dignidad como los fundamentos de la paz. Pasemos, pues, a Belén.
En Belén, en el pesebre, los pastores se convirtieron en los primeros teólogos y hermeneutas de la iglesia. El texto dice que, al verlo, (los pastores) dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del niño (Lucas 2:17). Los pastores recibieron, interpretaron  y proclamaron la revelación de Dios. Documentaron y confirmaron la identidad del Niño Dios. La revelación necesita interpretación. Necesita ser actualizada y proclamada. La identidad del Niño Dios no es obvia ni automática. El miedo y la esperanza llegan a nuestras vidas tanto por los quebrantos y luchas de todos los días como por las construcciones mediáticas y las manipulaciones programáticas de las fuerzas que nos quieren mantener en un lugar determinado. Llegan como premio de las estructuras que promueven, validan y fomentan la dependencia, la pobreza, el desconsuelo y la burundanga. El miedo y la esperanza llegan a nuestras vidas tanto por los desencantos y sinsabores de relaciones tóxicas como por la lencería y camándulas de entendimientos de belleza, de humanidad y de éxito manipulados y manoseados. Katniss fue a una entrevista en un talk show para promover los juegos con un traje rojo espectacular que producía fuego por el movimiento. Su belleza y sensualidad le ganaron el favor del público y de auspiciadores. Un favor que promovía la muerte. El miedo y la esperanza que llegan junto a entendimientos simplistas y acríticos del pesebre y del niño Dios, pueden ser promotores de muerte, si no escuchamos bien, ni observamos bien, a los pastores. Los pastores, con su propio ser y circunstancias, interpretaron la llegada del Niño; el valor del pesebre. La llegada de este niño fue un anuncio particular. El anuncio, que ya de grande, hizo el Mesías en el templo: El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos; a  predicar el año agradable del Señor (Lucas 4:18-19). El pesebre no produce ni adelanta privilegios; no promueve esperanza vacua. Dios empeña su Palabra con los marginados y los desechados de la sociedad. El pesebre produce vida, sin engaños ni manipulaciones. Sin trajes que al moverse produzcan fuego y sin talk shows que promuevan escaparates de fantasía. El Dios del Universo se hizo de carne y hueso. Lo finito de la creación fue capaz de contener lo infinito de Dios; este Dios se reveló y levantó la vida de los pastores. Y todos los que oyeron, se maravillaron de lo que los pastores les decían (Lucas 2:18).
Este anuncio particular que es la encarnación de Dios y su llegada a la vida de los pastores en un pesebre tiene consecuencias sorprendentes. Sus consecuencias no merodean alrededor de conversaciones sin consecuencias ni  de viernes negros que administran dosis pírrimas de esperanza como mantenimiento del desconsuelo. La llegada de lo infinito al territorio de lo finito; la llegada de la plenitud de la gloria y del ser del Dios del Universo a la historia cambia vidas; cambia el transcurso de lo acostumbrado. La esperanza de Katniss era salvar su propia vida y regresar a su distrito, ahora con su futuro asegurado y vestido de alguna comodidad, en medio de la necesidad y monigoteo de sus compueblanos. Era regresar a la vida de siempre con alguna dignidad comprada con sangre. El primer ganador de los Hunger Games de su distrito, Haymitch, vivía en una mansión en medio del pueblo; solo y alcoholizado. No podía sobrellevar su porción de bienestar en medio de su comunidad que continuaba agonizando. El anuncio de la encarnación es distinto y produce una esperanza distinta. Se sustenta en un tríptico de trípticos que el autor de Lucas enlaza a través del evangelio. Comienza, por supuesto, en Belén: Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón (Lucas 2:7): pañales, pesebre, y sin lugar. Este tríptico se amarra con el de la cruz: Y quitándolo, lo envolvió en una sábana, y lo puso en un sepulcro abierto en una peña, en el cual aún no se había puesto a nadie (Lucas 23:53): sábana, sepulcro abierto, donde nadie se había enterrado. Finalmente, el recién nacido que murió es confirmado en la tumba vacía: No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea (Lucas 24:6). Ni los pañales ni la sábana están. La condición humana ha sido vencida. El pesebre y el sepulcro han dado paso a una ausencia y a una nueva realidad: no está aquí, sino que ha resucitado. El amarre de los trípticos termina en proclamación: el ruido del mesón y el silencio de un sepulcro sin usar dan paso a la memoria evangélica: acordaos de lo que os habló. La encarnación termina en la proclamación de la memoria del resucitado.
Los pastores son quienes, en el texto de Lucas, documentaron y confirmaron la identidad del Niño Dios. Son los primeros tejedores del evangelio: los primeros teólogos y hermenéutas cristianos. Pero su trabajo no quedó ahí: terminó en doxología. Dice Lucas que los pastores volvieron glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho (Lucas 2:20). Todo encuentro con la revelación de Dios, con Su encarnación en el pesebre y con su interpretación a favor de los vulnerables, termina en adoración. Por eso celebramos la navidad. No como el rescate simplista de una fecha sino como el reclamo evangélico de una memoria: la memoria del Dios que se encarnó, que murió y resucitó. Aún cuando Katniss ganara los Hunger Games, la situación del distrito 12 no cambiaría. La esperanza de sus compueblanos era una ecuación premeditada de dominio. El nacimiento, muerte y resurrección de Jesucristo es una esperanza diferente que reclama una adoración diferente, no unos juegos de dominio y fanfarria.  Dios empeña su Palabra y envía a Su Hijo para que tu vida, tus días, y tu destino sean diferentes. Para que los pañales y la sábana que cubrieron de humanidad a Jesús, – de tu humanidad y de la mía – den paso al No está aquí que nos transforma la vida a la imagen de Su gloria. Es una esperanza de plenitud, de bienestar, y de paz verdadera, porque viene de la encarnación de Dios, de la llegada de Su Palabra que establece Su jubileo en favor de los pequeñitos de Su creación. Por esto celebramos la navidad. Por esto cantamos hosannas con los ángeles; y por esto, con los pastores,  glorificamos y alabamos a Dios por todas las cosas que hemos oído y visto, como se nos ha dicho.

* F. Javier Goitia Padilla. Profesor del Seminario Evangélico de Puerto Rico de Teología Sistemática y Homilética. Pastor de la Iglesia Evangélica Luterana Del Buen Pastor, en San Juan, Puerto Rico. Graduado de la Escuela Luterana de Teología de Chicago (Ph.D, Th.M) y del Seminario Teológico Luterano de Filadelfia (S.T.M., M. Div.).

Fuente: Lupaprotestante, 2014.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Si no creyera en la esperanza…

Por. Nancy Cardoso Pereira, Brasil*
.¿Dónde está tu hermano? ¿Dónde está tu hermana?
-¡No lo sé! ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano? ¿De mi hermana?
-¿Qué has hecho? ¡Oigo la sangre de tu hermano, de tu hermana clamar a mí desde la tierra!
Dos preguntas acerca de la vida humana, de la vida de la tierra. Responder es hacer teología.
¡No! Yo no quiero utilizar términos como “ecología” o “medio ambiente” o “cuestiones ecológicas” y “cuestiones ambientales” dejando intactos los mecanismos de reproducción social que destrozan y hacen de la vida algo inviable. Digo que se trata de la vida amenazada y del modo de producir y reproducir la vida de la que estamos hablando. Hablamos del cuerpo: el mío, el suyo, el nuestro, cuerpo social, el cuerpo del mundo. Tampoco se trata de identificar responsabilidades difusas, de todos y de nadie. Identificar. Nombrar. Denunciar. Impedir que los violentos continúen violentando las vidas de hermanos y hermanas, y de la tierra.
El desafío que tenemos por delante es el de abandonar las generalidades y las superficialidades de una teología prejuiciosa, de oportunismos de jerarquías religiosas y prácticas pastorales ingenuas para correr el riesgo de encontrar en nuestra propia tradición elementos de crítica y de creatividad que nos proporcionen las condiciones de participar de forma honesta, apasionada y responsable en este debate y en sus compromisos. Las preguntas que se nos presentan son estas:
-¿Dónde está tu hermano? ¿Dónde está tu hermana?
-¿Qué has hecho? ¡Oigo la sangre de tu hermano clamando desde la tierra!
-¡No sé! ¿Acaso soy el guardián de mi hermano, de mi hermana?
Somos prejuiciosos, oportunistas e ingenuos porque aceptamos la pérdida y la degradación de la vida como algo natural y racional en nombre del progreso y de la tecnología. No tenemos el cuidado y el coraje de reconocer que hay minorías que se apropian de los beneficios en una forma de propiedad y de lucro que sacrifica la vida de las mayorías pobres de la humanidad y destruye la naturaleza y la biosfera. ¡Hacemos la teología del “no sé”!
-¿Dónde está tu hermano y tu hermana?
La teología del “¡no sé!” o del “¿acaso” se expresan en forma de reformas, ajustes superficiales, cambios marginales que no se comprometen con la radicalidad de las preguntas.
El texto bíblico va más lejos, exige más. Dificulta las respuestas evasivas: “Si hubieras hecho lo correcto irías con la cabeza alta. Pero como no lo has hecho… el pecado está junto a la puerta, como una fiera que amenaza. ¿Podrás dominarla?” (Génesis 4, 6-7).
Pero, por qué Dios no acepta las dos ofertas. El Dios de esta memoria rechaza legitimar el fruto de la acción violenta y del pecado. Aquí asumo que Caín representa la agricultura que está bajo un sistema económico de explotación, movido por un afán de lucro y dominación. ¡Caín opta por las ofertas de cabeza baja! Fue reprobado. ¡No! Caín no puede dominar la violencia de su modo de vida… porque es sistémica. Esta es la función del ritual: evaluar, escudriñar, revelar los metabolismos de la producción… y elegir. ¡Preferir!
Caín no soporta vivir sin la legitimación divina. Llama a Abel al campo -porque al fina le dice de lo que se trata: ¡de la tierra! La violencia de Caín ya estaba estructurada en la oferta de Caín y, por eso, él no agradó a Dios. El modo de vida y de producción de Caín incluía una negación de la vida de Abel y de otros grupos humanos y por eso fue reprobado. ¡Lo importante es que Dios escoge, elige, escoge este modo de vida y no aquel!.
Las ofertas no se ofrecen por sí mismas. La función de la religión en los intercambios económicos no está en el establecimiento de reglas y procedimientos, sino en la transmisión de valores, esto es en la formulación de valores económicos, formateando jerarquías y consolidando mecanismos de medición.
El ritual de oferta/demanda está contenido en el mecanismo cultural de expresar valor, esto es aquello que puede ser dado e intercambiado en las cosas que están guardadas, preservadas. No se trata de valores esenciales de los seres o las cosas que generan una diferencia entre lo preservado y lo aceptable en la forma de la oferta, sino que se trata de las lógicas sociales que confieren valor y consolidan medidas de significado y función en los intercambios rituales. Dios aparece en el texto haciendo una pregunta origen de toda teología. ¿DÓNDE ESTÁ TU HERMANO? La respuesta de Caín es conocida y también anima muchas, tantas teologías: “NO LO SÉ, ¿ACASO SOY GUARDIÁN DE MI HERMANO?”.
El texto insiste en mantener la pregunta teológica. Más que una simple pelea entre hermanos, el texto localiza el pecado como fiera amenazadora que espera y obstruye la puerta… Y Dios pregunta: ¿PUEDES DOMINAR A ESTA FIERA?
La fiera, deseo revoltoso y violento que mata al hermano y encharca la tierra de sangre, está en nuestra puerta, en nuestra cara, en los espacios de poder, y si no es dominada devora y destruye. Si lo hiciéramos bien, andaríamos con la cabeza erguida, tendríamos la confianza de que vivimos en un mundo de hermanos y hermanas en una relación de vida con la tierra y el planeta. Pero la fiera está suelta, la fiera nos mantiene dentro de casa asustados, amedrentados, cómplices de su gula devoradora. ¡No! Nosotros no tenemos que enfrentarnos con el pecado destructor de las vidas y de la tierra. Prejuiciosos, amedrentados, ingenuos, oportunistas.
¿Dónde está tu hermano? ¿Dónde está tu hermana?
La tierra muere y sangra: ¿Y qué haces?
¿Hasta cuándo nos vamos a dejar dominar por la fiera? ¿Hasta cuándo vamos a permitir que el Kapital controle la puerta, vaya suelto por el mundo devorando y robando? Una forma básica del terror del capital se da en una forma de propiedad que arranca al campesinado de la tierra y somete a la agricultura a un negocio que sigue la lógica del lucro dejando a las poblaciones desvalidas y vulnerables por la acción depredadora de los monopolios industriales y financieros.
-“Si hubieras actuado bien, andarías con la cabeza erguida… pero como no lo has hecho… el pecado está junto a la puerta, como una fiera acorralada. ¿Podrás dominarla?” (Génesis 4, 6-7).
Tierra, agua, simiente, árboles, subsuelo, animales, el mar, el planeta sometido al mecanismo de apropiación y explotación privada, protegidos por el derecho de contaminar y de poseer ¡Fieras! ¡Bestias! ¡Monstruos! Movidos por los deseos de liberalización, desregularización y globalización. ¡Y no me diga, “no sé”! No insista en “¿Acaso soy responsable?” con artificios y mentiras de un desarrollo sostenible que no enfrenta a la fiera del capitalismo. ¡Ya no podemos responder, ya no podemos creer… hagamos silencio! Si ya no podemos creer en cada herida, ni creer en algo puro, no sabremos nunca lo que significa creer en la esperanza: escuchemos voces marcadas por el amor y la lucha de quien vive y se organiza por otro mundo posible, de sumak kawsay, del bien vivir que aprendemos de las luchas latinoamericanas.
Si no creyera en la locura
de la garganta del sinzontle,
si no creyera que en el monte
se esconde el trigo y la pavura…
Si no creyera en la balanza,
en la razón del equilibrio,
si no creyera en el delirio
si no creyera en la esperanza
De forma especial, nosotros militantes cristianos –hombres y mujeres- asumimos el compromiso con nuestro pueblo y como voces de:
  1. denunciar las relaciones históricas y actuales del cristianismo hegemónico con el capitalismo y su lógica de sacrificio de vidas, modos y formas de vida;
  2. denunciar el cristianismo aprisionado por los intereses de élites mundiales en intercambios de favores que proporcionan y apoyan la acumulación y concentración de riqueza, que legitiman las formas sistemáticas de explotación del trabajo humano y de la naturaleza;
  3. renegamos y denunciamos el capitalismo y toda adoración del capital, toda religión del consumo y todo fundamentalismo occidental que se esconde y se alimenta de espacios teológicos y comunitarios cristianos;
  4. negamos cualquier uso de la fe cristiana y de la Biblia como justificación para la guerra, del pillaje de la naturaleza, de los modos de mida y de sus conocimientos;
  5. enfrentarnos a la teología y a las prácticas pastorales de un pensamiento dualista que naturaliza y legitima una política de opresión generalizada: una dominación de la naturaleza es inseparable de una dominación del humano sobre el humano, particularmente del hombre sobre la mujer;
  6. nos afirmamos como una religión entre otras, un pueblo de fe entre otros pueblos de fe y llamamos a todos los cristianos y cristianas a que luchen por la justicia, amen la misericordia y anden humildemente con su Dios por la faz de la tierra (Miqueas 6,8)
 
* Nancy Cardoso Pereira. Agente da Comissão Pastoral da Terra (CPT) na região Sul Rio, professora de teologia e história da Universidade Severino Sombra, Vassouras, Rio de Janeiro.
 
Traducción. Joana Ortega-Raya
Fuente: Lupaprotestante