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lunes, 3 de agosto de 2015

El Reino de Dios, ¿es una utopía?



Por Pedro Álamo, España*
Se ha identificado el Reino de Dios con el futuro prometedor de Dios a su pueblo y, por lo tanto, con las esperanzas puestas en la intervención definitiva de Dios para gobernar el universo. Pero, ¿es esto el Reino de Dios?
Otros han pensado que el Reino de Dios tiene que ver con la vida eterna que el Señor prometió a los suyos y, por lo tanto, es más bien para el cielo, no para la tierra. Pero, ¿es esto el Reino de Dios?
Otros lo han relacionado con una sociedad transformada, cuyas bases están en conceptos utópicos de mejora y transformación del ser humano capaz de superarse a sí mismo y construir un mundo perfecto, donde priman la igualdad, la libertad y las necesidades satisfechas. Pero, ¿es esto el Reino de Dios?
La palabra utopía viene del griego ou (no) y topos (lugar); es decir, un lugar que no existe y, por lo tanto, solo cabe en la idealización de lo que se anhela.
La utopía parte de una crítica radical del modelo social actual. Tomás Moro, en el siglo XVI, escribió acerca de una isla llamada Utopía que contrastaba radicalmente con la sociedad inglesa del momento; aspectos políticos, económicos, sociales, culturales se idealizan y se sitúan en el polo opuesto de la experiencia vital de su entorno.
El planteamiento utópico del futuro tiene que ver con soñar con un mundo perfecto donde todos los seres humanos son iguales y tienen las mismas oportunidades, la clase dominante ha desaparecido y la libertad es igual para todos; un mundo donde cada persona disfruta de los recursos necesarios para que su vida sea maravillosa…
La pregunta que debe hacerse, entonces, es: ¿cómo se transforma una sociedad inmadura en otra perfecta? La respuesta es clara: por la acción del ser humano que va superando diferentes etapas hasta la consecución del objetivo último, la sociedad perfecta.
A partir de lo expuesto, ¿se puede decir que el Reino de Dios que Jesús anunció es una utopía? ¿Se ajusta a las bases ideológicas de la utopía? Desde mi punto de vista la respuesta es no.
Sostengo esta conclusión partiendo de una base antropológica. El ser humano no es mejor ahora que hace 2000 años; los problemas siguen siendo los mismos. Es cierto que la sociedad ha evolucionado mucho, pero sigue existiendo el egoísmo, la acumulación de bienes, la insolidaridad, el abuso de poder, la dominación de unos sobre otros, la violencia, la discriminación, el hambre…; para mí, la esencia del ser humano sigue siendo la misma. Alguien podría objetar que también observamos bondad, solidaridad, libertad… Cierto, de la misma forma que se ha visto a lo largo de la historia de la humanidad; son destellos que reflejan la imagen y semejanza de Dios. Por decirlo de una manera suave, el ser humano no es bueno, su corazón no tiende de manera natural a la bondad, sino al contrario. Es más, si se dan las circunstancias adecuadas, cualquiera puede convertirse en una especie de personificación del mal. ¡Cuántos en nuestros días han proclamado el reparto de la riqueza para construir una sociedad más igualitaria y justa hasta que han tocado el dinero y se han corrompido! Basta observar el interés que muestran los países más desarrollados y sus gobernantes cuando está en juego la estabilidad económica mundial o la explotación de los hidrocarburos, pero miran para otra parte cuando se trata de la pobreza en la que millones de personas están instaladas; lo peor de todo es que, en muchas ocasiones, los cristianos guardan silencio ante semejante panorama. Es muy fácil deslizarse.
Entonces, no podemos hablar utopía cuando se parte de una base antropológica opuesta. La utopía considera que el ser humano irá evolucionando hacia un mundo mejor, conseguido por sus propios esfuerzos y capacidad de superación. Desde mi punto de vista, la visión del Reino de Dios que anunció Jesús se aleja de este planteamiento porque, en lugar de poner el acento en las posibilidades del ser humano, centra la atención en la esencia de Dios y su acción a favor de la humanidad. Una persona preguntó a Jesús en una ocasión: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”. Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno sino uno, Dios” (Mat 19.17; Mc 10.18; Luc 18.19). Esto tuvo que causar un impacto importante en los evangelistas, ya que 3 de los 4 lo mencionan, con lo que nos situamos en la mismísima fuente original del pensamiento de Jesús. Solo Dios es bueno. Entonces, el Reino de Dios no se consigue por las bondades humanas, sino por la intervención misericordiosa de Dios en su pueblo.
Otro de los elementos en los que se fundamenta la utopía tiene que ver con el espacio y el tiempo. No hay un lugar concreto en el mundo donde se viva la utopía y, además, se sitúa en el futuro, porque siempre hay cosas que mejorar o cambiar. Por ello, el Reino de Dios no tiene nada que ver con la utopía, porque el Reino se sitúa en el “aquí y ahora”.
Jesús predicó el arrepentimiento porque el Reino de los cielos se había acercado. El Reino no es para el futuro, es para el presente; no se opera en un lugar desconocido, sino en medio de la historia del pueblo de Dios. Pero, ¿cómo puede ser esto? El Reino de Dios tiene lugar en la tierra, en estos momentos; la vida eterna tiene lugar en el cielo y es para el futuro. Por lo tanto, son conceptos distintos que, en ocasiones, se han confundido. Insisto, ¿somos testigos de que el Reino de los cielos se ha acercado? ¿Es cierto que ya está presente en nuestro mundo, aquí y ahora y, por lo tanto, no es una utopía? Para mí la respuesta es afirmativa.
Cuando conformamos una Comunidad cristiana en la que no hay privilegiados ni dominio de los unos hacia los otros, sino que todos son iguales y se vive en libertad, allí está el Reino de Dios. Por lo tanto se experimenta aquí y ahora. Jesús enseñó a sus discípulos: “Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así” (Mat 20.25-26). En el Reino de Dios no cabe el dominio de unos sobre otros, el servicio es su distintivo más preciado y eso puede tener lugar aquí y ahora. Sin embargo, en aquella Comunidad cristiana donde se ejerce poder a través del dinero, se abusa de la imagen y prestigio de unos cuantos, y se manipula al pueblo llano bajo la sombra y amenaza de la excomunión…, allí no está el Reino de Dios.
Cuando un seguidor de Jesús es capaz de perdonar a quien le ha ofendido porque se ha arrepentido en su corazón, y le pide perdón, allí está el Reino de Dios. El perdón, posiblemente, sea uno de los signos más visibles y eficaces que permiten vislumbrar el Reino porque significa que la mismísima esencia de Dios ha calado en lo profundo del corazón humano. Dios perdona. Nosotros perdonamos al sabernos perdonados por Dios de una manera tan generosa. Ahí está el Reino de Dios, aquí y ahora. No hace falta esperar al futuro, a la vida eterna. Podemos perdonar a nuestros semejantes y que ese perdón permita seguir desarrollando relaciones fraternales fructíferas; con eso tiene que ver el Reino de Dios. Pero, una Comunidad en la que los miembros están enfrentados unos a otros, no se hablan, se esquivan evitando relacionarse a través del amor y el servicio cristiano…, allí no está el Reino de Dios.
Cuando se lucha por la paz, en el sentido bíblico del término, es decir, el shalom, el bienestar de todos los que nos rodean, allí está el Reino de Dios. Cuando se lucha contra la violencia, la extorsión, la injusticia, el abuso de poder, la opresión…, desde la acción de Dios en medio de su pueblo, allí está el Reino de Dios, ha llegado, se hace visible y manifiesto aquí y ahora. Dios quiere la paz, a Dios le interesa la felicidad del ser humano. Sin embargo, aquella Comunidad que es testigo del atropello que los pobres están experimentando y guarda silencio, sin mover un dedo, se hace cómplice del mal y allí no está el Reino de Dios.
Cuando alguien se sacrifica por los demás, renunciando de manera sincera a ciertas comodidades, dando de comer al hambriento, alentando al desanimado, sosteniendo al débil, intentando aliviar el dolor del que sufre, allí se hace presente el Reino de Dios. Aquellos creyentes que están haciendo la vida más fácil y feliz a sus semejantes están haciendo visible el Reino de los cielos que ha llegado. Sin embargo, aquella Comunidad que está instalada en una vida confortable y no está dispuesta a renunciar a nada por seguir al Maestro, allí no está el Reino de Dios.
Cuando las relaciones que se establecen entre las personas están caracterizadas por la justicia, allí está el Reino de Dios que se ha hecho presente; la justicia está en la misma esencia de Dios. Por eso, Jesús animó a sus discípulos a que no se preocuparan por la comida o el vestido y les dijo: “Buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia” (Mat 6.33). Pero, si la Comunidad es testigo de la injusticia y no clama para que Dios intervenga a favor del necesitado, ni se moviliza…, allí no está el Reino de Dios.
Podríamos seguir mencionando otros ejemplos, pero creo que son suficientes. Dicho todo esto, es cierto que el seguidor de Jesús es limitado, pero confía en la grandeza de Dios; es débil, pero cree en el Todopoderoso. Por ello, a pesar de que el Reino de los cielos se ha acercado, todavía no está instalado en plenitud. Ya está aquí, pero todavía no. Estamos muy condicionados por nuestra humanidad; así que, esperamos y anhelamos una manifestación completa del Reino de Dios que ya se ha inaugurado en Jesús, pero que será instaurado con plenitud; esto ocurrirá cuando el Señor vuelva y, entonces, la limitación se evaporará, la debilidad se transformará en poder y el Señor mismo pastoreará a su pueblo. Esto no solo es una idea del Nuevo Testamento; ya el profeta Isaías hablaba de ello (Is 11.1,ss.) y ocurrirá porque “la tierra será llena del conocimiento del Señor, como las aguas cubren el mar” y sucederá cuando el Dios termine de congregar a su pueblo (Is 11.11-12).
El Reino de Dios no es una utopía en el sentido estricto del término; ya ha llegado, está aquí y se manifiesta en un lugar concreto y en unos hechos específicos por la intervención del Espíritu de Dios en medio de su pueblo; por lo tanto, no tiene que ver con palabras grandilocuentes y llenas de humanidad típicas de los teóricos, sino con acciones concretas en el “campo de batalla”. La iglesia hace visible el Reino de Dios cuando sigue a Jesús, cuando da de comer al hambriento, cuando consuela al que sufre, cuando vive en libertad y lucha por la justicia, cuando la misericordia es la base de las relaciones interpersonales, cuando acoge al descarriado, cuando sostiene al huérfano, a la viuda y al extranjero…
El Reino de Dios no es una utopía; está aquí, y se experimenta ahora. Por eso, el Señor desea  congregar a su pueblo para que sea testigo de su gracia y su misericordia, nos llama al Reino de los cielos que ya se ha acercado; mientras tanto, esperamos la venida del Señor, momento en el que recibiremos la promesa que nos hizo, la vida eterna (1 Juan 2.25), y los sueños y anhelos se harán realidad.

* Pedro Álamo es Bachiller en Teología, Licenciado en Psicología, Pastor y Profesor de Teología hasta el año 2001. Actualmente ejerce como delegado comercial en una Compañía de servicios tecnológicos para editoriales. Autor de "La iglesia como comunidad terapéutica" y "Consejería de la persona. Restaurar desde la comunidad cristiana", publicados por la Editorial Clie. Miembro de la Iglesia Betel, en L'Hospitalet de Llobregat, Barcelona. Ha participado en tertulias radiofónicas sobre temas especializados de Teología en Onda Rambla, Barcelona.

Fuente: Lupaprotestante, 2015.

domingo, 17 de agosto de 2014

Bonhoeffer no participó en intento de asesinar a Hitler (II)

Por. Carlos Martínez García, México*
La cuestión judía para Bonhoeffer era tema para dilucidar teológicamente, causa para movilizarse políticamente contra el totalitarismo nazi, pero también un asunto que le tocaba personalmente.
En la  primera parte de esta serie  consigné que ha sido una falsificación histórica sostener el involucramiento de Dietrich Bonhoeffer en atentado alguno para matar a Hitler. Así lo sostienen, y a mi parecer demuestran, los autores del libro a cuya reseña di comienzo la semana pasada.
Durante su tiempo en Nueva York, en 1930-1931, Bonhoeffer tuvo lo que llamó su gran liberación, uno de cuyos componentes fue la transformación en su entendimiento de “la Biblia, especialmente el Sermón del Monte”. Esta sección del Evangelio de Mateo, en palabras del propio Dietrich, “me liberó [y] desde entonces todo es diferente”, confío en misiva del 27 de enero de 1936 a su novia. Sobre la influencia de la experiencia neoyorquina dejó constancia años más tarde, cita Mark Thiessen Nation, en escrito fechado en noviembre de 1942: “ha sido de muy grande significado para mí hasta el día de hoy”.
En tres conferencias dadas por Bonhoeffer en 1932 se pronunció claramente por el involucramiento de las cristianas y cristianos en la búsqueda de la justicia y la construcción de la paz. Lo hizo el 26 julio, en la Conferencia Juvenil por la Paz, en Checoslovaquia. Entonces enfático sostuvo que “el orden de la  paz internacional  es el mandato de Dios para nosotros hoy”. El 29 de agosto, en Suiza, durante la Conferencia Internacional Juvenil del Concilio Universal Cristiano, planteó que ante los ánimos puestos al servicio del odio era imprescindible que los seguidores de Cristo fuesen agentes de justicia, verdad y paz. Finalmente, en diciembre, desarrolló el tema “Cristo y la paz”, ante el Movimiento Estudiantil Cristiano Alemán. Fue concluyente: “El mandamiento, ‘no matarás’. La palabra que dice, ‘ama a tus enemigos’, nos han sido dados simplemente para ser obedecidos. Para los cristianos, cualquier servicio militar, excepto como personal de ambulancias, y cualquier preparación para la guerra, están prohibidos”.
En un sermón (15 de enero de 1933), que Mark Thiessen Nation llama “escalofriantemente previsor”, basado en Mateo 8:23-27, Bonhoeffer dijo a sus oyentes que “la Biblia, el Evangelio, Cristo, la Iglesia, la fe, son un gran clamor contra el miedo en la vida de los seres humanos”. Hizo un exhorto: “aprendamos a reconocer y entender la hora de la tormenta”. Dos semanas después de este sermón era elegido Adolfo Hitler como canciller de Alemania.
Tras la muerte del presidente Hindenberg (2 de agosto de 1934), Hitler tomó el control del gobierno germano e intensificó las medidas para hacer realidad el supremacismo ario, que ya de por sí estaba imponiéndose mediante leyes y decretos discriminatorios. El 7 de abril de 1933 fue promulgada la Ley para la Reconstrucción del Servicio Civil Profesional, la que excluía a los no arios de los empleos gubernamentales. Esta Ley afectaba directamente a las iglesias, ya que los clérigos eran considerados servidores públicos. Además, cualquier clérigo que bautizara judíos sería sujeto al despido.
En contraste ante el silencio de la mayor parte del liderazgo cristiano, Bonhoeffer hizo pública su posición en el ensayo  La Iglesia y la cuestión judía, escrito a mediados de abril (apenas unos días después de la Ley que prohibía trabajar en el servicio público a los no arios), y publicado en junio. Bonhoeffer remarca en su escrito tres formas de actuación de los cristianos en la nación alemana de entonces: 1) Existen razones legítimas para oponerse al Estado cuando éste no actúa propiamente en su rol de Estado para todos. 2) La Iglesia tiene la obligación incondicional de ayudar a las víctimas del Estado. 3). Si la Iglesia observa que el Estado está dirigiendo a la sociedad hacia la destrucción, debe detener las ruedas del Estado destructivo.
La cuestión judía para Bonhoeffer era tema para dilucidar teológicamente, causa para movilizarse políticamente contra el totalitarismo nazi, pero también un asunto que le tocaba personalmente. Gerhard Leibholz, su cuñado, y Franz Hildebrandt, muy querido amigo, eran judíos.
El 11 de abril de 1933 murió el padre de su cuñado. Éste le solicitó a Bonhoeffer que oficiara en el funeral. Alguien le sugirió que antes de aceptar consultase el asunto con su superintendente general, quien tajantemente le dijo que no dirigiera la ceremonia fúnebre. Bonhoeffer declinó la invitación de su cuñado. Meses después (23 de noviembre de 1933), en carta a su hermana Sabine y su esposo, Dietrich confesaba avergonzado que seguía atormentado por su negativa y añadió: “Para ser franco, no puedo pensar qué me hizo comportarme como lo hice. ¿Cómo pude estar tan terriblemente temeroso en ese tiempo? […] Todo lo que puedo hacer es pedir que perdonen mi debilidad de entonces. Sé con certeza que debí haber actuado de forma diferente”.
El anterior episodio, como asienta Thiessen Nation, posiblemente contribuyó para que la experiencia de vergüenza por su debilidad haya “fortalecido a Bonhoeffer para decidir hablar y actuar sin miedo en relación con los judíos, quienes, lo sabía bien, se encontraban en creciente peligro en Alemania”.
La gran mayoría de los liderazgos eclesiásticos, agrupados en los llamados Cristianos Germanos, se alinearon con las pretensiones y prácticas de Hitler. En el agitado abril de 1933 el protestantismo fue convocado para la “sincronización de la Iglesia y el Estado”, consistente en poner a tono la identidad cristiana con la ideología nazi.
Una minoría, en la que estaba Bonhoeffer, fue en sentido contrario a quienes se rindieron ante el totalitarismo hitleriano. En mayo, once pastores de Westfalia hicieron una declaración coincidente en varios puntos con el artículo de Dietrich ( La Iglesia y la cuestión judía ). Rechazaron la exclusión de las iglesias de cristianos descendientes de judíos, y la tuvieron por herética y cismática. Consideraciones parecidas hizo el emergente Movimiento Juvenil Reformado (MJR), y Heinrich Vogel en los  Siete artículos de doctrina evangélica.  En julio 24 y 25 hubo una reunión del MJR en la que Martín Niemoller asumió un rol significativo para que el grupo articulase una confesión de fe.
De agosto 15 al 25, del mismo 1933, seis teólogos y pastores, entre ellos de manera destacada Dietrich Bonhoeffer, redactaron la Confesión de Bethel, que confrontaba la sumisión de los Cristianos Germanos al nazismo. La Confesión de Bethel, fue la única, afirma Thiessen Nation, que “Bonhoeffer ayudó a formular”. La Declaración Teológica de Barmen, redactada en su mayor parte por Karl Barth, fue aprobada por el movimiento aglutinado en la Iglesia Confesante en mayo de 1934. El documento de Barmen iba en el mismo sentido que la Confesión de Bethel, ambos denunciaron al régimen nazi como contrario a los valores del Evangelio.
La confesión de Bethel rechazó “la falsa doctrina de que la voz del pueblo [seguidor de Hitler] pudiese ser la voz de Dios. Es la voz que clama tanto ¡Hosanna! Como ¡Crucifícalo! Su respuesta fue: ‘No este hombre [Cristo], sino Barrabás’”. Clarificando su posición ante el afán totalitario del nazismo y su discurso racial redentorista, el documento principalmente autoría de Bonhoeffer apuntaba: “rechazamos la falsa doctrina del Estado cristiano en cualquiera de sus formas […] El Estado no puede presumir de traer salvación a los seres humanos. No puede usar a la Iglesia como su fundamento moral y religioso. Es una falsa doctrina pensar de la Iglesia como alma o conciencia del Estado […] La comunidad de aquellos que conforman la Iglesia no es determinada por la sangre ni, tampoco, por la raza, sino por el Espíritu Santo y el bautismo”.
Nota: En el artículo de la semana pasada, la parte inicial de la reseña y comentario al libro  Bonhoeffer the Assasin? Challenging the Myth, Recovering His Call to Peacemaking,  ofrecí que la segunda parte contendría el recuento documental que desmiente la afirmación hecha por varios autores en el sentido de que Bonhoeffer formó parte de algún complot para asesinar a Hitler. Es tan pormenorizada la revisión hecha por Mark Thiessen Nation, el responsable de los capítulos históricos en la obra, sobre que tal afirmación es una distorsión de la realidad, que he decidido referirme a ese cúmulo de datos en mi próximo artículo. También intentaré ocuparme de las observaciones, preguntas y opiniones vertidas por algunos lectores del primer artículo.
*Autores: Carlos Martínez García
©Protestante Digital 2014

martes, 21 de enero de 2014

The Hunger Games

Por. F. Javier Goitia Padilla, Puerto Rico*
Lucas 2:15-20
La esperanza es lo único más poderoso que el miedo”, le dijo Snow, el presidente del reino totalitario de Panem, a Seneca Crane, el director de los Hunger Games. El comentario lo hace Snow para educar a Seneca en cuanto a la razón misma de los juegos: frente a la rebelión pasada de los distritos, los juegos se establecen  como premio/castigo de parte del reino totalitario. Los juegos deben fomentar alguna esperanza, pero no mucha, de modo que motive a los súbditos a participar pero que los mantenga en su lugar. La ecuación para que el distrito de la Capital mantenga sus privilegios y viva del esfuerzo de los otros doce distritos de Panem, comenta Snow, es un poco de esperanza en medio de vidas hambrientas y llenas de miedo. Katniss, una excelente arquera y fuerte mujer, pasa de su Distrito, el número 12 dedicado a la minería, a la Capital, el distrito de la opulencia y los privilegios, para participar en los juegos, que son, no incidentalmente, un evento mediático.  Los juegos – con la participación de dos voluntarios escogidos al azar por representantes del gobierno por cada uno de los doce distritos pobres – son una batalla todos contra todos donde sólo el ganador salvará su vida. Allí se descargan las frustraciones y los quebrantos de los súbditos al salpicarles un poco de esperanza. El Distrito del participante ganador tendrá alimentos durante todo un año.
Así como Katniss y los participantes de los Hunger Games, los pastores debieron sentir ambas cosas – tanto miedo como esperanza – en su encuentro con lo maravilloso; en su epifanía y concierto de ángeles que les anunció la llegada del mesías (Lucas 2:9; 13-14). La luz epifánica debió estremecer una noche cualquiera. Una noche de larga vigilia, de frío y de alerta por posibles ladrones y animales salvajes acechando a las ovejas. Las conversaciones cotidianas – las que posiblemente se repetían cada noche entre los pastores con alguna variante menor – fueron sorprendidas por el coro celestial. El texto marca así un momento extraordinario en la vida de los pastores, de la historia y de la creación. Algo sorprendente, más allá de lo conocido y lo esperado, ha ocurrido. Se invita a los pastores a ir a Belén; no como premio/castigo ni como una migaja de esperanza, sino como el anuncio de la encarnación de Dios; como la llegada del jubileo; el año agradable del Señor. El viaje no es a la opulencia ni al privilegio. No es una travesía para participar de una caricatura mediática que promueva un poco de esperanza en medio de vidas hambrientas y llenas de miedo. El ángel fue claro: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre (Lucas 2:12). ¡Y lo encontrarían en Belén, la ciudad de David! (2:10-11). En Belén; un pueblito cualquiera, lejos de la capital del imperio y en la periferia de Jerusalén. La ecuación aquí no es un poco de esperanza y mucho miedo para mantener a los pastores en su lugar. Pero mientras Katniss fue de su distrito minero a la Capital opulenta como variable en un juego con una ecuación que producía migajas de esperanza, los pastores fueron del campo y las ovejas a un pesebre. La ecuación allí, en el pesebre, era diferente. Era la de una esperanza que espanta el miedo para traer salvación, justicia y dignidad como los fundamentos de la paz. Pasemos, pues, a Belén.
En Belén, en el pesebre, los pastores se convirtieron en los primeros teólogos y hermeneutas de la iglesia. El texto dice que, al verlo, (los pastores) dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del niño (Lucas 2:17). Los pastores recibieron, interpretaron  y proclamaron la revelación de Dios. Documentaron y confirmaron la identidad del Niño Dios. La revelación necesita interpretación. Necesita ser actualizada y proclamada. La identidad del Niño Dios no es obvia ni automática. El miedo y la esperanza llegan a nuestras vidas tanto por los quebrantos y luchas de todos los días como por las construcciones mediáticas y las manipulaciones programáticas de las fuerzas que nos quieren mantener en un lugar determinado. Llegan como premio de las estructuras que promueven, validan y fomentan la dependencia, la pobreza, el desconsuelo y la burundanga. El miedo y la esperanza llegan a nuestras vidas tanto por los desencantos y sinsabores de relaciones tóxicas como por la lencería y camándulas de entendimientos de belleza, de humanidad y de éxito manipulados y manoseados. Katniss fue a una entrevista en un talk show para promover los juegos con un traje rojo espectacular que producía fuego por el movimiento. Su belleza y sensualidad le ganaron el favor del público y de auspiciadores. Un favor que promovía la muerte. El miedo y la esperanza que llegan junto a entendimientos simplistas y acríticos del pesebre y del niño Dios, pueden ser promotores de muerte, si no escuchamos bien, ni observamos bien, a los pastores. Los pastores, con su propio ser y circunstancias, interpretaron la llegada del Niño; el valor del pesebre. La llegada de este niño fue un anuncio particular. El anuncio, que ya de grande, hizo el Mesías en el templo: El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos; a  predicar el año agradable del Señor (Lucas 4:18-19). El pesebre no produce ni adelanta privilegios; no promueve esperanza vacua. Dios empeña su Palabra con los marginados y los desechados de la sociedad. El pesebre produce vida, sin engaños ni manipulaciones. Sin trajes que al moverse produzcan fuego y sin talk shows que promuevan escaparates de fantasía. El Dios del Universo se hizo de carne y hueso. Lo finito de la creación fue capaz de contener lo infinito de Dios; este Dios se reveló y levantó la vida de los pastores. Y todos los que oyeron, se maravillaron de lo que los pastores les decían (Lucas 2:18).
Este anuncio particular que es la encarnación de Dios y su llegada a la vida de los pastores en un pesebre tiene consecuencias sorprendentes. Sus consecuencias no merodean alrededor de conversaciones sin consecuencias ni  de viernes negros que administran dosis pírrimas de esperanza como mantenimiento del desconsuelo. La llegada de lo infinito al territorio de lo finito; la llegada de la plenitud de la gloria y del ser del Dios del Universo a la historia cambia vidas; cambia el transcurso de lo acostumbrado. La esperanza de Katniss era salvar su propia vida y regresar a su distrito, ahora con su futuro asegurado y vestido de alguna comodidad, en medio de la necesidad y monigoteo de sus compueblanos. Era regresar a la vida de siempre con alguna dignidad comprada con sangre. El primer ganador de los Hunger Games de su distrito, Haymitch, vivía en una mansión en medio del pueblo; solo y alcoholizado. No podía sobrellevar su porción de bienestar en medio de su comunidad que continuaba agonizando. El anuncio de la encarnación es distinto y produce una esperanza distinta. Se sustenta en un tríptico de trípticos que el autor de Lucas enlaza a través del evangelio. Comienza, por supuesto, en Belén: Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón (Lucas 2:7): pañales, pesebre, y sin lugar. Este tríptico se amarra con el de la cruz: Y quitándolo, lo envolvió en una sábana, y lo puso en un sepulcro abierto en una peña, en el cual aún no se había puesto a nadie (Lucas 23:53): sábana, sepulcro abierto, donde nadie se había enterrado. Finalmente, el recién nacido que murió es confirmado en la tumba vacía: No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea (Lucas 24:6). Ni los pañales ni la sábana están. La condición humana ha sido vencida. El pesebre y el sepulcro han dado paso a una ausencia y a una nueva realidad: no está aquí, sino que ha resucitado. El amarre de los trípticos termina en proclamación: el ruido del mesón y el silencio de un sepulcro sin usar dan paso a la memoria evangélica: acordaos de lo que os habló. La encarnación termina en la proclamación de la memoria del resucitado.
Los pastores son quienes, en el texto de Lucas, documentaron y confirmaron la identidad del Niño Dios. Son los primeros tejedores del evangelio: los primeros teólogos y hermenéutas cristianos. Pero su trabajo no quedó ahí: terminó en doxología. Dice Lucas que los pastores volvieron glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho (Lucas 2:20). Todo encuentro con la revelación de Dios, con Su encarnación en el pesebre y con su interpretación a favor de los vulnerables, termina en adoración. Por eso celebramos la navidad. No como el rescate simplista de una fecha sino como el reclamo evangélico de una memoria: la memoria del Dios que se encarnó, que murió y resucitó. Aún cuando Katniss ganara los Hunger Games, la situación del distrito 12 no cambiaría. La esperanza de sus compueblanos era una ecuación premeditada de dominio. El nacimiento, muerte y resurrección de Jesucristo es una esperanza diferente que reclama una adoración diferente, no unos juegos de dominio y fanfarria.  Dios empeña su Palabra y envía a Su Hijo para que tu vida, tus días, y tu destino sean diferentes. Para que los pañales y la sábana que cubrieron de humanidad a Jesús, – de tu humanidad y de la mía – den paso al No está aquí que nos transforma la vida a la imagen de Su gloria. Es una esperanza de plenitud, de bienestar, y de paz verdadera, porque viene de la encarnación de Dios, de la llegada de Su Palabra que establece Su jubileo en favor de los pequeñitos de Su creación. Por esto celebramos la navidad. Por esto cantamos hosannas con los ángeles; y por esto, con los pastores,  glorificamos y alabamos a Dios por todas las cosas que hemos oído y visto, como se nos ha dicho.

* F. Javier Goitia Padilla. Profesor del Seminario Evangélico de Puerto Rico de Teología Sistemática y Homilética. Pastor de la Iglesia Evangélica Luterana Del Buen Pastor, en San Juan, Puerto Rico. Graduado de la Escuela Luterana de Teología de Chicago (Ph.D, Th.M) y del Seminario Teológico Luterano de Filadelfia (S.T.M., M. Div.).

Fuente: Lupaprotestante, 2014.