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lunes, 27 de marzo de 2017

Sin agua, no hay vida



Por. Juan Stam, Costa Rica
El segundo ángel derramó su copa sobre el mar, y el mar se convirtió en sangre como de gente masacrada, y murió todo ser viviente que había en el mar. El tercer ángel derramó su copa sobre los ríos y los manantiales, y éstos se convirtieron en sangre. [1]
Para interpretar bien estas visiones de agua convertida en sangre, es necesario volver de nuevo a la teología bíblica de la creación.[2]
Para el pensamiento bíblico, toda la creación es gracia divina, y las regularidades fieles de la naturaleza, que nosotros llamamos leyes naturales, ellos las describen como pacto de Dios con la tierra y con toda la humanidad (Gn 9:9-13; Is 54:9-10; Jer 33:20,25). Ya que estos pactos se entienden como personales, entre Dios y los humanos, y como condicionales, sujetos al cumplimiento de las condiciones del pacto, entonces, cuando nosotros desobedecemos a Dios e incumplimos esas condiciones, Dios puede comenzar a irnos quitando poco a poco las bendiciones del pacto en la creación, como el agua (Isa 15.9; 2Mac 12.16).
En ese sentido, la visión apocalíptica de estas dos copas es una especie de testimonio a la inversa de la gracia de Dios en proveernos día tras día con el agua de que depende nuestra vida, y es un llamado a arrepentirnos y volver al cumplimiento de la voluntad de Dios.
A diferencia de Egipto y Mesopotamia, que tenían ríos muy grandes abastecidos por las aguas de las montañas, Palestina sufría de frecuentes escasez de agua que creaban problemas muy serios para la población, y el acceso a los pozos provocaba conflictos hasta violentos (Gn 21:25;30; Ex 2:17-19).
Por eso, Israel sentía una gratitud muy especial a Dios por el don del agua como símbolo de su amor y cuidado por su creación. Sin agua, la tierra es un desierto (cf. Gn 2:5-6; cf. Sal 107:4-5,33-35; Jer 4:26). Es Dios quien “derrama lluvia sobre la tierra y envía agua sobre los campos” (Job 5:10). El don del agua inspiraba algunas de las alabanzas más emotivas del salmista:
Tú, Señor, cuidas de hombres y animales; ¡cúan precioso, oh Dios, es tu gran amor!… Se sacian de la abundancia de tu casa; les das a beber de tu río de deleites. Porque en ti está la fuente de la vida, y en tu luz podemos ver la luz. Salmo 36:6-9
Tu pusiste la tierra sobre sus cimientos, y de ahí jamás se moverá; la revestiste con el mar, y las aguas se detuvieron sobre los montes. Pero a tu reprensión huyeron las aguas; ante el estruendo de tu voz se dieron a la fuga. Ascendieron a los montes, descendieron a los valles, al lugar que tu les asignaste… Tú haces que los manantiales viertan sus aguas en las cañadas, y que fluyan entre las montañas. De ellas beben todas las bestias del campo; Allí los asnos monteses calman su sed. Las aves del cielo anidan junto a las aguas y cantan entre el follaje. Desde tus altos aposentos riegas las montañas; La tierra se sacia con el fruto de tu trabajo. Haces que crezca la hierba para el ganado, y las plantas que la gente cultiva para sacar de la tierra su alimento: el vino que alegra el corazón, el aceite que hace brillar el rostro, y el pan que sustenta la vida. Los árboles del Señor están bien regados… Salmo 104:5-16
En ese sentido, estas copas aparentemente anti-ecológicas significan que debemos cuidar bien las fuentes del agua, de las que depende la vida. Desde la perspectiva bíblica, aunque sea extraña para nuestra mentalidad moderna, el primer paso en protegerla es arrepentirnos de nuestra idolatría y rebelión contra Dios y purificar la tierra de la corrupción, robo y violencia que ensangrentan tierra y mar también hoy día.
 Además, dado que el agua, como toda la creación, es don generoso de la gracia de Dios, pero sujeto siempre a las condiciones del pacto, no debe sorprendernos que en algunos textos bíblicos el retiro del agua, y de otras bendiciones creacionales, simbolice el juicio divino ante el pecado y la injusticia (León Dufour 1973:53).
El presupuesto, extraño para nuestra mentalidad moderna, es que nosotros no somos merecedores de todos esos hermosos regalos de Dios. Eso significa, por un lado, una profunda gratitud constante al Creador. Pero por otra parte, como en este texto, el agua y el sol pueden ser medios de retribución divina. Cuando el pueblo es fiel, Dios abre los cielos y envía lluvia en el tiempo y las medidas apropiadas (Lv 26:3-5,10; Dt 28:12; cf Gn 27:28; Jer 17:7-8 vs. 17:5; Sal 1:3 vs. 1:4).
En cambio si el pueblo es infiel, dice Dios, “Endureceré el cielo como el hierro y la tierra como el bronce” (Lv 26:19; Dt 28:23) y les dará sequía (Am 4:7; Is 5:13; 19:5-8; Ez 4:16-17). Esa teología del agua es el trasfondo también para la conversión del agua en sangre.
Metáforas acuáticas abundan también en el pensamiento mesiánico y escatológico de la Biblia (León Dufour 1973:54-55). Muchas veces son visiones exageradas para describir las maravillas del retorno del exilio (Jer 31:8-9: “Y los traeré del país del norte… Los guiaré a corrientes de agua”; Is 49:8-12).[3] Muchas descripciones del retorno son relecturas aumentadas del éxodo, p.ej. el cruce del Mar Rojo y el Jordán (Is 43:2) o del agua que Moisés sacó de la roca en Cades (Ex 17:6; Nm 20:8). En otros textos, se asimilan esas promesas de una liberación cercana a otras de carácter claramente utópico y escatológico.[4] Esa abundancia de agua convertirá el desierto en Edén (Is 51:3 cf. Gn 2:10-14; Is 35:1-7; 41:18), en claras alusiones al Paraíso original.[5] En resumen, la escatología reproducirá y superará a la protología, y lo futuro-utópico se anticipa y se prefigura históricamente en el éxodo y en el retorno del exilio.
Uno de los pasajes más impresionantes sobre este tema es Ez 47.1-12.[6] El profeta descubre que del umbral del templo fluye hacia el Mar Muerto un río de aguas caudalosas y de bendición creciente (47:3-6). El río tiene poderes curativos, y cuando llega al Mar Muerto “las aguas se sanan” (47:8, hebr RâFâA).[7] Es un perfecto río de vida: Por donde corra este río, todo ser viviente que en él se mueva vivirá. Habrá peces en abundancia porque el agua de este río transformará el agua salada en agua dulce, y todo lo que se mueva en sus aguas vivirá… Los peces así serán tan variados y numerosos como en el mar Mediterráneo… Junto a las orillas del río crecerá toda clase de árboles frutales; sus hojas no se marchitarán, y siempre tendrán frutos. Cada mes darán frutos nuevos, porque el agua que los riega sale del templo. Sus frutos servirán de alimento y sus hojas serán medicinales (Ez 47:9-12).[8]
Este bello pasaje está reproducido casi entero en la última página del Nuevo Testamento (Ap 22:1-2,17), lo que nos indica lo importante del agua en todo el mensaje bíblico.[9]
El agua es un don tan precioso de la gracia del Creador, pero que él nos provee bajo las condiciones del pacto, que hoy sería el discipulado consecuente. Entonces hoy sin lugar a dudas una de esas condiciones tendría que ser una fiel mayordomía del medio ambiente en todas sus dimensiones. Ser discípulo de Cristo hoy significa también cuidar celosamente el don del agua y asumir ante Dios nuestra responsabilidad por conservar su creación.
NOTAS
[1] Sobre el tema del agua se puede consultar León-Dufour (1973:52-56), “El agua”; Vida y Pensamiento (San José:UBL) XXVI:1 2006 “El agua en nuestro futuro, el futuro del agua”; Humberto Jiménez, “El agua en la Biblia” (http://www.uca.edu.ni/koinonia/relat/190.htm; Alan Richardson ed., A Theological Wordbook of the Bible (London: SCM 1951) 279-281.
[2] Para una exposición más amplia de la teología de la creación, véase Stam Tomo II 2003:179-181 y 1995/2003, Las buenas nuevas de la creación.
[3] En otra metáfora relacionada, según Is 8:6, Israel ha rechazado “las mansas corrientes de Siloé” y Dios traerá sobre ellos “las impetuosas corrientes del río Éufrates”.
[4] El carácter utópico y simbólico de estos textos se hace obvio cuando Isaías afirma que los animales salvajes, los chacales y avestruces, honrarán a Dios (Is 43:18-21 hebr).
[5] Todos estos pasajes, y muchos más, hacen énfasis en la abundancia de agua; a la vez, siempre significa prosperidad y bienestar; cf. Jl 3:18; Is 49:8-12; 30:23-26 (“el día de la gran masacre” se refiere a la caída de Asiria, o tal vez de Babilonia). Para Ezequiel (34:25-27; 36:29-30) es el nuevo pacto del Shalom de Dios. En palabras de Humberto Jiménez (op.cit.), “Toda la felicidad y la alegría que se puede experimentar en el paraíso está expresada bajo el simbolismo del agua que se toma”
[6] Otros textos relacionados son Zac 14:8; Sal 46:4;
[7] Si tomamos en consideración que el Mar Muerto es el lago más bajo del mundo (1,300 pies bajo nivel del mar) y más salado (25% sal), apreciaremos el poder curativo de este río.
[8] Ez 47:11 aclara que los pantanos y marismos seguirán proveyendo la sal necesaria para la cocina y los sacrificios (Lv 1:13; Ez 43:24).
[9] En el Apoc, el agua simboliza vida también en 7:17; 21:6. El Evangelio de Juan también hace hincapié en el agua (1:26,31-33; 2:6-9; 3:5; 4:10,13-15; 5:3-4;7:37-38; 19:34). Mt 10:42 y 25:35,42 habla de dar agua al sediento. En los cuatro evangelios, es central el tema de las aguas bautismales. También figura la Fiesta de Cabañas como celebración del don del agua.

Fuente: Protestantedigital, 2017

martes, 7 de julio de 2015

¿Un Papa “Ecologista”?



Por. Leonardo de Chirico, Italia
Como se esperaba, la publicación de la encíclica Laudato si’ (“Alabado seas”) del Papa Francisco fue exaltada como una contribución importante a la urgente necesidad que hay de mantener un esfuerzo prolongado para proteger el medio ambiente. Dada la envergadura de los temas argumentados, con este documento el Papa desea involucrar no sólo a los cristianos y a gente de ideas afines, sino a “cada una de las personas que viven en este planeta”. Es posible que Laudato si’ tenga eco en los círculos más amplios de la opinión pública (p.e. los movimientos verdes y los sectores políticos de izquierda) y durante un tiempo más prolongado que una encíclica papal habitual. Sin duda es el máximo documento autoritativo que el Papa actual ha escrito hasta ahora, puesto que su primera encíclica Lumen Fidei (“La Luz de la Fe”) de 2013, fue básicamente redactada por su predecesor Benedicto XVI y que su Exhortation Evangelii Gaudium (“La Alegría del Evangelio”) de 2013 es jerárquicamente inferior en la clasificación de los documentos magisteriales. Más que exponer puntos doctrinales tradicionales, Francisco quiere subrayar las inquietudes generalizadas y mostrar la visión de amplitud de miras católico romana para dirigirlas. La referencia a la conocida oración de Francisco de Asís en el título refuerza la intención de recordar una larga tradición y atraer una considerable atención.
Las preocupaciones ambientales y el énfasis católico romano
En 192 páginas (una longitud bastante considerable para una encíclica), seis capítulos, la habitual invocación a María “la Madre y la Reina de toda la creación” y dos plegarias finales, el Papa Francisco perfila un trazado de sus ansiedades por el deterioro de la salud del planeta tierra y llama a la humanidad a adoptar medidas con el fin de detener el proceso degenerativo. El remedio para la degradante trayectoria es la adopción de una “ecología integral” que conduzca a un “desarrollo integral y sostenible”. Después de analizar lo que sucede en nuestro “hogar común” en términos de contaminación y cambio climático, el acceso al agua, la pérdida de biodiversidad, la disminución de la calidad de la vida humana y la desigualdad global, el Papa toca el tema de las distorsiones sociales y culturales que causan la actual crisis ecológica (p.e. una tecnocracia generalizada y un antropocentrismo distorsionado) y recomienda como solución el “evangelio de la creación” basado en los principios del “bien común” y aplicarlo a los niveles culturales y sociales. El documento llama la atención sobre la extendida mentalidad ecologista. Al mismo tiempo es parte integrante de la Doctrina Social de la Iglesia Católico Romana. Esto significa que sus análisis y propuestas están intercalados con los elementos típicamente católicos romanos. Por ejemplo, aparte del título mariano de “la Madre y la Reina de toda la creación”, está expresado con un poderoso lenguaje sacramental en la parte final del documento mediante el que se presenta la Eucaristía como la “mayor exaltación” de la creación: “Unidos al Hijo encarnado, presente en la Eucaristía, todo el cosmos da gracias a Dios. En efecto, la Eucaristía es de por sí un acto de amor cósmico”. “En el pan eucarístico, la creación está orientada hacia la divinización, hacia las santas bodas, hacia la unificación con el Creador mismo” (236).
Otro énfasis católico característico en la llamada para una “conversión ecológica” es la insistencia en el papel de las agencias y organizaciones globales mientras se pone un escaso acento sobre la conversión personal. En el documento papal el pecado tiene más dimensión social que individual. La concienzuda referencia al rol de la educación para superar la crisis ecológica tiende a ser un espejismo humanístico más que una observación cristiana moderada, que tenga un punto de vista realista de la capacidad de la humanidad para manejar sus problemas.
Recursos Evangélicos Paralelos Laudato Si’ resultará una lectura útil para penetrar en lo que el Papa considera central según su punto de vista: los pobres, la fraternidad universal, una visión sacramental del mundo y un llamamiento a la opinión pública secular. Para comprender esta encíclica los evangélicos deben ser conscientes de lo que su propia tradición ya ha promovido acerca de estos apremiantes temas. El Lausanne Occasional Paper “An Evangelical Commitment to Simple Life-Style”(El Documento Ocasional de Lausana “UnCompromiso Evangélico de Estilo Sencillo de Vida”) de 1980 es un recordatorio convincente de nuestra vocación bíblica de vivir sobriamente y de promover la justicia. El documento de 2008 publicado por la Alianza Evangélica Mundial “Statement on the Care of Creation” (“Declaración sobre el Cuidado de laCreación”): aborda los retos de ser administradores fieles de la creación de Dios de una forma responsable bíblicamente. 
Finalmente, el Cape Town Commitment (El Compromiso de Ciudad del Cabo) de 2010 es una apasionada llamada a un estilo de vida cristiano caracterizado por la humildad, la integridad y la sencillez. Estos documentos están mucho mejor fundamentados en la doctrina bíblica de la creación, la caída y la redención de Cristo que la encíclica papal. También están enmarcados en el contexto de una preocupación evangélica por el evangelismo y la misión, reflejando así un enfoque más bíblico y global que Laudato Si’. Un estudio comparativo entre estos documentos evangélicos y la encíclica de Francisco será un buen ejercicio para todos los que quieren llegar a un acuerdo con lo que las dos principales familias cristianas globales dicen y hacen sobre el medio ambiente.

Fuente: Protestantedigital, 2015.

lunes, 25 de junio de 2012

El cristianismo ¿culpable de la crisis ecológica?

Por. Antonio Cruz Suárez, España
No es posible negar que la cultura occidental se ha forjado sobre la superioridad arrogante del hombre en el universo y en base a un dominio abusivo de la naturaleza.

Algunos autores responsabilizan a la teología bíblica de los problemas ecológicos que existen actualmente en el mundo. Según tales acusaciones el cristianismo habría adoptado del judaísmo la visión lineal de la historia frente a la idea griega del tiempo cíclico . El pensamiento bíblico acerca de una historia que tuvo un inicio, un punto alfa, y se va desarrollando hasta que sobrevenga el final, el punto omega, habría sido el más adecuado para dar lugar a la creencia en el progreso creciente y sin límites . El cristianismo sería, por tanto, la religión del crecimiento exponencial.
La actual tragedia ecológica hundiría sus raíces en esta arrogancia cristiana de suponer el señorío ilimitado del hombre, en base al mandato divino de crecer y dominar la tierra. Tales convicciones religiosas habrían dado lugar a la ética calvinista del rendimiento y a la moral productivista y consumista de nuestro tiempo que sería la principal responsable de la destrucción medioambiental. De ahí que muchos científicos y pensadores de Occidente no confíen ya en los argumentos del cristianismo y prefieran las visiones de la naturaleza que proporciona la religiosidad oriental.
En este sentido se afirma que las religiones primitivas tendrían una visión más armónica del ser humano en relación con el ambiente que le rodea. La creencia animista de que cada ser natural -hombre, animal, planta o roca- es poseedor de un alma o fuerza vital, motivaría a los creyentes de tales religiones hacia un mayor respeto por la naturaleza. La llamada “madre tierra” no se entendería como materia inanimada sino como un organismo vivo y sensible , capaz de autorregular sus ciclos. Un ser que respira y tiene influencia sobre los humanos. Estas serían, por ejemplo, las religiosidades propias de muchos pueblos indios repartidos por todo el continente americano. Asimismo para el hinduismo la creencia en la reencarnación y en los diferentes estadios por los que pasan los seres vivientes, fomentaría una actitud de respeto hacia todos los organismos y el medio ambiente en general. Lo mismo ocurriría en el budismo ya que los animales se ven como hermanos del hombre y el no matar a los seres vivos sería una de las mayores virtudes.
Por el contrario, el islamismo y las religiones judeocristianas que toman al pie de la letra el relato bíblico de la creación, colocarían al hombre en un pedestal inadecuado que le haría creerse icono de Dios . Los humanos habrían actuado siempre como tiranos explotadores de la creación porque a ello contribuiría la profunda fosa de separación que el propio texto bíblico sugiere entre el ser humano y el resto de los animales.
¿Qué hay de cierto en todas estas críticas? ¿es en verdad culpable el cristianismo?
No es posible negar que la cultura occidental se ha forjado sobre la superioridad arrogante del hombre en el universo y en base a un dominio abusivo de la naturaleza . No obstante, lo primero que se debería resaltarr es que muchas de las actitudes que se han venido manteniendo a lo largo de la historia, por personas y comunidades que se llamaban cristianas, no han estado ni mucho menos a la altura de los valores propiamente cristianos, ni tampoco en consonancia con la auténtica enseñanza bíblica sobre la creación. La Biblia no se refiere a este tema sólo en el libro del Génesis, también en los Salmos se habla del origen del mundo. En el Salmo 104, por ejemplo, la creación aparece como reflejo de la bondad del Creador y el creyente puede a través de ella experimentar el amor y la proximidad de Dios. Esta concepción implica que la naturaleza no es únicamente para ser dominada por el hombre, sino que constituye a la vez un don divino capaz de provocar en el ser humano una actitud de respeto, admiración y amor. El creyente que no se maravilla ante la creación de Dios, ni sabe apreciar su poderosa mano detrás de los millones de galaxias o entre los delicados estambres de una flor, es que no ha entendido la Escritura bíblica. Quien destruye o contamina deliberadamente el mundo natural y al mismo tiempo confiesa su fe en Jesucristo, no está siendo coherente con su cristianismo .
Por el contrario, el mensaje del Nuevo Testamento que aparece en muchas parábolas contadas por el Señor Jesús, transmite para quien sabe leer entre líneas una clara actitud de conocimiento, respeto e identificación con la armonía y belleza de los procesos naturales . La semilla de mostaza que crece hasta transformarse en un árbol capaz de cobijar a las aves del cielo; la fermentación silenciosa de la levadura; la belleza de los lirios del campo o el propio Sol que derrama sus poderosos rayos sobre justos e injustos, constituyen ejemplos del prematuro y sano “ecologismo” que empapaba la predicación de Jesucristo. También en las cartas del apóstol Pablo se deja ver esta valoración por el mundo creado. El Hijo de Dios no sólo aparece como la imagen del Dios invisible sino como “el primogénito de toda creación” (Co. 1:15). Si el propio Creador se humaniza y nace en el seno de su creación es porque ésta vale la pena y merece consideración. El centro del universo creado no es ya el hombre Adán sino el Hijo del Hombre, porque en él, por medio de él y para él fueron creadas todas cosas. De manera que, en la perspectiva cristiana, el dominio humano sobre la naturaleza debe someterse siempre al señorío de Cristo. Esto significa que es prioritario el amor y la deferencia a cualquier manipulación abusiva. En Romanos 8: 19-23 se reconoce que la creación está actualmente “sujetada a vanidad”, es decir, subsistiendo en el fracaso, llevando una existencia diferente a aquella para la que fue originalmente formada. Pero, a pesar de esta situación, llegará el momento en que se producirá la liberación definitiva de esta “esclavitud de corrupción”.
No parece justo acusar a la Biblia o al mensaje cristiano de haber originado la crisis ecológica, precisamente cuando tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento defienden la creación y consideran al Hijo de Dios como su especial primogénito. Es cierto que en determinados ambientes de tradición cristiana no se ha respetado el mensaje bíblico y se ha actuado de manera equivocada, frente a un mundo que se apreciaba como hostil y amenazante, pero la Palabra de Dios no es culpable de los errores que cometen las personas .
Por otro lado también los hombres que desconocían el mensaje bíblico han dado muestras de destrucción salvaje del entorno natural . No se puede decir que los pueblos bárbaros europeos, por ejemplo, estuvieran influidos por la doctrina judeocristiana de la creación ya que todavía no habían sido evangelizados y, sin embargo, mantenían como es sabido una lucha abierta y destructiva contra la naturaleza. Por otra parte también conviene reconocer que la industrialización y el desarrollo tecnológico que han provocado la actual crisis ecológica, surgieron en una época en la que florecía sobre todo el secularismo y la ciencia no estaba precisamente sometida a las iglesias cristianas.
La teología bíblica de la creación no sacraliza la naturaleza como hacen otras religiones de carácter panteísta, pero sí enseña que si somos criaturas debemos respetar el conjunto de la creación porque pertenecemos a ella . Lo contrario sería como arrojar piedras sobre nuestro propio techo. El hombre formado a imagen de Dios no se concibe, desde la Biblia, como un señor despótico y explotador sino como el intendente, el administrador o tutor del mundo natural. No puede por tanto vivir saqueando la creación y extenuando de forma irreversible los recursos que el Creador le ha confiado. Tiene, por el contrario, el deber de gestionar la tierra con sabiduría y sin avaricia porque, en definitiva, el único soberano de este mundo es y será siempre el Señor.
Esto significa que los cristianos debemos asumir la responsabilidad que nos toca para solucionar aquellos problemas ecológicos que estén en nuestras manos . Dios espera precisamente esto de cada uno de sus hijos y la situación actual de la creación lo necesita urgentemente. Tal como escribió San Pablo: “Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios” (Ro. 8:19).
Autores: Antonio Cruz Suárez

©Protestante Digital 2012