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domingo, 6 de noviembre de 2016

El judío que compuso la sinfonía a la Reforma



Por. José de Segovia, España
Ahora que tanto se habla del antisemitismo de Lutero, choca que el compositor de la sinfonía a la Reforma, fuera el judío Mendelssohn (1809-1847). La escribió para el aniversario de la Confesión de Ausburgo en 1830. Aunque era judío, el músico se convirtió al cristianismo, llegando a ser uno de los principales compositores protestantes. Recuperó “La Pasión según San Mateo” de Bach y su fe evangélica le llevó a hacer un oratorio sobre Pablo, usando solamente el texto bíblico, así como otro sobre Elías.
Hace algunos años un escritor checo llamado Jiri Weil escribió una novela titulada “Mendelssohn en el tejado”. Durante la ocupación nazi de Praga, un oficial de las SS recibe órdenes de quitar la estatua de este músico del techo de una sala de conciertos. El problema es que el tejado estaba lleno de figuras de diferentes compositores, y no tenían nombres para identificarlas. El oficial nazi recordó lo que le enseñaron en su curso de “ciencia racial” sobre que los judíos tenían grandes narices. Quitó entonces la estatua más nariguda que había, pero resultó ser la del propio Wagner, quien mantenía que por muy luterano que Mendelssohn fuera, al fin y al cabo era judío. Por lo que su música fue prohibida por los nazis...
JUDÍO CONVERTIDO
Es la paradoja de un músico cuyo cristianismo era tan sincero, que hasta los estudiosos judíos reconocen que su conversión fue auténtica. Es cierto que nació en Hamburgo en 1809 de padres judíos, pero se bautizó antes que ellos. Su abuelo Moisés era un importante rabino y filósofo, cuyo judaísmo era realmente ortodoxo, aunque cinco se sus hijos se hicieron cristianos. El padre del compositor, Abraham, era un banquero, dedicado a los negocios. Su hijo Félix se confirmó a los catorce años en la iglesia luterana, después de hacer que se bautizara a los seis, para ser mejor aceptado en la sociedad alemana. Su padre quiso cambiarle el nombre por Batholdy, pero Félix mantuvo su apellido judío de Mendelssohn. Según el rabino Stahl, “aunque Félix era un cristiano convencido, nunca se avergonzó de sus raíces judías”.
Como Mozart, Mendelssohn era un niño prodigio. Hizo su primera actuación pública como pianista cuando tenía nueve años, empezando a escribir música el año siguiente. Educado por su madre en una cultura exquisita y refinada, dominaba el latín y el griego, además de pintar y dibujar muy bien. Era un buen deportista, pero destacaba sobre todo por su talento para la música. Tocaba como un maestro del piano y el órgano, pero era también un excelente intérprete de violín y viola. A los dieciséis años escribe su encantadora obertura al “Sueño de una noche de verano” de Shakespeare. Algunos piensan que nunca superó la genialidad de esta obra romántica.
Su familia se traslada a Berlín en 1812, donde Félix estudia con Carl Zelter, un hombre vinculado a la familia Bach, que le presenta al anciano Goethe. El joven estaba muy unido desde pequeño a su hermana Fanny, conocida pianista y compositora, que publicó varias de sus obras bajo el nombre de Félix. Mientras tanto estudiaba en la Universidad de Berlín estética con Hegel, además de geografía e historia. Su memoria era tan impresionante que cuentan que cuando interpretó su obertura al “Sueño de una noche de verano” en Inglaterra, se dejó la partitura en un coche, pero se sentó y reescribió toda la obra inmediatamente.
A los doce años estudia ya La Pasión según San Mateo de Bach en la Biblioteca Real de Berlín, donde se conservaba un manuscrito. Su madre le regala una copia para su cumpleaños, hecha especialmente para él, ya que no había sido todavía publicada. Ocho años después la presenta en Berlín, como uno de los más grandes acontecimientos de la historia de la música. La obra se volverá a representar el cumpleaños de Bach, el 21 de marzo de 1829, llegando a ser un famoso director a los veinte años.
LA ALEGRÍA DE VIVIR
“Es un alivio encontrar un músico que fuera realmente feliz la mayor parte de su vida” –dice Siegmund Spaeth–, “aunque ésta fuera tan corta” como la de Mendelssohn. La mayor parte de los grandes compositores tienen un carácter francamente irritante. No es éste el caso de Mendelssohn. Según todos los testimonios, era un hombre modesto y de carácter alegre – como su nombre indica –, aunque algo nervioso.
Se casó con la hija de un pastor protestante francés, Cecile Jeanrenaud, con la que tuvo cinco hijos. Ella era más bien reservada, mientras que él era extrovertido, pero se entendían bien. Ella pintaba, mientras él hacía música. Su pasión sin embargo era tal que a veces estaba tan excitado que sufría colapsos, como el que provocó su muerte, a los 38 años, muriendo poco después su esposa. Estuvieron casados sólo diez años.
Muchos se han preguntado de dónde provenía la energía vital que llenaba a Mendelssohn de esa extraña alegría de vivir. Para él,  “la Biblia era lo mejor de todo”. Así lo declaró cuando hizo su oratorio sobre Pablo, basado en el texto bíblico y las corales de Bach. Amaba tanto las Escrituras, que sus palabras resuenan con un poder tal – en esta obra y la que hizo sobre Elías –, que muchos comparan su interpretación con un acto de culto y adoración pública. Su música es una verdadera celebración de la fe.  
Su cantante preferida era la soprano sueca Jenny Lind, que conoció en 1844. Para ella escribió algunas de sus obras, pero ella se retiró cuando estaba en la cumbre de su carrera. El biógrafo de Mendelssohn, Philip Radcliffe, cuenta que un amigo le preguntó por qué abandonaba la música, precisamente en este momento. Su respuesta fue: “¿Qué otra cosa puedo hacer, si cada día me hace pensar menos en la Biblia?”
Mendelssohn escribió la sinfonía por el aniversario de la confesión de Ausburgo en 1830.
CÁSTILLO FUERTE
Mendelssohn es famoso por su marcha nupcial, unas pequeñas e íntimas piezas para piano conocidas como “Romances sin palabras”, su popular “Concierto para violín en mi menor” (grabado por Anna Sophie Mutter para Deutsche Grammophon en ocasión de su bicentenario) y sus sinfonías “Escocesa” e “Italiana”. Los protestantes le recordamos sin embargo especialmente por la obra que escribió en conmemoración de los 300 años de la Confesión de Augsburgo. Su “Sinfonía de la Reforma” acaba con el himno de Lutero, “Castillo fuerte es nuestro Dios”, basado en las palabras del Salmo 46, que acaba con esta gloriosa declaración del reformador:
Sin destruirla dejarán,
aún mal de su agrado,
esta Palabra del Señor;
Él lucha a nuestro lado.
Que lleven con furor
los bienes, vida, honor,
los hijos, la mujer,
todo ha de perecer.
De Dios el Reino queda

Sobre su tumba hay una gran cruz blanca en el cementerio de la Trinidad en Berlín-Kreuzberg. En la Iglesia Evangélica Paulina seiscientas voces cantaron a “Cristo y la Resurrección”. Tras varios ataques, Félix dejaba este mundo, seis meses después de su hermana Fanny – que sufría como sus padres y sus abuelos de apoplejía –. Sus últimos años tuvo mala salud, problemas nerviosos y demasiado trabajo, pero se mantuvo sin embargo en su fe hasta el final.
Aunque para los nazis, no era más que un judío, al que quitar su estatua en Leipzig y expulsar sus descendientes, no pudieron destruir esa Palabra, que le dio fuerzas y alegría para vivir. Cerraron el negocio familiar, demolieron su figura, pero a pesar de su furor, aunque “todo haya de perecer, de Dios el Reino queda”.

Fuente: Protestantedigital, 2016

lunes, 4 de mayo de 2015

Lutero y la cuestión judía



Por. Lisandro Orlov, Argentina*
“Vigilemos para que Wittemberg no se convierta en otra Betsaida y se diga de ella: “Has sido exaltada a los cielos, hasta el Hades serás abatida.”1 Al escribir estas páginas sobre una etapa oscura y vergonzante en la vida y el pensamiento de Martín Lutero lo hago con un doble objetivo. Por un lado quisiera que la conmemoración de los 500 Años de la Reforma no caiga en una actitud apologética y triunfalista. Es importante reconocer con honesta actitud crítica sus luces y sus sombras, sus objetivos primeros y sus limitaciones. Es por ello que quisiera colocar esta mirada sobre los acontecimientos del año 1517 en un contexto mucho más amplio y comprender esa fecha como una etapa que se inicia, por lo menos, en el Siglo XII con la figura de San Bernardo y sus deseos de reformar la iglesia tanto en su cabeza como en sus miembros, que continúa con diversas otras figuras en diversos países y con los Concilios de Constanza y de Pisa, que también intentan la reforma de la iglesia y fracasan. La Reforma misma es una tarea inconclusa que ha producido efectos colaterales no deseados. Su meta fue, como la de todo ese movimiento pre-existente, la de reformar la iglesia en su totalidad. La división nunca fue un efecto deseado y hoy más que nunca debemos ser conscientes de esa realidad y ser buenos artesanos de la unidad que queremos recuperar.
El otro objetivo es tener una actitud crítica también sobre la misma figura de Martín Lutero. Personalmente, divido su vida y su obra en dos períodos. El primero que va desde 1505, cuando ingresa en la Orden de los Agustinos Recoletos y que culmina en 1525, que es el año de los grandes quiebres en la vida y pensamiento de Lutero. En el primer período se construyen los elementos esenciales de su pensamiento teológico y hermenéutico, aparecen los grandes escritos básicos para comprender su pensamiento. Es la época del monje valiente, entusiasma y apasionado. A partir de 1525 y hasta su muerte, luego de la terrible guerra de los campesinos que indudablemente marcaron a Lutero, aparece el burgués asustado y se revelan los lados más oscuros de la vida del reformador. En ese año, Lutero deja de usar el hábito religioso para cambiarlo por el uniforme de los doctores universitarios.
En ese mismo año también contrae matrimonio con una persona que no era su primera opción. Este matrimonio fue cuestionado por algunos de sus más cercanos colaboradores. Es necesario tener en mente que el celibato clerical tenía y tiene dos vertientes. Por un lado, al clero secular al que se le impuso esta disciplina a partir del Siglo X por influencia del fuerte movimiento monástico pero que no forma parte de votos específicos. Es por ello que a ese tipo de celibato antes y ahora se lo puede debatir y cuestionar.
En cambio, Lutero tenía votos monásticos de celibato, asumidos voluntariamente y que formaban parte de su vocación religiosa. De hecho, hasta 1525 había afirmado reiteradamente que no se casaría. Es también el año de ruptura con el movimiento humanista, llevando su antropología negativa, heredada de San Agustín, a límites extremos. Tenemos que tener mucho cuidado cuando un historiador establece una fecha porque nunca son claras ni netas. Muchos de los elementos presentes en la primera etapa van indudablemente a continuar y enriquecerse en la segunda. Otros aspectos que sin duda estaban presentes en la primera se manifestarán abiertamente en la segunda. Todo proceso histórico necesita ser considerado como de larga duración; simplemente por razones académicas se establecen períodos, para facilitar el estudio. Teniendo en mente esta periodización podemos decir que también la actitud de Lutero con relación a la comunidad judía tiene dos momentos muy diferentes. En primer lugar él mismo tiene que defenderse de las reiteradas acusaciones de ser judaizante, ya que gran parte de sus comentarios bíblicos se relacionan con libros del Antiguo Testamento (comentarios diversos a los salmos, a los libros del Génesis, Deuteronomio y profetas). Es por ello que en 1523, para responder a las acusaciones levantadas públicamente en la Dieta de Nüremberg de 1522, escribe el tratado: “Que Jesucristo ha nacido judío”.2
Este escrito tiene el objetivo de defenderse de la acusación de ser judaizante, pero Lutero lo aprovecha para promover la conversión de los judíos con un espíritu optimista y proselitista que va más allá de toda realidad. Es un escrito que nace en un contexto de pensamiento apocalíptico que afecta a toda la sociedad. Tanto Lutero como la mayoría de sus contemporáneos consideraban que los males que aquejaban al Occidente cristiano presagiaban el fin de los tiempos. Uno de los signos de ese final era la conversión de los judíos a la fe cristiana. Ese es el fundamento de la mirada tan positiva.
Por otro lado, Lutero cree que los judíos no se habían convertido por la pésima predicación de la iglesia y por el testimonio negativo dado por los cristianos, que fueron las barreras que impidieron su conversión. Ahora que se había retornado al Evangelio y se había reformado la predicación, la acción proselitista se vería facilitada. Es así que al final de este tratado Lutero dice: “Por ello les solicito y aconsejo que se actúe con ellos [los judíos] de una forma prudente y que los instruyamos por medio de las Escrituras; seguramente de entre ellos se podría de esta forma convertir. Pero si actualmente nosotros les tratamos con violencia y respondemos atribuyéndoles mentiras engañosas, los acusamos de tener necesidad de la sangre de los cristianos para no apestar, y no sé cuántas otras locuras, ¿si uno les trata como perros quiénes podrán hacer algo positivo para con ellos? Igualmente, si les prohibimos de trabajar entre nosotros, de ejercer un oficio, de establecer relaciones humanas con los demás, si los empujamos a dedicarse a la usura, ¿cómo con todo esto podremos hacerlos mejores?3
Es necesario advertir y hacer una clara distinción, este es un antisemitismo teológico que pretende la conversión de los judíos. No tiene nada que ver con el antisemitismo de los nazis, que se funda en conceptos de raza, totalmente extraño al pensamiento tanto de Lutero como de su tiempo. A los nazis no les interesaba la conversión y de hecho muchos mártires cristianos durante la Segunda Guerra Mundial fueron de origen judío, convertidos al Cristianismo muchos años antes de la llegada al poder de Hitler, pero que igualmente murieron en los campos de concentración por su condición de judíos. No se puede utilizar a Lutero para fundamentar el antisemitismo moderno. Ese es un grave error.
Por el otro lado, a partir de 1529 este optimismo de Lutero en la conversión de los judíos desaparece para dar lugar a una obsesión enfermiza del reformador que veía a su alrededor permanentes conspiraciones destinadas a matarlo. Esa acusación obsesiva se aplica tanto a la iglesia de Roma, a los anabaptistas, como a diversos disidentes dentro de su propio campo de acción. De hecho se piensa que esta etapa oscura y dramática del pensamiento y acción de Lutero comienza luego de haber tenido una comida kosher con algunos rabinos que le produjo una fuerte intoxicación. El fantasma de la conspiración va a dominar este último período en la vida de un Lutero enfermo, con frecuentes y prolongadas etapas depresivas seguidas de etapas de una euforia fanática.
Igualmente, el vocabulario utilizado en contra de los judíos es similar al utilizado para descalificar a los católicos romanos, a todos los disidentes, tanto fuera como dentro de su propio entorno. De hecho, con los parámetros contemporáneos no podemos ocultar que muchas expresiones de Lutero, tal como aparecen en la recopilación de las “Charlas de sobremesa”, nos suenan hoy decididamente groseras. Tenemos que observar que el abominable tratado que aparece en este segundo período y que lleva el título de “Sobre los judíos y sus mentiras” (1543), que sorprendentemente está traducido al castellano y circula libremente por las diversas redes de comunicación social a diferencia del anterior, del que no he podido encontrar traducción al castellano, refleja propuestas que hoy en día ningún luterano puede compartir sin avergonzarse.
Este difamatorio tratado se encuadra sobre un extendido antisemitismo que sufría el Occidente medieval. Constatamos expulsiones del pueblo judío o prohibiciones de residencia que se habían extendido por diversos países. Vemos esas calamidades tanto en España -que es la más conocida expulsión y conflicto- pero Francia, Inglaterra y Alemania también reflejan esa situación. El hecho de que este sentimiento antisemita estuviera extendido en el momento y en el espacio de Lutero no es ninguna disculpa ni argumento que disminuya el rechazo a estas posiciones porque algunos contemporáneos suyos en tiempo y espacio supieron oponerse a esa injusticia. De hecho, podemos ver como muchas veces las poblaciones judías quedaron bajo la protección del Pontífice Romano y se las llama “los judíos papales”. Tanto Lutero como Erasmo hubieran podido ser parte de esa minoría, pero no lo fueron. En este tratado que los antisemitas de hoy promueven para justificar las peores medidas aplicadas realizan un anacronismo, ya que el punto de partida de Lutero no es el concepto de raza sino  el debate teológico. Si bien las medidas promovidas, como el cerrar las sinagogas, quemar sus libros religiosos, promover la construcción de un ghetto etcétera son externamente semejantes, sus fundamentos son totalmente diferentes.
Indudablemente, queda reflejada en esta reflexión mi admiración sobre las propuestas bíblicas, teológicas y pastorales del primer Lutero, que leo con mucho sentido crítico, y mis dificultades en acompañar al Lutero de la última etapa. En este contexto, la figura de Felipe Melanchton va adquiriendo en mi comprensión de la Reforma una importancia que hasta el momento no hemos honrado lo suficiente. Acompaño todo su esfuerzo por mantener la unidad de la Iglesia tal como se refleja en la Confesión de Augsburgo que hasta 1530, a diferencia de Lutero, mantuvo Melanchton. Esa será otra tarea y asignatura pendiente que tendremos que remediar antes del 2017. Dentro de tanta tiniebla quisiera terminar rescatando algo positivo del primer Lutero: “Si uno quiere ayudarles [a los judíos], debemos practicar con ellos, no la ley del Papa, sino aquella del amor cristiano, acogerlos amistosamente, dejarles que desempeñen un empleo y que trabajen con nosotros, con el objetivo de que ellos tengan la ocasión de permanecer a nuestro lado y con nosotros, de escuchar nuestra enseñanza cristiana y de ver nuestra vida cristiana. ¿Si alguno se muestra empecinado, qué importa?
Nosotros no somos bajo ningún aspecto buenos cristianos...”4

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1. Martín Lutero. “Comentarios de Martín Lutero. Evangelio de Juan. Capítulos 1-4. Volumen VIII. Editorial Clie. Barcelona. 2002. Página 420
2. Martín Lutero. Oeuvres.Tome IV. “Que Jésus-Christ es né juif” Labor et Fides. Géneve. 1958. Página 57 a 76
3. Idem. Página 76 [Tradución del francés propia]
4. Idem. Página 76


* Pastor Lisandro Orlov, Iglesia Evangélica Luterana Unida en Argentina y Uruguay.

Fuente: Reflexiones y recursos para celebrar los 500 años del movimiento de la Reforma Número 15, año 2015 en ALCNOTICIAS.