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viernes, 6 de abril de 2012

LA ANTIGUA HUMANIDAD FUE CRUCIFICADA CON JESUCRISTO (Ro 6.1-14)

Por. Leopoldo Cervantes-Ortiz, México.
…sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado (sunestauróthe) juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido (katargethê), a fin de que no sirvamos más al pecado.
Romanos 6.6
El Verbo, cuando fue hecho carne, pasó de la ubicuidad al espacio, de la eternidad a la historia, de la dicha sin límites a la mutación y a la muerte…[1] J.L. Borges, “Tres versiones de Judas”
1. Pablo frente a la cruz de Jesús
Uno de los primeros conflictos que debió enfrentar el antiguo fariseo Pablo de Tarso en relación con la realidad de la cruz de Jesús fue la afirmación de Dt 21.22-23 sobre la maldición para quien muere en un madero. Su conciencia religiosa, formada en el más estricto apego a la ley, debió confrontarse con la cruda visión de la fe cristiana acerca de los momentos climáticos de la muerte de Jesús en el madero del Gólgota, una imagen intolerable para la perspectiva judía sobre el ajusticiamiento de una persona. En ese caso, Jesús no había sido ejecutado como blasfemo sino como un enemigo de la paz pública y del Estado romano. Cuando tuvo la visión cerca de Damasco, seguramente el choque debió ser brutal para él:
¡A quien él perseguía, era precisamente el Mesías, de quien Dios mismo daba testimonio resucitándolo de entre los muertos y glorificándolo, como los cristianos perseguidos por él testimoniaban! Pablo creyó en Jesús, pero tuvo que replantearse el problema de su muerte. Si Jesús, pues, no era un ‘maldito de Dios’, ¿por qué su muerte en la cruz? La comunidad de Damasco, que le acogió, le dio la primera respuesta: ‘murió por nuestros pecados’, según testimoniaban las Escrituras”.[2]
Esta creencia, que Pablo repite modificada varias veces, se deriva de una lectura cristológica de Isaías 53.5a (“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados…”), y formaba parte de las primeras afirmaciones de fe de las comunidades creyentes. La mirada realista acerca de un instrumento de tortura secular usada por los garantes de estabilidad social, los militares romanos, contrasta con la interpretación del proyecto divino de salvación que progresivamente elaboró el apóstol. Poco antes de desarrollar su teología de la cruz propia, formula preguntas tan acuciantes como en I Co 1.13: “¿Acaso crucificaron a Pablo por ustedes?” para demostrar que sólo quien pasó por la cruz podía atribuirse la propiedad de la iglesia. Para él, todos los seres humanos, tanto judíos como gentiles, son irredentos, por lo que su necesidad de apelar a esa muerte es obligada.
En Gálatas 3.13-14 se refiere explícitamente a Dt 21.23: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero), para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu”. Ridderbos comenta: “El texto afirma que Cristo, al dejarse crucificar por nosotros, se hizo maldición por nosotros, para que la bendición de Abraham pudiera comunicarse a los gentiles por medio de la fe, y no en base a las obras”.[3] “Así, ellos pueden ahora recibir mediante la fe lo que no estaban capacitados para recibir por medio de la ley”.[4]
Probablemente Pablo esté acá reflejando su sensibilidad pre-cristiana: ¿cómo puede alguien decir que Jesús es enviado de Dios, si Dios lo ha maldecido en la cruz? Esta paradoja sólo alcanza su sentido con la fe en la resurrección: “Dios lo resucitó” (1.1); es decir: la cruz es signo de que Dios ha maldecido a Jesús, pero la resurrección es signo de que lo ha bendecido. Llegando a lo profundo de la maldición (haciéndose maldito), Jesús llega al extremo de la debilidad, de hacerse nada (kénosis), para así poder llegar a todos, no sólo a los que tienen poder o fuerza. Llegando hasta lo más profundo, liberándonos de la ley, la bendición “a todas las naciones” que Dios hizo a Abraham (Gen 12.3) llega ahora a los paganos (3.14).[5]
Procesando así esta enorme paradoja pudo san Pablo relanzar la imagen salvífica de un “malhechor rehabilitado” que, condenado por la ley antigua, podía funcionar como salvador en el nuevo esquema de Dios. De ahí que su lenguaje asuma las metáforas jurídicas de la redención y la justificación, por igual, para referirse a los logros de la cruz de Jesucristo, que él vería ya como centro y razón de ser de cualquier comprensión de la obra salvadora de Dios, porque “el fin de cualquier teología de la ley es Cristo, y no otro que el crucificado, en el sentido de la expresión paulina, ‘palabra (o mensaje) de la cruz’”.[6]
2. Crucificados/as con Jesús para una vida nueva
La carta a los Romanos representa uno de los momentos más altos en la reflexión paulina sobre la fe y la actuación de Dios en Cristo. En el cap. 6, el apóstol desarrolla, como algunos estudiosos han observado, dos lenguajes simultáneos, el cúltico o jurídico, y el participativo o “místico”, acerca de la muerte de Jesús por la humanidad. Eso se puede resumir con una fórmula: “Es la distinción entre decir que Cristo murió por los creyentes y que ellos mueren con Cristo, entre decir que los cristianos/as son santificados y justificados, y que ellos han muerto con Cristo al poder del pecado”.[7] De este modo, la muerte de Jesús en la cruz sirvió para dos propósitos: tratar con el castigo y las consecuencias del pecado humano y, al mismo tiempo, con su poder: “La muerte de Cristo consiguió la absolución y para hacer posible la participación en su muerte al poder del pecado”.[8]Explorar el primer énfasis, el legal o litúrgico, conduce inevitablemente al segundo, el participativo, en el que según este pasaje, cada creyente se identifica profundamente con la muerte de Cristo en el rito bautismal, pues “al quedar unidos a Cristo Jesús en el bautismo, quedamos unidos a su muerte” (v. 3); “por el bautismo fuimos sepultados con Cristo, y morimos” (v. 4); “nos hemos unido a Cristo en una muerte como la suya” (v. 5); “lo que antes éramos fue crucificado con Cristo” (6.6); “nosotros hemos muerto con Cristo” (v. 8). Esa identificación nos lleva a vivir de otra manera: “para ser resucitados y vivir una vida nueva” (v. 4); “para que el poder de nuestra naturaleza pecadora quedara destruido y ya no siguiéramos siendo esclavos del pecado” (v. 6); “muertos respecto al pecado, pero vivos para Dios en unión con Cristo Jesús” (v. 11). “La lógica de este cambio es bastante sencilla: ‘Porque, cuando uno muere, queda libre del pecado’ (6.7), y de cualquier otra cosa que pudiera mantenemos ‘enganchados’ del sistema pecador, de la obligación y la ‘vida muerta’”.[9]En el bautismo, según Pablo, “nos hemos despedido simbólico-políticamente de este mundo pecador/de muerte, confiados en que pronto compartiremos la otra vida manifestada en la resurrección de Cristo, una vida libre de temor, de odio, de resentimiento, de tanta falta de satisfacción”.[10] Y ya es posible disfrutar de esta nueva forma de existencia, aun cuando su plenitud no se alcance, pues nuestra vida es, desde ahora, la “semilla de otro reino”. “Lo que hace de la muerte de Cristo uno de los símbolos más aptos de la vida cristiana, en cuanto “liberada” del poder del pecado y de la muerte, y por ello capaz de enfrentarse sin miedo o temor al porvenir, es la relación que tiene para Pablo la imagen de la cruz con la ‘espiritualidad’ de lucha y perseverancia, que en Ro 8 se presenta como la base del proyecto cristiano.[11]Gálatas 2.19-20 retoma la experiencia de estar crucificados con Cristo y allí crucifica al yo, “que es pecador por estar sometido al legalismo”. En Ro 6.6a, “nuestro hombre viejo quedó juntamente crucificado con él; es decir: fue aniquilado el cuerpo carnal poseído por el pecado (el individuo pecador, 6b); de este modo ha sido quebrantado el poder del pecado (6.2; 6.6c)”.[12] De modo paralelo, en Gál 6.14 todo esto se expresa con una fórmula cósmica: “por la cruz de Cristo el ‘mundo’, de tentador del poder, fue crucificado en favor del yo creyente, y por otra parte el yo fue entregado a la muerte para afrenta del mundo, ya que pierde su base de operaciones […] Los creyentes, transformados en propiedad de Cristo, han crucificado su carne con sus pasiones y deseos desordenados (Gál 5.24)”.[13]Desde esta perspectiva “mística”, lo que los creyentes han hecho es “compartir es una condición presente similar a la del Cristo crucificado y resucitado como resultado de haber roto radicalmente con el pecado junto a su Señor a fin de vivir para Dios”.[14] Y todo ello acontece, efectivamente, mediante la incorporación al cuerpo de Cristo por la fe y el bautismo. Mueren junto con Cristo y se identifican con la condición suya de estar “muertos al pecado” y a la era presente. En la cruz muere la vieja humanidad y se anuncia el surgimiento de una nueva en la resurrección de Cristo, quien ha ganado para quienes “son sepultados con él” (4a) por el bautismo una “vida nueva” para andar en ella (4c, kainóteti zoēs peripatésomen). Ya no hay identificación esencial con el mundo de hoy sino con la vida experimentada desde la cruz y resurrección de Cristo. La “visión mística”, entonces, exige una aplicación ética para lograr la superación de los valores contrarios al Reino de Dios. ¡Es la preeminencia de la gracia, sí, pero que reclama un compromiso en todos los órdenes de la vida!
Además, la actualización de la crucifixión exige ampliar los contextos para la aplicación de la muerte de Jesús, pues la experiencia humana sigue produciendo crucificados: “La Semana Santa traiciona la pasión cuando es algo sólo emocional, folclórico y festivo. Es memoria de la cruz y toma de conciencia de que muchos conciudadanos están viviendo una pasión, crucificados por los poderes de este mundo. Cuando esto se concientiza y compromete a los cristianos, entonces es cuando la celebración es actual y tiene fuerza”.[15] El Viernes Santo, lamentablemente, es la situación permanente de muchas personas en nuestras sociedades, por lo que el salto al Domingo de Resurrección para ellas es de una urgencia pasmosa.[16]
***
Ante la cruz

viene el recuerdo otra vez
el impacto de esos días ambiguos
cuando un hombre transparente
fue asesinado por amor a la causa divina:
paladeó el dolor como pocos
y abrió la puerta universal de la fraternidad/
subió a un madero ignominioso
y ganó una salvación desde el abandono

ese recuerdo golpea paredes y conciencias
convoca rituales ceremoniosos
mas sobre todas las cosas
viene desde un tiempo pleno
a decir que la justicia es un derecho
para todos/ su camino de sangre
lo han recorrido millones de seres
que soñaron y sueñan con un reino de paz

su voz maltrecha en el suplicio
apeló y apela a la ausencia de Dios
pero resuena en la concavidad del cielo:
recordar su martirio atribulado
sin sumarse a las huestes de fe
es un flaco homenaje a su lucha
al amor inobjetable que lo habitó
e incluyó a sus enemigos

hoy su cruz nos llama a todos
(LC-O)

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[1] Cf. Winston Enrique Sabogal, “La deuda con Judas”, en El País, 5 de abril de 2012, http://blogs.elpais.com/papeles-perdidos/2012/04/en-deuda-con-judas.html Agradezco la referencia al maestro Sergio Cárdenas.
[2] Ángel Pérez Gordo, “La cruz interpretada por San Pablo (II). Las fiestas de Israel, tipo de las nuevas realidades”, en Staurós. Teología de la Cruz, núm. 27, 1997, p. 17,
www.pasionistas.net/documentos/stauros/stauros_indice.html
[3] H. Ridderbos, El pensamiento del apóstol Pablo. Grand Rapids, Libros Desafío, 2000, p. 216.
[4] D. Brondos, Paul on the cross. Reconstructing the apostle’s story of redemption. Minneapolis, Fortress, 2066, p. 148. Gracias a Rosa Hamdan por el acceso a este volumen.
[5] E. de la Serna, “Gálatas: la novedad de estar en Cristo”, en RIBLA, núm. 62,
http://claiweb.org/ribla/ribla62/eduardo.html
[6] E. Brandenburger, “Cruz”, en L. Coenen et al., Diccionario Teológico del Nuevo Testamento. I. Salamanca, Sígueme, 1990, p. 365.[7] E.P. Sanders, Paul and palestinian judaism. Filadelfia, Fortress, 1977, p. 520, cit. por D. Brondos, op. cit., p. 103.
[8] Ibid., p. 507.
[9] Leif E. Vaage, “Redención y violencia: el sentido de la muerte de Cristo en Pablo. Apuntes hacia una relectura”, en RIBLA, núm. 18,
http://claiweb.org/ribla/ribla18/redencion%20y%20violencia.html.
[10] Idem
[11] Idem.[12] E. Branderburger, op. cit., p. 366.
[13] Idem.
[14] D. Brondos, op. cit., p. 175.
[15] J.A. Estrada Díaz, “¿Es actual la Semana Santa?”, en Diario de Sevilla, 4 de abril de 2012, www.diariodesevilla.es/article/opinion/1225535/es/actual/la/semana/santa.html.
[16] Juan José Tamayo Acosta, “Viernes Santo en la sociedad del bienestar social. La experiencia del mal desde la perspectiva de las víctimas”, en Moralia, núm. 22, 1999, pp. 223-252, en Staurós, núm. 37, primer semestre de 2002,
www.pasionistas.net/documentos/stauros/stauros_indice.html
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Sergio Cárdenas, “Ante tu cruz”

jueves, 5 de abril de 2012

Jesús prepara su entrega por la humanidad

Por Leopoldo Cervantes-Ortiz

…el Hijo del Hombre …vino para… dar su vida en rescate por muchos. Mateo 20.28
1. Dios se entrega a la humanidad en Jesús de Nazaret
Mediante lo que se podría definir como una “concentración cristológica de la historia de la salvación”, los Evangelios practicaron una forma de interpretación de la vida y obra de Jesús de Nazaret en función de la acción de Dios en el mundo para entregarse a la humanidad en su persona. Posiblemente la idea de una entrega voluntaria daría la impresión de pasividad, pero lo cierto es que el movimiento provocado por Jesús arroja una luz muy intensa sobre el énfasis activo con que él asumió la tarea de representar y asumir la presencia de Dios en medio de la humanidad para obtener los beneficios de una salvación largamente anunciada. La comunidad de Mateo, asentada en Antioquía y conformada sobre todo por conversos del judaísmo, al revisar el trasfondo de los sucesos que conformaron la entrega de Dios en Jesús, advirtieron que ésta se dio en medio de una conflictividad que afectaba a todos los integrantes de la comunidad, y especialmente a algunos de sus líderes, quienes estaban ante la tentación y el peligro de practicar los usos del poder predominantes.
Mateo marca un instante importantísimo en la vida de Jesús, cuando decide “subir a Jerusalén” (20.17), aun a sabiendas de lo que sucederá allí. Toma a sus 12 discípulos, un subrayado sobre la importancia de la comunidad, y hace una afirmación contundente: “He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte; y le entregarán a los gentiles para que le escarnezcan, le azoten, y le crucifiquen; mas al tercer día resucitará” (vv. 18-19, énfasis agregado). La acción de entregar (paradídomi) de la que habla tiene una connotación pasiva y negativa, pues se refiere a la determinación de los enemigos de Jesús de llevar adelante el rechazo de su obra y asesinarlo. Inmediatamente, la madre de los hijos de Zebedeo, tradicionalmente llamada Salomé, expone el deseo de que ellos puedan ocupar los primeros lugares en el Reino futuro y escatológico de Dios (vv. 20-21).
Semejante petición rompe el momento solemne del anuncio de la obra redentora de Jesús y conduce la afirmación de su entrega hacia un marco relacionado con la capacidad de sacrificio y entrega en contraste con el uso del poder en el mundo: “Este texto sobre el servicio cristiano hay que ponerlo en relación con los vv. 17-19 que anuncian el mayor servicio de Jesús, el de su propia muerte. La madre de los hijos del Zebedeo aspira no sólo a un mejor puesto para sus hijos, sino a lo máximo, al todo del reino. La aspiración a lo más alto es algo grabado en el corazón del hombre. Jesús no anulará esta aspiración sino que le dará un nuevo giro, aunque la ambición esté, por supuesto, descartada del reino”.[1]Lo descabellado de la petición consiste en asociar la entrega de Jesús meramente a una cuestión de poder. Es como si alguien espera la recompensa aun antes de haber hecho cualquier cosa. La entrega de Dios en Jesús no implica el acceso al poder para nadie, pues la consecución de la obra redentora tiene como condición inevitable la entrega personal, el sacrificio y la humillación:
La segunda parte de la escena se centra sobre el grupo de los demás apóstoles. Jesús no critica directamente los poderes terrenos, sino que enseña a sus amigos que no es un modelo al que se pueda equiparar el Reino. Más aún, el verdadero medio de que disponen los miembros de la comunidad mesiánica para llegar a la “grandeza” del Reino es el servicio. El sentimiento y deseo de superioridad que anida en el corazón de todo hombre tiene un cauce de expresión en la dinámica del reino: el servicio. Todo lo contrario a lo que cabría esperar. Sólo mirando al servicio total de Jesús en su muerte es posible entender estas palabras sin pensar que se trata de no sé qué ironía.[2]
La entrega que Dios viene a hacer de sí mismo en la persona de su Hijo en el mundo, una acción aparentemente pasiva y negativa si se aprecia desde el lado humano y material, presupone una intencionalidad más profunda, pues Jesús siente que ha llegado el momento justo para esa entrega. De ahí que su afirmación activa y positiva, luego de enjuiciar el comportamiento relacionado con el poder terrenal (vv. 25-27), tiene que ver precisamente con la entrega de su parte en una misión de servicio y humildad: “No es la misión de Cristo en la tierra situar a sus amigos en los mejores puestos y conceder honores, sino salvar a los hombres con un amor que no se detiene ante la muerte y muerte de cruz. El que ha resucitado a Jesús de entre los muertos, sabrá resucitar y premiar en su día a los que ahora siguen los pasos de Jesús”.[3]
Jesús se entregará en medio de conflictos, pero éstos no deberán esconder la decisión divina de hacerse presente en el mundo aunque no en la forma de un gobernante poderoso y despótico sino, más bien desde una disposición innegociable de servicio y entrega “para dar su vida (dounai ten psujén) en rescate por muchos” (v. 28), en una actitud de donación permanente y hasta lo último.
La indignación de los otros diez se debe más a la envidia, al oír esta petición, que al hecho de que hayan comprendido “los secretos del Reino”. Las normas que rigen en la comunidad mesiánica rompen con toda la ideología dominante en el mundo que la rodea especialmente con el modo de ejercer el poder en el mundo pagano (“los pueblos” o “las naciones”): su característica dominante es el absolutismo. Los que forman la comunidad mesiánica no deben asemejarse al modelo pagano; el modelo que Jesús propone es el del “servidor” (diakonos) y “esclavo” de los demás. La novedad de este modelo es el servicio a los demás: para los judíos era un honor llamarse servidores de Dios, pero no de los hombres.[4]
Dios se entrega a la humanidad en Jesús de Nazaret acompañando la existencia y agregándole el sentido salvífico que no es tan accesible para la mirada de los demás. Llevará a su Hijo a la cruz, es verdad, pero no como parte de un proceso sádico en el que disfrutará de su sufrimiento histórico, pues Él mismo experimentará, “en carne propia”, el dolor que produce una entrega no fingida, auténtica y liberadora:
Este servicio que Jesús propone tiene un modelo muy claro: Él mismo. Con sus últimas palabras corrige una concepción errónea que podía tenerse sobre su persona y al mismo tiempo se presenta como tipo del Siervo. Eso se hace en primer lugar con una frase negativa: “no ha venido para…”, y luego con otra positiva: “sino para dar su vida…”, indicando que él será el verdadero Siervo de Yahvé y que su muerte tendrá el sentido de ser para todos los hombres una liberación (“rescate”) para llevar una nueva vida.[5]
2. Jesús de Nazaret: una vida al servicio del Reino de Dios
Si algún mérito ha tenido la relectura de la vida y obra de Jesús de Nazaret, el Jesús histórico, como se decía antes, desde América Latina, es la afirmación de su compromiso irrestricto con la esperanza en la venida y realización del Reino de Dios en el mundo. Esta búsqueda de la fe cristiana latinoamericana ha sido alimentada por un profundo acercamiento a los evangelios y, muy especialmente, al de Marcos, porque su carácter de primer registro cronológicamente hablando de los hechos y sus énfasis particulares contribuyen sólidamente a reconstruir los sucesos en una clave más actual y, al mismo tiempo, a reelaborar la fe individual y comunitaria desde la praxis de Jesús. Las comunidades que produjeron dicho evangelio hicieron algo similar y elaboraron una visión de la acción de Dios en Jesús de Nazaret de tal forma que no sólo proyectaron en él su misión sino que además alcanzaron a producir claves de interpretación de la vida y el mundo a partir de la preocupación esencial del profeta galileo: las manifestaciones visibles e históricas del Reino de Dios. Así lo plantea el jesuita mexicano Carlos Bravo Gallardo, ya fallecido:
…Marcos hace una aportación totalmente original a la búsqueda de sentido del hecho-Jesús:
◦no lo hace mediante confesiones, himnos o títulos, sino mediante la narración de su práctica;
◦se trata de una “narración inversa”;
◦en un mundo en el que la historia es de los vencedores, escribe un relato, desde el reverso de la historia, sobre ese judío vencido;
◦lo dirige a una comunidad de perseguidos no judíos, probablemente romanos, a quienes propone como norma de vida a ese judío;
◦se trata de un relato inconcluso de esa práctica truncada violentamente, que deja sin respuesta inmediata qué pasó con todo ese asunto de Jesús;
◦su autor no es un testigo inmediato de los hechos; incluso es probable que haya tenido que vencer resistencia fuertes a que consignara por escrito la memoria de Jesús;
◦en síntesis: no es la memoria del triunfo de Jesús, sino un relato de una práctica truncada por la violencia y el fracaso y que pretende comprometer al lector con el proseguimiento de esa causa.[6]
Esta “narración inversa”, en otras palabras, es una especie de “visión de los vencidos”, basada sobre todo en el hecho de que el movimiento iniciado por Jesús no buscó el poder material, aunque la esperanza en la venida del Reino, escatológico e histórico, implicase un “asalto al poder”, el cual se consumó, por así decirlo, con su resurrección y ascensión. Jesús no se aprovechó de las esperanzas, frustradas durante tanto tiempo., del pueblo, sino que relanzó esas esperanzas y las hizo realidad con su revaloración del cuerpo y de la salud integral de los seres humanos necesitados que encontró. Sus acciones de sanidad y solidaridad generaron controversias cada vez mayores y su postura ante las tradiciones religiosas lo colocaron en una situación prácticamente clandestina. En su figura se mezclaron el taumaturgo, el exorcista y el luchador social, una combinación inaceptable por el impacto popular que esto conllevaba. El régimen podía alguna de las tres prácticas, con su tratamiento correspondiente, pero no todas.
En primer lugar, hay que hablar de la manera en que la fe y esperanza en la venida del Reino “moldeó”, por así decirlo, su vida, pensamiento y acción. Fue, en palabras de Bravo Gallardo, un “hombre en conflicto” que asumió los riesgos de poner a funcionar los beneficios del Reino de Dios para la vida de la humanidad sufriente, justamente aquella en la que los encumbrados no querían pensar, dado el uso del poder que manejaban. Luego de la decapitación del Bautista, advertencia para el propio Jesús de lo que le sucedería si avanzaba en su proyecto, los anuncios que hizo sobre su camino a la cruz no escondieron, por ende, el grado de oposición que alcanzaría su labor desinteresada de servicio y empoderamiento de las personas, algo inaceptable para las cúpulas políticas y religiosas, pero que estaba en estricta consonancia con la promoción y vivencia de los valores del Reino de Dios. En Mr 8.31 es sumamente explícito al afirmar que sería “desechado” (apodokimásthēnai), o rechazado, como traducen las nuevas versiones, por quienes debían recibirlo como el Mesías: ancianos (presbíteros, el Sanedrín), sacerdotes (líderes religiosos) y escribas, los conocedores de la Ley, de la Palabra. Es decir, los destinatarios y vehículos de la esperanza del Reino de Dios. El v. 32a lo subraya: “Jesús lo dijo claramente”.
Jesús demuestra que la confesión mesiánica (como la de Pedro, v. 29) sobre su persona no es suficiente y que puede producir resultados negativos (vv. 32-33). Entonces delinea igual de claramente las características del seguimiento (v. 34), otro “redescubrimiento” de la cristología latinoamericana: la negación del egoísmo, esto es, de los proyectos personales, “tomar la cruz” y seguirlo en su camino martirial. “Se enfrentan dos modos de pensar sobre la práctica por el Reino: el que la concibe de acuerdo con el esquema humano de un poder que se impone, y el que la concibe desde Dios, como fuerza de vida que se ofrece indefensa a la libertad humana. Por su manera de pensar, Pedro se sitúa en el círculo de los opositores de Jesús, en el círculo de Satanás; esta dura migración de sentido es una advertencia para el seguidor de Jesús”.[7] Mateo matiza un poco semejante aseveración y Lucas la suprime por completo. Para Pedro, la popularidad de Jesús haría imparable su éxito político, pero ése no era su propósito central.
Como consecuencia de su compromiso total con el Reino de Dios, Jesús fue capaz de “sintonizar” y “sincronizar” sus acciones y enseñanzas con la voluntad de Dios. Esto fue lo que le otorgó una capacidad espiritual y ética que impresionó profundamente a sus contemporáneos, aunque no necesariamente los condujo a la conversión, especialmente a quienes estaban literalmente casados con el sistema socio-político y religiosos. Si Jesús vivió en consonancia total con la voluntad de Dios, eso mismo lo llevó a la cruz y él no evadió el conflicto. Su vida entera, dedicada al servicio del Reino en el cual creía tan firmemente, fue una entrega decidida a realizar en el mundo la presencia de esa nueva realidad que superará definitivamente la injusticia e instalará los valores de la vida de Dios en todas las relaciones humanas. El carácter paradójico de esta elección no se oculta sino que se afirma: “Porque si sólo les preocupa salvar la vida, la van a perder. Pero si deciden dar su vida por mí y por anunciar las buenas noticias, entonces se salvarán. De nada sirve que una persona gane todo lo que quiera en el mundo, si al fin de cuentas pierde su vida” (vv. 35-36). Y ésa fue su experiencia radical a la cual nos llama a todos/as.
3. El camino de Jesús, modelo de entrega y de servicio
Jesús de Nazaret fue, como bien resume una fórmula, “el-hombre-para-los-demás” (D. Bonhoeffer), precisamente porque concibió y desarrolló su existencia histórica como un acto de entrega y servicio permanente. Este “desprendimiento”, como solemos llamar, en relación con su persona, le granjeó la aceptación de un grupo marginal y minoritario de hombres y mujeres que lo siguieron tratando de entender su mensaje y, al mismo tiempo, el rechazo abierto de los gobernantes, además de la indiferencia de la mayoría de la población. La vocación con que asumió la tarea de promover el Reino de Dios mediante señales y milagros (Jn 11.47-48) le permitió interpretar esta triple situación como parte de un proyecto divino que contemplaba, por un lado, la superación de los criterios éticos legalistas para relacionarse con el prójimo en el marco de un statu quo determinado que se sostenía, como siempre sucede, a costa del sufrimiento de las masas populares para estar al servicio de quienes las controlaban, especialmente en la vertiente religiosa.
El Cuarto Evangelio presenta los entretelones del complot contra Jesús, en el que participaron los dirigentes religiosos (sacerdotes y fariseos, v. 47a) y, más tarde, los militares romanos. El verdadero peligro fue bien percibido: “Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos, y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación” (v. 48): a) dejar de actuar, sin unirse a él ni combatirlo; b) por consiguiente, y ante la necesidad colectiva, la fe en él se extendería irremediablemente; c) el imperio intervendrá para imponer el orden; y d) se acabará la religión institucional y la nación misma, esto es, ellos perderían el control espiritual e ideológico sobre la gente.
La cadena de acciones de servicio que impactaba profundamente al pueblo había impacientado a ambos sectores, por lo que después de uno de los sucesos más espectaculares (la resurrección de Lázaro) deciden actuar: se reúnen para discutir la situación y, con la orientación paradójica de Caifás, una profecía involuntaria pero coherente, en el sentido de que sólo una persona debía morir en lugar de todo el pueblo (vv. 49-50), optan por matarlo (v. 53). El comentario del narrador (vv. 51-52) sitúa la decisión con el doble significado: primero, que Jesús moría por el pueblo y, segundo, que reuniría a los dispersos.
A partir de ahí, suceden dos cosas: Jesús se aparta con sus discípulos cerca del desierto (v. 55) y comienzan las especulaciones sobre si se atrevería a ir a la fiesta a Jerusalén (v. 56), pues ya estaba dada la orden para capturarlo. A continuación, será ungido para el martirio (12.1-8). La disposición para servir y entregar la vida a los demás es respondida con un complot de muerte. La oposición entre la luz y las tinieblas, tan propia de este evangelio, se manifiesta aquí mediante el contraste entre la limpidez de una entrega de vida con la brutal decisión de una condena a muerte de facto, a todas luces fuera de la ley, divina y humana. El modelo vital de Jesús, de apertura total e inclusividad sin límites es respondido por una conspiración para acabar con su vida. El Reino de Dios y las fuerzas del anti-reino se confrontan en un conflicto que acabará con la muerte ignominiosa de Jesús, pero que se proyectará inevitablemente hasta alcanzar la luminosidad de su resurrección.
Jesús trazó su camino a la cruz con acciones de servicio y liberación para el pueblo pobre, necesitado e ignorante. Reavivó sus esperanzas y las colocó en el horizonte del Reino de Dios devolviéndole, literalmente, la vida, como a Lázaro. La ceguera con que los líderes y buena parte del pueblo reaccionaron manifestó su incomprensión de los propósitos divinos. No pudieron entender que alguien se desapegara de esa forma de sí mismo para consagrarse al servicio de la venida del Reino de Dios en vida y obra, pues como resume José Antonio Pagola:
Jesús no ofrece dinero, cultura, poder, armas, seguridad_ pero su vida es una Buena Noticia para todo el que busca liberación.
Jesús es un hombre que cura, que sana, que reconstruye a los hombres y los libera del poder inexplicable del mal. Jesús trae salud y vida (Mt 9.35).
Jesús garantiza el perdón a los que se encuentran dominados por el pecado y les ofrece posibilidad de rehabilitación (Mc 2.1-12; Lc 7.36-50; Jn 8.2-10).
Jesús contagia su esperanza a los pobres, los perdidos, los desalentados, los últimos, porque están llamados a disfrutar la fiesta final de Dios (Mt 5.3-11; Lc 14.15-24).
Jesús descubre al pueblo desorientado el rostro humano de Dios (Mt 11.25-27) y ayuda a los hombres a vivir con una fe total en el futuro que está en manos de un Dios que nos ama como Padre (Mt 6.25-34).
Jesús ayuda a los hombres a descubrir su propia verdad (Lc 6, 39-45; Mt 18.2-4), una verdad que los puede ir liberando (Jn 8.31-32).
Jesús invita a los hombres a buscar una justicia mayor que la de los escribas y fariseos, la justicia de Dios que pide la liberación de todo hombre deshumanizado (Mt 6.33; Lc 4.17-22).
Jesús busca incansablemente crear verdadera fraternidad entre los hombres aboliendo todas las barreras raciales, jurídicas y sociales (Mt 5.38-48; Lc 6.27-38).[8]
Todo esto fue y es parte del modelo extraordinario de entrega y servicio que desarrolló Jesús para que, de manera alternativa, el pueblo de su época, igual que hoy, supiera y experimentara la cercanía del Dios del Reino de paz, justicia y armonía que introdujo su Hijo en el mundo.
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[1] “Comentarios al Evangelio (Mt 20.20-28)”, en www.mercaba.org/DIESDOMINI/FIESTAS/SANTIAGO/ev-comentario.htm
[2] Idem.
[3] Idem.
[4] Idem.
[5] Idem.
[6] Carlos Bravo Gallardo, Jesús, hombre en conflicto. El relato de Marcos en América Latina. México, Centro de Reflexión Teológica, 1986 (Teología actual, 1), pp. 16-17. Otra edición: Santander, Sal Terrae, 1986 (Presencia teológica, 30).
[7] Ibid., p. 147. Énfasis agregado.
[8] José Antonio Pagola, “Jesucristo. Catequesis cristológicas”, en
www.mercaba.org/FICHAS/JESUS/003-02.htm

Leopoldo Cervantes-Ortiz. Oaxaca, México, 1962. Licenciado (STPM) y Máster en teología (UBL). Pasante de la maestría en Letras Latinoamericanas (UNAM). Médico (IPN), editor en la Secretaría de Educación Pública y coordinador del Centro Basilea de Investigación y Apoyo (desde 1999) y de la revista virtual elpoemaseminal (desde 2003).

miércoles, 4 de abril de 2012

La resurrección de Jesús es el triunfo de la justicia

Dr. Alberto F. Roldán, Argentina
En la película “El cuerpo” (The Body), protagonizada por Antonio Banderas, la arqueóloga Sharon Golban (Olivia Williams)
descubre en la ciudad de Jerusalén un antiguo esqueleto que podría pertenecer a Jesús de Nazaret. El Vaticano encarga al sacerdote Matt Gutiérrez (Antonio Banderas) para que investigue el caso. Todo el drama gira en torno a esta cuestión y a las investigaciones que se hacen para determinar, científicamente, si esos restos encontrados pertenecieron al maestro de Galilea. No voy a ceder a la tentación de decirles el fin de la película pero sí quiero, a partir de ella, enfatizar que el planteo es correcto en el sentido de que el argumento fáctico para negar la resurrección de Jesús era que sus enemigos hubieran mostrado su cuerpo. Con eso hubiera terminado esta “impostura” de los discípulos de Jesús. Como esa prueba nunca pudo darse, entonces se han elaborado las más extrañas hipótesis tendientes a negar el hecho. Entre otras: que Jesús no había muerto plenamente sino que estaba “dormido” en la tumba y que los testigos de su pretendida resurrección estaban presos de alucinaciones.
Por cierto, la resurrección de Jesús de Nazaret es un postulado de fe y no de ciencia. De todos modos, a lo largo de la historia humana, en algo más de veinte siglos se han elaborado las más extrañas hipótesis conducentes a negar ese hecho fundacional. Y decimos “fundacional” ya que es a partir de la fe en el Resucitado que el Evangelio se convierte en buena noticia de victoria frente a los innumerables rostros que adquirió la Muerte. La fe en Cristo resucitado es tan importante para el cristianismo que los apóstoles le otorgan un lugar central en su predicación y enseñanza. Por ejemplo, el apóstol Pedro, que días antes había negado a Jesús, predicando un poderoso mensaje en Pentecostés dice: “Dios lo resucitó (a Jesús), librándolo de las angustias de la muerte, porque era imposible que la muerte lo mantuviera bajo su dominio” y agrega: “A éste Jesús, Dios lo resucitó y de ello todos nosotros somos testigos” (Hechos 2.24 y 32). La intención del apóstol es clara. Cuando dice “a éste Jesús”, está indicando que se trata del mismo que había sido crucificado días antes.
El Crucificado es el mismo Resucitado. Y no sólo eso, sino que hay testigos del hecho que estaban allí presentes. Por su parte San Pablo le otorga a la resurrección un lugar decisivo en sus reflexiones. Como réplica a la negación de la resurrección y su reemplazo por la idea de “inmortalidad del alma”, de clara raíz griega (véase Fedón o del alma) San Pablo dice: “Si no hay resurrección, entonces ni siquiera Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación no sirve de nada, como tampoco la fe de ustedes.” (1 Corintios 15.13, 14). Para el apóstol, la fe en Cristo resucitado es no negociable. Sin ella, el Evangelio deja de ser un poder operativo que transforma la vida humana y que otorga una esperanza firme para el futuro. Si nuestra fe se queda sólo en la muerte de Jesús y en su sepulcro, ya no hay esperanza de que la Vida triunfe sobre la Muerte. Como expresa San Pablo: “Si la esperanza que tenemos en Cristo fuera sólo esta vida, seríamos los más desdichados de todos los hombres.” (v. 19). ¡Cristo ha resucitado! Es una postura de fe pero aún así, tiene su propia lógica. La resurrección de Jesús de Nazaret muestra la victoria de la vida sobre la muerte, de la salvación sobre la perdición, del Reino de la luz sobre el reino de las tinieblas.
Pero es bueno tener en cuenta un costado de la resurrección de Jesús que no ha recibido una adecuada consideración. La resurrección de Jesús no es sólo la demostración de la omnipotencia de Dios sobre los poderes del mal. Es, sobre todo, el signo del triunfo de su justicia sobre las injusticias humanas y diabólicas. El propio Pablo vincula la resurrección con la justicia. Dice: “Dios tomará nuestra fe como justicia, pues creemos en aquel que levantó de los muertos a Jesús nuestro Señor. Él fue entregado a la muerte por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación.” (Romanos 4.24, 25). La justicia de Dios aplicada a nosotros por la fe depende tanto de la muerte de Cristo como de su resurrección. Si Cristo no hubiera resucitado, la injusticia hubiera triunfado y el plan redentor de Dios hubiera fracasado. En tal caso, la injusticia hubiera tenido la última palabra. Es cierto que la resurrección es un hecho demostrativo del poder de Dios. Tanto es así, que San Pablo pareciera no encontrar un lenguaje acorde para describir el hecho cuando dice: “para que sepan… cuán incomparable es la grandeza de su poder a favor de los que creemos. Ese poder es la fuerza grandiosa y eficaz que Dios ejerció en Cristo cuando lo resucitó de entre los muertos y lo sentó a su derecha en las regiones celestiales” (Efesios 1.19, 20).
Nótense los términos que, a modo de pleonasmos enfatizan el hecho: “poder”, “fuerza grandiosa y eficaz”. En otras palabras, la resurrección de Jesucristo fue un acto portentoso de Dios en el cual despliega todos los recursos inagotables de su poder victorioso. Pero ese acto no sólo es demostrativo del poder de Dios sino también de su justicia. Como lo explica magníficamente Jon Sobrino: “la resurrección de Jesús muestra en directo el triunfo de la justicia sobre la injusticia; no es simplemente el triunfo de la omnipotencia de Dios, sino de la justicia de Dios, aunque para mostrar esa justicia Dios ponga un acto de poder.” (Jesús en América Latina, Santander: Sal Terrae, 1982, p. 237). Desde esta nueva perspectiva, la resurrección de Jesús se yergue como anticipo del día en que Justicia triunfará sobre la injusticia y los crucificados de la historia surjan victoriosos sobre sus victimarios. Entonces se cumplirá lo que está escrito: “La muerte ha sido devorada por la victoria” (1 Corintios 15.54).

Por. Dr. Alberto F. Roldán
Director de posgrado del Instituto Teológico Fiet
Director de la revista Teologia y Cultura: www.teologos.com.ar
http://karlbarthenlatinoamerica.blogspot.com
http://teologiapoliticaysociedad.blogspot.com

martes, 3 de abril de 2012

La Corte Europea de Derechos Humanos declara en sentencia que el Gobierno Español discrimina a los pastores protestantes sin pensión de jubilación.

Nota de Prensa - Iglesia Evangélica Española


Madrid, 3 de abril 2012.- La Corte Europea de Derechos Humanos de Estrasburgo ha señalado hoy esta discriminación como una vulneración de la Convención Europea de Derechos Humanos. La sentencia, tomada por unanimidad, condena a España por trato discriminatorio hacia los pastores protestantes en relación con las pensiones de jubilación frente al trato privilegiado que han recibido los sacerdotes católicos, violando así el artículo 14 (Prohibición de Discriminación) de la Convención.
La sentencia del Tribunal europeo afirma “que ha existido una diferencia de trato entre los sacerdotes católicos y los pastores evangélicos relativa al cálculo de los derechos a una pensión de jubilación. Mientras los sacerdotes pueden tener en cuenta sus años de ministerio para calcular su pensión de jubilación, los pastores protestantes no pueden contabilizar sus años de actividad pastoral anteriores a su integración al Régimen General de la Seguridad Social”.
Esta sentencia da la razón a la demanda planteada por Francisco Manzanas, pastor jubilado de la Iglesia Evangélica Española, a la que el Juzgado de Trabajo nº 33 de Barcelona había dado la razón el 12 de diciembre de 2005 y que el Instituto de la Seguridad Social recurrió, tras acudir al Tribunal Superior de Justicia de Cataluña que anuló la condena al INSS en 2009, y tras ser rechazada por el Tribunal Constitucional.
La Corte de Estrasburgo ha resuelto en el caso de un agravio histórico que se cometió desde que el franquismo impidió la cotización de los pastores protestantes a la Seguridad Social, y no resuelto con la democracia, ni con la incorporación de los pastores al sistema de la Seguridad social. Esta violación de derecho fundamental de no discriminación condena a pagar indemnización al Estado Español y consolida el derecho de libertad religiosa.
Más información:
Documentos del Tribunal Europeo de Derechos Humanos
Tribunal Europeo de DDHH (francés): Des différences de pensions de retraite entre prêtres catholiques et paste
Tribunal Europeo de DDHH (Inglés): Difference between retirement pensions of Catholic priests and Evangelical
Director Departamento Comunicación IEE:
Ignacio Simal Camps
comunicacion@iee-es.org
Lupaprotestante

lunes, 2 de abril de 2012

La práctica de Jesús: Una justcia que transforma a las personas

Por Nancy E. Bedford, EE.UU

La violencia jurídica contra las mujeres es consecuencia de una visión del mundo en la que el varón machista y sus intereses son la vara con la que todo se mide. No es casual, pues, que en este episodio de la vida de Jesús se casi gue solamente a la mujer, y el varón en cuestión haya desaparecido. A más de 2000 años de distancia seguimos experimentando situaciones análogas. Después de leer el pasaje bíblico de Juan 7.53-8:11 podemos imaginarlo casi de manera fílmica o teatral, pues está compuesto por distintas escenas:
• Primera escena: Jesús solo.
• Segunda escena: Jesús con todo el pueblo.
• Tercera escena: Jesús con los escribas y fariseos.
• Cuarta escena: Jesús con la mujer.
El protagonista principal es, sin duda, Jesús, y no —como darían a entender los subtítulos de algunas Biblias— «la mujer adúltera». Quizá un mejor título sería «El juicio a los jueces y la justicia que justifica», porque el tema del texto es una justicia que transforma a las personas.
Jesús solo
Nuestro texto comienza con una afirmación: «Cada uno se fue a su casa pero Jesús, al monte de los olivos». Todo el mundo se fue a su casa a descansar, a dormir, a relajarse, pero Jesús, a diferencia del resto, va al monte de los Olivos. Uno supone que a orar, pensar, tener tranquilidad y estar en sintonía con Dios. El texto da a entender que estuvo allí toda la noche. Me cuesta imaginar cómo debe ser pasar toda la noche orando; sé que hay gente que lo hace. Lo que sí sé es que cuando pasamos mucho tiempo en oración, buscando la voluntad de Dios, meditando, intercediendo, dando gracias, alabando, nos marca, nos cambia, nos perfila de otra manera. Es en este estado mental y psicológico que Jesús va por la mañana al templo para enseñarle a «todo el pueblo». El texto dice que volvió «una vez más» al Templo.
Nos da a entender, entonces, que había estado enseñando allí regularmente y que le hizo falta tomar distancia en el monte de los Olivos, un lugar suyo simbólicamente importante para orar que aparece en los relatos de la Pasión. Allí, en el monte de los Olivos, habrá buscando discernimiento, sabiendo que había gente que lo odiaba y que lo quería confundir y atrapar. Por otra parte, habría sido fácil que se le «fuera a la cabeza» la adulación que algunos seguramente le manifestaban, la «transferencia» de la que hablan algunos psicólogos. Pero fue a enseñar luego de la soledad de la oración, muy temprano por la mañana, con esa claridad que da haberse entregado de lleno al proyecto del reino de Dios.
Jesús con el pueblo
El cuadro que nos presenta el pasaje es que Jesús está sentado, y la gente se sienta a su alrededor a escucharlo y aprender de él: «todo el pueblo», dice el texto. La imagen del Maestro sentado con los discípulos alrededor evoca al rabino con sus discípulos. Cuando el texto dice que estaba «todo el pueblo» quiere decir seguramente que había varones y mujeres. En Lucas 10.38, aparece la escena en que María de Betania está sentada a los pies de Jesús en actitud de discípulo que aprende de su maestro, donde Jesús defiende la importancia de que lo haga. Justamente la presencia de mujeres entre sus seguidores, el trato de Jesús con las mujeres, aparentemente molesta sobremanera a quienes detentan el carisma de función, aquí retratados como escribas y fariseos.
El Evangelio de Juan tiene varios ejemplos muy importantes del tipo de relación de Jesús con las mujeres que molestaba y molesta todavía a muchos, inclusive de entre sus discípulos varones contemporáneos suyos: por ejemplo en el capítulo 4, la samaritana, con la que habla de teología; o en el capítulo 20, María Magdalena, a quien comisiona como apóstol, testigo primero de la resurrección y comunicadora de ese hecho. Esto, sin nombrar a los importantes textos sobre María de Nazaret, su madre, de quien Mercedes Navarro dice que no debe haber sido una madre castradora —a pesar de todo lo que se ha hecho posteriormente en su nombre— por la naturalidad y la libertad con la que Jesús se relaciona con otras mujeres. Esa naturalidad es vista como un punto débil por sus enemigos, que tratan de enmarañarlo citando la ley de Moisés que Jesús decía respetar, para hacer caer justamente a una mujer en una trampa mortal.
Jesús con los escribas y fariseos
No sería justo hacer una caricatura de los escribas y de los fariseos, cayendo en una especie de polémica antisemita como tantas veces hemos hecho los cristianos. Los fariseos eran, en su momento, hombres que deseaban aggiornarse, en cuanto buscaban maneras prácticas y específicas de aplicar la ley a la vida real. Tenían, en verdad, muchas cosas en común con Jesús. El final del capítulo 7 justamente menciona a Nicodemo, un fariseo que simpatiza con Jesús. Nicodemo subraya precisamente que la ley judía no juzga a una persona antes de oírla. Otros fariseos, sin embargo, lo detestaban a Jesús, como éstos que vienen a ponerlo en el brete. Hay, por lo menos, un caso concreto en los Evangelios en el que un fariseo demuestra fastidio acerca de la forma en que Jesús se relacionaba con las mujeres: el caso de Simón, que se siente molesto cuando Jesús permite que lo toque y le unja los pies una «pecadora» (Lc 7.36ss).
Jesús está, pues, enseñando y vienen algunos escribas y fariseos y «le traen» una mujer. Según el texto, «la colocan» o «la ponen» en el medio. Los verbos utilizados son muy gráficos: estos señores colocan a la mujer en el medio como si fuera un objeto. No le preguntan a ella si desea ese lugar ni le dan un espacio para que se exprese. Se la presentan a Jesús como una mujer ya condenada a muerte, por haber sido sorprendida en «el acto mismo» del adulterio. Según lo que conocemos de la ley judía, hacían falta dos testigos oculares que pudieran dar testimonio del hecho, del momento y del lugar del acto en cuestión para que se legitimara un apedreamiento como el que acá se propone. Aquí no hay mención de los testigos.
Por otra parte, hay una ausencia notable: su compañero. La mujer es señalada como un objeto, como un objeto culpable y que debe ser destruido. El procedimiento propuesto es justificado jurídicamente con una cita del Pentateuco. Algunos comentaristas especulan que a la mujer le habían tendido una trampa, o literalmente «hecho la cama», como quien dice: alguien se prestó a ponerla en esta situación dudosa para atraparla y, por ese medio, atrapar también a Jesús. La ley que citan estos escribas y fariseos está en Levítico 20.10 y en Deuteronomio 22.22. Por ejemplo, en Levítico dice: «Si un hombre cometiere adulterio con la mujer de su prójimo, el adúltero y la adúltera indefectiblemente serán muertos».
En Deuteronomio dice: «Ambos morirán: el hombre que se acostó con la mujer, y la mujer también...». Sin embargo, los interlocutores de Jesús citan la ley con una hermenéutica muy particular y androcéntrica: «En la ley nos mandó Moisés a apedrear a tales mujeres» (v. 5). Hacen un recorte y —oh sorpresa— la que debe morir es la mujer; del hombre no hacen mención.
Me parece que esto no es casual, y no es casual a distintos niveles. Por un lado, no es casual que aparezca el castigo solamente de la mujer. La biblista Luise Schottroff, en su comentario sobre este pasaje, menciona el caso del apedreamiento contemporáneo de una mujer en una aldea iraní, acusada de adulterio. También allí la «ponen en el medio» y tampoco allí se le pregunta su versión de lo acontecido. La entierran en un pozo y queda solamente su cabeza sobresaliendo. Los hombres presentes son juez y parte y también son los verdugos. Uno a uno —empezando por su padre, pasando por su esposo y sus hijos varones y terminando por el imán o autoridad religiosa local— le van tirando las piedras que la matan, invocando la justicia de Dios.
Uno podría decir: «Bueno, eso es Irán, pero acá las cosas son diferentes». En cierta medida es cierto, y una señal de eso es que estemos tratando este pasaje de esta manera con absoluta libertad desde esta revista. Sin embargo, queda mucho camino por andar. Hace unos años, el Banco Mundial financió un análisis del funcionamiento de la justicia argentina desde la perspectiva de género. Se trabajó sobre las sentencias de la Corte Suprema y de la Cámara Nacional de Apelaciones y lo Penal y Correccional y el funcionamiento de la justicia en los procesos penales por violencia sexual y física contra mujeres. Los resultados del estudio ilustraron que las prácticas jurídicas argentinas se caracterizan por prejuicios machistas y por altos índices de impunidad de quienes ejercen violencia contra las mujeres. Según ese informe, la Justicia argentina no percibe la violencia contra las mujeres como un mal importante. La violencia jurídica contra las mujeres es consecuencia de una visión del mundo en la que el varón (y el varón machista, no el varón feminista) y sus supuestos intereses es la vara con la que todo se mide. No es casual, pues, que en este pasaje bíblico se castigue solamente a la mujer y el varón en cuestión haya desaparecido.
A más de 2000 años de distancia seguimos experimentando situaciones análogas. Por otra parte, no es casual que justamente a Jesús le presenten este caso. Se le aplica la presión que siempre sienten los varones que desean relacionarse de un modo diferente e igualitario con las mujeres. Estos varones igualitarios, por llamarlos de alguna manera, permanentemente se confrontan con presiones, sobre todo grupales, por parte de otros varones para demostrar «de qué bando son». Si no demuestran de maneras grandes y pequeñas pertenecer al bando machista, son aplicadas sanciones sociales, tales como la burla, la exclusión o la expulsión del grupo de poder. Así, la violencia contra las mujeres aparece, por ejemplo, en ámbitos laborales supuestamente ilustrados en la forma de chistes machistas (y el varón que no se ríe es un amargado o un dominado) o en comentarios acerca de la histeria o la locura de las mujeres, o en el consenso acerca de la incapacidad de las mujeres. Todos conocemos esas dinámicas y lo incómodas que resultan para todo varón que íntimamente descree de la inferioridad ontológica de la mujer que predica la estructura patriarcal pero que desea ser aceptado en el grupo de varones que, además, suele ser el grupo de poder.
A Jesús lo meten en esta brecha y creo que todos sabemos lo duro que es cuando se nos pone entre la espada y la pared de esta manera. ¿Es que este rabino de Nazaret va a descalificar a Moisés? Sus enemigos la planearon muy bien. Si Jesús defiende a la mujer, será un enemigo de la ley y de la familia. Si no la defiende, entonces no es consecuente con su actitud de tratar a las mujeres de igual a igual. La trampa es perfecta, o así pareciera. Jesús no se apura a contestar. Se permite cortar el contacto visual con sus tentadores (la palabra es la misma que se usa cuando se relata que es tentado por el diablo en el desierto). Inclusive el tipo de tentación es parecida: venderse un poquito y asegurarse un lugar en el sol, mostrar en qué equipo realmente juega. Pero Jesús se toma su tiempo, como buen campesino galileo, supongo, que no se deja apurar por los de la capital. Se inclina «y traza unas letras en el suelo con su dedo». Nadie sabe qué escribió y realmente no viene al caso. Lo que sí se puede decir es que aquí hay una lección para nosotros: no nos dejemos apurar en este tipo de situaciones, en las que es demasiado fácil condenar a quienes están en una situación de inferioridad. Los tentadores lo acosan: le siguen preguntando. El texto dice que persistían y le preguntaban con urgencia. Entonces se para y les propone que aquel que carezca de pecado, el que sea enteramente inocente, sea el primero en arrojar la piedra. La respuesta es tan conocida que quizá olvidemos lo genial que estuvo Jesús. Demostró un enorme coraje al no plegarse a la lógica machista, y además mostró fantasía, creatividad e imaginación, que son marcas del Espíritu de Dios.
Dio vuelta la tortilla de un modo contundente. Y luego, una vez más, quebró el contacto visual, se agachó y siguió escribiendo con su dedo. No tuvo esa actitud del macho dominante que mira a todos sus rivales a los ojos para ver quién gana y quién mete la cola entre las patas. Tuvo la gentileza de dejarles a sus enemigos un espacio para la reflexión. Y los acosadores-acusadores reflexionaron. Lo escucharon. Lo oyeron. La palabra «oír» utilizada en algunos contextos (como en Juan 7.51, la frase de Nicodemo acerca de oír a la persona antes de juzgarla), significa oír en el
sentido de escuchar el testimonio del acusado. Estos hombres, que habían llegado creyendo tener el as de espadas en la manga, fueron lo suficientemente honestos como para admitir sin palabras que ellos no eran inocentes. Eso hay que admirarlo. Empezando por el más viejo, el de mayor rango, y así sucesivamente, en vez de tirar las piedras, se retiran. Y aquí vemos otra faceta de la grandeza de Jesús y del Padre maternal en cuyo nombre actúa y habla: Jesús les da una posibilidad de ser rehabilitados y de andar por otro camino; de entrar en otra lógica, en la dinámica del Espíritu de Dios. Es toda una ilustración de ese «no juzguéis para no ser juzgados» del Sermón del Monte.
Jesús con la mujer
Finalmente, Jesús quedó «solo», según el texto —que está escrito desde una perspectiva masculina, a pesar de la crítica implícita al patriarcado—. Se entiende que está solo con respecto a sus tentadores. No sabemos qué había pasado con la multitud del comienzo, pues no se la vuelve a mencionar. En esta última escena, en realidad, no aparece solo sino con la mujer, que sigue «en el medio» de un círculo de acusadores que se han esfumado. Recién entonces Jesús reestablece el contacto visual. Se enderezó y la miró. Podemos imaginarnos cómo era esa mirada: penetrante pero no manoseadora a la manera de las miradas machistas. La miró como a una persona y no como a una cosa. El reconocimiento de su dignidad como persona humana hecha a imagen de Dios, de igual valor ante Dios que cualquier varón, comienza allí, con esa mirada. Ésa es la mirada que debemos practicar con nuestras hijas, con nuestras hermanas, con nuestras madres, con nuestras amigas y colegas, y con toda mujer: no la mirada del varón o la mujer machistas, sino la mirada de Jesús. Luego de mirarla, le dirigió la palabra, así como los demás no se la habían dirigido, y le ofreció un espacio para expresarse. Concretamente, le da la oportunidad y el encargo de evaluar la situación: «Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te condenó?». Ella respondió: «Nadie, Señor». Y Jesús le contesta: «Yo tampoco. Vetey no peques más».
Esa frasecita «y no peques más» constituye el gran alivio de la mayoría de los comentaristas bíblicos. Dejan bien sentado que Jesús no dice que la mujer no pecó. En realidad, en ningún momento Jesús dice cuál considera que fue el pecado de la mujer. ¿Habrá sido dejarse tratar como un objeto? No sabemos. Admitamos que, Jesús, en otras partes de los Evangelios, tiene palabras duras en contra del adulterio. La experiencia y la observación nos demuestran a todos que el ejercicio de la fidelidad a un proyecto conjunto es siempre una mejor manera de proceder en la pareja que quebrar la confianza por medio del engaño. Esto no es una constatación ni siquiera particularmente puritana. Difícil sería encontrar en la calle a alguien que hablara loas del adulterio y de la felicidad a largo plazo que le ha traído cometerlo. Así que, en eso estamos de acuerdo: el camino del adulterio no es un camino recomendable ni gozoso. Pero el peso del pasaje no pasa por ahí: pasa por el carácter de la justicia de Dios, que no es justicia retributiva sino una justicia que hace justos, que rehabilita al pecador y le abre nuevos horizontes. ¿Quiénes son los principales pecadores del texto? No precisamente la mujer sino los hombres que, disfrazados de jueces justos, buscan matarla sin escucharla y buscan hacer tropezar a Jesús. El juicio de Jesús respecto de los escribas y fariseos y respecto de la mujer es: examínense a sí mismos y conviértanse, caminen para otro lado, hacia el horizonte que Dios nos abre.
Conclusión
¿A qué personaje de este texto nos parecemos? ¿A los acusadores-acosadores? ¿A la mujer? ¿A ambos a la vez? ¿A quién nos gustaría parecernos? Ésa es fácil: quisiéramos ser como Jesús. ¿O será más fácil para las mujeres dejarse cosificar y para los varones defender las estructuras ancestrales de poder? Si somos sinceros, nos daremos cuenta de que solamente el Espíritu de Dios nos puede ayudar a vencer las resistencias internas y externas que existen para que haya de hecho nuevos roles del varón y de la mujer, roles llenos del fruto de la justicia que transforma.
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Nancy E. Bedford, de nacionalidad argentina, es profesora de teología sistemática en el seminario metodista Garrett-Evangelical de las afueras de Chicago, EE.UU., profesora extraordinaria no residente del Instituto Universitario ISEDET de Buenos Aires y autora de La porfía de la resurreción (Ediciones Kairós, 2009), otros libros y más de 50 artículos en castellano, inglés y alemán. Es miembro de una iglesia menonita.
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Fuente: Revista Kairos.

domingo, 1 de abril de 2012

Lo que el Vaticano oculta de la Biblia


Por. Leonardo de Chirico, Italia.


Una exposición del Vaticano sobre la Historia de la Biblia, con algunos puntos ocultos

Las personas que visiten la Plaza de San Pedro antes del 15 de Abril se encontrarán con una atracción interesante e inesperada. En el Braccio di Carlo Magno (o sea, el ala de Carlomagno) al lado de la basílica de San Pedro, bajo la columnata de Bernini en la parte derecha de la plaza, una exhibición titulada Verbum Domini (la Palabra del Señor) llamará su atención. El coloreado folleto italo-inglés que pondrán en sus manos les invita a “Dar un paseo por la historia de la Biblia en esta colección privada de textos bíblicos poco frecuentes y objetos de enorme importancia”. La entrada es gratuita.
Verbum Domini es también el título de la Exhortación Apostólica Post-Sinodal publicada en 2010 por Benedicto XVI, en la cual el Papa resumía la interpretación actual católico romana de la Palabra de Dios, es decir, una Tradición viva que incluye la Biblia y que el Magisterio de la Iglesia interpreta fielmente. La conexión entre el texto papal y este certamen es clara e indica el intento de subrayar la importancia de este tema.
1. UNA EXPOSICIÓN FASCINANTE…
Esta muestra se armó a partir de colecciones privadas procedentes de todo el mundo, principalmente de la “Green Collection”, la colección privada más grande del mundo de textos bíblicos y documentos raros. Desplegada en 8 galerías, 152 textos y artefactos bíblicos excepcionales muestran la historia de la Biblia: desde antiguos rollos a textos copiados y volúmenes impresos del siglo XVII; desde el hebreo al griego, al latín y a otras lenguas vernáculas; desde Qumran a Europa y al resto del mundo. A continuación están detallados algunos de los elementos más relevantes de la exposición:
1 Codex Climaci Rescriptus, una de las primeras Biblias casi completas, que sobreviven y que contiene los más extensos textos bíblicos tempranos en la lengua familiar de Jesús, o sea, el arameo palestino.
2 Rollos.
3 La Jeselsohn Stone también conocida como “la revelación de Gabriel”, es una tabla de arenisca de tres pies de altura y 150 libras de peso, descubierta cerca del Mar Muerto en el Jordán y que contiene 87 líneas de un texto hebreo de finales del siglo I aC.
4 La BibliaGutenbergLibro de Romanos, el primer libro impreso en Occidente con tipografía móvil.
5 La Biblia Políglota Complutense, la primera edición multilingüe de toda la Biblia.
En la primera galería, hay también dos rollos medio quemados de la Tora que escaparon de la total destrucción intentada por los nazis y estalinistas. Son un testimonio conmovedor de la continua batalla que rodea a la Biblia.
2. PROPÓSITOS INTERRELIGIOSOS Y ECUMÉNICOS
La exposición tiene un objetivo ambicioso. En palabras de los organizadores, “la Palabra de Dios, concretamente, es una manera de celebrar el amor interreligioso que muchas tradiciones sienten por la Biblia y, creemos que es una forma de compartirlo con el mundo”.
Las tradiciones judías, ortodoxas orientales, católicas y protestantes están todas representadas en ella. Por parte del Vaticano, esto es lo que dijo en la inauguración el Cardenal Farina, Prefecto de la Biblioteca Vaticana, acerca de la exhibición: “El título Verbum Domini se eligió para destacar la concepción ecuménica de esta exposición, y también su sede aquí en el Vaticano. El origen de los documentos, el predominio de la “Green Collection”, y los que proceden de otras colecciones ponen de relieve la participación de las denominaciones cristianas. Ya que en la realidad, la Biblia une, aunque demasiadas personas opinen lo contrario, el hecho es que es un punto fuerte de unión”.
Justo lo suficiente. Pero, ¿por qué en el catálogo que se distribuye a la entrada se lee que “esta muestra celebra la dramática historia de la contribución católica al libro más prohibido, más combatido y más vendido de todos los tiempos”? La extensa y general contribución a la historia de la Biblia, ¿se ha convertido en una contribución católica solamente? Quizás sea un error cometido por un editor celoso, pero refleja la cultura provinciana en la que cada institución (incluida la Vaticana) puede quedar atrapada .
3. LA HISTORIA QUE FALTA
No obstante, el punto más desconcertante es lo que la exhibición no dice acerca de la historia de la Biblia. Lo que no se dice es tan evidente como lo que se dice. Toda la trayectoria del sugerente relato es “lineal” hasta el punto de ser históricamente insostenible. El retrato que se ofrece es que las traducciones “modernas” de la Biblia en lenguas vernáculas se expandieron a través del espectro cristiano y que cada sector de la iglesia cristiana promovió su difusión.
La realidad es muy diferente. Desde el siglo XII la Iglesia Romana ha prohibido, de diferentes maneras, la circulación de Biblias en la lengua del pueblo. Estas prohibiciones llevaron a la compilación en 1559, por el Papa Pablo IV, del Index of Librorum Prohibitorum (Indice de Libros Prohibidos) donde las traducciones de la Biblia estaban entre los libros vedados. El vehemente ataque efectuado por la Iglesia Tridentina a las traducciones de la Biblia permitió al historiador Gigliola Fragnito hablar de “la Biblia en la hoguera” para describir lo sucedido hasta el siglo XVII en los países dominados por la Iglesia Católica [1] . Aquella prohibición duró varios siglos.
La verdadera historia, por consiguiente, no es el relato suave, pacífico y ecuménico que narra la exposición Verbum Domini.
La Biblia es un patrimonio compartido por todos los cristianos y esta verdad está fuera de discusión. Por consiguiente, las exhibiciones históricas de la Biblia deben aspirar a contar la historia de una manera justa y precisa más que a perseguir, con vanas ilusiones, lecturas ecuménicas que son parciales, selectivas y, por tanto, inducen a error.
Traducción: Rosa Gubianas

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[1] Gigliola Fragnito, La Bibbia al rogo. La censura ecclesiastica e i volgarizzamenti Della Scrittura (La Biblia en la hoguera. Las traducciones vernáculas de la Escritura y la censura eclesiástica), 1471-1605 (Bologna: il Mulino, 1997). Recientemente, este mismo erudito ha editado el volumen Church, Censorship and Culture in Early Modern Italy (La Iglesia, la censura y la cultura en la Edad Moderna de Italia) (Cambridge University Press, 2001).

Autores: Leonardo de Chirico

©Protestante Digital 2012

sábado, 31 de marzo de 2012

Historia de ayuda al prójimo: "Un crecimiento sobrenatural aún en medio de la crisis"

Por. Daniel Hofkamp, España
Hace 30 años que Miguel Díez fundó Remar, una Asociación presente hoy en 17 países y que acoge a 32.000 personas en necesidad.
A principios del verano de 1982 Dios tocó el corazón de una familia. Miguel Díez, su esposa María Carmen Jiménez y sus hermanos, Javier y Ángel, comenzaron a acoger a personas marginadas en su propia casa. Movidos por la compasión cristiana, siguieron adelante con la labor hasta abrir el primer centro de rehabilitación en Vitoria.
Treinta años después podemos hablar de Remar, un movimiento que engloba a 17 asociaciones en España y un número superior a 40 en diferentes países, que abarcan toda la obra social que Remar tiene en el mundo.
Miguel Díez, a pesar del tiempo pasado, mantiene la misma pasión con la que inició esta obra. Así lo expresa en la entrevista concedida a Protestante Digital con motivo del 30 aniversario. “Celebramos 30 años de peregrinación para el Señor; no cabe duda de que es una etapa que culmina, pero como cualquier tiempo es importante, en la base de Dios nos hace participar de su gloriosa obra”, explica Díez.
ORACIÓN Y ACCIÓN
La obra de Remar se sustenta en unos sólidos principios cristianos. Así ha sido desde su fundación. “El lema más sencillo era ora y trabaja. Ora y entrégate, da tu vida por completo. Al principio del ministerio Dios me desafió con Josué 1:9: Dios es quien nos pide esfuerzo y a la vez es el Dios que nos da fuerza”, comparte Díez recordando su llamado.
Obra y fe, palabra y acción, son conceptos que desde Remar tienen muy claros, siempre buscando la voluntad de Dios. “Orar es clave”, dice Díez. “El Señor me permitió escribir un libro, Orar es como respirar. Creo que será mi mejor legado (...) Tenemos que ser más Marías y menos Marta, necesitamos ejercitarnos en la oración. El que aprende a orar aprende lo más importante en la vida”.
La acción viene unida a la oración para Díez. Porque “la teoría sin la práctica no sirve. Tenemos mucha religión, mucha palabra, pero hechos sin amor no sirve. Hay que darse como Dios se dio por nosotros. Y dar también al pobre, porque este es el verdadero evangelio: dar al que no tiene”.
UN DIOS SIN CRISIS
El fundador de Remar explica que estos principios “son los que han sostenido este ministerio. Remar sigue creciendo y extendiéndose de forma sobrenatural aún en medio de la crisis, porque Él no tiene problemas en darnos bendiciones. Vivimos en austeridad, pero no tenemos falta de nada. No nos permite vivir en lujos o en caprichos que nos lleven al pecado, en cambio, siempre nos cubre. El provee para los que son fieles”.
Ante la crisis económica, Díez tiene claro que “la crisis es causa del hombre, pero Dios nunca tiene crisis. Y quiere que participemos de esa forma de vida absolutamente segura y bendita. Y la mejor forma de hacerlo es orar”.
Porque además considera que la crisis es una oportunidad de testimonio para la iglesia. “Es una oportunidad histórica para dar a conocer a Cristo”, dice Díez.
PROFECÍA HOY
En la entrevista Miguel Díez hace referencia a una profecía que recibió hace cinco años con respecto a la difícil situación que atraviesa el mundo actualmente. Reconoce que “la profecía no va a favor de la corriente, sino en contra. Cuando el Señor revela es sorprendente. Casi nadie hace caso. Yo no me considero profeta, pero tengo tanto interés en pedirle a Dios que me hable, porque Dios me ha dado una responsabilidad grande. Un pueblo en 70 países con más de 32.000 personas viviendo en Remar. Eso me lleva a clamar y orar para que no me pille por sorpresa”.
Así, Díez considera que “si se hundiera Remar, más de 20.000 personas morirían en 3 meses. Huérfanos que recogemos en África, en Sudamérica, en Filipinas... Tenemos que agarrarnos al Señor y yo espero en él. Estamos acabando la quinta vaca flaca en septiembre. Pero vienen más guerras. Dios avisa y el espíritu profético se va a manifestar más”.
DESAFÍOS PARA LA IGLESIA
Para Miguel Díez estamos en un tiempo en el que la iglesia puede hacerse fuerte proclamando a Jesús. “La iglesia ha perdido autoridad porque no se predica a Jesús. Pisotea la sal, aún la evangélica, por aquellos que arruinan familias, o que aquellos que se dicen evangélicos sean más amantes del dinero que de Dios”. “Ya está bien de predicar religión – expresa Díez -, debemos predicar el reino de Dios, sin ser esclavos de ninguna religión”.
Asimismo Díez criticó que la iglesia evangélica ande “en diplomacia religiosa” así como “el humanismo religioso evangélico que intenta sacar al Espíritu Santo de su papel”.
Para los tiempos difíciles que augura, Díez trazó algunas de las claves que considera importantes para la iglesia. En su opinión, es importante “bendecir a Israel. Lo siento por los que se dejan engañar por la mentira del mundo árabe y del petróleo, que compra conciencias y gobiernos (…) que tiene engañados a multitudes. No digo que Israel sea perfecto, pero sin duda el que lo bendiga será bendito y quien lo maldiga será maldito (…) Israel merece que se le ame, porque sigue en el corazón de Dios a pesar de su rebeldía”.
Además animó a la iglesia a predicar “el evangelio de reino de Dios”. “Soy fiel a la bandera de Cristo. Todos los nacionalismos me parecen una esclavitud”. De igual forma criticó a la Teología de la Prosperidad, porque “nosotros decimos: orar, trabajar, dar al pobre. Dar al pobre y al necesitado, no al predicador de turno para que se compre un Mercedes”.
Miguel Díez animó a la iglesia a volver a una vida de austeridad. “Dios pedirá cuentas de los bienes que nos cede: nuestros recursos, nuestro dinero, nuestro tiempo, nuestra inteligencia. Tenemos que dar cuenta si lo usamos para Dios o para nuestro beneficio. No podemos despilfarrar y tenemos que acostumbrarnos a vivir dignamente y con una mayordomía que se ajuste a lo que es propio del reino de Dios”.
La última clave que declara Díez es la “unidad” de la iglesia. “Un problema es que queremos extender la marca, hacer prosélitos, en lugar de extender el reino de Dios. Si lo buscamos primero, todo será añadido. Si la iglesia busca unidad encontrará la fuerza. Estamos obcecados en seguir según nuestro criterio o nuestra denominación, a veces con barreras tremendas, infranqueables y posesivas. Libertad es lo que quiere el Espíritu Santo”.
Autores: Daniel Hofkamp
© Protestante Digital 2012


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