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lunes, 8 de febrero de 2016

Una sola manera de seguir a Jesucristo



El 4 de febrero se cumplen 110 años del natalicio de Dietrich Bonhoeffer. De su inspirador libro ‘El precio de la gracia’ analizamos el significado del llamado a seguir a Jesucristo en este mundo.
Por. Óscar Margenet, España
"Dios honra a algunos con gran sufrimiento y les concede la gracia del martirio, mientras que otros no son tentados más allá de sus fuerzas. Pero en todos los casos se trata de una misma cruz. Esa que es cargada sobre cada cristiano.
El primer sufrimiento de Cristo que cada uno tiene que experimentar es el llamado que nos convoca a dejar lejos nuestros apegos por este mundo.
Es la muerte del viejo hombre en el encuentro con Jesucristo. Los que entran en el discipulado entran en la muerte de Jesús".
Partiendo de una base bíblica, Bonhoeffer1 ve el seguimiento de Cristo como la liberación del hombre con respecto a los preceptos humanos; a todo aquello que oprime y agobia, a todo aquello que preocupa y atormenta a la conciencia.
Nuestro hermano Bonhoeffer, entregó su vida al Señor hasta morir. Ejecutado por los nazis al no subordinar a Cristo ante Hitler, su ejemplo sigue iluminando la senda de los que prometen seguir la Palabra viva, pero sin renunciar a viejos lazos mundanos. Ponderemos lo que nos dice 2:
“La llamada de Jesús al seguimiento (...) transforma al que es llamado. Cada uno es llamado individualmente e individualmente debe seguir el llamado.” Pero, hay una reacción del individuo basada en el miedo. Miedo a encontrarse solo. Es entonces, que “busca protección entre las personas y cosas que le rodean. De un golpe descubre todas sus responsabilidades y se aferra a ellas. Quiere tomar sus decisiones al abrigo de estas responsabilidades” describe Bonhoeffer.
Este encontrarse “solo frente a frente con Jesús” le produce el miedo a dejar todo lo que le rodea. “Pero ni el padre ni la madre, ni mujer ni hijos, ni pueblo ni historia, pueden proteger al que ha sido llamado en este momento.” Cristo transforma al individuo para que solo le vea a Él.
El llamado de Jesús consuma una ruptura “con los datos naturales entre los que vive el hombre.” Jesús mismo llama al hombre fuera “de las relaciones inmediatas con el mundo, para situarlo en relación inmediata consigo mismo”. No se puede seguir a Cristo sin reconocer y aprobar que es Él “mismo quien conduce al discípulo a la ruptura.” ¿Por qué este miedo y esta ruptura?
Jesucristo es el único Mediador
El teólogo alemán descifra en qué consiste el hecho de la mediación de Cristo y el hombre. No se trata de despreciar la vida; tampoco “es un código de piedad; es la vida y el Evangelio mismo, es Cristo mismo. Con su encarnación (Jesucristo) se ha interpuesto entre el mundo y yo.”
Porque ahora Él está en el medio “todo debe suceder únicamente por Él. Cristo se encuentra no sólo entre Dios y yo, sino también entre el mundo y yo, entre los otros hombres, las cosas y yo (…) Puesto que el mundo ha sido creado por él y para él 3, él es el único mediador en el mundo. Después de Cristo, no hay para el hombre relación inmediata ni con Dios ni con el mundo”.
Numerosos dioses y el mundo constituyen una fuerte alianza que “busca por todos los medios una relación inmediata con el hombre para entrar en hostilidad contra Cristo, el mediador. Los dioses y el mundo quieren arrebatar a Cristo lo que él les ha quitado: el privilegio de relacionarse única e inmediatamente con el hombre.”
Romper las relaciones inmediatas no es un acto arbitrario del hombre para liberarse “a causa de un ideal cualquiera, de sus lazos con el mundo, cambiando un ideal menor por un ideal superior. Esto sería fanatismo, actuar por propia autoridad, e incluso significaría volver a caer en una relación inmediata con el mundo.”
Es el llamado de Jesucristo, el Mediador, el que “realiza en mí esta ruptura completa con el mundo” reitera el escritor. Pero ello no da lugar a pensar que el llamado devalúa “las categorías vitales naturales frente a un ideal de vida cristiana”.
La persona llamada por Jesús descubre que antes había vivido en medio de una ilusión llamada ‘inmediatez’ que le impedía tener fe y obedecer. “Ahora sabe que no puede tener ninguna inmediatez, ni siquiera en los lazos más estrechos de su vida, los lazos de la sangre que le unen a su padre y a su madre, a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, los lazos del amor conyugal, los de las responsabilidades históricas.” Entre ella y todos los demás lazos ahora se halla Cristo, el mediador. “Para nosotros no hay más camino hacia el prójimo que el que pasa por Cristo, por su palabra y nuestro seguimiento. La inmediatez es una impostura.”
Si en una comunidad se nos impide ser individuos delante de Cristo, o se reivindica la inmediatez, plantea Bonhoeffer “hay que detestarla a causa de Cristo; porque toda inmediatez es, conscientemente o no, odio a Cristo, el mediador, incluso cuando quiere ser comprendida cristianamente.” Menudo golpe es este al exitoso ministerio de ‘la Prosperidad’ terrenal entre otras enseñanzas heréticas.
Es una herejía “utilizar la mediación de Jesús entre Dios y el hombre para justificar las relaciones inmediatas de la vida.” Por el contrario, “para quien sigue a Jesús, no hay ‘realidades dadas por Dios’ más que a través de Jesucristo. Lo que no me es dado por medio de Jesucristo encarnado no me es dado por Dios. Lo que no me es dado a causa de Cristo no viene de Dios (…) Si hay algo que no puedo agradecer a causa de Cristo, no puedo agradecerlo de ninguna manera, o cometo un pecado; (…) el camino que lleva a la ‘realidad dada por Dios’ del prójimo con quien convivo pasa por Cristo; de lo contrario, es un camino equivocado.”
En un poco común análisis psicosocial, Bonhoeffer asevera “Ningún camino específico conduce del hombre al hombre. La intuición más amante, la psicología más profunda, la apertura de espíritu más natural, no avanzan hacia el otro; no existen relaciones anímicas inmediatas. Cristo se interpone. Sólo a través de él podemos llegar al otro.” Apoyado en la Biblia define a la súplica como el camino “más rico en promesas”, y a “la oración común en nombre de Cristo (como) la forma más auténtica de comunión” destacando el valor que tiene la oración en la comunidad.
No hay verdadero reconocimiento de los dones de Dios sin reconocimiento del mediador, por cuya causa nos han sido dados. Y no es posible dar verdaderas gracias por el pueblo, la familia, la historia y la naturaleza, sin un profundo arrepentimiento, que atribuye la gloria sólo a Cristo, y a él por encima de todo.
Lo que pareciera ser una antítesis se convierte en paradigma gracias al Mediador: “no hay verdadera responsabilidad en el mundo, si no se reconoce primero el abismo que nos separa del mundo” dice el teólogo. Y quita toda duda sobre el lugar a darle al amor de Dios en nuestra vida: “No améis al mundo” 4 va junto con “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” 5
Estas verdades aparentemente irreconciliables tienen en Abrahán su mejor aplicación. De él dice el autor: “Debió abandonar a sus amigos y la casa de su padre; Cristo se interpuso entre él y los suyos. Entonces la ruptura debió hacerse visible. Abrahán se convirtió en un extranjero a causa de la tierra prometida (primero) Más tarde (…) es llamado por Dios a sacrificarle a su hijo Isaac. Cristo se interpone entre el padre de la fe y el hijo de la promesa.”
El único camino es Cristo.
Analizando el llamado de Dios a Abrahán dice el autor “Contra toda inmediatez natural, contra toda inmediatez ética, contra toda inmediatez religiosa, (él) obedece a la palabra de Dios. Lleva a su hijo al sacrificio. Está decidido a manifestar visiblemente la ruptura secreta, a causa del mediador.”
Y es así y allí que ocurre lo sobrenatural: “Entonces, en el mismo momento, se le devuelve todo lo que había dado. Abrahán recibe de nuevo a su hijo. Dios le muestra una víctima mejor, que debe sustituir a Isaac. Es un giro de 360 grados; Abrahán ha recibido de nuevo a su hijo, pero ahora lo tiene de forma distinta. Lo tiene por el mediador, a causa de él. Por estar dispuesto a escuchar y obedecer literalmente la orden de Dios, le es permitido tener a Isaac como si no lo tuviese; tenerlo por Jesucristo. Nadie sabe nada de esto. Abrahán baja con Isaac de la montaña tal como había subido, pero todo ha cambiado. Cristo se ha interpuesto entre el padre y el hijo. Abrahán había abandonado todo para seguir a Cristo y, en pleno seguimiento, le es permitido de nuevo vivir en el mundo en que antes vivía. Externamente, todo continúa como antes. Pero lo antiguo ha pasado, y he aquí que todo se ha hecho nuevo.”
“Entonces Pedro comenzó a decirle: He aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido. Respondió Jesús y dijo: De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna. Pero muchos primeros serán postreros, y los postreros, primeros”.6
Jesús se dirige a los mismos que Él había llamado uno por uno y que, por su causa, “se han convertido en seres individualistas (…) que abandonaron todo cuando él los llamó, a los que pueden decir de sí mismos: ‘Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido’. A ellos se hace la promesa de una comunión nueva. Según la palabra de Jesús, ya en este mundo recibirán centuplicado todo lo que abandonaron. Jesús habla aquí de su comunidad, que se encuentra en él. Quien abandona a su padre por causa de Jesús hallará en ella un padre, hallará hermanos y hermanas, e incluso campos y casas que le están preparados. Cada uno se lanza solo al seguimiento, pero nadie queda solo en el seguimiento. A quien osa convertirse en individuo, basándose en la palabra de Jesús, se le concede la comunión de la Iglesia. Se halla en una fraternidad visible que le devuelve centuplicadamente lo que perdió.”
Cien veces, pero ‘con persecuciones’, “es la gracia de la comunidad que sigue a su maestro bajo la cruz. Esta es, pues, la promesa hecha a los seguidores de convertirse en miembros de la comunidad de la cruz, de ser pueblo del mediador, pueblo bajo la cruz.
“Iban por el camino subiendo a Jerusalén; y Jesús iba delante, y ellos se asombraron, y le seguían con miedo. Entonces volviendo a tomar aparte a los doce, les comenzó a decir las cosas que le habían de acontecer”.7
Como para confirmar la seriedad de su llamada al seguimiento y, simultáneamente, la imposibilidad de seguirle con nuestras fuerzas humanas, así como la promesa de pertenecerle en las persecuciones Jesús precede ahora a los discípulos hacia Jerusalén, hacia la cruz, y los que le siguen se asombran y temen al contemplar este camino por el que él les llama.”
Reflexión final
Valga este resumen del capítulo ‘El Seguimiento y la Cruz’ para agradecer a nuestro Señor por haber pagado nuestra deuda y justificarnos en Su Hijo. En días que muchos hombres, mujeres, ancianos y niños mueren por causa de confesar a Jesucristo debemos agradecer a nuestro Padre porque haya un pueblo dispuesto a morir con tal de no renunciar a Cristo o a su fe. Tal vez Su propósito sea que a lo largo de la historia de Su Gracia algunos de los verdugos de tantos hermanos y hermanas nuestros lleguen a conocerle. La escena del centurión romano exclamando al pie de la cruz de Cristo ‘Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios’ 8 quizás se esté repitiendo sin nosotros saberlo en este momento en muchos sitios del planeta; asesinos que se maravillan por el valor de esas víctimas que mueren dando gracias a Dios por haber sido dignos de morir por Su causa. De allí que se nos anime a orar aún por nuestros enemigos. Que el hecho sangriento de la cruz de Cristo, emulado en el sacrificio de tantos hermanos y hermanas, lejos de infundirnos un sentimiento de temor a la falsa inmediatez nos anime a ser fieles en el seguimiento a Su inefable llamado 9.
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Notas
Foto: tomada de Wikipedia.
01. Dietrich Bonhoeffer nació el 4 de febrero de 1906 en Breslau (Alemania). Fue pastor, teólogo y profesor. Miembro de la Iglesia confesante alemana, participó activamente en la resistencia contra Hitler. Encarcelado en 1943, fue ejecutado el 9 de abril de 1945, 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 antes de la capitulación de las fuerzas del Tercer Reich.
02. De ‘EL PRECIO DE LA GRACIA El seguimiento’, Ediciones Sígueme, Colección Verdad e Imágenes Nº95. Sexta Edición, Salamanca, 2004. Adaptado para este artículo del capítulo ‘El seguimiento y la cruz’ páginas 53 a 59.
03. Juan 1:3; 1ª Corintios 8:6; Hebreos 1:2.
04. 1ª Juan 2:15.
05. Juan 3:16.
06. Marcos 10:28-31.
07. Ibíd. 10:32.
08. Ibíd. 15:39.
09. 1ª Tesalonicenses 5:23,24; 2ª Tesalonicenses 3:3; Hebreos 10:23. Todas las negritas son énfasis del autor del artículo.

Fuente: Protestantedigital, 2016.

domingo, 7 de febrero de 2016

El Papa Bergoglio en México: nuevo show



Por. Leopoldo Cervantes-Ortiz, México.
La muy anunciada visita del actual obispo de Roma a México de los próximos días ha vuelto a producir sentimientos encontrados y análisis reiterados, de manera similar a las anteriores ocasiones en que el entusiasmo popular siempre rebasó las expectativas.
Lo cierto es que el hecho de que se trata del primer papa latinoamericano no ha sido un factor suficientemente explotado por los medios o los organizadores. Estos últimos han optado por repetir el esquema de las otras visitas, aunque no se percibe el furor de la época de Karol Wojtyla (1979, 1990, 1993, 1999 y 2002), quien con su carisma, sus gestos y sus expresiones despertó siempre gran pasión.
No sucedió lo mismo con Joseph Ratzinger en 2012, cuyo único viaje estuvo marcado por una fuerte polémica debido al caso de los abusos de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo. En la ciudad de León, Guanajuato, fuerte bastión del catolicismo conservador, muy cerca de donde se encontraba el papa se presentó un libro sumamente crítico sobre Maciel. Asimismo, causó enorme decepción que no se reuniera con las víctimas de abuso y sus familias. Ese antecedente sigue pesando ante esta nueva visita, máxime por el pretendido perfil renovador con que se quiere presentar a Bergoglio, pero que no se ha comprobado totalmente en los hechos. Una nota de La Jornada se refiere a eso mismo (Blanche Petrich, “Víctimas de abuso sexual del clero, invisibles para organizadores de la visita de Francisco”, 3 de febrero de 2016, www.jornada.unam.mx/2016/02/03/politica/011n1pol).
Algo que ha llamado mucho la atención es la actitud de algunas autoridades y políticos, pues la obsequiosidad con que se han manifestado dista mucho del respeto a la laicidad del Estado afirmada constitucionalmente en los años recientes en el artículo 40, agregado que, según trascendió en su momento, fue resultado de una negociación con las cúpulas católicas a cambio de que el 24 estableciera la “libertad religiosa”, antigua reivindicación que mostró siempre la inconformidad hacia la libertad de cultos garantizada desde la segunda mitad del siglo XIX. A decir del sociólogo Roberto Blancarte, profesor de El Colegio de México y autor de una tesis doctoral sobre la historia del catolicismo en el país, los gobernantes que han mostrado un beneplácito excesivo por la visita de Bergoglio se han comportado como auténticos “funcionarios monaguillos”, pues no han desaprovechado la oportunidad de coquetear con las mayorías católicas para obtener beneficios. El caso de César Duarte, gobernador de Chihuahua es patético:
…quien ante la pregunta de un diario (24 horas) sobre si le preocupa el mensaje que dará el papa, contestó: “Al contrario, yo estoy entusiasmado de la visita del santo padre y estoy seguro que el mensaje que deje es un mensaje que tenemos que asumirlo todos en un compromiso de los retos que tiene nuestra sociedad”.
Sic y recontra sic. ¿O sea, el gobernador Duarte cree que parte de su trabajo es promover el compromiso de los ciudadanos con la fe católica? ¿Cree sinceramente que todos los ciudadanos de Chihuahua deberían asumir el mensaje que les dirigirá el papa? ¿Cómo se sentirán los cientos de miles de fieles de otras Iglesias ante este funcionario que abiertamente manifiesta su parcialidad en materia de creencias y que confunde su labor como funcionario con la de un monaguillo? (Milenio, 26 de enero de 2016, www.milenio.com/firmas/roberto_blancarte_perdon_pero/Funcionarios-monaguillos_18_672112793.html)
Tales actitudes, lejos de ser buenas señales para la población, sólo reproducen el viejo esquema de simulación que prevaleció durante décadas durante los gobiernos del PRI y recrean el burdo servilismo con que se comportaron los dos presidentes panistas anteriores a causa de su inocultable filiación religiosa. En los días cercanos al anuncio de esta nueva “visita apostólica”, algunos legisladores del filocatólico Partido Acción Nacional, sugirieron la posibilidad de que el papa presentase un discurso en el Senado, pero pronto fue desechada gracias a las críticas de los integrantes de otras bancadas.
El actual presidente de la República, formado en una institución ligada al Opus Dei, recibirá a Bergoglio en el Palacio Nacional en su calidad de Jefe de Estado, algo que nunca había sucedido. Muchos analistas consideran que este viaje papal no abonará mucho al régimen, especialmente porque se advirtieron algunas tensiones previas al anuncio del itinerario final debidas sobre todo a que se pensó que el papa podría presentarse en lugares incómodos como Guerrero, entidad adonde aconteció la desaparición forzada de 43 estudiantes en septiembre de 2014, asunto que sigue sin resolverse plenamente.
Varios grupos de activistas y organismos defensores de los derechos humanos opinaron que si Bergoglio se reunía con los padres de los desaparecidos eso sería un mal signo para este gobierno, empeñado como está en probar que es capaz de garantizar el apego a derecho y de castigar a los responsables, lo que no ha sucedido hasta el momento. Los fuertes desencuentros con la Comisión Interamericana de Derechos Humanos son muestra fehaciente de esa dificultad.
Por otro lado, la situación que atraviesa el país, aquejado por la baja en los precios del petróleo y la gran depreciación de la moneda, además de la violencia desatada en varias regiones, constituye el siempre vigente caldo de cultivo para exaltar el ánimo religioso de un pueblo cada vez menos católico, tal como lo demuestran estudios estadísticos recientes.
Y es que, a diferencia de lo que ha hecho con representantes de otras iglesias en países como Italia, Suecia (donde asistirá en octubre próximo al inicio de los festejos por los 500 años de la Reforma Protestante) y Argentina durante su etapa episcopal, en México no habrá ninguna reunión formal con integrantes de iglesias protestantes o evangélicas, al parecer, como una muestra más de que no son vistas como interlocutoras válidas ni mucho menos como compañeras de camino, testimonio y misión. Todo ello a contracorriente de los avances en el diálogo ecuménico e interreligioso actual.
En Uruguay, por ejemplo, el Sínodo de la Iglesia Evangélica Valdense del Río de la Plata que se reunirá en estos días, discutirá la petición de perdón de Bergoglio a las comunidades de esa tradición en Italia, donde fueron objeto de dolorosas persecuciones y masacres en siglos pasados. Especulando un poco, tal vez los grupos evangélicos mexicanos no tengan un espacio similar en la agenda papal por causa de su imparable crecimiento, en especial las vertientes pentecostales y neo-pentecostales, que tantos dolores de cabeza le está causando al Vaticano en toda América Latina, que se está “descatolizando” a pasos agigantados. Quizá sin relación con esta “mutación religiosa” (en palabras del experto Jean-Pierre Bastian) se encuentra el estado de Michoacán, en donde se reporta una pérdida de alrededor de 800 mil fieles en los últimos años (www.quadratin.com.mx/principal/Iglesia-Catolica-ha-perdido-mas-800-mil-creyentes-Michoacan/).
Asimismo, en Chiapas el papa argentino visitará la tumba del obispo de San Cristóbal de las Casas, Samuel Ruiz García, en una especie de “rehabilitación” post mortem, luego de que en vida fue objeto durante mucho tiempo de duros ataques por su simpatía hacia la teología de la liberación y su defensa de los derechos de la población indígena, además de sus posturas ante la guerrilla neo-zapatista y los ministerios autóctonos. Es posible que ése sea el único gesto de apertura de este papa en México, cuyo origen geográfico sigue siendo motivo de esperanza para algunos y de decepción para otros.
De modo que el país tendrá que soportar, una vez más, el imparable bombardeo televisivo que tratará de reposicionar , así sea durante unos cuantos días, al catolicismo romano como religión capaz de levantar el ánimo de una población golpeada por la violencia, el narcotráfico y la carencia de expectativas ante el futuro inmediato, lo cual no es poca cosa, pues siempre que un gobierno permite concentrar las esperanzas en una instancia religiosa predominante en este caso, a posteriori se encarga de capitalizar los bienes simbólicos de salvación que ésta haya ofrecido. El mesianismo estrictamente religioso de turno cambia de signo para dejar su lugar a la forma en que las clases gobernantes manejan la realidad sin maquillajes ni modificaciones efectivas.
La visita del obispo de Roma será recordada, sobre todo, por los arreglos urgentes de las calles y plazas que lo recibirán con un mejor rostro, pero sin más profundidad que eso, a pesar de lo que digan los cronistas habilitados para resaltarla como un acontecimiento espiritual relevante, sin decir que en realidad se tratará de un show religioso más montado por los gobernantes y las cúpulas católicas.

Fuente: Protestantedigital, 2016.

sábado, 6 de febrero de 2016

Gólgota y Misión Integral



Por. Juan Stam, Costa Rica.
La última consecuencia de la identificación de Jesús con pecadores fue, precisamente, su muerte en la cruz. "Como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin" (Jn 13.1). Habiendo tomado forma de siervo y condición de hombre, fue "obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Fil 2.8).
El Verbo Encarnado nos redimió, no por rechazarnos y condenarnos, sino por solidarizarse con nosotros. Ese fue el camino de su misión. Hecho uno con nosotros, llevó esa solidaridad hasta lo último: se dejó identificar hasta con nuestro pecado (2 Co 5.21; Gal 3.13) y nuestra muerte (Heb 2.14s).
El himno de Fil 2.5-11 nos señala el camino de la misión para Jesús y para nosotros (cf 2.5): el camino del "anonadamiento" (la kenosis) y de la cruz.
El mundo y los poderosos no pueden entender (ni algunos cristianos tampoco) que ese escándalo de la cruz es el poder y la sabiduría de Dios (1 Cor 1.18-24). Por eso, agrega Pablo, Dios no ha llamado a muchos sabios según la carne, ni poderosos, ni nobles sino lo débil de este mundo, lo vil y menospreciado, "y lo que no es, para deshacer lo que es" (1 Cor 1.25-28). Es claro que esta paradoja del anonadamiento kenótica debe seguir siendo el paradigma cristológico para la misión nuestra también hoy.
Cuando la misión de la iglesia degenera en una búsqueda de poder o prestigio en medio de la sociedad, o cuando privilegia a los ricos y poderosos para dirigirse con preferencia a ellos (Stg 2.1-7), cae en contradicción flagrante con el modelo del Crucificado.
Cuando hace del "éxito" la summum bonum de su escala de valores y la meta de sus esfuerzos, ha traicionado a su misión en el preciso momento de creer cumplirla. La iglesia del Crucificado no está llamada a ser la "Iglesia gran Señora", rica y poderosa, sino la "Iglesia Sierva", que sigue los pasos de su Maestro, el Señor que se dignó volverse Siervo Sufriente (Fil 2.7). La misión de la iglesia tiene carácter kenótico.
Muchas veces la iglesia cae en el mismo error fatal (satánico) de Pedro. Pedro confesó con gran claridad, y quizá con algo de triunfalismo, que Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios viviente (Mat 16.16). Pero cuando el Señor en seguida anunció su crucifixión, Pedro se atrevió a darle algunos "consejos", para que la cruz no tocara al Mesías, ni mucho menos a Pedro mismo y los demás discípulos (16.22).
Pedro quería tener a un Cristo Salvador y vencedor, pero no crucificado; le atraía el evangelio de la gracia barata y las ofertas. En su respuesta, Cristo impuso esa cruz que Pedro repudiaba no sólo sobre sus propios hombros sino sobre los hombros de Pedro mismo y de todo verdadero discípulo del Señor (16.24s).
La misión a la manera de Jesús significa para el discípulo negarse a sí mismo y andar con Cristo gozosamente el camino hacia el Calvario. Misión conforme a Jesús significa vivir en discipulado radical e integral e invitar a otros a seguir al Crucificado de la misma manera.
El relato de los dos testigos en Apoc 11 nos ilustra esta verdad en forma dramática. Mientras ellos soplaban fuego y realizaban toda clase de portentos (11.5s: la "iglesia de poder"), sólo lograban enfurecer a los impíos (11.10). Pero cuando murieron con Cristo y resucitaron con él, muchos glorificaron a Dios (11.13). Los dos testigos experimentaron en carne propia lo que fue también el gran anhelo de Pablo: "conocerle a él, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte" (Fil 3.10). En esas palabras el misionero más grande de la época apostólica nos enseña el significado de la cruz para nuestra misión.
René Padilla ha expresado lo mismo en palabras que a primera vista parecen paradójicas y chocantes: "La primera condición de una evangelización genuina es la crucifixión del evangelista. Sin ella el evangelio se convierte en verborragia y la evangelización en proselitismo" [1986:25].
Sólo el mensaje de la cruz nos puede salvar de caer en una evangelización egoísta, o en el "culto a la personalidad" de nuestros televangelistas. Igual que los dos testigos, la fidelidad de nuestra misión brota desde la muerte de nosotros "juntamente crucificados con Cristo" (Gal 2.20), dispuestos como los dos testigos a llevar con Cristo el escarnio y el vituperio, la burla y el aparente fracaso, para vencer con él en el poder paradójico de su resurrección.
La cruz fue para Cristo el punto final de su camino de identificación con "la gente mala": publicanos, leprosos, gentiles, y hasta "una mujer de la ciudad". Su pecado de ser "amigo de publicanos y pecadores" (Lc 15.1) lo hizo insoportable a los fariseos, y fue una de las razones principales por las cuales se empeñaron en buscar su muerte.
Hoy, también, la iglesia se encuentra tentada a asumir la actitud de los fariseos y convertir su misión en simple proselitismo elitista. Nuestro modelo tiene que ser Aquel que fue crucificado por estar tan cerca de los pecadores que la "gente buena" lo confundía con ellos como un pecador más. El ejemplo de Jesús nos desafía a hacernos amigos de los rechazados y los despreciados de nuestra sociedad, acercándonos tan atrevidamente a ellos como para ser también rechazados y despreciados como lo fue Jesús. Jesús "fue hecho pecado" para hacernos justicia de Dios en él (2 Cor 5.21).
No cabe duda que tomar en serio esta perspectiva bíblica levantará muchas inquietudes que complicarán nuestra misión. Para mencionar unos ejemplos: ¿Cómo se haría Jesús "amigo de los drogadictos" si viviera en nuestra sociedad? Otro caso: hoy las calles de San José están prácticamente "tomadas" por prostitutas, de ambos sexos y tanto hétero como homosexuales. ¿Cuál sería la actitud de Jesús hacia ellos y ellas? ¿Cómo podemos nosotros verlos a ellos, en la esquina de nuestra calle, con los ojos de Jesús? ¿Y qué de las víctimas del SIDA, sea por homosexualidad, por drogadicción o simplemente por una mala transfusión de sangre? ¿Una "pastoral del Sida" (como se ha organizado en algunos países de América Latina) pertenecería a la misión que Dios nos ha encomendado?
¿Qué significa hoy ser "amigos" de todas estas personas y muchos otros (precaristas, pandilleros, guerrilleros, y todos los rechazados)? En realidad, el ejemplo de Jesús parece muy peligroso.

Fuente: Protestantedigital, 2016.

lunes, 1 de febrero de 2016

Qohelet y la vaciedad de la vida



Por. César Vidal, España
Si tuviera que escoger un libro sapiencial por antonomasia, con seguridad y por encima de Proverbios, me quedaría con Eclesiastés. Me consta que la elección causará la perplejidad de algunas personas.
Hace apenas unas semanas, un amigo sacerdote me escribía para comentarme que no podía entender que semejante texto formara parte del canon bíblico. Su comentario es comprensible, pero no quita en absoluto el extraordinario valor de este libro.
Su título –una traducción griega del Qohelet original– hace referencia a alguien que se refería a la asamblea –sí, la palabra iglesia no tuvo otro significado originalmente que fuera más allá– o, si se prefiere, a la congregación.
De ahí que algunas versiones lo viertan como el predicador, un término que no es del todo exacto.
El protagonista del libro es alguien que se dirige a la congregación, pero no porque sea un predicador sino porque es un sabio que ha de comunicar su mensaje.
¿Y cuál es ese mensaje? Pues que debajo del sol, todo es vanidad (1: 1-2).
Comprender este punto de inicio es esencial para entender el libro –de ahí las dificultades de mi amigo clérigo– porque Eclesiastés o Qohelet describe lo que es el mundo si se cree que sólo existe lo que hay debajo del sol o, como diría un castizo, tejas abajo.
No debería por ello sorprender que François Mitterrand pasara sus últimos días releyéndolo o que el enfermo protagonista de la novela Anónimo veneciano regresara a él una y otra vez.
Lo primero que se capta en esa vaciedad –mejor que vanidad– a la que se refiere Qohelet es el paso imparable de las generaciones (1: 4). Con una tierra que permanece siempre como mudo testigo de nuestros hechos, los seres humanos no dejan de pasar (1: 4).
Es algo tan cansino como el viento (1: 5) o el ciclo del agua (1: 6). No sólo es cansino. Además es igual (1: 9-10).
Para el que conoce la Historia –y a pesar de los cambios– lo que resulta evidente es que la naturaleza humana se manifiesta siempre de maneras similares, tanto que no puede decirse que lo que observamos sea distinto de lo que ya ha sucedido muchas veces (1: 10).
Auschwitz podrá ser como Hiroshima un epítome del horror, pero la maldad de corazón que hay detrás ha aparecido en la Historia en multitud de ocasiones aunque, por ejemplo, en vez de las cámaras de gas o el armamento nuclear recurriera al garrote o el empalamiento.
El gran problema es que la gente no aprende de la Historia y tampoco recuerda incluso lo que vivió porque el olvido es algo consustancial con el ser humano (1: 11).
Si alguien piensa que lo que afirma el Qohelet es exagerado, eche su memoria unos años atrás y rememore cuantas veces ha recordado a los que ya no están entre nosotros por mucho que pesaran en nuestra infancia y juventud. Piense luego en lo que recordarán a esas personas –si tal posibilidad existe siquiera– los que ahora son sus hijos. Por mucho que se hable –y se abuse– de la idea de memoria, la verdad es que todos nos vamos convirtiendo en figuras desvaídas que, al fin y a la postre, se desvanecen por completo en el correr sin pausa del tiempo.
No se trata únicamente de que semejante vaciedad resulte clara en seres insustanciales, obtusos, romos. Esa vanidad de la existencia afecta a todos y el propio Qohelet es un buen ejemplo de ello. Él mismo fue rey en Jerusalén (v. 12), una afirmación que puede apuntar a su identificación con Salomón, pero también a que, en otro tiempo, en la ciudad santa disfrutó de la importancia de un monarca, previsiblemente por su sabiduría.
No era un personaje de segunda, ni un simple fanático repetidor de mantras religiosos o un sujeto común y corriente. Por el contrario, se entregó a indagar y a adquirir la sabiduría aún a sabiendas de que era una tarea ardua que exigía esfuerzo (v. 13).
A pesar de todo, las conclusiones a las que llegó “debajo del sol” fueron increíblemente desalentadoras.
En primer lugar, que en todo hay vaciedad y sufrimiento para el espíritu (v. 14) y, en segundo, que no hay manera de enderezar lo que está torcido (v. 15).
Es verdad que se dedicó a la sabiduría de todo corazón y con un ahínco sin rival y que incluso se acercó a lo absurdo y disparatado para así desentrañar sus secretos (v. 17). Sin embargo, sus conclusiones resultan sobrecogedoras. Guste o no guste aceptarlo, en la sabiduría hay sufrimiento –siquiera a causa de los necios que se van a negar sistemáticamente a escuchar y que incluso pueden resultar agresivos contra los que dicen lo que no les agrada– y además el conocimiento que aumenta trae consigo dolor (v. 18).
Personalmente, no abrigo la menor duda sobre la veracidad de lo afirmado por Qohelet.
La sabiduría –cuando se limita a lo que se ve “debajo del sol”– no es un camino hacia la felicidad. Por el contrario, es un continuo enfrentarse con sinsabores y desaires que, en unas ocasiones, proceden de aquellos que se sienten irritados al escucharla y, en otras, del descubrimiento de realidades que resultan todo menos agradables.
¿Exageraba Qohelet? Que piense el lector en aquellas personas a las que ayudó para descubrir que eran unos ingratos miserables y traicioneros; en aquellos amigos que creyó tener, pero que actuaban fundamentalmente en beneficio propio; en aquellos individuos a los que comunicó verdades obtenidas tras arduos esfuerzos sólo para comprobar cómo se las arrojaban a la cara enfurecidos porque preferían los ídolos ante los que se inclinaban; en aquellos seres a los que trató con una generosidad que no merecían y que, sin embargo, no dudaron en afrentarlo en público.
Que rememore también el que recorre estas líneas a todos los famosos que pudo conocer de una u otra manera en algún momento de su vida y que, a continuación, intente saber qué fue de ellos. Comprobará sin mucha dificultad que Qohelet no planteaba más que una realidad accesible para cualquiera que no se cegara.
La pregunta que surge ahora es: ¿acaso no seríamos más felices sin en vez de buscar la sabiduría tan sólo intentáramos librarnos de preocupaciones y pasarlo de la mejor manera posible? Pero de la respuesta a esa posibilidad hablaremos en la siguiente entrega.

Continuará

Fuente: Protestantedigital, 2016.