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jueves, 28 de febrero de 2013

La elección de un nuevo papa y el Espíritu Santo

Por. Ivone Gebara, Brasil*
Después de la encomiable actitud del anciano Benedicto XVI renunciando al gobierno de la Iglesia Católica Romana han aparecido entrevistas con algunos obispos y sacerdotes en estaciones de radio y televisión en todo el Brasil. Sin duda, un evento de tanta importancia para la Iglesia Católica Romana es noticia y conduce a predicciones, elucubraciones de todo tipo, principalmente de sospechas, intrigas y conflictos dentro de los muros del Vaticano, que habrían acelerado la decisión del Papa.
En el contexto de las primeras noticias, lo que me llamó la atención fue algo a primera vista pequeño e insignificante para los analistas que tratan asuntos del Vaticano. Se trata de la forma como algunos sacerdotes entrevistados, o sacerdotes conductores de programas de televisión, respondieron cuando se les preguntó sobre quién sería el nuevo Papa, saliendo por la tangente. Se referían a la inspiración del Espíritu Santo, o a su voluntad, como si fuera el elemento del que dependería la elección del nuevo romano pontífice. Nada de pensar en personas específicas para responder a las situaciones mundiales desafiantes, nada para despertar una reflexión en la comunidad, nada de hablar de los problemas actuales de la Iglesia que la han llevado a un significativo marasmo, nada de escuchar los clamores de la comunidad católica por la democratización de las estructuras anacrónicas que sostienen a la iglesia institucional.
La formación teológica de estos sacerdotes comunicadores no les permite salir de un discurso trivial y abstracto, ya bien conocido, que continúa recurriendo, como explicación, a fuerzas ocultas, y así, en cierta forma, confirman su propio poder. La continua referencia al Espíritu Santo a partir de un misterioso modelo jerárquico es una forma de camuflar los verdaderos problemas de la Iglesia y una forma de retórica religiosa para no revelar conflictos internos que ha vivido la institución.
La teología del Espíritu Santo continúa siendo para ellos mágica; expresa explicaciones que ya no pueden hablar a los corazones y a las conciencias de muchas personas que valoran el legado del Movimiento de Jesús de Nazaret. Es una teología que sigue provocando la pasividad del pueblo creyente ante las múltiples dominaciones, incluída la manipulación religiosa. Continúan repitiendo fórmulas... como si éstas satisficiesen a la mayoría de la gente.
Me entristece el hecho de comprobar una vez más que los religiosos y algunos laicos que trabajan en los medios de comunicación no perciben que estamos en un mundo en el que los discursos tienen que ser más asertivos, y que tienen que basarse en referencias filosóficas consistentes, más allá de la tradicional escolástica. Un referencial humanista los haría mucho más comprensibles para el común de las personas, incluidos los no católicos y no religiosos. La responsabilidad de los medios de comunicación religiosos es enorme e incluye la importancia de mostrar cómo la historia de la Iglesia depende de las relaciones e interferencias de todas las historias de los países y de las personas individuales.
Ya es tiempo de abandonar ese lenguaje metafísico y abstracto, como si un Dios fuese a ocuparse especialmente de elegir al nuevo Papa, independientemente de los conflictos, desafíos, iniquidades y cualidades humanas. Ya es hora de afrontar un cristianismo que admita el conflicto de las voluntades humanas. Es hora de reconocer que, al final de un proceso electivo, no siempre la elección realizada puede ser considerada como la mejor para el conjunto. Hay que afrontar la historia de la Iglesia como una historia construida por nosotros, todos y todas, y de testimoniar respeto para nosotros mismos/as mostrando la responsabilidad que tenemos todas/os los que nos consideramos miembros de la comunidad católica.
La elección de un nuevo Papa es algo que tiene que ver con el conjunto de las comunidades católicas esparcidas por todo el mundo y no sólo con una élite de edad avanzada, minoritaria y masculina. Por lo tanto, es necesario ir más allá de un discurso justificativo del poder papal, y enfrentarse a los problemas y desafíos reales que estamos viviendo. Sin duda, para esto las dificultades son muchas, y abordarlas requiere nuevas convicciones y un deseo real de promover cambios que favorezcan la convivencia humana.
Me preocupa, una vez más, que no se discuta más abiertamente el hecho de que el gobierno de la Iglesia institucional sea entregado a personas ancianas que, a pesar de sus cualidades y sabiduría, ya no son capaces de hacer frente con vigor y desenvoltura los desafíos que estas funciones demandan. ¿Hasta cuando la gerontocracia masculina papal será como un doble de la imagen de un Dios, blanco, anciano y de barbas blancas? ¿Habría alguna posibilidad de salir de este esquema, o al menos de iniciar una discusión de cara a una futura organización diferente? ¿Habría alguna posibilidad de abrir esta discusión en las comunidades cristianas populares que tienen derecho a la información y a una formación cristiana más ajustada a nuestros tiempos?
Sabemos en qué medida la fuerza de la religión depende de desafíos y comportamientos que son fruto de convicciones capaces de sostener la vida de muchos grupos. Sin embargo, las convicciones religiosas no pueden reducirse a una visión estática de las tradiciones, ni a una visión deliberadamente ingenua de las relaciones humanas. Las convicciones religiosas, igualmente, no pueden reducirse a la ola de las más variadas devociones que se propagan a través de los medios de comunicación. Es más, no podemos seguir tratando al pueblo como ignorante e incapaz de formular preguntas inteligentes y astutas en relación con la Iglesia. Sin embargo, estos sacerdotes comunicadores creen estar tratando con personas pasivas, entre ellas muchos jóvenes que mantienen un culto romántico alrededor de la figura del papa. Los religiosos mantienen esta situación, a menudo cómoda, por ignorancia o avidez de poder. Probar la interferencia divina en decisiones que la Iglesia Católica Jerárquica, prescindiendo de la voluntad de las comunidades cristianas esparcidas por todo el mundo es un ejemplo flagrante de esta situación. Es como si quisieran reafirmar erróneamente que la Iglesia es, en primer lugar, el clero y las autoridades cardenalicias a las cuales habría conferido el poder de elegir un nuevo papa, y que ésa es la voluntad de Dios. A los millones de fieles les corresponde sólo orar para que el Espíritu Santo escoja al mejor, y esperar a que el humo blanco anuncie una vez más el habemus papam.
De manera hábil, por el recurso a fuerzas superiores que dirigirían la historia y, la Iglesia siempre están tratando de hacer que los fieles ignoren la verdadera historia, y que no puedan plantearse su responsabilidad colectiva. Es una lástima que estos formadores de opinión pública estén viviendo todavía en un mundo que es teológicamente, y tal vez incluso históricamente, pre-moderno, donde lo sagrado parece separarse del mundo real y situarse en una esfera superior de poderes a la que sólo unos pocos tienen acceso directo. Es desolador ver cómo la conciencia crítica en relación a sus propias creencias infantiles no haya sido despertada, para su bien personal y en beneficio de la comunidad cristiana. Parece que hasta rescatamos los muchos obscurantismos religiosos de épocas pasadas, mientras que el Evangelio de Jesús, por el contrario, continuamente convoca a la responsabilidad común de unos con los otros.
Conociendo las muchas dificultades afrentadas por el Papa Benedicto XVI durante su corto ministerio papal, las empresas de comunicación católica sólo destacan sus cualidades, su entrega a la Iglesia, su inteligencia teológica, su pensamiento vigoroso, como si quisieran, una vez más, ocultar los límites de su personalidad y de su postura política, no sólo como Pontífice, sino también, como presidente por muchos años de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el ex Santo Oficio. No permiten que las contradicciones humanas del hombre Joseph Ratzinger aparezcan, y que su intransigencia legalista o el trato castigdor que caracterizaron parcialmente su persona sean recordadas. Hablan desde su elección, principalmente como un papado de transición. No hay duda que es así. Pero, ¿transición hacia dónde?
Me gustaría que la encomiable actitud de renuncia de Benedicto XVI pudiese ser vivida como un momento privilegiado para convidar a las comunidades católicas a repensar sus estructuras de gobierno y los privilegios medievales que esta estructura conlleva. Estos privilegios, tanto del punto de vista económico, como político y socio-cultural, hacen aparecer al papado y al Vaticano como un Estado masculino aparte. Pero un Estado masculino con representación diplomática influyente y servido por miles de mujeres en todo el mundo, en las diferentes instancias de su organización. Este hecho nos invita también a reflexionar sobre el tipo de relaciones sociales de género que este Estado continua manteniendo en la historia social y política actual.
Las estructuras pre-modernas que todavía conserva este poder religioso necesitan ser confrontadas con los anhelos democráticos de nuestros pueblos en la búsqueda de nuevas formas de organización que se correspondan mejor con los tiempos y grupos plurales de hoy. Ess estructuras deben ser confrontadas con las luchas de las mujeres, de las minorías y las mayorías raciales, de personas de diversas orientaciones sexuales y opciones, de pensadores, científicos y trabajadores de las más variadas profesiones. Necesitan ser reelaboradas en la perspectiva de un mayor y más fructífero diálogo con otros credos religiosos y con las sabidurías esparcidas por todo el mundo.
Y, para terminar, quiero volver al Espíritu Santo, a este Viento que sopla en cada una/o de nosotros. Este aliento en nosotros es más grande que nosotros. Nos aproxima y nos hace interdependientes con todos los vivientes. Un soplo de muchas formas, colores, sabores e intensidades. Soplo de compasión y de ternura, soplo de igualdad y de diferencia. Este aliento o soplo no puede ser utilizado para justificar y mantener estructuras privilegiadas de poder y tradiciones antiguas o medievales, como si se tratara de una ley o una norma indiscutible e inmutable.
El viento, el aire, el espíritu sopla donde quiere y nadie debe atreverse a querer ser ni por una sola vez su dueño. El espíritu es la fuerza que nos acerca a unos con otros, es la atracción que permite nos reconozcamos como semejantes y diferentes, como amigas y amigos, y que juntos/as busquemos caminos de convivencia, de paz y de justicia.
Estos caminos del espíritu son los que nos permiten reaccionar ante las fuerzas opresivas que nacen de nuestra propia humanidad, los que nos llevan a denunciar a las fuerzas que impiden la circulación de la savia de la vida, quienes nos llevan a des-cubrir los secretos ocultos de los poderosos. Por tanto, el espíritu se muestra en las acciones de misericordia, en el pan compartido, en el poder compartido, en la cura de las heridas, en la reforma agraria, en el comercio justo, en las armas transformadas en arados, en fin, en la vida en abundancia para todas/os. Éste parece ser el poder del espíritu en nosotros, poder que necesita ser despertado en cada nuevo momento de nuestra historia, y ser despertado en nosotros/as, entre nosotros/as y para nosotros/as.

Fuente: Koinonia, # 125, 2013.

miércoles, 27 de febrero de 2013

De Hegel a Marx: ¿usa Dios el egoísmo humano para sus fines?

Por. Antonio Cruz Suárez, España*
Según el mito de Hegel, la maldad del ser humano sería inevitablemente empleada por Dios para realizar su plan histórico.
                                        
Como se ha señalado en los artículos anteriores, los tres momentos históricos típicos del pensamiento hegeliano son: la tesis, la antítesis y la síntesis. El primero afirma que la meta de la historia universal sería el progreso en la conciencia de la libertad. Por su parte, la antítesis dice que los medios para lograr esta libertad habría que verlos -por paradójico que pareciera- en las pasiones y en los egoísmos humanos. Mientras que la síntesis concluye señalando que el ámbito de la libertad es precisamente el Estado, la institución que aseguraría la consecución del fin al que se dirige toda la historia. El ser humano podría gozar de verdadera libertad y de una existencia racional, exclusivamente en el ámbito de la institución estatal.
De ahí que sólo en el Estado pudiera existir el arte, la filosofía y la religión. De manera que, según el mito de Hegel, la maldad del ser humano sería inevitablemente empleada por Dios para realizar su plan histórico. Las mezquindades, los atropellos, las ambiciones y la codicia constituirían el motor que permite avanzar hacia la libertad absoluta del hombre. El interés individual sería el cebo que movilizaría la realización del interés universal. Dios habría usado los fines particulares y egoístas de hombres como Alejandro Magno, Julio César o Napoleón Bonaparte, para conseguir el progreso de la historia hasta que ésta se adecuara a su fin supremo y universal.
Hegel tuvo siempre una predilección especial por el número tres. También el progreso histórico de la humanidad se habría desarrollado, según él, en tres etapas, la oriental, la grecorromana y la germánica. El Antiguo Oriente encajaba perfectamente en la primera pues “los orientales no han alcanzado el conocimiento de que el espíritu -el hombre como tal- es libre y, al no saberlo, no son libres”. Por tanto, únicamente el rey podía ser considerado como hombre libre, aunque se comportase como un déspota para sus súbditos.
Según Hegel, “la conciencia de la libertad” surgió por primera vez entre los griegos y los romanos pero de una manera imperfecta ya que estos pueblos creían que sólo algunos hombres podían ser libres, la mayoría seguían siendo esclavos que realizaban tareas manuales para que sus amos pudieran gozar de libertad. La tercera y última de estas fases sería la que conformaban las naciones germánicas de la época de Hegel, las únicas que al ser influidas por el cristianismo habrían desarrollado la conciencia de que todos los hombres son libres. En sus propias palabras: “El Este supo sólo, y sabe hasta el día de hoy, que uno es libre; el mundo griego y romano, que algunos son libres; el mundo germánico sabe que todos son libres.” (BOORSTIN, D. J. Los pensadores,Crítica, Barcelona, 1999: 211).
La visión hegeliana de la historia hunde sus raíces en las concepciones griegas del tiempo cíclico. Según éstas, las transformaciones de la naturaleza y de las culturas son como una sucesión de círculos que se repiten siempre. Las civilizaciones nacen, crecen y desaparecen para dejar paso a otras que evolucionarán de la misma manera. La historia es como un eterno retorno, como una carrera de relevos en la que cada pueblo pasa al siguiente el testigo del que es portador. Los individuos y los imperios sólo son los medios que usa la historia, pero el verdadero protagonista es el testigo, es decir, el espíritu que persigue como fin absoluto la conquista de la libertad.
Hegel ve como ejemplo de tales movimientos cíclicos el símbolo mitológico del ave Fénix, que muere y renace de sus propias cenizas. A través de estas etapas repetitivas, el espíritu avanza sin cesar. Por tanto, los vencedores siempre tienen razón ya que, de alguna manera, marcan la trayectoria que debe seguir el proceso histórico.
Es evidente que tal comprensión de la historia resulta claramente occidentalista. “La historia universal va de Oriente a Occidente. Europa es absolutamente el término. Asia el comienzo.” Hegel relacionaba la infancia de la humanidad con el mundo oriental; la juventud con Grecia y Roma; mientras que la etapa de madurez estaría representada por el occidente germano-cristiano. La Reforma protestante iniciada por Lutero significaba la reconquista de la interioridad cristiana frente a la exterioridad de la Iglesia católica medieval. Hegel creía que esta interioridad sólo se podía haber originado en un pueblo simple y sencillo como el alemán, que poseía una gran intimidad de espíritu. Tal como lo expresa Colomer:
“Mientras los otros pueblos europeos habían salido al mundo, habían ido a América o a las Indias orientales a adquirir riquezas o a fundar un imperio colonial, enAlemania, en donde se conservaba la pura espiritualidad interior, un monje tosco yobscuro buscó la perfección en su propio espíritu. La sencilla doctrina de Lutero es ladoctrina de la libertad interior, a saber, que el conocimiento de la salvación tiene sólolugar en el corazón y en el espíritu. Con esto se logró en la Iglesia la pura intimidad delalma y se aseguró la libertad cristiana.” (Colomer, 1986: 373).
Hegel ensalzó el espíritu alemán en la historia, afirmando que sólo las naciones germánicas estaban destinadas a ser los soportes de los principios cristianos. En cambio, aunque la vieja Roma había jugado un papel histórico indispensable, era incapaz de proporcionar suficiente solidez a tales principios. El exceso de patriotismo le llevó a decir que ninguna de las naciones latinas estaba capacitada para soportar el edificio del cristianismo, ya que eran pueblos con una sangre muy mezclada y guardaban siempre en sí mismos un principio de división. Sin embargo, el pueblo germánico era el único verdadero sucesor del antiguo pueblo griego y por tanto estaba destinado a conducir el cristianismo a su térmico. ¿Se inspiraría más tarde Hitler en esta idea?
Para Hegel la historia es como una teodicea que pretende justificar a Dios de los males que hay en el mundo. Una teología natural en la que todo lo negativo se esfuma ante el conocimiento de lo positivo. Una filosofía que intenta explicar cómo a través del tiempo, y a pesar de las muchas adversidades, se ha ido realizando el plan del espíritu de Dios. Su gran optimismo puede incluso resultar trágico porque, lo cierto es que, él nunca cerró los ojos a la cruda realidad. Conocía bien la crueldad, la sinrazón, la locura y la injusticia de tantos aconteceres históricos, pero prefirió creer que todo eso tenía una explicación racional, una meta gloriosa que lo justificaba.
Si durante la Edad Media la teología católica creía que todo lo relacionado con el mundo era malo, la Reforma protestante entendió lo temporal y mundano como el ámbito en el que se podía realizar la justicia y la ética del Estado. Algo que Dios quería y aprobaba ya que el Estado era el fin de la historia. Hegel pensaba que el ser humano sólo podía llegar a disfrutar de la auténtica libertad cristiana mediante la obediencia al Estado. De ahí que en los países donde caló la Reforma, la revolución no fuera necesaria porque los principios que ésta proclamaba ya habían sido asumidos por el protestantismo. El liberalismo que intentaron difundir por todo el mundo los partidarios de Napoleón procuró ser el sustituto de la Reforma, sobre todo en los países románicos, pero lo cierto es que no fue capaz de cambiar el alma del ser humano. Su influjo fue únicamente externo mientras que la liberación que predicaban los reformadores era ante todo personal e interior. “Napoleón no fue capaz de someter España a la libertad, lo mismo que Felipe II no pudo someter Holanda a la esclavitud”.
El Dios de Hegel recorre toda la historia de la humanidad, la impregna en todos sus acontecimientos más mínimos y se manifiesta en cada situación concreta. Hay un cierto matiz panteísta en este espíritu que todo lo penetra. Su providencia gobierna el mundo para su propia gloria y enaltecimiento. Pese a todas las miserias, catástrofes y revoluciones, la historia universal constituiría la realización del reino de Dios en la tierra. A pesar de lo malo, el espíritu de Dios caminaría incansable hacia la consecución final de lo bueno, la libertad absoluta. Siempre se estaría mejorando porque Dios mismo es en la historia. Sin embargo, este mito optimista de Hegel no consigue desvanecer la espesa niebla del mal en el mundo. ¿Cómo es posible seguir considerando la historia como un proceso razonable? ¿cómo aceptar que un Dios de amor pueda servirse del mal para hacer el bien? ¿pueden explicarse tantas masacres apelando a la evolución del espíritu hacia la libertad? ¿acaso no supone esto una reivindicación del mito de Maquiavelo acerca del fin que justifica los medios? ¿no es una manera de engañarnos a nosotros mismos?
Los filósofos y pensadores de la generación siguiente dejaron pronto de confiar en el mito de las revoluciones porque, de hecho, la realidad de los acontecimientos hablaba un lenguaje muy diferente al que proponía Hegel. La visión que Hegel tuvo de la historia fue, en realidad, como un intento de secularizar la teología cristiana. Pero en tal esfuerzo perdió de vista una de las doctrinas fundamentales del cristianismo, la esperanza escatológica (Colomer, 1986). Confundió lo material y temporal con lo espiritual. Transmutó el mundo de lo inmanente al de lo trascendente, llegando a creer que en la historia universal se estaba dando ya el juicio universal. Al pensar que el reino de Dios se realizaba en los mismos términos que la historia del mundo, cambió de manera ambigua la teología por la filosofía. Fusionó la esperanza cristiana en los “cielos nuevos y tierra nueva” con el proceso histórico sobre el planeta Tierra. Esto es lo que después le echaron en cara sus críticos.
Sin embargo, Marx se dio cuenta, años después, del gran partido que le podía sacar a la dialéctica hegeliana para interpretar la historia y llegó a deducir, precisamente todo lo contrario de lo que pensaba Hegel, que la moral y la religión eran como velos que ocultaban los verdaderos intereses de los grupos dominantes y que, por tanto, la religión era el opio del pueblo.
 
 
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lunes, 25 de febrero de 2013

¿Una nueva alianza entre ciencia y religión?

Por. Leonardo Boff, Brasil*
Cada época cultural establece su diálogo con la naturaleza. Un día hace hincapié en su carácter imponderable y por eso mágico, otro día capta su simetría profunda y por lo tanto la naturaleza como cosmos, y otras veces incluso su aspecto creativo, irreductible a la lógica lineal. Según Alexandre Koyré e Ilya Prigogine, el diálogo experimental constituye la práctica específica de la ciencia moderna. Hoy más allá de ella, parece ser la práctica holística la que caracteriza el enfoque contemporáneo de la naturaleza. Todas las representaciones del mundo son complementarias y ayudan a descifrar aquello que es más que el enigma de la naturaleza, es decir, su verdadero misterio.
Para la visión contemporánea, el universo es cada vez más una realidad incognoscible. Ella está continuamente desafiada a conocer un proceso que no tiene fin. Por esta razón, es importante tomar en serio las distintas ventanas que los distintos saberes abren a la comprensión de la naturaleza. De ahí su carácter holístico (totalizador y sintético).
De todas formas, la lectura del mundo pertenece al complejo cultural del tiempo y se inscribe en el concierto de las demás prácticas. Del diálogo del ser humano con la naturaleza surgen varias cosmologías. Y cada cosmología se orienta por una imagen del mundo resultante de los más distintos saberes.
Curiosamente, cada cosmología plantea la cuestión de Dios. Y con razón, porque como decía el gran físico David Bohm (Premio Nobel): "La gente intuye una forma de inteligencia que organizó, en el pasado, el universo, y la personalizaron llamándola Dios".
La cosmología antigua veía el mundo a través de la metáfora de la pirámide. Dios ahí encajaba perfectamente, como la cumbre de todos los seres. En la cosmología moderna de A. Newton y G. Galilei el mundo era visto como una máquina que funciona con sus leyes deterministas. Dios entra como el arquitecto del universo que pone a funcionar la máquina al principio y ya no tendrá que acompañarla. La cosmología contemporánea ve el mundo como un juego o un baile o un tejido o una red. Desde hace décadas, se reconoce que el universo es un inmenso juego de las fuerzas en interacción, una danza cósmica de partículas siempre interdependientes, formando campos de materia y de energía cada vez más ordenados hasta adquirir en los seres vivos autorregulación, que escapa a la segunda ley de la termodinámica: la entropía. La flecha del tiempo, en lugar de conducirnos al desorden máximo y a la muerte térmica, nos lleva hacia niveles cada vez más altos de sentido y de creatividad. Es la visión de Ilya Prigogine (premio Nobel) con sus estructuras disipativas.
Lo que más fascina a los científicos es la constatación de la armonía y la belleza del universo. Todo parece haber sido montado para que de la profundidad abismal de un océano de energía primordial (vacío cuántico), surgiera el campo de Higgs, los bosones, las partículas elementales, después la materia ordenada, luego la materia compleja que es la vida y por último la materia en completa sintonía de vibraciones, formando una suprema unidad holística: la conciencia (condensado Bose-Einstein de tipo Fröhlich/ Prigogine).
Como dicen los formuladores del principio antrópico (fuerte y débil, Brandon Carter, Hubert Reeves y otros): si las cosas no hubieran ocurrido como ocurrieron, no estaríamos aquí para hablar de ellas. Es decir, para que nosotros pudiéramos estar aquí, fue necesario que todos los factores cósmicos en todos los 13,7 mil millones años se hayan articulado y hayan convergido de tal manera que fuese posible (aunque no es necesario) la complejidad, la vida y la conciencia. De lo contrario nada de lo que existe hoy en día existiría.
Ha habido una minucioso ajuste de las constantes fundamentales sin el cual nunca habrían surgido las estrellas ni eclosionado la vida en el universo. Por ejemplo, si la fuerza nuclear fuerte (la que mantiene la cohesión de los núcleos atómicos) hubiera sido un 1% más fuerte, jamás se habría formado el hidrógeno, que combinado con el oxígeno nos da el agua, imprescindible para los seres vivos.
En cada cosa encontramos el todo, el caos siendo creativo, las fuerzas interactuando, las partículas articulándose, la estabilización de la materia sucediendo, la apertura a nuevas relaciones dándose, y la vida creando órdenes cada vez más sofisticados y autoconscientes.
La verificación de este orden del universo hace surgir en los científicos como Einstein, Heisenberg, Bohm, Prigogine, Swimme y otros, el sentimiento de asombro y reverencia. Nos abre a los espacios infinitos de la indagación humana: ¿Qué existía antes de la existencia temporal del universo? ¿Por qué existe el ser y no la nada? ¿Qué esa Realidad que se presenta como la creadora y sustentadora de todos los fenómenos?
Ella tiene un nombre, el de nuestro respeto y nuestra unción. Un filósofo como Jean Guitton podía decir, "no me atrevo a nombrarla, pues cualquier nombre es imperfecto para designar al Ser sin semejanza". Un teólogo se atreve más: la llama Dios: Energía de todas las energías.
*Leonardo Boff y Mark Hathaway son autores de El Tao de la Liberación (diálogo entre ciencia moderna y teología), Vozes 2012.

Fuente: SKOINONIA

viernes, 22 de febrero de 2013

La misión de Jesús y la nuestra

Por C. René Padilla
El punto de partida más apropiado para entender la naturaleza de la misión que Dios ha encomendado a la iglesia es la misión que, según los cuatro Evangelios, Jesucristo llevó a cabo durante su ministerio terrenal. ¿Cuáles fueron sus prioridades? ¿Cuál fue su mensaje? ¿Qué elementos incluyó en su misión? ¿Cuál fue su motivación? Las respuestas a estas preguntas nos ayudarán a entender un hecho fundamental de la eclesiología y la misionología bíblicas: que, sin desconocer o minimizar las grandes diferencias de lugar y tiempo entre los de Jesús y los nuestros, la iglesia está llamada a continuar la misión de su Señor a lo largo de la historia hasta que él vuelva.
En términos generales, el propósito de Dios es que la iglesia se constituya en una comunidad de testigos de Jesucristo. Esto, sin embargo, significa mucho más que “dar testimonio” verbal acerca de él: significa ser y vivir como él. La misión de la iglesia es inseparable de la misión de su Señor no sólo porque la iglesia le pertenece a él sino también porque la vocación de la iglesia es que la Palabra que en el siglo I se hizo carne y vivió entre nosotros (Jn 1:14) continúe manifestando su presencia en la sociedad en el siglo XXI por medio de ella.
De todas las descripciones de Jesucristo en el Nuevo Testamento, ninguna comunica con tanta fuerza la naturaleza de su misión como la descripción de él como “siervo” o “esclavo” (doulos). Según Marcos 10:45, él dijo de sí mismo que “el Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos”. Tal descripción combina dos figuras del Antiguo Testamento: el glorioso Hijo del hombre de Daniel 7, que viene entre las nubes del cielo para establecer su dominio eterno sobre todos los pueblos, naciones y lenguas, y el Siervo sufriente del cántico del Siervo del Señor en Isaías 53, que ofrece su vida en expiación para justificar a muchos. Esta admirable paradoja es una manera de afirmar que Jesús vino para establecer su reinado universal sobre la base del sacrificio de sí mismo por los pecadores, es decir, como “el Mesías crucificado” (1Co 1:23; 2:2).
Es obvio que el sacrificio de Cristo—un sacrificio de eficacia redentora—es irrepetible. Como afirma el autor de la carta a los Hebreos, en virtud de la voluntad de Dios “somos santificados mediante el sacrificio del cuerpo de Jesucristo, ofrecido una vez y para siempre” (10:10). Sin embargo, el Nuevo Testamento provee una base sólida para afirmar que los seguidores de Cristo estamos llamados a reproducir en nuestra propia experiencia el mismo tipo de entrega, inspirada por el amor, que lo llevó a él a la cruz. En palabras del apóstol Juan: “En esto conocemos lo que es el amor: en que Jesucristo entregó su vida por nosotros. Así también nosotros debemos entregar la vida por nuestros hermanos” (1Jn 3:16).
Para el apóstol Pablo es clara la relación entre la entrega de Jesucristo en la cruz y su propia experiencia como misionero. A eso apunta un texto cuya interpretación ha dado mucho que pensar a los estudiosos: “Ahora me alegro en medio de mis sufrimientos por ustedes, y voy completando en mi mismo lo que falta de las aflicciones de Cristo a favor de su cuerpo, que es la iglesia” (Col 1:24). No se trata de que Pablo considere que los sufrimientos de Cristo hayan sido insuficientes para cumplir cabalmente su propósito redentor. Se trata, más bien, de que el apóstol considera que su propio sufrimiento hace posible que la iglesia llegue a ser lo que Dios se ha propuesto hacer de ella y por lo cual Jesucristo dio su vida. Si la iglesia quiere ser fiel a su llamado a prolongar la misión de Jesucristo a lo largo de la historia, toda ella y más aún sus líderes no pueden evadir el sacrificio que implica seguir el camino de Jesús como el Siervo sufriente del Señor.

miércoles, 20 de febrero de 2013

‘Da vida’, el aborto, la vida y la muerte. Derechos Humanos, los cristianos y los pobres

Por. Juan Simarro Fernández,  España*
La Declaración de los Derechos del Niño de la ONU (1959) demanda “especiales salvaguarda y cuidado del niño, incluida la legal, antes y después del nacimiento”.
 
Queremos seguir hablando sobre el derecho humano a la vida, sobre el artículo 3 de la Declaración Universal sobre los Derechos Humanos, que es el tema de esta serie de la cual llevamos ya 25 artículos.
Estamos escribiendo desde Madrid, España. Veo en la prensa evangélica una noticia que dice: “Según el Instituto de Política Familiar (IPF), en España se han realizado 118.359 abortos en 2012, convirtiéndose en el tercer país de la UE en su práctica —sólo detrás del Reino Unido y Francia—, y el primero en tendencia de crecimiento” . Por tanto no estamos hablando de un tema fantasma o irrelevante. Estamos hablando de algo sumamente importante para la vida humana.
Una de las incoherencias sociales o esquizofrenia social como afirmamos en los Principios Inspiradores de nuestro centro “Da Vida” de Misión Evangélica Urbana de Madrid, es el hecho de que se invierten una cantidad de recursos sanitarios para que la ciencia avance en temas de fertilización asistida y que los niños prematuros puedan tener viabilidad, mientras que, por otra parte, en muchos casos de nuestro momento histórico y dependiendo de los diferentes países, se flexibiliza el abortoo, como se dice eufemísticamente, la interrupción voluntaria del embarazo, en lugar de llamarle el exterminio de los no natos, su muerte violenta.
Por eso, aunque en algunos ambientes no se nos entienda y se nos pueda tachar de retrógrados, nos unimos a muchos médicos y científicos que están por la defensa de la vida humana en su etapa prenatal y afirmamos con ellos que el principio de la vida humana se da en el mismo instante de la fecundación.
También en nuestro Servicio “Da Vida” de Misión Evangélica Urbana de Madrid, en sus principios inspiradores, afirmamos que, aunque en el proceso de crecimiento intrauterino el feto depende de la madre en cuanto a su alimentación y viabilidad desde las perspectivas físicas, no se puede afirmar que el feto constituya en ningún momento una parte del cuerpo de la madre. Este concepto es muy importante para la defensa de la vida en el tema del aborto. El feto es un ser humano totalmente distinto, un individuo distinto de la madre en cuyo seno habita, se nutre y crece.
Así, no podemos afirmar, en ningún caso, que la madre sea dueña de ese ser humano y, por ende, creemos que no puede hacer con él lo que quiera, no puede exterminarlo, matarlo. Con el aborto, la madre destruye una vida humana distinta de su vida misma.
Aunque nosotros, como cristianos evangélicos tenemos como base de inspiración las Sagradas Escrituras, al igual que nuestro Programa Da Vida, nos alineamos también con el artículo 3 de la Declaración de los Derechos Humanos que estamos citando en defensa de la vida, pero también este Programa evangélico también se adhiere a la Declaración de los Derechos del Niño de la ONU (1959), que demanda “especiales salvaguarda y cuidado del niño, incluida la legal, antes y después del nacimiento”.
Que estos textos no queden en declaraciones formales que no se tienen en cuenta a la hora de realizar un aborto.
También nos adherimos y recordamos lo dicho en la Carta de Derechos del Niño aprobada por el Consejo de Europa(Carta Europea de los Derechos de la Infancia, de octubre del año 1.979), en la que se dice: “desde el momento de su concepción, el niño que va a nacer debe gozar de todos los derechos enunciados en la presente Declaración” .
Yo sé que no es fácil hablar en estos términos en algunos ambientes sociales en los que los cristianos nos movemos, pero yo creo que, a la luz del propio texto bíblico, los cristianos debemos estar a favor de la defensa de la vida, sea en el caso del aborto que ahora estamos tratando por tener la Entidad que presido un centro pro-vida, o en otros casos en los que la vida se siente amenazada.
Nosotros estamos muy contentos de tener nuestro Centro Da Vida aún con la característica de que la propia naturaleza asistencial y de integración social de la Misión Evangélica Urbana de Madrid, su propia característica de ser una Misión de ayuda a las personas en desventaja social, en riesgo de exclusión social o ya en exclusión social, haga que no sólo vengan como usuarios a este servicio sólo mujeres buscando alternativas al aborto, sino mujeres con sus hijos ya nacidos en sus brazos buscando recursos asistenciales, orientación y amor.
Creo que en estos aspectos de nuestro Programa Da Vida es un privilegio para los evangélicos que muchos niños en Madrid se puedan pasear en carritos o sillas que compraron familias evangélicas para sus propios hijos y que luego han donado, que se puedan alimentar con alimentos que provienen de los fondos de donantes de nuestras iglesias, que puedan ir vestidos también con ropas infantiles que han usado los niños de las familias evangélicas, o comprados con donativos de creyentes evangélicos —pues también se usa mucha ropa infantil nueva—, aunque tengamos otras ayudas que no provienen estrictamente de la generosidad de los miembros de nuestras iglesias o, mismamente, de nuestras iglesias mismas.
Consideramos evangelizador y altamente positivo para la sociedad civil la convicción cristiana que atribuye la propiedad exclusiva de la vida humana a Dios, convicción que no sólo nos lleva a hacer alguna que otra declaración, escrito o charla, sino que nos lleva a comprometernos con las mujeres embarazadas, un compromiso que surge de la vivencia de nuestra espiritualidad cristiana que nos lanza a la defensa de la vida. Es el ánimo de servicio que Jesús nos enseñó y del cual nos dio ejemplo.
 
©Protestante Digital 2013

domingo, 17 de febrero de 2013

¿QUE ES LA MEMORIA?

Deseo que esta canción que nos habla de la memoria, nos ayude a repensar nuestra historia, nuestro pensamiento, nuestra vida en el seguimiento a Cristo. La memoria es una herramienta pedagógica que nos sirve para aprender, a sentir el dolor de los otros. Que Dios nos ayude a ser ejemplo hacia los demás.

martes, 12 de febrero de 2013

Mercaderes de personas. No a la trata de personas

Banner "No a la trata"El pasado 4 de febrero, en España, era desarticulada una organización dedicada a la explotación sexual de mujeres brasileñas resultando en la liberación de 6 de ellas que eran obligadas a ejercer la prostitución[1]. Esta noticia es, tan sólo, la punta del iceberg del sangrante tema de la trata de personas en el mundo.
Según el informe de Tyler Marie Christensen, publicado por ACNUR[2], “es extremadamente difícil evaluar el alcance de la trata de personas a nivel mundial debido a la naturaleza clandestina de este crimen. La Oficina de la ONU contra la Droga y el Delito (ONUDD) estima que hay, como mínimo, 2,5 millones de víctimas de trata de personas en un determinado momento.
Según la ONUDD, aproximadamente el 79 por ciento del total de la trata de personas tiene el propósito de explotación sexual, mientras que la OIT estima que el 98 por ciento de las personas objeto de trata con fines de explotación sexual son mujeres y niñas. Las mujeres son víctimas de la trata por muchas razones. En primer lugar, ellas intentan encontrar trabajo en países ricos y les prometen empleos de camareras o niñeras y posteriormente, cuando llegan al país de destino, son forzadas a involucrarse en situaciones de explotación sexual. Es indudable que la desigualdad y las desventajas económicas son factores que hacen que las personas se vuelvan vulnerables a la trata. Un factor igualmente importante es la posibilidad de conseguir grandes ganancias de la explotación de personas y el riesgo relativamente bajo de tener que rendir cuentas por estos crímenes.
La OIT estima que las ganancias ilícitas totales del trabajo forzoso son de casi USD 32 billones anuales, de los cuales se estima que el 67 por ciento se deriva de la industria del sexo. El Departamento de Estado de los EE.UU. ha reunido estadísticas sobre el número total de procesos y condenas relacionados con la trata en todo el mundo. En 2008 se produjeron 5.212 procesos y 3.427 condenas, cifras relativamente insignificantes”.
Ante esta lacerante situación Lupa Protestante lanza una campaña (cartel+banner) de sensibilización-denuncia de la trata de personas en nuestras sociedades. Os proponemos el uso del cartel y el banner para ser utilizados en vuestras comunidades, blogs y sitios web, así como sugeriros la organización de coloquios y grupos de acción y reflexión sobre el tema en vuestras iglesias. Para ello os proponemos el visionado del reportaje emitido en el programa televisivo Informe Semanal (TVE) realizado por Teresa Rodríguez y Mikel Martin que explica la situación de las mujeres víctimas de tráfico y explotación sexual en España (http://vimeo.com/14506335 – visionar abajo). Y la lectura del informe “Trata con fines de explotación sexual: Protección de las víctimas en la legislación nacional e internacional de asilo” (Acnur, 2011)
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