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jueves, 30 de noviembre de 2017

Misericordia y protestantismo

Por. Alfredo Abad, España
¿Cuándo encontraré un Dios misericordioso? (Martín Lutero)
La gran pregunta de arranque de lo que supuso para Europa la Reforma Protestante no fue tanto que Martín Lutero clavase sus 95 tesis sobre la puerta de la Catedral de Wittemberg, un 31 de octubre, para dar inicio a un debate teológico, sino su propia experiencia personal ante esta búsqueda del Dios misericordioso.
Es cierto que se ha fijado el episodio de las 95 tesis, por su contenido y significado, como la fecha que se celebra anualmente como inicio de la Reforma, no obstante, tanto en los precursores de la Reforma como Juan Hus (1372-1415) en Bohemia o John Wyclif (1320-1384) en Inglaterra, como en los reformadores posteriores lo importante era la autenticidad en la relación con Dios.
Martín Lutero (1483-1546) entendió un día que Dios no era un juez que pesaba en su balanza los méritos humanos, sino un Padre, que en su misericordia, quería sacar a su criatura de su caída y hacerla participar de su santidad y de su felicidad. Descubrió que el corazón de Dios es la bondad, la misericordia y la gracia.
Los reformadores desde diferentes ángulos y fuentes, Lutero (reformador en Alemania) se inspiraba principalmente en el apóstol Pablo, Bucero (reformador en Estrasburgo) en los evangelios o Oecolampadio (reformador en Basilea) en los escritos joánicos, llegan a la misma conclusión: Dios es amor. Esta convicción se impone en ellos para enfrentarse a la teología nominalista y escolástica de la época, rígida y dogmática, para subrayar la importancia de la gratuidad, de la gracia, en su relación con Dios.
Predicarán a favor de un Dios muy distinto al que se predicaba en la Edad Media, más sostenido en el miedo y el pago de indulgencias, que apuntaba al Dios-Juez implacable, ante el que solo podían encontrarse a través de las mediaciones, fundamentalmente de la iglesia. Las personas solo podían enfrentarse a sus angustias, y en la época eran notables, a través de remedios relacionados con el sacrifico, de sumisión, económico o de absolución sacerdotal. Las reliquias o los santos ofrecen un contacto casi físico con la divinidad. Posteriormente la Iglesia Católica ha hecho también su propia reforma o “aggiornamento”, sin embargo algo de ese acento perdura.
Paul Tillich, teólogo alemán del s. XX, señala que este acento se sitúa sobre la realidad de la presencia de Dios en ciertos lugares, objetos, instituciones, textos y ceremonias. A través de ellos Dios tiene un rostro concreto y se hace tangible. El acento de la reforma protestante es iconoclasta, rompe con la imagen, pero también con el dogmatismo, eclesiocentrismo, ritualismo y sacramentalismo. La presencia de Dios no es material sino espiritual. La relación con Dios es un acontecimiento por medio del Espíritu y no por medio de una institución. Tillich señala que ambos acentos se necesitan y son complementarios, aunque de manera conflictiva.
Este cambio de acento, como en la experiencia existencial de Lutero, se produce en los reformadores protestantes insistiendo en el Dios de amor. Subrayaran diferentes aspectos, por ejemplo Zwinglio (reformador de Zurich) insiste en el buen pastor (Juan 10, 11-14), Martín Bucero cambiará en todas las liturgias de Estrasburgo la invocación de Dios por la formula bíblica de “Padre”. Juan Calvino (reformador de Ginebra) dice que lo que importa es contemplar el rostro benigno de Dios: “Si tenemos la menor chispa de la luz de Dios, que nos descubre su misericordia, somos suficientemente iluminados para tener una firme seguridad”.
Para el protestantismo la relación con la misericordia de Dios es una palabra de liberación, de perdón que ofrece confianza y compromiso. Los reformadores buscaran confrontar a cada persona con la Palabra de Dios, en la Biblia, la predicación y los sacramentos, para que cada uno encuentre una relación saludable con Dios, una relación auténtica. Es a partir de esta relación, por medio de la acción del Espíritu, que la misericordia se traduce en compromiso con la humanidad, para que la igualdad, la justicia, la ética y la paz alcancen a toda criatura. Apelarán a la libertad de conciencia, como compromiso responsable con ese Dios de amor, y al sacerdocio universal de todos los creyentes, como compromiso comunitario e igualitario, para la transformación de la sociedad en la perspectiva del Reinado de Dios.
Un ejemplo claro de esta misericordia y su extensión a toda criatura fue la Declaración de Barmen (1934), a cuyo Sínodo asistieron por ejemplo Karl Barth o Dietrich Bonhoeffer, que afirmó que “la Iglesia es una comunidad de hermanos unidos en el amor de Cristo y rechaza cualquier doctrina que pretenda que deje esta convicción para supeditar su mensaje a los vaivenes de la política (Efesios 4, 14-16)”. Frente a la barbarie del nazismo, la misericordia –amor de Cristo– no permitía a la iglesia ser cómplice del desprecio por la vida de algunos seres humanos, judíos, por ejemplo.
Hoy necesitamos de este compromiso con la misericordia de Dios para no ser cómplices de ninguna clase de barbarie, por cierre de fronteras, exclusión social o cualquier otro tipo de discriminación. Lutero encontró al Dios de misericordia e hizo de Él su bandera en el compromiso a favor de la libertad cristiana.


Fuente: Lupaprotestante, 2017.

jueves, 23 de marzo de 2017

La violencia en el A.T.



Por. Juan Stam, Costa Rica
Como la mayoría de los libros antiguos, las escrituras hebreas están llenas de violencia.  Muchas veces esa violencia es cometida en guerras nacionalistas, pero otras veces es de guerrilla (Abraham en Gn 14; los jueces, el joven David) o de acción estrictamente personal (Caín contra Abel; Simeón y Leví contra los siquemitas, Gn 34; el levita que cortó su concubina en doce pedazos, Jue 19; Pinjás que mata a Zimri por tener sexo con una madianita, Nm 25; David contra Simel por insultarle, 1R 2.8).
A veces el texto simplemente relata el episodio violento, sin aprobar ni condenarlo.  Pero otras veces lo aprueba y hasta atribuye su origen a una orden de Dios.  Además, a nuestro criterio moderno no dejan de ser problema las violencias cometidas por Dios mismo, como la destrucción de toda la tierra por diluvio (Gn 6-9), la destrucción de Sodoma y Gomorra (Gn 9), o la muerte de todos los primogénitos egipcios por el ángel exterminador de Yahvéh (Ex 12), aunque estos ejemplos caen bajo la categoría distinta de juicio divino ("la venganza es mía, dice el Señor") en contraste con venganza humana.
A) Algunas violencias y atrocidades son simplemente narradas por el texto bíblico, sin aprobarlas pero tampoco condenarlas ni aun implícitamente. A menudo ese silencio parece aceptar la violencia como legítima; se presentan como simples realidades de la vida.  Esto es típico de las muchas referencias a la guerra santa, con la ejecución de mujeres y niños y hasta ganado y el exterminio general de las ciudades, según las leyes de Deuteronomio 20:10-18 (cf. Dt 3:23; 7:1-5; Nm 31:9-20: Jos 6:21,24), y es el caso con todos los actos violentos de los jueces.  El "juez y liberador", Ehúd, engañó al obeso rey moabita Eglón para clavar su puñal tan dentro de la panza del rey que no lo pudo sacar (Jue 3:21-22).  La heroica Yael mató a Sísara con una estaca mientras él dormía en la tienda de ella: "le hincó la clavija en la sien hasta clavarla en la tierra" (Jue 4:21; ¡tenía fuerzas esa dama!).  Las tropas de Gedeón decapitaron a Oreb y Zeeb y llevaron sus cabezas ante él al otro lado del Jordán (Jue 7:25; 9:56; cf. 2R 10).  Ninguna de estas crueldades, como tampoco las hazañas sangrientas de Samsón, fueron entendidas como "violencia" (JâMâS) por los antiguos hebreos, ni condenadas, sino interpretadas como liberación y salvación dignas de ser celebradas.[6]
B) Aunque algunos de estos pasajes simplemente relatan los actos violentos, en otros pasajes son aprobados, aún por Dios mismo.  La gesta inicial de Moisés. cuando visitó a sus hermanos (como Dios también visita a su pueblo oprimido, Ex 3:16; 4:31; 13:19) y mató al egipcio (Ex 2:12), parece relatarse con juicio favorable, aprobación que se hace explícita en el NT (Hch 7:24-26, Heb 11:24-27).  Después de la violencia divina de las plagas contra Egipto, sigue la violencia del pueblo de Israel en sus guerras durante su marcha (comenzando con Amalek, Ex 17:8-16) y la toma de la tierra prometida (Josué, Jueces).  El mismo Dios del éxodo se describe como "un guerrero Yahvéh" (Ex 15:3; cf. Sal 24:8).
Dos relatos del libro de Números pueden demostrar esta actitud hebrea hacia actos que nosotros consideramos violentos.  Después de la idolatría de Baal-Peor y la fornicación de los israelitas con las moabitas y las madianitas (Nm 25:1,15), Yahvéh se enfureció y mandó a Moisés tomar a todos los líderes del pueblo y empalarlos (YaQaY) públicamente para desviar la ira divina (25:4).  En seguida, Moisés ordena a sus oficiales matar a todos los que se habían corrompido.  Cumpliendo esas órdenes, un sacerdote de nombre Pinjás (Fineés; Ex 6:25) encontró a un israelita con su concubina madianita, aparentemente en su alcoba en el acto sexual (25:6,8)[7] y atravesó ambos cuerpos con su lanza en el nivel del bajo vientre (25:8).  Esta acción logró detener una horrenda plaga que sufría el pueblo (25:8-9); Yahvéh endosó el celo de Pinjás y por ello quitó su ira (25:11).  Por esa acción celosa de Pinjás, Dios estableció con él un pacto eterno de sacerdocio perpetuo (25:12-13; Sal 106:28-31; Sir 45:23-24; 1 Mac 2:26).  En seguida, Dios mandó a Moisés "Atacad a los madianitas y batidlos" (25:17).
Después, en una nueva guerra contra los madianitas, otra vez Yahvéh da la orden, "Haz que los hijos de Israel tomen venganza de los madianitas" (Nm 31:2).  Moisés mobilizó una tropa de mil hombres de cada tribu (31:3-6), y Pinjás llevaba los objetos sagrados y las trompetas (31:6).  En una abrumadora victoria mataron a todos los varones madianitas (incluso los cinco reyes y Balaam), tomaron cautivos a las mujeres, niños y animales e incendiaron sus ciudades.  Pero cuando avisaron a Moisés de la victoria y le entregaron el botín, Moisés se encolerizó mucho contra los jefes militares – ¡no por la masacre que habían realizado (guerra santa) sino porque no habían matado a las mujeres (31:14-16)!  Recordando el papel de las madianitas en la tragedia de Baal-Peor, Moisés ordenó matar a todas las mujeres y niños, menos las niñas y señoritas que nunca habían tenido relaciones sexuales.  El pasaje da toda la impresión de avalar esa acción de Moisés.
Encontramos otro ejemplo en la conducta de Jehú, cuando mandó degollar a los setenta hijos de Ajab y después traerle las cabezas en canastas (2 R 10:1-11), desenlace que Jehú interpretó como cumplimiento de palabra de Yahvéh (10:10).  Después hizo matar también a los cuarenta y dos hermanos de Ocozías, rey de Judá (10:12-14), y describió esa acción como "mi celo por Yahvéh" (10:16).  A continuación convocó a los profetas de Baal a un sacrificio y los mató a todos (10:18-25).  Por toda esta conducta Yahvéh le dijo, "Porque te has portado bien haciendo lo recto a mis ojos y has hecho a la casa de Ajab según todo lo que yo tenía en mi corazón, tus hijos hasta la cuarta generación se sentarán sobre el trono de Israel" (10:30).[8]
C) Este problema se complica porque según muchos textos es Dios mismo quien ordena estas acciones violentas. Ya hemos visto esto en el caso del castigo de Baal-peor (Nm 25:4) y la masacre de los moabitas y madianitas (Nm 25:16-17; 31:1,7).  Según Deuteronomio 7:1-5, Dios instruye a Israel para que cuando él los haya introducido en la tierra, maten a todos los habitantes, sin mostrar misericordia ni aceptar alianzas (7:1,2,5).[9]  Aunque hay importantes diferencias entre Josué y Jueces en sus versiones de la conquista de Canaán, ambos atribuyen las acciones armadas a órdenes divinas (Jos 8:27; 10:40; 11:9,12,15,20; Jue 4:6.14; 20:18,23,28).
Un ejemplo dramático de estas actitudes es lo que pasó cuando Saúl perdonó la vida del rey Agag (1 Sm 15).  En un momento cuando la amenaza amalecita crecía, Samuel ordenó a Saul, en nombre de Yahvéh, vengar contra Amalek su oposición a Israel varios siglos antes (15:2; Ex 17:8-16; Dt 25:17-19).  La orden divina era consagrar todo a Dios, matando sin misericordia a hombres, mujeres, niños lactantes y animales (15:3).  Saul derrotó a los amalecitas y mató a todos los hombres, excepto el rey Agag (15:8), junto con lo mejor de su ganado (15:8-9).  Cuando Samuel supo que Saul no había matado a Agag, lo acusó de desobediencia contra Yahvéh (15:18-19) y le avisó que ahora, como él había rechazado a Dios, Dios lo rechazó a él como rey de Israel (15:26).  En seguida, el profeta Samuel mandó traer al rey Agag, y él, personalmente, "cortó en pedazos" a Agag ante el altar de Yahvéh (15:33).  ¡Saul fue serveramente castigado por haber perdonado una vida humana, y el santo profeta del Señor hizo pedazos del enemigo para vengar viejos resentimientos!
Es justo apuntar que dentro de la mentalidad semítica antigua el caso de Agag no era un problema de derechos humanos (nada más ajeno a su pensamiento), como tampoco los casos de Baal-peor y Pinjás trataban básicamente de moralidad sexual.  En todos estos casos, estaba en juego la fidelidad radical a Dios y al pacto.  En ese contexto, perdonarle la vida a Agag no representaba en absoluto ninguna virtud de parte de Saul; el pasaje destaca la hipocresía y mala fe de Saul pero en ningún momento muestra reparos sobre la masacre masiva y el desmembramiento del cuerpo de Agag por Samuel.  Este horripilante episodio es el contexto paradójico de la noble máxima, "mejor es obedecer que sacrificar" (15:22).
D) En otros pasajes, actos violentos no sólo son ordenados por Dios, sino se describen como causados por Dios o cometidos por Dios o por su ángel.  Un primer ejemplo es el infanticidio de todos los primogénitos de Egipto (Ex 12:29-36).  A menudo se dice que Dios "entrega" tal o cuál pueblo a Israel (Dt 20:13-14,16; Nm 21:2-3; Jos 6.2; 8:1,18; 10:8,12) o que arrojó otras naciones delante de ellos (Dt 9:5).  Dios pelea por Israel con espada de dos filos en su mano (Dt 1:30; 20.4; Jos 10:14), y ejecuta venganza en las naciones (Sal 149:6-7).  Es Dios quien endurece el corazón de Faraón (Ex 4:21; 7:3) y de Sijón rey de Jesbón (Dt 2:30; cf  Jos 11.20).  El Espíritu de Dios vino sobre Samsón para matar a treinta filisteos (Jue 14.19; cf. 6.34) y sobre Gedeón para sus hazañas de guerra (Jue 13.25).  Ellos son una extraña pareja de "carismáticos" de guerra nada "espiritual".
Según Jueces 3:1-4, Yahvéh dejó algunos pueblos cananeos en la tierra para que los israelitas "aprendieran el arte de la guerra" (3:2).  El Salmista canta, "Bendito sea Yahvéh, mi Roca, que adiestra mis manos para el combate, mis dedos para la batalla...el que somete los pueblos a mi poder" (144:1-2).
E) En el AT encontramos también leyes cruelmente severas y castigos inhumanamente exagerados, que ante cualquier criterio ético moderno constituirían también violencia estructural y violación de los derechos humanos.  Moisés manda que el hijo que pegue a su padre o a su madre, o que los trate sin respeto, ha de morir (Éx 21:15,17; Lv 20:9). A un "hijo rebelde y díscolo" los padres deben denunciarlo ante los ancianos, y "entonces todos sus conciudadanos lo apedrearán hasta que muera" (Dt 21:18-21).  Según Levítico, el adulterio (20:10), el incesto (20:11-12,17,19), la homosexualidad, y el sexo con una madre y con una hija de ella (20:14), todos merecían igual pena de muerte.  Además, si un hombre se acueste con una mujer menstruante, "los dos serán exterminados" (20:18).  El código de Deuteronomio estipula que si una joven resulta culpable de fornicación, ha de morir apreadeada (Dt 21:20-21), y si una pareja comete adulterio, a los dos les espera la misma sentencia (Dt 21:22-27).  Aun por recoger leña en día de descanso, correspondía ese implacable castigo de lapidación (Nm 15:32-36).
Es muy posible, y hasta probable, que estas leyes no se aplicaban en la realidad.  Pero esto sólo resuelve en parte el problema teológico-ético.  ¿Cómo podemos entender que los textos canónicos inspirados plantean tales perspectivas hacia la violencia?  ¿Cómo podemos interpretar estos relatos?
Lo veremos la próxima semana.

NOTAS AL PIE
[6] En cambio cuando Abimélek, el hijo de Gedeón, asesinó a setenta hermanos suyos sobre una misma piedra (Jue 9:5) la acción fue condenada y castigada por Dios (9:23-24,56), porque no era liberadora sino vengativa y por eso "violencia".
[7] Es probable que la frase "trajo una madianita" significa que la tomó en su famila como concubina (cf NVI y el NIV en inglés).
[8] Debe notarse que este veredicto será contradicho un siglo después, cuando el profeta Oseas denuncia la crueldad de estos mismos hechos de Jehú (Os 1:4-5).
[9] Los versículos 17-22 del mismo capítulo dan otra perspectiva: es Dios quien expulsará a las naciones gradualmente (7:22).  La alta crítica asigna este pasaje a los tiempos de Josías, cuando Asiria y Babilonia amenazaban a Israel.

Fuente: Protestantedigital, 2017

viernes, 10 de febrero de 2017

Dios no existe



Por. Gabriel Jaraba, España
Cuando me preguntan si Dios existe respondo que no. Mi interlocutor se sorprende entonces porque me sabe creyente. Me mira de soslayo porque cree que le estoy gastando una broma o trato de introducirle en un juego de palabras con pretensiones de teología barata. No es así, se lo digo sinceramente. No, Dios no existe, insisto. Dios no existe como existen las cosas, como existimos nosotros y como existe el mundo y el universo. Dios no existe, Dios Es.
Debo reconocer que empecé a tomarme la Biblia en serio cuando descubrí, de repente, en Éxodo 3:14, la respuesta que Dios da a Moisés cuando éste le pregunta Su nombre. “Yo soy el que soy”. El Creador fue veraz, claro y contundente, y no puso delante del guía de Israel una paradoja o un enigma. “Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros”. En el momento en que leí con atención aquellas líneas me cayó un velo de los ojos. Dicen quienes consideran la religión superchería que la Biblia no es más que una colección de textos primitivos pergeñados por rudimentarios pastores de ganado en un tiempo remoto. Pues quien escribió esos versículos sabía muy bien lo que estaba escribiendo y era plenamente consciente de lo que decía: se anticipaba en por lo menos tres mil años a los filósofos de la actualidad que han llegado a darse cuenta –¡por fin!—de que el problema fundamental de la existencia humana no es la pregunta de quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos sino otra muy distinta y anterior: por qué hay algo en lugar de no haber nada.
Hasta el momento de aquel descubrimiento –a buenas horas para alguien que se precia de ser lector voraz—yo recurría más a menudo a los Upanishads y los Vedas indios que a la Santa Biblia en busca de inspiración, esclarecimiento y meditación. Me constaba, como a tantos otros buscadores, que los sabios ancestrales de los bosques del subcontinente indio habían hecho un esfuerzo titánico por comprender y expresar la trascendencia de la vida sin antecedentes en la humanidad civilizada. Pero no sospechaba que el Dios del Éxodo se expresara con conceptos semejantes a los del Dios al que se hace referencia en los antiguos textos indios. Yo soy el Ser, Yo soy el que soy porque soy el único que es; lo que existe es mi creación pero yo resido fuera de los avatares del existir y no hay quien pueda existir verdaderamente sin mi ser. Yo, el que soy, origen y final de todo lo existente, soy más que la existencia, soy el mero ser, el ser en el que los hijos de mi creación pueden llegar a ser y así cumplir la realización del Ser: a mi imagen y semejanza. Mezclo aquí el tono y el discurso veterotestamentario y el upanishádico para poner de relieve lo que deseo destacar, y que me perdonen los estudiosos y verdaderos expertos de uno y otro texto.
La cuestión del ser y el existir no es un problema reservado a los filósofos o a quienes gustan de la reflexión detenida. Es fundamental para cualquier persona que desee ver más allá de las apariencias, porque lo esencial se esconde siempre a la simple vista y porque sin llegar a sospechar lo que puede significar ser se está lejos de comprender el tremendo alcance del “a imagen y semejanza” según el que fuimos creados y la descomunal responsabilidad que ello implica. Que ello no es una cuestión baladí nos lo muestra que precisamente esa manifestación divina como El que Soy figura precisamente en el primer libro de la Biblia y en el momento fundacional de la epopeya del pueblo elegido (vaya con los rudimentarios pastores que escribían leyendas absurdas entre cabra y cabra).
Que Dios es en lugar de “limitarse” a existir es una magnífica noticia. Ello impìde que sea capturado por la conceptualización de la mente humana –“Si lo comprendes no es Dios”, San Agustín—y por lo tanto convertido en… un ídolo. Dios es y no puede ser reducido a una idea, a una imagen, a un concepto; incluso aceptando los atributos que se le adjudican para aproximarse a su Ser –padre, madre, creador, fuente de vida, torrente de misericordia—hay que convenir que se trata de muletas auxiliares de cierto nivel de comprensión. Pero ese Dios que es no es un “Deus absconditus”, no es un Dios que se esconde, y tampoco un Dios de los filósofos que hay que descubrir mediante la argumentación reflexiva. Dios es el ser, no una idea. No, Dios es un Dios que siendo el único que verdaderamente es es un ser personal que se deja interpelar por un tipo de dudosa catadura, un pastor de ovejas refugiado en una tribu que hubo de salir pitando de Egipto y de su aristocrática familia adoptiva porque en un ataque de ira se echó al cuello de un esbirro cruel y se lo cargó in situ y al instante.
Hay más: imagínese el lector que usted o yo nos encontramos nada menos que frente a frente con Dios y este nos encarga que realicemos una misión. No quiero ni pensar el asombro aterrorizado, temblor de piernas incluido, o el arrobamiento emocionado que de un modo u otro nos podrían asaltar. Sin embargo, Moisés no se anda con chiquitas: al recibir el encargo divino no se le ocurre otra cosa que decir algo así como “sí bueno, bueno, Dios, eso está muy bien y lo voy a hacer, por supuesto, pero cuando descienda del monte y me encuentre frente a mi gente, a ver con qué autoridad les insto a cumplir lo que mandas. Porque tú estarás aquí en lo alto del monte y no se te puede ver sin perecer, y en cambio yo soy el que va a tener que dar la cara allá abajo”. Cuando comento este pasaje con alguien le hago ver que hay que tener mucho valor para discutir con Dios y mucho más cuando uno es tartamudo como lo era Moisés. Y Dios no le fulmina con un rayo ni le niega la respuesta: Yo soy el que soy, Yo soy. Fin de la discusión. Hay algo en ese episodio que me resulta enternecedor, Dios todopoderoso frente a frente con un tipejo tartaja al que elige para llevar al pueblo elegido a su destino, y va y se encuentra con que en lugar de echarse a temblar arrebatado por el singular suceso, se le encara y le pregunta su nombre porque si no a ver cómo se va a explicar ante la gente. Es precisamente en esa rendija de familiaridad, no exenta de ironía y de cierto humor denotado por lo peculiar de la situación, donde se me revela la verdad de la no existencia de Dios sino de su Ser y de la verdad de ese Ser.
Sí, ya sé que tal como piensan algunos investigadores es probable que Moisés no escribiera el libro del Éxodo. Sí, ya sé que el género literario al que ese texto pertenece se expresa en términos épicos y legendarios. Pero también sé, como escritor que soy, que la mejor manera de contar una verdad es hacerlo relatando una mentira. Y el autor del Éxodo sabía lo que escribía, sabía lo que se decía y supo cómo poner negro sobre blanco algo fundamental e imprescindible para que pudiera ser revelada la verdad que pretendía comunicar.
Dios no existe, existen los ídolos. Al racionalista que nos pide pruebas de la existencia de Dios podemos mostrarle la escasa fiabilidad de alguien o algo que pudiera ser probado. Si existe puede dejar de hacerlo; si es un ser existente puede mentir, porque mentir es, como refiere Nietzsche, la característica sine qua non de la mente razonante (“Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”). La fe no es por tanto absurda sino un acto supremo de razón que toma en consideración muy seriamente el calibre del asunto del que se está tratando.
Dios no existe sino que es, y va y se lo dice a la cara a un pastor fugitivo de la justicia que ha asesinado a un tipo, un sujeto tartamudo pero lo bastante descarado como para discutir con el ser supremo. Menuda teofanía, qué enorme vértigo suscita este relato y qué revelación incomparable. Es el sabor de la verdadera libertad, es decir, el atisbo de lo que los indios llamaron la realización del Ser y nosotros, salvación. Dios no existe, afortunadamente, y él mismo nos lo dice personalmente. Aleluya.

Fuente: Lupaprotestante, 2017