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domingo, 6 de septiembre de 2009

Una mirada de Esperanza hacia el Futuro

Por. Carlos Scott

“El futuro de los justos es halagüeño” Proverbios 10:28
Nuestro futuro afecta nuestro presente cuando lo vemos con fe, esperanza y amor.
Estamos muy animados en continuar un proceso de transformación que incluye a la iglesia, la sociedad local y hasta lo último de la tierra. Como bien lo expreso David Ruiz: “Es hora de volver a la Palabra y de revisar lo que la Biblia dice acerca de la razón del paso de la iglesia sobre la faz de la tierra.”
-Primero, debemos profundizar nuestro entendimiento de una misionología integral.La misión abarca la proclamación verbal del evangelio como la responsabilidad social. Nuestras inquietudes por lo general giran en preguntarnos: ¿cuántos creyentes hay? Y olvidamos preguntar: ¿Está la iglesia reflejando los valores del reino de Dios en cada nación y hasta lo último de la tierra? Entonces, ¿cómo debemos entender la misión? Se debe integrar la comunicación verbal del evangelio y la comunicación en obra / acción del evangelio. La misión de la iglesia es indivisible (palabra y obra).
-En Segundo lugar, debemos enfatizar que la iglesia toma su naturaleza misionera del Dios misionero que servimos. Es decir, que la iglesia es misionera porque Dios es un Dios misionero. Nuestras metas, motivos, estrategias, métodos, etc. deben estar conformadas a la misión y naturaleza de Dios. Debemos evaluar como estamos siguiendo ese camino y hacer los ajustes necesarios.
-En Tercer lugar, debemos desarrollar un entendimiento del pluralismo. Debemos enfatizar la unicidad y la universalidad de Cristo. Esto debe ser el punto de partida para una reflexión profunda de nuestra manera de hacer misión hasta lo último de la tierra. Debemos dar la razón por la esperanza que tenemos en Cristo y no en Mahoma, ni Buda ni ninguna otra entidad espiritual. Debemos decir que Jesús es el Señor y el único Señor, pero teniendo razones contundentes para decirlo.
-En Cuarto lugar, debemos revisar nuestra visión de Cristo. En una América Latina donde mas del cincuenta por ciento de la población es pobre y sufre, el Cristo que sufre, que se identifica con los pobres y menospreciados, es el Cristo en el cual pueden identificarse. La iglesia debe entender que debemos “participar en sus sufrimientos y llegar a ser semejante a Él en su muerte” Filipenses 3:10. Muchos han tomado la visión de Cristo como un “conquistador” relacionándolo indirectamente como una “cruzada”. ¿Qué significa esto cuando compartimos el evangelio? ¿Cómo va a responder un musulmán si le presentamos a un Cristo así?
-En Quinto lugar, debemos formar “comunidades eclesiales” que reflejen el espíritu de reconciliación, amor y perdón. Una iglesia para todos. Que todos tengan oportunidad de integrarse, participar y servir. La iglesia local es llamada a formar una comunidad alternativa hasta lo último de la tierra. No somos llamados a formar esquemas empresariales basados en criterios de utilitarismo, mercantilismo y números.
-En Sexto lugar, debemos producir un equilibrio entre el “pueblo de la iglesia” (metidos en los programas internos) y la “iglesia del pueblo” (que vive los valores del Reino de Dios en medio del quehacer nacional y las naciones). Estamos mas preocupados en que la gente este en los programas de la iglesia y no en que tenga un testimonio eficaz en su campo de labor diario. La participación responsable en la vida ciudadana demanda la formación de líderes guiados por una vocación cristiana de servicio. La Iglesia deberá afirmar que todo aspecto de la vida nacional es un campo de acción legítima para el servicio cristiano. Deberá proveer elementos formativos y acompañamiento pastoral para quienes tienen vocación política. Al mismo tiempo, es necesario que la Iglesia asuma su función profética para denunciar entre otras cosas la inequidad social que se refleja en la desigualdad, la pobreza e indigencia, la falta de oportunidades para todos, defender el valor de la vida, denunciar la corrupción e enriquecimiento ilícito y no ser cómplices a cambio de obtener beneficios. Denunciar el abuso del sexo, del poder, la manipulación de los medios de comunicación, el endiosamiento del dinero y la violencia, cual­quiera que sea su origen. El poder del evangelio y la acción consecuente de las iglesias cristianas evangélicas podrán pernear y transformar las condiciones de injusticia y desigualdad que predominan hoy.
-En Séptimo lugar, necesitamos revisar que significa ser discípulo incondicional de Jesucristo. Debemos volver al evangelio donde el centro es Jesucristo. No hay cristianismo sin Cristo y sin Cruz. El discipulado responsable e incondicional a Jesucristo es la clave. Negarnos a nosotros mismos: “Ser lo que Dios quiere que sea; hacer lo que Dios quiere que haga e ir donde Dios quiere que vaya” (David Ruiz). No quedar atrapado en un concepto hedonista donde la gente privilegia llegar a fin de mes antes que ir al cielo. Las respuestas "hedonistas" no son "transformadoras" y la respuesta a la superficialidad es ejercer un discipulado obediente a Jesucristo. La gran multiplicación, números y porcentajes no son sinónimos de "transformación". No debemos sacrificar las demandas del evangelio en el altar de los números. La negación a nosotros mismos, conocer a Jesucristo y ser semejantes en su muerte es poder transformador (Filipenses 3:10). “La iglesia necesita una transformación en su llamado, transformación en su compromiso, la revisión de su propósito y volver a las cosas sencillas que dieron origen a la iglesia” (David Ruiz).
-En Octavo lugar, debemos cuidar el servicio, la experiencia personal en Cristo y la formación de la iglesia local como “comunidad”. Debemos encarnar el mensaje, la funcionalidad con principios bíblicos y enseñar el poder del amor y no el amor al poder. Las iglesias no deben vivir la lucha miserable por el poder. La realidad indica que las personas escuchan con sus ojos y piensan con sus sentimientos, por lo tanto la proclamación y la encarnación del mensaje deben ser inseparables. Ser y hacer como Jesucristo. El ejercicio del liderazgo en la vida de las iglesias locales deberá estar marcado por el modelo del siervo sufriente y mostrar un contraste con el caudillismo y otras deformaciones causadas por el abuso del poder. Somos llamados a desarrollar el modelo del siervo según Filipenses 2. El Rey Jesucristo se ha encarnado y llama a su comunidad a hacer lo mismo en el mundo. Seguirle como sus discípulos significa asumir su vida y misión.
-En Noveno lugar, debemos pensar en el tema del Reino de Dios. Debemos volver a examinar este concepto y tener una iglesia que vive la realidad del reino comprometida con su extensión. Con la llegada de Jesucristo, el Reino de Dios se hizo presente entre nosotros, lleno de gracia y de verdad. El Reino está en conflicto constante con el poder de las tinieblas; la lucha ocurre en las regiones celestiales y se expresa en todo lo creado a nivel personal, colectivo y estructural. Sin embargo, la comunidad del Reino vive sostenida por la confianza de que la victoria ya ha sido conquistada y que el Reino de Dios se manifestará plenamente al final de los tiempos. Con el poder y la autoridad delegados por Dios, ella asume su misión en este conflicto, para ser agente en la redención de todo lo creado.
-En Décimo lugar, debemos crecer en el trabajo de cooperación como “un solo cuerpo” en función de la misión. Desde su principio el Señor nos ha desafiado al trabajo en equipo. La misión puede ser el principio material de nuestra unidad. La cooperación en la tarea práctica de la misión es el primer paso hacia una unidad más profunda. Crecer en el testimonio basado en la “unidad en Cristo”. Llamar a participar en la misión de Dios. Hay millones de personas que no han tenido el derecho humano de escuchar una presentación clara del evangelio. Toda la Iglesia es responsable de la evangelización de todos los pueblos, razas y lenguas. Una fe que se considera universal, pero que no es misionera, se transforma en retórica sin autoridad y se hace estéril. Este cumplimiento demanda el cruce de fronteras geográficas, culturales, sociales, lingüísticas y espirituales, con todas sus con­secuencias.
-Finalmente debemos avanzar hacia un entendimiento del Espíritu Santo y la misión. La Iglesia es llamada a vivir según la justicia del Reino, en el poder del Espíritu. La afirmación de que toda la Iglesia es misionera se basa en el sacerdocio universal de los creyentes. Es para el cumplimiento de esta misión que Jesucristo ha dotado a su iglesia de dones y del poder del Espíritu Santo. La Iglesia debe asumir plenamente y sin tardanza su responsabilidad en la evangelización mundial. La estructura de toda la educación teológica debe ser revisada a la cruz del imperativo misionero. El avance misionero siempre ha surgido de la vitalidad espiritual en momen­tos de renovación. Para ser misionera la Iglesia debe renovar su dependencia del Espíritu y entregarse a la oración. Queremos una Iglesia diferente que transforma la sociedad local hasta lo último de la tierra.
Carlos Scott
Presidente
COMIBAM Internacional

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