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domingo, 15 de mayo de 2016

La “derecha evangélica”



Por Juan Stam, COSTA RICA
En el discurso político de nuestro tiempo, “evangélico” y “derechista” se tratan como sinónimos intercambiables. En este contexto semántico, ser evangélico significa apoyar al gobierno golpista de Honduras y la oposición derechista de Venezuela y Brasil. En los Estados Unidos, significa pertenecer al Partido Republicano, a lo mejor en sus sectores más reaccionarios. Encontrar un “evangélico demócrata” es más difícil que encontrar una aguja en un pajar.
En esta situación, el término “evangélico” no tiene absolutamente nada que ver con su raíz: el evangelio, las buenas nuevas del reino de Dios. De hecho, en su uso actual es un membrete que carece totalmente de significado teológico. Donald Trump puede jactarse, “I’m evangelical, and proud of it” (“Soy evangélico, con mucho orgullo”), sin la menor sospecha del significado del término. Alzó una Biblia y la declaró el libro más grande de todos los siglos, pero no pudo citar ningún versículo favorito, ni aun Juan 3:16. (Recientemente que “ojo por ojo” le parece un texto muy apropiado para nuestro tiempo, sin darse cuenta que es frase no justifica la venganza, sino que la limita). Él no acostumbra arrepentirse, dijo, porque no comete actos malos de qué arrepentirse. Así es el evangelicalismo de Donald Trump y muchos otros “evangélicos”.
De hecho, muy pocas de las personas e iglesias “evangélicas” lo son realmente. La gran mayoría son fundamentalistas, que es esencialmente lo contrario. Veamos un poco de historia:
El título “evangélico” tiene una historia larga y muy honrosa. Algunas iglesias nacidas de la Reforma optaron por llamarse “Iglesia Evangélica”. En el siglo XIX los evangélicos estadounidenses luchaban por la emancipación de los esclavos y el sufragio de la mujer. Después de la guerra civil el movimiento perdió fuerza y comenzó la lucha de los fundamentalistas contra los liberales (modernistas). Éstos últimos, en su intento de acomodar el evangelio al pensamiento moderno, negaban la deidad de Cristo y su resurrección, la inspiración bíblica y otras doctrinas históricas. Los fundamentalistas en cambio santificaron las tradiciones doctrinales como verdades absolutas más allá de todo cuestionamiento. Insistieron en la creación literal del mundo, la inspiración verbal (y después la inerrancia) de la Biblia, la deidad, resurrección y retorno de Jesús (y después, el premilenialismo y el rapto pretribulacionista). Faltó una teología de la iglesia, del Espíritu Santo, de la historia y la sociedad, entre otros renglones. Esa reduccionista teología fundamentalista iba acompañada de un código moral igualmente reduccionista: no fumar, no tomar, no bailar, no ir al cine.
En los 1950s un grupo de teólogos y líderes, inspirados/as por los Reformadores del siglo XVI, decidieron romper con el fundamentalismo e iniciar un movimiento neo-evangélico que no sería ni liberal ni fundamentalista sino una nueva opción teológica. Intentaban ser menos dogmáticos, y más bien mucho más críticos, desde la ciencia exegética y la teología bíblica. Tomaban una actitud más abierta y objetiva, más honesta, hacia los demás teólogos/as y teologías (ver “Ética y Estética del discurso teológico” en Stam, Haciendo teología en América Latina, Tomo I, pp.23-46). Se abrieron también a toda la problemática ética, incluso un incipiente compromiso con los pobres y con la justicia.
En poco tiempo, como por arte de magia, al término se le pegó un adjetivo cuestionable para convertirse en “evangélico conservador”, entendido en la práctica como sinónimo de “Republicano”. Así fue que la dinamita del evangelio fue convertido en un sedante ideológico. Describir el evangelio como esencialmente “conservador” es malentenderlo seriamente.
Ya muy pocas iglesias y líderes aceptan llamarse “fundamentalistas” y todos se convirtieron en “evangélicos”, pero sólo de nombre. En su teología e ideología siguen siendo fundamentalistas.
Pronto en este proceso surgió una nueva opción llamada “evangélico radical” (“evangélico progresista”, “evangélico de izquierda”). Fiel a los fundadores del movimiento, se preocupa por mantener la teología bíblica y evangélica, pero encuentra en esas fuentes otras perspectivas éticas. Apela fuertemente a la teología del Reino de Dios, un tema central también para Rauschenbush, un famoso liberal del siglo XIX. Otras bases para su ética social eran el Año Sabático y el Año de Jubileo, los profetas hebreos y también la lectura política del Apocalipsis. Se abrieron también al feminismo y la teología de la liberación, cuando estos tenían fundamentos bíblicos. Entre los evangelios radicales de EUA figuran Ron Sider. autor de Cristianos ricos en un mundo pobre, y Jim Wallis de la revista Sojourners. Entre latinoamericanos se destacan Orlando Costas, René Padilla y Samuel Escobar, entre otros.
¡Qué curioso: ¡Los “derechistas evangélicos” no son evangélicos, y muchos evangélicos no son derechistas!
Estos datos sugieren una situación muy distinta, como sigue:
(1) derecha fundamentalista: Aunque la mayoría se llaman “evangélicos”, no han sido tocados por el despertar neo-evangélico. Ideológicamente son reaccionarios.
(2) evangélicos conservadores: su fe ha sido renovado por el evangelio, pero siguen siendo conservadores, aunque no reaccionarios. Qué Dios los bendiga.
(3) Izquierda evangélica: evangélicos radicales, comprometidos con la fe bíblica y la realidad contemporánea. Sienten un llamado profético a denunciar el pecado y la injusticia y anunciar el Reino de Dios. (Habría que agregar izquierda liberal y derecha liberal, teológicamente hablando, pero eso es otro tema).
Filológicamente, el término “evangélico” es muy polisémico y su uso pocas veces corresponde a la realidad. Las más de las veces significa simplemente “protestante”, fundamentalista y reaccionario. Son raras las veces que conserva su rico significado teológico para nuestra fe.
¿Será posible rescatar a esta palabra tan bella?

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Fuente: el sitio de Juan Stam ALCNOTICAS

domingo, 19 de abril de 2015

Bonhoeffer y los evangélicos


Por Manfred Svensson, Chile
Es la semana en que se conmemora la ejecución de Bonhoeffer y en un artículo reciente Will Graham se pregunta si acaso este teólogo alemán fue “evangélico”. Y no es que su respuesta negativa sea incorrecta, aunque argumenta en un estilo que permitiría hasta demostrar que el cardenal Belarmino no fue católico. El problema no es la respuesta, sino la pregunta.
Imagine usted al pobre Bonhoeffer intentando entender la discusión. ¿Evangelikal? Con seguridad nunca oyó esa palabra. ¿Evangelisch? Claro, respondería, originario de la iglesia de la unión prusiana, de una familia con trasfondo tanto liberal como pietista, influenciado por la obra de Karl Barth pero sin digerirla de modo completo, fuertemente impactado por sus hermanos bautistas en Harlem, pero también por su estrecha relación con el arzobispo de Canterbury. Fue –y para notarlo basta con asomarse a su obra- alguien influenciado en un momento u otro por todas las grandes tradiciones del protestantismo.
En una cosa tiene razón Graham, y es que la obra de Metaxas a la que refiere vuelve tal vez a Bonhoeffer demasiado digerible para el evangélico promedio, con frecuencia ajeno a esas tradiciones. Aunque la sugerencia de que esto, a su vez, haya llevado a los evangélicos a beber de Bonhoeffer alguna rampante heterodoxia resulta algo insólita – los problemas evangélicos no suelen ir por el lado del exceso de lectura, y si algo de Bonhoeffer se lee son los escritos devocionales que Graham omite en su diatriba. Cabe, además, notar que lo de Metaxas, con todas las faltas que se le pueda encontrar, es también corrección de otras presentaciones unilaterales de Bonhoeffer: había sido presentado como precursor de toda clase de corrientes teológicas del último medio siglo y un correctivo a eso ciertamente era necesario; pero es de la naturaleza de los correctivos el riesgo de la unilateralidad.
Pero como quiera que se opine sobre la unilateralidad (¿tan terrible?) de Metaxas, cabe notar que algunos de los puntos que de su obra se desprenden de hecho coinciden con resultados de investigadores más serios. La relación de Bonhoeffer respecto de Barth, por ejemplo, se ha ido revelando cada vez como menos servil, y en la comparación bien puede uno acabar inclinándose por Bonhoeffer: en los años 33 y 34, por lo pronto, la cuestión judía ocupó para Bonhoeffer una centralidad que para Barth aún ocupaba más bien el rechazo de la teología natural. Que la imagen recibida de Bonhoeffer merezca ser revisada, y eso de modos que puedan volverlo más cercano a lo mejor del mundo evangélico, no es pues ningún disparate.
Desde luego, bien podría alguien objetar que un autor susceptible de lecturas tan variadas y cambiantes es tal vez finalmente algo incoherente. Existe, sin embargo, algo distinto de la incoherencia: el estar lentamente progresando, y morir antes de llegar a la definitiva madurez… Pero eso es compatible con tener una identidad medianamente clara. ¿La tenía Bonhoeffer? Si hoy tuviese que reescribir el libro que algunos años atrás escribí sobre el mismo, una de las cosas que resaltaría con mayor claridad es la creciente importancia dada por Bonhoeffer a los escritos confesionales luteranos. No perteneció al ala confesional más estricta del luteranismo, en la que se encontraba su primo Hermann Sasse, pero el aprecio por las confesiones de fe es en su obra de una singular constancia. Por supuesto que Bonhoeffer no fue vagamente “evangélico”: pero no porque fuera un militante cerrado de alguna escuela teológica contemporánea, sino porque era luterano.
Y eso explica el tenor de su relación tensa con el mundo “evangélico”. Quien quiera formarse una impresión al respecto, tiene que leer los informes de Bonhoeffer tras sus dos estadías en Estados Unidos, en particular el segundo, titulado “Protestantismo sin Reforma”.Porque ahí uno lo encuentra enfrentando con crítica y aprecio el mundo evangélico, y la crítica que ahí se encuentra no es la de un “liberal”, sino precisamente la de un cristiano “confesional” (por flexible que fuese su confesionalismo): del “protestantismo sin Reforma” le preocupa que difícilmente entenderá lo que son “un sermón, una confesión, un dogma, una iglesia, la comunión”. Pero la suya no es la crítica arrogante del que desde una “iglesia histórica” mira hacia abajo al resto. Confrontado con el protestantismo norteamericano bien sabe que “nadie puede ser justo con estas iglesias mientras que las evalúe a partir de la teología de las mismas”. Y tal diálogo genuino entre las iglesias de la Reforma y el protestantismo sin Reforma le importaba en grado sumo: lo califica en este ensayo como “la tarea decisiva de hoy”.
Si se quiere responder hoy de modo positivo a esa tarea, lo que se debe hacer es cambiar de pregunta. La pregunta no es “¿fue Bonhoeffer (o quien fuere) evangélico?” La pregunta es “¿está el mundo evangélico dispuesto a oír a quienes le hablan desde el resto de la tradición cristiana?” Pocos sugerirán que Bonhoeffer debe ser el único faro que oriente la labor teológica de los evangélicos; pero con su crítica cercanía sí puede ser un caso privilegiado para ver cómo se responde a dicha pregunta.

Fuente: Protestante Digital, 2015

sábado, 18 de abril de 2015

¿BONHOEFFER ERA EVANGÉLICO?



Por. Will Graham, España
Estoy cada vez más preocupado por una apropiación no crítica de los escritos de Bonhoeffer en nuestros círculos protestantes.
El 9 de abril celebramos los setenta años de la muerte del renombrado teólogo luterano alemán Dietrich Bonhoeffer (1906-45). Con razón nos acordamos de su vida con gratitud y admiramos su valentía en resistir al régimen nazi. No obstante, estoy cada vez más preocupado por una apropiación no crítica de los escritos de Bonhoeffer en nuestros círculos protestantes (sobre todo a causa del Bonhoeffer ‘modificado’ presentado por Eric Metaxas en su bestseller Bonhoeffer: Pastor, mártir, profeta, publicado en 2010). A lo largo de los últimos años he llegado a la sorprendente conclusión de que el santo del protestantismo del siglo XX no es para nada ortodoxo en cuanto a su teología evangélica. ¿Bonhoeffer era evangélico? En realidad se trata una cuestión de terminología. Es cierto que Bonhoeffer perteneció a la rama evangélica de la Iglesia alemana de su tiempo, sin embargo, lo que pasa por evangélico en Alemania sería considerado liberal en España.
La dificultad principal relacionada con la teología de Bonhoeffer es que sigue la división neo-kantiana entre historia secular por un lado (historie) e historia religiosa por el otro (geschichte). A nivel práctico, esto quiere decir que los grandes actos divinos registrados en las Escrituras no tienen por qué corresponder a la realidad espacio-temporal tal y como lo conocemos. Los evangélicos de España tenemos varios problemas con las ideas de Bonhoeffer. Hoy quiero nombrar solamente algunas de ellas.
1.- Bonhoeffer no creyó en la inspiración verbal de las Escrituras
Puesto que la revelación es un evento, Bonhoeffer no cree que las palabras de la Biblia puedan ser revelación de Dios. Además, las Escrituras –opina nuestro teólogo- están repletas de mitos poco fidedignos. Los primeros tres capítulos de Génesis, por ejemplo, no son nada más que una simple leyenda ficticia.[1] En 1933 comentó que las herramientas de la crítica bíblica son mucho más valiosas que cualquier doctrina de inspiración divina.
2.- Bonhoeffer no creyó en el nacimiento virginal de Cristo
Bonhoeffer criticó a su maestro neo-ortodoxo Karl Barth (1886-1968) cuando éste empezó a hacer hincapié en el nacimiento virginal de Cristo.[2] Bonhoeffer puso la doctrina en tela de juicio por razones históricas y dogmáticas, aseverando que el Nuevo Testamento no aclara bien el asunto. El nacimiento virginal del Señor tiene que ser una “cuestión abierta” para nosotros ya que se trata de una “cuestión abierta” en la Biblia.[3]
3.- Bonhoeffer no creyó en la historicidad de la resurrección
Persuadido de que la vida de Cristo señalada en el Nuevo Testamento está llena de leyendas, Bonhoeffer no creía que se pudiese escribir una historia auténtica de Jesús. Incluso la resurrección de Cristo resulta problemática para el alemán. “Vacía o no vacía [la tumba de Jesús] sigue siendo una piedra de tropiezo. No podemos estar seguros de su historicidad”.[4]
Y de nuevo, “La confusión entre las afirmaciones ontológicas y el testimonio que anuncia el Evangelio constituye la esencia de todo entusiasmo fanático. La frase: Cristo resucitó y está presente, entendida ontológicamente, representa la abolición de la unidad de la Escritura”.[5] Según Bonhoeffer, es erróneo entender la resurrección de Cristo como una realidad ontológica, esto es, algo que de verdad aconteció en la historia real. No fue un acto propiamente histórico en el sentido empírico de la palabra.
4.- Bonhoeffer alabó a Rudolf Bultmann
Contrariamente a muchos de los predicadores conservadores de su generación, Bonhoeffer habló positivamente acerca del proyecto de desmitologización del teólogo luterano Rudolf Bultmann. ¿De qué va? Se trata de una interpretación existencialista del contenido bíblico donde se sacrifica todo lo milagroso en el nombre del hombre moderno para que éste responda con fe ante la llamada de Cristo (que llega a través del kerigma). Bultmann quería quitar todo el ropaje mítico de las Escrituras con el fin de reformular el mensaje cristiano para el siglo XX. Bonhoeffer compartió su visión. De hecho, en sus Cartas desde la cárcel Bonhoeffer llegó a reprochar a Bultmann por haberse “quedado corto” con su método.
5.- Bonhoeffer no creyó en principios éticos absolutos
Bonhoeffer propone un modelo ético que podríamos llamar ‘ética de la situación’ o ‘ética contextual’. En vez de seguir una ética tradicional basada en los decretos de la Biblia (no matarás, no adulterarás, no robarás, etc.), la nueva ética propuesta por Bonhoeffer resalta más bien la situación en la cual uno se encuentra. Lo que hace falta es seguir a Jesús y ser “un hombre para los demás” encarnando el amor. El amor, pues, se convierte en la medida de la ética cristiana (y no la obediencia gozosa a un mandato absoluto). Bonhoeffer no creía que la Biblia ofreciese contenido para tomar decisiones morales en el siglo XX. Lo que hace falta es oír la voz de Dios en cada situación para saber cómo actuar en ella.
6.- Bonhoeffer no creyó en un Dios de poder
Escribiendo desde la cárcel, Bonhoeffer negó la idea de que Dios nos ayudara por medio de Su poder. Fundamentándose en Mateo 8:17 el teólogo razona que, “Cristo no nos ayuda en base a su omnipotencia, sino por su debilidad y sus sufrimientos”.[6] Bonhoeffer ya no creía en un Dios de milagros, de proezas, de hazañas maravillosas. Declaró que, “Dios, clavado en la cruz, permite que le echen del mundo. Dios es impotente y débil en el mundo y precisamente es así que está con nosotros y nos ayuda”.[7]
Conclusión
Además de los seis puntos mencionados, se sigue debatiendo sobre si Bonhoeffer era universalista (alguien que cree que todos serán salvos). Creyó en el bautismo de los niños y cuestionó si la salvación individual en realidad era tan importante en los escritos bíblicos. Finalmente estaba muy abierto al diálogo ecuménico con el Catolicismo. Con todo, setenta años después de la muerte del pensador, creo que los evangélicos de España haríamos bien en darnos cuenta de estas áreas preocupantes en el pensamiento de Bonhoeffer. Recordemos el principio apostólico registrado en 1 Tesalonicenses 5:21, “Examinadlo todo; retened lo bueno”. Esto es, desechar lo malo también. Así que de nuevo, demos gracias a Dios por su valentía en oponerse a Hitler; pero tengamos cuidado a la hora de leer su teología.

Referencias bibliográficas:
1] Ver Creación y caída (1933).
[2] BONHOEFFER, Letters from Prison, p. 286.
[3] BONHOEFFER, D., Christology (Collins: London, 1966), p. 105.
[4] Ibíd., p. 112.
[5] BONHOFFER, D., Precio de gracia (Sígueme: Salamanca, 1968), p. 164.
[6] BONHOEFFER, D., Letters from Prison (Touchstone: New York, 2007), pp. 360-361. (Traducción propia)
[7] Ibid. (Traducción propia)

Fuente: Protestantedigital, 2015.

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