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viernes, 29 de diciembre de 2017

El nacimiento del Mesías

Por. Juan José Tamay, España
El 24 de diciembre de 1999 publiqué en el diario EL PAÍS el artículo “El nacimiento del Mesías”, que tuvo una excelente acogida y provocó un fuerte impacto tanto entre personas creyentes como no-creyentes. 18 años después he hecho consultas sobre la bibliografía reciente en torno al tema y he comprobado que existe una coincidencia básica con los datos expuestos en el artículo de entonces. Por eso he decidido publicarlo de nuevo actualizando algunos análisis e incorporando la siempre lúcida reflexión de Ernst Bloch, que acentúa aspectos sociales del nacimiento de Jesús de Nazaret hoy olvidados en las celebraciones religiosas, que se quedan en la formalidad litúrgica sin creatividad alguna, y en las celebraciones laicas, que con frecuencia no hacen otra que degenerar en consumismo. Como dice el viejo adagio latino: Corruptio optimi pessima.
Las recientes investigaciones sobre el judaísmo de la época de Jesús, y muy especialmente las llevadas a cabo en torno al Nuevo Testamento, han hecho importantes aportaciones en torno al Jesús histórico. Los métodos histórico-críticos (historia de las formas, historia de la redacción) e histórico-sociológicos y antropológicos (antropología cultural, historia social y económica, ciencias sociales) aplicados al estudio de la literatura cristiana primitiva han contribuido a cuestionar algunas de las tradiciones más arraigadas en el cristianismo ya bimilenario. Dos de ellas son la fecha y el lugar de nacimiento de Jesús; la primera se encuentra en la base del calendario de Occidente; la segunda constituye uno de los motivos principales de la Navidad.
Apenas contamos con documentos históricamente fiables que nos informen sobre el nacimiento de Jesús. Por una parte, los historiadores romanos y judíos no nos han dejado ninguno. Por otra, dentro de los escritos del Nuevo Testamento sólo los evangelistas Mateo y Lucas hablan de él en dos textos independientes entre sí, que son conocidos como “relatos de la infancia”. Ellos han alimentado la piedad cristiana popular y el imaginario colectivo de Occidente, y son una importante fuente de inspiración de poetas, artistas y narradores. A su vez, han sido objeto de crítica -también de burla- en entornos culturales racionalistas y secularizados, ajenos al mundo de los símbolos y los mitos. Se trata, en realidad, de dos textos que pertenecen a un género literario peculiar, el de los relatos de nacimiento e infancia de los grandes héroes -tanto judíos como paganos-, que poseen una gran dosis de fantasía, aparecen envueltos en múltiples motivos legendarios y nos familiarizan con el mundo de lo sobrenatural y milagroso: apariciones de ángeles, concepción virginal, estrella que guía la ruta de los magos, precocidad del niño Jesús, escenas truculentas como el asesinato de los inocentes, etc.
Entre ambos relatos se observan importantes divergencias, e incluso contradicciones, por ejemplo, en la información sobre los viajes de María y José, en los esquemas geográficos, que están en la bases de las narraciones sobre el nacimiento de Jesús, etc.-, que ponen seriamente en cuestión su historicidad. Su plan literario responde a una intención teológica bien concreta, que más adelante explicitaré. Son, además, textos aislados, a los que no vuelven a referirse ni los evangelios citados ni los otros dos. Tampoco la primera predicación cristiana incorpora lo descrito en ellos.
Con todo, hay algunos datos que los especialistas tienden a considerar históricos. Este es el caso de la fecha del nacimiento de Jesús. Mateo (2, 1) y Lucas (1, 5) coinciden en que Jesús nació durante el reinado de Herodes el Grande, que gobernó Judea, Idumea, Samaría, Galilea, Perea y otras regiones de Haurán, del año 37 al 4 antes de Cristo. Mateo sugiere que pudo nacer al final de dicho reinado. La fecha más verosímil está entre el 4 y el 6 antes de Cristo. Ésa parece ser la más acorde con otros datos cronológicos de la vida de Jesús proporcionados por los Evangelios.
Sin embargo, nuestro calendario no se atiene a esas fechas. El error se debe al cálculo incorrecto realizado por el monje del siglo VI Dionisio el Exiguo, que fue quien fijó la división de la historia en dos etapas: antes de Cristo y después de Cristo. Él propuso que los cristianos debían establecer la cuenta de los años partiendo del nacimiento de Cristo, y no desde el reinado de Diocleciano, emperador romano que había perseguido a los cristianos con especial severidad, como tampoco desde la fundación de Roma (ab Urbe condita). Pero se equivocó en cuatro o seis años a la hora de fijar la fecha de la muerte de Herodes el Grande y, en consecuencia, también la del nacimiento de Jesús. Si damos por buena la fecha del 6 al 4 antes de Cristo -y parece que hay que darla, porque el consenso entre los expertos es muy elevado-, el dos mil aniversario del nacimiento de Jesús tuvo lugar ya lugar entre el 1994 y 1996.
En cualquier caso, la fecha es solo aproximada. Lo que no debe de extrañar, ya que lo mismo sucede con otros personajes relevantes de la época grecorromana, por ejemplo: Nerva, Trajano, Herodes Antipa, Poncio Pilato. Ahora bien, teniendo en cuenta que Jesús fue, según la certera observación de John P. Meier, “un judío marginal” en la historia grecorromana, esta aproximación cronológica me parece más que suficiente.
Mateo (2,1) y Lucas (2,4-7) coinciden también en señalar a Belén como lugar de nacimiento de Jesús. Sin embargo, este dato no parece histórico. Para esta valoración me atengo al cualificado criterio del prestigioso biblista católico Raymond E. Brown, autor de El nacimiento del Mesías (original: The Birth of the Messiah, Nueva York, 1979, vers. cast.: Cristiandad, Madrid, 1982), para quien “las probabilidades están más frecuentemente en contra de la historicidad que en favor de ella”. Dicho criterio es ampliamente compartido, hoy, por los expertos.
Conviene recordar a este respecto que, fuera de los relatos de la infancia de Mateo y Lucas, Belén no vuelve a ser citado en los Evangelios ni en Hechos de Apóstoles como lugar de nacimiento de Jesús. Sólo en el Evangelio de Juan encontramos un texto que recoge las discusiones de los judíos en torno a la procedencia del “Cristo” y muestra la desconfianza de quienes no aceptaban su origen galileo (7,41-42). Aun dentro de su ambigüedad, dicho texto viene a confirmar que Jesús no era oriundo de Belén, sino de Galilea, zona fronteriza considerada pagana (era llamada “Galilea de los gentiles”) por los judíos ortodoxos e, históricamente, ámbito de importantes movimientos revolucionarios.
El lugar concreto de nacimiento de Jesús parece ser el pueblo de Nazaret, perteneciente a la Baja Galilea. En numerosas ocasiones, los Evangelios y el libro de Hechos de los Apóstoles presentan a Jesús como oriundo de ese pueblo y le llaman el Nazareno. Ahora bien, Nazaret no era una aldea de cuento, un pueblecito de fábula, un lugar de ensueño donde viviera apaciblemente la “sagrada familia”. Era una tierra conflictiva, rebelde, donde se tejieron esperanzas y sueños de liberación, en clave de resistencia frente al Imperio romano. Ahí nació Jesús y en ese clima creció y se educó.
Aun cuando no debemos excluir taxativamente a Belén como lugar de nacimiento de Jesús, creo puede afirmarse con John P. Meier, uno de los más cualificados investigadores en torno al Jesús histórico de nuestra época, que ese dato no debe entenderse como un acontecimiento histórico, sino como una afirmación teológica en la modalidad de un relato histórico -que sólo lo es en apariencia- cuya pretensión es mostrar la mesianidad y el origen davídico de Jesús. (John P. Meier, Un judío marginal, tomo I, EVD, Estella, Navarra, 1998, 230). El Mesías, según el profeta Miqueas, debía nacer en Belén de Judá, patria del rey David. Así respondían los evangelistas a los judíos que no podían creer en un mesías nacido en Galilea.
Mi intención con este artículo ha sido evitar la confusión entre lo histórico, lo legendario y lo mítico en el caso del nacimiento de Jesús de Nazaret, si bien debe reconocerse que los tres niveles se encuentran aquí entremezclados y cada uno ejerce su función no excluyente. No se olvide lo que decía con razón el filósofo de la esperanza Ernst Bloch: “También Prometeo es un mito” y como tal portador de utopía, que creo es aplicable a los relatos del nacimiento de Jesús. Además, aun reconociendo que “Jesús está rodeado por el mito”, afirma la existencia de material histórico en los relatos evangélicos de la infancia y lo comenta de esta guisa:
“Se adora a un niño que ha nacido en un establo. De modo más próximo., más bajo, más secreto no puede hacerse refractar ninguna mirada hacia lo alto Y a la vez el establo es real, nos e ha inventado este origen tan mínimo del fundador. La leyenda no pinta la miseria, y desde luego, ninguna miseria que se prosigue a lo largo de toda una vida. El establo, el hijo del carpintero, el visionario entre la gente humilde, la ejecución del final, todo ello está tejido con material histórico, no con el material dorado que la leyenda prefiere” (El principio esperanza, tomo 3, Trotta, Madrid, 2007, 376)[1].
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Juan-José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones, de la Universidad Carlos III de Madrid. Sus últimos libros son: Invitación a la utopía. Estudio histórico para tiempos de crisis (Trotta, 2012 + varias reimpresiones); Cincuenta intelectuales para una conciencia crítica (Fragmenta, 2013); Religión, razón y esperanza. El pensamiento de Ernst Bloch (Tirant lo Blanch, 2ª ed., 2015, 2ª ed.); Religión, género y violencia (Dykinson, 2ª ed., 1ª reimpresión); Teologías del Sur. El giro descolonizador, Trotta, septiembre 2017.
[1] El texto citado se encuentra en el epígrafe “Fundador, surgido del espíritu de Moisés y del Éxodo completamente coincidente con su buena noticia: Jesús, Apocalipsis, Reino”, del tomo III de El principio esperanza, que Bloch introduce con el siguiente texto de Thomas Müntzer, el teólogo anabautista de la Revolución de los Campesinos: “A muchas gentes les parece que es una poderosa y gran fantasía. Porque no pueden juzgar sino que es imposible que pudiera ponerse en marcha y ejercitarse tal cosa, que los ateos sean arrojados del sillón del juicio y alzados a él lejos y toscos […]. Que es lo que nos ocurrirá y pasará a todos con la llegada de la fe, que nosotros, hombres de carne y terrenos, nos convertiremos en dioses por haberse hecho hombre Cristo, de tal manera que somos con Él discípulos de Dios, enseñados y deificados por Él mismo, más aún, convertidos total y plenamente en Él, para que la vida terrena gire hacia el cielo” (Filipenses, 3), Thomas Müntzer, “Manifestación explícita”, en Tratados y sermones, introducción y traducción de Lluís Duch, Trotta, Madrid, 2001, 149ss


Fuente: Lupaprotestante, 2017.

domingo, 24 de diciembre de 2017

El poder político a la luz del evangelio

Por. Tomás Castaño, Medellin, Antioquia.
El discurso, o más bien los discursos, con los que se enmarcan a Jesús, son esencialmente políticos y llevan una carga muy fuerte de códigos y símbolos del poder, del control, de la cohesión y del gobierno. Claro, a simple vista es más o menos fácil “notar” que de eso se trata su legado.
“Reino”, “Rey”, “Autoridad”, “Mesías (o Cristo)”, “Sujeción” y “obediencia” suelen ser unos de los conceptos más explorados a la hora de leer e interpretar los libros que componen el evangelio, y se hace un énfasis desbordado en los significados estrictos de las palabras, sin tener en cuenta el panorama completo de lo que en los relatos de Jesùs, de acuerdo a la experiencia de lo divino ocurriendo en y a través de él, esas palabras vienen a significar.
Pareciera que la noticia buena tiene que ver con una transferencia del poder “de este mundo” a una nueva posición vertical comandada por los “principios” de Dios “y los suyos” o por lo menos eso es lo que puede leerse de los planteamientos de “gobierno de Dios” que se van haciendo lugar cada vez con más fuerza. El cambio de las dinámicas del poder y de quienes lo ostentan, por una realidad social diferente, a base de Jesus y su “reino de Dios”, es real, pero no de la manera en que unas líneas específicas del cristianismo lo han dado por sentado, y mucho menos fundamentado en relaciones verticales de poder.
Desde hace algunos años se viene legitimando un movimiento (?) que ha echado mano de estos conceptos dentro de las democracias latinoamericanas, para abanderar un mensaje claro: “El cristianismo debe gobernar a las naciones”. Hay una mezcla extraña entre hacerse parte del ejercicio democrático y la pasión, fidelidad y entrega (lucha) por “la promesa” de avanzar hasta los estrados del poder político, para gobernar con justicia y aplicar con rigor todo lo que dice la biblia.
Es lamentable que lo que piensan y accionan, no es claro si se deba decir “unas ramas concretas del cristianismo” o más bien “unos líderes carismáticos que se han hecho lugar por medio de sus posiciones y títulos “espirituales” y haciéndose, muchos de ellos, a un público multitudinario en el cual legitimar sus “autoridad”, por medio de mensajes populistas de coacción”, se haga pasar por el cristianismo en su panorama más amplio. Es decir, parece ser que ellos representaran la basta diversidad cristiana, y no, aunque son muchos y mueven muchas masas, ellos no son “el cristianismo” en pleno.
Este tema genera bandos de polarización de quienes alzan su voz a favor de “ungidos levantados para el ministerio de la gobernanza, para traer la justicia y la moral de Dios” y los críticos que niegan que estar en los puestos de gobierno sea algo positivo para la nación y el “estado laico”.
Sin embargo, creo que hay una fuente en común de donde podremos insistir en las reflexiones necesarias a propósito del papel de los cristianismos ejerciendo el “poder” del reino de Dios”. Y diré, que aunque en el discurso se apela constantemente a lo que “dice la biblia”, muchas de las exposiciones toman versos sin tener en cuenta los contextos, no solo literarios, sino también los sociales, geográficos, políticos, culturales, económicos, y otros tantos, que la enmarcan. Es necesario evocar como base interpretativa de esa biblia que tanto invocamos, a aquel que es el fundamento de la fe cristiana.
La fuente del evangelio y lo que esas buenas noticias significan, representan y generan, es Jesús. Si hay un lugar para comprender las vicisitudes del poder y cuál es el papel del cristiano como individuo y el de los diferentes cristianismos como estructuras comunitarias, con respecto de los sistemas políticos de nuestros países, lo debemos buscar (escudriñar) en lo que Jesús enseñó en su vida y obra. Al fin y al cabo es él la cabeza de una iglesia que cumple orgánicamente como “el cuerpo”; la psicología, voluntad, intención, visión, conocimiento, pensamiento (y más) de los cristianos, deben descansar en Jesús en lo vivido y enseñado por él. Así también, las acciones de los cristianismos deben ser coherentes con él y lo que él representa. ¿Qué podemos decir acerca del poder a partir de él?
Para comenzar, en esencia la idea de verticalidad es una de las propuestas que Jesùs una y otra vez, quiere disolver (¿o sonará mejor destruir?). Es la naturaleza de Dios en la encarnación de su logos, dejar de mirar a la humanidad “hacia abajo” y permitir que la humanidad deje de buscarlo “hacia arriba”, la relación propuesta es una horizontal, donde prima la cercanía familiar sobre el distanciamiento de la divinidad monárquica. Ni siquiera la idea de “paternidad” de Dios se plantea desde el patriarcado, que es una forma de gobierno vertical, en la que el “patriarca” de la familia hace cumplir las leyes entre los suyos y busca constantemente el honor y la pureza de su familia, en contraposición a la vergüenza y la impureza. Las menciones de Jesús con respecto de Dios como padre, rompen con las tradiciones del papá “gobernante” de su familia.
Ese “hacia arriba” debe ser entendido, no como una mirada al cielo, en busca de un Dios que habita trascendiendo la naturaleza, sino como el “hacia arriba” burocrático del sistema del templo. No debemos perder de vista que cuando “oraban a Yahvé” los judíos miraban hacia él, hacerlo denota el lugar que la idea de Dios, a partir de la representación que el templo, y toda su estructura, le significa a los israelitas. Dios habita en “su casa” y actúa por medio de los rituales que en ella se ejecutan, es a través de eso que ocurre en esa casa de Dios que el vínculo entre la divinidad y el pueblo, se mantiene vivo. Es más o menos eso lo que se nos permite conocer de lo que el israelita promedio “sabía” de Dios.
Dios desciende de la burocratización en la que el sacerdocio lo había enmarcado, se enmarca a sí mismo dentro de las dinámicas del cuerpo y sus debilidades y necesidades (el verbo se hizo carne), ese cuerpo viene a ser “casa de la plenitud de la divinidad”, para habitar y convivir con, y para, las personas que no tenían la posibilidad de alcanzar al Dios gobernante que habían encerrado en ese templo.
También se hace necesario mencionar que sus representantes se convirtieron, durante el tiempo de los imperios, en fichas del sistema imperial. De acuerdo al gobierno de turno, negociaban apoyo y legitimidad, a cambio de puestos de incidencia; puestos de poder polìtico.
Mucho de esa corrupción ocurriendo en los representantes del templo son denunciadas por los profetas de la antigüedad, que además, sostienen que en medio de esas corrupciones se ha descuidado al pueblo, las personas han sido objeto de las ambiciones y las jugadas políticas, según los profetas, de los gobernantes y de los sacerdotes.
Dios se hace, en Jesús, a una relación (o unas relaciones) con la humanidad. habiendo Jesús entendido a Dios como “Abba”, pero no como el padre que está en la cúpula de gobierno familiar, sino como el padre que se enternece y se compadece de las realidades que sus hijos viven, y como el Dios que lejos de estar encerrado en el templo y sus lineamientos, que lo proponen como la cabeza de la jerarquía, está con las personas viviendo con ellas sus realidades.
Por lo pronto podemos ver a un Jesús que enseña un “reino de Dios” que se ejerce, no desde la justicia local (el patriarcado) ni desde los códigos del templo, más bien desde la familiaridad del encuentro espontáneo y la vida cotidiana. Pero, ¿acaso eso nos habla del poder político? Por ahora creo que es importante decir que necesitamos aprender de un Dios que se baja de su trono y sus puestos de poder, para habitar entre las personas y ejercer ese “poder” por medio del vínculo de familiaridad, la compasión y la inclusión de los que, según las tradiciones y la rigidez de los códigos legales, no son dignos.
Alguna vez dos de sus seguidores cercanos le pidieron puestos de poder a Jesús cuando él estuviera en su gloria. Decir que eran seguidores a veces nubla el panorama, además de ser seguidores Jesús los consideraba su familia, es con ellos con los que podía intimar, ellos aprendían a conocerlo progresivamente y él iba enseñándoles, de la misma manera, las claves del reino de Dios.
Esta ocasión en especial le sirvió para enseñarles dos cosas específicas del reino de Dios y del principio cristiano de gobierno.
Es posible que los discípulos pensaran que en algún momento Jesús se convertiría efectivamente en el comandante militar que restauraría una monarquía justa en Israel, vengandose del imperio que los tenía subyugados, y estableciéndose como el ungido de Dios, rey lleno de poder que juzga con juicios justos.
Difícilmente a lo que se referían los hermanos Juan y Andrés, tuvo que ver con el cielo y alguna estructura de poder en alguna existencia en las nubes; ellos creían que Dios se establecería en la tierra, en los sistemas de poder terrenales, solo que de una manera más acogedora y sin la corrupción conocida entre los que ocupaban los cargos de jerarquía. Es por eso que podríamos afirmar que; lo que pedían, o lo que el autor del evangelio propone que pedían, era dignidad gubernamental, cuando Jesús tomara el poder y fuera rey.
Jesús, en medio de escenario natural que se relata; los demás “indignados” por la petición de ocupar cargos de poder al maestro, por encima de ellos mismos, propone, que la gloria que ocuparía estaba llena de sufrimiento.
Jesús sabía que si seguía diciendo lo que decía y seguía haciendo lo que hacía, lo podían cazar hasta enjuiciarlo, ¿qué más se podría esperar de alguien que hablara de un imperio alternativo al del Cesar (recordemos que la palabra que traducimos como “Reino” (de Dios) es una traducción del concepto griego “Basileia” que era la misma con que se nombraba en su época al “imperio Romano”), donde la justicia social, el amor, la inclusión, la libertad, la sanidad y un Dios familiar y cercano eran la base de gobernanza? Él le hace saber a sus amigos que la “gloria” de su “reino” estaría cubierta de dolor, tortura, vergüenza, maldición y sangre, ¿querían ellos vivir eso?, ¿querían vivirlo por proclamar que el “imperio de Dios” se había acercado y habitaba entre las personas del común? Es decir, ese es el mensaje de gobierno de Dios y esa era la consecuencia más lógica para su época.
También hace Jesús un paralelo entre los gobiernos “de los gentiles”, es decir, los sistemas de gobierno a los que estaban todos acostumbrados (en contraposición a su propuesta que era alternativa y distinta), y el principio de “su gobierno”; el que quiere ser mayor, entre los suyos, deberá ser siervo.
Es muy usual escuchar entre los discursos políticos que los gobernantes están “al servicio” del pueblo, que gobernar es en sí mismo un servicio a las agrupaciones humanas, “al estado” y quienes lo habitan. Sin embargo, siguiendo la línea de lo que los evangelios nos muestran de lo que posiblemente pensaba Jesús, creo que es necesario preguntarse ¿Qué es servir, de acuerdo a lo que Jesús quería dar a entender?
La noche en que Jesús fue apresado, luego de haber comido con los suyos, luego de bendecir el pan y el vino, y anteponerse a lo que iba a ocurrirle en su cuerpo, se nos cuenta en San Juan, que él lavó los pies de sus discípulos. Esta imagen se nos ha hecho paisaje en medio de nuestros sermones pero, de acuerdo al contexto social, Jesús ocupa un lugar que no le corresponde, la función de lavar los pies es propia de los esclavos, ese es el ejemplo de servicio en el mensaje de Jesús, ¿estamos dispuestos, incluso a ocupar funciones “indignas” e “impropias” de los poderosos para garantizarle a las personas su bienestar? en realidad este debería ser un mensaje para el cristianismo en pleno pero de acuerdo al tema, el gobierno del reinado de Dios, no se trata de ocupar los cargos de poder, sino más bien todo lo contrario, en aras de dignificar al otro, ocupar los lugares más sencillos, no alzarnos contra los demás “por haber faltado al mandato divino” sino estar a los pies de las personas, dispuestos a lavarles los pies.
¿Nos dice eso algo sobre ocupar “los puestos de poder” en los países latinoamericanos en nombre de Dios? ¿Será que las motivaciones para ocupar el poder están fundadas en lo que enseñó Jesús, o la biblia es solo una ficha discursiva para alcanzar una fuerza política que se ha hecho lugar (y poco a poco se ha descubierto importante en el juego electoral) en los estados? ¿Quieren, queremos, servir y que ese puesto “inferior” sea el que nos haga mayores, o quieren, queremos, gobernar y poner a las personas al servicio de los intereses del poder?
Al terminar de alimentar a los muchos, nos cuenta la narración, que ellos lo reconocieron como el “profeta que habría de llegar”. La promesa mesiánica era popular, las condiciones de vida eran precarias, la moral del pueblo estaba menoscabada por haber sido pasada, la nación, entre unos y otros gobernantes de diferentes imperios que iban ocupando el territorio, teniendo como “verdad”, Israel, un día gobernar para las naciones (que no se nos pase por alto que los israelitas querían en realidad, ocupar el lugar de Roma, ser ellos los emperadores sobre las naciones), y la esperanza, aunque menguante en algunos escenarios, de algún día ver “al que ha de venir”.
Al reconocerlo tal, teniendo en cuenta que la idea de “mesías” es en sí misma política, daba como resultado natural, querer que ocupara “su lugar” como legislador. La monarquía debía ser restituida al que demostraba, con un acto simple pero importante para esas personas sedientas de ser saciadas en sus necesidades básicas, ser el profeta prometido.
Jesús no hace proselitismo político, simplemente, y sin más, se retira.
La verdad es que Jesús utiliza esos conceptos de gobierno y de monarquía y de fuerza y poder y autoridad, y los voltea “al revés”, los usa para hacer una versión alternativa de ellos, contrarias a lo que esas palabras significaban usualmente. Jesús en realidad habla de un “anti-reino” de un mesianismo que se ejerce desde parámetros que nadie espera porque se ejerce desde una percepción que no corresponde a su significado. “Reinar” en el mensaje de Jesús es “no reinar” sino “servir”.
El poder del reino de Dios está en servir, ocupando las funciones menos importantes y luchando por el bienestar comunitario desde las bases, insistiendo en la justicia social, el amor a la otredad, la entrega “hasta la muerte” por defender la dignidad de las personas y la cercanía y familiaridad de Dios.
A la luz de Jesús no podemos decir que hay alguna invitación a hacer parte de las estructuras y los sistemas del poder, podemos decir, en cambio, que las necesidades de la gente deben ser saciadas y que, como Jesús, debemos ser un puente entre las personas y su sanidad, libertad y esperanza.
Si alguien quiere gobernar, que su discurso y sus acciones sean las enseñadas por él, no la idea de “ahora sí, implementar la biblia como fundamento de gobierno”, si no lo recordamos, la ley de Dios él se encargaría de escribirla en el alma, no como una legislación impuesta sino como una vida de vínculo y relación con la divinidad. Es el gran Abba quien en su abrazo escribe en nuestras naciones su palabra.
El lugar de los cristianismos es recordar el evangelio, no el discurso bélico que hemos hecho de él en las estrategias políticas, el evangelio del Dios que se acerca familiarmente a la humanidad, a las culturas y sociedades, a las personas en sus realidades múltiples, para reinar en ellos con su amor fraternal.

Fuente: Lupatrotestante, 2017

domingo, 11 de octubre de 2015

El camino angosto de Jesús, nuestro camino



Por. Ignacio Simal Camps, España
El camino que emprendió Jesús desde que dio inicio a su ministerio, sin duda, fue el camino estrecho que conduce a la vida, y todos los que le siguieron tomaron la misma dirección, la dirección al mundo nuevo o, lo que es lo mismo, a la vida. Ello, según recogen los evangelios, establece un fuerte contraste con el camino fariseo, camino ancho por excelencia que conduce a la perdición, y no sólo a ellos, sino a todos los que le siguen.
El camino de Jesús es estrecho porque pone en solfa la comprensión tradicional de lo que significa ser piadoso y seguidor del Dios del Éxodo. Ese camino cuestiona y levanta ampollas entre los defensores de la moral tradicional. Es cuestión de tiempo, de poco tiempo, que los fariseos que aparecen en los evangelios decidan acabar con la vida de aquel que subvierte la teología y la moral tradicional de los garantes, en el contexto del pueblo de Dios, del “siempre se ha hecho así” o “las Escrituras y la tradición de los padres nos han enseñado”.
Existe un breve relato en el Evangelio según Mateo (Mt. 9) que arroja luz sobre lo que acabo de escribir. Me refiero a la narración que explica el llamamiento del publicano Mateo. Se nos cuenta que Jesús vio al futuro discípulo sentado a la mesa de los tributos, y le convocó a tomar el camino estrecho con un escueto “sígueme”. Nos hallamos ante una rotunda explicitación del camino de Jesús: llama a un recaudador de impuestos, a un publicano, a que le acompañe en el camino a la vida. Dicha acción entró en conflicto con la moral farisea de la época. Llamar como discípulo a una persona con mala reputación era altamente escandaloso. Más bien Jesús debía haber llamado como discípulos a personas respetables y sin tacha, moralmente hablando, si no quería entrar en un conflicto, con mal final, con los garantes de la teología y la moral tradicional. De haber sido así, su camino se hubiera tornado en espacioso e inmensamente cómodo. Pero no, el Galileo optó por la estrechez del camino que visibiliza el mundo nuevo de Dios.
Y no sólo eso, sino que entró a casa de Mateo. Casa que al momento se llenó de “publicanos y pecadores”. Nuestro Maestro compartió mesa con ellos, signo de comunión y acogida, con las gentes de moral algo más que distraída para los que se consideraban como santos y fieles cumplidores de la letra de la Ley. El cuestionamiento de “los santos” no se hizo esperar: «Cuando vieron esto los fariseos, dijeron a los discípulos: ¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?» (S. Mateo 9:11 RVR1960). Sin duda, el camino elegido por Jesús era estrecho, inmensamente estrecho para la miopía incorregible de los defensores de la pureza de Israel. El camino del Mesías es estrecho porque para los que lo transitan provoca un incesante conflicto con los que dividen el pueblo de Dios entre pecadores-herejes, y santos-ortodoxos. Recordemos que dicho conflicto llevaría al Nazareno a la condena a muerte, a la crucifixión.
La respuesta del Mesías Jesús no se hizo esperar: «Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento» (S. Mateo 9:12-13 RVR1960). Y así se establece el contraste entre el camino estrecho y el espacioso. El primero es transitado por “enfermos y pecadores”, el segundo es transitado por “sanos y justos”. El camino estrecho es un camino que posibilita la conversión al reino de Dios, el segundo simplemente respeta el status quo de la teología y la moral tradicionales.
El camino estrecho, a la manera de Jesús, nos conduce al conflicto, ya no con el mundo -que también-, sino con los santos-ortodoxos. El camino espacioso nos conduce al parabién del “fariseismo”, y nos evita vivir en conflicto, nos evita “perder la vida” por causa del Evangelio. La elección es nuestra, ahora toca decidirse por el camino que vamos transitar… El camino del rigorismo moral, o el camino de la libertad mesiánica. En el primero viviremos como auténticos esclavos, en el segundo experimentaremos el significado de ser personas verdaderamente libres. Soli Deo Gloria

*Ignacio Simal es pastor de la Església Evangèlica de Catalunya - Iglesia Evangélica Española en la Església Evangèlica Betel (Orient,28; Hospitalet, Barcelona), y en la Església Evangèlica Sant Pau (Aragó, 51- Barcelona). Es Presidente de la asociación Ateneo Teológico. Fundó Lupa Protestante en el año 2005. Hasta el mes de julio del año 2012 fue su director. Presidente de la Mesa de la Església Evangèlica de Catalunya, y Director de Comunicación de la Iglesia Evangélica Española (IEE). Es miembro de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII, y del Fòrum Català de Teologia i Alliberament. También dirige la revista de la IEE, "Cristianismo Protestante" (www.protestante.eu).

Fuente: Lupaprotestante, 2015

martes, 2 de octubre de 2012

¿Y si Jesús estuvo casado?

Por. Alexander Cabezas, Costa Rica*
¡Qué falta de respeto decir que Jesús estuvo casado…! Esta fue la reacción de la suegra de un amigo después de enterarse por las noticias del hallazgo de un fragmento de pergamino antiguo escrito en copto, del siglo IV, donde se puede leer: “Jesus y su esposa”.
La nota vuelve a encender el debate de siglos sobre el posible estado civil de Jesús. Y no es para menos. Una ligera búsqueda en la red y más de dieciocho millones de artículos o anuncios relacionados, colocan el tema como noticia relevante. Esto a pesar de que la investigadora Karen King de Harvard Divinity School, anunció que el documento requiere más análisis y otros expertos se mantienen escépticos.[1]
Jesús y su esposa no es algo novedoso. Algunos escritores, entre ellos novelistas, han coqueteado con la idea. Dan Brown en El Código Da Vinci, Saramago en su libro: El Evangelio Según Jesucristo y ya para el siglo III de nuestra era, algunos libros seudoepígrafas gnósticos mencionan que Jesús se casó con María Magdalena. [2]
Pero, más allá de tomar su estado civil como un ancla para un punto de debate teológico, más que hacer apología en contra de los residuos ebanistas del siglo IV, que negaba la naturaleza divina de Jesús, o el docetismo que rechazaba la humanidad de Cristo, me parece que existen otras causas subyacentes para “cuidar” con vehemencia la soltería de Cristo.
Las Escrituras nos dicen que Jesús, desde la ley, defendió y resaltó el valor del matrimonio (Mateo 19:5ss). El consideró este vínculo como algo bueno y acorde con el propósito de Dios. Por tanto, no podemos afirmar que si Jesús hubiera optado por casarse, hubiese incurrido en algo malo, desagradable o que esto fuera un inconveniente para cumplir su misión en la tierra.
Si Jesús estuvo casado, ¿dónde estaría el pecado? ¿Por qué nos cuesta imaginar a Cristo en pleno ejercicio de sus facultades físicas y biológicas, y a la vez relacionarlo como una persona santa y devota?
Las ideas griegas y platónicas aún continúan presentes en nuestra Iglesia hoy en día, así como en el pasado. Prueba de ello es que continuamos divorciando lo espiritual de lo material, asumiendo con total desprecio el cuerpo como algo malo y sucio. Argumentos que se establecieron en la Iglesia por influencia de Agustín de Hipona, quien consideró que el cuerpo era la cárcel del alma.
Sin duda, las dificultades de comprender a Jesús en su corporalidad provienen de nuestra propia limitación de entender la naturaleza de Cristo como ser humano. Esta es una de las razones por las que nos costaría pensar en Jesús como una persona casada porque, de cierto modo, sería como rebajarlo y convertirlo en un pecador. ¡Una total blasfemia! (al menos esta era la observación implícita que hacía la suegra de mi amigo cuando se dice que Jesús tuvo esposa).
De presunciones como estas se ha asumido que castidad es sinónimo de santidad y nos sentiríamos más cómodos manejando el concepto de un Jesús asexuado con tal de no restarle autoridad moral y espiritual a su vida.
Me inclino a pensar que la defensa de la soltería de Cristo, más que una preocupación doctrinal de su naturaleza, refleja un enorme vació conceptual sobre el orden y la importancia de la vida corpórea en armonía con la vida espiritual.
Por último, pese a que en las Escrituras no hay referencias que aseguren que Cristo se casó, la opinión de la Iglesia de que se mantuvo célibe tienen más peso. Solamente que su soltería fue intencional y en función del desarrollo de su corto ministerio, y no porque considerará el matrimonio como algo intrínsecamente sucio en sí mismo.
Las declaraciones de la suegra de mi amigo, la resistencia comunitaria de las iglesias para guardar silencio ante el tema sexual, son más que evidencias para afirmar que tenemos un gran reto por deconstruir nuestra percepción en cuanto a la formación y la educación sexual y así, dar el paso para salir del oscurantismo en el que hemos permanecido durante siglos.
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[2] El Evangelio de Felipe y el Evangelio de María Magdalena, ambos descartados por la Iglesia por confirmarse que los autores utilizaron los nombres de Felipe y María Magdalena, para tratar de lograr la aprobación.

Sobre Alexander Cabezas, costarricense. Es coordinador de Relaciones Eclesiásticas de Viva de América Latina. Miembro de la secretaria administrativa del Movimiento Cristiano Juntos con la Niñez. Parte del equipo coordinador del núcleo local de la Fraternidad Teológica Latinoamericana. Coordinador del programa Desarrollo Integral de la Niñez del Seminario Esepa. Bachiller en educación y posgrado en teología. Anciano de la Iglesia Comunidad Amistad Internacional y ha escrito dos libros sobre temas relacionados con la niñez.

Fuente: Lupaprotestante, 2012.