¡Vos podes ayudarnos!

---
;
Mostrando entradas con la etiqueta evangelio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta evangelio. Mostrar todas las entradas

sábado, 20 de enero de 2018

El camino de la verdad nos llena de vida (Juan 14:6)

Por. Tomás Castaño Marulanda, Colombia.
Hemos afilado nuestras posturas de “la verdad” como las dagas de los sicarios zelotes que asesinaban a cualquiera que consideraran infiel y alejado de su sistema de creencias de mesianismo apocalíptico. Que llegaron a matar al sumo sacerdote del templo y se unieron con otras facciones para expulsar a las tropas de militares romanos de Jerusalén, una victoria que les cobró, no muchos años más tarde, la vida de sus habitantes que murieron, muchos, de hambre, antes de que las legiones de “recuperación” de la ciudad, que habían obstaculizado su entrada y salida a la espera campante de que los alimentos acabaran, al fin entraron con filo de espada a matar y a destruir. Hasta ese día hubo templo judío en Jerusalén. La lucha a muerte por la verdad dio lugar a la masacre de muchas familias, a ríos de sangre fluyendo en las calles, a torturas y miedo.
(Para este relato me valgo del libro “El Zelote” de Reza Aslan.)
Creo en una verdad fraccionada entre todos y todas, que logra verse cada vez más completa, en tanto vivimos y nos complementamos en comunidad: un Jesús visto desde diferentes ángulos que logra ser completo, sólo cuando aprendemos a mirarlo con el otro. A veces es difícil caminar en ese sentido, tal vez porque crecimos en instituciones sociales a blanco y negro, de lo bueno y de lo malo, de lo nuevo que sirve y desplaza a lo viejo que es caduco. Aun así, es necesario soñar la utopía del reino de Dios que se propone como la alternativa a la normalidad en que fuimos enseñados a mirar el mundo.
Esa es una de las enseñanzas que nos deja saber que el evangelio; la esperanza de una nueva y grata noticia que es aplicable a una diversidad incontable de escenarios sociales, fue compuesto en contextos diferentes, por diferentes tradiciones de la reflexión de los hechos y los dichos de Jesús, para aportar ideas prácticas a las realidades específicas y concretas que vivían las comunidades “del camino”, seguidoras del cristo que fue incapaz de vivir en el status quo, viendo y viviendo un panorama colectivo de desilusión y angustia.
Nosotros nos agolpamos tras las trincheras de nuestras denominaciones y a veces nos juntamos con las facciones que creen de alguna manera similar a como nosotros creemos. Damos lugar a las voces autoritarias que reclaman tener “la verdad”, como si “verdad” fuese un objeto que se “tiene”, al cuidado de unas élites privadas, que la administran y la proveen de una manera fraccionada, para que quienes la están buscando puedan volver a ellos una y otra vez, y seguir recibiendola a migajas.
Más bien la verdad se vive. La verdad es un camino que nos llena de vida. Es darse cuenta de lo que ocurre en el alrededor, así como lo hacía Jesús, y generar/aportar alternativas que lleven a las personas a vivir el reino de Dios, la sanidad, liberación y esperanza que representa. Es una invitación constante a mirar el mundo desde la óptica de un Dios cercano y familiar que ocurre en la vida cotidiana, en la naturalidad del día a día.
Y es que si vamos a asimilar categóricamente a Jesús como “verdad”, debemos entenderlo dentro del panorama amplio de lo que dice el evangelio de él y no desde nuestras idea de verdad subordinada al método científico y a las minucias estrictas de lo fáctico, puesta en confrontación con “las pruebas”. Jesús, como se nos propone, era un campesino inquieto, con unas afirmaciones admirablemente invaluables, que los escritores exponen como un alguien lleno de preguntas que está constantemente buscando resolverlas. Uno que se aleja del camino de la familia, de la normalidad, para sentarse a escuchar y a preguntar a los maestros del templo.
En medio de todo, Jesús no era un hombre de ciencias, su mensaje lo compuso a base de las experiencias de trabajadores del campo y pescadores y madres de familia y padres de familia y niños; hombres y mujeres de su época que ocurrían dentro de los paradigmas sociales, y sin embargo, buscando imprimir ideas de libertad. Su observación es anecdótica, llena de imágenes con las que creció en la aldea pequeña de Nazareth y en su lucha por sobrevivir en la vida como “tektón” (carpintero), hombre sin tierras que camina de aldea en aldea, tal vez de ciudad en ciudad, valiéndose de los arreglos que necesitaran los tenedores de tierra en sus propiedades, o, tal vez, de las nuevas construcciones de la nobleza que necesitaba mano de obra en masa en las ciudades. buscaba el pan diario, vivía a la suerte de quien quisiera darle trabajo.
Unir el concepto “verdad” a la luz de la vida y obra del maestro galileo, nos lleva inevitablemente, a mirarla y a vivirla, desde el proceso, desde la matices, desde las realidades particulares. Cada sanación fue diferente, cada acercamiento e historia tenían sus propios elementos, cada parábola estaba adecuada al momento y al lugar. La verdad, o por lo menos la forma en que se expresa, es contextual, se transforma a medida que se transforma la geografía y las agrupaciones humanas, y las estructuras políticas, y lo que esas estructuras dan a luz socialmente.
Hubo relatos, en las Escrituras, que cada uno de los narradores contó de maneras diferentes, anexando o dejando de nombrar detalles, de acuerdo a lo que cada uno de los que querían contar la historia, decidía que era importante, a la luz de lo que pensaron, cada uno de ellos, serviría para su público específico; las comunidades de esperanza que a medida que crecían se enfrentaban a su época y a la lógica de los sistemas que ellos buscaban trascender de manera alternativa, viviendo la verdad de Jesús. Cada necesidad y ubicación espacio temporal permite apreciar, reconocer esa verdad desde diferentes posibilidades.
Nuestro filo de la verdad a veces nos genera una sensación de “victoria”, sin que notemos que, a la larga, estamos perdiendo el punto y estemos construyendo finales infelices, como los sicarios zelotes de Jerusalén. Finales que incluyen muerte y terror, finales de odio y resentimiento, de lejanía y distancia. Finales en que no es posible que se cumpla la oración de Jesús “Te pido que todos ellos estén unidos; que como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea…”, tal vez vivimos en un mundo que ha dejado de creer precisamente porque no hay unidad. Y ¿qué es “unidad” si no, juntar los puntos de vista desde donde nos relacionamos con Dios con las enseñanzas de Jesús dejando que él sea en todos “la verdad”?


Fuente: Lupaprotestante, 2018

domingo, 24 de diciembre de 2017

El poder político a la luz del evangelio

Por. Tomás Castaño, Medellin, Antioquia.
El discurso, o más bien los discursos, con los que se enmarcan a Jesús, son esencialmente políticos y llevan una carga muy fuerte de códigos y símbolos del poder, del control, de la cohesión y del gobierno. Claro, a simple vista es más o menos fácil “notar” que de eso se trata su legado.
“Reino”, “Rey”, “Autoridad”, “Mesías (o Cristo)”, “Sujeción” y “obediencia” suelen ser unos de los conceptos más explorados a la hora de leer e interpretar los libros que componen el evangelio, y se hace un énfasis desbordado en los significados estrictos de las palabras, sin tener en cuenta el panorama completo de lo que en los relatos de Jesùs, de acuerdo a la experiencia de lo divino ocurriendo en y a través de él, esas palabras vienen a significar.
Pareciera que la noticia buena tiene que ver con una transferencia del poder “de este mundo” a una nueva posición vertical comandada por los “principios” de Dios “y los suyos” o por lo menos eso es lo que puede leerse de los planteamientos de “gobierno de Dios” que se van haciendo lugar cada vez con más fuerza. El cambio de las dinámicas del poder y de quienes lo ostentan, por una realidad social diferente, a base de Jesus y su “reino de Dios”, es real, pero no de la manera en que unas líneas específicas del cristianismo lo han dado por sentado, y mucho menos fundamentado en relaciones verticales de poder.
Desde hace algunos años se viene legitimando un movimiento (?) que ha echado mano de estos conceptos dentro de las democracias latinoamericanas, para abanderar un mensaje claro: “El cristianismo debe gobernar a las naciones”. Hay una mezcla extraña entre hacerse parte del ejercicio democrático y la pasión, fidelidad y entrega (lucha) por “la promesa” de avanzar hasta los estrados del poder político, para gobernar con justicia y aplicar con rigor todo lo que dice la biblia.
Es lamentable que lo que piensan y accionan, no es claro si se deba decir “unas ramas concretas del cristianismo” o más bien “unos líderes carismáticos que se han hecho lugar por medio de sus posiciones y títulos “espirituales” y haciéndose, muchos de ellos, a un público multitudinario en el cual legitimar sus “autoridad”, por medio de mensajes populistas de coacción”, se haga pasar por el cristianismo en su panorama más amplio. Es decir, parece ser que ellos representaran la basta diversidad cristiana, y no, aunque son muchos y mueven muchas masas, ellos no son “el cristianismo” en pleno.
Este tema genera bandos de polarización de quienes alzan su voz a favor de “ungidos levantados para el ministerio de la gobernanza, para traer la justicia y la moral de Dios” y los críticos que niegan que estar en los puestos de gobierno sea algo positivo para la nación y el “estado laico”.
Sin embargo, creo que hay una fuente en común de donde podremos insistir en las reflexiones necesarias a propósito del papel de los cristianismos ejerciendo el “poder” del reino de Dios”. Y diré, que aunque en el discurso se apela constantemente a lo que “dice la biblia”, muchas de las exposiciones toman versos sin tener en cuenta los contextos, no solo literarios, sino también los sociales, geográficos, políticos, culturales, económicos, y otros tantos, que la enmarcan. Es necesario evocar como base interpretativa de esa biblia que tanto invocamos, a aquel que es el fundamento de la fe cristiana.
La fuente del evangelio y lo que esas buenas noticias significan, representan y generan, es Jesús. Si hay un lugar para comprender las vicisitudes del poder y cuál es el papel del cristiano como individuo y el de los diferentes cristianismos como estructuras comunitarias, con respecto de los sistemas políticos de nuestros países, lo debemos buscar (escudriñar) en lo que Jesús enseñó en su vida y obra. Al fin y al cabo es él la cabeza de una iglesia que cumple orgánicamente como “el cuerpo”; la psicología, voluntad, intención, visión, conocimiento, pensamiento (y más) de los cristianos, deben descansar en Jesús en lo vivido y enseñado por él. Así también, las acciones de los cristianismos deben ser coherentes con él y lo que él representa. ¿Qué podemos decir acerca del poder a partir de él?
Para comenzar, en esencia la idea de verticalidad es una de las propuestas que Jesùs una y otra vez, quiere disolver (¿o sonará mejor destruir?). Es la naturaleza de Dios en la encarnación de su logos, dejar de mirar a la humanidad “hacia abajo” y permitir que la humanidad deje de buscarlo “hacia arriba”, la relación propuesta es una horizontal, donde prima la cercanía familiar sobre el distanciamiento de la divinidad monárquica. Ni siquiera la idea de “paternidad” de Dios se plantea desde el patriarcado, que es una forma de gobierno vertical, en la que el “patriarca” de la familia hace cumplir las leyes entre los suyos y busca constantemente el honor y la pureza de su familia, en contraposición a la vergüenza y la impureza. Las menciones de Jesús con respecto de Dios como padre, rompen con las tradiciones del papá “gobernante” de su familia.
Ese “hacia arriba” debe ser entendido, no como una mirada al cielo, en busca de un Dios que habita trascendiendo la naturaleza, sino como el “hacia arriba” burocrático del sistema del templo. No debemos perder de vista que cuando “oraban a Yahvé” los judíos miraban hacia él, hacerlo denota el lugar que la idea de Dios, a partir de la representación que el templo, y toda su estructura, le significa a los israelitas. Dios habita en “su casa” y actúa por medio de los rituales que en ella se ejecutan, es a través de eso que ocurre en esa casa de Dios que el vínculo entre la divinidad y el pueblo, se mantiene vivo. Es más o menos eso lo que se nos permite conocer de lo que el israelita promedio “sabía” de Dios.
Dios desciende de la burocratización en la que el sacerdocio lo había enmarcado, se enmarca a sí mismo dentro de las dinámicas del cuerpo y sus debilidades y necesidades (el verbo se hizo carne), ese cuerpo viene a ser “casa de la plenitud de la divinidad”, para habitar y convivir con, y para, las personas que no tenían la posibilidad de alcanzar al Dios gobernante que habían encerrado en ese templo.
También se hace necesario mencionar que sus representantes se convirtieron, durante el tiempo de los imperios, en fichas del sistema imperial. De acuerdo al gobierno de turno, negociaban apoyo y legitimidad, a cambio de puestos de incidencia; puestos de poder polìtico.
Mucho de esa corrupción ocurriendo en los representantes del templo son denunciadas por los profetas de la antigüedad, que además, sostienen que en medio de esas corrupciones se ha descuidado al pueblo, las personas han sido objeto de las ambiciones y las jugadas políticas, según los profetas, de los gobernantes y de los sacerdotes.
Dios se hace, en Jesús, a una relación (o unas relaciones) con la humanidad. habiendo Jesús entendido a Dios como “Abba”, pero no como el padre que está en la cúpula de gobierno familiar, sino como el padre que se enternece y se compadece de las realidades que sus hijos viven, y como el Dios que lejos de estar encerrado en el templo y sus lineamientos, que lo proponen como la cabeza de la jerarquía, está con las personas viviendo con ellas sus realidades.
Por lo pronto podemos ver a un Jesús que enseña un “reino de Dios” que se ejerce, no desde la justicia local (el patriarcado) ni desde los códigos del templo, más bien desde la familiaridad del encuentro espontáneo y la vida cotidiana. Pero, ¿acaso eso nos habla del poder político? Por ahora creo que es importante decir que necesitamos aprender de un Dios que se baja de su trono y sus puestos de poder, para habitar entre las personas y ejercer ese “poder” por medio del vínculo de familiaridad, la compasión y la inclusión de los que, según las tradiciones y la rigidez de los códigos legales, no son dignos.
Alguna vez dos de sus seguidores cercanos le pidieron puestos de poder a Jesús cuando él estuviera en su gloria. Decir que eran seguidores a veces nubla el panorama, además de ser seguidores Jesús los consideraba su familia, es con ellos con los que podía intimar, ellos aprendían a conocerlo progresivamente y él iba enseñándoles, de la misma manera, las claves del reino de Dios.
Esta ocasión en especial le sirvió para enseñarles dos cosas específicas del reino de Dios y del principio cristiano de gobierno.
Es posible que los discípulos pensaran que en algún momento Jesús se convertiría efectivamente en el comandante militar que restauraría una monarquía justa en Israel, vengandose del imperio que los tenía subyugados, y estableciéndose como el ungido de Dios, rey lleno de poder que juzga con juicios justos.
Difícilmente a lo que se referían los hermanos Juan y Andrés, tuvo que ver con el cielo y alguna estructura de poder en alguna existencia en las nubes; ellos creían que Dios se establecería en la tierra, en los sistemas de poder terrenales, solo que de una manera más acogedora y sin la corrupción conocida entre los que ocupaban los cargos de jerarquía. Es por eso que podríamos afirmar que; lo que pedían, o lo que el autor del evangelio propone que pedían, era dignidad gubernamental, cuando Jesús tomara el poder y fuera rey.
Jesús, en medio de escenario natural que se relata; los demás “indignados” por la petición de ocupar cargos de poder al maestro, por encima de ellos mismos, propone, que la gloria que ocuparía estaba llena de sufrimiento.
Jesús sabía que si seguía diciendo lo que decía y seguía haciendo lo que hacía, lo podían cazar hasta enjuiciarlo, ¿qué más se podría esperar de alguien que hablara de un imperio alternativo al del Cesar (recordemos que la palabra que traducimos como “Reino” (de Dios) es una traducción del concepto griego “Basileia” que era la misma con que se nombraba en su época al “imperio Romano”), donde la justicia social, el amor, la inclusión, la libertad, la sanidad y un Dios familiar y cercano eran la base de gobernanza? Él le hace saber a sus amigos que la “gloria” de su “reino” estaría cubierta de dolor, tortura, vergüenza, maldición y sangre, ¿querían ellos vivir eso?, ¿querían vivirlo por proclamar que el “imperio de Dios” se había acercado y habitaba entre las personas del común? Es decir, ese es el mensaje de gobierno de Dios y esa era la consecuencia más lógica para su época.
También hace Jesús un paralelo entre los gobiernos “de los gentiles”, es decir, los sistemas de gobierno a los que estaban todos acostumbrados (en contraposición a su propuesta que era alternativa y distinta), y el principio de “su gobierno”; el que quiere ser mayor, entre los suyos, deberá ser siervo.
Es muy usual escuchar entre los discursos políticos que los gobernantes están “al servicio” del pueblo, que gobernar es en sí mismo un servicio a las agrupaciones humanas, “al estado” y quienes lo habitan. Sin embargo, siguiendo la línea de lo que los evangelios nos muestran de lo que posiblemente pensaba Jesús, creo que es necesario preguntarse ¿Qué es servir, de acuerdo a lo que Jesús quería dar a entender?
La noche en que Jesús fue apresado, luego de haber comido con los suyos, luego de bendecir el pan y el vino, y anteponerse a lo que iba a ocurrirle en su cuerpo, se nos cuenta en San Juan, que él lavó los pies de sus discípulos. Esta imagen se nos ha hecho paisaje en medio de nuestros sermones pero, de acuerdo al contexto social, Jesús ocupa un lugar que no le corresponde, la función de lavar los pies es propia de los esclavos, ese es el ejemplo de servicio en el mensaje de Jesús, ¿estamos dispuestos, incluso a ocupar funciones “indignas” e “impropias” de los poderosos para garantizarle a las personas su bienestar? en realidad este debería ser un mensaje para el cristianismo en pleno pero de acuerdo al tema, el gobierno del reinado de Dios, no se trata de ocupar los cargos de poder, sino más bien todo lo contrario, en aras de dignificar al otro, ocupar los lugares más sencillos, no alzarnos contra los demás “por haber faltado al mandato divino” sino estar a los pies de las personas, dispuestos a lavarles los pies.
¿Nos dice eso algo sobre ocupar “los puestos de poder” en los países latinoamericanos en nombre de Dios? ¿Será que las motivaciones para ocupar el poder están fundadas en lo que enseñó Jesús, o la biblia es solo una ficha discursiva para alcanzar una fuerza política que se ha hecho lugar (y poco a poco se ha descubierto importante en el juego electoral) en los estados? ¿Quieren, queremos, servir y que ese puesto “inferior” sea el que nos haga mayores, o quieren, queremos, gobernar y poner a las personas al servicio de los intereses del poder?
Al terminar de alimentar a los muchos, nos cuenta la narración, que ellos lo reconocieron como el “profeta que habría de llegar”. La promesa mesiánica era popular, las condiciones de vida eran precarias, la moral del pueblo estaba menoscabada por haber sido pasada, la nación, entre unos y otros gobernantes de diferentes imperios que iban ocupando el territorio, teniendo como “verdad”, Israel, un día gobernar para las naciones (que no se nos pase por alto que los israelitas querían en realidad, ocupar el lugar de Roma, ser ellos los emperadores sobre las naciones), y la esperanza, aunque menguante en algunos escenarios, de algún día ver “al que ha de venir”.
Al reconocerlo tal, teniendo en cuenta que la idea de “mesías” es en sí misma política, daba como resultado natural, querer que ocupara “su lugar” como legislador. La monarquía debía ser restituida al que demostraba, con un acto simple pero importante para esas personas sedientas de ser saciadas en sus necesidades básicas, ser el profeta prometido.
Jesús no hace proselitismo político, simplemente, y sin más, se retira.
La verdad es que Jesús utiliza esos conceptos de gobierno y de monarquía y de fuerza y poder y autoridad, y los voltea “al revés”, los usa para hacer una versión alternativa de ellos, contrarias a lo que esas palabras significaban usualmente. Jesús en realidad habla de un “anti-reino” de un mesianismo que se ejerce desde parámetros que nadie espera porque se ejerce desde una percepción que no corresponde a su significado. “Reinar” en el mensaje de Jesús es “no reinar” sino “servir”.
El poder del reino de Dios está en servir, ocupando las funciones menos importantes y luchando por el bienestar comunitario desde las bases, insistiendo en la justicia social, el amor a la otredad, la entrega “hasta la muerte” por defender la dignidad de las personas y la cercanía y familiaridad de Dios.
A la luz de Jesús no podemos decir que hay alguna invitación a hacer parte de las estructuras y los sistemas del poder, podemos decir, en cambio, que las necesidades de la gente deben ser saciadas y que, como Jesús, debemos ser un puente entre las personas y su sanidad, libertad y esperanza.
Si alguien quiere gobernar, que su discurso y sus acciones sean las enseñadas por él, no la idea de “ahora sí, implementar la biblia como fundamento de gobierno”, si no lo recordamos, la ley de Dios él se encargaría de escribirla en el alma, no como una legislación impuesta sino como una vida de vínculo y relación con la divinidad. Es el gran Abba quien en su abrazo escribe en nuestras naciones su palabra.
El lugar de los cristianismos es recordar el evangelio, no el discurso bélico que hemos hecho de él en las estrategias políticas, el evangelio del Dios que se acerca familiarmente a la humanidad, a las culturas y sociedades, a las personas en sus realidades múltiples, para reinar en ellos con su amor fraternal.

Fuente: Lupatrotestante, 2017

martes, 16 de mayo de 2017

‘Profecía’ y ‘cumplimiento’, significado bíblico



Por. Juan Stam, Costa Rica
Es posible usar términos bíblicos, pero con sentido pagano. Eso pasa, por ejemplo, con los términos "alma" y "espíritu", que se suelen interpretar platónicamente en vez de bíblicamente.
Ocurre también con el malentendido de "profecía" y "cumplimiento" entre casi todos, incluso los evangélicos.
En nuestro tiempo, con una abundancia nunca igualada de profetas y seudo-profetas, es urgente aclarar bien el sentido de estos dos términos.
No es fácil, ni mucho menos automático, poder entender los términos bíblicos en el mismo sentido que sus autores. Con la palabra "iglesia", por ejemplo, nadie de tiempos bíblicos hubiera pensado en un edificio, ni en una organización ("Iglesia Bautista" o "Iglesia Metodísta") sino mayormente en la asamblea como reunión, el acto de reunirse.
Es obvio que con las palabras "misionero" (extranjero) y "misión" ("La Misión Latinoamericana") pasa lo mismo. Este desafío tampoco se cumple con superficiales referencias a los idiomas originales ("En griego esta palabra significa..."). La tarea, más bien, es entrar en el mundo de los autores bíblicos y comenzar a pensar junto con ellos, como ellos pensaban, lo más que nos sea posible.
Ese esfuerzo nos puede traer grandes sorpresas. Tal es el caso con los términos "profecía" y "cumplimiento". Veamos...
LA PROFECÍA
Si pregunto a cualquier grupo de personas hoy, "¿qué entienden ustedes por profecía?", me darán la misma respuesta: profetizar es predecir sucesos futuros. De hecho, eso ocurría entre los profetas bíblicos.
Dios conoce el futuro y puede revelarlo cuando él quiera. Pero entender eso como el significado y la esencia del don profético, es más bien el concepto pagano de la profecía, como la practicaban los famosos oráculos griegos, o Nostradamus, el horóscopo y muchos adivinos hoy. Generalmente resulta ser adivinación, que la Biblia condena, y no verdadera profecía.
Para entender bien la profecía, debemos comenzar con el testimonio bíblico.
Abraham es la primera persona que la Biblia llama "profeta" (Gén 20:7), no por predecir el futuro (cosa que nunca hizo) sino porque podría interceder por Abimelec.
El fundador del profetismo, y prototipo para todo profeta después, hasta hoy, es Moisés (Deut 18:15), pero él tampoco se dedicó a vaticinar el futuro. Moisés fue profeta porque trajo al pueblo la Palabra de Dios, con todas sus implicaciones y exigencias éticas. Aun el texto donde Moisés se llama profeta, y que siglos después se entendía como profecía predictiva del Mesías, en su contexto original es una amonestación contra la abominación de la adivinación (Deut 18:9-15).
Los grandes profetas hebreos tampoco fueron profetas porque vaticinaban sucesos futuro, sino porque exigían al pueblo una obediencia radical a la voluntad de Dios. Su función era denunciar el pecado y la injusticia, llamar al arrepentimiento, y anunciar la voluntad de Dios.
En su brillante libro, "La lectura eficaz de la Biblia" (Editorial Vida, 1985), Gordon Fee y Douglas Stuart han confirmado este hecho demostrando que de los escritos proféticos del Antiguo Testamento, no más de cinco por ciento tiene que ver con cosas futuras, aunque sean a pocos años (caída de Samaria, de Asiria, de Babilonia, etc).
Además, apenas dos por ciento es mesiánico (o sea, llega hasta Cristo) y menos de un por ciento puede considerarse aun futuro para nosotros hoy. Y es justo mencionar que Fee y Stuart son evangélicos bíblicos, sin la menor intención de negar lo predictivo.
Si sólo cinco por ciento de los escritos proféticos trataba del futuro, ¿de que se trataba el otro 95 por ciento? Para saber, sólo hay que leerlos. Se trataba del pecado y la injusticia social, económica y político. Se trataba de la discriminación contra el pobre, el forastero, la viuda y el huérfano. Se trataba de la hipocresía y la idolatría del sistema en que vivía Israel. De hecho, la pequeña parte que es predictivo también llama a sus oyentes a arrepentirse y hacer la voluntad de Dios. El futuro les interesa a los profetas sólo en función del presente.
El profeta no lo es porque vaticina el futuro, ni deja de serlo si no vaticina nada. Amós no profetizó nada del futuro remoto, más allá de la destrucción de Samaria por su corrupción e incumplimiento del pacto. Amós pronunció una palabra tronadora contra Israel, Judá y las naciones circunvecinas (Amós 1:3-2:6).
Los profetas no siempre vaticinaban el futuro, porque eso no era su tarea esencial, pero ningún profeta nunca se calló la voz ante la injusticia. ¡Eso es ser profeta!
EL CUMPLIMIENTO
Entre un idioma y otro, los términos nunca son totalmente idénticos, sino sólo son más o menos parecidas. Las palabras en cualquier lengua tienen muchos significados interrelacionados que pocas veces se separan entre sí.
Por ejemplo, "cumplir" en castellano significa muchas cosas distintas: cumplir la ley, cumplir con una promesa, cumplir años (o una sentencia en la cárcel), pero en español "cumplir" no puede significar "llenar" (un vaso de agua por ejemplo), que es el sentido básico de sus equivalentes en hebreo (MaLaA) y griego (plêroô). El inglés "fulfill" es un poco más parecido pero también muy diferente.
Tanto en hebreo como en griego, el significado básico para la idea de cumplimiento es "llenar" o "rellenar".
Según el concepto pagano, y también la opinión común de nuestro tiempo, una profecía es el anuncio de un suceso futuro, en forma clara y con detalles de tal forma que se podrá reconocer su realización cuando ocurra, lo que sería su cumplimiento.
Por ejemplo, si vaticino que habrá un terremoto en Nueva York el 15 de mayo a la medianoche, y efectivamente ocurre dicho terremoto precisamente a la medianoche, la profecía "se cumplió". Si hay terremoto pero en otra hora u otro día, la profecía no se cumplió o se quedaría en duda.
Aunque varios autores del Nuevo Testamento hablan del "cumplimiento" de profecías, en un sentido parecido a este concepto tradicional, un análisis más a fondo muestra que lo entendían de otra manera. Podemos demostrar esto con un análisis del evangelio según San Mateo y del libro de Apocalipsis.
El autor del Nuevo Testamento que más apela a "profecías cumplidas" es San Mateo, en su evangelización especialmente de los judíos.
Unas dieciséis veces Mateo afirma que alguna profecía se había cumplido en Jesús (1:22; 2:5; 2:15; 2:17; 2:23; 3:3: 4:14; 8:17; 12:17; 13:14; 13:35: 15:7; 21:4; 24:15; 26:56: 27:9). Sin embargo, cuando analizamos cada uno de esos versículos, surgen problemas muy serios. La gran mayoría de las profecías citadas por Mateo no tiene nada de carácter predictivo en su texto hebreo (Os 11:1; Jer 31:15; Isa 40:3; 53:4; 6:9; Sal 78:3; Isa 29:13; Zac 11:12-13).
Si el texto original no tiene carácter predictivo, no puede ser una "predicción" para "cumplirse" en el sentido tradicional (no-bíblico). Un ejemplo claro es Jeremías 31:15 que, al describir la marcha de los israelitas hacia el exilio, afirma en forma poética que Raquel lamentó por ellos con llanto y lloro amarga. Curiosamente, el libro de Génesis no dice que Raquel lloró antes de morir cuando dio a luz a Benjamín. Pero ni Génesis ni en Jeremías da el menor sentido futuro o mesiánico a la frase. De igual forma, Oseas 11:1 simplemente afirma el hecho bien conocido, que Dios sacó a su pueblo de Egipto, pero no sugiere la menor proyección al futuro para que valiera como predicción.
Mateo 2:23 alude a una profecía que Jesús "habría de ser llamado nazareno", lo que "se cumplió" con el regreso de la sagrada familia de Egipto para establecerse en la ciudad de Nazaret. Pero nadie ha podido encontrar en el Antiguo Testamento tal predicción del lugar de residencia del Mesías, y los esfuerzos por explicar lo que Mateo quería decir con esta frase, quedan lejos de ser una predicción de esa índole.
Aún en las alusiones en Mateo que más parecen ser predicciones (1:22; 2:5; 12:17; 21:4), Mateo cambia el texto original y lo interprete a espaldas del contexto histórico, cosa que no se permite cuando se trata de predicciones.
En fin, ninguna de los 16 pasajes en Mateo puede considerarse una "predicción cumplida" en el sentido tradicional.
Dadas estas evidencias, sería fuerte la tentación de concluir que San Mateo estaba seriamente equivocado, pero esa conclusión sería más bien una equivocación seria.
Más bien, los equivocados somos nosotros cuando imponemos sobre este evangelio conceptos de "profecía" y "cumplimiento" ajenos a su autor. Para Mateo, como para los demás autores bíblicos, la "predicción del futuro" era una parte mínima de la profecía, que consistía más bien en una Palabra de Dios para el presente (aun cuando hable del futuro).
Y fiel al sentido de los verbos ""MaLaA" del hebreo y "plêroô" del griego, entendían el "cumplimiento" como el llenar una vieja Palabra de Dios con nuevo significado, para nuevas circunstancias. Entendido así, las "profecías cumplidas" (re-llenadas) de Mateo tienen un sentido convincente. Los hebreos lo llamaban "midrash" o "pesher"; hoy lo llamamos "relectura".
Al analizar más al fondo el libro más profético (en el sentido bíblico) del Nuevo Testamento, el Apocalipsis, se hace evidente que este autor tampoco pensaba en el esquema tradicional de predicción y cumplimiento.
Aunque Juan alude constantemente a los profetas hebreos, en ningún momento afirma que las visiones suyas revelan algún "cumplimiento" de ellas entendidas como si fueran predicciones. Es más, cuando Juan menciona detalles de los escritos proféticos, se acostumbra cambiar el texto original. El cabello blanco del Anciano de Días ahora aparece sobre el Hijo del hombre (1:14); las cuatro bestias del mar de Daniel 7, en Apocalipsis 13 se fusionan en una bestia con las características de las cuatro; la promesa de Isaías 60:14, que los gentiles vendrían a postrarse ante los judíos, se cambia a lo opuesto en Apocalipsis 3:9, donde los judíos vendrían a arrodillarse ante los cristianos de Filadelfia. De hecho, una de las claves para entender el Apocalipsis son los cambios que él hace con las profecías anteriores.
Queda claro que en el Apocalipsis Juan no está pensando en el esquema tradicional (pagano y moderno) de predicciones cumplidas, y también que no escribió su libro con el propósito de vaticinar cosas futuras en sí y para sí, sino para dar una llamada profética a la obediencia a la voluntad de Dios. Por eso 1:3 promete bendición específicamente a los que guarden su profecía.
La hermenéutica contemporánea nos ha enseñado a ver el mensaje bíblico a partir de los hilos temáticos de la historia de la salvación, como paradigmas que se conjugan de nuevo con cada situación histórica (Mígúez Bonino, "La fe en busca de eficacia"; Schökel, "Hermenéutica de la Palabra").
En un sentido similar, se llama "hermenéutica tipológica", donde "tipos" corresponden a los paradigmas ya mencionados (Daniélou, van Rad, Zimmerli). Desde esa perspectiva, las "profecías cumplidas" de Mateo tienen sentido y todo el Nuevo Testamento se entiende mejor. "Profecia" es mucho más que predicción, y aun la profecía predictiva no consiste básicamente en predicciones de sucesos futuros sino en paradigmas tipológicas por los que Dios nos llama a la fidelidad.

Fuente: Protestantedigital, 2017

jueves, 9 de marzo de 2017

Los avaros y el Reino de Dios



Por. Juan Stam, Costa Rica
¿Qué es la avaricia? Para San Pablo, no sólo bloquea la entrada al reino de Dios, sino que está también entre los vicios que descalifican para ocupar cualquier oficio en la iglesia.
Cada cultura tiene su propia escala de valores y antivalores. En algunas épocas de la historia de Israel, para muchos judíos guardar el sábado tenía una prioridad destacada, de la máxima gravedad. Por ejemplo, para ellos la fornicación era pecado, sin duda, pero aún peor era el pecado de no respetar el sábado. También era pecado grave comer cerdo o sentarse en la mesa con gentiles incircuncisos.
Es obvio que nuestra cultura contemporánea concentra sus valoraciones fuertemente en lo sexual, hasta lo obsesivo. Para las personas seculares (“mundanos”, para emplear el término bíblico), el placer sexual parece ser la meta prioritaria de la existencia humana, y una vida de orgasmos sísmicos se considera la summum bonum de todos los valores en la vida.
Nuestra cultura está obsesionada con el sexo.
Muchos cristianos, por su parte, también están obsesionados con el sexo y reflejan esta misma concentración pansexista, pero invertida. Para ellos los pecados sexuales son los más graves, a veces los únicos pecados que les preocupan (junto con la borrachera, en un segundo lugar).
Un empresario puede explotar a sus empleados pagándoles sueldos de miseria, pero asiste a la iglesia, ofrenda y no “cae en pecado” (¿cómo que “cae”? ya está en pecado), es un buen cristiano, toma la Santa Cena y a lo mejor puede ser anciano o diácono de la congregación.
El presidente de un país “cristiano” puede mentir descaradamente para justificar así matanzas sangrientas, pero si pertenece a una iglesia, reproduce el discurso religioso y no causa escándalos sexuales, sigue siendo “hermano” en la fe.[1]
Se nos olvida muy fácilmente que según el Nuevo Testamento los pecadores sexuales y los borrachos no son los únicos que “no heredarán el reino de Dios”.[2]
Entre los diez grupos de 1 Cor 6:9-10 van incluido los idólatras (¿los hay en nuestras iglesias?)[3], los avaros (¡Los hay, y muchos!), ladrones, estafadores y calumniadores (¡de todos ellos tenemos!). Gal 5:19-21, en su lista de 15 pecados que cierran las puertas del reino, añade brujería, odio, discordia, celo, ira, rivalidades, disensiones, sectarismos, envidia “y otras cosas parecidas”.[4]
Entre los seis pecados que según Efesios 5:4-6 excluyen del reino de Dios van incluidos la avaricia, necedades y chistes groseros. La larga lista de 21 pecados vergonzosos en Rom 1:24-31 incluye avaricia, envidia, engaño, chismes y “toda clase de maldad”.[5]
Se ve que eran muy rigurosas las exigencias de la comunidad cristiana. ¿Quién de nosotros no sería culpable de por lo menos una o dos de estas ofensas? Lo que más sorprende en estas listas es la frecuente inclusión de la avaricia, en los mismos términos que la de la borrachera y los pecados sexuales. Si esos pecados escandalosos excluyen del reino de Dios, entonces también la avaricia, en los idénticos términos, excluye de reino de Dios.
De hecho en las doce listas de vicios en los escritos paulinos, la avaricia aparece más frecuentemente que la borrachera.[6] Y es más, en dos de las listas San Pablo agrega una frase sumamente grave, cuando escribe “la avaricia, la cual es idolatría” (Ef 5:5; Col 3:5), el más condenable de todos los pecados.[7]
¿Puede algún cristiano o cristiana negar que la avaricia es pecado?
La Real Academia Española define la avaricia en pocas palabras pero de mucho peso, como “Afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas”.[8]
El Diccionario Cuyás, un poco más sucinto, lo define como “un apego desordenado a las riquezas”.
De las varias palabras griegas para la avaricia, dos son especialmente reveladores. La más común, “pleonexia”, se deriva, según Ceslas Spicq (tomo III, p.117), de “pleon” (“más”) y el verbo “ejw” (“tener”). Por eso Louw y Nida, en su léxico griego, lo definen como “un fuerte deseo de adquirir más y más posesiones materiales, o de poseer más cosas que las que otros tienen… ” (Louw-Nida I:291-2). La avaricia es un deseo insaciable; cuánto más posee, más desea.
Otro término para la avaricia es “filarguros”, que significa “amor al dinero”; podríamos decir que son “dinerófilos”, “enamorados del dinero” (Lc 16:14; 1Tm 6:10; 2Tm 3:2).
Esta dinerofilia, según 1Tm 6:10, es “la raíz de toda clase de maldad”. La avaricia -esta pasión cuasi-erótica por el dinero y por las cosas- muy fácilmente conduce a la idolatría (Isa 2.7-8; Mt 6:24). La persona avara consagra toda su vida al dinero y deposita toda su fe y esperanza en la riqueza. Cree que posee sus bienes, pero pronto es poseído por ellos. A menudo la avaricia termina distanciándolo de su familia, del prójimo y de Dios mismo, porque ahora está sirviendo a otro dios. “Dios sabe muy bien”, escribió Orígenes, “qué es lo que uno ama con todo su corazón y alma y fuerza; eso para él es su Dios”.
Que cada uno de nosotros se examine ahora, y silenciosamente en su propio corazón decida cuál es la llama de amor que principalmente y sobre todo está encendida dentro de su ser”.[9] La avaricia es relativamente fácil de definir, pero muy difícil de identificar. Rarísimas veces alguien va a decir, “yo reconozco que soy avaro”.
Hace poco un amigo me hablaba de un pastor que mostraba muchos síntomas de “prosperidaditis aguditis”, pero el amigo aclaró que “él no es avaro, lo que pasa es que le gustan las cosas lujosas”. Es muy fácil racionalizar la avaricia y justificar la acumulación y los lujos. Parece que sólo la voz del Espíritu Santo en el corazón del rico le podrá convencer de su avaricia.[10] Por eso dice San Pablo, hablando del papel de la ley como revelación de Dios, “tampoco hubiera conocido la codicia, si la ley no dijera: no codiciarás” (Rom 7:7).”
Para San Pablo, la avaricia no sólo bloquea la entrada al reino de Dios, sino está también entre los vicios que descalifican para ocupar cualquier oficio en la iglesia (1Tm 3:3,8; Tito 1:7). En el caso de pecados visibles y escandalosos, como borrachera o adulterio, la situación hubiera sido evidente y relativamente fácil de identificar, pero sospecho que fue muy difícil de aplicar esta restricción en el caso de la avaricia. ¿Quién decide si alguien es avaro o no, con cuáles criterios? ¿En qué punto la prosperidad legítima se convierte en avaricia?
En el fondo se trata de una actitud del corazón, de criterios relativos y poco precisos. ¿Cómo habría funcionado eso en el proceso de escogencia de los líderes congregacionales en los tiempos de San Pablo? Me cuesta imaginar que algún rico, al ser considerado para el liderazgo, hubiera dicho, “Me disculpan, hermanos y hermanas, pero no puedo ocupar ningún puesto porque soy avaro, lo tengo que reconocer”. ¡Más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja!! Me imagino más bien que otra persona, a lo mejor un líder de la congregación, tendría que señalar al avaro con su dedo y confrontar, como Natán ante David, este pecado en la comunidad.
“Lo siento mucho, hermano, y me da mucha pena, pero usted no puede ocupar ninguna carga en la iglesia de nuestro Señor, porque usted es un avaro.” Me imagino la respuesta: “¿Quién es un avaro? ¡¡¡Yo no!!!”
Todos tenemos que hacernos la pregunta, ¿Qué clase de mayordomo soy de los bienes que mi Señor me ha confiado? Examíname, oh Dios, y sondea mi corazón. Ponme a prueba y sondea mis pensamientos. Fíjate si voy por mal camino, y guíame por el camino eterno. (Sal 139:23-24)
BIBLIOGRAFIA
Louw Johannes y Rugene Nida, Greek-English Lexicon of the New Testament (NY: United Bible Society 1989) Spicq, Ceslas, Theological Lexicon of the New Testa,emt (Peabody:Henderson 1994)

NOTAS AL PIE
[1] Es notorio en muchos países latinoamericanos que los congresistas evangélicos/as se especializan en los temas sexuales pero no tienen nada que decir sobre la corrupción, la pobreza y hasta asesinatos políticos.
[2] Otros textos que hablan de exclusión del reino de Dios son Mt 5.20; 7:21-22; 18:3 y Jn 3:3,5.
[3] Véase “¿Es posible ser idólatra sin darse cuenta?” en juanstam.com, 7 de enero de 2007.
[4] Según las listas de Apoc 21:8 y 21:25, no podrán entrar en la Nueva Jerusalén los cobardes, los incrédulos y los mentirosos (CF. 22:15).
[5] La lista en 1Tm 1:9-10, de pecadores ante la ley de Dios, incluye los irreverentes, los que maltratan a sus padres y los traficantes de esclavos. Col 3:5 incluye avaricia junto con cuatro pecados sexuales.
[6] La borrachera se menciona en las listas de 1Cor 5:10; 6:10 y Gal 5:21; la avaricia en Rom 1:29; 1Cor 5:11; 6:10; Ef 5:3,5, más la lista de Mr 7:22.
[7] Esa frase corresponde al dicho de Jesús, “nadie puede servir a Dios y a la riqueza” (Mt 6:24; Lc 16:13). Es muy significativo que para su reformulación de la disyuntiva radical de Elías, “O Yahvéh o Baal, pero no los dos” (1R 18:21), Jesús opta por poner a “Mamón” como equivalente de “Baal”. Parece
implicar que “servir a las riquezas” era (y es) la idolatría más sutil y peligrosa de todas y que es totalmente irreconciliable con la fe en Dios.
[8] La Academia define “codicia” como “Afán excesivo de riqueza; Deseo vehemente de algunas cosas buenas; apetito sexual”…
[9] Orígenes, Homilía sobre el libro de los Jueces, citado en Christian Century 9.4.97, p. 371).
[10] Entiendo bien que los ricos no son los únicos avaros, pero creo que la Biblia está pensando principalmente en ellos cuando haba de avaricia.

Fuente: Protestantedigital, 2017