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lunes, 30 de mayo de 2016

Ministerios femeninos en Iglesia Presbiteriana de EEUU



Por Leopoldo Cervantes-Ortiz, México
Sin ánimo de revivir rencillas ni malos entendidos (ocasionados por el conflicto vivido hace cerca ya de cinco años en el seno de la Iglesia Nacional Presbiteriana de México, INPM, y ya superado[1]) o de producir polémicas inútiles sobre el espinoso tema de la ordenación de mujeres a los ministerios eclesiales, compartimos la noticia de las celebraciones por los 60 años de la primera ordenación de mujeres al ministerio pastoral en la Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos (finalmente, iglesia “madre” de la INPM), a las cuales nos sumamos sin dudarlo.
La nota de la Rev. Dra. Rhashell Hunter, directora de los Ministerios Raciales y Femeninos de la Agencia Presbiteriana de Misiones, publicada en el Presbyterian News Service, da cuenta de lo acontecido durante todos estos años y provoca una serie de reflexiones e inferencias que es muy difícil dejar de hacer.
Lo mismo sucede al saber de los aniversarios respectivos en denominaciones de otros países y latitudes.[2]
Primeramente, se refiere al modo en que las generaciones presbiterianas actuales y pasadas asumen la presencia o ausencia de estos ministerios en esa iglesia estadunidense: “Para algunos, nunca existió un momento en que no hubiera ministerios de mujeres. Pero otros recuerdan cuando no había predicadoras ni modelos femeninos en los seminarios y en las escuelas de divinidades, ni tampoco mujeres dedicadas al cuidado pastoral, al menos no profesionalmente”.[3]
En un ambiente, como el mexicano, en el que esta posibilidad sigue aún cerrada, reconocer que la primera situación sigue vigente no deja de causar sentimientos encontrados y profundas nostalgias al saber que la tradición reformada, presbiteriana y particularmente en la instancia que vino a este país a establecer comunidades de fe las ha abierto desde hace tiempo. La misma publicación que da a conocer este festejo se ha ocupado de los diversos pasos dados en ese caminar.[4]
El nuevo recuento agrega historias (en nuestro caso, faltantes) que enriquecen la perspectiva de una denominación tantas veces denostada por su apertura y “liberalismo”, pero que ha dado testimonio de congruencia y respeto por la dignidad de las personas.
La historia personal va más allá de la anécdota y muestra las dificultades “operativas” que tuvo que afrontar la institución referida:
Hace pocos años, la Rev. Cynthia Campbell, pastora de la Iglesia Presbiteriana Highland, en Louisville, Kentucky (www.hpclouisville.org), y ex presidenta del Seminario Presbiteriano McCormick (http://mccormick.edu), fue la conferencista principal del Instituto de Liderazgo de Clérigas, en Big Tent. Campbell hizo memoria del día en que fue ordenada por la Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos (PC)USA, por sus siglas en inglés), el 30 de junio de 1974. “Una cosa que recuerdo bien fue el certificado de ordenación. El secretario permanente del Presbiterio de San Gabriel tuvo que añadir una “S” a la impresa “Él” en el certificado [he, she]. Del mismo modo, se encimó un her sobre el “su” [him] que se había escrito en una máquina de escribir eléctrica IBM”.
El cruce de la experiencia individual e institucional es toda una lección para quienes desde fuera observaron ese proceso en su momento. La Iglesia Presbiteriana estadunidense tuvo que recorrer su propio camino, acerca del cual no se supo mucho en los países latinoamericanos, acaso porque las preocupaciones eran otras y la necesidad del trabajo misionero señalaba prioridades distintas: afianzar la identidad, asegurar la presencia, proyectar planes a largo plazo…
 Los nombres relevantes están ahí y la ruta de los aniversarios se mira ahora retrospectivamente: “Este año marca también el 60º aniversario de la ordenación de Ancianas docentes en la (PC)USA. El 24 de octubre de 1956, la Rev. Margaret Towner fue ordenada como la primera ministra mujer en la Iglesia Presbiteriana”. A mediados de siglo, en plena Guerra Fría, esta iglesia (la del Norte) dio el paso al frente como parte del concierto de los avances del mundo reformado en esta materia, no sin conflictos de por medio: el Presbyterian Heritage Center documenta en una línea del tiempo los pasos difíciles que desembocaron en esa decisión histórica.[5]
En ese contexto, no deja de registrarse la humilde reacción de la primera pastora, quien asumió su tarea como un llamado divino a la fidelidad y el servicio: “A pesar del reconocimiento y la atención recibidos —su foto apareció en la revista Life y en otras publicaciones—, ella dijo que ‘optó por evitar ser el centro de atención y continué mi trabajo en la congregación local’. Towner celebró recientemente sus 91 años, y aunque ya se encuentra ‘honorablemente retirada’ [como se estila en la denominación], aún está activa en su presbiterio”.
Rev. Rachel Henderlite (1965)
 Poco después, en el otro ámbito presbiteriano de ese país, llegarían a la misma determinación: “La Rev. Rachel Henderlite fue la primera mujer ordenada como Anciana docente en la Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos (o Iglesia del Sur), en 1965. El año pasado se conmemoraron 50 años de tal evento, otra fecha importante en la historia presbiteriana. En 1965, el año de la marcha de Selma y de la primera protesta contra Vietnam en un campus universitario, Henderlite (1905-1991) fue ordenada como Ministra de la Palabra y los Sacramentos”.
Otros nombres y fechas importantes recogidos por Hunter son los siguientes: Katie Geneva Canon, primera mujer afro-americana ordenada como Anciana docente en 1974; Rebecca Reyes, primera hispana ordenada como Anciana docente (1979); Elizabeth Kwon, quien transfirió su ordenación desde Japón, primera clériga coreana-estadunidense (1979); y Holly Haile Smith Davis, primera nativa ordenada como Anciana docente (1987).
Fue preciso “subir” poco a poco los “escalones” o niveles de los oficios eclesiales hasta alcanzar el paquete completo de ministerios. Había que recorrer la escala en orden: primero las diaconisas, luego las ancianas y finalmente las pastoras. “En 2015-2016 se celebran también 110 años de la ordenación de Diaconisas y 85 de las Ancianas. Sarah Dickson fue la primera Anciana y su colega Tillie Paul Tamaree fue la primera nativa, ambas ordenadas in 1930, además de numerosas diaconisas durante los pasados 110 años”.
Bien podrían aplicarse a otras iglesias las palabras finales de la nota, sin olvidar las historias de quienes siguen esperando la oportunidad de lograrlo: “Hay otras mujeres pioneras cuyos nombres no están en los registros, incluyendo inmigrantes que aún hoy, han llegado a ser las primeras en sus grupos étnicos y culturales en ser ordenadas en las iglesias. Hay clérigas nuevas y experimentadas, ancianas y diaconisas, que están trazando nuevos caminos en este medio eclesiástico cambiante. Seguimos los pasos de muchas mujeres conocidas y anónimas que han difundido de manera constante y fiel las buenas nuevas de Jesucristo y que han tenido un impacto significativo en nuestra iglesia, nuestra comunidad y en la cultura estadunidense”.
Y es que, para el caso de las presbiterianas mexicanas, tuvo que ser en el país vecino donde se ordenaría por primera vez una pastora con estudios teológicos en el país azteca: Rosa Blanca González-Miranda, en febrero de 2007.[6] Más tarde, en febrero de 2010, la Iglesia Evangélica Española ordenaría a Eva Domínguez Sosa.[7]
La historia continúa y aún depara muchas sorpresas, es verdad, pero también es cierto que la tradición reformada nunca ha cejado en la compleja búsqueda de la aplicación del llamado universal de Dios a los ministerios formales y reconocidos. Estamos, pues, ante un capítulo completo de la historia de las iglesias reformadas en el mundo.
Notas bibliográficas
[1] Cf. L. Cervantes-O., “New Mexican church group ordains first women pastors”, en Reformed Communiqué, Comunión Mundial de Iglesias Reformadas, diciembre de 2012, p. 11, www.academia.edu/15690821/New_Mexican_church_group_ordains_first_women_pastors_2012_; y “National Presbyterian Church of Mexico (INPM) excommunicates seven pastors for defending the ordination of women to the priesthood”, en Latin American Ecumenical News, septiembre-noviembre de 2012, núm. 1, p. 3, https://issuu.com/clai/docs/latinamericanecumenicalnews_december2012.
[2] Cf. “30 anos de ordenação da pastora Edna Moga Ramminger”, en Portal Luteranos, 11 de noviembre de 2012, www.luteranos.com.br/conteudo/30-anos-de-ordenacao-da-pastora-edna-moga-ramminger; Lynette Wilson, “Después de 30 años como sacerdotes, las mujeres de Brasil miran hacia el episcopado”, en Episcopal News Service, 18 de junio de 2015, http://episcopaldigitalnetwork.com/ens/2015/06/18/despues-de-30-anos-como-sacerdotes-las-mujeres-de-brasil-miran-hacia-el-episcopado/; y Marco Rostan, “El papa, las mujeres y el pastorado femenino en la Iglesia Valdense”, en ALC Noticias, 18 de mayo de 2016, http://alc-noticias.net/es/2016/05/18/el-papa-las-mujeres-y-el-pastorado-femenino-en-la-iglesia-valdense/
[3] R. Hunter, “PC(USA) celebrates 60 years of women’s ordination”, en Presbyterian News Service, 24 de mayo de 2016, https://pres-outlook.org/2016/05/pcusa-celebrates-60-years-womens-ordination/.  Versión: L.C.-O.
[4] Véase: James H. Smylie, “Women Ministers (1955-1966) and Margaret Towner”, en Presbyterian News Service, 6 de febrero de 2006, https://pres-outlook.org/2006/02/women-ministers-1955-1966-and-margaret-towner/; Eunice Blanchard Poethig, “Women’s Ordination: Past, Present & Future, DVD”, en Presbyterian News Service, 27 de noviembre de 2006, https://pres-outlook.org/2006/11/womens-ordination-past-present-future%C2%9D-dvd/;  y “50 years ago – Church’s first woman minister”, en Presbyterian News Service, 11 de mayo de 2015.
[5] Cf. “This day in Presbyterian history”, en www.phcmontreat.org/ThisDayInHistoryIndex-May.htm.
[6] Cf. “Another first”, en Horizons, mayo-junio de 2007, http://horizons.pcusa.org/magazines/2007/hrznmyjn07/mosaic.pdf.
[7] Cf. “Ordenación pastoral de Eva Domínguez Sosa (IEE, Granada)”, en Protestante Digital, 3 de marzo de 2010, http://protestantedigital.com/ciudades/24258/noticias_breves_destacadas

Fuente: Protestantedigital, 2016.

jueves, 22 de octubre de 2015

La reforma protestante y su influencia en la cultura occidental



Por. Leopoldo Cervantes-Ortiz, México

“No hay ningún camino directo que nos lleve de la cultura eclesiástica del protestantismo a la cultura moderna no eclesiástica. Su significación clara a este respecto tendrá que ser indirecta o hasta indeliberada y, a pesar de todo, lo común a las dos culturas tendrá que radicar en una profundidad escondida y no directamente consciente de su pensamiento. No es posible hablar sin más de una creación de la cultura moderna por el protestantismo. Solo se puede tratar de su participación, pero también ésta está lejos de ser algo unitario y simple. En cada uno de los campos culturales es diversa y en cada uno de ellos algo enrevesado y opaco en un grado mayor o menor.”1 Ernst Troeltsch

Acontecimientos tan disímbolos como la Revolución francesa, la independencia de Estados Unidos o la Revolución industrial son vistos como consecuencias directas o indirectas de los movimientos de renovación religiosa que, desde el siglo XVI cambiaron el rostro religioso de Occidente. De manera esquemática, y siguiendo los planteamientos de Karl Holl (1866-1926), podríamos dividir esta exposición para referirnos al impacto de estas reformas en las diversas manifestaciones culturales: religión y vida secular; economía y política; y educación, historia, filosofía y las artes.2 Cada una de ellas, con sus características propias y entremezcladas continuamente, ha sido un campo propicio para desarrollar ese influjo con múltiples y, por supuesto, contradictorios resultados. Cerca de los 500 años de las acciones de Martín Lutero, la enorme diversificación de las ideas que compartió con muchos de sus contemporáneos ha llegado hasta nosotros para apremiarnos a dialogar desde la experiencia y el conocimiento comunes a fin de alcanzar algunas conclusiones siempre parciales. Como sugiere Holl, en esos campos es donde hay que buscar las aportaciones del genio protestante, a sabiendas de que la religión es apenas uno de muchos factores en juego al momento de hablar de un “impacto en el curso de la historia”. Las reformas religiosas, igualmente, más allá de su diversidad y sus respectivos enfoques doctrinales y confesionales, también produjeron cambios culturales de dimensiones variadas según los países, regiones e iglesias. De ahí que no sea posible hablar de una manera uniforme, aunque existen paralelismos importantes entre las diferentes vertientes. Con todo, es posible advertir que, en general, y como parte de una sedimentación progresiva de las creencias y las prácticas litúrgicas y de los ordenamientos doctrinales, en camino a la conformación de la llamada “modernidad occidental”, se puede hablar de que al menos se incubaron tres formas culturales fundamentales para el desarrollo, dentro y fuera de la Iglesia, de una nueva convivencia social: una cultura crítica, una cultura democrática y una cultura inclusiva, todo ello teóricamente en el germen de prácticas que progresivamente tendrían que batallar con y crecer al lado de la secularización de las sociedades.
Émile Leonard enfocó el hecho de que si existieron cambios en los que pudo haber influido la Reforma, éstos apuntaron más hacia una serie de transformaciones civilizatorias y antropológicas, en dos momentos bien definidos:
Después de la liberación de las almas, la fundación de una civilización. Con Lutero, sus émulos y sus rivales, la Reforma había dado todo su mensaje propiamente religioso y teológico y las épocas siguientes no podían hacer otra cosa que repetirlo y completarlo. Mas Lutero se había interesado poco por la encarnación de este mensaje en el mundo secular, al cual aceptaba tal como era, y las experiencias de Zwinglio, de Müntzer y de los anabaptistas de Münster habían sido o de un contenido excesivamente reducido o demasiado revolucionarias para hacer salir la Reforma del pietismo individualista donde corría el riesgo de desmesurarse y disolverse. Estaba reservado al francés y jurista Calvino el crear más que una nueva teología un mundo nuevo y un hombre nuevo. El hombre reformado y el mundo moderno.3
Estaremos hablando, pues, por decirlo así, de la parte más creativa o positiva del espíritu reformador, esto es, a partir de sus contribuciones más visibles a la conformación de una nueva cosmovisión, la que ha prevalecido, para bien o para mal, en Occidente. Un lugar preponderante en este análisis, aunque no lo abordaremos directamente, será el papel que desempeñó lo que para muchos fue un “redescubrimiento” de Lutero y que, para muchos pensadores cristianos más cercanos en el tiempo representó un giro monumental en la experiencia de fe para millones de personas: la libertad cristiana tal como la enseña el Nuevo Testamento, y cuyo talante subversivo y crítico se muestra nuevamente en el denominado “principio protestante”, tal como lo expuso en su momento Paul Tillich.4 En esta línea, la “fe insumisa” de la Reforma apuntó sólidamente hacia un conjunto de realidades que rebasaron ampliamente la práctica religiosa como tal:

“Los reformadores, Lutero, Zwinglio, Calvino, Bucero, Farel y otros, por unanimidad compartieron la convicción que ahora resuena en el corazón del protestantismo: ¡sólo Dios nos puede llevar a Dios! Ninguna institución eclesiástica, ningún papa, ningún clérigo nos puede conducir a él: porque, en primer lugar, Dios es quien viene a nuestro encuentro. Ninguna confesión de fe, ningún compromiso en la Iglesia, ninguna acción humana nos puede atraer la benevolencia de Dios: sólo su gracia nos salva. Ningún dogma, ninguna predicación, ninguna confesión de fe pueden hacernos conocer a Dios: sólo su Palabra nos lo revela. Dios no está sujeto a ninguna transacción posible, su gracia excede cualquier posibilidad de intercambio y reciprocidad. En el protestantismo, Dios es precisamente Dios precisamente en la medida en que nos precede y permanece libre ante cualquier forma de sumisión.”5

1. Política, democracia y economía
Los lugares comunes sobre la libertad y la apertura hacia la democracia que anunció la Reforma protestante como uno de los componentes de la modernidad occidental siempre están a la orden del día. La postura apologética que los presenta como una de las grandes conquistas de la humanidad ha cedido su lugar a una más matizada en la que, en efecto, se considera como un factor más en el complejo sistema cultural e ideológico al que aludiremos constantemente. Quentin Skinner afirma que el pensamiento de Lutero trajo consigo dos implicaciones políticas de gran importancia, que explican lo distintivo e influyente en sus ideas sociales y políticas. Por un lado, señala que estuvo “decidido a repudiar la idea de que la Iglesia posee facultades jurisdiccionales, y que, así, tiene autoridad para dirigir y regular la vida cristiana”.6 Eso lo condujo a rechazar completamente la ley canónica y a oponerse también a los privilegios que la Iglesia católica siempre reclamó acerca de contar con un orden jurídico separado. Esta objeción ad intra, inevitablemente lo condujo a la negación ad extra, pues en segundo lugar, también repudió “toda afirmación de las autoridades eclesiásticas de tener jurisdicción sobre asuntos temporales”.7 Con todo ello se abrirían las puertas para la afirmación de la libertad de conciencia y de la subjetividad religiosa como un espacio de lucha entre las fuerzas intemporales y las históricas, en una especie de “ventana psicológica” de la secularización o autonomía del ámbito legal o político.
Octavio Paz, por su parte, observó durante mucho tiempo las relaciones entre protestantismo, modernidad y democracia en América Latina, por lo que atribuyó a la Reforma la capacidad de Estados Unidos para insertarse en la modernidad y en la democracia, a diferencia de la herencia contrarreformista de los países iberoamericanos. Así lo expuso, inicialmente, en 1976: “En ese momento [la expulsión de los jesuitas de Nueva España] se hizo visible y palpable la radical diferencia entre las dos Américas. Una, la de lengua inglesa, es hija de la tradición que ha fundado al mundo moderno: la Reforma, con sus consecuencias sociales y políticas, la democracia y el capitalismo; otra, la nuestra, la de habla portuguesa y castellana, es hija de la monarquía universal católica y la Contrarreforma”.8 Una y otra vez, el Premio Nobel mexicano asedió la enigmática realidad de Estados Unidos en varias de sus vertientes, política, cultural y social, sobre todo, para tratar de entender las razones de la diferencia y sus efectos en las naciones latinoamericanas. Le interesó, particularmente, saber por qué estos países, sin estar “negados” rotundamente para la democracia, seguían atrapados en enormes dificultades para adecuar a su situación los beneficios de la misma. […]
En las conferencias que impartió en la Universidad de Harvard en 1972, recogidas después bajo el título Los hijos del limo. Del romanticismo a la vanguardia (1974), un estudio monumental del desarrollo de la poesía occidental, Paz señaló numerosos aspectos en los que la doctrina protestante impactó el devenir del arte literario, particularmente en sus relaciones con el romanticismo. Sus aseveraciones enlazaban postulados teológicos con opciones estéticas y culturales: primero, en el capítulo dedicado precisamente a la analogía y la ironía, suscribe la idea anunciada de los estrechos lazos entre protestantismo y romanticismo al ocuparse del anti-racionalismo de diversos autores adscritos a esa corriente estética, especialmente en su reacción contra el racionalismo de la época, señala:

“Los románticos hacen del sueño “una segunda vida” y, aún más, un puente para llegar a la verdadera vida, la vida del tiempo del principio. La poesía es la reconquista de la inocencia. ¿Cómo no ver las raíces religiosas de esta actitud y su íntima relación con la tradición protestante? El romanticismo nació en Inglaterra y Alemania no sólo por haber sido una ruptura de la estética grecorromana sino por su dependencia espiritual del protestantismo. El romanticismo continúa la ruptura protestante. Al interiorizar la experiencia religiosa, a expensas del ritualismo romano, el protestantismo preparó las condiciones psíquicas y morales del sacudimiento romántico. El romanticismo fue ante todo una interiorización de la visión poética. El protestantismo había convertido a la conciencia individual del creyente en el teatro del misterio religioso; el romanticismo fue la ruptura de la estética objetiva y más bien impersonal de la tradición latina y la aparición del yo del poeta como realidad primordial.

Decir que las raíces espirituales del romanticismo están en la tradición protestante puede parecer aventurado, especialmente si se piensa en las conversiones al catolicismo de varios románticos alemanes. Pero el verdadero sentido de esas conversiones se aclara apenas se recuerda que el romanticismo fue una reacción contra el racionalismo del siglo XVIII: el catolicismo de los románticos alemanes fue un anti-racionalismo. […] Las fronteras literarias del romanticismo coinciden con las fronteras religiosas del protestantismo.” (Énfasis agregado.)9 […]

2. ¿Victorias culturales de la Reforma Protestante en el territorio más inesperado?
Un ejemplo atípico de esta influencia fue abordado por el extinto profesor alemán y notable hispanista, Peer Schmidt, al interrogarse sobre el impacto de la Reforma en los movimientos de independencia, como en México, con tan grande distancia geográfica de ideológica, especialmente si se recuerda que las colonias americanas fueron protegidas en exceso por la Corona española a fin de evitar cualquier forma de “contaminación” heterodoxa. Podrá decirse que se trata solamente de un evidente exabrupto histórico, pero el profesor citado demostró las líneas generales de influencia de aquél movimiento religioso en los ambientes independentistas de los criollos americanos. Ése fue el sentido de lo que expresó en un par de conferencias que dictó en México:

“La Revolución Francesa, primero, y luego la Guerra de Independencia, pero en conjunto lo que se conoce como las revoluciones atlánticas, ocasionaron que los clérigos que en México mantuvieron previamente posturas liberales y constitucionalistas se tornaran abruptamente conservadores y compararan a Hidalgo con Lutero, en quien veían, junto con el protestantismo, al más grave peligro para la Iglesia y la fe católicas. […]
[…] en el edicto del Tribunal de la Inquisición del 13 de octubre de 1810 también se equiparó a Hidalgo con Lutero, pues señala que “todas las maniobras” del insurgente se dirigían “en derrocar el trono y el altar de lo que no deja duda la creencia, así como la doctrina del pérfido Lutero en Alemania”. De poco sirvió, como es sabido, que Hidalgo se defendiera negando la comparación con Lutero: “se me imputa también el haber negado la autenticidad de los Libros Sagrados, se me acusa de seguir los perversos dogmas de Lutero”, expresó el Cura de Dolores.10

Sus observaciones son más minuciosas aún al referirse a la manera en que el obispo Manuel Abad y Queipo, superior máximo del cura Miguel Hidalgo y Costilla, rememoró las guerras campesinas de 1525 y cómo el fantasma de la Reforma comenzó a aposentarse en los ambientes virreinales: “Lo que tenía lugar en 1810 no era, pues, tan novedoso, al menos no para el obispo de Michoacán ni para muchos de sus contemporáneos. No eran pocos los que, dentro del clero, compartían la opinión de Abad y Queipo. Hidalgo fue una y otra vez comparado con Lutero y la incriminación terminó convirtiéndose en una de las acusaciones que le hizo la propia Inquisición”.11 Podría hablarse, incluso, de un claro “pánico cultural” ante las no tan evidentes tendencias libertarias o subversivas del luteranismo, al que se le atribuyeron en ese momento todos los males: “Si bien se asocian todos los males teológicos a los insurgentes: luteranismo, judaísmo, materialismo y otros, la insistencia constante en la persona de Lutero es sumamente reveladora. Para el mundo católico éste abrió la caja de Pandora al insistir en la conciencia individual y, por lo tanto, en la libertad del individuo. Y en el México de 1811 se deploran ‘las herejías y la desenfrenada libertad de conciencia’”.12
En esa misma orientación se movió el ex pastor metodista mexicano Raúl Macín Andrade al interrogarse sobre la impronta del reformador alemán en algunos de los futuros países hispanoamericanos. Su respuesta es enérgica y bien matizada:

“¿Ha estado presente Lutero en la historia de México? Si recordamos que a los héroes de nuestra independencia, don Miguel Hidalgo y Costilla y José María Morelos y Pavón, se les acusó, tal como lo registran sus respectivas actas en la Santa Inquisición, de herejes y luteranos contumaces, podríamos contestar que sí, que por lo menos de esa manera sí ha estado presente; pero sin duda que no es ésa la respuesta que buscamos. Lo que deseamos saber es si las iglesias que en México son identificadas como protestantes —todas fruto de un proyecto misionero de las iglesias protestantes de los Estados Unidos, que acompañó siempre al proyecto capitalista del país del destino manifiesto— han sabido o no testificar sobre el espíritu y el genio del protestantismo. Si sólo se han limitado a ser el aval religioso del liberalismo económico, entonces la respuesta será no, pero si a pesar de venir de donde vienen algunos han logrado avanzar hacia lo que el doctor George Williams llama la izquierda de la Reforma, entonces la respuesta será sí.”13

La “presencia” de Lutero en la época de las colonias españolas en América fue parte de una total contradicción de términos ante la cerrazón que la metrópoli practicó para extirpar cualquier elemento que oliese siquiera a la herejía luterana. En el medio evangélico latinoamericano, fue Gonzalo Báez-Camargo quien exploró las escasas muestras de presencia protestante desde el martirologio de los temerarios extranjeros que se atrevieron a vivir en las colonias abrumadoramente hispano-católicas.14 Más recientemente, Alicia Mayer, directora del Centro de Estudios Mexicanos de la UNAM en España, discípula de Juan A. Ortega y Medina, demostró la forma en que se combatió la influencia de la Reforma en Nueva España desde los púlpitos, diversos escritos teológicos, crónicas, las pinturas de los templos y directamente con la represión violenta, sin conocer, incluso, en lo más mínimo las obras de Lutero: “El Estado español se agenció el derecho de librar a sus súbditos del otro lado del Atlántico de la heterodoxia y de aislarlos de toda contaminación herética. La consigna fue reservar terrenal y espiritualmente las posesiones ultramarinas para el catolicismo, al mismo tiempo que se llevaba adelante el esfuerzo misional evangelizador con los indios”.15 Especialmente interesante es su estudio de las obras pictóricas. Ante las casi inexistentes manifestaciones de protestantismo en el virreinato, Mayer se propuso rescatar los datos dispersos de tal presencia, reducida a un nivel casi simbólico. Así se refirió a su esfuerzo investigativo en una entrevista:

“Estuve levantando las piedras para ver por dónde me podía ir. Allí entra la intuición. Empecé por los teólogos, entonces había que ir al fondo reservado, leer los manuscritos que casi nadie revisa porque están en latín. Es un trabajo muy arduo. Sólo este trabajo me llevó dos años de la totalidad de la investigación. Un teólogo cita una fuente y así llegué al Vaticano donde encontré cosas muy importantes. La iconografía y la pintura es algo muy importante porque nadie había reparado en que está Lutero en muchas de esas pinturas. También hay que acudir a las crónicas, a los teóricos y políticos, a los sermones —que no se habían estudiado y es una mina abierta— en los que encontré a Lutero y hay que interpretar por qué. Como en los siglos xvi y xvii no había radio y televisión, en el púlpito es donde se transmitían los mensajes ideológicos de una sociedad.16

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Notas
1 E. Troeltsch, El protestantismo y el mundo moderno. [1911] México, Fondo de Cultura Económica, 1951 (Breviarios, 51), p. 38, www.liburuklik.euskadi.net/applet/libros/JPG/diputacion2/F.A.-64/F.A.-64.pdf.
2 K. Holl, The cultural significance of the Reformation. [1911] Nueva York, Meridian Books, 1959.
3 É. Leonard, Historia general del protestantismo. I. La Reforma. Trad. de S. Cabré y H. Floch. Barcelona, Península, 1967, p. 263.
4 P. Tillich, La era protestante. [1948] Trad. de M. Horne. Buenos Aires, Paidós, 1965 (Biblioteca de ciencia e historia de las religiones), pp. 245-246: “Este [el protestantismo] tiene un principio que está más allá de todas sus realizaciones. Es el fundamento crítico y dinámico de todas las realizaciones protestantes, pero no es en sí una realización. […] Las trasciende como trasciende cualquier forma cultural. El principio protestante, nombre derivado de la protesta ‘protestante’ destinada a contrariar las decisiones de la mayoría católica, contiene las protestas divinas y humanas contra cualquier exigencia absoluta referente a una realidad relativa, y se opone a la misma aun cuando la efectúe una iglesia protestante. El principio protestante es juez de toda realidad religiosa o cultural, incluyendo la religión y la cultura que se denominan a sí mismas ‘protestantes’”.
5 R. Picon y L. Gagnebin, Le protestantisme. La foi insoumise. Champs, Flammarion, 2005, http://miettesdetheo.over-blog.com/article-11406976.html.
6 Q. Skinner, Los fundamentos del pensamiento político moderno. II. La Reforma. Trad. de J.J. Utrilla. México, Fondo de Cultura Económica, 1978 (Sección de obras de política y derecho), p. 18. Cf. Michael Waltzer, The revolution of the saints. A study in the origins of radical politics. [1965] Nueva York, Atheneum, 1969. Español: Buenos Aires-Madrid, Katz, 2008.
7 Ibíd., p. 20.
8 O. Paz, “El espejo indiscreto”, en Plural, núm. 58, julio de 1976, recogido en El ogro filantrópico. Historia y política, 1971-1978. México, Joaquín Mortiz, 1979, p. 55. Cf. L. Cervantes-Ortiz, “Centenario de Octavio Paz y Reforma Protestante”, en Magacín, de Protestante Digital, 31 de marzo de 2014, http://protestantedigital.com/blogs/4209/Centenario_de_Octavio_Paz_y_Reforma_Prot estante.
9??????
10 “De cómo los clérigos liberales resultaron conservadores durante la Independencia”, en Gaceta de El Colegio Mexiquense, núm. 26, marzo-abril de 2004, pp. 10, 12, www.cmq.edu.mx. Cf. P. Schmidt, “‘Liberal, ‘tradicionalista’, ‘conservador?’: Transformación política e identidad del clero mexicano en la época de las revoluciones atlánticas (1789-1821)”, en M. Riekenberg, S. Rinke y P. Schmidt, eds., Kultur-Diskurs: Kontinuität und Wandel der Diskussion um Identitáten in Lateinamerika im 19. und 20. Jahrhundert. Stuttgart, 2001, pp. 351-378.
11 P. Schmidt, “‘Siéndome preciso no perder minuto’. Tiempo y percepción del tiempo en México (1810-1920”, en Alicia Mayer, coord. gral., México en tres momentos, 1810-1910-2010: hacia la conmemoración del bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución Mexicana. Retos y perspectivas. II. México, UNAM-Instituto de Investigaciones Históricas, 2007, p. 272.
12 “De cómo los clérigos liberales…”, p. 12.
13 Raúl Macín, Lutero: presencia religiosa y política en México. México, Nuevomar, 1983, pp. 9-10. Cf. Alicia Mayer, “The Heresiarch that Burns in Hell. The Image of Martin Luther in New Spain”, en Hans Medick y Peer Schmidt, eds., Luther zwischen den Kulturen. Götingen, Vandenhoeck & Ruprecht, 2004, pp. 119-140.
14 Cf. G. Báez-Camargo, Protestantes enjuiciados por la Inquisición en Iberoamérica. México, Casa Unida de Publicaciones, 1960.
15 A. Mayer, Lutero en el Paraíso. La Nueva España en el espejo del reformador alemán. México, Fondo de Cultura Económica, 2008, p. 19. Cf. Alicia Mayer, “The Heresiarch that Burns in Hell. The Image of Martin Luther in New Spain”, en H. Medick y P. Schmidt, eds., Luther zwischen den Kulturen. Götingen, Vandenhoeck & Ruprecht, 2004, pp. 119-140. 16 Adriana Cortés Koloffon, “Lutero revisitado. Alicia Mayer: entrevista.”, en Siempre!, núm. 2913, 12 de abril de 2009, p. 75, www.especialistas.com.mx/saiweb/viewer.aspx?file=c8u0JHolyPzScjDD09MU1aK4bJmAjmiTqrOAC9N7DvtE0/MunuhxYc/R2Rsgw5A5&opcion=0&encrip=1.

Fuente: Protestantedigital, 2015.