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domingo, 18 de junio de 2017

¡Todos debemos ser pentecostales!



Por. Juan Stam, Costa Rica
El día de Pentecostés es el paradigma para la Iglesia de todos los siglos. En él, Dios marcó a la Iglesia para siempre con su carácter carismático, bíblico y profético. Tan importante era ese día, que Cristo ordenó a sus discípulos quedarse sentados en Jerusalén hasta que no se cumpliera (Lc 24.49, kathísate). La misión no pudo iniciarse sin el don pentecostal. La Iglesia es Iglesia porque es pentecostal. Es fiel a su naturaleza y misión sólo cuando es fiel a su origen en el Pentecostés.
El capítulo dos de los Hechos nos enseña un pentecostalismo integral. El derramamiento del Espíritu (2.1-13), va acompañado por una clara exposición de la Palabra de Dios (2.14-36), que resulta en muchas conversiones (2.37-41) y una comunidad radicalmente transformada (2.42-47). El Pentecostés comenzó, pero no terminó, con el don de lenguas. Mucho más que la impresión del fenómeno de las lenguas, el secreto de su poder fue la fuerza de la Palabra y la práctica evangélica que ésta inspiró. Si hubiera sido lenguas y nada más, no hubiera sido Pentecostés.
El Pentecostés nos enseña que la iglesia vive de los dones del Espíritu, entre ellos el de las lenguas. Las lenguas en ese momento eran una señal, apropiada para la ocasión, del derramamiento inicial del Espíritu sobre la Iglesia, cuando “todos fueron llenos del Espíritu Santo” (2.4). El Espíritu es la vida común del cuerpo de Cristo y distribuye sus abundantes dones a todos los miembros, “repartiendo a cada uno como él quiere” (1 Co 12.7-13).1 Sin esos dones, la Iglesia no puede vivir ni cumplir su misión en la tierra.
El don de lenguas en Hechos 2 reviste un claro sentido misionero y evangelístico. Es importante notar que, a diferencia de Corinto donde las lenguas eran extáticas e ininteligibles (1 Co 13.1; 14.2), en Hechos 2 el don consistía en idiomas humanos, de todas las naciones identificadas en el pasaje (2.9-11). El texto nos cuenta que cada uno oía a los apóstoles “en nuestro propio dialecto” (2.5, dialecto), “en nuestra lengua en la que hemos nacido” (2.8, cf. 2.11). Por otra parte, Pedro les predicó en alguna lengua común (a lo mejor, su mal griego, con fuerte acento galileo) y la multitud lo pudo entender. Su comunicación fue tan eficaz que tres mil personas se convirtieron. Los galileos eran famosos por pronunciar mal su propio idioma (Mr 14.70). Sin embargo, en el día de Pentecostés el Espíritu capacitó a esos galileos para glorificar a Dios en muchos idiomas extranjeros y bendijo el mal griego de Pedro con envidiables resultados evangelísticos.
El contraste llama la atención. Por una parte, unos galileos, “sin letras y del vulgo” (Hch 4.11), lucen por un momento como brillantes lingüistas, pero a continuación Dios bendice el griego deficiente de Pedro para una evangelización impresionante. Entonces, ¿para qué ese previo don de lenguas?
El testimonio misionero de la iglesia, aún antes del sermón de Pedro, se inició cuando los apóstoles proclamaron “las maravillas de Dios” en los idiomas de todas las naciones presentes (2.11). Parece que en la sabiduría de Dios, los gentiles tenían que escuchar el Evangelio primero en los acentos auténticos de su propia cultura y en su lengua materna. Ningún idioma, ni el hebreo ni el griego ni el latín, debe considerarse el idioma oficial del Evangelio. Cuando el Evangelio llega a un pueblo, la única cultura a que pertenece debe ser la misma cultura del pueblo que recibe el mensaje. El Evangelio se encarna con fidelidad en la auténtica idiosincrasia de cada pueblo. Por eso, ser pentecostal significa ser contextual y autóctono. Imponer algún lenguaje extraño o patrones culturales extranjeros es anti-pentecostal.
A las experiencias carismáticas ha de seguir la exposición de la Palabra (2.14-36), la proclamación del Evangelio para la conversión de las personas (2.37-40). La predicación bíblica de Pedro no era menos pentecostal y carismática que los anteriores fenómenos de glosolalia. Aunque Pedro no tuvo oportunidad para preparar su sermón2, escogió muy acertadamente sus textos del Antiguo Testamento: Joel 2.28-32 junto con Salmos 16.8-11 y 110.1. Este mensaje de Pedro muestra las características de un buen sermón expositivo. Como respuesta a una situación no anticipada, comienza contextualmente (2.14-15). Se basa sólidamente en apropiados textos bíblicos. Aunque su ocasión fue el derramamiento del Espíritu y el don de lenguas, no es un sermón sobre lenguas, ni aun sobre el Espíritu Santo, sino sobre Cristo (2.22-35), que interpreta los fenómenos carismáticos cristológicamente (2.33). El sermón concluye con una afirmación contundente del señorío de Cristo (2.35). La Palabra predicada fue tan poderosa que los oyentes clamaron arrepentidos, “¿qué haremos?” (2.37), con lo que Pedro extendió una invitación evangelística (2.38-40) y tres mil se convirtieron (2.41).
Sin predicación bíblica, que expone cuidadosamente el sentido fiel de las Escrituras, como lo hizo Pedro, no se es pentecostal. Demasiadas veces, en nuestros días, la “celebración” y las experiencias sensacionales desplazan la fiel exposición bíblica. No fue así en el día de Pentecostés. Ser pentecostal, según el capítulo dos de los Hechos, significa “perseverar en la doctrina” (2.42) y edificar bíblicamente a la congregación con sólida predicación expositiva. La predicación bíblica es un elemento esencial de la pentecostalidad.
El final del capítulo nos presenta un tercer elemento esencial de la pentecostalidad: Una comunidad radical que practica la fe hasta las últimas consecuencias (2.42-17). En la nueva comunidad de fe, perseveraron en la doctrina, la comunión, el pan compartido y la oración (2.42). Era una comunidad integral y balanceada. Tenían favor con el pueblo (2.47) pero, a la vez, las maravillas y señales en la comunidad provocaban temor y respeto. Y lo más sorprendente, y la mayor prueba de auténtica pentecostalidad: tenían todas las cosas en común (2.44) “y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía” (4.32). Hasta vendían sus propiedades para financiar los proyectos sociales de la comunidad (2.45; cf. 4.32-37).
La mayor prueba de la autenticidad de lo que pasó el día de Pentecostés, fue lo que pasó el día después del Pentecostés. Los recién convertidos recibieron el Espíritu (2.38) y enseguida practicaron la justicia social y económica, como manda la palabra de Dios. El proyecto pentecostal incluyó un programa de comedores populares (6.1)3
Algunos pensadores judíos relacionaban el día de Pentecostés con el año del Jubileo (Lv 25) en que Israel había de repartir equitativamente toda la tierra4. El Jubileo era el año cincuenta y el Pentecostés era el día cincuenta, por lo que correspondía dentro del año a lo que era el Jubileo en el siglo. Además, en un pasaje claramente “jubilar”, el profeta anunció el don del Espíritu y buenas nuevas para los pobres en el “año agradable del Señor” (Is 61.1-3). Jesús aplicó este pasaje, en el mismo sentido, en su sermón inaugural en Nazaret (Lc 4.16-21; cf. 7.18-23). En el Pentecostés, el Espíritu Santo vino sobre la Iglesia, nuevo cuerpo de Cristo, y en seguida la práctica del Evangelio, en el poder del Espíritu, trajo “buenas nuevas para los pobres”.
El tercer momento del Pentecostés, según el capítulo dos de los Hechos, es una comunidad radical que practica el Evangelio sin reservas, conforme al modelo del año del Jubileo. Sin eso no se es pentecostal, por muchas lenguas que se hablen. ¡Sin Jubileo económico, no hay Pentecostés!
Debe ser imposible para un cristiano ser anti-pentecostal, en el significado bíblico de ese magno acontecimiento. Pero tampoco se debe permitir que el hermoso título de “pentecostal” se limite a uno solo de los aspectos del día de Pentecostés o a una sola corriente dentro del cristianismo evangélico. ¡Pentecostales somos todos!
Cuentan que un evangelista decía una vez que no tocaba los problemas políticos porque “Dios me llamó al ministerio evangelístico, no profético”. Al contrario, Dios ha llamado a toda la Iglesia y a cada creyente a una presencia profética en medio del mundo. La Iglesia, como dicen Arens y Díaz Mateos (2000:288), es una comunidad de profetas y testigos. Dios encargó a Ezequiel profetizar de tal manera que, aunque el pueblo no creyera, “al menos sabrán que entre ellos hay un profeta” (Ez 2.5). Donde está la Iglesia, la gente debe darse cuenta de una presencia profética en su medio5.
Es cierto que el Nuevo Testamento enseña también una vocación personal de algunos creyentes al oficio profético (Ef 4.11), y afirma que no todos son profetas, igual que no todos son apóstoles ni maestros (1 Co 12.29)6. A estos profetas Dios puede dar revelaciones directas para la Iglesia (1 Co 14.29-31). Siempre que se dan tales revelaciones en el culto, la congregación entera, en cuanto comunidad también profética, las ha de juzgar (14.29). Igual que los profetas del Antiguo Testamento, estos profetas traen un mensaje directo de Dios (no necesariamente predictivo) para el pueblo de Dios. La vocación específica de ellos es una expresión más concentrada del carácter profético de toda la comunidad.
Apocalipsis 10.1-11 es un interludio entre la sexta trompeta y la séptima, sobre la misión profética de la iglesia en tiempos de crisis y tribulación. Se dedica primero a la misión profética de Juan mismo, como uno de esos profetas “de oficio”. Juan tiene que comerse el librito que está en manos del poderoso ángel (10.8-10; cf. Ez 2.9-3.3), con lo cual Dios le renueva su comisión de “profetizar “sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes” (10.11)7. La segunda mitad del interludio (11.3-13) trata del testimonio profético de la Iglesia entera, representada por los dos testigos, cuyo poder no se basa en soplar fuego sino en morir y resucitar con Cristo8. Hay un amplio consenso entre los comentaristas que ellos representan el testimonio profético de toda la comunidad.
Igual que Juan y los dos testigos, la Iglesia de hoy es llamada a profetizar sobre las naciones y gobernantes de nuestro tiempo (Ap 10.11; 11.3-13), aunque eso signifique atormentar al mundo entero (11.10) y hasta entregar nuestras vidas en martirio (11.7-10). Una Iglesia que calla ante la corrupción y la injusticia, que no molesta a nadie sino que busca quedar bien con todos, es una Iglesia infiel y cobarde. Y en primera fila de los que no entrarán al Reino de Dios, según el Apocalipsis, están los cobardes (Ap 21.8).
La tarea profética toma la forma de palabra y acción. Los antiguos profetas generalmente acompañaban su palabra de denuncia y anuncio con gestos simbólicos también proféticos. Esas acciones proféticas a veces eran preformativas para hacer realizarse la profecía, y en otros casos funcionaban como parábolas que aclaraban su mensaje. El profeta Juan realizó una acción simbólica antes de recibir su mandato de profetizar (10.10, comió el rollo) y en seguida se le ordena realizar otra (medir el santuario, 11.1-2). En cambio, el ministerio de los dos testigos (11.3-13) parece ser de pura acción profética, pues no pronuncian ni una palabra en todo el relato. La profecía siempre debe mantener esta correlación de palabra y acción. Como dice la canción, “no basta orar”, ni basta solamente la profecía verbal sin acción profética (ora et labora; “a Dios orando y con el mazo dando”).
El pueblo de Dios está llamado a ser una comunidad pentecostal, carismática y profética. ¿Está la Iglesia evangélica, en España y América Latina hoy, dispuesta a asumir este reto? Que Dios nos ayude a ser fieles y valientes, con esa presencia profética que nos exige su Palabra, como también nuestro momento histórico.

NOTAS
1) Puesto que el Espíritu reparte sus dones entre todos los miembros del cuerpo, no debemos distinguir entre cristianos “carismáticos” y otros que supuestamente no lo son. Según el Nuevo Testamento, todo cristiano es carismático.
2) Dejamos a un lado la pregunta, hasta qué punto el sermón es de Pedro mismo o hasta qué punto puede ser redacción de Lucas, que no afecta nuestro argumento.
3) Este proyecto de asistencia a los pobres de Jerusalén fue muy importante en la fase final de la misión de San Pablo (Ro 15.26; 1 Co 16.1-4; 2 Co 8-9; Hch 20.22-25; 21.11; cf. Ga 2.10).
4) Asociado con el Jubileo estaba el sábado de la tierra, cada siete años, en que debían cancelar todas las deudas y liberar a todos los y las israelitas bajo servidumbre (Dt 15).
5) No debe dejar de leerse, con mucha oración, el enjundioso capítulo (¡que nos parece en sí profético!) de Arens y Díaz Mateos, “Profeta, testigo y mártir” (2000:437-452).
6) Debe quedar claro que no estamos afirmando que todos los creyentes son profetas, sino que la Iglesia como tal está llamada a ser una comunidad profética. El énfasis en Hechos 2 sobre la universalidad del don pentecostal, que se extiende a todos y a todas en la comunidad, muestra que aun los que no son “profetas” por vocación están llamados a ser “proféticos” como miembros del cuerpo de Cristo.
7) Llama la atención que sólo aquí esta fórmula cuatripartita menciona “reyes”, lo que da a la comisión de Juan un énfasis más fuerte en el aspecto político. De hecho, a continuación Juan va a denunciar a diferentes reyes, sobre todo los emperadores romanos (capítulos 13-19.
8) En el Apocalipsis, “testigo” (mártus) suele sugerir martirio (1.5; 2.13). El testimonio profético de los dos testigos consiste sobre todo en su muerte, vituperio y resurrección.
BIBLIOGRAFIA
Arens, Eduardo y Manuel Días Mateos, Apocalipsis: la fuerza de la esperanza (Lima: CEP, 2000).
Blenkinsopp, Joseph, “Profetismo y profetas” en Comentario bíblico internacional, William A. Farmer, Armando Levoratti et al ed. (Estella: Verbo Divino 1999), 867-872.
Fee, Gordon y Douglas Stuart, La lectura eficaz de la Biblia (Miami: Editorial Vida, 1985)
Rofé, Alexander, “Jeremiah” en HarperCollins Bible Dictionary, Paul J. Achtemeier ed (HarperSanFrancisco 1996), 490-492.
Stam, Juan, Apocalipsis y Profecía (Buenos Aires: Kairós, 1998).
Stam, Juan, Apocalipsis (Buenos Aires: Kairós, 1999).
Vine, W.E. Vine’s Complete Expository Dictionary of Old and New Testament Words (Nashville: Thomas Nelson, 198

Fuente: Protestantedigital, 2017

jueves, 25 de agosto de 2016

Karl Barth y el movimiento pentecostal



Por. Juan Stam, Costa Rica
En esas mismas décadas (aprox. 1910-1940) surgieron dos fuerzas más en el escenario teológico. En primer lugar, Karl Barth logró lo que nunca pudo el fundamentalismo, de ofrecer una respuesta convincente al liberalismo y una alternativa teológica para el siglo XX.
Barth afirmó vigorosamente la trascendencia de Dios, la deidad de Jesucristo y su resurrección, pero apareció también Rudolph Bultmann con su proyecto de "desmitificar" los milagros del N.T., incluso la resurrección.
En segundo lugar, creció fenomenalmente el movimiento pentecostal, con su muy fuerte énfasis en los milagros.
Ese hecho histórico parece refutar el argumento de Bultmann y otros que "el hombre moderno no cree en milagros" (sic.).
El pentecostalismo es un desafío muy importante a la teología liberal.
Gustavo Gutiérrez ha expresado una gran admiración por Karl Barth y su pertinencia para América Latina.
Señala que Bultmann, que pretende hablar por el ser humano de hoy, de hecho "ignora las cuestiones que vienen del mundo de la opresión", mientras que Barth, el teólogo de la trascendencia de Dios, es sensible a la situación de las víctimas de la explotación.
"El que parte del 'cielo' es sensible a aquellos que viven en el infierno de este mundo, el que parte de la 'tierra' no ve sobre qué situación de explotación ella está construida". (La fuerza histórica de los pobres, Lima: CEP 1979, pp. 372-3; cf. 326-28, 408-14 y para su crítica de la teología liberal pp. 323-5).
Continuará: La teología neo-evangélica o evangélica radical

Fuente: Protestantedigital, 2016.

martes, 8 de diciembre de 2015

Para comprender el pentecostalismo (II)



Por. Carlos Martínez García, México
Cierta historiografía incurre en errores al desconocer las manifestaciones pentecostales en la historia del cristianismo. Incluso tal confusión se ha difundido en espacios propios del pentecostalismo. Muchos hacen un salto histórico de los acontecimientos descritos en el segundo capítulo de Hechos hasta la emergencia de movimientos pentecostales hacia fines del siglo XIX y principios del XX. En su obra, Eldin Villafañe da una panorámica que refuta la versión mencionada.
Villafañe señala que “El descenso de Dios en el día de Pentecostés es la narrativa por excelencia del pentecostalismo[…] El simbolismo (o, en términos técnicos la tipología) es significativo, Dios estaba estableciendo un nuevo pacto con su pueblo a través de Jesucristo y mediante el poder del Espíritu Santo”. En esta perspectiva, Pentecostés se reconoce “como el comienzo de la iglesia cristiana. El nuevo pacto fue iniciado en los creyentes. Y como la antigua Fiesta de las Semanas conmemoraba el inicio de la siega o cosecha dedicando los primeros frutos de la cosecha, ahora los creyentes eran los primeros frutos de una gran cosecha espiritual”.
El acontecimiento de Pentecostés, su significado misional, fue paulatinamente marginado en la Cristiandad, aunque siempre hubo movimientos y personajes que señalaron su centralidad y manifestaron experiencias carismáticas. En la reelaboración histórica de sus ancestros, los pentecostales cuentan con fuentes que trazan la presencia de precursores suyos desde el siglo II hasta el XIX. En este tópico una obra esencial es la de Stanley M. Burgess, Christian People of the Spirit: A Documentary History of Pentecostal Spirituality from the Early Church to the Present, New York University Press, 2011. En español está un libro que va en el mismo sentido del anterior, el de Pablo Deiros, La acción del Espíritu Santo en la historia (lluvias tempranas, años 10-550), Grupo Nelson, 1998.
Eldin Villafañe cuestiona sobre por qué fueron disminuyendo las expresiones pentecostales en la historia de la Iglesia Cristiana. Estas son sus consideraciones al respecto: 1) La carencia de una justificación teológica acerca de los carismas una vez desaparecida la generación apostólica. 2) Escasa o nula enseñanza que justificara exegéticamente y teológicamente la continuidad de los carismas una vez cerrado el canon bíblico. 3) Excesos emocionalistas en la expresión de los carismas, lo que llevó a su rechazo en el cristianismo mayoritario. 4) Existencia de falsos profetas que erosionaban o hacían subestimar a los profetas verdaderos. 5) Temores en la Iglesia oficial sobre que su autoridad y poder fuese infravalorada. 6) Institucionalización y estructura organizacional vertical de la Iglesia predominante, cuya consecuencia fue la centralización de poder en los obispos. 7) Fortalecimiento y uniformización de la liturgia en los servicios religiosos. 7) Enfriamiento espiritual y formalismo en la vida de los cristianos. 8) Corrupción y pecaminosidad en la vida y ministerio de los clérigos. 9) La “helenización” de la Iglesia y su correspondiente énfasis en la racionalidad de la fe. Algunos lo pondrían como el triunfo de la cosmovisión helenística sobre la cosmovisión hebraica”.
En los avivamientos de los siglos XVIII y XIX hubo expresiones carismáticas, aunque la tendencia general de los mismos fue la búsqueda de conversos y de santidad. Al inicio del siglo XX emergieron personajes y movimientos cuyo énfasis fue el bautismo del Espíritu Santo, una recuperación del Pentecostés. El primero de enero de 1901, en la Escuela Bíblica Bethel, en Topeka, Kansas, que lideraba Charles Fox Parham, una estudiante (Agnes N. Ozman) tuvo la experiencia de hablar en lenguas, hecho que después se generalizo a todo el cuerpo docente y estudiantil. Por su parte Evan Roberts, en Gales, encabezó campañas revivalistas (1904-1905) en las cuales hubo manifestaciones carismáticas muy parecidas a las que después se generalizarían en las posteriores congregaciones pentecostales. En la India, en la Misión Mukti encabezada por una mujer, Pandita Ramabai, en 1905, fueron centrales las expresiones pentecostales.
Fue en un barrio marginal de Los Ángeles, California, en la calle Azusa, a partir de abril de 1906, cuando bajo el liderazgo del afroamericano William J. Seymour trascendió más allá de los pequeños círculos que buscaban un avivamiento de la fe evangélica la propuesta del pentecostalismo y la misma llegaría a ser el rostro predominante en el cristianismo evangélico global. De ser los pentecostales y carismáticos “un puñado de creyentes al comienzo del siglo pasado [han llegado a representar] un estimado mundial de 530 millones (1999), hoy 625 millones o más y siguen creciendo”.
Villafañe subraya cuatro características que singularizaron el movimiento de Azusa Street, que consideraremos más detenidamente en la próxima entrega: 1) Pasión por el evangelismo y misión, proclamación del Evangelio con el objetivo de hacer conversos y cumplimiento de ir a todos los rincones del mundo. 2) Práctica de la unidad cristiana o espíritu ecuménico, logrando esto por medio de la acción del Espíritu Santo en los creyentes de variados trasfondos denominacionales. 3) Portada de la experiencia pentecostal, ya que la “glosolalia, sanidades, profecía, visiones, milagros, y otras señales y prodigios por el poder del Espíritu Santo han caracterizado la espiritualidad pentecostal y carismática desde la calle Azusa”. 4) Paradigma de inclusión de raza, clase, etnia y género.

Fuente: Protestantedigital, 2015.