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domingo, 11 de enero de 2015

¿HAY PROFETAS EN LA IGLESIA DEL SIGLO XXI?



Por. Juan Stam, Costa Rica*
Cada principio de enero supuestos profetas presagian los sucesos del nuevo año que comienza, como una especie de super-horóscopo. Con suerte se cumple la mitad de sus especulaciones, lo que considera "un buen porcentaje". Qué diferente de la ley de Moisés, que afirma que cuando un "profeta" predice algo y eso no ocurre, el tal "profeta" merece la pena de muerte. Si esa ley se aplicara hoy, nuestros cementerios estarían llenos de cadáveres de profetas. Claro que nada de ese circo es "profecía" en el sentido verdadero. El concepto bíblico de la profecía se descubre mejor por el análisis de los escritos proféticos de las escrituras hebreas (Isaías a Malaquías, en nuestro canon), junto con los "profetas anteriores" (Moisés, Miriam, Samuel, Elías, Eliseo, Natán etc). Ese grupo numeroso no se caracterizaba por concentrarse en el futuro a expensas de su contexto del presente. Al contrario, su eje central era el cumplimiento fiel del pacto de Dios con Israel y con las demás naciones.
¿ES PARA HOY EL DON DE LA PROFECÍA?
En mis primeros años de profesor yo enseñaba la doctrina de B.B. Warfield, que los dones carismáticos de la iglesia terminaron con la muerte del último apóstol. Fue un breve trabajo de un estudiante panameño que me convenció de mi error y me motivó a estudiar el tema de la profecía. El texto clave para mi "conversión" fue 1Cor 14:29-33 29 En cuanto a los profetas, que hablen dos o tres, y que los demás examinen con cuidado lo dicho. 30 Si alguien que está sentado recibe una revelación, el que esté hablando ceda la palabra. 31 Así todos pueden profetizar por turno, para que todos reciban instrucción y aliento. 32 El don de profecía está bajo el control de los profetas, 33 porque Dios no es un Dios de desorden sino de paz. Este pasaje, tan lleno de sorpresas, no trata de profetas itinerantes o "de oficio" sino de mensajes proféticos que surgían espontáneamente en medio del culto. Eran profetas congregacionales, en Corinto más de veinte años después del Pentecostés.
Parece que eran muchos, tanto que Pablo tuvo que ordenar la situación. Es obvio que la profecía no funciona aquí como "señal de apóstol" sino como don carismático de la congregación. La palabra profética va para la comunidad de fe, y por eso todos ellos (hoi alloi) están llamados a juzgarla (diakrinô, evaluar, discernir), ya que todos son portadores/as del Espíritu de Dios. La iglesia debe escuchar la profecía y recibirla con respeto, pero con discernimiento crítico (cf. 1Tes 5:19-21, "No apaguen el Espíritu. no desprecien las profecías", pero "sométanlo todo a prueba" 5.21, dokinazô). Lo más significativo en este texto es que describe esta profecía congregacional como revelación (apokaluptô, Dios [se] revela, cf. Rom 1:17,18). Según la Biblia, Dios se revela de distintas maneras. Su máxima revelación es Jesucristo, el Dios encarnado (Jn 1:,14,18; Heb 1;1-2). Segundo, la Palabra escrita, inspirada por el Espíritu, da testimonio de él (1Cor 2:9-13; Jn 5:39).[1] Además. La creación revela a su Creador (Sal 19:1-6; Rom 1:18-21). Y según nuestro texto, las profecías, debidamente escrutadas y convalidadas, son también revelación de Dios y su voluntad 1Cor 14:30; cf. Jn 16:8-13).
¿QUÉ ES LA PROFECÍA? ¿QUÉ SIGNIFICA "PROFETIZAR"?
Pocas palabras están tan malentendidas como las palabras "profecía, profetizar". Se da por sentado que profetizar es vaticinar eventos futuros u otras veces que es la manifestación abierta de información secreta. De hecho, eso es el concepto pagano del término (los oráculos griegos, la Sibila, Nostradamus, el horóscopo). Entonces surgen falsos profetas que se creen dueños de la palabra divina y no invitan el cuestionamiento ni lo toleran. Es claro que Dios conoce el futuro, y lo ha revelado, pero no sólo para que conozcamos cosas del mañana, sino para que cumplamos su voluntad hoy, en el presente, a la luz del porvenir.[2] Los profetas no eran futurólogos, mucho menos adivinos ni pitonisas. No eran profetas porque vaticinaban el futuro sino porque entendían el presente a la luz de la voluntad de Dios. Si no predecían nada futuro, no eran menos profetas. El profeta es profeta porque trae un mensaje de Dios para el pueblo y para los pueblos. Estudiosos de las escrituras, analizando bien las acciones y los escritos de los profetas hebreos, han encontrado lo esencial y definitivo del profetismo en su doble función de denuncia y de anuncio.
Denuncian los pecados e injusticias, tanto fuera de Israel (Amós 1:3 - 2:3) como dentro del pueblo de Dios (Amós 2:4-12). Su lenguaje era fuerte, no siempre amable (igual que el de Jesús). Anuncian juicio y salvación para Israel y las demás naciones y hasta una nueva creación (Isa 65:17). Para hacer todo eso, los profetas tenían que ser como los hijos de Isacar, "entendidos en los tiempos, que sabían lo que Israel debía hacer" (1Cron 12:32). Eran profetas porque veían su mundo con los ojos de Dios y sus corazones ardían con celo por la voluntad de Dios.
JUAN Y EL APOCALIPSIS
Juan de Patmos, autor del Apocalipsis, nos da el ejemplo perfecto de lo que significa ser profeta. Su libro comienza con dos visiones del Señor, primero como Hijo de hombre (Apoc 1-3) y después como "el que está sentado en el trono" (Apoc 4-5). Al final del capítulo cinco Juan está escuchando la adoración de millones de ángeles (5:11-12), y en seguida está escuchando el clamor de las víctimas de guerra, explotación, epidemias, persecución y terremotos (cap. 6).
El profeta ha estado con Dios, pero está también, plenamente, con su pueblo. Ve a Dios, pero también está viendo, analítica y críticamente, las realidades históricas. Si solo está viendo al cielo, puede ser un místico pero no un profeta. (Por eso, "profetas" y "profetisas" que no tienen una clara visión de la realidad histórica, no merecen ninguna credibilidad). Por otra parte, quienes solo ven la realidad histórica, sin verla con los ojos de Dios, pueden ser sociólogos o políticos pero jamás profetas tampoco. El profeta Juan cumple también la doble función que marcaba el mensaje de los antiguos profetas hebreas. Juan denunció los pecados de las siete iglesias, atacó el culto al emperador (13:2,4) y condenó vehemente los crímenes del imperio romano.[3] A la vez anunció el juicio contra los opresores, el triunfo del bien sobre todo mal, y sobre todo, anuncia una nueva creación, una nueva comunidad y un nuevo paraíso (Apoc 20-22). ¿Habrá en toda la literatura del mundo un libro más esperanzador que el Apocalipsis?
LOS PROFETAS SON FALIBLES Y CUESTIONARLOS UN DEBER CRISTIANO
Entre las congregaciones que fundó San Pablo, hubo dos extremos en cuanto a la profecía. En Tesalónica apagaban al Espíritu, despreciando las profecías (1Tes 5:19-20). Eran lo que hoy llamaríamos "anti-pentecostales" A ellos, Pablo les manda dejar de actuar así, pero a "someterlo todo a prueba", es decir, ni rechazar las profecías de antemano ni tampoco creerlos ciegamente, sino examinarlas y retener lo bueno. Tenía que tomar las profecías más en serio pero con discernimiento maduro, para no ser engañados por falsos profetas. De 1Cor queda claro que en Corinto existía el otro extremo.
Su tendencia de sobrevalorar los dones carismáticos los llevaban a exageraciones, abusos y en general mucho desorden. Hoy los llamaríamos "ultra-pentecostales". Con una libertad a veces excesiva, casi todos querían hablar lenguas y profetizar, aparentemente creyendo que las lenguas y las profecías fueran Palabra de Dios sin mediación humana falible y hasta pecaminosa. A ellos Pablo les manda poner en orden su conducta, a profetizar uno a la vez y no más de dos o tres en cada culto, Además. al mandar que "los demás juzguen" cada profecía (hoi alloi diakrinô), Pablo repite, en otras palabras, la exhortación de 1Tes 5, de examinar (dokimazô) las profecías antes de recibirlas como revelación.
Nótese que los verbos "examinar" y "juzgar" en estos textos están en el modo imperativo. Todos los fieles, como portadores/as del Espíritu de Dios, tienen el deber de aportar a la valoración crítica de las profecías y demás mensajes. La iglesia cristiana debe ser una comunidad de personas de convicciones claras y fuertes, como eran los profetas hebreos. No es ni locura ni soberbia sentirse guiado por el Espíritu Santo hacia una percepción de la voluntad de Dios para la iglesia y para la nación. La soberbia consiste más bien en menospreciar la voz profética de otros creyentes. Esta visión bíblica choca frontalmente con modernos conceptos de tolerancia y del amor como no criticar al otro/a. El mismo concepto de profecía como revelación es contracultural hoy en una sociedad muy acostumbrada a "menospreciar la profecía" como también la revelación misma. Continuará: “Pentecostés: una Iglesia profética de cristianos proféticos”
Continuará: “Pentecostés: una Iglesia profética de cristianos proféticos”
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NOTAS AL PIE
[1] Ver "la inspiración de las escrituras", www.juanstam.com, I5 de mayo de 2010.
[2] Ver Stam, Apocalipsis Tomo I, pp. 17-19, "Juan de Patmos habla del futuro, pero desde su presente y para su presente". Cf. Tomo III, pp. 123-125, "Juan no era futurista, tampoco preterista, sino que mantenía siempre juntos el 'ya' y el 'todavía no'".
[3] Interpretado en su contexto histórico-exegético, el Apocalipsis denuncia las estructuras políticas, militares, económicas e ideológicas del impero romano. Resistió la tentación de solo tratar de resolver los problemas de la iglesia y de protegerla contra peligros. Fue un atrevimiento profético casi loco. Ver "Apocalipsis y el imperio romano" en www.jaunstam.com  (11 de enero 2010) y los cuatro tomos de mi comentario sobre el Apocalipsis.

viernes, 9 de enero de 2015

“Hemos vengado al profeta Muhammad”



(Fuente: Cristianisme i Justicia. Autor: Jaume Flaquer, S.J.) Con este grito disparaba a discreción uno de los terroristas en las oficinas del semanario satírico Charlie Hebdo, una especie de “El Jueves” francés, provocando al menos doce muertos. Este semanario ya había recibido diversas amenazas y había sido atacado en noviembre de 2011 después de sacar una edición especial titulada “Charia Hebdo” sobre el triunfo de los islamistas en Túnez.
Recordemos unos años antes, en 2005, el diario danés Jyllands Posten publicó doce caricaturas de Muhammad, una de ellas con un turbante-bomba, que incendiaron de cólera el mundo islámico a inicios de 2006. Dos años después, la policía evitó el asesinato del dibujante.
A raíz de todo esto, Charlie Hebdo sacó pecho y denunció satíricamente el fundamentalismo islámico con una explosiva portada en la que se veía a Muhammad diciendo: “¡Es duro ser amado por estúpidos!”. Esto sucedía también en 2006. Más recientemente, leíamos “El Corán es una mierda, no detiene las balas”, en la portada del 19 de julio de 2013, dónde un islamista egipcio intentaba defenderse con el Corán de unos disparos. En otro número presentaba una “vida de Muhammad” no menos desagradable.
A pesar del mal gusto de este tipo de periodismo, y del humor-denuncia a través del insulto que se extiende hacia todas las demás religiones, nada puede justificar un atentado terrorista. Así lo ha entendido el presidente de la conferencia de los imanes de Francia cuando se ha apresurado a considerar a las víctimas del semanario como verdaderos “mártires” y denunciando a los terroristas diciendo: “Pero ¿de qué Profeta están hablando? No tenemos el mismo profeta. Su profeta es el del odio y del horror”. El imán de al-Azhar y la Liga Árabe también han condenado firmemente el atentado.
La actual situación del Próximo Oriente debe prepararnos en Europa para este tipo de atentados, y mayores incluso. El Estado Islámico ha hecho un llamamiento a todos los musulmanes a incorporarse al Estado Islámico en Siria y a legitimar únicamente su estancia en Europa con atentados.
Pero, no nos engañemos, la guerra no es entre el islam y Occidente sino que en realidad se trata de una verdadera guerra civil en el interior del islam entre diversas maneras de entender el mensaje del Profeta. En ésta guerra, lo que está en juego es si de verdad se ha de aplicar literalmente la ley islámica medieval o bien debe existir una nueva legislación para los tiempos actuales. La respuesta no es tan sencilla puesto que la mayoría de los musulmanes han sido educados en una mitificación de sus orígenes, en una exaltación de la expansión musulmana y en un principio de fe según el cual la última legislación revelada es la descendida sobre el Profeta Muhammad. Ésta ha sido demasiado rápidamente identificada con los códigos jurídicos de los s.IX y X. En la práctica, lo que sucede en el interior del islam es que la mayoría de musulmanes continúa leyendo esta literatura medieval, que llena las librerías islámicas, pero considerando que no deben aplicarse en su gran mayoría, sino que deben presentarse como una “advertencia” de Dios sobre la gravedad de ciertos comportamientos humanos. Por ello, la mayor parte de los países musulmanes combina elementos del derecho occidental (especialmente el francés) con algunos inspirados (no literalmente) en la ley islámica tradicional.
Este “gap”, este salto entre la literatura medieval leída y admitida, y su no aplicación es el punto de apoyo ideológico del fundamentalismo islámico actual.
Por ello, contra lo que cree una parte de la opinión pública occidental, los musulmanes sí condenan los atentados, sí condenan el terrorismo islámico, puesto que en la mayoría de los casos son ellos mismos los que lo sufren y son víctimas. Pero su voz no llega oírse porque, creo yo, no llega a tocar el verdadero problema: el estudio científico sobre el origen del islam, sobre la historia de redacción del Corán y sobre el verdadero proceso de formación de los códigos jurídicos medievales. El fruto de todo ello no será otro que el recentramiento en la pura adoración de la unicidad divina.
Mientras, Occidente ha de ser cauta e inteligente para distinguir el mundo salafí fundamentalista del tradicionalismo islámico (pero pacífico) que domina el panorama europeo. De lo contrario, dejaremos crecer la islamofobia con la ingenua creencia que estamos culturalmente tan desarrollados que no podemos volver al pasado, al oscuro pasado que dio lugar a la expulsión de los moriscos.

Fuente citada&Lupaprotestante, 2015.
VIDEO DEL ATAQUE

martes, 6 de enero de 2015

El Dios que quiso ser niño



Por. Juan Stam, Costa Rica
Para los que creemos profundamente en la deidad de Jesucristo y estamos convencidos de que él era (y es) Dios, nos resulta algo difícil reconocer también su plena humanidad. La primera herejía cristológica, que el Nuevo Testamento asocia con el Anticristo, es la de negar que Jesucristo ha venido en carne (1 Jn 4:3; 2 Jn 7). Aunque nos pueda parecer muy espiritual y santo exagerar exclusivamente el carácter divino de Jesús y minimizar o negar su humanidad, y muchos tenemos algo de esa tendencia, de hecho es un error gravísimo. El Nuevo Testamento enseña que Jesús es tan Dios como el Padre, pero también tan humano como cualquier de nosotros. De hecho, más humano, porque no tenía nada del pecado que nos deshumaniza a nosotros.
Cuando Juan 1:14 declara que "el Verbo fue hecho carne", al escoger la palabra "carne" enseña en una forma muy enfática la plena identificación de Cristo con nuestra humanidad. El término "carne" sugiere nuestra debilidad como seres humanos, nuestra vulnerabilidad y aun nuestra inclinación hacia el pecado. Y esa es la naturaleza humana que el Verbo eterno quiso asumir al nacer entre nosotros. No nació con alguna naturaleza humana privilegiada, inmune a la tentación y las angustias de nuestra vida humana, como una especie de "Superman" o ángel divino que sólo aparentaba ser humano. Él era realmente humano, era "carne". El verbo "fue hecho" en Juan 1:14 es el mismo verbo que aparece in 1:3, "todas las cosas por él fueron hechas" y 1:10, "el mundo fue hecho por él". Como Verbo eterno, era Creador del Universo. Pero ahora él mismo "fue hecho" lo que no había sido antes; fue hecho un ser humano en carne como la nuestra.
El Creador mismo, en su infinito amor, aceptó ser hecho criatura, para salvarnos a nosotros. Por eso el mismo verbo aparece en 1:12: porque él quiso ser hecho carne, nosotros podemos "ser hechos hijos de Dios" en él. ¡Que increíble! ¡El Dios eterno e infinito, en la persona divina del Verbo, quiso nacer como un bebé! ¡Se convirtió en un paquetito de vida y amor envuelto en pañales y acostado en un pesebre! Fue Dios que dormía en ese pesebre, pero no fue Dios Padre ni fue el Espíritu Santo sino que fue el Verbo que desde la eternidad quiso nacer entre nosotros. Eso es lo que celebramos cada año en la Navidad. El Nuevo Testamento nos enseña que Jesús nació por concepción virginal, sin padre biológico, pero nos enseña también que el embarazo de María era plenamente humano hasta que "se cumplieron los días de su alumbramiento" (Lc 2:6). De eso queda evidente que Jesús no sólo nació como bebé, sino también que durante unos nueve meses vivía encerrado dentro del vientre de su madre, como cualquier otro bebé en formación. Eso nos resulta aún más increíble. ¡Lo infinito reducido físicamente a lo más diminutivo, hasta un embrión microscópico! ¡Jesucristo es el Dios que quiso ser un feto prenatal! San Lucas insiste también en que Jesús tuvo una infancia y una niñez muy humanas y muy normales.
De su pariente Juan (Jesús tuvo una familia extendida), Lucas dice que "el niño crecía y se fortalecía" (Lc 1:80), y de la misma manera dice de Jesús que "el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría" (Lc 2:40). Jesús no nació con la cabeza llena de conceptos teológicos; al nacer, ni sabía hablar. Sin lugar a dudas, aprendió a hablar como aprende todo niño, y después aprendió a leer y escribir. Y crecía. Aún a los doce años, después de su brillante diálogo con los maestros en el templo (Lc 2:41-47), no dejó de crecer sino que "crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los demás" (2:52). Jesucristo es el Dios que quiso ser muchacho. Es el Dios que quiso hacerse plenamente humano, para hacernos a nosotros también plenamente humanos. "Y el Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros" (Jn 1:14). Su origen y naturaleza divina no lo separó de la comunidad que le rodeaba. Jesús no moraba en las nubes, en las alturas místicas ni en un monasterio espiritual de piedad individualista. "Tomó residencia en la tierra", como dijera Pablo Neruda. Su vida humana fue una constante y profunda relación con los demás seres humanos, con los que quiso compartir en lo más profundo toda la realidad de nuestra vida. En Cristo Dios quiso estar más cerca de nosotros. Jesucristo es el Dios que quiso ser nuestro vecino.
La celebración de la Navidad nunca debe separarse de esa otra gran celebración cristiana, la Semana Santa. Esa carne que Jesús asumió al nacer, un día la entregó por nosotros sobre una cruz. Esta fue la última expresión de su identificación con nosotros, la expresión final y definitiva de su amor. Durante el Sábado Santo fue un muerto (Ap 1:18; 2:8, "fui cadáver"), pero al tercer día resucitó a novedad de vida. Jesucristo es el Dios que quiso compartir nuestra muerte con nosotros, para que nosotros podamos morir con él y compartir su vida eternamente.

Fuente: Protestantedigital, 2015.

sábado, 3 de enero de 2015

Predicadores poderosos



Por. Pedro Álamo, España*
Después de escuchar a innumerables personas predicar sobre las Escrituras he observado que algunas lo hacían de forma mecánica, otras se limitaban a leer un texto que habían preparado con mayor o menor acierto, otras articulaban frases más o menos coherentes, otras se esforzaban para intentar comunicar algo, otras daban una clase magistral como si de alumnos de un colegio se tratara…, y otras llegaban a lo más profundo del corazón. Reflexionando en esto he llegado a la conclusión de que solo en la medida en que tenemos un encuentro con la Palabra podremos transmitir el mensaje de Dios por la fuerza del Espíritu.
Predicar es más que hablar en público, más que articular frases ordenadas, más que seguir las reglas de la oratoria… Hablar es lo que hacen los políticos cuando se les llena la boca de promesas que no van a cumplir; hablar es lo que hacen algunos tertulianos en las distintas emisoras de radio cuando son confrontados con una pregunta incómoda y dan vueltas a una idea sin decir absolutamente nada; hablar, en muchas ocasiones, quizás demasiadas, es lo que hacen los que intentan manipular a sus oyentes con palabras persuasivas, buscando sus propios intereses y no los intereses de los demás…
Insisto, predicar es más que hablar, es más que articular palabras de una forma ordenada. Cada vez que escucho un sermón, me pregunto si el orador está llegando a los oyentes, si el mensaje traspasa la corteza cerebral y alcanza lo más profundo de nuestro ser, si ha “tocado” el corazón en el sentido bíblico del término (sede del pensamiento, sentimiento, voluntad e intenciones). También pregunto a la persona con la que comparto mi vida si piensa que el sermón escuchado en la iglesia ha llegado a los demás y, normalmente, hay coincidencia de criterio. Además, hago estas preguntas cuando me ha tocado a mí compartir el mensaje de la Palabra y, siendo honesto, he descubierto momentos en los que he logrado llegar a lo más profundo del corazón y momentos en que he notado barreras propias y ajenas que obstaculizaban la transmisión del mensaje del Señor. En unos casos la predicación ha sido poderosa; en otros, ha sido pobre.
Siguiendo las reglas más básicas de la comunicación, que un mensaje “conecte” depende del orador y del oyente; pero creo que es responsabilidad del que habla captar la atención de su auditorio e intentar transmitir activamente el mensaje. En este sentido, la motivación es clave para lograr el objetivo.
Por ello, vuelvo a recalcar que, solo en la medida en que tengamos un encuentro con la Palabra, podremos transmitir el mensaje de Dios por la fuerza del Espíritu. Por ello, para motivar al auditorio, el orador ha de haber sido persuadido previamente al encontrarse con la Palabra. El término “motivación” proviene del latín “motivus”, movimiento y el sufijo “-ción”, acción. De esta manera, si uno mismo no ha sido motivado, jamás podrá motivar a los demás; si uno no ha sido “movido” en su interior, jamás podrá mover a la acción a los demás.
Moisés se encontró con el Señor y fue comisionado para llevar un mensaje a Israel: “Yo os sacaré de la aflicción de Egipto a la tierra del cananeo…, a una tierra que fluye leche y miel”, dice el Señor (Éxodo 3.17). Más adelante, Moisés llega a Egipto y va a la presencia de Faraón para transmitirle el mensaje de Dios: “Deja ir a mi pueblo” (Éxodo 5.1). Moisés vuelve a tener un encuentro con Dios y le da un recado para transmitir a Israel, un mensaje de esperanza, de futuro (Éxodo 6.1,ss.). El pueblo no escuchó las palabras de Moisés a causa de la congoja que tenía y de las duras condiciones en que trabajaba (Éxodo 6.9). Lo importante de este relato es la capacidad y valentía que demostró Moisés al ir a hablar a un pueblo oprimido, sometido, esclavizado y la osadía que tuvo para enfrentarse a Faraón, Rey de Egipto, uno de los imperios más formidables de la época. El resultado ya lo conocemos. Moisés guió al pueblo de Dios hacia la tierra prometida porque había tenido un encuentro con Dios que había transformado su propio corazón, lo que le llevó a transmitir el mensaje del Señor con poder.
Otro relato trascendente lo encontramos en el segundo libro de los Reyes 22.1,ss., y tiene que ver con el hallazgo del libro de la ley; la profetisa Hulda fue consultada y ésta dio un mensaje de parte de Dios para el Rey Josías: “Por cuanto oíste las palabras del libro, y tu corazón se enterneció, y te humillaste delante de Jehová…” (2º Rey 22.18-19). El Rey Josías mandó llamar al pueblo, desde el más chico hasta el más grande y leyó la Palabra y, después, se puso en pie e hizo pacto delante de Jehová (2º Rey 23.1,ss.). Al tener un encuentro con la Palabra, el rey transmitió el mensaje al pueblo y decidió cambiar las cosas desarrollando una serie de reformas.
Viene a mi mente el encuentro con la Palabra que tuvo el pueblo de Dios cuando Esdras lee la ley ante todos los que podían entender (Neh 8.1,ss.). Hay algunas anotaciones en el texto que merece la pena resaltar. Dedicaban gran parte del día a la lectura de la Palabra y los levitas hacían entender al pueblo la ley” (Neh 8.7) y añade: “Y leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura” (Neh 8.8). El resultado fue confesión de pecado (Neh 9), compromiso de guardar la ley de Dios (Neh 9.38-10.1,ss.) y celebración (Neh 12.,27,ss.). Tanto el escriba Esdras, como los levitas y el Gobernador Nehemías tuvieron un encuentro con la Palabra y la expusieron al pueblo de Dios; solo así se puede transmitir el mensaje de Dios con poder.
El apóstol Pablo solicita a Timoteo: “Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2ª Tim 4.2). Hay quien usa el púlpito para transmitir sus propias ideologías, sus pensamientos religiosos, sus preferencias teológicas… Pero eso no es predicar el mensaje de Dios. El apóstol exhorta a predicar la Palabra y, para esto, hay que tener un encuentro con el Dios de la Palabra y, solo entonces, se puede transmitir el mensaje del Señor con la fuerza del Espíritu.
Al tener un encuentro con la Palabra, afectamos a todo el ser personal: pensamientos, sentimientos, voluntad, intenciones, decisiones… Todo queda influido por la Palabra, no nos deja impasibles, nuestro corazón se renueva y efectuamos cambios en nuestra vida. Solo a partir de ese momento estamos en condiciones de compartir el mensaje de Dios con la fuerza del Espíritu. Ahora bien, si nos empeñamos en hablar las Escrituras sin haber sido previamente persuadidos por ellas, sin haber sido “tocados” por el Señor de la Palabra, el mensaje que transmitiremos carecerá del poder de lo alto y su efecto será mínimo.
Hay Comunidades que tienen programas planificados de lectura y textos que sirven de base para los sermones dominicales. Nada en contra de ello siempre y cuando el predicador disponga del tiempo suficiente para tener un encuentro con la Palabra, lo que no siempre se consigue y, por lo tanto, el efecto de su sermón será pobre en los oyentes. Si se predica sobre un texto porque ese día toca hablar sobre ese pasaje determinado corremos el riesgo de hilvanar palabras sin que hayamos tenido un encuentro con la Palabra y, entonces, no se podrá compartir el mensaje de Dios con la fuerza del Espíritu; en este caso, el sermón se convierte en una conferencia fría, distante, separada de las vivencias cotidianas de los oyentes, carecerá de valor espiritual y el efecto será nulo…
Conviene, por tanto, que el predicador tenga un encuentro con la Palabra que afecte a su propia vida y, entonces, estará en condiciones de compartir el mensaje de Dios para llenar las necesidades de sus oyentes llegando a su corazón (pensamiento, sentimiento, voluntad, intenciones, decisiones…). Es preocupante observar cómo, muchas veces, después de un sermón dominical, todo sigue igual, no hay cambios, no se toman decisiones y esto es porque no se ha escuchado la voz de Dios; sí, se ha leído la Biblia, se ha oído un sermón, se ha estado atento a las palabras emitidas por el orador, pero no se ha producido un encuentro con Dios.
Hay predicadores que solo se dirigen a las emociones de los oyentes y otros que solo se dirigen al intelecto. Pero no podemos olvidar que somos seres pensantes y emocionales. Creer no es solo pensar sino, también, sentir; creer no es solo sentir sino, también, pensar. Cuando uno se encuentra con Dios, no solo se piensa, también se siente y la voluntad queda afectada no solo por lo que se piensa sino, también, por lo que se siente. Por ello, el mensaje se ha de dirigir no solo al pensamiento, sino a todo el ser personal, incluyendo los sentimientos, la voluntad, las intenciones…
Predicar es más que hablar. Predicar tiene que ver con un encuentro con el Señor antes del sermón, con pensar en las necesidades de la Comunidad, con prepararse a conciencia para transmitir el mensaje de Dios y con guiar a la iglesia a encontrarse con el Señor, Dios todopoderoso, mediante la fuerza del Espíritu. El pensamiento quedará afectado, los sentimientos serán transformados, la voluntad será renovada y las decisiones de seguir a Jesús serán tomadas porque el Señor habrá hablado y el pueblo tomará conciencia de que tiene que seguir las pisadas del Maestro para construir un mundo mejor mientras espera que él venga para hacer un mundo nuevo.
Solo en la medida en que tengamos un encuentro con la Palabra podremos transmitir el mensaje de Dios por la fuerza del Espíritu y ser canales para operar cambios en el pueblo de Dios. Entonces, la predicación será poderosa y cumplirá su propósito, no de entretener, sino de cambiar el corazón.
*Pedro Álamo es Bachiller en Teología, Licenciado en Psicología, Pastor y Profesor de Teología hasta el año 2001. Actualmente ejerce como delegado comercial en una Compañía de servicios tecnológicos para editoriales. Autor de "La iglesia como comunidad terapéutica" y "Consejería de la persona. Restaurar desde la comunidad cristiana", publicados por la Editorial Clie. Miembro de la Iglesia Betel, en L'Hospitalet de Llobregat, Barcelona. Ha participado en tertulias radiofónicas sobre temas especializados de Teología en Onda Rambla, Barcelona.

Fuente: Lupaprotestante, 2015.