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martes, 31 de mayo de 2016

La tensión entre “vivir en” y “no ser” del mundo



Por.  Antonio Cruz, España
Es evidente que Cristo pronunció sus bienaventuranzas pensando no sólo en los apóstoles y demás personas que estaban allí presentes escuchándole, sino también en todos los demás discípulos cristianos que, a lo largo de los tiempos, conocerían tales palabras y se las aplicarían a sus vidas en cada época. Las bienaventuranzas son como un retrato típico del cristianismo constituido por ocho colores diferentes, cada uno de los cuales presenta un matiz distinto y, a la vez, todos se complementan entre sí. 
En ellas descubrimos ciertos aspectos del discípulo de Jesús que tienen que ver con algo muy importante para la vida diaria. Se trata de cómo reaccionamos ante la persecución, la crítica, la difamación, el acoso, los problemas generados por enemigos, etc., pero siempre sólo y exclusivamente causados por el deseo de identificarnos con el reino de Cristo.
El cristiano, aunque viva en sociedad como el resto de la gente, aunque trabaje, consuma, pague sus impuestos a la hacienda pública y una hipoteca por su vivienda o genere residuos como todo hijo de vecino, en realidad, desde el punto de vista bíblico, no pertenece al mundo. No es como los demás porque posee una naturaleza espiritual diferente. Es lo que el Señor Jesús le dice al Padre en oración: Yo les he dado tu palabra, y el mundo los aborreció; porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo (Jn 17:14). Ahora bien, esta tensión entre “vivir” en el mundo y “no ser” del mundo genera inevitablemente problemas de relación con nuestros semejantes que no son cristianos. También Cristo nos advirtió claramente de esta situación: No penséis que he venido para traer paz a la tierra. No he venido para traer paz sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra. Y los enemigos de un hombre serán los de su propia casa (Mt 10:34-36). 
El evangelio crea tarde o temprano división acentuada entre los cristianos y aquellos que no lo son. Dicha división de criterios, valores y formas de entender la realidad es el germen de la persecución. A lo largo de la historia siempre ha sido así y aunque hoy, principalmente en el mundo occidental, se abogue por la tolerancia y el respeto a la pluralidad, lo cierto es que la persecución nunca ha dejado de existir. El no cristiano tiende a burlarse, difamar o acosar al cristiano, sencillamente porque éste es diferente. 
La vida del creyente sincero se caracteriza por el deseo de lealtad a Jesucristo. Se trata de experimentar esa preocupación constante por vivir y hacerlo todo por Cristo, por que sea él quien domine o dirija toda la existencia del individuo, y no la propia persona. Esta es precisamente una de las razones por las que se le persigue, porque imita a Jesús y vive por él. El cristiano resulta molesto al mundo por causa de Cristo. De ahí que nuestro deseo constante debe ser vivir para Jesús y para glorificar su nombre, aunque en ocasiones fracasemos como humanos.
Nuestra vida debería estar más dirigida por el más allá y menos por el más acá. Me explico. Tendríamos que pensar con mayor asiduidad en el cielo y en la vida venidera; intentar que nuestra existencia terrenal estuviera más dirigida por pensamientos trascendentes, por ideas de eternidad y no sólo por lo material, inmanente, cotidiano y finito. A veces, los árboles no nos dejan ver el bosque. Los problemas prácticos de cada día roban ese tiempo precioso en el cual podemos analizar nuestra historia en la perspectiva del destino eterno. El ruido no nos permite, en ocasiones, escuchar la maravillosa sinfonía a la que estamos convidados. Pero la fe es la constancia de las cosas que se esperan y la comprobación de los hechos que no se ven, como bien escribió el autor de la epístola a los Hebreos.
Los hombres y mujeres mencionados en el capítulo once de dicha epístola tuvieron un denominador común en sus vidas que los unía a todos y los proyectaba como una saeta esperanzada hacia el futuro. Abel, Enoc, Noé, Abraham, Sara, Isaac, Jacob, José, Moisés y todos los demás, anduvieron siempre errantes por los desiertos, montañas y cuevas de la tierra sin construir nunca habitáculos sólidos y duraderos, sin echar raíces, sino sabiendo que este mundo no era digno de ellos. Preferían la tienda nómada hecha de pelo negro de cabra al castillo de roca, porque sabían que su verdadera habitación no estaba en este lugar temporal. Su techo era el firmamento repleto de estrellas que podían contemplar durante la noche. Esto les permitía pensar en el más allá y en la ciudad celestial cuyo arquitecto es el Creador. Tal era su gran secreto.
He aquí otra diferencia fundamental entre el cristiano y quien no lo es. El incrédulo hace verdaderos esfuerzos por no pensar nunca en la muerte ni en lo que hay detrás de ella. Esta costumbre de la negación de la realidad de la muerte que se experimenta hoy, quizás con más intensidad que en otros tiempos, está detrás de la ansiosa búsqueda de evasiones y placeres que caracteriza al mundo actual. El ser humano no quiere pensar en el mundo venidero, por eso camufla la cesación de la vida. Vive como si nunca tuviera que morir. A los niños en las escuelas se les explica muy bien, con todo lujo de detalles, cómo vienen sus hermanitos al mundo, pero nadie se encarga de decirles cómo desaparecen sus abuelos o adonde van a parar. La muerte es hoy un asunto tabú para la sociedad occidental. El hombre contemporáneo no está tan preparado para morir como el de otras épocas, de ahí la necesidad de evitar el tema del sufrimiento y la muerte. En vez de enfrentarse a ella cara a cara o de asumir la temporalidad humana, a veces se eligen soluciones fáciles y evasivas como la eutanasia.
Sin embargo, este no querer pensar en la finitud de la vida no parece que haga más feliz al ser humano. Al contrario, lo incapacita para su existencia terrena porque aprender a morir implica también descubrir el valor de la propia vida. Esta puede ser también una causa sutil de persecución contra los cristianos ya que nosotros hablamos mucho de tales asuntos.

Fuente: Protestantedigital, 2016

jueves, 29 de octubre de 2015

¿Quiere Dios la prosperidad material?



Por. Antonio Cruz, España
La teología de la prosperidad se nos revela como una idolatría religiosa que rebaja a Dios y a Jesucristo para ensalzar al hombre y lo diabólico.
El evangelista Lucas no espiritualizó tanto la bienaventuranza de la pobreza como hizo Mateo. Él puso en boca de Jesús estas palabras: Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios (Lc 6:20). Lucas trata con desdén las riquezas materiales y considera que los ricos que se dejan seducir por ellas son dignos de lástima. La abundancia de bienes materiales puede convertirse muy fácilmente en un serio obstáculo para la salvación, sobre todo cuando provoca la desaparición de algo tan importante como el amor al prójimo y la solidaridad. Todos aquellos cristianos que disfrutan en este mundo de prosperidad y que se involucran mucho en la obtención de ganancias materiales, deben preguntarse en qué medida éstas les pueden alejar de Dios. Porque si esto les ocurre, entonces las famosas exclamaciones de Lucas, "¡ay de vosotros, los ricos!" se aplicarían también a ellos. Como escribe Timoteo: Porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores (1 Ti 6:7-10).
La teología de la prosperidad es una nueva tendencia religiosa dentro del protestantismo que vuelve a contemplar la riqueza material y la prosperidad económica como una consecuencia más de la auténtica fidelidad cristiana. Mediante una exégesis deformada y nefasta se ve a Jesús como un hombre rico y próspero que vivía en una gran mansión, manejaba grandes cantidades de dinero y vestía con mucho lujo. Era tan rico, se dice, que se habría visto en la necesidad de buscar un administrador para que le llevara las cuentas. No obstante, a pesar de su buena posición social fue llevado a la cruz por Satanás y allí se transformó en un demonio y fue torturado hasta la muerte. Pero en las mismas entrañas del infierno, Jesús le arrebató las llaves a Satán y salió victorioso. Fue recreado desde un ser satánico a una encarnación de Dios y, por tanto, según sintetiza Hank Hanegraaff a partir de discursos de ciertos paladines de esta peculiar teología de la prosperidad, la lección que debe sacar todo el mundo es que como una encarnación de Dios, tú puedes poseer ilimitada riqueza y perfecta salud -un palacio como el Taj Mahal con un Rolls Royce a la puerta-. ¡Tú eres ahora como un pequeño Mesías recorriendo la tierra! Todo lo que hace falta es que reconozcas tu propia divinidad. Tú también puedes controlar la fuerza de la fe. Nunca más tendrás que orar, “Sea hecha tu voluntad”. Más bien, tu Palabra es una orden para Dios.1
Semejante sarta de herejías encadenadas conduce inevitablemente a la conclusión de que la pobreza es un pecado, puesto que sería consecuencia del fracaso espiritual, mientras que la riqueza material habría que entenderla siempre como el reflejo de una vida espiritualmente abundante. De la misma manera se interpreta la enfermedad y la salud. Por medio de la atribución de significados esotéricos a determinados textos de la Biblia intentan hacer creer a la gente que si sus cuerpos pertenecen a Dios no es posible que pertenezcan también a la enfermedad. Por tanto, si poseen dolencias físicas es por su falta de fe. Y se llega así a situaciones absurdas y dramáticas como, por ejemplo, la de unos padres que retiran la administración de insulina a su hijo diabético o la de creer que los síntomas dolorosos de una enfermedad sólo son trucos de Satanás para convencernos de nuestra debilidad física.
El escaso conocimiento bíblico de ciertas personas que escuchan tales sermones de prosperidad, permite que estos maestros de la mentira del llamado “movimiento de la fe” levanten sus enormes imperios en base a las ofrendas o donativos que les envía la gente crédula y de buena fe. Pero esto no es lo peor. Lo que más daño hace al Evangelio, y al mundo protestante a escala mundial, es el tremendo descrédito que provocan tales predicadores con su herética y nefasta teología. Al extraer los versículos bíblicos de su contexto literario y de su marco histórico, llegan a conclusiones perversas y erróneas, completamente ajenas a la intención inspirada del autor. La gente corre tras la milagrería y cuando descubre que no se cura o que no prospera su cuenta corriente, sino que más bien ocurre todo lo contrario, entonces sobreviene la desorientación espiritual y el sentimiento de que han sido engañados. Muchos terminan en la increencia y en la generalización fácil, afirmando que: ¡todo es mentira! o que ¡todos son iguales! Esto perjudica profundamente la extensión del reino de Dios en la tierra.
Al decir que los humanos fueron creados como duplicados exactos de Dios, incluso en forma y tamaño, se nos está divinizando mientras que el Creador resulta empequeñecido. El poder que se le roba a ese Dios subordinado y sirviente de la creación, ya que siempre está a las órdenes del hombre, se le otorga a Satanás que pasa a ser el dios todopoderoso de este mundo. De manera que el cosmos torna así a contemplar la existencia de dos fuerzas equipotentes, Dios y Lucifer. El dualismo del primitivo gnosticismo vuelve a estar de actualidad y la guerra espiritual entre titanes del universo se pone otra vez de moda. El temor humano refuerza el poder de Satán, de la misma manera que la fe activa a Dios. Mientras tanto, Jesucristo es silenciado y enterrado profundamente en el infierno con lo cual se desvirtúa el auténtico mensaje bíblico. Si el hombre se engrandece, con su fe ocurre lo mismo y, por tanto, se enseña que hay que tener “fe en la fe”, en lugar de tener fe en Dios.
A pesar de los múltiples errores doctrinales y perversiones religiosas que sustentan tales especulaciones de la teología de la prosperidad, hay además un criterio fundamental para dilucidar si se trata de una manifestación auténtica de lo que afirma la Escritura o, por el contrario, es una interpretación claramente perniciosa e idolátrica: ¿contribuye al bien del hombre o lo esclaviza todavía más? Este es el criterio definitivo para evaluar toda religión. Y ante semejante pregunta la teología de la prosperidad se nos revela como una idolatría religiosa que rebaja a Dios y a Jesucristo para ensalzar al hombre y lo diabólico. Sin embargo, a pesar de la aparente revalorización del estatus humano resulta que, en realidad, lo que se consigue es más esclavitud. En vez del auténtico culto a Dios a través del amor al prójimo, se fomenta el anhelo egoísta de tener más y estar siempre sano. El afán por acumular riqueza se antepone a la solidaridad con los hermanos más necesitados o incluso se utiliza a éstos como instrumentos a nuestro servicio. Tal actitud olvida que el cristianismo en la práctica es fundamentalmente un movimiento de amor y solidaridad en favor de lo sagrado que es el ser humano, la humanidad hecha a imagen de Dios.
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1[1] Hanegraaff, H. 1993, Cristianismo en crisis, UNILIT, Miami, p. 26.

Fuente: Protestantedigital, 2015.

sábado, 4 de julio de 2015

¿Hubo evolución química de la vida?



Por. Antonio Cruz, España
El problema del origen químico de la vida sigue siendo irresoluble. Muchas preguntas y planteamientos hipotéticos, pero ninguna solución plenamente satisfactoria.
Darwin estaba convencido de que la vida podía haberse originado a partir de reacciones químicas ocurridas por casualidad en algún charco templado de la Tierra primitiva. Mediante los rudimentarios microscopios ópticos que existían en aquella época no era posible observar y comprender la complejidad existente en el interior de cualquier célula, por simple que ésta fuera. Los naturalistas decimonónicos creían que las células constituyentes de los seres vivos eran simplemente como minúsculas gotitas de gelatina que poseían sólo un oscuro núcleo en su interior. No fue hasta la década de 1930, gracias al invento del microscopio electrónico, que la citología empezó a descubrir las múltiples estructuras y complejas funciones que albergaba el interior celular. Hoy se conocen la mayoría de los componentes celulares, aunque todavía se siguen descubriendo detalles que no dejan de sorprender a los investigadores. Muchos han comparado la célula con una ciudad automatizada ya que las posibles analogías entre los distintos orgánulos citoplasmáticos, o pertenecientes al núcleo, y los artefactos elaborados por la ingeniería moderna son numerosas. Además, se ha podido constatar que la mayor parte de los avances tecnológicos logrados recientemente por el hombre, estaban ya representados y funcionando perfectamente en las células, pero a una escala minúscula. Sobre todo, ciertos mecanismos relacionados con el transporte de sustancias, comunicaciones, eliminación de residuos, defensa inmunológica, etc. Todo esto ha generado la sensación, a medida que se profundiza en el conocimiento del interior celular, de que un habilidoso ingeniero hizo muy bien su trabajo mucho tiempo antes de que los seres humanos empezaran siquiera a diseñar la primera máquina. Pero, lo cierto es que, lo logró mil veces mejor que los ingenieros humanos ya que lo hizo a una escala microscópica.
Teniendo en cuenta lo que se conoce sobre esta increíble complejidad celular, no es sorprendente que las investigaciones acerca del supuesto origen químico de la vida estén en un callejón sin salida. John Maddox, el famoso físico evolucionista inglés que fue director durante más de veinte años de la revista científica Nature, escribió la siguiente declaración: “Sabemos ya cuándo apareció la vida en la superficie de la Tierra, pero aún no sabemos cómo empezó a existir. Ya se están haciendo serios intentos de localizar planetas en órbita alrededor de otras estrellas, capaces de albergar seres vivos de alguna clase. Pero, ¿cómo vamos a saber que hemos encontrado un planeta capaz de sustentar vida, si en general ignoramos cómo surgió la vida espontáneamente en la superficie primitiva de nuestro propio planeta?”.1 El origen de la vida en la Tierra sigue siendo el gran misterio no resuelto de la ciencia contemporánea. A pesar de ello, se han propuesto numerosas hipótesis con la intención de explicar tal enigma sin recurrir al diseño. Básicamente, pueden resumirse en las tres siguientes: auto-organización de la materia, panspermia y evolución química.
¿Es capaz la materia inerte de organizarse a sí misma y generar de manera natural la complejidad que requieren las células vivas? ¿Existe alguna fuerza misteriosa en las entrañas de lo material -todavía por descubrir- que pueda realizar semejante proeza? Lo que sabemos de los procesos naturales sometidos a las leyes físicas y químicas, es que son capaces de generar estructuras complejas como los cristales minerales o las figuras geométricas de los copos de nieve. Sin embargo, más allá de dicha complejidad, no existe constatación experimental de que la materia inorgánica sea capaz de convertirse por sí sola en las macromoléculas imprescindibles de los seres vivos. Existen hipótesis pero no hechos demostrados. La característica fundamental de los componentes que constituyen a los organismos no es sólo la complejidad sino también la especificidad. Además de moléculas complejas, las células vivas requieren que dichas estructuras químicas posean un elevado grado de información biológica que las califica para realizar funciones precisas e inteligentes. Esto es lo que se observa en el ADN, el ARN y las proteínas. El problema es que, a pesar de la creencia indemostrable en el presunto poder de la selección natural, la naturaleza es incapaz de generar estructuras que sean a la vez complejas y específicas. Las leyes físicas y químicas no pueden crear la información que necesita la vida. Por tanto, la idea de la auto-organización espontánea de la materia, hoy por hoy, sigue siendo más un deseo utópico de algunos evolucionistas que una realidad objetiva.
Por lo que respecta a la panspermia, hipótesis que sugiere que la vida puede haber tenido su origen en cualquier parte del cosmos y después viajar a la Tierra en meteoritos o cometas, simplemente decir que semejante propuesta sólo explicaría cómo habrían llegado hasta aquí los gérmenes de la vida, pero no su origen. Si éste no puede explicarse en nuestro propio planeta, ¿cómo hacerlo en cualquier otro lugar del universo del que no se tiene constancia? Aunque parezca un planteamiento reciente, en realidad es una idea que se le ocurrió ya al filósofo griego Anaxágoras y que fue recuperada en los siglos XIX y XX. El hecho de que todavía hoy haya científicos que apelan seriamente a la hipótesis de la panspermia para explicar el origen de la vida, indica hasta qué punto las investigaciones sobre la pretendida evolución química han resultado estériles. Por último, queda esta cuestión fundamental acerca de si la vida pudo surgir al azar por medio de reacciones químicas. Desde los días del científico ruso Alexander Oparin, a principios del siglo XX, hasta la actualidad se han venido realizando incontables experimentos con la intención de demostrar que la primera célula pudo haberse originado de manera fortuita. Sin embargo, ninguno de tales intentos ha logrado su propósito.
A pesar de ello, cuando se ojea alguno de los textos universitarios de biología con los que se forma hoy a los futuros biólogos, se tiene la sensación de que el enigma del origen de la vida esté resuelto. Por ejemplo, el extenso volumen de biología con más de 1.300 páginas de Scott Freeman, usado en las facultades españolas, afirma lo siguiente acerca del famoso experimento sobre el principio del origen de la vida de Miller: “En 1953, un estudiante universitario llamado Stanley Miller realizó un experimento rompedor en el estudio de la evolución química (…). El experimento, producido por la energía del calor y de las descargas eléctricas, había recreado el inicio de la evolución química (…). En estas muestras encontró grandes cantidades de cianuro de hidrógeno y formaldehído. Estos datos fueron asombrosos, ya que tales compuestos son necesarios para las reacciones que conducen a la síntesis de moléculas orgánicas más complejas. De hecho, algunos de los compuestos más complejos ya estaban presentes en el océano en miniatura. Las descargas y el calor habían causado la síntesis de compuestos que es fundamental para la vida: los aminoácidos.”2 Sin embargo, a pesar de semejante euforia bioquímica, hoy sabemos que ningún experimento de laboratorio ha producido jamás aminoácidos con más de tres carbonos -las células de los seres vivos utilizan algunos hasta con seis- y ninguno de tales intentos tipo Miller ha generado nunca ni nucleósidos, ni nucleótidos, que son esenciales para la formación del ADN y ARN.
Es verdad que en los sofisticados centros de investigación actuales, empleando una refinada tecnología, los bioquímicos pueden producir sustancias que forman parte de los ácidos nucleicos de los organismos vivos. Sin embargo, en las rudimentarias condiciones ambientales que se le suponen a la Tierra primitiva no había químicos, ni laboratorios, ni inteligencia para producir tales moléculas vitales. Ningún experto en biología molecular sellaba tubos de ensayo a cien grados centígrados durante 24 horas. Nadie separaba ciertos productos, como el cianoacetaldehído, -sustancia reactiva capaz de combinarse con una gran cantidad de moléculas comunes que podían haber estado presentes en la Tierra primitiva y anular así todo el proceso-. No se eliminaban en el momento oportuno otras moléculas competidoras que aparecían espontáneamente en la reacción. Tampoco había nadie que extrajera y aislara convenientemente aquellas que interesaban, como la citosina -una de las bases nitrogenadas del ADN-, que al reaccionar con el agua se autodestruye. Ningún bioquímico detenía el proceso en el momento oportuno para evitar que los productos obtenidos se descompusieran por la acción de la misma energía que los originó. En fin, hay una profunda diferencia entre el hipotético escenario sin vida de la Tierra original y el de los laboratorios modernos repletos de los últimos recursos tecnológicos. Lo que se consigue en éstos, gracias a la inteligencia humana, no tiene por qué haberse logrado por casualidad al principio.
Volviendo al antiguo experimento de las descargas eléctricas, de Miller-Urey, que tanta repercusión ha tenido en los libros de texto hasta hoy y tan eficazmente ha avivado el naturalismo materialista, es posible decir a la luz de los actuales conocimientos, que se trata de un icono emblemático de la evolución que jamás pudo ocurrir en la realidad.3 El principal inconveniente para ello lo plantean las características de la primitiva atmósfera terrestre. Como la mayor parte de los compuestos orgánicos propios de los seres vivos se oxidan y descomponen en presencia del oxígeno, los primeros investigadores partidarios de la evolución química asumieron que la atmósfera de la Tierra no debió ser al principio como la actual, sino reductora. Es decir, sin oxígeno libre. En lugar de dicho gas se supuso que habría hidrógeno libre. Los principales componente de una atmósfera reductora así deberían haber sido: metano, monóxido de carbono, amoníaco e hidrógeno, en vez del dióxido de carbono y el oxígeno característicos de la actual atmósfera oxidante. ¿Existe evidencia de que la atmósfera primigenia fuera reductora? No solamente no hay evidencia geoquímica de una atmósfera primitiva de metano-amoníaco, sino que además hay mucha en contra de ella.4 En efecto, si hubiera habido metano en cantidad considerable, la irradiación del mismo habría producido muchos compuestos orgánicos hidrófobos que deberían haber sido absorbidos por rocas sedimentarias como las arcillas, muy abundantes en la corteza terrestre. Sin embargo, tales rocas no muestran evidencias de que esto haya sido así.5 No obstante, si la atmósfera terrestre del pasado fue oxidante como la actual, entonces la evolución de la materia habría sido química y termodinámicamente imposible.
El científico evolucionista alemán, Klaus Dose, que fue presidente del Instituto de Bioquímica de la Universidad Johannes Gutenberg de Mainz (Alemania), escribió hace casi tres décadas: “Más de 30 años de experimentos sobre el origen de la vida en los campos de la química y la evolución molecular han conducido a una mejor percepción de la inmensidad del problema de dicho origen en la Tierra antes que a su solución. Actualmente, todas las discusiones sobre las teorías y experimentos principales en ese campo, finalizan en una dificultad insuperable o en la confesión de ignorancia.”6 Puede afirmarse que en la actualidad seguimos prácticamente en la misma situación. En febrero del 2007, el famoso químico, Robert Shapiro, publicó un artículo sobre el origen de la vida en Scientific American, en el que manifestaba que los experimentos como el de Miller habían generado en la sociedad una especie de vitalismo molecular. Una creencia consistente en entender la materia como poseedora de una fuerza innata o impulso misterioso que la conduce inevitablemente a su transformación en células vivas. En relación a este famoso experimento de Miller-Urey, reconoce que provocó un sentimiento de euforia injustificada entre los investigadores y, en un apartado del artículo que titula: La olla de la sopa está vacía, escribe: “Mediante la extrapolación de estos resultados, algunos escritores han dado por supuesto que todos los componentes de la vida se podrían formar con facilidad en experimentos tipo Miller y que estaban presentes en meteoritos y otros cuerpos extraterrestres. Pero no es así.” 7 De manera que, actualmente, el problema del origen químico de la vida sigue siendo irresoluble. Muchas preguntas y planteamientos hipotéticos, pero ninguna solución plenamente satisfactoria. ¿Por qué durante tantos años estas investigaciones han resultado infructuosas? ¿Será porque no se busca en la dirección adecuada o, sencillamente, porque la vida no evolucionó al azar a partir de la materia inorgánica -como asume el darwinismo- sino que fue diseñada inteligentemente? Esto último es lo que propone la teoría del diseño.
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1 J. Maddox, Lo que queda por descubrir, Debate, Madrid, 1999, p. 127.
2 S. Freeman, Biología, Pearson, Madrid, 2009, p. 45.
3 J. Wells, Icons of Evolution, Regnery Publishing, Inc., Washington, 2000, pp. 9-27.
4 D. T. Gish, Especulaciones y experimentos relacionadas con las teorías del origen de la vida: crítica, Portavoz, 1978, p. 14.
5 Ch. B. Thaxton, The Mystery of Life’s Origin, Lewis and Stanley, Dallas, 1992, p. 76.
6 K. Dose, “The Origen of Life: More Questions Than Answers”, Interdisciplinary Science Reviews, vol. 13, nº 14, 1988, p. 348.
7 R. Shapiro, “A Simpler Origin for Life”, Scientific American, February 12, 2007.

Fuente: Protestantedigital, 2015.