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jueves, 15 de diciembre de 2011

EL “CANAL LUZ” ENFOCADO POR LAS CIENCIAS SOCIALES


Por Hilario Wynarczyk*

Comentario del libro “Antropología del pentecostalismo televisivo”, de Juan Mauricio Renold (Buenos Aires, Editorial Biblos, 2011).

El pentecostalismo como tema científico
Las iglesias pentecostales se han caracterizado por su particular relación con el mundo. Una relación de calumnia del mundo, rechazo y huida. Y una relación de avance colonizador. Por consiguiente el mundo es un núcleo de significación crucial para entender el fenómeno pentecostal y es necesario entender qué es el mundo y dónde queda el mundo.
La tarea nos demanda algunos indicadores empíricos. Los encontramos en los vicios del alcohol, el cigarrillo, el baile y la participación en comités políticos donde convergen los vicios. Esta lista podría llegar a incluir el cine y el teatro. En definitiva el mundo es el conjunto de prácticas sociales que se oponen a la vida en santidad. El mundo es la sociedad y la cultura, un espacio de la existencia donde los pentecostales suelen transitar desde los peldaños inferiores.
Pero en su pulsión escatológica hacia la difusión de la palabra y los testimonios de la acción del Espíritu Santo, los pentecostales resultan pragmáticos usuarios de los medios tecnológicos con los que producen música de adoración y alabanza, reuniones masivas y en definitiva una gama de industrias culturales.
De esta manera, en un proceso gradual de apropiación de recursos y transformación de recursos, evolucionaron los pentecostales desde la oralidad de los templos y las calles hasta el nivel de la televisión. Al mismo tiempo la teología de los pentecostales caminó desde la esperanza en la vida más allá de la historia humana hacia la teología de la prosperidad y la reformulación apostólica de las grandes iglesias neopentecostales que le enseñan a los creyentes que “¡¡¡“El Espíritu Santo te dice que hay un mundo mejor del que has vivido”!!!” y cuando lo dicen se trata de una concreta realidad aquí (1).
Trazado este espacio de la realidad y de la indagación científica, surge después para las ciencias sociales, el problema y el desafío de hacer un estudio empírico del fenómeno, porque el movimiento pentecostal se ha extendido con una diversidad de presencias más allá de Buenos Aires y el Conurbano Bonaerense, en Rosario, en Córdoba, en Mendoza, en Neuquén, y así por el estilo.
No resulta posible trazar discursos omniabarcativos y por el contrario hacen falta estudios enfocados en ciudades y congregaciones hasta crear una masa crítica de productos nacidos del esfuerzo de unos investigadores, y otros investigadores, hasta que sea posible sobre la base de esos estudios precedentes establecer generalizaciones empíricas que los trasciendan, y funden renovaciones quizás a la teoría.
El estudio de Juan Mauricio Renold
En esta perspectiva que personalmente asumo desde mi experiencia en el oficio, considero que el esfuerzo de Juan Mauricio Renold se inscribe, y merece una valoración positiva inicial.
Su libro “Antropología del pentecostalismo televisivo” es el resultado de un estudio de antropología social, enfocado en varios planos de análisis. Uno de tales planos de análisis es el de la Iglesia Evangélica Misionera Argentina, una congregación pentecostal fundada en 1984 en la ciudad de Rosario, Provincia de Santa Fe, donde Juan Mauricio Renold vive y desempeña su actividad de investigador y docente universitario. Otro plano es el del matrimonio pastoral constituido por José María Silvestri y su esposa Mabel de Silvestri. Otro plano es el del Canal Luz Satelital que las dos personas desde su ministerio religioso y esta iglesia desarrollaron como un emprendimiento local de proyección internacional. Finalmente, el anclaje de la investigación queda establecido sobre el material discursivo y ritual de las emisiones del Canal Luz Satelital, tanto de producción propia como de otros pastores de Argentina y del exterior.
Juan Mauricio Renold hizo su trabajo partiendo de un manejo exhaustivo de la literatura acerca del pentecostalismo y las fuentes de investigación empírica en esta materia producidas en la Argentina, que a su vez tomó cuidadosamente en cuenta para enmarcar su estudio. Posteriormente siguió la marcha atravesando las principales dimensiones del problema, con rigor metodológico en el manejo y el análisis de los datos, y arribó más allá del potencial descriptivo y el estudio de los significados del material simbólico para los actores, a la construcción de sistemas explicativos y generalizaciones que harían posible su aplicación a otros estudios. Esta posibilidad de replicación y contrastación de los hallazgos y los encuadres metodológicos forma parte de las aspiraciones del autor a raíz de su identificación con ideas básicas del estructuralismo como enfoque epistémico preocupado por la elaboración de modelos.
En definitiva la construcción de las ciencias sociales como la de cualquier territorio del vasto continente en el que nosotros nos movemos se nutre de piedras bien talladas y mosaicos que unos a otros se complementan hasta que nuevos arquitectos abren ciclos de renovación por medio de nuevas ideas.
Colocado en este proceso colectivo e histórico, este aporte de Juan Mauricio Renold, que a rigor es uno más en una serie de estudios y publicaciones que viene realizando, con el mismo criterio sistemático que lo enriquece, está llamado a ser de conocimiento necesario para las investigaciones sobre pentecostalismo con enfoque en la industria mediática religiosa, su lingüística y su eficacia simbólica en el contexto de la República Argentina. Opino que será necesario tomar en cuenta sus resultados, pero también su método.
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(1) Tomado de la página 190 del libro de Renold.

Nota del Editor: Este artículo de Hilario Wynarczyk fue presentado en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA en el marco del “X Congreso Argentino de Antropología Social” el 2 de diciembre del 2011.


Hilario Wynarczyk es Doctor en sociología y especialista en investigación de temas del campo evangélico


sábado, 19 de enero de 2008

Ciencia, teología y barro en la cancha

Hilario Wynarczyk, es Master en Ciencias política y Doctor en Sociología. Su articulo es una reacción al artículo titulado "Acusados de hacer teología" del Dr. Alberto Roldán, publicada por ALC. Lo sustancial de la exposición de Alberto Roldán se encuentra en lo que sigue y que cito en forma textual. Dice Alberto: El domingo último leo en el diario Perfil: “Tras ser acusados de hacer teología, los científicos sociales se defienden”. El artículo se refiere a un debate que se generó entre el ministro de ciencia de la Argentina y científicos sociales. En una entrevista realizada por otro diario, Página/12, el titular de esa cartera, Lino Barañao, había afirmado: “a veces los trabajos en ciencias sociales me parecen teología”. Las reacciones de los científicos sociales no se hicieron esperar. He aquí una de ellas: “«Estamos bien lejos de la teología», se indignó Federico Schuster, decano de la facultad de Ciencias Sociales de la UBA.”
Ahora mi opinión. En realidad es difícil evaluar bien lo que dijo Barañao porque no está explícito a qué se refiere con la metáfora de la teología. Tal vez se refiere a la teología como un discurso sobre objetos imaginarios. Si es así, posiblemente tiene razón. En las ciencias sociales en nuestro país existen productos sobre objetos imaginarios. La causa es que consisten en grandes generalizaciones desconectadas de las informaciones empíricas necesarias. Pero tal vez se refiere a la teología como un discurso sobre convicciones de fe, indemostrables desde el punto de vista empírico de la prueba científica. Es posible que también tenga razón. No sé si es válido para las ciencias sociales. Pero sí para algunas actividades y líneas escolares dentro de la psicología. En cualquier caso el objeto de referencia de la segunda crítica es un discurso más próximo al de la literatura de ensayo y la especulación filosófica, que al campo de la ciencia entendida como un sistema de conocimiento basado en el manejo de datos empíricos, que no necesariamente deben ser expresados en términos matemáticos. Siga leyendo Hilario Wynarczyk
Fuente: ALC BUENOS AIRES, Argentina, Enero 18, 2008

viernes, 18 de enero de 2008

Acusados de hacer teología

Alberto Roldán, Argentina*
Hay acusaciones que sorprenden, sobre todo cuando se refieren a ciertos “delitos” que sólo son tales en apariencia o para la subjetividad de ciertas personas. Para mi sorpresa –aunque no tanto– el domingo último leo en el diario Perfil: “Tras ser acusados de hacer teología, los científicos sociales se defienden”. El artículo se refiere a un debate que se generó entre el ministro de ciencia de la Argentina y científicos sociales. En una entrevista realizada por otro diario, Página/12, el titular de esa cartera, Lino Barañao, había afirmado: “a veces los trabajos en ciencias sociales me parecen teología”. Las reacciones de los científicos sociales no se hicieron esperar. He aquí una de ellas: “«Estamos bien lejos de la teología», se indignó Federico Schuster, decano de la facultad de Ciencias Sociales de la UBA.”
¿A qué se debe esa reacción? ¿Cuál es el delito? En realidad se trata de una cuestión del carácter científico de la teología y su rigor metodológico. En otra afirmación de Schuster, que suscribimos, dijo: “el modelo único de las ciencias naturales es incompleto.” Para que un saber alcance el status de ciencia, en primer lugar, el tema u objeto de ese saber debe estar bien definido y, en segundo lugar, debe tener una metodología adecuada a ese objeto. Pero ¿cuáles son las ciencias? La realidad es tan amplia y abarcadora que es imposible que sea abordada por un solo tipo de ciencias. Por eso se habla de ciencias naturales, ciencias exactas, ciencias sociales y humanidades. Algunas son llamadas “ciencias duras”, como la física, la química y, según algunos, también la matemática. Se trata de ciencias con mayor rigor que utilizan datos cuantificables y el método científico. Otras son denominadas “ciencias suaves” porque acaso no tengan ese rigor metodológico y en sus interpretaciones la subjetividad es mayor. Ya sabemos cuánto tiempo le llevó a la psicología ser reconocida como ciencia, al punto de que todavía hoy es resistida como tal por algunos científicos, de las “ciencias duras”, claro.
Pero volvamos a la teología y al delito de “hacer teología”. A partir de la Ilustración, la teología fue bajada del pedestal en que estaba en la Edad Media cuando ella era “la reina de las ciencias” y la filosofía era una “sierva” de ella. Los nuevos conocimientos del cosmos, unido al surgimiento de muchas corrientes de pensamiento racional y no metafísico y, sobre todo, el positivismo, condujeron a muchos pensadores, filósofos y científicos, a considerar a la teología como “una enana poco agraciada”, en célebre expresión del filósofo Walter Benjamín. Pero ¿se puede despreciar sin más por considerarla superada, vetusta y “medieval”? Lo sería si fuera absolutamente cierto lo que dice el columnista Martín de Ambrosio: “Aunque los límites de la ciencia son muchas veces difusos, si hay algo que no puede ser es religión, es decir, verdades sagradas e irrefutables. La ciencia, por definición, debe ser ágil para modificar sus conclusiones según la evidencia.” Pero no es tan así. Porque, una cosa es considerar a un texto religioso como “verdad sagrada e irrefutable” y otra cosa distinta es considerar a un discurso, en nuestro caso, “teológico”, como una posibilidad del lenguaje sobre cierto objeto o realidad. En este sentido, el cristianismo histórico siempre ha distinguido entre la Biblia y la teología, considerando a la primera como “palabra de Dios” y a la segunda como discurso sobre Dios, aunque no “Dios a secas” sino Dios con relación al mundo, la humanidad, la sociedad, la realidad en el sentido de totalidad. Y ese discurso echa mano de todos los recursos disponibles y adecuados para su construcción: texto, hermenéutica, filosofía y, aún, sociología. Para citar un ejemplo: las teologías de la liberación, de cuño católico, representan una corriente teológica surgida en América Latina en 1968 –hay antecedentes protestantes en 1961 con ISAL (Iglesia y Sociedad en América Latina)– y sus gestores siempre han insistido que, así como la teología usó desde sus orígenes a la filosofía griega como instrumental de análisis, ahora usa las ciencias sociales. En todo caso, se trata de metodologías que usan herramientas propias del lenguaje: lingüística, semiótica, hermenéutica, análisis del discurso, etc.
Si el saber científico es el único válido para interpretar la realidad, entonces ni la filosofía ni la teología tienen lugar en nuestro mundo. Sin embargo, vale la pena tener en cuenta las preguntas que un filósofo de la talla de Jürgen Habermas formula: “¿Es la ciencia moderna una práctica que puede explicarse completamente por sí misma y comprenderse en sus propios términos y que determina performativamente la medida de todo lo verdadero y todo lo falso? ¿O puede más bien entenderse como resultado de una historia de la razón que incluye de manera esencial las religiones mundiales?” En esa historia de la razón, intervienen no sólo las “ciencias duras” y las “ciencias suaves”, sino también la filosofía, la poesía y la teología, pese a que en este último caso, “hacer teología”, para algunos, sea poco menos que cometer un delito.

* Teólogo. Candidato a la maestría en ciencias sociales. www.teologos.com.ar