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domingo, 15 de junio de 2008

Apuntes para una teología pastoral de la sexualidad

Me acuerdo que cuando realizaba mis estudios de licenciatura en teología en el Seminario Teológico Bautista Internacional de Cali, Colombia (1990 - 1994). Como todo estudiante inquieto por conocer ciertas verdades, pregunté ciertas cosas con respecto a la sexualidad de la pareja adámica. Algunos profesores (hoy ya están viejos) comenzaron a dudar de mi vida cristiana, incluso que el Rector de ese tiempo Damián me llamó la atención y me dijo que me cuidará de hacer esos comentarios, además que estaba leyendo. Sólo le dije que no creía que el pecado de esa pareja no fue de relaciones sexuales (...).
Creo que muchos creyentes aseguran que el pecado de Adán y Eva fue de relaciones sexuales. Es por ello que el Dr. Jorge León comienza su artículo con estas preguntas que recogen la inquietud de muchos de ellos; de allí nace mi deseo de compartir su artículo: "¿Hacían el amor Adán y Eva antes de la caída? Si no lo hacían... ¿Cómo podría conservarse la raza humana sobre la tierra?(...). Si lo hacían, y si nosotros creemos que la relación sexual es pecaminosa, entonces, ¿necesitó Dios del pecado del hombre para poder conservar su máxima creación? ¿Acaso habría pensado Dios en un medio de multiplicación de la especie humana diferente al de los animales? ¿Cómo sería eso? Si de alguna manera estaba en los planes de Dios que no existiera la sexualidad... ¿podemos considerar pecadores a los animales por reproducirse sexualmente? Si se afirmare tal disparate, en seguida preguntaría, ¿cómo podemos considerar pecadores a seres irracionales?
Las preguntas con las que inicio esta trabajo son un poco irónicas, ¿verdad?. Prefiero hacer este tipo de preguntas para enfrentarnos con una realidad insoslayable. Lo prefiero antes de entrar en absurdas especulaciones sobre la presencia o la ausencia del apetito sexual en el Jardín del Edén antes de la caída de nuestros padres primitivos. Es lógico suponer que este apetito es necesario, según la naturaleza humana, para el cumplimiento del acto sexual, sin el cual el ser humano jamás habría podido realizar el mandato del Creador de: "Creced y multiplicaos".La ambición de la ética tradicional ha sido mantener la sexualidad dentro de los límites de la vida conyugal, lo cual ha conducido a muchos a desconocer la posibilidad de que exista una sexualidad infantil.
Las preguntas irónicas del comienzo ponen de manifiesto una falta en la Iglesia de hoy, la de una teología pastoral de la sexualidad que tenga en cuenta: 1.- La revelación bíblica; 2.- los descubrimientos humanos sobre el don divino de la sexualidad y 3.- la necesidad de sostener una ética sexual que permita lograr un equilibrio entre la naturaleza sexual que Dios nos ha concedido y la conciencia moral que nos habita, por decisión divina.No tiene sentido intentar una teología pastoral y una ética cristiana sobre la sexualidad manteniendo un punto de vista pre-freudiano.
El aporte de la antropología psicoanalítica es fundamental. Veamos lo que nos dice al respecto el teólogo reformado francés Georges Crespy: "La ética cristiana tradicional ha desconocido la posibilidad de una sexualidad infantil. Ella se ha inspirado en una antropología del tipo de los rabinos talmúdicos según los cuales el espíritu del bien (yetzer a tob) desciende sobre el niño a los siete años, mientras que el espíritu del mal (yetzer a rah) cae sobre el adolescente a los catorce años. Esto les permitía entretenerse en la ilusión -aún comunmente extendida- de la "inocencia" de los niños y del carácter irruptivo de las pulsiones sexuales durante la pubertad.
Numerosos tratados -usados por los padres- han sido producidos por especialistas cristianos en educación sexual que perseveran todavía en este punto de vista pre-freudiano" (Pour une théologie de la sexualité, Revista Etudes théologiques et religieuses, Montpellier, Francia, 1977, p. 65).Georges Crespy introduce un término que para algunos puede resultar nuevo, me refiero a la pulsión. Aún los que estén familiarizados con la obra de Freud, según la traducción de Luis López Ballesteros, pueden verse en dificultades, con este término, que establece una clara línea de demarcación entre el sexo animal y la sexualidad humana. Este concepto merece un detallado análisis para cualquier intento de apuntar hacia una teología de la sexualidad."
Fuentes: Psicologia pastoral, Jorge León, es pastor, cubanoargentino, Doctor en Filosofía y teología.

lunes, 11 de febrero de 2008

"¿Cuál debe ser la conducta sexual de los cristianos separados o divorciados? ¿Deben practicar la abstinencia o volverse a casar?


En mi vida ministerial he podido dialogar con muchos cristianos que han vivido una separación. Separación que ha sido dolorosa; creo que nadie le gustaria vivir esa experiencia, cuando en verdad se ama a la otra persona. Estos separados casi siempre me han indagado sobre estas preguntas que se hace mi estimado amigo pastor Jorge León. Estos cuestionamientos surgen del valor espiritual de la Palabra de Dios. Jorge León afirma: "Para los cristianos, la Biblia es el fundamento de la doctrina, la fe y la ética cristiana. La creciente atomización de la Iglesia, en multitud de grupos se debe, básicamente, a la diversidad de las interpretaciones del texto bíblico, es decir, a la hermenéutica."
Fuente: © Psicopastoral - 2008

domingo, 12 de agosto de 2007

El amor a Dios y al prójimo es la esencia de la ética cristiana. Un Desafío para nuestros gobernantes.






Hoy vivimos conmovidos por tanta injusticia de los que rigen nuestra sociedad, hay una ley para el pobre y otra para el rico. Esta ley esta en manos de quienes supuestamente se han formado para hacer cumplir justicia. Pero con tanta injusticia que a diario percibimos en los tribunales, nos preguntamos ¿Cuál es la esencia de la ética para estos juristas? En esta breve reflexión queremos compartir nuestra hipótesis, que la mejor esencia para ejercer una norma jurídica, para el bien de nuestra sociedad es el amor a Dios y al prójimo. Gnilka[1] en su libro nos comparte acerca de la ética de Jesús, que según él, es el amor. Gnilka sostiene que la palabra amor no aparece más que dos veces en la tradición sinóptica (Mt 24, 12; Lc 11: 42, aquí hace referencia al amor de Dios). Sigue diciendo, que faltan por completo posibles equivalencias, pero que tienen acentos distintos a saber eros y Philia. Con más preferencia encontramos el verbo agapan; con menos frecuencias encontramos el verbo philein. El primero (Agapan) aparece con frecuencia en el contexto del amor a los enemigos (Mt 5, 34 – 46/Lc 6, 27, 32 – 35). Aquí se resalta la palabra amor y se suprime el mandamiento relativo a la venganza, formulado así en el Antiguo Testamento: Vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, etc. (Ex. 21, 23 ss; Lev. 24, 20, Deut. 19, 21), y que corresponde una manera exagerada de pensar en la justicia.

Que el amor no haya presidido todas las enseñanzas de Jesús, es cosa que no puede probar, nos dice Gnilka. El amor como principio, como criterio supremo de la acción, incluso de la acción con respecto a la Tora, da transparencia a la enseñanza de Jesús, que algunas veces son duras y no las hace aparecer siempre como razonable. Con esto llegamos a comprender aquella tradición en la que realza como primer mandamiento el amor a Dios y el amor al prójimo (Mc 12, 28 – 34). Cuando el escriba le pregunta ¿Cuál es el primer mandamiento? Jesús le responde citando en primer lugar el sema Israel, que en aquel entonces debía recitar todo varón israelita por la mañana y al atardecer (Deut. 6, 4,5). Pero luego, cita además el mandamiento del amor al prójimo: Amaras a tu prójimo como a ti mismo… (Lev. 19, 18). Como segundo mandamiento y asocia abiertamente ambos mandamientos, el amor a Dios y el amor al prójimo (…).

Pero hay otro vestigio, que nos conduce a Palestina. En esta ciudad se encontró en reducida la Ley, que mantiene el Decálogo y el Escucha, oh Israel. En la respuesta de Jesús – dice Gnilka – encontramos yuxtapuestos el Escucha y el doble mandamiento del amor a Dios y el amor al prójimo como síntesis de las dos tablas. Los tres primeros mandamientos proclaman los derechos de Dios, los restantes, las obligaciones (…). Ahora bien, lo de amor a Dios ¿Cómo se hace? Las experiencias habidas con Dios dan margen a muy variados sentimientos. Ciertamente, amor a Dios significa también andar por sus caminos, confiando de buena gana en él. Que el amor de Dios sea experimentable en Jesús, significa capacitación para eses amor. Por eso, el amor de Dios y el amor al prójimo están ya íntimamente unidos. En el ámbito griego, en cambio, suele hacerse distinción entre ágape y eros, entre el amor que se entrega así mismo y el amor concupiscente. Gnilka menciona que el concepto de eros no aparece en todo el Nuevo Testamento, ciertamente el amor que hace donación de si mismo está en primer Plano (…). Pero el amor concupiscente no queda descartado por completo. También Dios es un Dios celoso.

Concluye nuestro autor diciendo que el amor de Dios y el amor al prójimo, son para Jesús y quintaesencia de la ética, los dos amores están tomados de la Ley y sus mandamientos se pueden leer en Deut. 6, 5 y Lev. 19, 18. Según esto, la síntesis de los dos amores hace que esa Ley aparezca a una luz enteramente nueva. Esta síntesis nos muestra una nueva lectura del mundo. El amor en su síntesis como amor a Dios y amor al prójimo, nos sitúa dentro del movimiento de un vivir histórico. Lo que en la Ley no puede leerse. El amor descubre nuevas ideas, nuevos horizontes; hace que se vean cosas que son necesaria y que habían pasado inadvertidas a la Ley; el amor mira con compasión y entrañas de amor en quien esta caído a la vera del camino y no atiende a que este sea enemigos.

[1] Gnilka, Jachim “Suma de la ética” en Jesús de Nazaret. Mensaje e historia, Herder, Barcelona, 1975, pp. 293 – 303.