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viernes, 29 de enero de 2016

Núcleos protestantes en el centro histórico de la ciudad de México, 1861-1873 (II)



Por. Carlos Martínez García. México.
Los precursores del protestantismo en la ciudad de México primero tuvieron reuniones en templos católicos expropiados por el gobierno liberal de Benito Juárez. Cuando la condición ruinosa de los templos hizo imposible continuar servicios en ellos, las células se concentraron en casas de los líderes, como el domicilio de Manuel Aguilar Bermúdez, situado en el número 4 de la calle de la Hermandad de San Pablo, renombrada después “1ª de Cuevas”.1 En el artículo anterior mencioné que dicha arteria es actualmente la calle de Jesús María en el tramo comprendido entre Fray Servando (antes Cuauhtemotzin) y San Pablo.2
Con el fin de solicitar apoyo externo a los esfuerzos internos que los Padres Constitucionalistas realizaban para impulsar núcleos no católico romanos, en 1862 y 1863 viajan a Nueva York “los sacerdotes [Francisco] Domínguez, [Rafael] Díaz Martínez y [Juan N. Enríquez] Orestes […] para ponerse en contacto con las autoridades de la Iglesia Episcopal”.3
En los primeros meses de 1865, Juan Francisco Domínguez y Enríquez Orestes, destacados integrantes de los Padres constitucionales reformistas, y que llevan con ellos cartas de recomendación de Melinda Rankin,4 cabildean en Nueva York a favor de su causa, se reúnen con líderes eclesiásticos protestantes y en varias actos públicos describen lo que sucede en México respecto del movimiento a favor de la reforma política y religiosa.
Entre 1864 y los primeros meses de 1867, el capellán moravo del ejército francés, Emile Guión, realiza servicios protestantes en San Ildefonso, Manuel Aguilar Bermúdez asiste en varias ocasiones.5 Sóstenes Juárez también tiene contacto con Guión y toma de él la liturgia que pondría en práctica al interior del grupo con el que se vincula.6 Mencionamos que Juárez dominaba el idioma francés, prueba de ello es que años antes tradujo la obra El evangelio del pueblo, de Alfonso Esquiros.7
Un personaje que haría contribuciones importantes para fortalecer al inicial protestantismo mexicano fue John William Butler, quien era cuáquero8 y trabajó para la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera. Por recomendación de él, Westrup le escribe a Santiago Hickey (afincado en Matamoros, Tamaulipas) con la solicitud de que se traslade a Monterrey, lo que acepta y llega a la capital de Nuevo León en noviembre de 1862.9 Entonces Butler ya tenía algún tiempo de realizar trabajos de distribución bíblica por el país, difundiendo materiales en Monterrey pero sobre todo en la ciudad de México y alrededores. Su labor concluyó en 1871.10
Manuel Aguilar Bermúdez era masón y fue el primero de los Padres Constitucionalistas en ser capellán de las fuerzas que combatieron la Intervención francesa.11 En 1864 el sacerdote Aguilar Bermúdez y el representante de la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera, John W. Butler, entre otros, tienen reuniones de carácter evangélico en la ciudad de México, inicialmente “en los bajos de la casa núm. 21 de la calle de San José del Real” y después en el tercer piso.12 Entre los asistentes se encuentran José Parra y Álvarez, Prudencio G. Hernández y Sóstenes Juárez.13 Otra fuente menciona al padre Aguilar Bermúdez como quien consigue, en la dirección mencionada, “un espacioso salón […] y allí se celebraron las primeras reuniones públicas bastante concurridas”.14 Quien facilita el lugar, que era de su propiedad, es el señor Verduzco, “arquitecto y maestro de obras”. Él formaba parte de la congregación, y permite usar las instalaciones sin recibir retribución alguna hasta que el grupo se consolida y tiene fondos para cubrir alguna suma como pago de renta.15
Acerca del espacio donde se reunía la Sociedad de Amigos Cristianos/Sociedad Evangélica por lo menos a partir de 1864, San José el Real número 21, este se ubicaba en parte del conjunto que había “pertenecido al convento de los jesuitas de la Profesa, que por virtud de las Leyes de Reforma había sido secularizado”.16 Cuando en 1861 “se ampliaron plazas y se abrieron calles […] uno de los conventos que para abrir la [actual] calle de Cinco de Mayo sufrió ruptura fue el edificio que había servido de colegio de jesuitas, llamado La Profesa […]”.17
Para conmemorar la victoria “de las armas republicanas en Puebla el 5 de mayo de 1862, el Ayuntamiento de la ciudad acordó ese año dar el nombre de Cinco de Mayo a la calle que dividió la Profesa”.18 Esta quedó partida por la nueva vialidad, y al caminar por ella desde el Zócalo hasta dar vuelta a la izquierda en San José el Real (hoy Isabel la Católica), estaba una parte del convento y junto la Iglesia de la Profesa. Otra sección del convento quedó cruzando Cinco de Mayo. Cabe la posibilidad de que el sitio de las reuniones haya estado en el lugar que hoy ocupa el Hotel Gillow (inaugurado el 16 de junio de 1872,19 y que sigue abierto en Isabel la Católica 17), o en la parte que desapareció al ser abierta la calle Cinco de Mayo. También es factible que el antiguo número 21 de San José el Real corresponda al presente número 13 de Isabel la Católica. Lo cierto es que en la vieja calle de San José el Real floreció la Sociedad Evangélica de Manuel Aguilar Bermúdez, la cual después presidió Sóstenes Juárez.
Como resultado de las gestiones de la delegación de los Padres Constitucionalistas que viaja a Nueva York, llega a la ciudad de México en diciembre de 1864 E. C. Nicholson, enviado por el Foreign Comittee of the Board of Missions of the American Episcopal Church.20 Durante su estancia de algunos meses en la capital del país, Nicholson coadyuva para conformar la Sociedad Católica Apostólica Mexicana. Al regresar a Nueva York, Nicholson informa entusiastamente de la vitalidad del núcleo liderado por Aguilar Bermúdez:
La causa de la Iglesia reformada ha penetrado profundamente en las mentes y corazones de mucha gente, y si es dirigida con inteligencia será un éxito. Todos los hombres buenos e inteligentes nos tratan con respeto y alegría al conocer nuestros trabajos y propósitos. El trabajo abierto por nuestra iglesia es muy prometedor… Nosotros creemos que una adoración espiritual y racional de nuestro Salvador suplantará definitivamente las formas paganas de adoración que están en boga en México, y que una verdadera Iglesia Católica Apostólica y Mexicana se moldeará frente a nosotros compensando los sacrificios de los trabajadores y será bendición para toda la gente de esta tierra.21
El reporte de Nicholson describió a Manuel Aguilar Bermúdez como “representante de una multitud de sacerdotes devotos y buena gente en México, quienes han roto con el Papa y el papismo, se llaman a sí mismos verdaderos católicos, pero no romanistas”.22 El documento incluyó un pronunciamiento del grupo de creyentes que se reunía en San José el Real 21, los cuales se presentaban como “leales a Cristo, evangélicos en fe y esperanza, […] unidos para cuidarse unos a otros en amor, y para trabajar juntos con el fin de introducir en cada parte de México una fe más simple y racional, y un culto más puro y benevolente, como la fe y culto de Jesús y los apóstoles”.23La contribución de Nicholson al grupo que encabezaba Manuel Aguilar Bermúdez fue brindarle orientación teológica y materiales educativos.
No mucho después del decreto de tolerancia de cultos promulgado por el emperador Maximiliano (26 de febrero de 1865),24 Butler, Sóstenes Juárez y algunos Padres Constitucionalistas forman la Sociedad de Amigos Cristianos. Al triunfo de la República sobre los conservadores y Maximiliano, dicha Sociedad trasmuta su nombre por el de Comité de la Sociedad Evangélica, y sus integrantes abren al público sus reuniones que continúan desarrollándose en San José el Real.25
Junto con los trabajos que realiza para la agrupación evangélica, Sóstenes Juárez se da tiempo para manifestar su férrea oposición a la invasión francesa. Es el principal protagonista de una demostración de rechazo al imperio de Maximiliano cuando frente al cortejo fúnebre del coronel francés Tourre grita reiteradamente consignas. Mientras el contingente camina silencioso por la calle de Plateros (hoy avenida Madero, en el centro de la ciudad), “se oyó un grito que salía de entre la multitud diciendo: ‘Mueran los franceses. No basta con estos tres ataúdes. Es necesario que perezcan todos’. Estos gritos odiosos, sobre todo en aquella sazón, fueron seguidos de provocaciones más odiosas todavía”. La información periodística añade que “aprehendido infraganti el individuo que las hacía, declaró llamarse Sóstenes Juárez y ejercer la profesión de maestro en México”.26
El episodio le vale a Juárez ser declarado “culpable de provocación al crimen no seguido de efecto”. Por ello se le condena a cinco años de prisión y multa de mil francos. Sóstenes recibe el indulto de la pena, junto con sentenciados por otras causas, por parte del emperador Maximiliano.27
Las reuniones iniciadas en San José el Real a partir de 1864 alcanzan más organización y el 18 de noviembre de 1865 tiene lugar un culto más formal, en el que participan, entre otros, Manuel Aguilar, John W. Butler, Sóstenes Juárez, José Parra y Álvarez, Julián Rodríguez Peña, Eusebio Trejo Meza y Antonio Hinojosa.28 Tienen reuniones a las que los interesados llegan mediante invitación de alguno de los integrantes de la célula. Es decir, no propagandizan abiertamente la existencia del núcleo, aunque tampoco es un grupo cerrado y secreto. Más bien mantienen un perfil bajo, en espera de fortalecerse para proyectarse hacia afuera.
Manuel Aguilar Bermúdez escribe una carta en 1866 a la Sociedad Bíblica de Londres, la que inicia refiriendo que lucha “en la República mexicana por la fe que una vez fue entregada a los santos”, eco de una cita bíblica localizada en el Nuevo Testamento (Judas 1:3). Notifica que “ha sido necesario combatir con las preocupaciones del fanatismo que ha existido aquí hace más de 300 años y también con la indiferencia religiosa de muchas almas extraviadas”.29
A pesar de los grandes obstáculos, dice Aguilar, la Biblia es distribuida y en muchos casos bien recibida por gente identificada con el partido liberal, obreros que la llevan a sus hogares y la comparten con sus familias. Percibe un futuro prometedor para la causa evangélica:
Ya hallamos personas que examinan las Escrituras diariamente con espíritu de humildad y devoción; que las estudian bajo la influencia de fervientes oraciones y llenos de fe, que predican la verdad con celo apostólico, que se apropian sus saludables preceptos y se consagran a Cristo nuestro divino Salvador para vivir sólo para él. La buena semilla del Evangelio está cayendo sobre terreno sediento del agua de la gracia, el pan de la vida se toma con avidez por los hambrientos hijos, muchas ovejas descarriadas están oyendo la voz misericordiosa del divino Pastor que las llama; muchas sintiendo la bienhechora influencia de la gracia del Espíritu Santo, practican la caridad. Todo esto robustece nuestras esperanzas y, nos hace confiar en que Dios, en su infinita misericordia, está visitando este pueblo para el bien. Orad con nosotros para que nuestro padre celestial se digne bendecir nuestros esfuerzos, nos dé fuerzas en nuestras debilidades y nos llene de su Espíritu para que la obra que se hace en México, sea hecha para honra y alabanza de Cristo nuestro Señor.
Lo descrito por Manuel Aguilar Bermúdez a la Sociedad Bíblica londinense es de alguna manera confirmado por una fuente adversa a la implantación del cristianismo evangélico en México. En los primeros días de febrero de 1866, una publicación editorializa sobre la existencia de biblias sin comentarios que circulan en la capital del país. Sostiene que de acuerdo a su tradición de “haber sido siempre firmes paladines de la Iglesia católica […] hoy nuestra pugna es contra el protestantismo”.30
El periódico menciona que “en México nos habíamos visto a cubierto de los ataques de las sectas, pero comienza la lucha, y no queremos ser los últimos en saltar a la arena”. Interpreta que la lucha comienza debido a las “biblias sin notas que regalan los protestantes, y que está prohibida su adquisición, aunque no se lean, serán despreciadas por los buenos cristianos y resulte burlada la propaganda protestante”.
Además de animar a sus lectores a rechazar las biblias antes mencionadas, denuncia que en unas partes se regala y en otras se vende “un almanaque protestante muy distinto del nuestro”. En él, según el editorial, se ataca a la religión y a la civilización de la raza mexicana. Es por ello que demanda “su autor salte a la arena; tenemos un arsenal abundante para armarnos y defendernos; hay plumas en México muy bien cortadas para combatirlo”. Confía en que “un pueblo tan católico, tan bien educado en su moral como el nuestro, deseche la propaganda protestante que se ha formado para descatolizarnos, y que gasten su dinero nuestros adversarios sin lograr su intento”.31
Retornamos a Manuel Aguilar Bermúdez y el papel que desempeña en la propagación del cristianismo no católico, así como lo que sucederá más tarde con el grupo que él contribuye a formar. Henry C. Riley, quien llegó a México en diciembre de 1868 o enero de 1869, informa que Aguilar Bermúdez “en compañía de un sr. Ocádiz tradujo el librito titulado El hombre y la Biblia, librito que es muy conocido de todos los evangélicos del país”. Además proporciona el dato de que “una vez muerto el sr. Manuel Aguilar, su congregación se dividió en dos: una siguió al sr. [Gabriel] Ponce de León, y otra al sr. Sóstenes Juárez”.32
Aguilar Bermúdez muere en el último trimestre de 1867, bajo el rumor de que fue “envenenado por los frailes”.33 Es sustituido en el liderazgo por Rafael Díaz Martínez y Sóstenes Juárez, sobre todo por éste último. Mediante el testimonio de Juan Magaña, uno de los asistentes a las reuniones en San José del Real número 21, conocemos que todavía en vida de Manuel Aguilar el liderazgo ya estaba en manos de Sóstenes Juárez.34
En el domicilio citado confluyeron varios esfuerzos y personas para consolidar la presencia protestante en la capital mexicana. En la tarea fue valiosa la asesoría de John William Butler para el fortalecimiento de la que se hizo llamar Sociedad Evangélica. Con su experiencia para distribuir la Biblia e interesar a distintas personas en asistir a sesiones de estudio bíblico, el representante de la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera prestó un servicio clave a la causa protestante. Compiló y escribió materiales para conformar el Calendario protestante de los amigos cristianos para el año de 1866, y 1867.35 Este último contiene, entre otros escritos, “La lectura de las sagradas Escrituras” y “Las tradiciones de los judíos impugnadas por nuestro Señor Jesucristo”.36
Butler inserta anuncios en los periódicos, tanto en inglés como en español, para dar a conocer el objetivo de la organización que representa:
El que suscribe, agente de la Sociedad Bíblica de Londres, establecida con la mira de propagar las Sagradas Escrituras en todo el mundo, y en todos los idiomas, sin adulteración, interpretación o comentario alguno, y a costa de cualquier sacrificio pecuniario, como lo comprueba la pérdida sufrida en las ya repartidas en México; invita a todas las personas que se interesen en la propagación del Evangelio, a que ocurran al expendio de Biblias en la calle de San José el Real núm. 21, y establezcan las relaciones que se desean, a fin de facilitar su reparto en la mayor posible cantidad.37
Junto al templo de la Profesa, en lo que fue casa y convento de los padres felipenses estuvo de 1864 a 1869 la Sociedad Evangélica presidida por Sóstenes Juárez. Desde 1862 solo queda de todo el conjunto el templo.
En 1868 la agrupación se anuncia en los periódicos con el fin hacer más conocida la existencia de sus actividades. Es así que, por ejemplo, en uno de los diarios más importantes aparece el siguiente aviso: “El Comité de la Sociedad Evangélica invita a sus amigos, a que concurran al culto reformado, que todos los domingos se practicará en la casa núm. 21, calle de San José el Real”.38 A partir de entonces el núcleo gana presencia pública y se agregan a él conversos y simpatizantes.
Paulatinamente se acrecienta el liderazgo de Sóstenes Juárez, liberal y masón, integrante de la Sociedad Lancasteriana39 decidido partidario de Benito Juárez y su férrea lucha contra la intervención francesa. Sóstenes fue combatiente contra esa intervención y alcanzó el grado de mayor en el ejército juarista.40 Pocos años después se articularía al trabajo de los misioneros metodistas del sur, conectando a estos con la red de congregaciones que le reconocían a él como líder.
Es Sóstenes Juárez quien hace llegar a La Opinión Nacional un comunicado en el que deja clara la existencia de la Sociedad Evangélica de México. Informa que “ya es un hecho práctico la libertad de cultos entre nosotros, y que está operándose entre nosotros, por este medio, el alejamiento de la antipatías nacionales que tantos males ha producido en lo social”.41
Informado lo anterior, reproduce el acta donde queda asentado que el 15 de agosto de 1868 en el seno del grupo “fue presentado ante la Sociedad Evangélica, por el Sr. D. Alberto Kienast y la Sra. Da. Sofía Landwchz un niño, hijo del Sr. D. Geo. M. Zinser y de la Sra. Da. Luisa Zinser, nata en Klockenbring, pidiendo a su nombre que en el seno de esta iglesia cristiana sea bautizado conforme a lo instituido por Nuestro Señor Jesucristo”. Acto continuo, después de haber leído la “Sagrada Escritura para instrucción de los presentes, en la parte referente al acto fue bautizado el niño en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, recibiendo en la frente agua pura, y llevando los nombres de Jorge Alberto, habiendo sido registrado antes, según las leyes de Reforma, en el juzgado civil número 1; ceremonia que se practicó por el C. Sóstenes Juárez, comisionado para este acto […]”. Firman el documento, además de Juárez, Alberto Kienast, G. M. Zinser y Lauro González.
A los diecinueve años acudió Arcadio Morales al grupo encabezado por Sóstenes Juárez. El testimonio del primero nos proporciona algunas características del espacio de las reuniones y sus asistentes:
El templo quedaba en el fondo de unos callejones tortuosos, oscuros, en el tercer piso de la casa mencionada […] me acompañaban el señor Luis Ortega, amigo mío y el señor Julián Rodríguez, que en paz goce, y que era el que se había empeñado en llevarme a su culto. Por fin llegamos a la capilla, y cual no sería mi sorpresa al encontrarme en una sala casi hermosa, limpia y bien alumbrada, como que era nada menos que la biblioteca de los padres filipinos, pues todo aquel edificio había pertenecido al convento de los jesuitas de la Profesa,42 que por virtud de las Leyes de Reforma había sido secularizado.
Allí se hallaban reunidos como unos veinte individuos pertenecientes a la clase humilde del pueblo; campesinos y obreros todos; no había ni una sola señora ni un niño; pero, los hombres que se hallaban allí era muy devotos y reverentes. El señor Sóstenes Juárez, profesor, era el pastor de aquel rebaño, y en aquella noche tenía como ayudante al señor Coronel Lauro González, quien leía la fórmula bautismal. Cuando el señor González leyó el capítulo tercero del Evangelio de San Mateo, me pareció al momento reconocer a un antiguo amigo mío, un viejo conocido que, al oírlo me llenaba de placer. Al concluir el culto fuimos presentados al pastor y su ayudante, quienes nos invitaron a volver. Al salir de la capilla pregunté al señor Rodríguez: “Este es el culto protestante. Sí, señor, me contestó. ¿Nada más? Nada más leer las Escrituras sagradas, hacer oración y explicar sencillamente el Evangelio. Entonces, dije para mí, yo he sido protestante hace mucho tiempo. ¡Qué equivocado estaba!”43
Los detalles que describe Arcadio Morales acerca de la congregación de San José el Real núm. 21 nos ayudan para darnos una idea de cómo funcionaba la misma. Sabemos que las reuniones eran en un salón interior del convento de la Profesa, “no tenía más ajuar que una tribuna en forma de pozuelo al frente y unas cuantas sillas de morillo”.44 Las reuniones tenían lugar los domingos a las 11 de la mañana, con 70 asistentes, y los martes a las 7 de la noche, con entre 16 y 22 congregantes. Sóstenes Juárez “aparecía en el púlpito con su traje civil, y dirigía el culto con una liturgia especial que había formado tomando la idea, según decía él, de otra en francés que un ministro protestante que había venido con la Intervención francesa, le había proporcionado”. Lo usual era que Juárez leyera “sus sermones, y generalmente tomaba sus asuntos del Nuevo Testamento”.45
Hacia mediados de 1869 la prensa consigna el papel preponderante que tenía Sóstenes Juárez en la propagación del naciente protestantismo mexicano. Una nota periodística menciona que el credo “gana terreno aquí, que hay congregaciones evangélicas en Miraflores, Amecameca, Zoyatzingo, Ozumba, Ayapango y Cuautla; que todas estas congregaciones se han organizado por los esfuerzos de D. Sóstenes Juárez, conforme al plan de la que existe en la calle de San José el Real núm. 21, y de la cual es presidente dicho señor; y que hay todavía en esta capital otras congregaciones protestantes, además de estas”.46
Representantes de las comunidades evangélicas mencionadas tienen un encuentro en San José el Real, para coordinar los trabajos y apoyarse mutuamente. Dado el liderazgo de Sóstenes Juárez en ese lugar es muy probable que él haya presidido las deliberaciones. La primera reunión general de las comunidades evangélicas en la ciudad de México y entidades aledañas, “viene a mostrar la incipiente organización de los protestantes, que aun antes de la llegada oficial de las misiones [extranjeras] ya había dado algunos pasos firmes en la construcción de la nueva religión en México”.47
El grupo encabezado por Sóstenes Juárez tuvo comentarios adversos en la prensa católica. Una de estas publicaciones advirtió a sus lectores sobre “una que se llama Sociedad evangélica”, la que andaba “esparciendo sus desacreditadas y adulteradas biblias, y adoptando los folletos metodistas que se imprimen y publican en Nueva York por la Sociedad Hispano-Americana de Tratados”. Señalaba que los integrantes de la Sociedad Evangélica diseminaban su “propaganda contra el catolicismo” en forma similar a como las serpientes atacaban a sus víctimas: “para asegurar mejor su tiro se esconden entre las hierbas y flores, para seducir a los incautos, halagar a los crédulos y hacerse recibir por los ignorantes”.48
La Sociedad Evangélica de San José el Real muda el domicilio de sus actividades en la ciudad de México al callejón de Betlemitas hacia principios del último tercio de 1869, según publica un importante diario.49 El nuevo lugar era más amplio, y por ello representaba un avance en el ensanchamiento del grupo, que, como hemos visto, se estaba expandiendo a poblaciones en otras zonas de la República mexicana.
Para cuando tiene lugar el traslado del grupo a Betlemitas, dos de los principales Padres Constitucionalistas que habían contribuido en los inicios y fortalecimiento de la Sociedad Evangélica de San José el Real (Rafel Díaz Martínez y Francisco Domíguez), ya no estaban en la ciudad de México. Se encontraban en Brownsville, Texas, “donde habían reunido a una congregación de aproximadamente 300 familias mexicanas, convertidas del papismo” al protestantismo.50

Notas
1 Daniel Kirk Crane, op. cit., p. 91; Alberto Rosales Pérez, Historia de la Iglesia nacional presbiteriana El Divino Salvador de la ciudad de México, 1869-1922, s/e, México, 1998, p. 13.
2 Agradezco esta información a Juan Merlos Estrada.
3 Abraham Téllez Aguilar, Proceso de introducción del protestantismo desde la Independencia hasta 1884, Tesis de licenciatura, UNAM, Facultad de Filosofía y Letras-Colegio de Historia, México, 1989, p. 163.
4 Christian World, 16/IV/1865, p. 123.
5 Alberto Rosales Pérez, Historia de la Iglesia nacional presbiteriana El Divino Salvador de la ciudad de México bajo el pastorado del pbro. y dr. Arcadio Morales Escalona, 1869-1922, s/e, México, 1998, p. 40 y Daniel Kirk, op. cit., p. 91.
6 Arcadio Morales, “Datos para la historia”, El Faro, 1/XI/1893, p.165.
7 La Reforma, 29/XII/1860, p. 4.
8 John Wesley Butler, History of the Methodist Episcopal Church in Mexico, The Methodist Book Concern, New York-Cincinnati, 1918, p. 130.
9 Tomás Martín Westrup, op. cit., p. 11 y Cosme G. Montemayor, op. cit., p. 5.
10 Abraham Téllez, op. cit., p. 165 y Alberto Rosales, op. cit., p. 10-11.
11 La Patria, 18/XII/1891, p. 3; El Monitor Republicano, 9/VI/1862, p. 1.
12 La Buena Lid, X/1896, p. 4; Arcadio Morales, “Memorias”, El Faro, 15 de junio de 1947, en Alberto Rosales Pérez, op. cit., p. 23. El lugar mencionado se encontraba en el conjunto de lo que fue el convento y la casa de la Profesa, del que hoy queda el templo localizado en las actuales calles de Madero e Isabel la Católica en el Centro Histórico de la ciudad de México.
13 Ibíd.
14 Alberto Rosales, op. cit., p. 14.
15 Arcadio Morales, “Asunto histórico”, 1/VI/1906, p. 97.
16 Arcadio Morales, “Memorias”, El Faro, 15 de junio de 1947, en Alberto Rosales Pérez, op. cit., p. 23.
17 Clementina Díaz y de Ovando, “El Gran Teatro Nacional baja el telón (1901)”, Revista de la Universidad, http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/ojs_rum/index.php/rum/article/viewFile/13009/14247, p. 9. Información sobre la apertura de la calle y sus efectos en el conjunto de la Profesa en Manuel Rivera Cambas, México pintoresco, artístico y monumental, tomo 1º, Imprenta de la Reforma, México, 1880, p. 211.
18 Clementina Díaz y Ovando, op. cit., p. 9.
19 El Siglo XIX, 18/VI/1872, p. 4.
20 The Spirit of Missions, IV/1865, p. 141; Joel Morales Cruz, The Mexican Reformation: Catholic Pluralism, Enlightenment Religion and the Iglesia de Jesús Movement in Benito Juarez´s Mexico (1859-1872), Pickwick Publications, Eugene, Oregon, 2011, posición 3865; Abraham Téllez, op. cit., p. 163.
21 The Spirit of Missions, VII/1865, p. 261, traducción de Abraham Téllez, op. cit., p. 164.
22 The Spirit of Missions, VII/1865, p. 257.
23 Ibíd, p. 259.
25 Abraham Téllez, op. cit., p. 169.
26 La Sociedad, 7/VI/1865, p. 3.
27 La Sociedad, 7/VII/1865. p. 1.
28 Arcadio Morales, “Datos para la historia”, El Faro, 15/IV/1897, p. 61. El autor menciona que a casi todos ellos los conoció bien y que, por ejemplo, Julián Rodríguez fue quien le invitó a las reuniones de San José del Real; Eusebio Trejo llegó a ser su suegro, y, al tiempo en que escribe menciona que Juan Butler reside en Toluca y Antonio Hinojosa es un anciano de 80 años, sastre, fundador e integrante de la Iglesia El Mesías en la ciudad de México. Manuel Aguilar Bermúdez muere en 1867, antes de que Arcadio Morales se integrara al grupo, razón por la cual no lo conoce personalmente, años después incluso pondrá en duda su papel como precursor del protestantismo en México. Al respecto ver El Abogado Cristiano Ilustrado, 22/VIII/1901, p 369.
29 Texto completo de la carta reproducido por el misionero Henry C. Riley, El Abogado Cristiano Ilustrado, 20/VI/1901, pp. 198-199.
30 El Pájaro Verde, 5/II/1866, p. 1
31 Ibíd.
32 El Abogado Cristiano Ilustrado, 20/VI/1901, p. 199.
33 La Patria, 31/VIII/1894, p. 1. Sobre la muerte de Aguilar Bermúdez no he podido precisar la fecha, sin embargo existe en el archivo de la Iglesia Episcopal, en Austin, Texas, una carta de Aguilar al reverendo Dennison, fechada en la ciudad de México el 8 agosto de 1867. Este dato lo brinda Joel Morales Cruz, op. cit., posición 4469.
34 Arcadio Morales, “Rectificación: el padre Aguilar”, El Abogado Cristiano Ilustrado, 22/VIII/1901, p. 369.
35 Noticia, y crítica, sobre el calendario en Agustín de la Rosa, “Un calendario protestante en México para 1866”, La Religión y la Sociedad, 3/III/1866, pp. 284-288.
36 Editado en México, Imprenta de Manuel Castro, 1866, Laura Suárez de la Torre, “La producción de libros, revistas, periódicos y folletos en el siglo XIX”, en Belem Clark de Lara y Elisa Speckman Guerra (editoras), La República de las letras. Asomos a la cultura escrita del México decimonónico. Publicaciones periódicas y otros impresos, vol. II, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2005, p. 20; Andrés Kirk, op. cit., p 89.
37 El Boletín Republicano, 29/IX/1867 p. 4 y 20/X/1867 p. 4; The Two Republics, 3/VI/1868, p. 4.
38 El Monitor Republicano, 3/IV/1868, p. 3.
39 El Siglo Diez y Nueve, 8/I/1869, p. 3. El sistema pedagógico promocionado por Joseph Lancaster consistía en el uso de los alumnos más avanzados para servir de monitores a sus compañeros de clase, aquellos, a su vez eran capacitados por un maestro para que los monitores reprodujeran en los grupos lo aprendido. Así, con pocos recursos humanos y materiales, podían ser escolarizados amplios números de niños y niñas. Para enseñar a leer a los infantes se hacía uso de cartillas preparadas ex profeso y basadas en la Biblia, a la que se tenía como libro de texto. Después los materiales de enseñanza sustituyen a la Biblia, pero el método de aprovechar a los estudiantes más avanzados continúa en uso en distintos países. La Sociedad Lancasteriana se origina en Inglaterra, en 1789. Es fundada en México en 1822, ver Dorothy T. Estrada, “Las escuelas lancasterianas en la ciudad de México: 1822-1842”, Josefina Zoraida Vázquez (Introducción y selección), La educación en la historia de México. Lecturas de Historia Mexicana, núm. 7, El Colegio de México, México, 1992, p. 49.
40 Jean-Pierre Bastian, op. cit., pp. 36 y 57.
41 El comunicado es reproducido por El Monitor Republicano, 23/VIII/1868, p. 2; y El Constitucional, 25/VIII/1868, p. 2.
42 El claustro y el convento de los jesuitas comenzaron a ser demolidos en 1846, para abrir la calle hacia la Alameda Central. En septiembre de 1862 el presidente Benito Juárez decretó que “las calles de la Acequia, donde vivió el general [Ignacio Zaragoza], y la recientemente abierta en el ex convento de la Profesa, se llame en lo sucesivo de Zaragoza la primera y del 5 de Mayo la segunda”. Verónica Zárate Toscano, “La patria en las paredes o los nombres de las calles en la conformación de la memoria de la ciudad de México en el siglo XIX”, Nuevo Mundo Mundos Nuevos, materiales de seminarios, 2005, p. 8.
43 Arcadio Morales, “Memorias”, El Faro, 15 de junio de 1947, en Alberto Rosales Pérez, op. cit., p. 23
44 Arcadio Morales, “Datos para la historia”, El Faro, 1/XI/1893, p. 165.
45 Ibíd.
46 La Iberia, 20/VI/1869, p. 3.
47 Abraham Téllez, op. cit., p. 170.
48 “Breve reseña de los cultos, o con más propiedad de las ‘sectas’ tituladas religiosas, invitadas a establecerse en la República”, Semanario Católico, 4/IX/1869, p. 4.
49 El Monitor Republicano, 9/X/1869, p. 2.
50 The Spirit of Missions, IX/1869, p. 553.

Fuente: Protestantedigital.

jueves, 28 de enero de 2016

Núcleos protestantes en el centro histórico de la ciudad de México, 1861-1873 (I)



Por. Carlos Martínez García, México.
Antes de la llegada denominacional organizada de los misioneros protestantes extranjeros (finales de 1872) se fue gestando en la ciudad de México un protestantismo endógeno. Este tuvo lugares donde se efectuaban sus reuniones, tanto en templos expropiados a la Iglesia Católica Romana por los gobiernos que encabezó Benito Juárez, como en salones rentados y en domicilios particulares. El presente es un intento de ubicar algunos de esos lugares, los cuales deberían ser rescatados del olvido por parte de los herederos confesionales de la generación precursora del protestantismo en la capital mexicana.
Aunque no con la misma fuerza que el liberalismo político, también se fue gestando en México un liberalismo religioso en la década de los cincuenta del siglo XIX. Una manifestación clara de este último fue el grupo de los Padres Constitucionalistas, un grupo de sacerdotes católicos que se organizaron en 1854, y cuyo movimiento se caracterizó por ser “reformista intracatólico, nacionalista y antirromanista”.1
Estos sacerdotes radicados en la ciudad de México hicieron activismo a favor de la Constitución liberal de 1857, en cuyas sesiones se deliberó acaloradamente sobre la libertad de cultos, aunque finalmente no fue aprobada como pugnaban los liberales radicales.2 Desde sus primeros escritos se dieron a conocer como “padres constitucionales reformistas”,3 el nombre de Padres Constitucionalistas les fue dado desde fuera del movimiento.
Los sacerdotes a favor de la Constitución liberal progresan en su organización sobre todo a partir de que el 15 de agosto de 1859. En la ciudad de México dan a conocer un documento en el cual manifiestan que su objetivo es “la observación verdadera de la santa y justa doctrina de Jesucristo”, y no reproducir “la costumbre del clero y su disciplina [que] parece más bien una secta errónea”.4 Denuncian que el arzobispo ha tenido conductas farisaicas, al infundir odio en el clero hacia las reformas liberales, y ello a causa de que las altas autoridades eclesiásticas “no respetan ni las Santas Escrituras, ni los Cánones, ni los Concilios, que por su sórdido interés a los bienes temporales, son la causa del desorden y la revolución social”.
Mediante su delegado el grupo solicita ser apoyado “para promover las reformas [y] convocar sacerdotes pacíficos, que reconociendo en todo al supremo gobierno, sometiéndose a la Constitución y leyes que de ella emanen, nos ayuden alarmadas por las predicaciones sediciosas de los falsos ministros, y de esta manera cooperemos al reconocimiento del gobierno nacional, al establecimiento de la paz y al Jesucristo, que fue pobre, humilde, indulgente y amable, no cruel, tiránico, rico y vengativo como lo representan los prelados de México”.5
El grupo confía su representación en el presbítero Rafael Díaz Martínez, quien es enviado hacia Veracruz, donde se encontraba el gobierno del presidente Benito Juárez, para comunicar a éste pleno respaldo contra el conservadurismo de la cúpula clerical romana. Juárez había promulgado, pocas semanas antes (12 de julio) del manifiesto de los Padres Constitucionalistas, la Ley de nacionalización de los bienes eclesiásticos.6 Lázaro de la Garza y Ballesteros, arzobispo de México, expide el 29 de julio, una carta pastoral para criticar y rechazar en todos sus términos la legislación juarista.7
El prelado expone que Juárez “hace al clero mexicano las mismas imputaciones que en todos países y en todos tiempos han hechos los enemigos de la Iglesia a sus ministros”. Considera que “las calumnias contra la verdad y contra quien la anuncie han sido siempre los artificios que han abierto el camino a la persecución”. El arzobispo sostiene que las nuevas leyes son un “desahogo [de Juárez] a sus sentimientos contra la Iglesia católica y sus ministros”.8
La reacción del arzobispo de México y obispos de otras entidades del país en contra de los Padres Constitucionalistas fue pronta y contundente. Tachan a estos de cismáticos, “sinagoga de Satanás, iglesia protestante e invención del jansenismo”. Además acusan a “los liberales de romper la unidad del país y de buscar la introducción de nuevas sectas”.9
Y mientras los padres reformistas se organizan y difunden sus postulados para crear una alternativa religiosa, en la ciudad de México, en 1860, en un local “contiguo al templo de la Santísima [donde] vivía un zapatero francés, éste los domingos reunía a ocho o doce personas a quienes leía y explicaba las Escrituras en castellano”.10 El mencionado templo se localiza en las actuales calles de la Santísima y Emiliano Zapata, en el Centro Histórico.
El 11 de enero de 1861 Benito Juárez entró triunfante a la capital del país, luego de tres años de cruento enfrentamiento armado con los conservadores.11 Solamente cuatro días después, los Padres Constitucionalistas firman una declaración de principios y posteriormente la hacen pública en la prensa. Manifiestan que están ejerciendo un sacerdocio distinto al católico romano predominante, y solicitan un espacio en que puedan desarrollar libremente su ministerio:

“República Mexicana. Agencia general del supremo gobierno para los negocios del clero constitucional. Exmo. Sr. Los que suscribimos, presbíteros mexicanos, ante V. E. respetuosamente exponemos: que deseando cumplir con nuestra misión apostólica, hemos procurado la paz de la República, tranquilizando la conciencia de nuestros ciudadanos, bendiciendo más de cuatrocientos matrimonios civiles, sepultando y bautizando a cuantos lo han solicitado, sin más recompensa que las voluntarias donaciones de las personas acomodadas, como consta del adjunto documento y otros muchos que no presentamos por haberlos interceptado los enemigos del progreso y de la verdadera religión. Esta conducta que ha escandalizado a los fariseos, nos pone en el caso para seguir desempeñando nuestro ministerio, de solicitar de V. E. un templo de los dedicados al culto católico, para que los fieles tengan quienes les ministren todos los sacramentos, sin más retribución que las donaciones voluntarias, y que con estos sientan los beneficios de la ley, los que por ignorancia no los pueden comprender. Contamos con que V. E. accederá a nuestra solicitud por ser de justicia. México, enero 15 de 1861. Rafael Díaz Martínez, Juan N. Enríquez, Atanasio Ocariz, José M. Arvide, Manuel Aguilar Bermúdez, Vicente Hernández, José M. Campos, Ausensio Torres, Juan Malpica, Anastasio Brizuela. Exmo. Sr. gobernador del Distrito.12

El Monitor Republicano consideró que la solicitud de los firmantes debía ser atendida, dado el contraste de la “conducta de esos sacerdotes virtuosos y verdaderamente evangélicos, que saben cumplir con la misión de paz y de caridad que les impuso el Salvador del mundo, y la de los otros, que hacen esfuerzos por continuar una guerra civil que ha asolado a la República, y no vacilan en derramar la sangre del pueblo por continuar formando un poder abusivo y ajeno de su ministerio”.13
Tres de estos sacerdotes desempeñarían actividades importantes para el posterior fortalecimiento del cristianismo no católico: Rafael Díaz Martínez, Manuel Aguilar Bermúdez, quien era masón,14 y Juan Nepomuceno Enríquez Orestes. Éste último destaca por ser el más prolífico del grupo, y sus escritos en defensa del movimiento ven la luz en distintas publicaciones de la época.
En el templo de la Merced comienza a oficiar misa e impartir sacramentos uno de los Padres Constitucionalistas, la nota periodística no proporciona su nombre, “pero se celebran sin el permiso de la autoridad eclesiástica [católica]”.15 Con anterioridad al personaje le había sido negada por el arzobispo “la licencia que solicitó para administrar en la Iglesia de Regina”.16
El periódico contrario a los Padres Constitucionalistas solicita a las autoridades eclesiásticas “se dignen aclarar qué es lo que hay respecto del templo de la Merced, sobre el que en el público tantas especies se vierten”. Es necesario hacerlo porque en el mencionado templo ofician “sacerdotes y eclesiásticos que se han separado de la Iglesia Católica Romana, para, sin duda, abrazar otra comunión”.17 La publicación considera que se hace indispensable orientar a “los verdaderos fieles”, con el fin de que “sepan a qué lugares no deben asistir, y a qué ministros deban o no ocurrir para la administración de los Santos Sacramentos y recibir el pasto espiritual”. Concluye la nota con la mención de “cuatro religiosos […] que existen en la Merced”, quienes por desobedecer las directrices del arzobispo “están suspensos”.18
El Pájaro Verde sigue de cerca las actividades de los sacerdotes cismáticos, y decididamente los critica, actitud en la que sigue principios con los cuales se identificaba: la defensa de la Iglesia Católica y su oposición a la política juarista. Desde que apareció el periódico (5 de enero de 1861), “a los liberales [radicales] se les conoció con el mote de ‘rojos’, y en contraposición se les decía ‘verdes’ a los conservadores”.19 Los primeros dijeron que el nombre del periódico era el anagrama de “arde plebe roja”, lo que negó Mariano Villanueva, su director.20
El ministro de relaciones de Juárez, Melchor Ocampo, dirige una misiva (22 de febrero) a Rafael Díaz Martínez, en la cual lo nombra “agente del gobierno para comenzar la reforma religiosa de la Iglesia Católica en México”. Además le asegura que “el gobierno cuidará de recompensar los trabajos suyos en proporción de la utilidad que de ellos espera sacar la República y a la vez procurará la recompensa de todos los buenos sacerdotes que vayan creyendo en su misión de paz”.21
A la solicitud del grupo de sacerdotes disidentes, las autoridades civiles responden otorgándoles en la capital de la nación el templo de la Merced, pocos días después los Padres Constitucionalistas reciben del gobierno la Iglesia de la Santísima Trinidad.22 Además de los actos eclesiásticos en estos lugares, “el grupo cismático no tuvo más actividad que las frecuentes reuniones en la casa del padre [Manuel] Aguilar [Bermúdez], con la presencia de una docena de sacerdotes cismáticos, a las que se unían el diputado Manuel Rojo y el artesano textil enriquecido, Prudencio G. Hernández, entre otros”.23 El domicilio de Aguilar Bermúdez estaba localizado en el número 4 de la calle de la Hermandad de San Pablo, renombrada después “1ª de Cuevas”,24 actualmente es la calle de Jesús María en el tramo comprendido entre Fray Servando (antes Cuauhtemotzin) y San Pablo.25
En casa de Aguilar Bermúdez se reúne una veintena de personas de distintas edades, incluso menores de edad e infantes. Hay lecturas bíblicas, intercambio de opiniones y esporádicamente Aguilar oficia de forma sencilla la Santa Cena, la cual imparte bajo las dos especies, el pan y el vino, elementos que “distribuía de rodillas”.26 Esto acontece antes de la Intervención francesa en México, es decir entre 1861 y principios de 1862.
Sobre ciertas características de los Padres Constitucionalistas contamos con el testimonio de Arcadio Morales, quien menciona que se destacaron por “1) Desconocer al Papa. 2) Celebrar la misa en español. 3) Dejarse crecer la barba y montar a caballo, vistiéndose de charro en lugar de llevar ropa talar”.27
El respaldo del gobierno juarista a los sacerdotes liberales no crea la disidencia religiosa de estos con Roma y la jerarquía que la representaba en México, sino que le otorga mejores condiciones para que se expresara. Sería un error concluir que es el anticlericalismo juarista el único factor que hace posible el surgimiento de los Padres Constitucionalistas. Más bien estos ven fortalecidos sus esfuerzos por construir un catolicismo diferente (que terminará rompiendo con el tradicional) a la llegada de un régimen favorable a sus ideas.
Rafael Díaz Martínez desempeña el papel de liderazgo entre los Padres Constitucionalistas, pero el más activo en cuanto a dejar de forma escrita los postulados del grupo es Juan Nepomuceno Enríquez Orestes. Es considerable el cúmulo de colaboraciones periodísticas en las cuales desarrolla la idea de que los verdaderos sacerdotes cristianos son quienes apoyan las Leyes de Reforma. No vacila en calificar a los integrantes del alto clero como contrarios al Evangelio de Jesucristo.
Sobre Juan N. Enríquez Orestes se sabe que fue “un misionero paulino y trabajó en Tulancingo, Zimapán, Alfajayucan, Mineral del Monte y Jacala. En Jacala y Tlaltizapán fue párroco. Venía de Monterrey y tuvo problemas con el obispo [Francisco de Paula] Verea, como también más tarde con los paulinos y el arzobispo [José Lázaro de la] Garza por sus ideas liberales”.28
En sus artículos de prensa, Orestes delinea una separación entre el que llama clero cristiano y los fariseos (prelados católicos conservadores). Del primero escribe que su “único delito consiste en dar oídos a sus deberes, en seguir dóciles los preceptos del Evangelio, en hacer brotar de sus labios palabras de consuelo y reconciliación, repartiendo el pan de la doctrina, los bienes espirituales de los Sacramentos, sin esperar lucro ni recompensa”. En contraparte, denuncia Orestes, los altos dignatarios desatan “maquinaciones sordas” contra aquellos al etiquetarlos de sacerdotes ilegítimos y envían personas a los lugares donde ofician los disidentes para desacreditar su ministerio:

“¿Qué objeto tienen esos hipócritas agentes colocados a la puerta de los templos que sirven, para decir en voz baja al pueblo ignorante que no entre allí porque quedará excomulgado, que aquellas iglesias están profanadas, que los sacerdotes que funcionan en ellas son unos apóstatas? ¿A qué vienen esas especies ridículas de los papeles reaccionarios de suponer que celebran la misa en traje secular, como si dado caso que fuera cierto semejante embuste, se seguiría algo en contra de la validez del Sacramento, como si su verdad dogmática pendiera de la vestimenta y demás accesorios? ¡Cuánta miseria! ¡Cuánta calumnia! ¡Cuánta infamia!29

En su afán de clarificar las posiciones de los clérigos que se ciñen a la Constitución y las Leyes de Reforma, Juan N. Enríquez publica en distintos periódicos y siempre señala a los altos funcionarios eclesiásticos católicos como adversarios del cristianismo primitivo, al que han distorsionado anteponiendo dogmas y tradiciones ajenos a su espíritu original. Lo mismo llama a defender la patria ante los intentos conservadores por revertir las conquistas liberales –denuncia el apoyo clerical a matanzas como la de Tacubaya (11 de abril de 1859)– que a deshacerse del celibato obligatorio para los sacerdotes y aboga por el derecho que tienen estos a la luz del Evangelio.30
Dos artículos de Enríquez Orestes merecen una extensa réplica por parte del connotado presbítero y teólogo católico Javier Aguilar de Bustamante. Son los publicados en El Monitor Republicano el 22 y 26 de mayo de 1862, titulados “Los sacerdotes cristianos y los fariseos”. En ellos el autor vuelve a la tipología antes utilizada por él para reiterar que los sacerdotes constitucionalistas reformistas son fieles al Evangelio, mientras que los fariseos, los altos clérigos católicos que combaten a Juárez y los liberales que le acompañan, en realidad traicionan las enseñanzas de Jesucristo.31
Para Orestes los abusos, desaciertos e infamias del clero romano son evidentes y van “contra los principios evangélicos y humanitarios de Jesucristo […] nadie ha sido más liberal ni más demócrata [que él]”.32 Contrasta las enseñanzas que procuran seguir los sacerdotes constitucionalistas, basadas en la Biblia, la que cita reiteradamente, con los desvaríos de la cúpula clerical que “trastorna la sana doctrina del Evangelio”.
A la eclesiología vertical de los que él llama fariseos, Enríquez Orestes antepone una más abierta y horizontal, sostiene que se equivocan los teólogos que tienen por “Iglesia […] al pontífice y a los obispos, y la Iglesia, señores, es notorio que la forman todos los fieles; y si a esta hubiera reservado Cristo nombrar súbditos a los sacerdotes, todos los creyentes tendrían que intervenir en este nombramiento”.33
Además de ser implacable en su crítica a dogmas carentes de sustento bíblico, Orestes no deja pasar el disoluto estilo de vida de algunos integrantes de la cúpula eclesiástica católica. Recuerda que “el Concilio prohíbe que se consientan en la Iglesia ministros de costumbres impuras y escandalosas: y en el clero de la República, pero principalmente en el metropolitano y en el de Puebla, hay eclesiásticos tan relajados, que podrían dar lecciones de inmoralidad a los más viciosos presidiarios”.34
Obispos y arzobispos, puntualiza Orestes, protegen y estimulan a los clérigos que “andan con los invasores” franceses, censuran a los “eclesiásticos liberales” y le niegan validez a sus oficios religiosos. Con osadía señala quiénes son los que se obstinan en el error y la rebeldía a las verdades evangélicas:
Ellos sí, son herejes, porque niegan la Escritura y la interpretan a su modo: cismáticos, porque se han separado de la misión del Evangelio, para formar una secta errónea que llaman romana: impíos, porque no tienen más religión que la del becerro de oro: irregulares, porque están manchados con la sangre de tantos asesinatos a que han cooperado públicamente de cuantos modos han podido, en la guerra intestina y en la invasión presente, cuya sangre está corriendo sobre sus coronas: excomulgados, porque la Iglesia verdadera del Mártir del Gólgota, aleja de su seno a los ministros indignos, cubiertos de tantas maldades.35
Con razón en su respuesta a Orestes el abogado y teólogo Javier Aguilar de Bustamante inicia afirmando que en los treinta años que lleva de servir en la sagrada Mitra “no había visto que apareciese un solo eclesiástico mexicano que atacara el dogma de la Iglesia; ni sé que en el presente siglo ni en los anteriores, existiese un miembro del clero de nuestra República que agitara los ánimos y las creencias de un pueblo, esencialmente católico”.36
Al referirse a los Padres Constitucionalistas Aguilar de Bustamante considera que ellos, en el siglo XIX, “quieren seguir el ejemplo de los [protestantes] del XVI”. El teólogo católico tiene en claro que Orestes abriga el plan de cultivar el protestantismo “entre los ilusos, sembrando doctrinas anti-católicas, ataca la unidad católica y la unidad del pueblo que a todo trance debemos conservar los mexicanos, como la principal garantía de nuestra existencia desgraciada”.37
Bustamante subraya que los esfuerzos de Orestes y demás curas constitucionales son cismáticos, “porque promueven la separación o división de la Iglesia universal”; además son heréticos ya que “se oponen a la verdad católica propuesta por la Iglesia y revelada por Dios”. No sin antes hacer largas disquisiciones basadas en el pensamiento de teólogos católicos y concilios, así como en defender la supremacía del Papa en turno, Aguilar de Bustamante expresa a Orestes que sus “esfuerzos impotentes forman su sepulcro, y que fuera de la Iglesia no hay salvación, ni en el tiempo ni en la eternidad”.38
Como en México se ha decretado la libertad de cultos y la abstención del Estado para proteger a la confesión religiosa histórica del país, el catolicismo, lamenta Bustamante, entonces por ello es posible que Orestes pueda difundir libremente sus errores: “si las más ilustres familias de Egipto, de Grecia y Roma, que componían los colegios pontificios, hubieran tenido un sacerdote que hubiese profanado el honor de sus compañeros, los tribunales de la República hubieran abierto sus salas para fallar sobre el tránsfuga que los hubiese ofendido”.39
El conjunto de lo que llegó a ser el templo y convento de la Merced inició su construcción en 1602. Un templo más amplio al inicial comenzó a ser edificado en marzo de 1634 y concluida la construcción el 30 de agosto de 1654. En 1862, “como resultado de la extinción de las órdenes monásticas, se dio principio a la demolición del convento y de la iglesia”.40 En el sitio donde estuvo el templo se acondicionó una “plaza que sirve de mercado”.41 En la siguiente cita se describe cómo era el templo en el que oficiaron por unos meses servicios religiosos no católicos los Padres Constitucionalistas:
Espaciosa y de tres naves, resguardada por un techo de dos aguas, formado exteriormente de láminas de zinc y cubierto interiormente por un bello artesonado, sustituyendo a la cúpula una pirámide hueca hexagonal con una ventanilla en cada faz y con los detalles del techo en general. El templo estaba construido de norte a sur, a éste rumbo la ábside y a aquel las tres puertas correspondientes a las naves. El atrio era cuadrado, y limitado al sur y al este por las portadas del templo mayor y de la Santa Escuela por el norte y oeste por dos tapias con sus correspondientes entradas.42
Lo que hoy permanece del majestuoso conjunto es el claustro del convento de la Merced, el templo fue derruido en 1862. El Instituto Nacional de Antropología e Historia se hizo cargo en 2011 de la restauración del claustro y concluyó a finales del 2013.43 Imágenes del proceso restaurativo reflejan algo de la belleza que tuvo el conjunto original.44
El templo de la Merced albergó por unos cuantos meses el movimiento de los Padres Constitucionalistas, que dirigieron servicios libres del control de la Iglesia Católica Romana, y con ello fueron precursores en la gestación del protestantismo en la ciudad de México.

Notas
1 Daniel Kirk Crane, La formación de una Iglesia mexicana, 1859-1872, tesis de maestría en Estudios Latinoamericanos, UNAM, México, 1999, p. 47.
2 Los pros y contras en la discusión en Los debates sobre la libertad de creencias, Facultad de Derecho-UNAM, México, 1994.
3 Por ejemplo en La Unidad Católica, 26/IX/1861, p. 2; El Constitucional, 17/XII/1861, pp. 1-2; 28/XII/1861, p. 1 y 29/XII/1861, p. 2.
4 Kirk Crane, op. cit., p. 48.
5 Ibíd.
6 Documento reproducido por Tena Ramírez, op. cit., pp. 638-641.
7 Carta pastoral del Ilmo. Sr. Arzobispo de México Dr. D. Lázaro de la Garza y Ballesteros, dirigida al V. Clero y fieles de este arzobispado con motivo de los proyectos contra la Iglesia publicados en Veracruz por D. Benito Juárez, antiguo presidente del Supremo Tribunal de la Nación, Imprenta de José Mariano Lara, Calle de la Palma núm. 4, México, 1859, 15 pp.
8 Ibíd., pp. 13 y 15.
9 Citado por Jean-Pierre Bastian, op. cit., p. 33.
10 Arcadio Morales, “Asunto histórico”, El Faro, 1/VI/1906, p. 97.
11 Raúl González Lezama, Reforma liberal, cronología (1854-1876), Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, México, 2012, p. 79.
12 Monitor Republicano, 19/I/1861, p. 4. Al siguiente día el documento es reproducido por La Reforma, p. 2. Cuatro décadas y media más tarde la proclama es retomada por El Faro, órgano de la Iglesia Nacional Presbiteriana de México, que la publica bajo el título “Documento histórico”, 15/VII/1906, p. 120.
13 Monitor Republicano, 19/I/1861, p. 4.
14 La Patria, 18/XII/1891, p. 3.
15 El Pájaro Verde, 24/I/1861, p. 2.
16 Ibíd.
17 Ibíd.
18 Ibíd.
19 Lilia Vieyra Sánchez, “El Pájaro Verde”, en Miguel Castro y Guadalupe Curiel (coordinación y asesoría), Publicaciones periódicas mexicanas del siglo XIX, 1856-1876 (parte I), UNAM, México, 2003, p. 426.
20 Ibíd., p. 425 y Vicente Quirarte, Elogio de la calle. Biografía literaria de la Ciudad de México, 1850-1922, Ediciones Cal y Arena, México, 2010, p. 12.
21 Jean-Pierre Bastian, op. cit., p 33.
22 El Pájaro Verde, 9/II/1861, p. 2.
23 Jean-Pierre Bastian, op. cit., pp. 33-34.
24 Daniel Kirk Crane, op. cit., p. 91; Alberto Rosales Pérez, Historia de la Iglesia nacional presbiteriana El Divino Salvador de la ciudad de México, 1869-1922, s/e, México, 1998, p. 13.
25 Agradezco esta información a Juan Merlos Estrada.
26 Arcadio Morales, “Asunto histórico”, El Faro, 1/VI/1906, p. 97.
27 Arcadio Morales, “Historia del Evangelio en la República Mexicana”, en Joel Martínez López, Orígenes del presbiterianismo en México, s/e, Matamoros, Tamaulipas, 1991, p. 70.
28 Daniel Kirk Crane, op. cit., p. 58.
29 El Monitor Republicano, 11/III/1861, p. 1.
30 El Constitucional, 17/XII/1861, p. 1-2; 28/XII/1861, p. 1; 29/XII/1861, p. 2; El Monitor Republicano, 14/IV/1862, pp. 2-3; 22/IV/1862, pp. 1-2; El Siglo Diez y Nueve, 29/IV/1862, p. 3.
31 Aguilar de Bustamante reproduce los artículos en su obra Ensayo político, literario, teológico, dogmático, Tipografía de Sixto Casillas, México, 1862, pp. 227-254. Los mismos han sido incluidos en Carmen Rovira (compiladora), Pensamiento filosófico mexicano, del siglo XIX a primeros años del XX, tomo II, México, UNAM, pp. 61-81. Es de esta obra de donde citaremos los artículos de Orestes.
32 Carmen Rovira, op. cit., pp. 62 y 64.
33 Ibíd., p. 68.
34 Ibíd., p. 73.
35 Ibíd., p. 79.
36 Javier Aguilar de Bustamante, op. cit., p. 219.
37 Ibíd., p. 225.
38 Ibíd., p. 314.
39 Ibíd. pp. 314-315.
40 Antonio García Cubas, El libro de mis recuerdos, Imprenta de Arturo García Cubas, Hermanos Sucesores, México, 1904, p. 107.
41 Manuel Rivera Cambas, México pintoresco, artístico y monumental, tomo segundo, Imprenta de la Reforma, México, 1882, p. 167.
42 Antonio García Cubas, op. cit., p. 107.

Fuente: Protestantedigital.