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jueves, 31 de diciembre de 2015

Ídolos que simulan virtud



Por. Martin Payba Adet, Argentina
Desde siempre me transmitieron la importancia de leer la Biblia a diario. Algo muy bueno y sin lugar a dudas recomendable para el conocimiento de Dios, de su revelación en Jesús. Aun así, a veces me daba la impresión de que la importancia del encuentro con la Biblia se distorsionaba. Ya no era tanto una sana enseñanza. Poco a poco comenzaba a ser algo más. Hace unos años empecé a notar que esta disciplina se convertía sutilmente en un criterio de espiritualidad, en uno de los ejes fundamentales del actuar cristiano, un termómetro del fervor. En otras palabras, se convertía en un fin en sí mismo. Y si esto es así, es un grave error.
Encuentro muchas personas diciendo que cuando no están en la voluntad de Dios o cuando están lejos de Dios, sus vidas están mal. En el transcurso de la conversación algunos señalan que esto se debe a la falta de lectura bíblica, entre otras cosas. Por el contrario, resulta curioso que muy pocas veces escucho decir que esta lejanía se deba al egoísmo o al desamor, o a no ser compasivo o paciente.
Lo que la enseñanza evangélica insistentemente ha estado machacando en nuestras cabezas —no sistemáticamente, sino de una manera más bien flotante— es que hay tres cosas fundamentales para cumplir con el quehacer cristiano: leer la biblia a diario, tener un tiempo de oración concreto y asistir fielmente los domingos a las reuniones de culto. Esos son los supuestos requisitos indispensables. En sí mismas, estas cosas, como ya mencioné, no son malas, sino incluso todo lo contrario, siempre y cuando la lectura sea reflexiva y fruto de una sed verdadera; la oración sea una entrega genuina, no motivada por la culpa o con fines de auto-redención y el acto de reunirse no sea costumbrismo, sino sincera comunión. Cuando no es así, esta trinidad de conductas termina siendo más dios que el verdadero Dios. Jesús pone esta cuestión sobre el tapete con la parábola del buen samaritano. El que se quedó observando sus asuntos cultuales (asistencia al templo y otras actitudes religiosas) no es ejemplar para Jesús, sino este hombre anónimo de Samaria, que activamente ama a su prójimo. Este es el criterio fundamental.
El problema es que el acto de bien no es patrimonio del cristianismo, sino un don que Dios regaló a la humanidad. No es un acto de exclusividad cristiana, no es un acto que nos separe y por ende nos dé contraste. Queremos lo palpable, lo concreto, lo mensurable para poder dejar en paz a nuestra conciencia de que somos espirituales porque esta semana leímos cuatro veces la Biblia, pero estamos tibios cuando solo la leímos una vez. Pero ese no es el pensamiento de Jesús. Aunque hay actos de exclusividad cristiana, el acento de Jesús parece estar en cuestiones más universales como la paciencia o la compasión. Aun así, volvemos a construir nuestra identidad en torno a lo tangible, a lo exclusivo: ir al templo, leer un capitulo diario, tener media hora de oración, apartar el diezmo, cosas que si son un fin en sí mismas son solo para calmar la sed religiosa de nuestra conciencia que quiere decirnos: haciendo esto soy cristiano, soy espiritual.
Volvamos a lo que sabemos que Dios quiere y llevémoslo a nuestro contexto. Suena muy bien decir: “Liberemos a los cautivos, pongamos vendas al herido” ¿Pero como liberamos y como vendamos hoy, donde la necesidad no radica en heridas físicas necesariamente? Hoy liberamos con un abrazo silencioso; vendamos las heridas con una escucha sincera y sin interrupciones; amamos cuando no somos presurosos para juzgar u opinar, cuando aliviamos siendo prudentes con nuestras palabras; imitamos a Jesús ejercitando activa y conscientemente servicio al otro. Todo esto es intangible porque pertenece a una categoría diferente a la terrenal, es intangible porque es netamente espiritual. Jesús quiere derribar nuestros pequeños lugares de seguridad, nuestros altares y nuestros ídolos. Nos quiere recordar que ‘ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre (…) mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad’. Jesús quiere que abandonemos nuestros fetiches, nuestros amuletos, nuestras oraciones mágicas y nuestras supersticiones disfrazadas de espiritualidad. Jesús sigue diciendo: ‘Misericordia quiero y no sacrificio’. Mientras sigamos sacrificando nuestros corderos para apagar la ira de nuestros dioses falsos seguiremos esquivos al aroma de redención y de libertad que nos da Jesús. El desafío es soltar las exigencias falsas del juez interior que busca el cumplimiento de la ley y ser capaces de mirar al Cordero, que quita el pecado del mundo y nos da la libertad de vivir en Su espíritu.

Fuente: Lupaprotestante, 2015.

martes, 4 de agosto de 2015

El pecado es invisible



Por Víctor Hernández, España*
La vida en el Espíritu es la formulación que hace Pablo para definir la vida cristiana: a partir de la experiencia de encuentro con Jesucristo, con su cruz y resurrección, da inicio una forma de vida novedosa. No consiste meramente en un cambio de vida, en el sentido moral o en el sentido de estilo de vida, sino que consiste en una transformación a partir del poder del Espíritu del Jesús resucitado. Así lo dice la promesa de Jesús a los discípulos: “Y yo le pediré a Dios el Padre que les envíe al Espíritu Santo, para que siempre los ayude y siempre esté con ustedes. Él les enseñará lo que es la verdad.” (Juan 14:16-17, TLA).
La vida en el Espíritu o “andar conforme al Espíritu”, como también lo expresa Pablo (Romanos 8:1), consiste en una vida donde tiene lugar el proceso de transformación que el Espíritu opera en cada creyente y en la comunidad. Es una transformación en la cual se manifiesta, de manera actual, el poder de la resurrección, el poder de vida sobre la muerte. Este poder de la resurrección no tiene que ver meramente con una vida futura, sino con la vida presente, la vida histórica. Ese poder de la resurrección afecta el presente, pues se contrapone al modo en que funcionan las cosas en la sociedad; incluso es una amenaza contra el orden social, o para decirlo con un verso de la poeta Julia Esquivel: “nos han amenazado de resurrección“. La vida en el Espíritu es una vida afectada, transformada, por la resurrección.
Creo que para comprender mejor esta vida en el Espíritu, es necesario entender la noción de pecado. ¿Qué es el pecado? ¿Tiene sentido hablar de pecado hoy día o es un concepto antiguo que ya no dice nada? Habitualmente se asocia la idea de pecado con inmoralidades sexuales o con comportamientos “desviados de una norma”, pero esto no ayuda mucho porque produce un malentendido: suponer que es fácil saber qué es pecado y dónde se le halla. En las definiciones teológicas y las confesiones cristianas clásicas, se dice que el pecado es aquello que nos separa de Dios, que nos separa de la vida, que rompe el vínculo con el prójimo y, al final, también rompe el vínculo consigo mismo. El pecado nos aliena de todos y todo.
En la enseñanza del Nuevo Testamento el pecado es invisible. Creo que no hemos reparado mucho en esta enseñanza. El pecado no es tanto aquel comportamiento reprobable que miramos, sino algo que no es visible pero que es real y opera de manera efectiva. Por tanto, es importante superar el malentendido que asocia pecado con una “tipificación de delitos o desviaciones” (que es lo que hacen los códigos jurídicos o morales). El pecado, en cambio, tiene una dimensión de invisibilidad, de operar de manera inmanente pero sin que se le mire, como si fuera algo “natural”.
El pecado sólo se hace visible a partir de la fe. En el evangelio de Juan es muy común hablar de la fe como el acto de mirar, de abrir los ojos. Si de pronto podemos ver es porque antes no podíamos. Hay una ceguera, una imposibilidad de ver la realidad del pecado en la sociedad, que se termina cuando tiene lugar esa experiencia espiritual del encuentro de los discípulos de Jesús: se les abren los ojos, pueden mirar lo que se les revela por medio de Jesús, es decir que sus ojos pueden ver la presencia de Dios (Juan 1:39, 12:45; 14:9). El “poder ver” a partir del seguimiento de Jesús es una experiencia espiritual: viene dado por la gracia.
Y por la gracia, la gracia del perdón, se puede ver el pecado o los efectos del pecado. Previo a esa experiencia no es posible, porque el pecado no es visible: estamos ciegos espiritualmente a su realidad, a su operación y consecuencias. Pablo lo explica muy bien en la carta a los Romanos, cuando plantea que podemos caminar en el Espíritu porque “no hay ya ninguna condenación” (8:1ss). Y, en razón de esa nueva condición de “no condenados” se puede comprender el pecado, dice Pablo, como “la injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad” (Romanos 1:18). Es importante la expresión de Pablo, sobre el “encarcelamiento” de la verdad, porque apunta a la manera como el pecado se invisibiliza, de manera que la verdad queda prisionera y no se la puede encontrar fácilmente.
Creo que esto se puede comprender mejor con un ejemplo contemporáneo: me refiero a la homofobia. Sabemos que la homofobia se refiere a una serie de prácticas, actitudes y posicionamientos que rechazan y excluyen a personas que no se ajustan a las normas de la heterosexualidad. Las personas homosexuales (y de otras identidades de género) padecen la homofobia como marginación, acoso, desigualdad, rechazo, como una violencia, naturalizada desde la posición que defiende la “vida normal”. Precisamente porque la homofobia forma parte de una polémica viva en la actualidad, lo comento como ejemplo del pecado invisible o la dimensión invisible del pecado.
Esto se comprende mejor si hacemos la analogía con otros “pecados invisibles” como el racismo o el machismo. Es importante reconocer la “estructura invisible” o el orden que hace posible su “no visibilidad”. Así, por ejemplo, el racismo no es algo que se pueda mirar, en la medida en que forma parte de un orden y se vive inmerso en él. La gente racista no se mira a sí misma como racista (yo no les discrimino, sólo que no les quiero en mi país y no les quiero junto a mis hijos). Si pensamos en el ejemplo histórico del apartheid en Sudáfrica (sistema legal entre 1948 y 1993, que discriminaba a personas negras, indias o “de color”), hemos de tener presente que dicho sistema se sostenía por las creencias, prácticas y actitudes que consideraban “normal” dicho orden social. La iglesia reformada holandesa apoyó el régimen del apartheid y no fue sino hasta 1992 que reconoció el apartheid como pecado. El racismo no se veía desde adentro de la posición dominante de los blancos. Los blancos no veían nada mal en ese orden. Era lo “natural”. Incluso, se podían hacer excepciones que, como premio a servicios especiales prestados al gobierno, otorgaban a los negros el título de “blanco honorario” o cuando hubo que hacer negocios con japoneses, se les daba ese título a personas asiáticas. Todo este relato del apartheid nos permite visualizar “lo invisible” del pecado, dicho casi como un oxímoron. Costó mucho, y a muchas personas, lograr abolir el apartheid y fue necesario visibilizar aquello que no era visible. Desde la perspectiva de la fe cristiana, esto se formula así: el racismo se deriva del pecado, hay algo pecaminoso en la práctica del racismo.
Me parece que lo mismo pasa con la práctica del machismo y con la práctica de la homofobia (o la práctica del patriarcalismo y la heteronormatividad): operan como algo que penetra y atraviesa muchas ideas, gestos, decisiones, prácticas, emociones y actitudes que tienen como consecuencia la violencia sistemática contra mujeres o personas de identidad de género no heterosexual. Es la dimensión invisible del pecado, “la injusticia que aprisiona con injusticia la verdad”, el pecado que produce heridas y muerte, el pecado que rompe los vínculos y que instituye un mundo injusto, donde unos dominan y oprimen a los otros, pero es el pecado que logra instituir esa realidad como algo “natural”, incluso como algo legitimado por la religión.
Aquí es donde opera el poder de transformación del Espíritu de Jesucristo, porque abre los ojos. A partir de la experiencia de perdón sin límite del Padre de Jesús es posible una nueva mirada: el reconocimiento del pecado que está allí, en las creencias y prácticas que producen injusticia y cuyo fruto es la muerte (exclusión, rechazo, marginación). Pero no sólo se mira el pecado que era invisible, sino que se mira algo más importante: las posibilidades de un mundo nuevo, sin exclusiones, un mundo reconciliado, que en el lenguaje del Nuevo Testamento se llama Reino de Dios, nueva creación. Un sueño. El sueño de Dios, del que siempre nos habla Jesús por medio de sus parábolas y su vida. Y uno siente, entonces, que puede levantarse y trabajar por ese mundo, que puede tener nuevas fuerzas para contribuir a la transformación del mundo, conforme a la voluntad de Dios. Y no lo hacemos por nuestras solas fuerzas o ideas, sino que lo hacemos sostenidos, atravesados por el Espíritu de Jesucristo, que como dice Julia Esquivel, nos hace: Vivir muriendo / Caminar esperanzados / Y saberse resucitados.

*Víctor Hernández. Doctor en psicología y licenciado en teología. Pastor de la Iglesia Evangélica Española. Actualmente se dedica a la psicoterapia y psicología clínica, es también pastor de la Església Evangélica Betlem en Barcelona.

Fuente: Lupaprotestante, 2015.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Cuando el culto se convierte en espectáculo

Por Máximo García Ruiz, España*


Cuando el culto se convierte en espectáculo, la predicación en conciertos musicales, las ofrendas en fuente de enriquecimiento personal, la enseñanza deja de ser un medio de liberación para mutarse en adoctrinamiento, la libre participación se transforma en sometimiento al líder, la vida entera es absorbida por la institución religiosa, tenemos el derecho a preguntarnos si se trata de una iglesia de Jesucristo o estamos hablando de otra cosa; en términos religiosos, de una secta.
Los movimientos-espectáculo en torno a sectores conocidos como evangelicalismo, no cesan.  En ocasiones sirviéndose de métodos taumatúrgicos, simulando implantes de muelas con diamantes o anunciando sanidades espectaculares que no es posible verificar, una corriente que, por cierto, está dejando de ser protagonista en ese mundo maravilloso para dejar paso a otras expresiones con mayor afinidad con las demandas de las nuevas generaciones, como es el espectáculo musical.
Nos referimos a una corriente que ha irrumpiendo en las iglesias con fuerza, hasta el punto de que una de las instituciones religiosas de moda, la Hillsong Church, se ha convertido en poco tiempo en el foco de atracción de miles de feligreses, especialmente jóvenes, que acuden con fervor a sus cultos y “conferencias” desde Australia a Barcelona, pasando por Londres, Kiev, África del Sur, Nueva York, Francia, Estocolmo, Alemania, Amsterdam, Copenhague, Los Ángeles, México, Brasil y, muy pronto, Argentina y otros lugares del mundo, entre ellos, tal vez, alguna otra ciudad española, tal vez Madrid, teniendo como foco de atracción la música. Según datos difundidos sobre los cultos y conferencias de ese movimiento, la edad de sus participantes no supera  por lo regular los 30 años.
En el lenguaje de las nuevas generaciones la música ha desplazado a la palabra, que se bate en retirada, refugiándose ésta, en el mejor de los casos, en un lenguaje con frecuencia críptico, a través de un vehículo invasor conocido como wassapp. La fuerza de la llamada “alabanza” ha supuesto ya un cambio notable desde hace unos años en todo tipo de iglesias, incluidas las “históricas”, en cuyos cultos ha desplazado en buena media a la predicación, pero la irrupción de movimientos como la Hillsong Church hace pensar que no estamos nada más que en los prolegómenos de una nueva era que amenaza con arrasar con fuerza las tradiciones más conspicuas del protestantismo reformado, sea el procedente de la Reforma Magisterial o el de la Reforma Radical, también conocida como Anabautismo.
En torno al pensamiento religioso la producción musical de la Hillsong Church se ha abierto brecha entre las grandes discográficas del mundo, con incidencia especial en el mundo religioso. Se ha dicho que no se sabe bien si se trata de una iglesia que vende discos o de una discográfica que ofrece consuelo a sus parroquianos. Sus “conferencias”  o “campañas de captación” están siendo un medio eficaz de atracción no sólo de cara a personas fuera del ámbito de la fe, sino de forma especial pescando en caladeros protestantes, donde los peces están ya agrupados y resulta mucho más sencillo atraerlos a sus redes.
Es indudable que los líderes de ese movimiento han sabido captar las tendencias de las nuevas generaciones y están ofreciendo el “producto” que tiene la eficacia de responder a las demandas de una buena parte de la juventud, alcanzando un éxito innegable, si identificamos éxito con asistencia, especialmente porque al atractivo indiscutible de la música, se une la contundencia de la doctrina impartida desde un magisterio no sujeto a ningún tipo de cuestionamiento, que ofrece seguridades y certezas a sus seguidores, evitando que piensen y actúen por sí mismos.
Salvando las distancias, no nos resulta nada extraño ese fenómeno, si lo comparamos con los miles o centenares de miles de personas que asisten a los encuentros musicales que se celebran a lo largo del año en diferentes ciudades de España y otras partes del mundo, en los que los cantantes de moda atraen a sus fans, con frecuencia durante largos fines de semana, acompañando la música con drogas, alcohol, sexo y otro tipo de estupefacientes. No insinuamos que exista una total analogía, especialmente en lo que se refiere a las drogas y el resto de prácticas anejas mencionadas, pero existen puntos en común en otros aspectos.
Y si de éxito hablamos, identificando éxito con asistencias masivas, ahí tenemos como ejemplo universal la convocatoria semanal del fútbol, que llena los estadios de hombres y mujeres entregados incondicional y pasionalmente a su equipo, dispuestos a matar si es necesario (sólo en algunos casos, afortunadamente), por defender sus colores. Tal vez, cuando la furia por la música pase, a algún genio religioso se le ocurra transformar el culto en algún tipo de espectáculo deportivo de moda, con tal de mantener el éxito y congregar en torno a su liderazgo (por lo regular indiscutible e indiscutido) a tantos miles de personas como sea posible. La genialidad de algunos líderes seudo religiosos;  empleada para atraer a diferentes grupos forzándoles a que asuman “sus valores” en sustitución de los valores del Evangelio, parece ser infinita. Nos informan que los jóvenes de la iglesia marginal denominada Iglesia Universal del Reino de Dios en Brasil, adoptan estética y lenguaje militar, bajo el nombre de “gladiadores del altar” (fuente: Protestante Digital) imitando, tal vez, a los “legionarios de Cristo” y otros grupos semejantes de la Iglesia católica, por no mencionar a determinadas organizaciones evangélicas de índole parecida. El problema no es “hacerse todo a todos” imitando con ello al apóstol Pablo (cfr. 1ª Corintios 9:19-23), sino sustituir el mensaje y los valores cristianos por otro mensaje y por otros valores.
No seremos nosotros los que cuestionemos la importancia de la música como lenguaje universal de comunicación, incluso como medio transmisor de profundos impulsos espirituales; tampoco defendemos la necesidad de mantener incólume las formas de culto tradicionales propias de la época de la Reforma, aunque haya, como hay, himnos que transmiten una entrañable teología que nos vincula con nuestros antecesores. Adaptar el lenguaje a la realidad social, vincular el mensaje a los problemas cotidianos y desarrollar un tipo de relación más horizontal en los cultos, que sustituya el engolamiento y la solemnidad de algunos predicadores del pasado, pueden y deben ser motivos de aggionarmento en los cultos de las iglesias históricas. Ahora bien, todo ello sin olvidar algunos detalles que definen, desde sus inicios, los cultos en el movimiento reformado: 1) la lectura de la Biblia como elemento central; 2) la predicación como componente vertebrador; 3) los cánticos como expresión festiva comunitaria, no como lucimiento personal; y 4) la ofrenda, como respuesta de compromiso participativo. A todo ello, en su conjunto, en el lenguaje protestante se le denomina alabar a Dios, equivalente a rendir culto a Dios.
Y una nota más para cerrar esta reflexión. De los conciertos de rock u otros géneros musicales, así como de los encuentros deportivos, no  se espera que se rijan por reglas éticas o valores cristianos, pero de un movimiento que se autodenomina Iglesia de Jesucristo, sí se espera y desea que incorpore reglas de conducta adecuadas a una ética cristiana homologable, de la que se exige respeto hacia las iglesias ya establecidas, no cayendo en un proselitismo seductor, para captar a los jóvenes ya vinculados a iglesias donde han gestado su fe y desarrollado su vida espiritual hasta ese momento.

* Máximo García Ruiz es licenciado en teología, Licenciado en sociología y Doctor en teología. Profesor de sociología y religiones comparadas en el seminario UEBE y profesor invitado en otras instituciones académicas. Por muchos años fue Presidente del Consejo Evangélico de Madrid y es miembro de la Asociación de teólogos Juan XXIII.

Fuente: Lupaprotestante, 2015.

domingo, 8 de febrero de 2015

Una mujer puede aprender, pero no enseñar



Por. Isabel Pavón, España
Hay creyentes que se saben un par de versículos de memoria sacados de contexto para afianzarse en contra de sacar a la luz los dones de las mujeres y olvidan aprenderse otros que están a favor.
Hay varones que se dedican a enseñar en las diferentes congregaciones. En estos eventos, ya sean gratis o por mediación de pago, están admitidas las mujeres. Ellas estudian los mismos temas que los varones, hacen los mismos ejercicios e intervienen en los mismos debates. En el caso de hacer exámenes, igual que los hombres, sacan sobresalientes en las diferentes materias.
No obstante, algunos de estos maestros, incongruentemente están en contra de que las mujeres enseñen a otros adultos (sí a los más pequeños, discriminando a estos también). Cuando están preparadas no permiten que transmitan esos conocimientos, esconden su verdadero sentir y dicen que es Dios quien lo prohíbe. Me pregunto qué sentido tiene, cuál es el fin de enseñarles si después no pueden compartir con los demás lo que han aprendido. Son discriminadas, se ven amordazadas ante los fieles y si alguien no está de acuerdo, mira para otro lado para no señalarse.
Por otro lado me consta que cuando algunos de estos que menciono asisten a actos, se salen fuera si ven que predica una mujer. Prefieren esperar en la calle, ya sea con frío o con calor, a que termine para que ninguna de sus palabras les entre en los oídos y les confunda. ¿Por qué tanto temor? ¿O será desprecio a la obra de Dios en el género femenino? ¿Cómo puede alguien enseñar primero y marcharse después si, por ejemplo, una de sus alumnas comparte las enseñanzas que él mismo le ha impartido antes?
Hay creyentes que se saben un par de versículos de memoria sacados de contexto para afianzarse en contra de sacar a la luz los dones de las mujeres y olvidan aprenderse otros que están a favor.
En el sobre de un azucarillo leí la siguiente frase atribuida a Platón: El que aprende y aprende y no practica lo que sabe, es como el que ara y ara y no siembra. Aquí se describe bien el sentido de lo que quiero expresar aunque yo lo redactaría de la siguiente manera: La que aprende y aprende y no puede practicar con otros lo que sabe, es como la que desea arar y arar para sembrar y no puede porque hay quienes le ponen cercas al campo para que no entre.

Fuente: Protestantedigital, 2015.