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domingo, 8 de marzo de 2015

Siempre hubo mujeres valientes



Por. Isabel Pavón, España
Según Celia Amorós (La Idea de Igualdad), el patriarcado es un conjunto de prácticas reales y simbólicas. Es una organización social que se perpetúa en el tiempo. En este concepto, el hombre tiene posibilidad de realizarse en dos ámbitos: privado y público. Tiene derechos. La mujer sólo en el privado y carece de ellos. En el Antiguo Testamento (escrito bajo la perspectiva masculina, en algunas ocasiones misógina) podemos observar con claridad que las acciones de ella (obligada a estar quieta y ser modesta) estaban bajo la supervisión del padre, esposo o hermano. Nunca de sí misma. De ahí que en las Escrituras aparezcan con bastante frecuencia sin nombre propio, solo como hija de, esposa de o hermana de. Las leyes estaban enfocadas al varón ya que a la mujer no se le concede identidad propia. El lado oficial de la comunidad la constituía los hombres. Ellas simplemente pertenecían al amplio grupo familiar. Además, servían como objeto de intercambio para unir lazos entre diferentes grupos sin que pudieran opinar sobre el tema. Sus tutores eran los que daban el visto bueno a sus matrimonios y fijaban el coste. Este precio dependía de su estado, si se mantenía virgen o viuda, si estaba en edad de poder reproducirse. El padre también tenía derecho a venderla como esclava (la mayoría de las veces para ser concubinas). En el Antiguo Israel, los varones eran los únicos portadores del honor. Como comentaba en líneas anteriores, las mujeres se valoraban más si se hallaban en edad de concebir y parir hijos, sobre todo varones. Ser estéril resultaba una maldición para ellas, sus maridos, sus grupos y podían ser repudiadas. Sufrían una presión social atroz y a veces de sus propias compañeras. Para paliar esta falta, adoptaban hijos de otras (esclavas o concubinas).
Como expresa Esperanza Bautista Parejo: "las culturas patriarcales antiguas daban por supuesta la superioridad del hombre. Se pensaba que sólo el varón poseía y expresaba plenamente lo humano y, en una actitud muy cercana al corporativismo, se exaltaban como virtudes la lealtad y la amistad entre varones para confirmar así una posición social que se compartía entre iguales". Las viudas sin hijos y las repudiadas sin hijos se veían en una grave situación de pobreza, pues no tenían quien las mantuviera y si volvían a casa de sus padres se las recibía como una carga, una boca más, además, si lograban casarlas, no podían pedir la misma dote (mohar) que si fueran vírgenes. "Las mujeres de la Biblia funcionaron como profetas, maestras, visionarias, líderes, libertadoras e incluso como heroínas". "Varias devotas mujeres bíblicas desafiaron su cultura, desafiaron autoridades y aún así no hay en la Biblia una pizca de censura sobre sus acciones". "Quizás la identificación más importante de las mujeres anónimas del Antiguo Testamento son sus historias – historia que tienen un significado duradero y que va más allá de un nombre. A través de sus semblanzas vemos mujeres astutas que tuvieron encuentros con la Divinidad (Ej. la madre de Sansón), otras de admirable dignidad, piedad y fortaleza de carácter (como la hija de Jefté), las que fueron valientes (como la mujer de Baruj), las que tuvieron una fe comprometida (como la madre de Miqueas) y mujeres cuyas palabras serán recordadas en las Escrituras (como la Madre del Rey Lemuel)". (Frases tomadas de Internet, del texto "El oprobio en la mujer anónima en el Antiguo Testamento").
No obstante, algunas de estas valientes tuvieron el privilegio de aparecer con el nombre propio. Desafiaron al patriarcado para defender sus derechos: Hulda, Rajab, Ester, Rut, Tamar, Débora, Ya`el, Betsabé, entre otras. Aparecen en el Antiguo Testamento y luego, algunos nombres, reaparecen en el Nuevo (Primer capítulo del Evangelio de Mateo) en la genealogía de Jesús. Nos centraremos en un breve repaso de las vidas de Tamar, Débora Ya´el y Betsabé.
TAMAR
[Judá y Tamar (Génesis) / The Phillip Medhurst Picture Torah 179 - Gerard Hoet (Wikimedia Commons)] Judá y Tamar (Génesis) / The Phillip Medhurst Picture Torah 179 - Gerard Hoet (Wikimedia Commons) En este relato se alude a leyes del Levirato asumidas por el pueblo de Israel descritas en el libro de Deuteronomio. Un hombre debía casarse con la viuda de su hermano y si este fallecía también, otro hermano debía hacer lo mismo hasta dar descendencia al primer esposo para que su nombre no desapareciera de la tribu y los hijos no perdieran la herencia del padre ni la dote de la madre. Tamar queda viuda dos veces y Judá no le entrega a su hijo menor cuando llega a ser adulto, de ahí que se disfrace de prostituta al conocer que su suegro llegará en breve a la ciudad. Por justicia tiene derecho a engendrar descendencia. Este no la reconoce y duermen juntos.
Tamar pide a Judá unos depósitos que son las pruebas valiosas que necesitaba para demostrar, en caso de quedar embarazada, que era el padre de su hijo. De otro modo, nadie la habría creído. Para Tamar fue importante tener las prendas porque así salvaría su vida del fuego frente a la acusación de fornicación. Por otro lado, lograría reinsertarse en el sistema del que había quedado fuera. De este modo vuelve al clan y tiene patrimonio natural para los herederos del propio padre de la tribu, Judá. El relato transcurre de esta manera para exigir justicia. Las mujeres se valieron de este u otro tipo de argucias para no quedar fuera de la sociedad en la que vivían. Génesis, 38.
DÉBORA
[Deborah (Wikimedia Commons)] Deborah (Wikimedia Commons) La historia de Débora (la abeja) transcurre al norte de Israel, en el entorno de Galilea. Ejerce con ejemplaridad un puesto de poder que estaba permitido antes de la consolidación del pueblo de Israel como tal. No solo hacían de jueces sino que eran considerados una especie de gobernantes de tribus o sociedades. Ser juez era un cargo que se le otorgaba a los ancianos. Se nombraban cuando surgía un problema particular que había que solucionar con la aportación de estos. Como decía, Débora era profetiza y jueza. El pueblo estaba acostumbrado a acudir a ella para recibir su sabiduría y resolver sus pleitos. Aunque el cargo de juez correspondía a los varones, a Débora le otorgaron esa autoridad sin que se sospeche ningún problema. Gobernó en un tiempo difícil de crueldad y opresión, donde no había rey. Fue la misma que llamó a Baraq (o Barac, el Relámpago) para que buscara guerreros. Obró como promotora de la hazaña, la que envió hombres a la lucha en nombre del Señor. Algunas tribus acudieron a su llamada, seis de las diez que formaban Israel en aquel tiempo. Baraq, el guerrero, representa la de Neftalí.
En aquellas sociedades se nombraba al mejor guerrero o cazador para comandar alguna causa concreta. Débora fue levantada ante el pueblo como medio de perdón entre Dios y los israelitas y Baraq como luchador. Débora, Yael y Baraq juntos protagonizaron el desafío a las tropas de Jabín. En el canto de Débora como mujer vencedora y Barác, capítulo 5 de Jueces, aparece con el apelativo de madre de los hijos de Israel. Faltaban varones y Jefes y este nombre de "madre" lo califica Rafael Sanz Carrera como algo singular, pues da a entender el lugar que ocupaba entre las tribus y la consideración que le tenían. Por añadir algo más, Baraq se niega a ir si Débora no va, la necesita y ella accede. No fue Baraq quien asesinó a su enemigo Sísara sino una mujer valiente, Jael (o Yael) cuando este se refugió en su casa. Jueces, 4.
YA'EL
Yael, la victoriosa, mató al general cananeo Sísara cuando se encontraba vencido y huía de Baraq. Su nombre se vincula al de Débora porque juntas consiguieron la victoria. Su nombre significa Cabra de Monte y estaba emparentada con los israelitas a los que decidió ayudar rompiendo el pacto que su familia tenía con Sísara. Sin embargo, pertenecía a los kenitas. Aunque está casada con Jeber actúa de forma intuitiva sin consultar con su esposo. Tiene autoridad sobre su tienda, tribu o grupo. Jueces, 5.
David ya es rey de todo Israel. Ha conquistado Jerusalén y ha creado su propio harén. Ve bañarse a Betsabé, posiblemente hitita como su esposo Urías, la manda llamar y se acuestan. Al quedar embarazada quiere hacer parecer que es hijo del marido, lo trae para que duerma con su esposa, pero este ardid no da resultado y le envía a los lugares más peligrosos de la guerra consiguiendo que muera, casándose a continuación con Betsabé. El hijo nacido, muere al séptimo día. Es el profeta del rey, Natán, quien anuncia el castigo. Salomón no era el primogénito de David. Tenía hijos mayores de otras esposas y había que justificar su llegada al trono. Betsabé, con la ayuda del profeta Natán que le recuerda que David había prometido hacer sucesor del trono a Salomón, eliminará a los rivales de su hijo y hará que su padre le corone como rey de todo Israel. Esta gestión le depara a Betsabé un futuro tranquilo y protegido como reina madre. 2 Samuel, 11.
CONCLUSIÓN:
Siempre hubo mujeres valientes en las sociedades patriarcales antiguas, aunque apenas se las resalte y se les dé el mérito que les corresponde. En la actualidad, en las comunidades eclesiales se prefiere elegir textos en los que aparecen hombres grandiosamente fieles a Dios para ponerlos como ejemplo y se dejan fuera aquellos donde las mujeres, por su fe y valentía, ejercitan tus dones. Desgraciadamente esto ha ocurrido a través de los tiempos y llega hasta hoy mismo. No obstante, las mencionadas supieron conseguir sus derechos y nos enseñan, como maestras experimentadas, a ser valientes y reclamar los nuestros. Este artículo va por ellas. También por nosotras.
BIBLIOGRAFÍA:
Curso Desafiando el Patriarcalismo (Dra. Diana Rocco Tedesco).
El cordón de grana (Historia de mujeres en la narrativa bíblica). S. Stuart Park. Ed. Andamio.
El Oprobio de la Mujer Anónima en el Antiguo Testamento
Esperanza Bautista Parejo: Texto tomado del libro La mujer en los orígenes del cristianismo. Desclée de Brouwer.
Mujeres de la Biblia Judía. eB estudios bíblicos. Xabier Pikaza.

Fuente: Protestantedigital, 2015.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Encontrarse en el testimonio de las Otras. De historia, pentecostalismos y mujeres



Por. D. Jael De la Luz García, México*
“Nosotras, en tiempos de guerra,
somos unas combatientes admirables,
aunque nuestros heroísmos estén hechos
a la medida de un libro que jamás se escribió.
Sólo nosotras sabemos
cuánta amargura esconden unas manos quietas,
cuánto oscuro deseo anida en lo sereno,
cuánta violencia late en la sumisión.
Nadie nos llama por las tardes
y cuando rezamos a la sombra del altar del sacrificio
pedimos de rodillas cosas
que no pertenecen a otra tierra
y a otro cielo, a otro modo de estar en esta piel.”
Alicia Torres, Mujeres de Atenas (Nicaragua, 1960).

Hace algunos días fui invitada por el Centro de Estudios Teológicos y Humanísticos YOBEL y el Instituto Universitario Azteca de Chiapas a participar en espacios académicos y eclesiásticos ecuménicos para compartir sobre metodologías de la investigación y para charlar sobre mi libro El movimiento pentecostal en México. La Iglesia de Dios, 1926-1948, publicado hace ya cinco años. Justo ahora que la edición se agotó, fui interpelada de una manera poco usual por pastores que comentaron mi libro, y más de cerca por la charla y testimonio que algunas mujeres presentes me compartieron, historias llenas de sentimientos encontrados. Chiapas no es un lugar común; hay que observar mucho, dar la palabra antes de responder; invita a deconstruirse y construirse; invita a decir quién se es. Y aunque me vi en su mayoría entre presbiterianos reformados y pentecostales, la propia dinámica de la presentación fue llevándome a remontarme a mi oficio de historiadora.
Todo comenzó cuando uno de los compañeros me dijo que mi escritura y visión de la Historia había sido androcéntrica y que aunque la presencia de las mujeres era tan visible, en cierta forma yo las había olvidado. A partir de esa apreciación, creí necesario partir de mi experiencia de vida para que mis acompañantes comprendieran un poco el “mundo” del cual escribí y las razones personales y académicas que me llevaron a hacerlo.
Yo crecí en una comunidad pentecostal pobre, en los márgenes de la modernidad de México. Originaria del municipio de Nicolás Romero, un lugar que en el pasado fue bastión de liberales que apoyaron a Benito Juárez en su huida al norte de México; el territorio nicolaíta fue escenario de grandes bosques, parajes y ojos de agua que vieron sus suelos transformados por las fabricas textileras, carboneras y papeleras durante el Porfiriato, lo mismo que por grandes haciendas. Cuando mi madre llegó del estado de Veracruz a principios de 1970 a este municipio y comenzó junto a mi padre una vida en pareja nada fácil, uno de los espacios de “contención” fue una iglesia pentecostal que la ha abrigado por casi ya cuatro décadas. Ella cuenta que fue cuando estaba embarazada de mí cuando decidió entregar su vida a Cristo, después de una exhaustiva labor de evangelización que una familia de hermanos hizo durante casi cuatro años.
Mi madre tuvo tres hijos, y los tres fuimos educados en la fe pentecostal. En mi mente de niña, no cabía la idea de por qué mi madre no nos dejaba escuchar música del “mundo” como lo hacían los vecinos; o por qué no teníamos tele en casa; más aún por qué no decíamos groserías o simplemente, no se nos permitía salir a vagabundear en lugar de hacer deberes domésticos, escolares, y todavía ir a la Iglesia a pasar los fines de semana. Para mí fue más cercana la disciplina porque mi madre pertenecía al grupo de evangelismo que dos veces por semana, iba de casa en casa predicando; yo era la única niña en un grupo de adultos apasionados por Dios. Lo que para mi madre fue novedad de vida, para mí (no sé muy bien si para mis hermanos, también) significó prohibición, miedo, nostalgia y un gran sentido de trascendencia. Prohibición porque todo lo que me gustaba de niña en relación a la corporeidad (baile, ejercicios físicos) y el descubrimiento del mundo (fiestas y convivencias “paganas”), me eran ajenas y terrenos en los cuales no debía involucrarme a no ser que deseará perder mi salvación. Miedo porque siempre tenía que actuar muy conscientemente de lo que me inculcaron; no debía hacer, escuchar, caminar, tocar, probar y sentir nada fuera de lo que Dios, la Biblia y la tradición religiosa dictaban. Dios estaba en el cielo como un gran juez castigador al que nada se le escapaba. Nostalgia por lo no vivido, por lo escuchado de adultos en la fe que contaban cómo Dios se había manifestado y  sanado a cojos, ciegos y personas con enfermedades terminales; parte de esa nostalgia me llegaba al leer la vida de hombres y mujeres que creyeron a Dios y emprendieron viajes sin saber cuál sería el destino final. La escasez económica, afectiva y material abrigaron en mí el deseo de soñar y andar por fe pese a todo lo que me negaba la vida. En cierto sentido, ese deseo de trascendencia y fe en mi misma fue herencia de mi madre y mi abuela, quienes ante las adversidades, no abandonaron la esperanza de ver en su descendencia “la obra de Dios”. Ese gran deseo de trascender me llevó a no renunciar a estudiar Historia cuando se me aconsejaba en la iglesia que dejara la carrera porque perdería mi fe y me volvería atea al leer a Karl Marx, o cuando presenté el proyecto de tesis y mis profesores dijeron que hacer historia “eclesiástica” no era lo más conveniente.
De este modo, escribir El movimiento pentecostal en México fue un ejercicio de deconstruirme y construirme a mí misma. En el tiempo que comencé a escribir, la historiografía de los protestantismos mexicanos no tenía más de 30 años y los trabajos de Jean-Pierre Bastian y Rubén Ruiz Guerra eran los más leídos entre quienes se interesaban por el fenómeno desde una perspectiva histórica. Después conocí los textos de Leopoldo Cervantes-Ortiz, Carlos Martínez, Carlos Mondragón, Carlos Monsiváis, Felipe Vázquez, Rodolfo Casillas, Carlos Garma, Elio Masferrer, Roberto Blancarte, Renée de la Torre y Patricia Fortuny Loret de Mola. Ya había una considerable producción sobre el pentecostalismo mexicano y algunas interesantes propuestas, pero todavía nada histórico, salvó el libro de Manuel Gaxiola, La serpiente y la paloma. Historia, teología y análisis de la Iglesia Apostólica de la fe en Cristo Jesús (1914-1994). Pase horas leyendo y dialogando con estos autores que respondían a preguntas académicas, pero no existenciales.
Yo quería, en cierto sentido, que mi gente, los pentecostales, supiera que el proyecto por iniciar no sería sólo para licenciarme, sino que era la expresión de una búsqueda personal llena de encuentros y desencuentros con la fe que mamé de niña, no exenta de reclamos, pero también de amor y de esperanzas futuras. Deseaba que supieran lo valioso de su bagaje histórico: la presencia de una colectividad que, movida por su fe, logró transformar el escenario de la diversidad religiosa mexicana. ¿Cómo una mujer intentaría escribir, y sobre todo “interpretar” hechos y acciones que habían sido escritos por la mano de Dios? ¿Cómo podría escribir una Historia científica, objetiva y con todo el rigor que mi profesión me exigía? Me aferré a este proyecto porque creí y sigo creyendo que no hay un sólo relato y un solo guión de la Historia como se nos dijo después de la caída del socialismo real. Creo en la diversidad de relatos y de actores que conforman la Historia, por lo tanto lo que hacía, para mí valía la pena ser escrito, contado y recuperado. No quería hacer historia eclesiástica, ni una historia de bronce, positivista y halagadora con quienes se cuentan por santos y mártires del pentecostalismo mexicano. Por ser mujer, humanista y joven en ese entonces, tanto pastores como académicos dudaron que fuera posible. Por ello en parte, el proceso de escritura fue muy doloroso pero nada solitario.
Doloroso porque gran parte de lo escrito fue por hombres y, por lo tanto, eran historias que masculinizaron la experiencia y la trayectoria pentecostales. Las mujeres aparecían en los relatos de forma accidental o para explicar las causas de crecimiento, división y cierre de ciclos, pero pocas veces se les dio un lugar protagonista. Las fuentes y archivos con los que me topé entonces, en su mayoría eran “huellas” de la presencia y obras de hombres; sólo en fotografías había mujeres y lo que había de ellas era lo escrito por hombres y sus percepciones sobre ellas, e incluso las reglas impuestas por ellos a los cuerpos y andares de las primeras generaciones de mujeres conversas. Yo había crecido en un espacio religioso en donde no podía pensar la Iglesia sin la presencia y reconocimiento de las mujeres; era muy obvio para mí, pero no para quienes escriben Historias. Y aunque supe de la vida y trayectoria de Anna Sanders, Romana Carvajal de Valenzuela, Raquel Águila de Ruesga y María Atkinson, en el relato que construí las incorporé en los procesos y acciones colectivas; en ese tiempo no destaqué del todo su liderazgo y cualidades que hicieron del movimiento pentecostal mexicano una oferta religiosa en constante crecimiento. Fue en foros internacionales y de forma más acabada en Ecuador, donde la Red Latinoamericana de Estudios Pentecostales (Relep), me permitió compartir un trabajo de recuperación histórica de todas estas mujeres, a las cuales también me debo. Las mujeres en el pentecostalismo mexicano. Apuntes para la historia (Las pioneras, 1910-1948) se encuentra hoy en la red para ser consultado.
Después de la presentación de El movimiento pentecostal en Chiapas y del diálogo con las mujeres que estuvieron presentes, supe que mi historia de vida era también la historia de otras compañeras que como yo, se han ido construyendo en el camino y sanando heridas que fueron infringidas por ignorancia, fanatismos, legalismos y nepotismos dentro de comunidades de fe, elementos no privativos de las iglesias pentecostales. Si algo atraviesa las Historias de las iglesias protestantes, evangélicas y pentecostales en México es la violencia simbólica, erótica, libidinal, educativa y de ejercicio de poder que las mujeres han experimentado y de la cual todavía se guarda mucho silencio.
Pasados cinco años he ido encontrando respuestas tanto fuera como dentro de las iglesias, ya no como miembro, pero sí como depositaría de una tradición sobre la cual todavía hay mucho que decir, que analizar; muchos mitos que derribar y espacios que construir. Hoy me queda claro que El movimiento pentecostal en México fue en primera instancia una necesidad personal de pensarme y de pensar a mi madre, a mi abuela y a muchas mujeres que no pudieron acceder a grados académicos, a trabajos bien pagados, al disfrute y cuidado de la maternidad, o a una vida en pareja movida por el amor y el respeto, y que en el pentecostalismo pudieron encontrar un nuevo sentido a su vida, el cual nos trasmitieron generacionalmente. Ellas creyeron que la generación a la cual sus hijas pertenecerían podría cambiar la historia de su linaje, de su familia y por lo tanto trascender en la memoria colectiva, aunque sus apellidos con el tiempo desaparecerían. Hoy con una mirada feminista, creo que al pensarse así, ellas también fueron feministas en plena acción.
Sabiendo que la tradición pentecostal está fuertemente marcada por una visión dualista de la realidad que tiende a marcar y enfatizar lo que considera bueno y/o malo, también creo en la libertad de elección entre las y los creyentes. Al menos es un gusto saber que hoy día muchas mujeres disfrutan de su corporeidad; se arriesgan a amar, incluso fuera de las rígidas normas morales; cuestionan y anhelan que sus iglesias sean transformadas no tanto por el Espíritu Santo, sino por la presencia y conducción de pastoras. Me sorprende encontrar esas formas tan fuertes de sororidad y cooperación sin condiciones. Por esas y otras razones, veo que los pentecostalismos lentamente se van transformando. Y mientras esto ocurre, muchas y diversas historias están por escribirse y compartirse.

*D. Jael de la Luz García es mexicana. Es historiadora, feminista y editora de temas sobre pentecostalismo, discriminación religiosa, fe y movimientos sociales. Es autora de El movimiento pentecostal en México y de varios artículos académicos y ensayos de análisis sociorreligiosos. Colaboró en la Red Juvenil Interreligiosa de México y en el Centro de Estudios Ecuménicos. Vive en Londres y se encuentra escribiendo un libro (en colaboración con César Avendaño) y su tesis de Maestría en Historia sobre la invisibilización de las mujeres en contextos de persecución religiosa.

Fuente: Lupaprotestante, 2015.

domingo, 1 de marzo de 2015

¿QUÉ PASA CON LOS CRISTIANOS QUE NO ASISTEN CON FRECUENCIA A LA IGLESIA? ENTRE LA INCLUSIÓN Y LA EXCLUSIÓN



Por. Luis Eduardo Cantero, Argentina*
La semana pasada me llegó a mi correo electrónico, como suele suceder.  Me llegan un sinnúmero de reflexiones bíblicas, pastorales, teológicas y filosóficas. Siempre suelo revisar y lo que me llame la atención, lo leo con detenimiento e interés. Entre tantas propuestas cristianas me llamó la atención, una de ellas que hacia una pregunta e invitaba al lector a leer la reflexión. Ellos se preguntaban ¿Qué le pasa a las personas que no van a la iglesia?(1)  Y su respuesta era que esas “personas pierden la oportunidad de alabar y aprender de Dios” junto con los creyentes que se congregan asiduamente en sus iglesias.
Me parece que su respuesta era muy reduccionista y excluyente, como si el único lugar para alabar y aprender de Dios es adentro de las cuatro paredes de la iglesia. Es decir, sumergido  en un edificio material; pero, la iglesia, según la visión del Reino de Dios no es un edificio, sino todos los que hemos aceptado a Cristo en nuestros corazones; le amamos, le servimos con nuestros dones y talentos que nos ha dado en el lugar donde nos encontramos, no solo congregándonos domingos tras domingo, sino en la casa, en el vecindario, en el servicio con los necesitados y excluidos de la iglesia: los fornicarios, los adúlteros, los gays, los que están inconforme con el sistema religioso de su comunidad, etc.
Según ellos, Dios quiere que vayamos a la iglesia y lo afirmaban citando  el siguiente texto bíblico: “no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos unos a otros, y mucho más al ver que el día se acerca” (Hebreos 10:25).
Me pregunto será que el texto está hablando de la iglesia del edificio o nos está marcando otro sentido de vivir la espiritualidad, como lo solían hacer los primeros cristianos, que se reunían  con sus hermanos, familiares, amigos en las casas para compartir el pan  y la oración. No sé, porque algunos consiervos y hermanos han olvidado este principio primordial de vivir la espiritualidad en familia, sin necesidad de congregarse, tan fanáticamente, en las cuatro paredes de un edificio, si la vida espiritual se vive mejor en el lugar donde nos encontremos: trabajando, descansando con la familia y disfrutando con ellos la experiencia del amor de Dios en el hogar.
Pues, si algunos creen que el único lugar para aprender y alabar a Dios es estar metido los siete días de la semana en la iglesia material, cree que por el hecho de asistir días tras dias en la iglesia ya están “salvo y pueden ingresar al cielo”; están muy equivocados.
Mientras unos se refugian en las iglesias como el único lugar de “pureza y salvación”, sus familias, en cambio, se pierden por la marginación y exclusión que provoca estas falsas creencias de “no dejarse de congregar como algunos…”; pero el congregarse aquí implicaba estar reunido con los miembros de su familia, que es su primera responsabilidad de velar por ellos. Los padres son llamados a ser sacerdotes de su hogar, no deben dejar de congregarse con su familia en la casa, no en el edificio, sino la iglesia espiritual que está en cada corazón que le ha abierto para que Cristo more en su vida.
Dejar de “congregarnos” en la iglesia invisible, que está en cada ser humano, que ha aceptado a Cristo en su corazón; es más dañino y peligroso, por estar bajo un espíritu dependiente de un ilusionista, que llena a sus oyentes de  una falsa ilusión, que solo busca es enriquecerse a través de la buena fe de las personas, que están en estado de necesidad. Y en ese estado de vulnerabilidad hacen lo que sea para poder salir de su estado de marginalidad, siguiendo el reflejo del ilusionista predicador, que con su recetario y argumentos les hace creer que si lo siguen al pie de la letra, pactan tal cantidad de dinero van a recibir muchas bendiciones, porque: “Dios ama al dador alegre”, y ellos son ejemplo del confort  de esas bendiciones. Pero, lo triste es que esas personas no se dan cuenta que la riqueza del ilusionista predicador que hace alarde son resultado de cada uno de ellos, que ha venido a dejarle su dinero, que fue ganado con el sudor de su frente.
En esa lógica explotadora, hay un intercambio de mercancía: el ilusionista predicador ofrece el producto con ciertas artimañas y hay otro que le compra ese producto, allí es mi pregunta ¿Qué pasa con esas personas que se congregan en los servicios que ofrecen estas iglesias falsas, que engañan a esas personas? No quiero con esto afirmar que todas las iglesias son malas, pero es difícil afirmar y condenar a las personas creyentes y no creyentes que no son salvas, porque no se congreguen todos los días de la semana en estas iglesias u otra.
Luego entonces, que nos dice el texto de Hebreos 10: 25: “No nos dejemos de congregar…”, nos está hablando del edificio, que es lema de sujeción y dominación que hacen muchos colegas para obligarlos a estar metido en las cuatro paredes del edificio. No, el texto me parece que nos habla de la iglesia invisible y que la llevamos todos los que hemos aceptado a Cristo en nuestros corazones. No dejemos de reunirnos con nuestra familia, en casa de amigos, etc., de juntarnos para compartir el pan, orar y aprender Su Palabra en amor, sin  ninguna dominación explotadora y excluyente. 
Porque todos “somos salvos por gracia de Dios”, por ende, no nos dice que debemos estar bajo la sombra de un yugo, que en vez, de liberarnos, nos agobia, nos somete y nos condiciona vivir la vida, la fe, etc., como seres libres, amantes de la verdad, que no nos conformamos con frases ilusionistas, sino que las analizamos bajo la lupa de la Palabra de Dios. Pues, todos somos sacerdotes en Cristo, y como sacerdotes no estamos para seguir siendo conejillos de india, sino que estamos listo para servir y hacer defensa de lo que hemos aprendido en nuestra vida cristiana. Basta ya de intermediarios (apóstoles, profetas, etc.); éstos en el tiempo del reformador Martin Lutero eran los que negociaban la salvación por dinero, tierras. Hoy, lo negocian con sus pactos, siembras, etc.
Estamos cerca de cumplir 500 años de lo que hicieron los grandes reformadores de la historia de la iglesia cristiana. Pero, todavía la lógica de las indulgencias continúa con nuevas estrategias, hoy necesitamos recuperar el sacerdocio universal de todo creyentes. Estamos llamados a liberarnos y a liberar a nuestras comunidades cristianas de todo vestigio del mal, que se viste de oveja. No nos dejemos de reunirnos para orar, compartir experiencia, etc., en nuestras casas. Allí está el verdadero sentido de “no dejarnos de congregar como algunos tienen por costumbre…” Dios quiere y se goza cuando ve a sus hijos reunidos en armonía. Y nos alerta:

“(…) que nadie se constituya en juez de ustedes (nadie los juzgue) con respecto a comida o bebida, o en cuanto a día de fiesta, o luna nueva, o día de reposo, cosas que sólo son sombra de lo que ha de venir, pero el cuerpo pertenece a Cristo” (Colosenses 2:16-17).

Dr. Luis Eduardo Cantero
Pastor bautista, Teólogo (UENIC-MLK); Master en Teologia (UENIC-MLK); en Educación (UNIMINUTO); Especialista en Dirección de instituciones educativa (ISPJVGONZALEZ) y Doctor en Filosofía (LHS).

(1). Disponible: http://obrerofiel.us7.list-manage.com/track/click?u=b68fd169b6195ce865eeb9b51&id=a4ba885744&e=fd54cd3c88